Emma Rodríguez © 2023 / Fotografía © Louis Gakumba
Sugerente, profunda, poética, Cuando las mujeres fueron pájaros, una obra que me ha descubierto la voz de la escritora y activista medioambiental Terry Tempest Williams (California, Estados Unidos, 1955), y que me atrevo a situar en la senda de los trascendentalistas (Thoreau, Emerson, Walt Whitman, Margaret Fuller…) por el diálogo que abre con la naturaleza como vía para acceder a lo espiritual, y que me hace recordar también el poderoso testimonio dejado por el indio sioux Nicholas Black Elk en Alce Negro habla, donde se recoge el legado, las visiones, de los pueblos nativos norteamericanos.
Thoreau y las alusiones a Walden no pueden faltar en este recorrido que conecta esta autora con una tradición fructífera que ojalá estuviese más presente en una sociedad demasiado fracturada, con unos índices alarmantes de violencia, sometida a desigualdades que reflejan lo peor del sistema capitalista. Es, por tanto, sanador el trayecto de este libro tan particular que acaba de publicar en castellano la editorial Almadía. Un trayecto sorprendente desde su origen, pues lo que lleva a la autora a trazarlo es la herencia que recibió de su madre al morir, un conjunto de cuadernos absolutamente vacíos, un enigma al que intenta buscar explicación y que la motiva a reflexionar, a buscar su propia voz, a localizar sus paisajes interiores y su lugar en el mundo.
Es la búsqueda, el autodescubrimiento, lo que marca la ruta de este viaje lleno de vertientes, de bifurcaciones, que parte de la memoria, de las experiencias personales; que defiende el empoderamiento de las mujeres; que se abre a la ecología… La pretensión, el gran desafío de Tempest Williams consiste en identificar el nacimiento de su voz, de las voces que anidan en ella, que la definen, al tiempo que hace un llamamiento colectivo a alzar la voz, a entablar combate contra los males que ponen en peligro los hábitats, que vacían de valores las democracias, que saltan por encima de los derechos humanos.
el autodescubrimiento marca la ruta de «Cuando las mujeres fueron pájaros», un libro lleno de vertientes, de bifurcaciones, que parte de la memoria, de las experiencias personales, y cuyo gran desafío consiste en identificar el nacimiento de la voz propia.
La lucha de las mujeres frente al poder patriarcal es una de las líneas que vertebran una narración que transcurre como un río, tal vez como un océano, pues la autora se identifica con las formas acuáticas, con los ritmos de las olas. Nos cuenta que el bello título del libro, que, para qué engañarnos, fue lo primero que me estimuló a abrir sus páginas, surgió de una impactante imagen que se le apareció en un sueño “sin mayor explicación”; aunque su amor a las aves, heredado de su abuela, toda una experta en avistamientos, seguramente tuvo que ver en el surgimiento de una frase tan inspiradora: “Cuando las mujeres fuimos pájaros”. Sobre ello medita: “¿Lo fuimos? / ¿Lo somos todavía? /¿O estamos en movimiento y nunca seremos atrapadas? Permanecemos elusivas por elección. / Soy una mujer con alas, escribí una vez y volveré a esas palabras. “Soy una mujer con alas que baila con otras mujeres con alas / En una comunidad que alza la voz todas floreceremos”.

Estas frases, estas imágenes poderosas, llegan a mí a través de esta nueva ventana abierta. Conectan con mi presente, me conducen a esas zonas de comprensión, de consuelo, de fraternidad, que anhelo. Este libro es un largo trecho a través de las indagaciones en los rápidos y los remansos de la vida. La autora, perteneciente a una comunidad mormona, ha de irse desnudando de muchas creencias, prejuicios, mordazas, para llegar a ser ella misma, para escucharse con claridad y ser capaz de transmitir a los demás sus verdades. La ausencia, que se hace presencia constante, de la madre, es esencial. ¿Qué quiso transmitirle al legarle sus cuadernos vacíos? ¿Tal vez hacerla consciente de sus secretos, de sus silencios? ¿Tal vez incitarla a ella a llenarlos con sus palabras, con sus historias, historias capaces de atrapar, de hacer volar, las voces calladas de las mujeres de su familia?
Terry Tempest Williams, perteneciente a una comunidad mormona, ha de irse desnudando de muchas creencias, prejuicios, mordazas, para llegar a ser ella misma, para escucharse con claridad y ser capaz de transmitir a los demás sus verdades.
El recorrido empieza con un homenaje a la madre, a tantas madres que cargan con “las crisis de los seres amados”, que enmascaran sus necesidades con “necesidades ajenas”. Vamos pasando las páginas y nos encontramos con hermosos fragmentos de prosa poética. “Cuando las mujeres fuimos pájaros, lo entendíamos de otra manera. Sabíamos que nuestra mayor libertad era escapar volando de noche, cuando podíamos apropiarnos de la oscuridad celeste, navegar en la dicha y el terror de nuestra incertidumbre a través de la inteligencia de las estrellas y de constelaciones creadas por nosotras mismas”.
Los silencios de la madre, la nostalgia que la embarga ante sus páginas en blanco, la conducen a escribir, a buscar estudios sobre el silencio; también a evocar los días de su infancia al borde del Pacífico, ese tiempo de los comienzos en los que se enamoró del agua, de las olas con su “poder sublime”. Muchos años después entabla la autora una relación entre el agua y la madre. “Fuentes que se rompen. Nacimos de lo que fluye, no de lo fijo. El agua es esencial. Una madre es esencial. El océano como madre es fascinante por su poder, una fuerza creativa que puede consolar y destruir. Mi madre y yo llegamos a confiar la una en la otra en la playa donde nos sentábamos. Jugábamos entre silencio y silencio. Nos entreteníamos. Al borde del continente, viendo hacia el oeste, comprendimos la paz y la violencia a nuestro alrededor...”
Los apuntes biográficos van salpicando esta entrega que nos ofrece profundas reflexiones sobre el ser, sobre la identidad; sobre el hilo de continuidad de la vida y la comunión con la naturaleza. El amor hacia los entornos naturales, la defensa de los mismos, es esencial en este libro. Largas caminatas, recorridos por ríos y montañas, siguiendo la pasión de su padre, marcaron también la niñez de Tempest Williams y decidieron su vocación futura como medioambientalista. “La cordillera Teton, la Wasatch, las montañas Rocosas fueron la columna vertebral colectiva de la familia”, nos dice. Mucho más adelante, la vemos defendiendo con ahínco causas que parecían perdidas. Pero para ello ha de identificar su voz y ser consciente de su fuerza.
De esa búsqueda trata este libro que parte de lo personal, de lo íntimo, y acaba abrazando lo colectivo. Cuenta la autora que su primera lección sobre la voz la recibió del cuento musical Pedro y el lobo, de Prokófiev, que su madre le ponía en el fonógrafo para ella y su hermano, y donde los distintos instrumentos representan a diferentes personajes, a pájaros, a animales. Ahí se dio cuenta, por primera vez, de la variedad de voces que existen. “Cada quien tiene una, cada voz es distinta y tiene algo que decir. Cada voz merece ser escuchada. Para eso es necesario el acto de la escucha”.

Ese relato de infancia fue clave en la formación de la autora, a través de él empezó a “reconocer y apreciar la dignidad y singularidad de cada ser vivo de la pradera y del bosque” y también a entender que el mundo no era un lugar seguro, pero que era posible sobrevivir a los miedos. En él Tempest Williams reconoce las enseñanzas que su madre quería transmitirle. El legado de las mujeres de su familia (un hilo temporal que abarca a cuatro generaciones), es esencial en esta obra reveladora y original, tanto en el tono, como en el tema tratado, en las preguntas que abre. ¿Cómo reconocer la propia voz, cómo hacerla sonar, cómo compartirla y conseguir que vibre entre las otras?
La abuela, de la que le llegó el aprendizaje del silencio, tema sobre el que profundiza en compañía del compositor John Cage y sus búsquedas, es otra figura esencial en el recorrido; la abuela y sus guías de campo, especialmente Guía de campo para las aves occidentales, publicada en 1961 por Houghton Mifflin, otra lectura básica para nuestra autora, que le permitió estudiar con cuidado las diferentes clases de pájaros y llevarlos a sus sueños.
Este libro del que os hablo está lleno de confidencias. Es un ejercicio de autobiografía muy particular, sutil, en el que la emoción y el paisaje se entrelazan. Está lleno de agradecimientos a esas personas que, a lo largo del camino, ayudaron a la escritora a encontrar su propia voz, por ejemplo la maestra que, por medio de la lectura de poemas, la ayudó a superar su seseo y a expresarse ante los demás sin miedo, con confianza y alegría. “No encontré mi voz, mi voz me encontró a mí a través de la compasión de una maestra que entendió cómo la poesía nos transforma a través de la elegancia y el lirismo del lenguaje”, escribe.

A Terry Tempest Williams, hacedora de una obra que abarca unos catorce títulos, de quien también se ha traducido al castellano su obra Refugio (Errata Naturae), la vamos descubriendo en las distintas etapas de su vida, a través de aventuras y desventuras, entre llanuras y paisajes rocosos. La vemos enfrentándose a la muerte de su madre, de su abuela…; rompiendo con los roles tradicionales de las mujeres de su entorno; aprendiendo de las mitologías de pueblos como el navajo, que le enseñaron a contar historias y a percibir, entre otras muchas cosas, que “no se podía contar con la felicidad, sino con el cambio”; que los conocimientos de la ciencia respecto a todo lo que nos rodea están incompletos sin la parte espiritual que nos nutre, aunque nos cueste identificarla.
Temas como el matrimonio y sus paisajes dinámicos, la manera en la que transforma a sus miembros e influye en la propia identidad; las transformaciones que provoca la maternidad, la adopción; la violencia contra las mujeres y la violencia contenida en los silencios de quienes no se sienten capaces de denunciar a sus agresores (porque cuando una mujer no habla, otras pueden salir lastimadas); el aborto y la larga lucha por convertirlo en un derecho indiscutible en Estados Unidos, una lucha aún abierta, en disputa a día de hoy, son abordados en este libro, la mayor parte de las veces desde la propia experiencia. Y también se enfrenta la autora a la enfermedad, a la pérdida, al duelo. Las mujeres de su familia afectadas de cáncer de seno, “un clan de mujeres de un solo pecho”, como escribe; ella misma víctima de un derrame cerebral que logró controlarse, pero cuya posibilidad de retorno sigue presente. Y ha de vivir con ello, luchando, resistiendo, abierta a las sorpresas del camino.
Tempest Williams se detiene en este trayecto ensayístico, biográfico, lírico, ante cruciales asuntos ambientales y de justicia social. Entre las muchas influencias que reconoce, destaca la de la profesora y activista africana Wangari Maathai, a quien conoció en Nairobi en 1985, durante la celebración de la Década de las Naciones Unidas para la Mujer. Con ella, a través de su voz “apasionada, imponente, inteligente”, nos dice que aprendió “cómo las mujeres africanas cargaban la crisis ambiental a sus espaldas”; que fue escuchándola cuando vio por primera vez cómo “los asuntos ambientales son asuntos económicos y son, en el fondo asuntos de justicia social”, porque “si sufren las mujeres, sufren los niños. Al empoderar a las mujeres se empoderan las comunidades...”
Ese encuentro marcó un momento clave de toma de conciencia para la autora. A partir de ahí ya fue otra. “La revolución se me encendió por dentro. A eso había ido a África, sin saberlo: a aprender la esperanza de los árboles”, declara. Y prosigue más adelante: “El poder del optimismo de Wangari Maathai alimentaba el mismo. Ella me mostró la importancia de movilizar a la gente a través del amor, diciendo al mismo tiempo las verdades duras de nuestro efecto sobre el planeta. Su voz no sólo me inspiró, me llevó a la acción cuando volví a casa”.
En África la escritora se incorporó al Movimiento del Cinturón Verde (mujeres trabajando juntas, plantando árboles como “una acción contra la tiranía y una metáfora de la renovación”, con conciencia de la relación entre la salud de la tierra y la salud humana), una corriente que contribuyó a trasladar a Utah, señalando la similitud entre la deforestación en Kenia y la desertificación en ese territorio, en la Gran Cuenca. Cada vez es mayor su compromiso, su ira ante hechos tan deleznables como la experimentación con pruebas nucleares en el desierto de Nevada que arrastraron la radiación a cercanas zonas pobladas en las que, entre otras muchas familias, vivía la suya.
La autora reconoce la influencia de la profesora y activista africana Wangari Maathai. «Ella me mostró la importancia de movilizar a la gente a través del amor, diciendo al mismo tiempo las verdades duras de nuestro efecto sobre el planeta. Su voz no sólo me inspiró, me llevó a la acción”.
¿De qué manera la lluvia radiactiva tuvo que ver con la enfermedad de su madre, de su abuela… acaecidas con posterioridad? La autora inicia una investigación. Se refiere a todo ello en Refugio, entrega a la que alude en el trayecto que nos ocupa. “El gesto tiene una voz. Encontré la gravedad de mis propias palabras a través de la muerte de Mamá y Mimi. Esa es la historia brutal de mi vida”, escribe, refiriéndose a la línea que cruzó el día que decidió, en 1988, cometer desobediencia civil en el área de pruebas nucleares de Nevada, aún en marcha pese a su peligrosidad. Fue arrestada y pasó un día en la cárcel, pero eso no impidió que se opusiera con coraje a otras acciones devastadoras contra su tierra de origen. El camino no fue fácil, pero su voz propia acabó emergiendo. Esa voz, que fue tachada de radical, ya no podía ser callada.
Esa voz estimuló a otros escritores, activistas, a enfrentarse a las políticas ambientales de George H. W. Bush, “especialmente las concesiones de petróleo y gas en territorios federales del oeste”. Se convirtió entonces en una voz comunitaria que se expresó oralmente y a través de escritos que defendían la naturaleza “como un derecho espiritual de todos los ciudadanos”. No fue en vano, se lograron atenuar, en su momento, mayores desastres ecológicos… Esa voz se unió a la de tantas mujeres que hacían frente, que siguen haciendo frente, a los centros de poder patriarcal.

Si tuviera que definir brevemente de qué trata este libro del que os estoy hablando; si tuviera que elegir uno solo de sus asuntos, diría que trata de la necesidad, la urgencia de alzar la voz, el vuelo, en un mundo en el que los intereses del poder roban el futuro del planeta, de las generaciones venideras. Terry Tempest Williams nos anima a “hablar con fuerza desde nuestra vulnerabilidad”, a creer en “el poder colectivo de un coro de voces”. Nos despierta cuando nos dice: “La democracia demanda que actuemos y que hablemos de forma escandalosa. Podemos cambiar el mundo si nuestra visión es de largo aliento y se enfoca, junto con la de amigos que se reúnen amorosamente alrededor del lugar que llamamos hogar”.
Tempest Williams nos anima a “hablar con fuerza desde nuestra vulnerabilidad”, a creer en “el poder colectivo de un coro de voces”. Nos despierta cuando nos dice: «La democracia demanda que actuemos y que hablemos de forma escandalosa…»
No existe la certeza en la vida, “que avanza en espiral, hacia dentro y hacia fuera, todos los días”. Los miedos nunca nos abandonan, “pero podemos cambiar, evolucionar y transformar lo que nos condiciona”. “Lo único que tenemos es tiempo”… Tomo algunas frases, algunas ideas, de este libro que, os aseguro, no os dejará indiferentes. En un momento dado, ya hacia el final del recorrido, la autora se pregunta: “¿Cómo debo vivir?”. “Quiero sentir tanto la belleza como el dolor de la era en la que vivimos. Quiero sobrevivir sin entumecerme. Quiero hablar y comprender las palabras de las heridas, sin que estas palabras se conviertan en el paisaje en el que habito…”, transcribo parte de la respuesta que se da a sí misma.
Quiero terminar este artículo con otro hermoso fragmento que despierta en mí un sentimiento de absoluta complicidad. “Hace mucho tiempo, cuando las mujeres fueron pájaros, existía el sencillo entendimiento de que cantar en la madrugada o cantar al atardecer era curar al mundo a través de la dicha. Los pájaros aún recuerdan lo que nosotras hemos olvidado, que el mundo está hecho para ser celebrado”.
Cuando las mujeres fueron pájaros ha sido publicado por la editorial Almadía, con traducción de Isabel Zapata.









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