Emma Rodríguez © 2026 /
¿No ha sido maravillosa esta jornada?”, le pregunta en distintos momentos, con las mismas palabras de satisfacción, o similares, Robert Walser a Carl Seelig, quien fuera su compañero de paseos y conversaciones durante el largo tiempo que el escritor pasó en el sanatorio de Herisau, en el cantón suizo de Appenzell-Ausserrhoden. De las muchas charlas que mantuvieron durante sus entusiastas caminatas da cuenta Seelig en Paseos con Robert Walser, una obra singular que conmueve con su capacidad para atrapar ráfagas de vida, para propiciar el acercamiento a Walser y entender sus motivaciones, sus particularidades, pero, sobre todo, para narrar la historia de una gran amistad.
Si bien me acerqué al libro movida por el interés hacia la enigmática figura del autor suizo, nacido en Biel en 1878, pronto fui consciente del valor de la obra en sí misma. Por momentos llegué a olvidarme de que Walser era el personaje central y me dejé llevar por el discurrir de la narración, por el encuentro y el intercambio de pareceres de dos hombres que se alegran de encontrarse, de compartir tiempo juntos, de descubrir paisajes, aunque a su alrededor se esté fraguando el horror de una guerra.
Para Walser, que vivió retirado 29 años en Herisau, etapa que se inició en 1933, después de una estancia más breve en Waldau, clínica de salud mental a las afueras de Berna, las visitas de quien fuera su amigo, mecenas y con el tiempo tutor legal, suponían un regalo de libertad, una oportunidad para el disfrute, para la expansión, mientras que a Seelig, también escritor, además de editor, le proporcionaban el placer de la complicidad, del intercambio, con un creador al que admiraba profundamente. Sus anotaciones de las visitas que mantuvieron desde julio de 1936 hasta la Navidad de 1955, justo un año antes de la muerte de Walser –sufrió un infarto mientras daba un paseo en solitario por los alrededores de Herisau, en medio del paisaje nevado que tanto amaba– dan lugar a una entrega que realmente transmite la dicha de estar juntos.
«Paseos con Robert Walser» es una obra singular que conmueve con su capacidad para atrapar ráfagas de vida, para propiciar el acercamiento al escritor y entender sus motivaciones, pero, sobre todo, para narrar la historia de una gran amistad.
Es ahí donde radica el don, el gran atractivo de una obra que se acerca a las ideas y a la intimidad de un ser tan escurridizo como Robert Walser, tan poco dado a exponerse, alejado por voluntad propia de los ambientes literarios y su boato. Con Seelig el escritor se muestra espontáneo, tal cual es. A poco que indaguemos en su vida, en su etapa de internamiento, nos podemos inclinar a pensar que Seelig era tal vez su único amigo, aquel ante el que era capaz de abrirse. Al principio manifiesta una cierta desconfianza, pero, poco a poco se va acercando a su interlocutor, dándole detalles de su azarosa vida, de los orígenes y vaivenes de su obra; haciéndole partícipe de su manera de mirar, de percibir el mundo. “La distancia y la sequedad tras las que gusta de parapetarse han dejado su lugar a una serena confianza”, constata Seelig.

La actitud reflexiva de su cautivadora obra El paseo, que tiene cabida en otra página de Lecturas Sumergidas, asoma en el libro que nos ocupa, que la editorial Siruela ha reeditado recientemente y que, entre sus muchas virtudes, también tiene la de abrir las ganas de acceder a sus prosas breves, a novelas como El ayudante, Los hermanos Tanner, Jakob von Gunten…
Seelig es capaz de transmitir los silencios y los hallazgos en un recorrido en el que brilla el sol, pero que nos deja, sobre todo, la sensación del frío, del invierno, de los espacios nevados, trasladándonos con palabras, pero también con las fotografías que fue haciendo al escritor a lo largo de los años, la imagen de elegante desaliño de Walser; habitualmente desabrigado, con su sombrero y su paraguas a cuestas. Las páginas que vamos pasando nos dejan la impresión de una extraordinaria viveza y cercanía, como si también nosotros, lectores, participáramos de las rutas y de la alegría que, la mayor parte de las veces, las acompañan.
Con Carl Seelig el escritor se muestra espontáneo, tal cual es. A poco que indaguemos en su vida, en su etapa de internamiento, nos podemos inclinar a pensar que Seelig era tal vez su único amigo, aquel ante el que era capaz de abrirse.
La relación entre nuestros dos protagonistas se inició en 1929, en la etapa en que Walser estaba ingresado en Waldau, a través de “unas pocas y sobrias cartas: preguntas y respuestas breves y sencillas”, nos hace saber Seelig en el apunte que abre el libro. “Sentía la necesidad de hacer algo por la publicación de sus obras y por él mismo. Entre todos los escritores contemporáneos de Suiza, me parecía el personaje más peculiar. Se mostró de acuerdo en que lo visitara, así que ese domingo [26 de julio de 1936] viajé, temprano, de Zúrich a St. Gallen (…) En Herisau tocaban las campanas cuando llegué. Me hice anunciar al médico jefe del sanatorio, Dr. Otto Hinrichsen, quien me dio permiso para ir a pasear con Robert”.
De esta manera inicia Seelig su narración. Ahí, en la primera caminata hacia la estación de Herisau y St. Gallen, un caluroso día de verano, dio comienzo la historia de una amistad. Podía haberse quedado en un simple contacto, pero perduró y se afianzó a lo largo del tiempo. Pienso, mientras escribo estas líneas, en el ensayo de Claire Marin, Los comienzos, que ocupa otra página de este número de Lecturas Sumergidas. Me imagino la ilusión, el suspense, de Seelig, que había sido avisado por Lisa, la hermana del escritor, de su habitual desconfianza, y también la curiosidad, la suspicacia de Walser… Si cabe hablar de una poética de los comienzos esta va ligada a la emoción que sentimos ante la revelación…”, escribe Marin. “El silencio fue la estrecha senda por la que fuimos al encuentro el uno del otro. Con la cabeza hirviendo al sol recorrimos el paisaje, un paisaje ondulado de prados y bosque, en absoluto telúrico. A veces Robert se detenía para encender un cigarrillo Maryland y olfatearlo”, narra Carl Seelig el inicio de la que fue, sin duda, una de las experiencias más enriquecedoras de su vida.
Y enseguida se refiere a la primera apertura de Walser a la hora de la comida en Löchlibad, “entre un vino de Berneck rojo sangre y cerveza”. Le habló entonces de sus trabajos de juventud en Zúrich, de su primer libro, Los cuadernos de Fritz Kocher, publicado en 1904, ilustrado con dibujos de su hermano Karl. Le dijo que no le había reportado honorario alguno, que se saldó muy pronto.
Los problemas económicos salen continuamente en la conversaciones, en gran parte consecuencia de la firme determinación de Walser de mantenerse al margen de los círculos literarios, “pero el divismo en boga en tantos lugares sencillamente le asqueaba. No hacía sino degradar al escritor a la condición de limpiabotas”, va retratando Seelig a Walser, partiendo de sus palabras, de sus confidencias. “Sí. El sentía que su momento había pasado. Pero era algo que le dejaba frío. Cuando se va camino de los sesenta, hay que saber pensar en otra forma de vida”, constata, recogiendo el pensamiento de quien consideraba la escritura “un trabajo como otro cualquiera”.

Seelig nos atrapa con su proximidad y la autenticidad que desprende su retrato del escritor. Cualquier estudioso que quiera adentrarse en su biografía y en su obra no puede pasar por alto este libro que igualmente disfrutamos quienes, lejos de la especialización, habiendo leído alguno de sus libros, sentimos curiosidad por su figura. Los paseos con Robert Walser, como decía, es una obra que estimula a leer más al escritor. El entusiasmo, la frescura, son características de una entrega literaria que, en cierto modo, se convierte también en una guía de viajes y gastronómica por los entornos en los que vivió Walser la última etapa de su vida. Confieso que más de una vez me puse a curiosear en Internet sobre determinados enclaves. Pongo como ejemplo la búsqueda de St. Gallen, una referencia constante en el recorrido, al noreste de Suiza, al sur del lago de Constanza y en el punto de encuentro de cuatro países: Suiza, Alemania, Austria y Liechtenstein. La capital del cantón de San Galo es un destino popular debido a su riqueza histórica, cultural y natural.
Trazar una ruta a partir de la lectura de este libro, incluyendo el aspecto gastronómico, como decía, daría para otro artículo. El disfrute de la buena mesa, la comida típica de los lugares a los que van llegando en sus largas caminatas, está muy presente en un trayecto que, si bien se muestra sombrío en algunos momentos, resulta, sobre todo, jubiloso.
Las lecturas, los gustos del escritor, sus filias y fobias, ocupan muchos tramos del libro. Su admiración por Dickens, Dostoievski, Tolstói, Gottfried Keller, Heinrich von Kleist; sus críticas, entre otros, hacia Nietzsche, que le “parece un personaje diabólico, ansioso de victoria y desmedidamente ambicioso”, salen a relucir.
Entre las muchas menciones a otros autores llama mi atención lo que dice de Thomas Mann, a quien considera un hombre de éxito, todo lo contrario que él. “Lo ha tenido todo desde su juventud: tranquilidad burguesa, seguridad, felicidad familiar, reconocimiento. Ni siquiera la emigración fue capaz de derribarlo. Siguió escribiendo en suelo extranjero como un diligente gestor en su oficina (…) Su formalidad burguesa y su esfuerzo, casi científico, por poner cada detalle en el sitio adecuado, tienen algo que impone respeto”.
En Los paseos también asoma la historia, la política, el tiempo convulso que ambos protagonistas están viviendo. Y, por supuesto, las distintas etapas vitales y creativas de Walser. “La época más productiva de su vida de escritor habían sido los siete años de Berlín y los siete siguientes en Biel. Allí nadie le había presionado y nadie le había controlado. Todo había crecido con tanta calma como la manzana en el manzano”, escribe Carl Seelig, siempre interesado en conocer los procesos creativos de Walser, el surgimiento de sus obras. Un día, por ejemplo, le hace saber que había leído con entusiasmo su Jakob von Gunten y le pregunta dónde se le ocurrió. “En Berlín. En su mayor parte, es una fantasía poética. Algo temeraria, ¿verdad? Entre mis libros de mayor extensión, es mi favorito”, le responde Walser, quien, como comprobamos en otros momentos, suele partir de lo concreto para acabar reflexionando sobre aspectos de la escritura, sobre la literatura en general.
“La época más productiva de su vida de escritor habían sido los siete años de Berlín y los siete siguientes en Biel. Allí nadie le había presionado y nadie le había controlado. Todo había crecido con tanta calma como la manzana en el manzano”, Escribe Seelig.
Así prosigue su respuesta, tras una pausa que destaca su interlocutor: “Cuanta menos acción hay y más pequeño es el entorno que precisa un poeta, tanto mayor suele ser su talento. Desconfío de antemano de los escritores que se exceden en la acción y necesitan el mundo entero para sus personajes. Las cosas cotidianas son lo bastante bellas y ricas como para poder sacar de ellas chispazos poéticos”.
Es mucha la sabiduría que transmiten las palabras, los pareceres, de Robert Walser. Es mucha la sensibilidad que derrama Carl Seelig a la hora de aproximarse a él, de captar sus humores, sus contradicciones, sus luminosidades y también su lado más taciturno . Un día, de julio de 1941, se encuentran ambos ante el balneario de Jakobsbad, que tiene enfrente un edificio barroco parecido a un convento. Seelig propone echar un vistazo, pero Walser no está dispuesto y lo argumenta: “Todo esto es más bonito desde fuera. No hay que querer conocer todos los secretos. Me he atenido a eso durante toda mi vida. ¿No es hermoso que durante nuestra existencia algunas cosas se mantengan extrañas y ajenas, como detrás de muros de hiedra? Eso les da un encanto indecible que se va perdiendo cada vez más. Hoy en día todo es codiciado y poseído brutalmente”.
En el 65 cumpleaños del escritor, un 15 de abril de 1943, Seelig le visita, preocupado por su hospitalización reciente debido a problemas intestinales, por su negativa a operarse, a no seguir los consejos médicos. Ese día realizan una caminata – “bastante monosilábica”– por la zona del bajo Toggenburg, y tras sentarse en una terraza al sol con tres cervezas, en las cercanías de Herisau, y terminar la jornada en un salón de té, le dice: “En la vida humana tiene que haber también cosas desagradables, para que lo bello se destaque con tanta mayor plasticidad de lo feo. Las preocupaciones son los mejores educadores”.
Otro día del mismo año, mientras toman una copa de despedida en la estación de St. Gallen, Walser empieza a hablar de la vejez. “Solo un porcentaje de personas curiosamente pequeño sabe disfrutar de la vejez, cuando puede ser tan satisfactoria. Se ha comprobado que el mundo aspira a volver siempre a las cosas sencillas, elementales. Por sano instinto uno se resiste a que lo excepcional, lo extraño, se haga dominante. La inquieta codicia hacia el otro sexo se ha extinguido, y ya solo se aspira al consuelo de la naturaleza y a las cosas concretas y hermosas que están al alcance de todo el que las anhela. Por fin ha desaparecido la vanidad y uno se solaza en la gran calma de la vejez igual que bajo un suave sol”.
Walser: «¿No es hermoso que durante nuestra existencia algunas cosas se mantengan extrañas y ajenas, como detrás de muros de hiedra? Eso les da un encanto indecible que se va perdiendo cada vez más. Hoy en día todo es codiciado y poseído brutalmente”.
“Sin amor el hombre está perdido”, es otra de las inolvidables frases de Walser que encontramos en este libro. La interpreto como un abrazo al amor en su totalidad, pero me pregunto por las relaciones amorosas en su vida. Solitario empedernido, nunca llegó a enamorarse de manera convencional, aunque dedicó espacio al amor (en el volumen Historias de amor, se recogen sus escritos al respecto). En el libro que nos ocupa el escritor se fija en la belleza de camareras y sirvientas que les atienden en los sitios que frecuentan y salen a la luz algunos nombres de mujer, como el de la actriz Gertrud Eysoldt, a quien Walser confiesa haber admirado, con quien realizó un paseo por Berna que ella recordaría, ya en su vejez, con Seelig. “Le encantaron su atención hacia las alegrías marginales de la vida y su comprensiva picardía hacia los vicios humanos”.
Son muchas las escenas, las observaciones, que nos inspiran en este libro tan especial al que su autor se refiere como “descripciones íntimas”. Atravieso sus páginas, siguiendo lo subrayado durante la lectura. Me detengo en el día en que Seelig le hace saber que Franz Kafka ha contribuido a su popularidad en Praga, tras degustar su novela Jakob von Gunten, sus prosas de la etapa berlinesa, recibiendo como respuesta un gesto de desdén, pues Walser apenas conoce la obra de Kafka. Llama mi atención ser consciente de que mientras realizaban sus paseos las bombas de la Segunda Guerra Mundial estaban cerca y escuchaban las alarmas aéreas. Y la vida seguía, con sus paisajes, con sus pequeños placeres y sus alegrías, pese a todo.

Un frío 2 de enero de 1944, los caminantes toman la carretera ligeramente nevada que conduce a Gossau, rememoran a Hölderlin visitando lugares como Hauptwill, donde alrededor de 1800 fue preceptor de la familia Gonzenbach, y hablan del bombardeo de las ciudades alemanas a manos de los aliados. “Esos bárbaros de Hitler no se merecen nada mejor. Al decidir acerca de su propia existencia, toda nación se convierte en brutal y egoísta...”, opina Walser.
Hay reacciones del escritor que desconciertan, por ejemplo el no querer visitar por última vez a su hermana Lisa, a quien tanto quería, aunque esta, ya muy enferma, reclame su presencia en Berna, ciudad a la que por nada desea regresar. “Las peticiones sentimentales me dejan frío. ¿Acaso no estoy yo también enfermo? ¿Acaso no preciso también descanso? En estos casos, lo mejor es estar completamente solo. No quería otra cosa cuando fui ingresado en el hospital. En situaciones así, la gente sencilla como nosotros tiene que mantener la mayor serenidad posible”, le transmite a Seelig, ante quien argumenta: “¿Y ahora quiere que “galope” con usted precisamente hasta Berna ¡Me hará avergonzarme ante sus ojos! Nos quedaremos plantados como dos pasmarotes ante la pobre Lisa y quizá incluso la haremos llorar. ¡No, no, por mucho que la quiera, no podemos ceder a esas trampas!…”
“También yo tendré que morir solo un día”, prosigue Walser ante la insistencia del amigo en que acuda a la llamada de su hermana. Seelig ya había comprobado su sequedad, su falta de emocionalidad ante la muerte, cuando con anterioridad se enteró del fallecimiento de su hermano, el pintor Karl Walser “Evita severamente toda manifestación sentimental (…) Es esta una actitud que se observa en muchos esquizofrénicos “, apunta el autor de Los paseos.
La animadversión de Walser hacia Berna tiene que ver con la gran crisis creativa que experimentó allí, con el fin de su vida mundana y su llegada a Waldau, donde siguió escribiendo algo para un par de publicaciones. “En Herisau”, le hace saber a Seelig, “no he escrito nada más. Mi mundo fue destruido por los nazis. Los periódicos para los que escribía han desaparecido; sus redactores fueron perseguidos o han muerto. Me he convertido casi en una estatua”.
Un 9 de abril de 1945, ante la llegada de la primavera, Walser exclama que se trata de la más extraña de las estaciones. “¡Todo está lleno de promesas y tiernas esperanzas! ¡Qué fácil es caminar ahora! Ya no hace frío, pero aún no hace calor, los pájaros despiertan de su letargo, las nubes acompañan y la gente vuelve al fin a mostrar un rostro luminoso”. Meses después, el 12 de agosto, tiene lugar un nuevo encuentro. Se ha inventado la bomba atómica, la guerra mundial se acaba, durante una conversación sobre la Alemania vencida, Walser señala. “¡Si los alemanes aprendieran al fin a no querer guiar siempre su política a base de genios!…”
«Mi mundo fue destruido por los nazis. Los periódicos para los que escribía han desaparecido; sus redactores fueron perseguidos o han muerto. Me he convertido casi en una estatua”.
Dando un salto temporal, en julio de 1950, en la charla que mantienen los dos protagonistas sale el tema de la intervención norteamericana de Corea, ante la que Walser se muestra indignado. “¿Ha visto esas caras de gánster, esa carne de horca? Orgullosamente necios, arrogantes y rapaces. ¿Qué les importa a los americanos la lucha por la libertad de una antigua civilización? Naturalmente con su moderna maquinaria de guerra lo destrozarán todo y vencerán. Pero, ¿cómo devolverán después a su jaula a la bestia llamada “capitalismo”?”.
El transcurrir, el paso del tiempo, los ciclos de la naturaleza, el devenir de la historia… Todo se refleja magníficamente en esta obra en la que asistimos al afianzamiento de una honda complicidad. Robert Walser se muestra muy abierto, muy libre en sus convicciones respecto a cuestiones políticas y creativas, pero conservador en cuanto a asuntos varios, en lo que concierne a las mujeres, por ejemplo, algo tan propio de los hombres de su tiempo. Complejo, contradictorio, original, solitario, nos atrapa este hombre indescifrable en tantos aspectos que le declaraba al amigo su felicidad tras un paseo por Appenzell. “¿Qué más necesitamos que una pradera, un bosque y unas cuantas casas apacibles para estar contentos?”.
Mientras pasaba las páginas del libro pensaba en la lucidez que transmite Walser en sus conversaciones con Seelig, en lo lejos que están sus problemas mentales cuando pasea, disfruta, dialoga con entusiasmo sobre los más diversos temas, habla de sus lecturas. Oía voces, no podía dormir, atormentado por las pesadillas, tenía problemas con la bebida y un comportamiento social errático, antes de ser internado. Hay un momento del libro que nos ocupa en el que hace referencia a su etapa de crisis creativa cuando vivía en Berna, a la que ya he aludido. No encontraba motivos para escribir y desde un suplemento literario le aconsejaron que se tomase un descanso. “Estaba desesperado. Sí, era cierto, me había secado totalmente. Estaba quemado como un horno”, le dice a Seelig, reconociendo que, pese a todo, siguió escribiendo sin lograr más que “necedades”, porque lo único que siempre le había salido bien era lo que había brotado con naturalidad, lo que de algún modo había vivido.
Y le confiesa: “Por aquel entonces hice un par de chapuceros intentos de quitarme la vida. Pero no era capaz ni de hacer un nudo corredizo en condiciones. Finalmente mi hermana Lisa me llevó al sanatorio de Waldau. Delante de la entrada le pregunté: “¿Estaremos haciendo lo correcto?” Su silencio fue lo bastante elocuente. ¿Qué otra opción me quedaba sino entrar?”
Robert Walser fue diagnosticado de esquizofrenia y aceptó voluntariamente su internamiento. Más allá de sus problemas psicológicos, a través de sus palabras, se percibe un profundo deseo de huir del mundo, de apartarse, de encontrar refugio y dejar por fin de prestar atención a las presiones del exterior. Su espíritu libre, rebelde, su sensación de encontrarse al margen de la sociedad, me recuerdan a Thoreau, que también levantó su obra en medio de las dificultades económicas, aunque en su caso contó con la complicidad de los trascendentalistas. Seguro que podríamos encontrar más similitudes entre ambos, por ejemplo sus dificultades para hallar el amor, pero, de nuevo, este sería otro tema.
Robert Walser fue diagnosticado de esquizofrenia y aceptó voluntariamente su internamiento. hay en él un profundo deseo de huir del mundo, de apartarse, de encontrar refugio y dejar de prestar atención a las presiones del exterior.
Una y otra vez Robert Walser saca a relucir en las conversaciones su inadaptación, su negativa a aceptar las reglas de la sociedad de su tiempo. “En mi entorno siempre ha habido complots para rechazar a bicharracos como yo. Siempre se rechazaba, con elegancia y distinción, todo lo que no tenía cabida en el propio mundo. Jamás me atreví a abrirme paso. Ni siquiera tuve el coraje de echar un vistazo. Así que viví mi propia vida en la periferia de la burguesía, y ¿acaso no estuvo bien así? ¿No tiene mi mundo derecho a existir, aunque en apariencia sea un mundo más pobre e impotente?”, le transmite al amigo.

Antes de su reclusión realizó distintos trabajos: en compañías de seguros, como comisionista en una compañía de banca y transportes…, pero esos trabajos le duraban poco. En cuanto recibía algo de dinero se despedía para escribir sin ser molestado. Vivió en habitaciones en casas y en ciudades diversas. Gracias a sus escritos en distintas publicaciones fue sobreviviendo. Siempre fue consciente de que no plegarse a los intereses materiales le habían deparado “un viaje de derrota en derrota”.
“¿Sabe por qué nunca llegué a la cumbre como escritor? Se lo voy a decir: porque tenía muy poco instinto social. Actué casi de espaldas a la sociedad (…) Hoy lo veo con toda claridad. Me entregué demasiado a mi personal placer. Sí, es cierto, tenía condiciones para convertirme en una especie de vagabundo, y apenas me resistí a ello”, le dice a Seelig en una ocasión, recordando su etapa en Berlín, cuando andaba “por vulgares tascas y cabarés”, sintiéndose “feliz” en su pobreza, “como un bailarín despreocupado”. Reconoce que entonces bebía mucho y que se volvió “bastante imposible”, teniendo que regresar a Biel con su hermana.
WALSER A SEELIG: «¿Sabe por qué nunca llegué a la cumbre como escritor? Se lo voy a decir: porque tenía muy poco instinto social. Actué casi de espaldas a la sociedad (…) Hoy lo veo con toda claridad. Me entregué demasiado a mi personal placer…»
En otro momento, un “maravilloso día de otoño” de 1949, cuando caminan hacia la solitaria Toggenburg, argumenta respecto al mismo tema: “Cuando los artistas no mantienen una relación de tensión con la sociedad, se paralizan con rapidez. No pueden dejarse mimar por ella, porque entonces se sienten obligados a plegarse a las circunstancias dadas. Nunca, ni siquiera en los períodos de mayor pobreza, me dejé comprar por la sociedad. Siempre antepuse la libertad personal”.
Las idas y venidas, las experiencias creativas de Walser, ocupan páginas muy interesantes de este libro que demuestra la conexión del escritor con los entornos naturales, su disposición a disfrutar de la vida al aire libre, lejos de los ambientes donde se fraguaban las carreras y los destinos gloriosos. La humildad y la poca ambición de Walser le convirtieron en un hombre a contracorriente, poco entendido. Nunca se sintió un escritor genial ni un maestro, rechazaba las alabanzas, no le gustaba leer lo que se escribía sobre él, en el sanatorio de Herisau quería ser considerado un interno más. “¿Cómo puede usted afirmar siempre que es un fracasado? ¿Es que el éxito se mide por el precio de los libros que un poeta compone? ¡Cuántos hablan con entusiasmo de sus obras todavía hoy!”, se le enfrenta Carl Seelig, mientras él le manda a callar y le dice. “¿Es que piensa que me creo esa mentira piadosa?”.

Pese a todo, Robert Walser no pudo evitar que su nombre, su obra, haya llegado más lejos que la de muchos de sus contemporáneos, despertando la admiración de creadores de distintas generaciones, hasta el día de hoy. Pienso en Kafka, ya citado, en quien no pocos críticos han encontrado las huellas de Walser, y en el amigo de éste, Max Brod; también en Elías Canetti que escribió sobre él: “Si uno se resiste a llamarlo grande es solo porque nada podría serle más ajeno que la grandeza”. Y en Thomas Mann, Stefan Zweig, Robert Musil, Roberto Calasso, Walter Benjamin, W. G. Sebald, J. M. Coetzee, Susan Sontag, Enrique Vila-Matas…
Carl Seelig finaliza sus Paseos con Robert Walser con un último apunte, correspondiente a la Navidad de 1955, de un día en que caminaron hacia St. Gallen hablando de teatro y de premios literarios. Ahí, como explica el autor, concluyó sus anotaciones. No tomó apuntes de paseos posteriores y se pregunta si es que, acaso, “sentía instintivamente el cercano final”, si quería “dejar que las huellas se borraran en el silencio”. Un último encuentro con el escritor, previsto para el 25 de diciembre de 1956, hubo de aplazarlo para Año Nuevo, porque su perro dálmata, Ajax, estaba enfermo y no quería dejarlo solo. Pero sonó el teléfono para anunciarle que Robert Walser había fallecido poco después del mediodía en un campo nevado, el mismo en el que ambos habían pasado “horas inolvidables” en distintas jornadas.
Un último encuentro con el escritor, previsto para el 25 de diciembre de 1956, hubo de aplazarlo Seelig para Año Nuevo, porque su perro dálmata, Ajax, estaba enfermo. Pero sonó el teléfono para anunciarle que Robert Walser había fallecido poco después del mediodía en un campo nevado.
“Esa noche no quise ver más árboles de Navidad. Su luz me dolía demasiado”, escribe Seelig, quien en las páginas finales de la entrega recrea el último paseo de Walser en solitario. “El muerto que yace en la pradera nevada es un poeta al que extasiaba el invierno, con su ligera y alegre danza de copos…, un verdadero poeta, que anheló como un niño un mundo de paz, de pureza y de amor. En el bolsillo de su pecho hay tres cartas y una postal, dirigidas a él. Allí está escrito su nombre”, concluye el amigo y autor de los inolvidables Paseos.
Este libro-tesoro no concluye ahí, sino con un epílogo del autor Elio Fröhlich que es un elogio de Carl Seelig, un justo homenaje a quien es tan protagonista de la entrega como el propio Walser, pues sin su sensibilidad, sin su voz, sin su manera cómplice de leer, de acompañar a Walser, no existiría este esencial retrato íntimo y, seguramente, la figura, la obra del escritor se habrían difuminado. Fröhlich señala que Seelig logró “arrancarlo de la oscuridad en la que había caído con su retirada al sanatorio, para dar de este modo algo bueno a alguien tan difícil de obsequiar”.
Fue gracias a Carl Seelig, que sobrevivió poco más de cinco años a Walser, que vieron la luz póstumamente los singulares y enigmáticos Microgramas del escritor, descubiertos entre sus pertenencias tras su muerte. Se trata de textos breves (poemas, reflexiones…), escritos, entre 1929 y 1932, a lápiz, casi ilegibles, en trozos de papel de todo tipo (tarjetas postales, almanaques, recortes de periódicos…). Con ellos se demuestra la grandeza de quien negaba su propia genialidad, de quien escribía en secreto, por necesidad, por la inevitabilidad y el placer de hacerlo, sin esperar nada a cambio.
Paseos con Robert Walser ha sido publicado por Siruela, con traducción de Carlos Fortea. Incluye fotografías del autor de la obra, Carl Seelig.









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