Francisco Ayala, un diálogo permanente, una llama encendida

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• La caricatura de Francisco Ayala, protagonista de la portada de la edición #47 de Lecturas Sumergidas, a la que pertenece este artículo, fue dibujada por Paco Puga en 1983

Por Emma Rodríguez © 2018 / Ahora me veo como una creación de Francisco Ayala”, confesaba Carolyn Richmond en 2010, al cumplirse un año de la muerte del escritor, con quien compartió la etapa final de una vida plena y prolongada, más de treinta años de compenetración que Ayala describió en Lloraste en el Generalife, una de las piezas que componen El jardín de las delicias, estampa bellísima, breve relato de un emotivo día de visita a la Alhambra. “Apenas si hablábamos; nada había que decir: nos bastaba sabernos unidos y en paz”, dejó escrito.

Durante muchos años la hispanista estadounidense estuvo trabajando en la edición crítica de esa obra esencial en la trayectoria del autor. La dejó aparcada para dedicarse a cuidar al hombre que superó los 100 años sin detenerse; sin dejar de asomarse al mundo ni un solo día. ¿Haber contribuido a mantener encendida la llama del amor y la complicidad –esa paz a la que él se refería–, durante tanto tiempo, no tuvo acaso que ver en la larga duración del camino de su vida? Lo he pensado en ocasiones y abro la pregunta emulando el tono divagador de Ayala, esos rodeos del pensamiento de los que tan amigo era.

Días felices. Aproximaciones a “El jardín de las delicias” de Francisco Ayala, galardonado con el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos 2018 y publicado por la Fundación José Manuel Lara, es el resultado de ese proyecto al que tantas horas de estudio y análisis ha dedicado Richmond. No puede haber mayor privilegio para alguien que admira profundamente una obra y se dedica a su estudio que estar al lado de su hacedor, observar y al mismo tiempo ser protagonista, de la creación en marcha. No puede haber mayor privilegio, pero al mismo tiempo esa cercanía, ese conocimiento, implican una mayor exigencia, un deseo de querer llegar más allá, de acceder al arca de los enigmas, de las pulsiones más hondas.

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Ayala me decía que cuando él muriera yo iba a sentirme libre, pero lo que ha sucedido es que me he dedicado a recorrer su obra, a encontrar claves nuevas, como señales que me parece que él puso ahí para que las fuera descubriendo (…) La muerte es demasiado misteriosa, solo ahora entiendo determinadas cosas”, señalaba nuestra protagonista ese día en el que se presentaba el segundo tomo de las Obras Completas del escritor, el dedicado al ámbito biográfico, un proyecto puesto en marcha por Galaxia Gutenberg y ya culminado (siete volúmenes). Vuelvo a las declaraciones de Carolyn Richmond, las rescato de una información que escribí entonces para las páginas de la sección de Cultura de “El Mundo”, diario en el que trabajaba y donde tuve la oportunidad de publicar diversas entrevistas con el escritor a lo largo de los años, conversaciones que irán apareciendo en este texto que tanto ha contribuido a avivar mis recuerdos, mis lecturas.

Ayala me decía que cuando él muriera yo iba a sentirme libre, pero lo que ha sucedido es que me he dedicado a recorrer su obra, a encontrar claves nuevas, como señales que me parece que él puso ahí para que las fuera descubriendo”, ha señalado Carolyn Richmond.

Para mí sus memorias son, en cierto modo, también las mías. Me reconozco en ellas, recuerdo que muchos de los textos que las componen los escribió en los más de 30 años que compartimos”, proseguía Carolyn, evocando el momento en que conoció al escritor, a comienzos de la década de los 70, cuando ella era una profesora principiante en el Brooklyn College de Nueva York y él un distinguido docente del departamento de español que hubo de supervisar una de sus clases sobre el Libro del Buen Amor.

“Yo estaba nerviosísima y él se sentó en la primera fila y siguió las reacciones de los alumnos con mucha curiosidad”, recordaba, remitiendo a quien quisiese saber más a las páginas de Recuerdos y olvidos. Un libro fundamental para acercarse a las vivencias de Francisco Ayala a lo largo de todo un siglo, el convulso siglo XX.  “¿Quién podría imaginar qué se oculta tras los pliegues y repliegues de la vida?”, se pregunta el escritor en el capítulo donde recrea el ambiente de una fiesta de carácter académico y el momento en que fijó la mirada en “la figura de una muchacha, sus ojos azules, su sonrisa un poco perdida, y sobre todo la hermosura fastuosa de una cabellera de color miel”. Una cabellera que poco después, mientras conversaban, se prendió de una vela provocando un pequeño incendio que pronto fue sofocado, pero que el escritor inmortalizó en sus memorias, resaltando el paralelismo con su corazón, que “ardía ya, desde ese momento mismo, con súbita violencia”.

Antes de adentrarme en las páginas de los Días felices de Carolyn Richmond, título a su vez de la segunda parte de El jardín de las delicias, he querido recuperar sus comentarios y rescatar estos episodios a la manera de un prólogo. Yo que, humildemente, también me siento privilegiada por haber disfrutado de la amistad de Ayala, por haber compartido tiempo y conversación con la pareja, recuerdo como ella se refería en ocasiones a su trabajo, a sus pesquisas en torno a los temas del Jardín, ante la mirada divertida del escritor, consciente de ser él el objeto de estudio. El tono jocoso, la broma, el juego intelectual, siempre estaba presente entre ambos. Era una especie de chispa permanente. Sumergirme en este libro ha sido, pues, para mí, una experiencia deseada y gozosa; principalmente por mi interés en la obra de Ayala y por el hecho de que El jardín es de todos sus libros mi favorito; pero también por mi condición de observadora, de partícipe, de algún modo, en lo que se estaba fraguando. Afín a la devoción de la hispanista por esta entrega tan especial, me apetecía mucho acercarme a sus aproximaciones.

Carolyn Richmond realiza un análisis en profundidad de El jardín de las delicias. No podía ser de otro modo. Nadie mejor que ella para desentrañar las fuentes, los sustratos que subyacen en una entrega que cautiva precisamente porque nunca se deja apresar del todo; por su peculiar manera de aunar experiencia y emoción, realidad y enigma; por su capacidad para dar cuenta de lo efímero y de lo eterno de la condición humana. La autora abre un diálogo con el autor y con su obra, un diálogo que parte y participa de un lenguaje común, invitando a otros lectores a entrar en el mismo, abriendo en ese punto un cauce que  convierte el ensayo en una reivindicación de la lectura no sumisa, la lectura capaz de avivar la llama de lo escrito y de romper los muros del tiempo.

Francisco Ayala, a los 7 años, en el jardín de la casa familiar. de Granada (1913)

Si no me encuentras al principio no te desanimes”, acude a mí la llamada de Walt Whitman en Hojas de hierba. También Francisco Ayala fue muy consciente de la trascendencia de una obra que habría de seguir permanentemente brotando, enriqueciéndose con las interpretaciones, con el diálogo abierto con los otros, futuros destinatarios convocados a reconocerse en permanentes estados del corazón, en repetidos arrebatos emocionales, en angustias eternas, en energías universales. “El perspectivismo cervantino, un elemento fundamental de “El jardín de las delicias”, fomenta a su vez una lectura polifacética, que nos trae de vuelta, al motivo del espejo (…) No existe, ya se sabe, una interpretación única de una obra de arte; todo depende de una miríada de factores entre los que desempeña un papel fundamental el del punto de vista del receptor (…) Lo importante aquí no es cómo reacciona intelectualmente el lector, sino más bien los sentimientos que despierta en él el acto de la lectura, proceso vital que nos concede, tanto al creador como a su receptor, una cierta –si bien transitoria– inmortalidad”, va exponiendo Carolyn Richmond.

Se dirige la ensayista a un público cómplice, conocedor de la obra de Ayala. Son sus Aproximaciones un regalo para quienes ya han entrado al Jardín y se han dejado cautivar por sus fragancias; para quienes han disfrutado haciendo el recorrido propuesto por Ayala, juntando las piezas del puzzle, los fragmentos del espejo. Estimulados por el ensayo regresamos al Jardín, emprendemos de nuevo el viaje hacia sus horizontes y espesuras. Si aún no lo habéis descubierto, solo queda la recomendación de que la experiencia merece mucho la pena. Siempre que he escrito sobre Francisco Ayala he insistido en la originalidad y la frescura de una obra a la que no ha ayudado, de cara a la conquista de nuevos lectores, la idea extendida por gran parte de la crítica de su exceso de intelectualidad.

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La familia Ayala García-Duarte en 1913. Francisco está sentado en el suelo. Tenía 7 años.

Leer El jardín de las delicias es una aventura que puede emprenderse desde distintas posiciones, pero que nunca decepciona en su dinamismo, en su carácter juguetón. Entre la biografía y la ficción se mueve el autor dejándonos atisbar lo peor y lo mejor de la condición humana (pensemos en el célebre cuadro del Bosco que da título al libro). A través de dos partes bien diferenciadas: Diablo mundo (constituida a su vez por por dos apartados: los Recortes del diario Las Noticias de Ayer y los Diálogos de amor) y Días felices, Francisco Ayala jugó a mezclar voces, registros y géneros. Estamos ante un libro hecho de piezas diversas: noticias inventadas de sucesos atroces, a la manera de crónicas periodísticas, a las que Carolyn Richmond se refiere como “la realidad que hiere”; diálogos íntimos e irreverentes en ocasiones y, finalmente, páginas evocadoras, reflexivas, que parecen sacadas de un diario… El carácter fragmentario de la obra sirve de reflejo a la época que empezó a atisbar tras la Segunda Guerra Mundial, un tiempo donde van desapareciendo las certezas, los discursos uniformes, un mundo en proceso de destrucción y de reconstrucción permanente en el que el ser humano ansía buscar algo de luz en medio de las ruinas. En estos comienzos del siglo XXI, cuando ese proceso se ha acentuado, quienes nos acercamos al Jardín ayaliano percibimos de qué modo el autor fue capaz de anticiparse, de avisarnos, de dejar encendida una antorcha para futuros visitantes. Frente a la oscuridad y la tragedia, siempre la luz, el amor, la compasión, el humor, la esperanza…

El carácter fragmentario de “El jardín de las delicias” refleja la época que empezó a atisbar Ayala tras la Segunda Guerra Mundial, un tiempo donde van desapareciendo las certezas, un mundo en proceso de destrucción y de reconstrucción permanente en el que el ser humano ansía buscar algo de luz en medio de las ruinas.

En mi caso debo deciros que se trata de un recorrido que forma parte de mi proceso vital, de mis geografías emocionales. La primera vez que leí la entrega, en una edición de Seix Barral que me fue regalada, sin los textos que el autor incorporaría posteriormente (una de las particularidades del libro es su carácter abierto, de proceso, a lo largo del tiempo) me sentí muy afín a la sensibilidad del escritor, a esa especial mezcla de emoción, reflexión y hondura, capaz de dotar de trascendencia los actos más sencillos de la vida. Los textos de la primera parte me sorprendieron; algunos me sacudieron con su crudeza; pero los de Días felices, tan apegados al trayecto vital, lograron conmoverme hondamente. Tiene mucho que ver la manera en que Ayala habla del tiempo ido, la forma en la que atrapa la fugacidad de los momentos felices, esa lucidez de la mirada inteligente que, por momentos, consigue iluminarnos, hacernos ver, percibir, poner palabras a movimientos del corazón que sentimos como propios…

En posteriores lecturas, la última, la de la edición definitiva en el tomo de Narrativa de las Obras Completas, he sentido lo mismo: cercanía, aliento. Nunca dejan de conmoverme las piezas de El jardín de las delicias. “Y esa vida que me envolvía, me embriagaba un poco con su densidad, y hasta me quitaba las fuerzas…”, escribió el autor en Música para bien morir, el relato de un paseo por la Quinta Avenida de Nueva York, cargado de descubrimientos y sentidos. Voy pasando las páginas y contemplo de nuevo las ilustraciones, las fotografías que acompañan a los textos (otra de las características de la obra). Me detengo en mis subrayados, así en el fragmento de El espejo trizado, donde el narrador se siente muy cerca de Rubén Darío cuando la amada le pregunta “por qué van desapareciendo del mundo las cosas bellas”. “¡Pobre Rubén! Como yo ahora, se pasó él la vida entera -¡insensato!- queriendo apresar la belleza del mundo contra el tiempo que huye, y todo se le escapaba de las manos, como a mí; todo se le deshacía en ceniza; todo”.

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Cuadro pintado por Luz García Duarte, madre de Francisco Ayala.

Imposible olvidar las estampas de infancia, la rememoración del cuadro del Jardín pintado por la madre, que tanto cautivó al niño; que siempre acompañó al autor e inspiró su obra. El diálogo con Francisco Ayala, como con todos los autores que amamos, fluye constantemente. Ahí está la corriente de la gran literatura, su magia. “Ya el libro está compuesto. He reunido piezas diversas, de ayer mismo y de hace quién sabe cuántos años; las he combinado como los trozos de un espejo roto, y ahora debo contemplarlas en su conjunto (…) Ahora, repasando las páginas del libro, vuelve todo ello a encenderse, a vibrar dentro de mí. Se encenderá y vibrará también de alguna manera cada vez que alguien lo lea”, dejó dicho el autor en la nota final de la obra, escrita en Chicago un 28 de abril de 1971, un texto y una fecha que cierra todas las ediciones, pese a la inclusión de escritos muy posteriores.

Una y otra vez en su ensayo, Carolyn Richmond alude a ese vibrar constante, al deseo de permanecer del autor a través de su obra. Son muchas las claves que nos proporciona este estudio que enriquece la experiencia subjetiva y emocional de la lectura, realizado desde el conocimiento profundo y la complicidad plena. La ensayista ahonda en los fondos de una obra donde se cruzan tradiciones, homenajes,  referencias culturales de todo tipo: La Biblia, el Bosco, Goya, Dante, Fellini, Cervantes, Quevedo, Gracián, Proust, Fellini… Una entrega cargada de contrastes y tensiones, apegada a lo terrenal, pero llena de ángeles que la llevan a alzar el vuelo hacia lo espiritual. Richmond analiza el tema del tiempo, el tiempo tratado literariamente, y el tiempo en la vida de Ayala, partiendo de los contenidos de El jardín de las delicias, pero con acercamientos al resto de su obra y a sus circunstancias biográficas.

Una y otra vez en su ensayo, Carolyn Richmond alude a ese vibrar constante, al deseo de permanecer del autor a través de su obra. Son muchas las claves que nos proporciona este estudio que enriquece la experiencia subjetiva y emocional de la lectura, realizado desde el conocimiento profundo y la complicidad plena.

Refiriéndose a Días felices profundiza en el viaje, de carácter exterior e interior, que acomete el escritor, “una búsqueda, no solo del tiempo perdido, sino del sentido de la vida. Una búsqueda, asimismo, del amor total, de la unión y de la paz; un anhelo, jamás completamente logrado, de la comunión humana”, argumenta. Y más adelante nos dice: “ConstituyeDías felices una historia –la de su narrador–, desde la remota infancia hacia la vejez, detrás de la cual yace la historia de todo ser humano: un viaje en el tiempo y en el espacio, pero sobre todo en el autoconocimiento, fruto todo ello de una perspectiva que solo se puede alcanzar en plena madurez”.

En otro momento repasa la autora el trayecto existencial de Francisco Ayala, el intenso itinerario de un escritor en su siglo, un siglo atravesado por las dos guerras mundiales y por el exilio, obligado para un firme defensor de los valores de la República tras el estallido de la Guerra Civil, etapa que, lejos de la queja, de la nostalgia paralizadora, afrontó como una oportunidad para ampliar la mirada, para conocer, aprender y participar en el desarrollo de otras sociedades y culturas.

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Retrato de Francisco Ayala realizado por Alberto Schommer

Se detiene en la década de los 60 en Estados Unidos, marco temporal en el que surgieron muchos de los textos que componen El jardín de las delicias. Desde allí observó y vivió el escritor, mientras impartía clases en distintas universidades e iba fraguando su obra, los movimientos y aconteceres del mundo: El transcurso de la Guerra Fría; el programa espacial; la fracasada invasión de la bahía de Cochinos; la Crisis de los Misiles en Cuba; la construcción del Muro de Berlín; el asesinato del presidente Kennedy; el surgimiento del Movimiento pro Derechos Civiles y los discursos esperanzadores de Martín Luther King; la Guerra de Vietnam y el poderoso movimiento pacifista en contra; las protestas universitarias; la nada tranquila Convención Demócrata de Chicago; el asesinato de Luther King y posteriormente el de Robert F. Kennedy, ambos en el año 1968. Y después, en 1969, la llegada del primer hombre a la luna.

La rapidez con que la simultánea transformación socio-cultural se llevó a cabo fue alucinante. Nos encontramos de pronto en plena sociedad de masas dentro de un marco crecientemente urbano: una sociedad de consumo, por un lado, y por el otro, de continuo desafío a cualquier autoridad (…) En el campo de la cultura, donde predominaba sobre todo la influencia de la juventud, se produjo asimismo una revolución denominada contracultural, protagonizada por hippies que proclamaban el amor libre, fumaban marihuana y experimentaban abiertamente con otras drogas…”, expone la ensayista, situando los acontecimientos y el ambiente histórico-social que fueron el telón de fondo de las vivencias de Ayala en una etapa creativamente muy fructífera. Una etapa ante la que el profesor, escritor y sociólogo, se mostró expectante, consciente de la velocidad a la que todo cambiaba y empezaba a ser diferente.

Siempre estoy a la expectativa, pero la expectativa no es una esperanza; lo mismo puede acaecer algo maravilloso que terrible, y las cosas terribles acuden con más frecuencia de lo que uno quisiera”, recupero ahora las palabras del escritor en la que fue la última entrevista larga que le hice, en 2006, poco antes de cumplir los 100 años. “He asistido a transformaciones radicales y frecuentes y ésta última [se refería al atentado de las Torres Gemelas] la vi desde un primer momento como un cambio fundamental en la Historia del mundo, lo cual se ha confirmado posteriormente. Occidente está dando tropezones continuos, con equivocaciones cada vez mayores, y la barbarie se ha desencadenado por el otro lado (…) Tengo la sensación de que vivimos una etapa de desmoronamiento y de que posiblemente se esté incubando una gran transformación”.

A menudo acuden a mí las palabras de Ayala. Recuerdo su confianza en el avance de las mujeres, su interés por los medios de comunicación y su influencia en el rumbo de los acontecimientos, su curiosidad por las nuevas tecnologías y las redes sociales, así como su indignación ante la estupidez y la frivolidad, ante las mentiras, ante el ambiente crispado que, en el trecho final de su vida, empezaba a percibir en la vida política española. Me planteo qué pensaría él, que, pese a su escepticismo, siempre confío en el avance hacia sociedades mejores tras el derrumbamiento del Muro y el fin de la Guerra Fría, ante el actual vaciamiento de las democracias a nivel mundial; ante el devastador efecto de las “fake news”; ante la inminencia del cambio climático y el resurgimiento de los fascismos. Me pregunto qué diría de figuras como Trump o el recién elegido Bolsonaro en Brasil, dirigentes que representan todo lo que tanto detestaba: el abuso del poder que ha movido a los hombres ayer, hoy y siempre, tema de fondo de los relatos que componen su libro Los usurpadores, una lectura también muy recomendable para los tiempos que vivimos; del mismo modo que las novelas Muertes de perro y El fondo del vaso, donde vuelve a abordar el asunto a través de la figura del dictador Bocanegra.

Siempre estoy a la expectativa, pero la expectativa no es una esperanza; lo mismo puede acaecer algo maravilloso que terrible, y las cosas terribles acuden con más frecuencia de lo que uno quisiera”, recupero ahora las palabras del escritor en la  última entrevista larga que le hice, en 2006, poco antes de cumplir los 100 años.

He atravesado dos realidades opuestas, la de antes y la de después de la Segunda Guerra Mundial, y hay que saber adaptarse, no quedarse atrapado en el pasado” (…) “El gran problema es el tremendo caos mental en el que vivimos. La gente afirma las cosas sin creérselas. Los valores están todos en crisis porque la sociedad está en un proceso de cambio continuo, no hay nada a lo que agarrarse” (…) “Ahora está todo alterado y alterándose continuamente cada día” (…) “El movimiento siempre es positivo, aunque los cambios impliquen dificultades” (…) “Son las mujeres las que aún tienen mucho por hacer. Siempre he tenido un concepto muy alto de la superioridad femenina, que ahora se está confirmando” (...) “Insistimos mucho en los peligros, pero hay que insistir también en las promesas. Todo puede ser espléndido o pésimo. El hombre puede disfrutar de la naturaleza o destruirla. Estamos en la cuerda floja. Esta es la imagen de la vida humana” (…) “He escrito siempre por impulso, obedeciendo al momento mágico, al impulso”.

Todas son declaraciones de Francisco Ayala, fragmentos que me han parecido especialmente significativos, fruto de entrevistas que tuve oportunidad de hacerle a lo largo del tiempo, entre 1990 y 2006. Con estos fragmentos de recortes de prensa me he permitido montar una especie de monólogo que pone de manifiesto la lucidez y ese ir siempre por delante de su tiempo del escritor. Pero volvamos al Jardín ayaliano, al Jardín revisitado por Carolyn Richmond, un espacio en el que el autor se permitió plasmar sus impresiones y su estado anímico ante un mundo cada vez más cambiante y fragmentado. Frente al horror y las atrocidades que no cesan, plasmadas en la primera parte del libro, el autor opone la búsqueda de la compasión, de la ternura, en un presente que, pese a todo, debe gozarse, sea cual sea la etapa de la vida en la que estemos. He ahí el gran regalo que es este libro.

La felicidad fugaz aparece una y otra vez. No se deja atrapar, escapa y al mismo tiempo ejerce un efecto benéfico en el propio autor y en todos los que nos adentramos en el libro y hacemos que la llama vibre nuevamente. “El mal es contrastado , siempre, por la posibilidad del bien”, señala Richmond. “Después de la (re)creación de una sociedad fragmentada, deshumanizada (los “Recortes”) o bien sin comunicación posible (los “Diálogos”) –un mundo diabólico, o bien, en todos los sentidos, un “Diablo mundo”–, nos abre Ayala en su contrapartida, “Días felices”; la puerta a la redención… a través, precisamente, del amor, del amor/caridad…”, seguimos su exposición.

La felicidad fugaz aparece una y otra vez. No se deja atrapar, escapa y al mismo tiempo ejerce un efecto benéfico en el propio autor y en todos los que nos adentramos en el libro y hacemos que la llama vibre nuevamente. “El mal es contrastado , siempre, por la posibilidad del bien”, señala Richmond.

La felicidad, su presencia huidiza, está muy presente en esta obra deliciosa, imposible de descifrar del todo, sencilla y compleja al mismo tiempo, clásica y contemporánea a la vez. “¿Qué es la felicidad para Francisco Ayala?”, le pregunté en aquella entrevista tardía, a la que ya he hecho mención. “Yo pienso que la felicidad consiste básicamente en estar conforme uno consigo mismo. Lo que hace infeliz a la gente es sentir una disociación entre lo que percibe profundamente ser y lo que está aparentando. Si uno es sincero, si dice lo que cree realmente puede ser feliz, pero si tiene que hacer el paripé, fingir, poner la cara… Claro que las circunstancias obligan de un modo u de otro, que no siempre se hace lo que se quiere, sino lo que no hay más remedio que hacer; pero hay que tender a ello”, fue su respuesta, palabras que en distintos momentos de mi vida han acudido a mí con su carga reveladora.

“¿Usted ha sido feliz?”, siguió la conversación. “Tengo una felicidad básica, que parte del escepticismo fundamental de saber que no somos perecederos y que nada es definitivo, y, sobre esa base, pues sí, he sido feliz, pero no hablo de una felicidad plácida en el sentido ligero, bobalicón (…) La presencia de la muerte es la que permite valorar lo que se tiene sin hacerse falsas ilusiones. Si uno acepta lo que es, si uno se acepta a sí mismo como uno es, estará labrando la base de la felicidad posible, no de la fantasmagórica, de la meramente ilusoria”.  

Las etapas de la vida, las distintas edades, el proceso de maduración, son claves en el desarrollo de Días felices, donde el narrador, que en la pieza Fragancia de jazmines se interroga sobre la vejez (¿A qué edad puede considerarse viejo un hombre? ¿A qué edad es uno lo que se dice un viejo?) llega –sigo la argumentación de Richmond– “a una plena madurez emocional que permite entender el amor como algo mucho más allá de lo físico”, con “una creciente sensación de soledad, consecuencia sin duda alguna de la presencia, cada vez más inmediata, de la muerte”.

En este artículo me estoy enfrentando yo también a los recuerdos. Estos Días felices de Carolyn Richmond, deudores de los de Francisco Ayala, me han devuelto a un libro para mí esencial, a una lectura altamente enriquecedora. En mi arca de los momentos felices guardo yo también las charlas con el escritor, con grabadora y cuaderno de notas por medio, o liberada de ellas, en esas tardes en las que disfruté de su compañía y de la de Carolyn Richmond en la casa de ella, en la calle Orellana, a la que él se acabó trasladando. Pero volvamos a la entrevista. – ¿Por qué vivimos tan desarmados ante la idea de la muerte? ¿Por qué la evitamos, le damos la espalda? – “Bueno, en otras épocas había acontecimientos, grandes epidemias o catástrofes, que de un modo inevitable hacían que la muerte estuviese presente. Pero esta época de progreso ha hecho que se vaya hacia adelante pensando que todo va bien. Ese desarme viene de ahí, del hecho de que no se acepta que esto se va a acabar. Hay que estar siempre dispuesto a aceptarlo y no como una parte más, sino como una parte fundamental, porque es el punto de partida y de llegada. Nacemos y morimos. Eso hay que tenerlo siempre presente. Cuando la gente adopta grandes entusiasmos, grandes iras o compromisos, se está olvidando de eso…”

He tenido la enorme suerte de conocer y de tratar a Francisco Ayala. Fue la nuestra una amistad en la que no contaban las barreras generacionales, porque sus sentidos siempre estaban abiertos y su actitud era la de un joven que no dejaba de hacer preguntas, de mostrar curiosidad por todo. El afecto persiste. Puedo asegurar que vuelvo a dialogar con él cada vez que abro las páginas de El jardín de las delicias. En ellas consiguió retratarse, retratar su espíritu. En ese puente entre ficción y vida que atraviesa su obra, lo encontramos. Esa coherencia consigo mismo, esa conformidad con la vida en el sentido de obrar éticamente, esa capacidad de vivir el presente en todo momento, están ahí. Y también su ironía, su humor socarrón, en el momento de juzgar, sin hacer grandes aspavientos, los desastres y derrumbes del mundo. Y su compasión, su ternura y benevolencia para con los otros. Señala Carolyn Richmond que él solía decir que la vida es una serie de despedidas. Yo me atrevo a decir que la vida está hecha también de milagrosos encuentros.

Esa coherencia consigo mismo, esa conformidad con la vida en el sentido de obrar éticamente, esa capacidad de vivir el presente en todo momento, están en las páginas de “El jardín de las delicias”. Ahí lo encontramos.

Ahora veo claramente al escritor abriendo la puerta de su casa de la calle madrileña de Marqués de Cubas. Recuerdo esa casa tan blanca, en la que había tan pocos muebles, porque él había aprendido a ir desprendiéndose de las cosas, incluso de los libros, después de tantos viajes y mudanzas. “Tampoco guardo ningún inédito en los cajones. No quiero que cuando no esté nadie me saque las vergüenzas”, me dijo riendo un día. Vuelvo a emocionarme al leer el texto que escribió para una serie de relatos que se publicó en el diario “El Mundo” en el verano de 1995, un texto que tanto participa del tono de las piezas de Días felices, donde me compara con el personaje de Violante que encargó un soneto a Lope de Vega (“Así como Violante manda a Lope de Vega que le haga un soneto, Emma me manda a mí que le escriba una prosa…)

Retrato de Francisco Ayala realizado en 2006, año de su centenario. Fotografía de Enrique Cidoncha

Evoco también un viaje a Granada para acompañarlo, a petición suya, en un homenaje que se le rindió en 2008, en una edición del Hay Festival. Un viaje corto e inolvidable que permanece grabado en mi memoria como un tesoro. En otra escena luminosa que ahora acude a mí, en una de las últimas visitas que les hice, él y Carolyn ríen abiertamente, como siempre, con un vaso de whisky, el whisky de cada día que siempre mencionaba Ayala, de por medio. Y no puedo evitar rememorar un bello sueño en el que un grupo de mariposas amarillas me conducían a una casa llena de puertas y ventanas abiertas. Un sueño que anticipó la muerte del escritor, de la que tuve noticia a la mañana siguiente, y que siempre he considerado su despedida.

No ha sido fácil para mí escribir este texto que también quiero que sea un homenaje, mi homenaje, a Francisco Ayala. Me disculpo por el exceso de protagonismo en la pieza, sabedora de haber roto, como nunca antes, el necesario alejamiento periodístico. He necesitado tiempo y distancia. He esperado pacientemente los Días felices de Carolyn Richmond para renovar el diálogo con un escritor y un ser humano al que tanto agradezco haber conocido. Os invito a entrar en el Jardín, a descubrir una obra que, como dice Richmond, se renueva con cada lectura. Encendamos la llama, que no se apague.

Para finalizar, otro fragmento de El jardín de las delicias que he subrayado en una de mis lecturas, correspondiente a la pieza titulada Sin literatura. En ella el narrador visita el museo oriental de la University of Chicago, que va a dejar, quizá para siempre, en unos días. Se detiene ante la momia desnuda de una mujer y tras contemplarla largamente se dice: “No es reverencia lo que siento, no es respeto arqueológico, ni temor, ni nada por el estilo: es una ternura insensata, que casi me lleva al borde de las lágrimas. (Hablar de un misterioso reencuentro a través de los tiempos sonaría a literatura, bien lo sé. Basta, pues)”.

Días felices. Aproximaciones a “El jardín de las delicias” de Francisco Ayala, ha sido publicado por la Fundación José Manuel Lara. Obtuvo el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos 2018.

NOTA FINAL: Mi agradecimiento a Manuel Gómez Ros, director de la Fundación Ayala, con sede en Granada, institución que desarrolla una labor muy activa en la difusión del legado del escritor. A él le pedí que me hiciese una lista urgente a las más recientes publicaciones y estudios que van apareciendo sobre el autor y que demuestran la viveza y vigencia de su obra. Además de destacar, por supuesto, la edición de las Obras Completas en Galaxia Gutenberg (2007-2014), en siete volúmenes, cada uno de los cuales lleva un extenso estudio introductorio a cargo de los mejores estudiosos de la literatura española (García Montero, Mainer, Senabre, la propia Carolyn Richmond…). Gómez Ros menciona: la colección “Cuadernos” de la Fundación Francisco Ayala, que lanzó hace unos meses una edición de un libro de Francisco Ayala y Renato Treves de 1944, con un importante estudio de Giulia Quaggio. Y anuncia la próxima publicación de un nuevo título, Transformaciones. Escritos sobre política y sociedad en España, 1961-1991, que recoge los textos de Ayala sobre la Transición. Tampoco olvida, entre lo aparecido recientemente, dos libros: Francisco Ayala en Chicago. Acercamiento oral y escrito, de Gemma Delicado y Tànit Fernández, y Redes en el exilio. Francisco Ayala y el Fondo de Cultura Económica, epistolario editado por Elizabeth Martínez.

 


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