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Fue la lectura de Vida y muerte de un jardín de papel, de Menchu Gutiérrez, así como el intercambio de preguntas y respuestas mantenido con su autora alrededor del libro, lo que me llevó a pensar, a ser consciente, del sentimiento de orfandad en la edad adulta, alejado del territorio de la infancia, al que habitualmente lo tenemos circunscrito. Y ha sido otra entrega, Viaje a la ausencia, de Almudena Solana, la que me ha dado pie a pensar más profundamente en ello, a trazar un recorrido por obras literarias, presentes en las páginas de Lecturas Sumergidas, que exploran las emociones en torno a la pérdida del padre, de la madre, al vacío que llega cuando nos quedamos sin esos pilares que nos sostienen, figuras de referencia que, de algún modo, nos hacen seguir dentro del capullo de la niñez.

Ya sean relaciones estrechas, luminosas, las que se mantienen con los progenitores; ya sean relaciones conflictivas, complicadas, la ruptura de ese hilo existencial, conduce a otro lugar que atraviesa la soledad, el aislamiento, ese quedarse a la intemperie, como en un solar sin muros, a expensas del viento, noqueados hasta que poco a poco, a través de los recuerdos, del tiempo, se empiezan a poner los bloques de una nueva identidad, utilizando los materiales de la herida, asomados a un espacio en el que pasamos a ser constructores de lo que haya de suceder el resto de nuestras vidas.

Todas las obras creativas son transformadoras de alguna manera, añaden algo que no estaba ahí antes. La pérdida de una madre o de un padre a los que estabas profundamente ligada, cambia radicalmente tu posición en el tiempo y en el espacio. Mueve todas las piezas del tablero. Hoy, a pesar de estar cada vez más cerca de la vejez, viajo con mucha más facilidad a la infancia, te diría incluso que a la infancia de todas las cosas”, me hizo saber Menchu Gutiérrez.

La escritora ya había escrito antes sobre la orfandad. Lo hizo en su primer libro de narrativa, Viaje de estudios, centrado en el trayecto en tren de un grupo de huérfanos que nunca conocieron a sus padres, una especie de viaje iniciático a través de un paisaje nevado, pero en esta ocasión, en la obra citada, ha sido algo totalmente diferente. Recupero aquí sus palabras:  “Yo he temido siempre la orfandad y la he abordado de maneras diferentes. Pero una cosa es anticipar un sentimiento y otro vivirlo. Como escribí en el libro, ya no es necesario descifrarlo, está aquí. No sé si puedo hablar de un nuevo yo, porque creo que el yo es una ficción en permanente metamorfosis, sólo puedo decir que para mí esta pérdida fue como ascender al último peldaño de la soledad; algo así como perder la sombra…”

Reveladoras estas declaraciones de la autora de una obra llena de inspiraciones, que comenzó siendo un ensayo sobre algunos elementos del jardín, una especie de homenaje, destinado a la madre aún viva, que quedó bruscamente interrumpido con su muerte. “Me encontré ante la imposibilidad de continuar y con la imposibilidad también de abandonar. Abandonar un libro que era un regalo para mi madre significaba también de alguna manera abandonarla a ella. Lo que sucedió entonces es que su muerte abrió un cuaderno de duelo en el que el jardín terminó por aparecer nuevamente”, explica Gutiérrez, quien reconoce que el amor de la madre por las flores impregna una obra tan especial.

Cuando yo veía a mi madre sumergir las flores en el agua de la pila para cortar los tallos de una planta, y evitar su estrés hasta llegar al agua del jarrón, me parecía no sólo que no les hacía daño sino que las estaba cuidando. ¿Espejismos del amor? Los acepto de buen grado. Las flores, sobre todo en su vejez, eran seres con los que se comunicaba y una de sus mayores fuentes de alegría, y en gran parte ese sentimiento está en el origen del libro”, rememora.

Menchu Gutiérrez: «Todas las obras creativas son transformadoras de alguna manera, añaden algo que no estaba ahí antes. La pérdida de una madre o de un padre a los que estabas profundamente ligada, cambia tu posición en el tiempo y en el espacio»

El jardín de la madre se cruza con otros jardines y creaciones artísticas, en una ávida búsqueda de respuestas, de belleza. “El dolor es tan inconstante como cualquier otro sentimiento humano. No es posible cultivarlo y cosecharlo en estaciones reguladas. Por eso quizá nace el libro. Este y todos los libros”, leo en una de las páginas de la entrega, y empiezo a tirar de ese hilo, porque en estas palabras encuentro una clave, el impulso que empuja a escribir, a crear, alrededor de la pérdida: el deseo de explicar, de contar, lo que sucede en ese tránsito transformador, que nos lleva a convertirnos en personas diferentes; de apresar los nuevos contornos de un terreno que se explora a ciegas, en el que se han modificado las perspectivas, las escalas, las formas, incluso la manera de nombrar, de nombrarse.

He perdido a mi padre y mi vida se ha vuelto redonda. Siento como si la luna más gorda hubiera bajado a por mí, tal vez con el único propósito de acurrucarme en el balancín de un cuento infantil. Si el balancín se mueve, como tocado por el viento, yo me muevo con él, despacio. Mi mundo ahora son las pausas, y el empeño; que nada borre lo anterior. / La ausencia es un viaje extraordinario dentro de una pompa de jabón; un viaje al mundo de las cosas pequeñas. Uno se vuelve también pequeño, y está tan ligero de equipaje y tan frágil, que el peso, eso tan mundano, queda evaporado con el resto de las medidas”, inicia Almudena Solana su Viaje a la ausencia, un viaje en el que no hay mapas, en el que “no son necesarias las brújulas ni los relojes”, como se apunta; que lejos de ser una despedida es un reencuentro con el pasado, intentando alumbrar sus estancias, atesorar momentos familiares, recuperar canciones, gestos, sonidos… Y en todo ese entramado de la memoria surgen revelaciones, sorpresas, visiones, ideas antes no expuestas, imágenes que adquieren nuevos brillos. 

El duelo canta, y te anima a descubrir nuevos horizontes trasladándote entre pompas de jabón y lágrimas saladas. Y, pese a todo, sí hay cosas hermosas, señala la autora, quien antes de esta entrega, editada por el sello Tres Hermanas, había publicado cuatro novelas, la última, Efectos secundarios, de 2013. Un largo tiempo de silencio, roto por la urgencia de poner palabras al silencio, al vacío, a la fragilidad, al tiempo de tránsito que sigue a la pérdida, un tiempo que la mayor parte de las veces conduce a la infancia. 

En este trayecto que me ocupa y que voy componiendo, sin saber aún en este párrafo, a qué voces iré dando entrada, el libro de Almudena Solana es el único novedoso, pues de todos los demás, que irán apareciendo, como ya lo ha hecho el de Menchu Gutiérrez (punto de partida, inspiración), ya he escrito en otras ocasiones. Abro esta Ventana Propia a los caminos que se van cruzando ante mí. Los campos que veo son extensos. Cada libro es un sendero y al verlos juntos pienso en sus proximidades, en sus afinidades, pero también en la manera peculiar en que cada autor, autora, –voces, nacionalidades, circunstancias diversas– va pisando las piedras, la hierba, abordando un asunto que a todos nos atañe, ya sea por haber vivido la pérdida, ya sea porque tememos el momento de afrontarla.

Debo decir, además, que la lectura de Viaje a la ausencia me ha permitido conocer mejor a una de mis primeras amigas de universidad, una mujer entusiasta, siempre llena de propuestas creativas, que, además de la escritura, ha desarrollado el proyecto “Fabric Poetry”, nacido de la idea de contar historias a través de los tejidos, de los pañuelos.

Las respuestas a lo que somos, a lo que buscamos, la manera en que nos movemos por el mundo, se encuentran en las raíces, en los complejos y sinuosos entramados de la vida, pienso mientras voy pasando las páginas de esta obra biográfica –diario, memoria– atravesada de emotividad, de ternura, de vulnerabilidad, en la que tan importantes son las emociones. Solana da cuenta de los distintos estados por los que se va pasando cuando el padre, la madre, mueren; cuando alrededor se intenta suavizar la situación con comentarios y fórmulas manoseadas. La calma, al fin, acaba llegando, nos dice. “Pero hubo un largo recorrido de rabia hasta llegar a ella porque, al principio de este viaje, cuando murió mi padre, el planeta para mí estaba lleno de seres que, desde el dolor, me parecían meros charlatanes. Y uno asume ahora su delito por pensar así…”

«La ausencia es un viaje extraordinario dentro de una pompa de jabón; un viaje al mundo de las cosas pequeñas. Uno se vuelve también pequeño, y está tan ligero de equipaje y tan frágil, que el peso, eso tan mundano, queda evaporado con el resto de las medidas”, escribe Almudena Solana.

Solo uno mismo puede saber, explorar, lo que ocurre en los corredores interiores, en esas estancias que conducen al pasado, a través de un túnel que lleva al nacimiento mismo, a la infancia y al resto de las edades, buscando la figura de los ausentes, a través de las propias vivencias o de las que llegan a través de voces próximas. En Viaje a la ausencia los movimientos, las sonrisas, las costumbres, las conversaciones, las llamadas, los mensajes cruzados, van saliendo a la luz. 

Todo contribuye a dibujar el retrato de quien ya no está. Y también las señales que van apareciendo, y las frases… Frases como: “Lleva la alegría donde vayas”, que tantas veces le dijo el padre a la autora, y que la lleva a reflexionar: “Tal vez algo he heredado de él, o será que en esta coexistencia de despedidas en la que no me importa estar triste, disfruto de la pena porque sé que después va a desaparecer, no porque deje de existir en mí, sino porque no la voy a mostrar. Mostraré la alegría, que es la otra cara de la pena. Aprenderé a vivir de otra manera”.

Reconozco escenarios de los que me habló la amiga, natural de Galicia (Tuy, Pontevedra), la acompaño en sus mudanzas, en sus pensamientos, en esos espacios de intimidad que va trazando a través de una narración cercana, sincera, en la que también entran los sueños como cauce de revelación. Y vienen a mí ráfagas de otras lecturas donde las pérdidas y el proceso de reconstrucción tras las mismas, se convierten en afluentes que estimulan la memoria, la creación transformadora. 

Regreso a Cuando las mujeres fueron pájaros, obra de la escritora y activista medioambiental estadounidense Terry Tempest Williams, que comienza con un homenaje a la madre y acaba siendo, también esta vez, un acercamiento al yo, a las raíces, búsquedas y motivaciones de quien escribe. Los silencios de la madre, que le lega unos misteriosos cuadernos en blanco, la nostalgia que la embarga, conducen a la autora a buscar estudios sobre el silencio; también a evocar los días en que era niña, en las orillas del Pacífico, ese tiempo de los comienzos en los que se enamoró del agua, de las olas con su “poder sublime”, hasta el punto de entablar posteriormente una relación entre el agua y la madre.

“Fuentes que se rompen. Nacimos de lo que fluye, no de lo fijo. El agua es esencial. Una madre es esencial. El océano como madre es fascinante por su poder, una fuerza creativa que puede consolar y destruir. Mi madre y yo llegamos a confiar la una en la otra en la playa donde nos sentábamos. Jugábamos entre silencio y silencio. Nos entreteníamos. Al borde del continente, viendo hacia el oeste, comprendimos la paz y la violencia a nuestro alrededor…”, leemos en esta sugerente entrega.

El anhelo por dejar constancia de una vida, por rescatar sus valores, se convierte en propósito común, como si fijar los recuerdos para que no se evaporen, fuese una manera de hallar respuestas, de resistir y seguir andando, primero despacio sobre el vacío, hasta ir identificando signos, nuevas rutas desde las que ir haciéndose –aprendiendo– de nuevo. Y también se convierte en afinidad el reconocimiento de lo que queda en cada cual de quienes se han ido, un reconocimiento que de pronto se hace evidente, se muestra como una milagrosa sorpresa. 

Esto último lo expresa magníficamente en La aurora cuando surge el narrador y poeta Manuel Astur. «Mi padre bajo las estrellas. Solos él y su presente. Solos él y su muerte. / Mi padre existiendo entonces. Mi padre exactamente allí, como lo estoy yo aquí, como lo estuvieron todos los que miraron las estrellas y fueron mirados por ellas…”, escribe en una obra llena de hallazgos, un viaje por Italia que recorre caminos infrecuentes en compañía de otros viajeros ilustres, referencias artísticas, literarias, con la figura paterna de fondo, una ausencia que se torna iluminadora presencia a lo largo de la ruta trazada.

Hombre de lecturas, autor de una novela titulada Éramos río, el padre de Astur está en él, y es esa constatación uno de los valores de un libro que no arranca del dolor, sino del reconocimiento de la huella dejada, de sus reflejos. El itinerario tan personal que traza en La aurora cuando surge no tiene la intención de superar la ausencia, ni de abrir un diálogo-homenaje con el progenitor. “Él es una parte muy poderosa de mí y siempre lo tengo presente, como la rama que sabe de qué tronco viene. No hay dolor ni pena en su recuerdo, no hay ninguna necesidad de hacerle frente. El legado de mi padre es mi modo de ver el mundo. Del mismo modo que un padre budista educará a sus hijos en el budismo, mi padre creía en la poesía y me enseñó a vivir en un mundo lleno de poesía y belleza. Mi padre me enseñó a no aburrirme nunca”, señala el escritor.

«El legado de mi padre es mi modo de ver el mundo (…) mi padre creía en la poesía y me enseñó a vivir en un mundo lleno de poesía y belleza. Mi padre me enseñó a no aburrirme nunca”, reconoce Manuel Astur en «La aurora cuando surge»

El dolor sí está muy presente en Mi refugio y mi tormenta de la escritora india Arundhati Roy, unas conmovedoras memorias –que ocupan un página muy reciente de Lecturas Sumergidas–, en las que la autora, a raíz de la muerte de su madre, ejecuta un doble ejercicio de desciframiento, de comprensión, de autoexploración, intentado atravesar la herida de la compleja relación con ese ser tan contradictorio del que debió huir, como explica, para poder seguir queriéndola. Todo comienza el día del fallecimiento, con el aterrizaje del avión en Kerala, cuando la topografía de ese rincón de su país tan conocida para ella, ahora impregnada de la pérdida, de la ausencia, le provocó “un palpable dolor físico”.

Nunca había visto ese paisaje querido, nunca lo había imaginado, nunca lo había evocado, sin que ella formara parte de él. No podía pensar en aquellas lomas y aquellos árboles, en los verdes ríos, en los arrozales encogidos y cubiertos ahora de cemento, salpicados de gigantescas vallas publicitarias que anunciaban horrorosos saris de boda y joyería aún más horrorosa, sin pensar en ella…”, escribe Roy en el inicio del recorrido intenso, caudaloso, que es este libro en el que se retrata desde lo más profundo.

Los pasajes de una vida, la suya, sorprendente, llena de vicisitudes, van asomando, al tiempo que se rescata la de la madre, a la que se refiere como su “tormenta” y su “refugio”, una mujer luchadora, capaz de emprender batallas en apariencia imposibles, de inspirar, desde la docencia, a distintas generaciones de estudiantes, pero cruel y dura con sus propios hijos. La escritora intenta comprenderla, analizar los fondos que marcaron su carácter, esos detalles en los que asegura reconocerse, entre ellos su ira ante las desigualdades e injusticias.

 “Hasta el último día que pasé con ella, nunca conseguí acostumbrarme o anticiparme a esos giros imprevisibles, a la luz y la sombra, a sus bruscos cambios de humor Pero sí había aprendido a quedarme fuera del azote de su furia lacerante. O eso creía. A veces no calculaba bien. En realidad, estoy hecha con los residuos de esa furia”, señala la autora, asegurando que escribir estas memorias le resultó tan difícil como no escribirlas.

Esa primera noche en un mundo sin la señora Roy, me vi girando en el espacio, sin ancla ni coordenadas. Había construido todo mi ser alrededor de ella. Había desarrollado esta forma concreta que tengo para acomodarme a ella. Nunca quise derrotarla, nunca quise ganar. Siempre quise que se marchara como una reina. Y ahora que se había marchado yo no me encontraba sentido a mí misma”, confiesa, dando entrada a un pareado que le envió una amiga de Delhi, capaz de consolarla más de lo que nadie le dijo: “Esta noche echaré a andar por caminos abiertos. / Esta noche tengo algún tiempo libre, incluso de / mis sueños”.

«Siempre quise que se marchara como una reina. Y ahora que se había marchado yo no me encontraba sentido a mí misma”, confiesa Arundhati Roy en «Mi refugio y mi tormenta», conmovedoras memorias escritas tras la muerte de la madre.

Empecé este artículo con Vida y muerte de un jardín de papel, una obra que parte del duelo personal para acoger los duelos colectivos y que se distingue por la huida del yo, por ese intento de su autora por desaparecer, por quedarse en segundo plano, abrazando la orfandad de todos, la fragilidad que nos une ante la experiencia común de la pérdida. Y ahora lo termino volviendo a sus páginas: “Escribir para alguien que no se ha ido, pero ya no está, y para un yo cada día más desdibujado”. 

Alrededor de estas palabras que tanto me cautivaron y como respuesta a una pregunta en torno a ellas, Menchu Gutiérrez me hizo saber: “Mi yo continúa desdibujándose. Y mi madre sigue jugando al escondite conmigo cada día. Ningún muerto se queda quieto en su sitio, ni siquiera en una fotografía”.

¿Puede haber una imagen más reveladora que la de jugar al escondite para reflejar las ausencias que se vuelven presencias; los territorios que se abren más allá de la pérdida, los mapas que la memoria va trazando de las maneras más inesperadas?, sigo planteándome preguntas, ante esta ventana abierta de par en par a la tenue luz de una tarde de invierno.

Los libros a los que se hace referencia en este artículo son:

– Vida y muerte de un jardín de papel, de Menchu Gutiérrez, editado por Siruela.

Viaje a la ausencia, de Almudena Solana, en Tres Hermanas.

Cuando las mujeres fueron pájaros, de Terry Tempest Williams, en Almadía.

La aurora cuando surge, de Manuel Astur, en Acantilado.

Mi refugio y mi tormenta, de Arundhati Roy, en Alfaguara.


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