Emma Rodríguez © 2024 /
“Estoy en la plataforma del tranvía eléctrico y siento una inseguridad absoluta con respecto a mi lugar en este mundo, en esta ciudad, en mi familia. Ni siquiera a grandes rasgos me veo capaz de indicar qué pretensiones, en el sentido que sea, tendría derecho a invocar…”
Así comienza El pasajero, una de las prosas de Franz Kafka incluida en el volumen de Cuentos Completos, publicado por Páginas de Espuma ahora que se celebran los 100 años de la muerte del escritor. He elegido este inicio, de entre todos los posibles, porque estas líneas dan cuenta de la desubicación, de la desorientación y el desplazamiento, de ese no encajar en los órdenes impuestos, en los mecanismos sociales, de su tiempo, de cualquier tiempo en el que le hubiera tocado vivir, que define el recorrido kafkiano.
En el regreso a sus escritos esta idea se ha afianzado en mí. Pienso que Kafka habla en nombre de todos los inadaptados del mundo. Una y otra vez me he sentido tocada, afectada, por esa sensación, por esa experiencia que transmiten sus narradores de sentirse fuera, ajenos, a lo que está aconteciendo, a los sucesos habituales, corrientes, que no comprenden, que no comparten. He aquí uno de los resortes, de los impulsos que mueven la obra de quien no pudo imaginar la capacidad que tenía para agitar las aguas de la literatura.
Movida por el deseo de que Kafka (1883-1924) tuviera su lugar en Lecturas Sumergidas, su lugar propio, pues su nombre aparece una y otra vez, de la mano de autores diversos, en las páginas de esta revista, decidí adentrarme en sus territorios, por los que llevaba un largo tiempo sin transitar. No puedo recordar, como Andrés Neuman, autor del magnífico prólogo del libro que tengo en las manos, el momento y lugar exacto en que leí La metamorfosis, traducida en las ediciones más actuales como La transformación, pero sí está muy vívida la sensación de extrañeza e inquietud que me produjo.

Sé que tiempo después –alrededor de los 20 años– descubrí El proceso y que, desde entonces, cualquier situación de injusticia me lleva a la novela. La injusticia, el absurdo de determinados reglamentos y actuaciones de los gobiernos que dirigen las directrices del mundo, los abusos de poder, están muy presentes en las narraciones de Kafka, quien se me hace presente cuando no logro entender detenciones de activistas que luchan por causas nobles; cuando se pisotean los derechos humanos; cuando se acepta el horror; cuándo las mentiras mediáticas calan en las poblaciones; cuando desde las alturas de la política se mide con distinto rasero a unos pueblos frente a otros; cuando la desigualdad duele y la impunidad reina en determinados sectores de la sociedad; cuando me siento fuera de los parámetros, de los valores, de una sociedad demasiado volcada en lo material.
Kafka supo leer el absurdo de su época y anticiparse al hoy. A través de su literatura, nos ha regalado una manera de mirar, de interpretar el mundo. He sido muy consciente de ello –algo a lo que se han referido no pocos expertos en su obra– en esta inmersión que he acometido ahora, en esta aventura marcada por el propósito de acercarme al autor de nuevas, como si nada supiera de él, perdiendo un poco el respeto al clásico, a su grandeza. ¿Es posible leer a Kafka sin el peso de su legado a cuestas? ¿Es fácil determinar qué nos susurra directamente al oído, sin la interferencia de tantas opiniones, de tantas interpretaciones?, me pregunto.
Os diré que conseguí disfrutar del trayecto, como quien emprende un viaje sin mapas, con la disposición de dejarse sorprender, tomarse tiempo, detenerse en lugares al margen de las rutas convencionales. Hubo momentos en los que me sentí cautivada por el transcurrir de las narraciones; otros en los que lamenté sus finales abruptos; algunos en los que creí haber llegado a fugaces revelaciones; y unos pocos en los que el túnel se volvía oscuro y me costaba seguir avanzando… Os diré también que una vez concluido el itinerario me sentí un tanto abrumada, pues qué podía contar, qué podía decir yo de Kafka a estas alturas, con todo lo mucho, y excelente, que se ha escrito y se ha contado sobre su vida, sobre su producción. Únicamente compartir mi experiencia de lectura, me dije, seguir tirando del hilo, unir mi mirada a tantas otras, perdiéndome en el laberinto en el que tantos lectores antes que yo se han perdido y se seguirán perdiendo.
A día de hoy, Kafka se nos escapa, continúa siendo inaprensible. Pese a lo mucho que sabemos de él sigue resultando enigmático, indescifrable. Él, que cambió los puntos de vista literarios, que influyó en la manera de mirar y de contar de tantos y tantos grandes nombres de las letras, es un personaje literario en sí mismo: su vida, sus amores, sus frustraciones, sus cartas, sus decisiones, sobre todo esa petición final –cuando la muerte ya acechaba, a causa de la tuberculosis– de que gran parte de sus escritos fuesen quemados, desoída por su gran amigo y editor Max Brod. A lo largo del tiempo se ha argumentado mucho sobre ello, sobre todas las circunstancias que tienen que ver con el que en su día parecía simplemente un afable oficinista que paseaba por Praga y escribía por las noches. Cuántos Kafka caben en Kafka…

La lectura de sus Cuentos Completos, de todo lo que escribió, salvo sus novelas, permite una aproximación de conjunto a sus claves, a sus obsesiones, a sus interioridades, pues el autor planea por debajo de sus escritos, está muy presente. Todo lo que le preocupó, todo lo que imaginó y soñó está ahí, al alcance de nuestra mano. De ello dejó constancia en piezas diversas, muchas inacabadas, apenas esbozos, que son capaces de indicarnos, a cada cual, caminos diversos. Debemos estar dispuestos a entrar y perdernos en sus laberintos, encontrar sentidos en ese juego de espejos que deforman la realidad al tiempo que la hacen demasiado reconocible. Hoy es recurrente, y puede resultar hasta manoseado, decir que vivimos en un mundo kafkiano, pero, ¿acaso hay otra manera de describirlo? ¿Cómo nombrar la perplejidad y confusión ante la sinrazón que nos rodea? Asistimos cada día a discursos y actuaciones de líderes políticos que parecen salir de la peor de las pesadillas; se sostienen guerras sin sentido, se permiten genocidios… ¿Existe mejor palabra que kafkiano para definirlo?
KAFKA es un personaje literario en sí mismo: su vida, sus amores, sus cartas, sus decisiones, sobre todo esa petición final –cuando la muerte ya acechaba– de que gran parte de sus escritos fuesen quemados, desoída por su gran amigo y editor Max Brod.
Desde su extrema sensibilidad, desde su propensión a situarse en los márgenes, Kafka nos pone frente a los demonios personales y colectivos de forma esclarecedora. Sus relatos están llenos de repudio hacia el egoísmo, hacia la domesticación, hacia la alienación, hacia quienes desprecian a los más desfavorecidos. “Hoy la vigencia de Kafka sigue propiciando fenómenos inversos. No es tanto que su obra explique el tiempo que nos ha tocado resistir, sino que la realidad misma insiste en volverse cada vez más kafkiana, en una mimesis oscura como una cucaracha. Plagiando sus lógicas, el mundo abusa de Kafka”, argumenta Andrés Neuman en el prólogo.
Alude el escritor a un rasgo que enlaza con lo que comentaba al principio de este texto sobre el “no encajar”, el sentirse fuera, desplazado, diferente, como punto de partida de la creación kafkiana. Se refiere a “la identidad desplazada” del escritor, hecha, como indica, “de minorías superpuestas: demasiado judío para el canon alemán de entreguerras (recordemos que sus tres hermanas, al igual que Milena, murieron en campos de concentración), demasiado germanófono para la tradición nacional checa, demasiado incómodo para el futuro soviético de su Praga natal, demasiado distinto de su propio padre. Quizá por eso sea tan de nadie y tan nuestro”.
Apunta también Neuman que, al pensar en el estilo de Kafka, se tiende a exagerar su “carácter parabólico”, tal vez sin hacer demasiado hincapié en la sensorialidad que envuelve sus escritos, “una sensorialidad colmada de ruidos, temperaturas, estímulos visuales”. Estoy totalmente de acuerdo con él. Me ha sorprendido la gran capacidad de observación del autor, sus sentidos despiertos ante lo que contempla, su don para captar detalles imperceptibles durante los paseos que entran en sus textos, sus miradas a la calle desde ventanas abiertas. Hay un texto muy breve, un microrrelato, que se titula precisamente La ventana a la calle, que me gusta especialmente y que paso a transcribir.
“Quien viva aislado, pero quiera relacionarse de vez en cuando aquí y allá; quien considerando los cambios de hora, de clima, de las circunstancias profesionales y aspectos parecidos quiera ver, pese a todo, un brazo cualquiera en el que poder apoyarse, no aguantará mucho tiempo sin una ventana a la calle. Y si ocurriera que no buscara nada y solo se acercara al antepecho de la ventana como un hombre cansado, con los ojos arriba y abajo entre el público y el cielo, y se resistiera y hubiera inclinado un poco la cabeza hacia atrás, los caballos de abajo le arrastrarían con su séquito de carruajes y ruido y así por fin hacia la armonía humana”.
Son muchos los descubrimientos, las narraciones que me han cautivado en este intenso recorrido, que se acompaña de expresivas ilustraciones de Arturo Garrido. Cuento a cuento, se van iluminando las estancias de Kafka, sus tránsitos. Hace hincapié Alberto Gordo, el traductor de los textos al castellano, en su nota de introducción, donde se ofrecen detalles sobre el criterio de selección de los textos y se da cuenta, en un conveniente apartado posterior, del tiempo y el lugar en que fueron escritos y publicados –muchos de ellos no vieron la luz en vida del escritor–, de dos piezas que sobresalen en el conjunto. Se trata de Descripción de una lucha y Cuando Eduard Raban.

Cuenta el especialista que la primera, poco conocida y considerada por el autor “una novela corta”, es el texto narrativo más temprano que se conserva de él. Trabajó en el mismo durante al menos siete años, publicó como piezas autónomas algunos de sus tramos –que entran en el tomo que nos ocupa– y compuso distintas versiones. Esta “narración aún imperfecta” resulta esencial en el corpus kafkiano, ya que en ella se encuentran rasgos tan reconocibles como el elemento onírico, y “por primera y última vez, Kafka nombra los espacios de Praga, de una Praga fantasmal y brumosa”, que los protagonistas recorren en una noche de invierno. Es en el territorio aquí trazado donde el escritor desarrollará su obra posterior, apunta el traductor, quien destaca del segundo relato citado, el encuentro con su “singular enfoque sobre la realidad” y “la aparición por primera vez de un escarabajo humano”, antecedente de la que será su obra más famosa.
Los relatos «Descripción de una lucha» y «Cuando Eduard Raban» sobresalen en el conjunto. En el Primero, el más temprano que se conserva, aparece ya el elemento onírico. En el segundo aparece por primera vez un escarabajo humano.
En ambas narraciones se da cuenta de un encuentro entre dos hombres que pasean juntos y conversan. En ambos se habla del amor –de la facilidad para ser amado, para lograr la felicidad, o no, en el primero–; del compromiso y las dudas al respecto, en el segundo. Descripción de una lucha es más extraño, nos confunde con su recorrido tortuoso, con el vuelo de la imaginación, capaz de levantar escenarios y personajes solo posibles en los sueños. Cuando Eduard Raban es menos intrincado y refleja muy bien la vivacidad con la que Kafka describe atmósferas y ambientes, la sensación de movimiento que logra todo el rato, con la gente que pasa por la calle mientras llueve; con los obstáculos que se van encontrando al paso, entre ellos los carruajes que circulan y lo entorpecen todo.
Es un día lluvioso e incómodo en la ciudad, sí, y el protagonista se dirige al campo, donde le esperan su prometida, allegados y amigos, a los que será presentado, pero es interceptado por un conocido con el que recorre varios trechos. Raban parece perderse y confundirse; algunos lugares por los que pasa no dejan de cambiar; teme la demora, no llegar a tiempo a coger el tren, y mientras charla con su interlocutor se siguen acentuando las dudas e inseguridades que le han asaltado desde un principio sobre la situación que está a punto de vivir.
“¿Por qué no hacer como hacía siempre de pequeño en situaciones de peligro? Ni siquiera tengo que ir yo mismo al campo, no es necesario. Me limito a enviar mi cuerpo vestido?”, se plantea mientras está tumbado en la cama, antes de emprender la aventura, en ese momento clave y visionario en el que aparece el germen de La transformación: “Mientras estoy tumbado en la cama, tengo la forma de un gran escarabajo, de un lucano ciervo o un escarabajo volador, me parece”.
El tema del compromiso está presente en este revelador relato en el que es fácil detectar los propios miedos del escritor, a quien tanto costó mantener una relación de convivencia con una mujer; solo lo logró en el trecho final de su vida, con Dora Diamant, con la que se instaló un periodo de tiempo en Berlín y que estuvo a su lado en el sanatorio de Kierling, en Austria, donde murió. En su juventud, el autor rompió su compromiso con Felice Bauer y, posteriormente se enamoró de Milena Jesenská, un amor que podemos definir como platónico, hecho de palabras, de complicidad y deseos expresados a través de misivas. Ella es la protagonista de las célebres Cartas a Milena, y ahora, repasando algunos textos sobre los amores de Kafka, me encuentro con lo que escribió tras su muerte, sobrecogida al comprobar lo mucho que el escrito transmite las sensaciones que han despertado en mí los cuentos.
La también escritora, periodista y traductora, una ferviente feminista y opositora al regimen nazi, dejó dicho sobre Kafka: “Vio el mundo lleno de demonios invisibles, desgarrando y destruyendo seres indefensos. Era demasiado clarividente e inteligente para poder vivir y era demasiado débil para luchar. Fue débil como lo son las personas nobles y bellas, incapaces de luchar contra el miedo a la incomprensión, a la malicia o al engaño intelectual, porque reconocen de antemano su propia desesperanza, aunque su sumisión solo avergüence al vencedor. […] Sus obras son verdaderas, crudas y dolorosas, hasta el punto de ser naturalistas incluso cuando son simbólicas. Están llenas del desprecio más seco del cual era capaz un hombre cuya perspectiva sensible le permitió ver el mundo con tanta claridad que no podía soportarlo, un hombre destinado a morir porque se negó a hacer concesiones o a refugiarse, como otros a veces muy nobles, en diversas falacias de la razón o del inconsciente. […] Todos sus libros pintan el horror de los secretos, de los malentendidos, de la culpa de la persona inocente. Era un artista y un hombre cuya conciencia, tan ansiosa, podía oír incluso donde otros, sordos, se sentían seguros.”

Hecho este inciso, sigo adelante, cruzando cuentos en este texto que veo como un paseo en compañía de Kafka, perdiéndome en sus calles, en sus laberintos. El trayecto me conduce a La metamorfosis / La transformación y vuelvo a experimentar el impacto de la primera lectura hace ya tanto tiempo. En esa ocasión fue el cambio experimentado por Gregorio Samsa, el protagonista, la genialidad para meterse en sus pensamientos, ya convertido en cucaracha, lo que me fascinó y me perturbó sobremanera. Así permanecía el efecto del relato en mi memoria. En esta nueva lectura han entrado otros muchos matices. Me he acercado a las reacciones de la hermana, de la madre, del padre, del jefe, de los huéspedes, de la sirvienta, tan creíbles todas, tan dolorosamente humanas.
En este inquietante cuento Kafka nos habla de los ritmos del trabajo y de sus imposiciones en un tiempo en el que la productividad ya era venerada como el gran bien y exigía la total aceptación y sumisión de los empleados. Las profesiones, los oficios, aparecen repetidamente en la narrativa de Kafka. En el caso de Samsa, se trata de un comerciante que sostiene a su familia, se siente cansado, pero no puede parar, porque todos dependen de sus ingresos, hasta que su nueva condición le impide seguir adelante con su vida abnegada. La mutación hace que el orden establecido salte por los aires, que, a punto de perderlo todo y horrorizados ante el cruel destino del hijo, el resto de personajes tomen decisiones, busquen ocupaciones… Estremece la capacidad de Kafka para transmitir la incomprensión, la humillación, la indefensión de quienes son pisoteados. Nadie como él para expresar la vulnerabilidad, la fragilidad…
El autor levanta muchas de sus historias sobre errores de interpretación, sobre peligrosos malentendidos. Pone a sus personajes en situaciones límite, insólitas, ante encrucijadas. Y nos muestra escenas, historias, que parecen salidas de un cuadro surrealista. Aquí pienso en el trapecista que prefiere vivir en las alturas, no pisar el suelo, de Primer sufrimiento, una narración que me despierta una gran ternura. Y también en el protagonista de Informe para una Academia, otra historia de transformación donde se registran las confesiones de un mono que se convirtió en humano a través de un portentoso don para la imitación. “Con la libertad los hombres se engañan entre sí con demasiada frecuencia. Y así como la libertad es una de las sensaciones más sublimes, también lo es el correspondiente engaño”, declara el personaje.
En narraciones como «La transformación», pero no solo, Estremece la capacidad de Kafka para transmitir la incomprensión, la humillación, la indefensión de quienes son pisoteados. Nadie como él para expresar la vulnerabilidad, la fragilidad…
Hay otros relatos, por ejemplo Un artista del hambre, en el que se transmite esa total indefensión de la que os hablaba anteriormente. Es otra pieza esencial en el recorrido kafkiano y habla de un hombre que expone en público, y vive, de su don para ayunar, hasta que el espectáculo pasa de moda y se ve abandonado, ante la total indiferencia de quienes antes le aplaudían fervorosamente.
Fue una pieza publicada en vida, que el escritor consideraba digna de permanecer, del mismo modo que La condena. Una historia, escrita en 1912, impetuosamente, de “un tirón en la noche del 22 al 23 de febrero, entre las 10 de la noche y las seis de la mañana”, según confesó el autor en sus diarios. En este cuento, donde se habla de un compromiso y de una curiosa amistad, se entabla una encendida discusión entre un padre y un hijo, el personaje central.

La figura del padre es otro de los motivos recurrentes en las ficciones de Kafka, quien nunca pudo desprenderse de la amenazante y castrante sombra del suyo, asunto que saca a la luz en su reveladora Carta al padre. Me detengo en el relato titulado Once hijos, donde un padre va enumerando las cualidades y defectos de todos sus vástagos, su mayor o menor compenetración con cada uno de ellos. Creo ver a Kafka en la descripción del quinto: “Prometía mucho menos de lo que ha resultado ser; era tan insignificante que uno se sentía literalmente solo en su presencia; aun así, ha adquirido cierto renombre. Si me preguntaran cómo ha ocurrido, apenas podría responder. Después de todo, la inocencia es tal vez la que con mayor facilidad se abre paso en este mundo a través de la furia de los elementos, y él es inocente. Tal vez demasiado inocente. Amable con todos. Tal vez demasiado amable…”
De la misma época que La condena es El fogonero, donde se cuenta el inicio de la aventura de un joven que llega a Nueva York, a bordo de un trasatlántico, obligado por sus padres a huir de una situación incómoda, escandalosa. Se trata del delicioso primer capítulo de la novela El desaparecido o América, que fue el título que le dio Max Brod. También encontramos en el volumen tramos narrativos que pasaron a formar parte del manuscrito de El proceso, caso de Ante la ley, en el que un hombre se ve atrapado y no puede acceder a las salas donde se imparte esa justicia que debería ser para todos. Indudablemente este es otro de los grandes temas kafkianos, tan sensible a la desigualdad de trato dispensado por quienes legislan, favorable a los aristócratas y nefasto con el pueblo.
Los abusos de poder, las intrigas, las batallas, los imperios y los pueblos, entran en los relatos de Kafka, relatos que no dan la espalda a la política, que para nada son indiferentes a la falta de humanidad de los gobernantes autoritarios, a la avaricia y el culto a lo material, a la riqueza. Desde su tiempo el escritor nos habla del nuestro. Solo tenemos que seguirle los pasos, escuchar, recorrer sus extrañas calles y dejar que algo dentro de nosotros se ilumine, permitir que sus imágenes, sus visiones, se cuelen en nuestros sueños. No es infrecuente despertar con la impresión de haber estado dentro de una pesadilla propia de Kafka. No es raro, al intentar descifrar los elementos deslavazados que permanecen en la memoria, reconocer perturbadores fragmentos de realidad.

NOTAS PARA DESPUÉS DE ESTE TEXTO:
¡Cuántos Kafka caben en Kafka!, vuelvo a esta idea. Las miradas a su obra son múltiples y se han hecho desde todos los enfoques posibles: el psicoanálisis, el surrealismo, la atención a sus raíces judías, a una tradición que inspiró notablemente su obra… Una vez concluido este artículo busco las interpretaciones de grandes figuras de la literatura, del pensamiento, y me quedo con las palabras de Hannah Arendt. No puedo dejar de pensar en su vigencia al recorrer los horrores del ahora. “El mundo de Kafka es sin duda terrible. Hoy sabemos, seguramente mejor que años atrás, que ese mundo es algo más que una pesadilla, y que, por el contrario, encaja estructuralmente, con inquietante exactitud, con la realidad que se nos obliga a vivir. Lo grandioso de la obra de Kafka radica en que hoy resulta tan estremecedora como entonces; la realidad de las cámaras de gas no ha hecho perder su inmediatez al horror de “En la colonia penitenciaria”. Si la obra de Kafka no fuera realmente más que la profecía de un horror futuro, sería tan banal como todas las otras profecías catastróficas que vienen importunándonos desde principios del siglo XX, o más exactamente, desde el último tercio del siglo XIX.”
Me detengo también en lo dicho por Tzvetan Todorov en su Introducción a la literatura fantástica sobre El proceso, que “nos obliga a enfrentar el desconcierto total ante un mundo que parece seguir una lógica que no alcanzamos a comprender completamente. La inextricabilidad de las situaciones y la impotencia de K., su protagonista, reflejan la angustia existencial del ser humano frente a un universo absurdo y opaco”. Y concluyo este pequeño apartado con Borges, quien nos dice: “El destino de Kafka fue trasmutar las circunstancias y las agonías en fábulas. Redactó sórdidas pesadillas en un estilo límpido. No en vano era lector de las “Escrituras” y devoto de Flaubert, de Goethe y de Swift. Era judío, pero la palabra judío no figura, que yo recuerde, en su obra. Esta es intemporal y tal vez eterna. Kafka es el gran escritor clásico de nuestro atormentado y extraño siglo.”
Cuentos completos, de Franz Kafka, con prólogo de Andrés Neuman y traducción de Alberto Gordo, ha sido publicado por Páginas de Espuma.









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