El Bosque Sacrílego de Jean-Pierre Duprey

Alberto Trinidad © 2020 /

Uno no sabe nunca cuándo ha llegado el momento definitivo de marcharse, o de quedarse para siempre siendo nadie en este mundo que no es nada. Uno aparece, desconocido, en medio de la farsa trágica y, poco a poco, desde el origen más incierto que imaginarse pueda (el nacimiento), va desarrollando una apariencia de sí mismo a la que aferrarse, que coincida lo máximo posible con el sueño que persigue. Con el sueño que, a fin de cuentas, lo anula, puesto que cualquier comparación imaginada de uno con aquel venidero (o precedente) al que se aspira conduce siempre a la desintegración del que camina, hoy mismo, por la vereda insostenible de la vida.

Decía que uno no sabe nunca cuándo ha llegado el momento definitivo de marcharse, o de quedarse para siempre siendo nadie en la encrucijada de seguir vivo para nada. Curiosamente, de esta disyuntiva irresoluble, de esta incertidumbre castrante, suelen surgir las obras más reveladoras de la historia de la literatura. O, dicho de otro modo, a raíz de esta duda irreparable se ha forjado el espíritu de aquellos escritores que no tenían otra cosa que la palabra poética para expresar el drama de esta no elección. Entre ellos, el más «maldito» de todos: Jean-Pierre Duprey, quien merece, más que ninguno, que se lo califique con este adjetivo malgastado hasta la saciedad y expulsado de su sentido.

Decía que uno no sabe nunca cuándo ha llegado el momento definitivo de dejar de escribir o de empezar a hacerlo, de subir a la cornisa más alta del acantilado de la juventud y arrojarse al vacío, o conversar con el abismo de aquello que hemos dejado atrás sin haberlo comenzado; el momento de entretejer con el silencio y la voz muda, ya siempre muda, un impensable corazón sin latidos que enterrar en lo más hondo de nuestro pecho, o sembrarlo, como la semilla de una flor imposible, en la tierra todavía húmeda que recubra nuestra fosa. Uno no sabe nada de eso, no lo sabe nunca, y por esa razón se embarca en aventuras que no llevan a ninguna parte, destinadas desde siempre al fracaso, pero que, engalanadas con la tentadora pátina radiante de lo inalcanzable, permite que nos arrojemos a ellas con una decadente esperanza vocacional. Entonces, junta palabras unas con las otras para conformar un edificio más o menos convincente al que llamar hogar (o identidad); dibuja con la tinta del delirio unos ojos detrás de la noche que puedan llegar, algún día, a pronunciar la mirada del amor; o se adentra con los pasos del explorador, y la inocencia del niño, en las entrañas de El Bosque Sacrílego de Jean-Pierre Duprey.

Algo así, a su vez, debió de pensar el propio Duprey cuando encaró la escritura de esta obra inclasificable, precedida de un poema en prosa de cuarenta y ocho páginas y estructurada en actos, escenas y diálogos como si fuera una demencial obra de teatro. A los dieciocho años (1948), Jean-Pierre aterrizó en París y escribió la mayor parte de sus poemarios, entre ellos Detrás de su doble, que mereció los más encendidos elogios de André Breton; tras tres años de camaradería surrealista abandonó la literatura para dedicarse a la pintura y a la escultura de bajorrelieves de un mundo subterráneo y figuras antropomórficas de seres-garra o gestos-sombra. Poco más tarde, regresó de nuevo a la escritura para crear El Bosque Sacrílego y un último poemario, La Fin et la manière (1959), que al concluirlo decidió enviar a André Breton —con quien hacía una década que no mantenía ninguna relación— para, acto seguido, colgarse de una viga en su dormitorio y morir, quién sabe si al fin morir la noche de al fin morir, que escribiría Louis Aragon.

Decía que uno no sabe nunca cuándo ha llegado el momento definitivo de enfrentarse al espejo, de mantenerle la mirada fría a la persona o a las personas que lo observan desde el azogue y librar la partida de la desintegración absoluta. Uno no sabe cuándo ni cómo concita a esos personajes en las obras que escribe, si estos habrán de liberarlo o condenarlo, si entre líneas se les escapará la sentencia que a uno le depara el porvenir o si tan solo están fraguando, con las derrotas acumuladas, el barbecho de un cementerio propio al que sobrevivir juntos.

A El Bosque Sacrílego uno se adentra tanteando esas incertidumbres, entre otras muchas. Avista el escenario en que va a desarrollarse el drama en gente de unos personajes que se enroscan en sí mismos: Ueline la negra, Estern, La Voz de Estern, El Doble de Estern, La Bruja o Extervidriosa-Personaje Negro, El número 1, El número 3…, y se deja llevar por el eco de las voces que escucha, sabiendo que es allí donde se ocultan los verdaderos significados que se le plantean, pero, a un mismo tiempo, consciente de que no va a hallar respuesta ninguna en esas resonancias. Si acaso tan solo promesas, premoniciones, trampas que sortear o en las que caer sin remedio, conversaciones con uno mismo en que el discurso propio siempre nace de un afuera sobrecogedor, inasible, encarnado en fulgurantes estrellas que se alejan o que caen como meteoritos sobre su cabeza para reventarla en mil pedazos, para reventarla en mil pedazos una y cien veces sin que eso motive la destrucción de su pensamiento o lo encamine a una otra dirección que resulte menos incierta. Conversaciones con uno mismo en que un Segundo Hombre vaticina que tal vez mañana o pasado mañana él lanzará al porvenir, ya mudo para sí, una última obra para luego abrazarse a la noche de al fin morir al fin / De al fin amor mío de morir la noche de al fin / Morir (Louis Aragon):

[1]SEGUNDO HOMBRE

¡Se anuncia la muerte del autor! pero nadie lo cree. ¿Qué piensan de ello tus gestos?

¿Qué piensan de ello tus gestos?, pregunta el Segundo Hombre, y una polifonía de voces responde tejiendo el conjunto del Bosque, de la obra que uno piensa que lee (o escribe) hacia adelante, pero con la que no hace más que hundirse, porque esta clase de libros no avanzan sino que se enredan en una espiral vertical que no toca fondo, que no llega nunca a tocar fondo si no es para sembrarlo de una caída mayor que brotará de cada palabra incierta cuyo aterrador vacío ha sido derramado ya siempre, desde el principio mismo de la literatura, para anegar los libros con una separación trágica e irremediable respecto a quien los escribe (o los lee).

Decía que uno no sabe nunca cuándo ha llegado el momento definitivo de dejar de creer en las cosas que inventó que creía, o de continuar pergeñando la ficción de la vida, el amor y la identidad. Si el trazo delineado con la punta de los dedos de su delirio va a acabar desdibujándose delante de sí, o bien al final el delgado trazo cobrará consistencia e insospechadamente será él quien lo desdibuje a uno del mundo, llevándolo a la espalda de la noche, al corazón del dormitorio de un hogar impronunciable o a las catacumbas de un hospital psiquiátrico. Uno, que no sabe nada de eso, pintó un día aquellos ojos en la espalda de la noche y dibujó la estela de su mirada alrededor de su propio cuello, para que fuera el amor y solo el amor quien reprodujera la sentencia final, la narración invencible con la que al fin morir al fin (…) en el país sin nombre sin despertar y sin sueños (Luois Aragon); se pintó a sí mismo en aquellos ojos y una chimenea en el fondo del mar, como guarida secreta donde alojar lo que no iba a suceder nunca, lo que no había posibilidad ninguna de que llegara a existir.

Y ya que la Noche-faro solo nos quiere a nosotros, por nosotros, pido a tus manos que me rompan el mar y que lo embravezcan en la vorágine de mi abismo. Dicho eso, puedes entrar en escena o remontar hasta su fuente el curso de ese espejo que nos impresiona ya que la suerte está echada… igual que echa a nuestras alas con obstáculos dementes y dobles ante el águila sin cuerpo…[2]

El camino que a uno lo lleva a bordear esta herida abierta en forma de disyuntiva es un trayecto imparable de rechazos, un enfrentamiento permanente contra las pírricas verdades de la vida, ese escaparate en el interior del cual el ser humano ha construido su ridícula comedia sobre el escenario de este mundo. Una senda que a Duprey lo condujo a orinarse encima de la llama del monumento al soldado desconocido en París y escribir estos versos: Como armar el sudario de unas sábanas / donde nadar naufragios (…) El Sena se desploma por sus puentes / arrastrando el cadáver global de una ciudad quemada / los hombres no son siquiera sombras en el río / y la sangre que brilla en lluvia de cerezas / como una primavera del horror. (…) Así quise ser yo, / así. / Y orinarme en los símbolos del mundo. De qué sirve un símbolo si aquello a lo que representa se deshace en la más pura insignificancia, en un océano abisal de la más pura insignificancia.

Decía que uno no sabe nunca cuándo ha llegado el momento definitivo de dejarse seducir por el punto final, o de proseguir el juego de las mascaradas reflejando ese punto en un espejo partido para convertirlo en tres, y así suspender la seducción definitivamente. Quién sabe si cuando uno piensa en el suicidio la noche de al fin morir al fin lo que trata verdaderamente es de convocar esa suspensión permanente de sí mismo, liberarlo de una toma de decisión que no conduce a lugar alguno y que no representa más que la consumación de la derrota prevista, o bien el desvelamiento de todo aquello en que fingió depositar sus esperanzas. Tal vez uno piense que el abismo no merece que se le implore piedad, eternamente, sujeto sobre él encima de una fina cuerda de palabras deliberadamente escogidas y destinadas a perder su razón de ser; que es mejor no comprobar que cuando uno, excepcionalmente, llegara a mirar de frente a los ojos que pintó detrás de la noche, con la tinta del delirio, en lugar de pronunciar la mirada del amor estos declamarían el terrorífico veredicto de la ceguera; o que descubrir a plena luz del día el rostro de los dobles que a uno le han cernido toda la vida sea un castigo mucho peor que el que se está dispuesto a sufrir. Tal vez por eso, Duprey enfrentara de soslayo ese espejo partido de sí mismo delante del punto final, convirtiéndolo en tres, al enviar su último poemario a André Breton. Y suspendiéndose así conversara luego con la soga azul, en una pirueta al fin libre de palabrería.

Decía que uno no sabe nunca cuándo ha llegado el momento definitivo de dejar de hablar de sí mismo en tercera persona, o entreverado en los escritores que lee o en los personajes que construye; cuándo ha perdido definitivamente el norte teniendo en la mano solo una brújula terriblemente marcada, como la demencial baraja de cartas de Dios. Uno no tiene ni idea de eso ni de lo otro, de espejos ni de delirios, de abismos, dobles ni derrotas. Ni de ojos pintados en la espalda de la noche.

Por eso sueña; aunque sea con sogas azules oscilando bajo la viga de un dormitorio que no existe…


[1] ACTO II, Escena 2, de El Bosque Sacrílego

[2] ACTO II, Escena 2, de El Bosque Sacrílego

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