Foto de Cabecera: Marina Garcés © Asis Ayerbe /

Emma Rodríguez © 2025 /

Entre las muchas definiciones y argumentos de Marina Garcés sobre la amistad, tema de su interesante y revelador ensayo La pasión de los extraños, el que prefiero es el del “arte de contarnos la vida”. Resulta reveladora y rompedora esta entrega en la que la filósofa desmonta tópicos y quiebra una visión idílica mantenida a lo largo del tiempo, sostenida en los pilares del pensamiento clásico, empezando por la máxima aristotélica de la virtud y la perfección que debe caracterizar las relaciones que mantenemos con otras personas fuera de nuestros entornos familiares, de nuestros vínculos amorosos, para considerarlas de verdad amigas.

Nada menos idílico, sin embargo, que esos vínculos sometidos a las circunstancias y edades de la vida, a los vaivenes exteriores, que nos llevan a experimentar decepciones y desapegos, pérdida de confianza, sospecha, traición. Las amistades alegran la vida, pero también la enturbian, raras veces avanzan en línea recta y suelen adoptar forma de zigzag, pues hay etapas de proximidad a las que siguen otras en las que se impone la distancia, con posibilidad de volver a recuperar, en un momento dado, la cercanía cómplice.

Reflexiono sobre todo esto mientras voy pasando las páginas de este libro. Pienso en las veces en que amigos a los que hemos perdido la pista, vuelven a entrar en nuestras vidas y parece que nada ha cambiado porque sentimos alegría, comodidad, porque las risas se renuevan y se activan los recuerdos. Garcés se refiere a la comunidad de los recuerdos, formada por esos amigos del pasado que retornan o con los que nunca hemos perdido el contacto, que nos devuelven otras versiones de nosotros mismos, de quienes hemos sido, de lo que hemos dejado atrás. 

Recordar el propio pasado, llevarlo siempre consigo, es tal vez la condición necesaria para conservar, como suele decirse, la identidad del propio yo. Para que el don no se encoja, para que conserve su volumen, hay que regar los recuerdos como a las flores y, para regarlos, hay que mantener regularmente el contacto con los testigos del pasado, es decir, con los amigos. Son nuestro espejo, nuestra memoria; solo se les exige que le saquen brillo de vez en cuando para mirarnos en él”, rescata la autora estas palabras de Milan Kundera, extraídas de su libro La identidad, no sin dejar de mencionar esas veces en las que resulta incómodo verse reflejado en los espejos que otros ofrecen, esas ocasiones en las que la negación, el borrado de determinados capítulos del periplo vital, entra en juego, o simplemente nuestras visiones y propósitos han cambiado y ya no los compartimos con aquellos a los que una vez fuimos afines.

Dice Nietzsche que, si alguien llega a cambiar mucho a lo largo de su vida, los amigos del pasado se convertirán en fantasmas que no le dejarán descansar...”, escribe Garcés, quien si algo consigue con este ensayo tan lleno de vertientes, es liberarnos de esa idea de que la amistad debe estar rodeada de virtuosismo, de generosidad en todo momento, a salvo de errores, de frustración, de heridas. Capítulo a capítulo nos lleva la filósofa a asumir los altibajos, las contradicciones y complejidades que supone abrir las puertas de nuestra intimidad, de nuestros pensamientos y sueños, a seres extraños que han entrado a formar parte de nuestros destinos y que, incluso, pueden tener el poder de transformarnos, de modificar nuestra mirada sobre los alrededores, sobre lo que somos, a través de la aceptación de lo diferente, de lo desconocido que penetra en nosotros. 

«La pasión de los extraños» es un ensayo revelador, rompedor, en el que marina Garcés quiebra una visión idílica mantenida a lo largo del tiempo, sostenida en la máxima aristotélica de la virtud y la perfección que debe caracterizar las relaciones de amistad.

¿Hasta dónde podemos compartir la verdad de nosotros mismos?, abre este interrogante esencial la filósofa y alrededor del mismo profundiza en los enigmas de esa conexión tan especial. “La amistad es una forma del deseo que no anula la opacidad del otro. Convierte ese límite en una alianza y en una forma de reciprocidad” (…) “Nadie lo sabe todo, ni de sí ni de su deseo. Si somos también lo que no somos, la amistad es, precisamente, el amor y la confianza hacia ese no saberlo todo” (…) “En este arte de contarnos la vida que es la amistad, podemos decir que nos lo contamos todo, siempre que sepamos que ese todo es un todo por hacer, un todo por encontrar y por crear”.

La continuidad de la conversación, ese diálogo que prosigue a través del tiempo, que va incorporando detalles, impresiones, emociones, es propio de la amistad, así como la risa, la comicidad, que manifestamos con aquellos con los que hay confianza. Preguntarnos con quiénes podemos reír y con quiénes no, reconocer a los compañeros de bromas y de risas, es un saludable ejercicio para saber a quienes podemos considerar amigos. Marina Garcés pone el foco en este aspecto. 

La comicidad, como la soledad, es una expresión de la vulnerabilidad. Somos cómicos porque tenemos conciencia de no encajar bien en lo que somos. Si algo es humano y nos hace conscientes de nuestra humanidad es este desencaje, que puede alimentar tanto la angustia como la risa. Qué ridículo es querer vivir  y pretender hacerlo bien. Los roles sociales y sus funciones ocultan esta disfunción fundamental, y nos exigen mostrarnos eficaces, exitosos, potentes, incluso poderosos. Por eso la seriedad, incluso la solemnidad, son los atributos de las personas y de las situaciones que se creen más importantes que otras…”, expone la pensadora. 

Y prosigue: “Ya sea a través de la angustia, el agotamiento, el miedo, incluso el lamento o el enfado, la tonalidad emocional de las sociedades occidentales se enuncia desde el dolor y el malestar. De ahí la tendencia a buscar en la amistad una respuesta a este mal vivir. Los amigos se presentan como un antídoto, como un salvavidas, y la amistad como una operación de rescate y de cuidados. La amistad, sin embargo, no solo es reparadora o protectora. Es cómica y ridícula hasta el punto de hacer de la risa juntos la expresión de un desafío. “¿De qué os reís?, preguntan, molestos el padre, el policía o el maestro ante la risa incontenible de quienes están bien juntos”.

Si habéis llegado hasta aquí, os invito a dedicar unos momentos a recordar escenas de amistad que hayáis vivido, a visualizar las actitudes. Yo pienso en el camino que hacemos cogidos del brazo de la persona amiga; en la sonrisa abierta cuando la vemos llegar; en las conversaciones que se alargan sin mirar el reloj… Marina Garcés busca gestos, comportamientos, y señala el ademán de “inclinarse para explicarse la vida, el “reír juntos”. “Reír entre amigos es una de las imágenes más universales de la felicidad y de la vida plena”, nos dice.

Señalaba al principio de este artículo que esta obra es rompedora y quiero insistir en ello, en la necesidad de cuestionar narraciones afianzadas a lo largo del tiempo, mantenidas bajo el cerrojo de las creencias inmutables, así las convenciones del amor romántico, cada vez más echas pedazos, pero aún capaz de mantenerse en pie en la prensa rosa, en las telenovelas., en determinada publicidad..; así el concepto sagrado de la familia, que persiste en la sociedad pese a ser desenmascarado una y otra vez en el cine, en la ficción (os remito a El aniversario, novela del escritor italiano Andrea Bajani que ocupa otra página reciente de Lecturas Sumergidas). Pienso en lo difícil que resulta desmontar determinados estereotipos, creencias que nos limitan, y en lo liberador que resulta cortar esas amarras mentales y avanzar con menos prejuicios y verdades asumidas a cuestas.

Marina Garcés (Barcelona, 1973), actualmente profesora en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), donde dirige el Máster de Filosofía para los Retos Contemporáneos, con una amplia obra publicada a sus espaldas –entre sus títulos más recientes Escuela de aprendices, Malas compañías y El tiempo de la promesa–, recurre a la primera persona en el prólogo del libro, nos da a entender que el recorrido del mismo participa de sus propias experiencias, de sus encuentros y desencuentros. Reconoce desde un primer momento su inquietud al “escuchar historias plácidas de amistad”, nos dice que “la amistad acostumbra a presentarse hoy como un espacio de seguridad, de compañía cotidiana y de encuentro sincero, como una de las pocas realidades claras y estables que nos sostienen en un mundo en el que ha fallado todo lo demás”.

Pero detrás de las narraciones de amistad ideales que consumimos, que se intentan reflejar en las redes entre abrazos y sonrisas; detrás del relato de los amigos y amigas que siempre están ahí cuando los necesitamos, “que cuidan y acompañan nuestras vidas, condicionadas por la incertidumbre y la precariedad”; bajo “este espejismo de bienestar garantizado, la amistad es un espacio de relaciones tan inquietante como temible, afectado por un deseo y por un miedo que escapan a lo que podemos llegar a nombrar: el deseo de ser amados porque sí y el miedo a no serlo”, expone la autora.

Bajo el “espejismo de bienestar garantizado, la amistad es un espacio de relaciones tan inquietante como temible, afectado por un deseo y por un miedo que escapan a lo que podemos llegar a nombrar: el deseo de ser amados porque sí y el miedo a no serlo”, expone la Filósofa.

Su discurso me parece revelador porque señala lo que no solemos señalar, lo que siendo conocido no suele ser expresado con palabras. Pues ya está, digámoslo: la amistad, de igual manera que el amor, puede ser dañina. Y no debemos sentirnos insatisfechos por no ser capaces de atraer a nuestro lado, en todo momento, a personas de comportamiento intachable ¿Es esto posible? Pensemos en las heridas que provocan las rupturas amistosas, en el dolor que supone reconocer el engaño, la ocultación, el silencio, los distanciamientos…

Miro hacia atrás en estos momentos y rememoro rostros, gestos, confidencias, que un día fueron importantes y que han desaparecido por diferentes motivos: porque la vida es complicada; porque las circunstancias cambian; porque un día descubrimos que eran asuntos de descarado interés los únicos que alimentaban la cercanía… Tengo la convicción de que desde muy pequeños aprendemos a despedirnos de amigos, a sentirnos engañados, desplazados, aislados. Y también de que son pocas las personas que permanecen en nuestras proximidades a lo largo del camino.

Yo no siempre he contado con esta confianza en los amigos ni en la seguridad de su compañía. No estoy poniendo en duda el afecto de personas concretas, sino que estoy manifestando la inquietud que han despertado en mí las relaciones de amistad y la dificultad de aprender a hacer amigos y acompañarnos de verdad, más allá de los códigos sociales, sus límites, sus hipocresías y sus imposiciones (…) Me atrevería a decir que esta inseguridad no es solo mía, aunque sea una confesión que produce casi más vergüenza que no tener pareja o tenerla de forma estable. No hay palabras ni relatos para contar las historias difíciles de amistad, sus rupturas y las dudas que generan. No es fácil nombrar la falta de amigos. ¿Qué palabra tenemos para referirnos a una persona “soltera” de amigos? Es una soledad sin épica y sin nombre, que bascula entre la lástima y la sospecha. Pero creo que somos muchas las voces silenciosas que no hemos crecido contando, por defecto, con la plenitud de la amistad ni la hemos visto nunca como algo evidente, ligero y cotidiano…”, leemos al comienzo de un recorrido que ya no podemos abandonar.

Marina Garcés explora en La pasión de los extraños, entrega subtitulada Una filosofía de la amistad, ese vínculo que tanto respetamos y anhelamos, tan esencial en la forja de la identidad. Se mueve entre sus luces y sus sombras, pone ante nuestros ojos las complejidades y contradicciones de “ese tipo de afecto que baila entre la costumbre y el milagro, entre lo más normal y lo más excepcional”. El trayecto que emprende parte de la rareza de los encuentros con personas que no nos son impuestas, que elegimos. “¿De qué nos tiene que curar la amistad?, se pregunta ante tantos artículos y estudios que la presentan como un remedio para la salud mental maltrecha, como una especie de poción mágica para “este siglo sin tiempo en el que vivimos”, donde el malestar y la soledad se imponen.

Marina Garcés. Foto © Asis Ayerbe.

Y señala hacia ese “elemento de verdad” que aporta, algo que ha destacado toda la tradición filosófica, desde la Antigua Grecia hasta hoy. “Los amigos y las amigas son esos seres únicos que amamos por sí mismos”, nos dice Garcés, quien argumenta: “Este núcleo de verdad que hay en la amistad parece ser una de las únicas certezas que quedan en pie, hoy, en una esfera pública de existencias fake”, donde “entre todos alimentamos el simulacro de felicidad que devora nuestro tiempo y nuestro deseo en las redes (…) Nadie necesita creerse el simulacro, porque lo que importa son solamente sus efectos calmantes”. Y, en este contexto, “las relaciones de amistad parecen ofrecernos una isla de veracidad. Pero no nos engañemos al tomarla como solución, medio mágico, herramienta terapéutica. 

Frente a esta expectativa, a menudo defraudada, pienso que la fuerza de la amistad no reside en ser un remedio, sino un problema. La amistad siempre ha sido el problema. Es decir, es el vínculo a partir del cual podemos problematizar aquello que somos y no hemos podido escoger: el parentesco heredado, la posición social, el género y la sexualidad asignados, así como la condición profesional o las ideologías que configuran nuestros contextos culturales. “Dime con quién andas y te diré quién eres”, reza el dicho. Precisamente en esa posibilidad de andar con quien no toca reside el riesgo y la potencia de la amistad”, vamos leyendo.

En nuestras vidas “tan conectadas y socialmente hiperactivas es frecuente, como señala la pensadora, que las relaciones de amistad sean percibidas como “poco consistentes o inauténticas”, que nos hagamos la pregunta de si realmente es posible una auténtica amistad. Yo añado, a riesgo de equivocarme, mi apreciación del cansancio que empiezan a producir los “like” como identificadores del número de reconocimientos que recibimos de tantos supuestos amigos, los emoticonos, el juego de las apariencias. Me parece importante reflexionar sobre la amistad de siempre, la que requiere el cara a cara, la conversación lenta, sostenida en el tiempo, en la que construirnos y reconocernos junto a nuestros afines, al mismo tiempo que cultivamos el arte de contarnos la vida, entrando y saliendo de nosotros mismos. Es un tema complejo pese a su aparente ligereza, arropado con un manto de buenismo que tapa las aristas.

Dos seres entran en contacto y sus trayectorias se modifican” (…) “Nuestra arquitectura neuronal también está diseñada por aquellos a los que prestamos atención. Es un aviso, a veces categórico, del respeto que le debemos a nuestro cuerpo, a nuestra vida. Hay encuentros constructivos y encuentros destructivos. Pero también es un aviso a navegantes: dejamos huella al navegar”, sostiene la neurocientífica Nazareth Castellanos en su ensayo El puente donde habitan las mariposas, que ocupa otra página de este número de Lecturas Sumergidas.

María Garcés nos ofrece una interesantísima ruta sobre la amistad. Es poderoso este libro que parte del cuestionamiento, que nos anima a mirarnos en compañía para encontrar respuestas, ofreciéndonos lecturas y análisis a través de las que se profundiza, se contraponen, se desmontan, ideas y creencias. Vivimos nuestro deseo de amistad en sociedades de la enemistad, sostiene la autora y nos lleva a pensar en el rechazo a los migrantes, en el miedo y el control como herramientas de gobiernos cada vez menos democráticos, que atacan la disidencia, las voces que se levantan contra situaciones de desigualdad, de maltrato, de injusticia. 

Se refiere la autora a la amistad como “un ideal bajo sospecha”, que pese a estar fuera de los límites que marcan las instituciones y las legislaciones, no solo está sujeta a las normas que rigen los comportamientos, sino que cae sobre ella “toda la ascendencia de un aparato filosófico, conceptual y de valores que establece quién y cómo deben ser los verdaderos amigos”. Lo decidió Aristóteles hace ya muchos siglos y los pilares de su concepción se han mantenido con solidez. Se refería el filósofo a tres tipos de amistad: por interés, por placer y la amistad perfecta o verdadera, tan idealizada, y desde entonces, respecto a ello, se han sumado múltiples voces que apenas han disentido en lo básico. La tradición impone estas premisas, el criterio aristotélico “sigue dominando y excluyendo todo lo que tiene que ver con la sombra de las pasiones, con la ambigüedad de los deseos, con el peso de las dependencias físicas y materiales o con la discontinuidad de las vidas precarias”, señala la autora.

Se refiere la autora a la amistad como “un ideal bajo sospecha”. no solo está sujeta a las normas que rigen los comportamientos, sino que cae sobre ella “toda la ascendencia de un aparato filosófico, conceptual y de valores que establece quién y cómo deben ser los verdaderos amigos”.

Incluso en los títulos hay consenso (Tratado de la amistad, Sobre la amistad, De la amistad…), como apunta la filósofa. Garcés cita una larga tradición en la que apenas ligeros matices marcan las diferencias, en la que se detectan demasiados elementos comunes. Además de a Aristóteles y su Ética a Nicómaco, obra fundacional, se aproxima a otros grandes nombres, trazando un amplio arco temporal: Cicerón, Plutarco, Séneca, Montaigne, Madame de Lambert, Simone Weil o Giorgio Agamben.

Se trata, nos dice, de “una tradición sin conflicto, que hace apología de la amistad y prescribe qué conductas son las adecuadas y favorecen su excelencia. Avisa de peligros –la adulación, el sexo, la necesidad económica, el esceso de amigos, etcétera, y propone soluciones ejemplares, pero pocas veces encontramos en estos textos nada que no sepamos, que no tengamos incorporado en el sentido común, que desde hace siglos, define qué es y cómo debe ser la amistad para ser considerada digna de tal nombre”.

Es fascinante el viaje que plantea a través del tiempo Marina Garcés, cuyo propósito es poner en entredicho lo aceptado tan firmemente, formular preguntas. Una y otra vez las lecturas sobre la amistad nos remiten a esta como “una forma libre y consciente de amor mutuo hacia la virtud del otro, que no puede estar sujeta a relaciones de necesidad ni a finalidades que le sean externas, y que tiene lugar en un tiempo compartido, antes y después de la muerte”, planteándose que la idea de la amistad que deriva de estos principios tan severos conduce a que no encontremos amigos que puedan cumplirlos del todo en la vida concreta. He ahí la debilidad de una tradición poderosa. “Lo que hace la filosofía de la amistad es afirmar algo que la realidad desmiente, porque la vida concreta siempre es demasiado opaca, desigual e imperfecta”.

Marina Garcés. Foto © Asis Ayerbe.

Me resultan muy interesantes en el recorrido que se propone, algunas quiebras en el consenso, de la mano de Epicuro, por ejemplo, quien considera la amistad como “el bien supremo más alto, junto con la sabiduría”, pero sin excluir ni castigar la necesidad y la utilidad como elementos de la misma, como fuente de ayuda mutua y seguridad. Nos traslada Garcés al mítico “Jardín” fundado en Atenas por este filósofo rebelde, que combatió los principios de las escuelas filosóficas dominantes, un espacio abierto a la convivencia entre hombres y mujeres de clases sociales y procedencias diversas, algo absolutamente inusual en su época, motivo de polémica.

Las ideas de Epicuro sobre la amistad tocan tierra, se acercan más a lo real. “Que la raíz de la amistad se encuentre en la utilidad no significa que el amigo o amiga sean un instrumento para el propio bienestar. Nos indica, más bien, que la necesidad de ayuda es intrínseca al ser humano, porque es un ser consciente de su fragilidad y está expuesto, por tanto al miedo”, explica la autora.

Pese a los cambios sociales, el ideal de la perfección en torno a la amistad ha pervivido y, cuando las circunstancias laborales, personales, de cambio de costumbres, lo hacen tambalear, se mira hacia él con nostalgia. Hoy “hablamos de la amistad a través de historias, recetas psicológicas o estudios científicos, pero la tratamos como algo que no tenemos nunca lo bastante a mano, como algo que solo podemos vivir a través de una experiencia deficitaria”, apunta Garcés. “La amistad se hincha, como un fantasma, entre los discursos del anhelo y la pérdida. Es un fantasma muy lucrativo, que no nos deja ver el amplio repertorio de las amistades reales, de sus formas de hacerse y de inventarse, de deshacerse y de romperse, de mantenerse y de olvidarse”.

el criterio aristotélico de la amistad “sigue dominando y excluyendo todo lo que tiene que ver con la sombra de las pasiones, con la ambigüedad de los deseos, con el peso de las dependencias físicas y materiales o con la discontinuidad de las vidas precarias”, argumenta Marina Garcés.

El ensayo que nos ocupa, insisto, pone en cuestión los consensos en torno al vínculo de la amistad contemplado desde el punto de vista virtuoso, el apoyo incondicional, la abnegación. Propone, como dice su autora, entenderlo “no como una señal de su pureza, sino como un efecto de su extrañeza”. No es la virtud del otro lo que buscamos, sino la diferencia que nos aporta. Somos extraños los unos para los otros y tratamos de comunicarnos descifrando el enigma, aprendiendo, apresando en la aproximación a los demás la extrañeza que nos caracteriza a nosotros mismos.

De este complejo proceso da cuenta el libro que nos ocupa, donde leemos. “Aunque sea estable y duradera, la amistad siempre es inquietante porque no tiene un porqué claro (…) Para acercarse al enigma de la amistad hay que deshacer el espejismo de sus ideales estables y acercarse con curiosidad a todo lo que sus historias concretas y no siempre visibles pueden contar, aquello que no cabe en las categorías de su perfección ni en el cielo de su pureza”.

Marina Garcés arremete contra el ideal construido hace tanto tiempo, sostenido por un grupo cerrado de hombres considerados por ellos mismos “de bien”, sin contar, cómo no, de las mujeres, “víctimas de estereotipos y de exclusiones”, que tampoco pueden ser dignas de la amistad auténtica. A partir de ahí “se ha sentenciado y discriminado cualquier otra forma de amistad como defectuosa, peligrosa o impura”, escribe, y sigue argumentando: “Vivimos en tiempos defectuosos, peligrosos e impuros, si es que no lo han sido todos, a su manera. Pero no por ello tiempos de mayor pobreza afectiva. Quizá, todo lo contrario: la crisis de las estructuras tradicionales de vida, tanto políticas como sociales, desde el Estado hasta la familia, abre un espacio para el encuentro y para la experimentación que amplía las posibilidades de vida, a la vez que exige nuevas formas de compromiso y de relación”.

«Para acercarse al enigma de la amistad hay que deshacer el espejismo de sus ideales estables y acercarse a todo lo que sus historias concretas y no siempre visibles pueden contar, aquello que no cabe en las categorías de su perfección ni en el cielo de su pureza», señala la pensadora.

La amistad contra la tiranía; La separación de los amigos; La democracia de los desconocidos; Intimidades simuladas; Sororidad y comunidades de lucha; La familia escogida... Enumero algunos de los títulos de los distintos apartados del libro para que os hagáis idea de su abundancia, de su capacidad para sugerir, de las múltiples ventanas que abre. Hay otro, Amistad y utopía, en el que me detengo. Parte Garcés de la idea de utopía de Tomás Moro y se pregunta: “¿En qué medida puede la amistad ser la clave de escenarios utópicos?”, a lo que responde: “Si pensamos en nuestras historias reales  y concretas de amistad, seguramente muy poco. La confianza, la  lealtad, la compañía y el afecto entre amigos están atravesados y condicionados por circunstancias, distancias, costumbres y torpezas que muy poco tienen que ver con la limpidez de las utopías. Arrastran pasiones, emociones, rivalidades y condiciones que nos anclan, a menudo, a lo más oscuro del ser humano”.

Lo dejo aquí, con una invitación a que sigáis indagando, reflexionando, a partir de la lectura de este libro que nos lleva a reconocernos como extraños necesitados de la compañía de otros extraños, que nos libera de los severos juicios que, a día de hoy, se siguen aplicando a la amistad. Observemos nuestras propias experiencias, conscientes de sus imperfecciones, de sus contradicciones. Lejos de ideales inalcanzables, sigamos adelante, contándonos la vida.

La pasión de los extraños. Una filosofía de la amistad, ha sido publicado por Galaxia Gutenberg.


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Una respuesta a «Marina Garcés y la amistad, “el arte de contarnos la vida”»

  1. Avatar de Antonieta Rodríguez -Cadarso
    Antonieta Rodríguez -Cadarso

    Buen artículo y buenas reflexiones que invitan a la lectura del ensayo.
    ¡Gracias!

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