Fotografía de cabecera por Celine Nieszawer /
Emma Rodríguez © 2026 /
Gracias a Claire Marin he pasado un buen rato escuchando las versiones de Summertime de Ella Fitzgerald y Janis Joplin. La autora observa las variaciones entre ambas, las diferencias. Y yo le sigo los pasos, reconociendo los contrastes entre la voz seductora de la primera y las texturas afiladas de la segunda. Fitzgerald acaricia, Joplin grita, y me pongo a pensar en lo mucho que una misma canción puede cambiar, volverse otra, dependiendo de la interpretación, del carácter, del tono. Lo mismo pasa con las circunstancias de la vida. Una escena, un paseo habitual, la mirada a un paisaje, a una persona, pueden modificarse dependiendo de la luz, de la estación, del estado de ánimo, del ángulo de visión.
Toda situación, por mucho que la consideremos corriente, habitual, puede comenzar de nuevo, ser un principio. A todos nos ha pasado que al recorrer una calle vemos un edificio, una tienda, un árbol, que antes no habíamos apreciado y entonces sentimos una impresión renovada, una sutil alegría por habernos fijado en lo que hasta entonces no existía para nosotros. Muchas veces no hace falta moverse de los entornos cotidianos para experimentar el descubrimiento, la sorpresa.
El ensayo Los comienzos, de Claire Marin (París, 1974), que me conduce a estas reflexiones, es un recordatorio de los muchos pasos que damos como si fuera la primera vez, en cualquier etapa de la vida. Se trata de una entrega cargada de sugerencias, realmente inspiradora por todos los caminos que abre, por lo mucho que nos estimula emocionalmente. Es importante lo que nos cuenta la escritora, filósofa y docente francesa, autora de, entre otras obras, Rupturas o Estar en su lugar, con las que se ha ganado un puesto destacado en el discurrir del pensamiento. Es importante lo que nos cuenta, pero también cómo lo cuenta, su estilo poético, su ritmo, sus cadencias…

Este ensayo nos absorbe, leerlo es como estar frente al mar escuchando el sonido de las olas al romper, el arrastre de los cayados en una playa. Su efecto es relajante y profundo, pero también tiene la capacidad de despertarnos, de motivarnos. Os aseguro que al finalizar la lectura he abierto esta Ventana Propia y la luz que se filtraba, dibujando en ese momento un cuadrado perfecto en el suelo, me pareció un motivo de alegría, del mismo modo que el canto de los pájaros que me llegaba pese al ruido de los coches, del día a día en el centro de una ciudad bulliciosa. Claire Marin inicia el trayecto hablando del nacimiento, de la llegada al mundo de un nuevo ser, algo que está viviendo porque ha sido madre hace poco y esa experiencia transformadora lo llena todo, y a partir de ahí empieza a andar por los distintos trechos del existir, alcanzando al final capítulos de gran lucidez.
“Al principio comenzamos sin darnos cuenta, en la despreocupación de una vida todavía nebulosa. Comenzamos a veces de puntillas, penetramos con sigilo en un nuevo universo, siguiendo los pasos de otros para apropiarnos de una coreografía emocional o social (…) Con el tiempo, perdemos la elasticidad que nos permitía colarnos por los intersticios de los mundos más diversos, captar las señales al vuelo y servirnos de ellas (…) Puede que nos cansemos, que nos desanimemos. Pero siempre, casi a pesar nuestro, hasta en el ojo del huracán, seguimos esperando la luz de un nuevo comienzo. Sabemos que las noches acaban por clarear y queremos creer que, en esta tierra movediza por la que andamos, no tardaremos mucho en regocijarnos de futuras cosechas. Esa perseverancia insensata, ingenua, amén de lúcida, es subversiva. Espanta la desesperación y alimenta futuros nacimientos. Nos libra de la oscuridad”, escribe Marin.
“A cualquier edad podemos renovarnos y dejarnos llevar por ardores que creíamos extintos, con una alegría casi absurda, con una especie de inocencia”, prosigue, tras haberse preguntado con anterioridad si podemos atrevernos a afirmar la alegría en “los tiempos tormentosos que corren”. En su búsqueda de respuestas acude la autora al pensador Clément Rosset, para quien “la alegría también es posible en la conciencia de la tragedia, ya sea esta personal o histórica”, sin ser para nada “una alegría indecente”, haciéndose incluso “aún más necesaria cuando las fragilidades se multiplican y los peligros acechan por todas partes”.
Siguiendo a Rosset, haciendo suyas sus palabras, la autora constata que “podemos sentir la “dicha embriagadora” de vivir, “la alegría casi misteriosa de existir”, sin necesidad de ocultar la realidad tras un velo de ilusiones reconfortantes”; que a veces “el júbilo es “el resultado de la superación de una melancolía”; que “no podemos concebir la alegría real sin pasar por nuestros trances y estancarnos a veces en ellos”; que “hay que aprender a vivir con el lado trágico de la realidad”, pues “nuestra capacidad para asumirlo es, de hecho “la piedra de toque de la salud moral y del júbilo”.
“A cualquier edad podemos renovarnos y dejarnos llevar por ardores que creíamos extintos, con una alegría casi absurda, con una especie de inocencia”, Señala la filósofa Claire Marin en «LOs comienzos»
En compañía del filósofo francés, Claire Marin reconoce su obstinación en la alegría, una perseverancia que “se nutre también de una atención a la realidad, agudizada por la catástrofe”. Y nos dice que “no hay vida sin sus tormentas y no podemos esperar contemplarlas siempre desde la orilla, lejos de la vorágine”, que “la tierra firme también se aprecia cuando las corrientes de la existencia nos devuelven a ella”.
En el mismo trecho del camino, en el capítulo en el que me he detenido, titulado Vivir en la contradicción: Esperanza y lucidez, anota la pensadora que “la pulsación de los comienzos nos da aliento y nos permite soportar las mayores sacudidas, aunque estas sacudidas nos transformen radicalmente”. ¿Cuántas personas diferentes vamos siendo a lo largo de la vida? ¿De qué manera esos distintos “yoes” nos van construyendo? ¿Hasta qué punto abrazarlos, reconciliarnos con ellos, nos procura la dicha? Todas estas preguntas me van surgiendo al hilo de la lectura de este ensayo que me conduce a otro: Una guía en el arte de perderse, de Rebecca Solnit, donde la autora estadounidense habla de transiciones y transformaciones; de los caminos que iniciamos dejando otros atrás; de lo que desaparece para dar paso a algo nuevo.

“Somos esa curiosa especie que comienza su existencia con la certidumbre del fin que le espera. Nos esforzamos por aprender lo que sin duda olvidaremos, amamos a quienes desaparecerán, cuidamos de los que se desvanecen. Somos criaturas resistentes”, escribe Claire Marin. Vuelvo a estas palabras más de una vez, y sigo adelante.
“Pese a las grietas y las fragilidades seguimos encontrándoles un sentido a los comienzos”, señala la filósofa esta frase del escritor F. Scott Fitzgerald, quien en su obra El crack-up, donde se reúnen ensayos y escritos diversos, señala que “toda vida es un proceso de demolición” y apunta que “uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo”. A partir de ahí “es posible comprender la colosal amenaza que se cierne sobre nosotros y, pese a todo, optar por proteger y modificar lo que esté en nuestra mano”, añade la filósofa, recurriendo posteriormente al médico y filósofo francés Georges Canguilhem, quien dejó dicho: “Si no podemos curar, al menos cuidemos”.
anota la pensadora que “la pulsación de los comienzos nos da aliento y nos permite soportar las mayores sacudidas, aunque estas sacudidas nos transformen radicalmente”.
En Los comienzos, que lleva como subtítulo Una filosofía de las primeras veces, traza la autora una red de lecturas, de afinidades, de compañías. Con el ánimo alegre sigo repasando los capítulos, las anotaciones que fui haciendo mientras pasaba las páginas de este ensayo que nos habla de la carga de incertidumbre y de suspense que acompaña a los inicios, de la voluntad de riesgo, de la apuesta por quienes somos, de lo que se inicia con ilusión y se echa a perder, de “la fuerza de lo inesperado que reaviva las dinámicas interiores (…) un soplo de aire fresco en una existencia aletargada”.
“Si cabe hablar de una poética de los comienzos esta va ligada a la emoción que sentimos ante la revelación, ante el desvelamiento de lo que permanecía oculto. La fragilidad sobrecogedora del momento en que florece una potencia hasta entonces disimulada. La belleza de lo efímero, en el delicado equilibrio entre la ausencia y la manifestación…”, vamos leyendo y nos dejamos llevar por las palabras, por las distintas intensidades de las que se vale la filósofa para que nos adentremos en la narración, en el tejido de pensamientos que va hilando, al tiempo que recobramos experiencias y emociones propias. ¿Cómo fuimos capaces de volver a comenzar después de una pérdida dolorosa, de una ruptura, de un fracaso laboral? ¿Qué momentos recordamos como transformadores, qué decisión tomada fue capaz de modificar el rumbo? ¿Qué inicios del amor atesoramos en nuestro interior, qué descubrimientos, qué mensajes, qué paisajes? ¿Dónde guardamos el dolor, el pesar; dónde los miedos? ¿En qué momento nos convertimos en pilares en la vida de los otros? ¿De qué manera la enfermedad propia o de los seres queridos nos cambia y propicia nuevos comienzos?
“Reconozco esos momentos en que la fuerza de un sentimiento o una sensación física, el efecto de una palabra o una imagen me retuercen el alma, dando un vuelco a mi concepción del mundo. Y es como si me hubieran volteado, como si me encontrara de pronto boca abajo: el mundo se me presenta nuevo y extraño, inquietante o arrebatador. Una revelación fortuita, un anuncio, la intuición de una verdad insospechada, una imagen perturbadora, y la realidad gira varios grados sobre sí misma. La infancia está repleta de hitos de esta clase, de hallazgos asombrosos, alarmantes a veces”, expone Claire Marin.
Su obra está llena de senderos que nos devuelven sensaciones tal vez olvidadas, fragmentos de memoria, vivencias de renovación. Resulta estimulante porque anima a despertar la curiosidad, la capacidad de sorpresa; porque nos lleva a reconocer la inevitabilidad de los finales, el impulso de los comienzos. A partir de la lectura de El hombre joven, novela en la que Annie Ernaux narra su historia de amor con un hombre treinta años más joven, con quien redescubre el estar “en la primera vez de las cosas”, la filósofa se pregunta “cuál es nuestra verdadera edad”, respondiendo que es la de “nuestros entusiasmos y nuestras pasiones”. Con anterioridad, respecto a lo mismo, había señalado: “Mientras sigamos esperando nuevos comienzos no tendremos la edad que el tiempo imprime en nuestros cuerpos”.
Claire Marin nos habla de la carga de incertidumbre y de suspense que acompaña a los inicios, de la voluntad de riesgo, de la apuesta por quienes somos, de “la fuerza de lo inesperado que reaviva las dinámicas interiores (…) un soplo de aire fresco en una existencia aletargada”.
En otro momento es el filósofo trascendentalista estadounidense Ralph Waldo Emerson quien la guía. Una frase del mismo (“¿Por qué deberíamos mantener la cabeza sobre los hombros?”), extraída de su obra Confianza en uno mismo, la conducen a reflexionar sobre las contradicciones como “expresión del dinamismo de la existencia”, a elogiar la volubilidad. “Emerson insiste en la necesidad del desapego, que concibe como un alivio. Cambiar de opinión, romper con las propias ataduras, es también admitir con lucidez que las manteníamos artificialmente, con pereza o por costumbre. Ya no nos reconocemos en nuestros entusiasmos juveniles. Esas viejas amistades, esas convicciones políticas o religiosas, esa forma de vivir, de pensar o de escribir han perdido su vitalidad: la postura de otro tiempo se ha convertido en una pose. La sinceridad exige esta clase de renuncias. Para Emerson, “procurar traer el pasado al juicio de los mil ojos del presente” es un juicio higiénico e indispensable”, argumenta Marin.
“Vivir siempre en un nuevo día” es un credo que la autora abraza. “Aceptar el devenir como principio de la existencia y asumir los cortes, las rupturas”, creer en “la necesaria renovación del yo”, no temer al movimiento, a la inconstancia, a la imprevisibilidad, porque como decía Emerson, y nos recuerda Marin, “todo hombre nuevo necesita vidas, espacios y tiempos infinitos para cumplir plenamente sus designios”.

Aunque podamos no percibirlo, siempre estamos comenzando y lo más gratificante es ser conscientes de esos comienzos, encontrar en ellos la parte más luminosa. Este libro del que os estoy hablando es un auténtico acicate para lograrlo. Es mucho lo que ofrece y os animo a descubrirlo mientras me detengo en otro de sus capítulos: Un mundo de posibilidades, donde la pensadora se refiere a los momentos trágicos que vivimos de forma colectiva y al hacerlo traza un lúcido panorama del presente, de un hoy que nos produce un hondo desasosiego, que nos inclina a pensar que estamos entrando en “una era de catástrofes”: atentados, pandemia, guerras, desastre ecológico, cambio climático, crisis económicas…
“Una sensación de anomalía se infiltra en cada parcela de la realidad, en cada gesto. La inquietud ha sobrepasado con creces sus antiguos límites. La náusea ya no responde al materialismo que domina el mundo, sino a su destrucción y a la quiebra de instituciones indispensables como la educación, la sanidad o la justicia. El malestar crece también a causa de nuestra creciente sumisión a las máquinas y la pasividad generalizada frente a las lógicas económicas y algorítmicas (…) y a las infinitas distracciones que sepultan cualquier atisbo de reflexión. Nos encontramos cautivos, cautivados por una multiplicidad de imágenes, de hechos carentes de sentido y objetos sin historia. Y, como es lógico, somos presa del desaliento al pensar en la magnitud del cambio necesario para arreglar las cosas”, escribe Claire Marin.
la pensadora se refiere a los momentos trágicos que vivimos de forma colectiva y al hacerlo traza un lúcido panorama del presente, de un hoy que nos produce un hondo desasosiego, que nos inclina a pensar que estamos en “una era de catástrofes”.
Y, a continuación, se pregunta, si cabe esperar un cambio de mentalidad, si aún podemos creer en otras posibilidades. En este punto alude a lo que decía Hannah Arendt en ¿Qué es la política?, una obra donde “consideraba el mundo en unos términos muy contemporáneos”, expone Marin, pues la época que vivió, el ascenso del nazismo, la Segunda Guerra Mundial, también era oscura, un callejón sin salida en el que ya solo se podía “creer en los milagros”.
“El sentido del “milagro” en la esfera política va ligado a una dimensión esencial del ser humano: su capacidad para comenzar”, prosigue la filósofa, siguiendo el pensamiento de Arendt, quien “definía al hombre como un iniciador, un ser capaz “de empezar algo nuevo, de tomar la iniciativa”. Hay esperanza, pues, mientras sigamos creyendo “en un nuevo comienzo impulsado por la conducta humana”.
“La fuerza de un comienzo está en su potencia explosiva para romper o alterar el curso de las cosas. Etimológicamente, el milagro es lo que surge de pronto y produce asombro. Lo que no podíamos concebir, lo inimaginable. Esta aparición de lo imprevisible es característica de la historia humana, en su locura o en su grandeza”, argumenta Claire Marin y nos deja pensando si existe todavía hoy algún ámbito lo suficientemente abierto para dar cabida a lo inesperado cuando nos encontramos “paralizados por las circunstancias que se ciernen sobre nosotros”.
Necesitamos el impulso del comienzo, la confianza de que podemos alcanzar mejores horizontes de futuro. “Debemos luchar contra la desidia para conservar nuestra dignidad (…) A la postre, no nos queda más remedio que creer en la preservación de un mundo de posibilidades y trabajar por conseguirlo”, señala la autora de esta obra que anima a no rendirse, a construir sobre las ruinas, sobre el derrumbe, a ejercer “el bello oficio de iniciar, de sembrar, de impulsar”. “Y de observar con emoción el imperceptible temblor de otros comienzos”. He aquí la última frase de este ensayo que os animo a abrir con la alegría de quien está dispuesto a inaugurar un camino renovador.

Los comienzos. Una filosofía de las primeras veces ha sido publicado por Anagrama, con traducción de Álex Gibert.









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