Muy cerca de las mujeres del campo con María Sánchez

Fotografías por Nacho goberna

Emma Rodríguez © 2019 /

Escribe María Sánchez de la infancia, de la memoria, de los paisajes que se quedan dentro de nosotros y nos hacen ser como somos, de la escritura, del ritmo lento… De manera sencilla, con un estilo directo, pero teñido de poesía, cristalino y conmovedor, nos habla de las cosas del campo, del trabajo, tan invisibilizado, de las mujeres que conocen los humores de la tierra, que, generación tras generación, han transmitido sus saberes de forma callada. Consigue María Sánchez (Córdoba, 1989) que miremos al mundo rural de otra manera, que escuchemos sus sonidos y comprendamos sus quejas. Nadie mejor que ella, que es veterinaria de campo, vocación heredada de uno de sus abuelos y de su padre, para hacerlo posible. Nadie mejor que ella, que recorre los pueblos de su región cada día, para mostrarnos una imagen real, convincente, de un territorio que desde la ciudad tiende a idealizarse, a enmarcarse en bellas estampas en las que no asoman los problemas de fondo, el esfuerzo, la resistencia por mantener un tipo de vida en el que aún perviven los lazos de la comunidad.

Biografía y experiencia, rememoración y reivindicación feminista se dan la mano en esta entrega que, entre sus muchos frutos, nos ofrece tiempo detenido, pequeños detalles y destellos que nos permiten parar; parar a contemplar, a entender otro lenguaje, a aprender palabras olvidadas que nombran tareas y afanes alejados del ruido y de las prisas. Sánchez recobra la voz de sus seres queridos, de sus abuelos y abuelas, de sus padres. Es el suyo un intento por saber, por comprender sus orígenes, por comprenderse, y al mismo tiempo, una meditación sobre la escritura, sobre la necesidad de dejar constancia del pasado, del pasado familiar, en esas jornadas en las que el cansancio por el trabajo realizado no le impide llegar a su casa y ponerse a buscar las palabras adecuadas.

En «Tierra de mujeres» María Sánchez recobra la voz de sus seres queridos, de sus abuelos y abuelas, de sus padres. Es el suyo un intento por saber, por comprender sus orígenes, y al mismo tiempo, una meditación sobre la escritura, sobre la necesidad de dejar constancia del pasado.

La imagino, tal vez por el título de su poemario Cuadernos del campo, con la cabeza inclinada sobre cuadernos de tapa dura, acariciando las hojas en blanco hasta sentir que una imagen se impone y debe ser apresada en versos o en prosas capaces de tocar profundidades. La imagino así, aunque con toda seguridad sea la pantalla del ordenador el espacio que acoge sus pensamientos, sus meditaciones, sus paseos literarios. En Tierra de mujeres, el libro del que me estoy ocupando, la autora recobra escenas, relatos, de sus allegados y da cuenta de vivencias de la gente que se va encontrando a su paso, de la lucha de las mujeres del campo por hacerse oír, por unir sus voces, desde la distancia, a las espectaculares manifestaciones por la igualdad que recorren las ciudades en un presente en el que seguimos defendiendo unos derechos que deberían estar plenamente reconocidos, aceptados sin miramientos, normalizados en el transcurrir cotidiano, en todos los ámbitos, pero que siguen siendo amenazados por sentencias injustas, por el auge de partidos que pretenden amordazar a las mujeres, por un sistema patriarcal que sigue negándose a aceptar su absoluta falta de sentido. 

Emma Rodríguez

Mi infancia es un destello: las manos de mis abuelos, las vendas y las navajas para hacer los injertos, los corderos sin madre, las cabras viniendo a la llamada del pastor, los olivos y alcornoques, los cencerros, los jerséis de lana, los libros y manuales de veterinaria de mi abuelo…”, nos cuenta María Sánchez, quien también alude a lo que sucede, a lo que observa, en su día a día como veterinaria de campo por los caminos de su comarca andaluza: “los animales que se cruzan en los carriles, los ganaderos y ganaderas con los que trabajo, sus palabras, sus manos, las cestitas de mimbre llenas de verduras y huevos, la leche de cabra recién hervida, algún hijo que se arranca de alguna maceta para que crezca en otra, canciones, historias, nanas, pequeñas palabras que no se oyen en las ciudades y que aquí, menos mal, campan a sus anchas y siguen meciéndose entre las manos de los que trabajan y habitan el campo”. 

Así narra esta mujer joven a la que me siento tan cercana, porque yo también soy de pueblo y reconozco muchas de estas imágenes, porque me conmueve observar en la huerta de mis padres los pequeños injertos que ocupan sus días, los frutos, los árboles y las historias que los acompañan; porque también hay en mí esa sensación de pertenecer a una tierra, aunque la tenga lejos, a un paisaje, de isla en mi caso, de plataneras, no de olivos, inseparable de las historias de los que antes que yo lo ocuparon y se llenaron los ojos con sus horizontes. “Tardamos en aprender a mirar, en reposar la vista y el tacto en los márgenes, en caer en la cuenta de que tras los marquitos que cuelgan en las casas de nuestras abuelas y nuestras madres hay una belleza incómoda, un dolor, una historia, una genealogía latente, pendiente de que la rescatemos y la hagamos nuestra. Una genealogía a la que pertenecer y en la que reconocerse”, transcribo, desde la más absoluta complicidad, las palabras de la autora.

Rememoración y reivindicación, como os comentaba antes, se dan la mano. Desde lo más cercano María Sánchez abraza lo colectivo; a partir de las conversaciones, de las confidencias, de los descubrimientos, de los silencios, los gestos, las pequeñas-grandes hazañas de las mujeres de su familia, se dirige a todas las demás, hacedoras de faenas que pocas veces han tenido la oportunidad de demostrar el valor de sus aportaciones. El ayer y el hoy conviven en un relato que nos permite entender una lucha soterrada, en el que las mujeres del pasado miran con orgullo a las que hoy, por fin, se pueden medir en condiciones de igualdad con los hombres.

Desde lo más cercano María Sánchez abraza lo colectivo, a partir de las conversaciones, de las confidencias, de las pequeñas-grandes hazañas de las mujeres de su familia, se dirige a todas las demás, hacedoras de faenas que pocas veces han tenido la oportunidad de demostrar el valor de sus aportaciones.

¿Quiénes son los que cuentan las historias de las mujeres? ¿Quién se preocupa de rescatar a nuestras abuelas y madres de ese mundo al que las confinaron, de esa habitación callada, en miniatura, reduciéndolas solo a compañeras, esposas ejemplares y buenas madres? ¿Por qué hemos normalizado que ellas fueran apartadas de nuestra narrativa y no formaran parte de la historia? ¿Quién se ha apoderado de sus espacios y su voz? ¿Quién escribe realmente sobre ellas? ¿Por qué no son ellas las que escriben sobre nuestro medio rural?”, va abriendo interrogantes la escritora, planteamientos en torno a los cuales va creciendo, fortaleciéndose, el libro que tengo entre las manos.

María Sánchez parte de sí misma para dar voz a tantas hijas que han tardado en despertar, que han despreciado la sumisión, el silencio de sus antecesoras; que han crecido queriéndose parecer a los hombres, tomándolos como referencia, leyendo y escuchando fundamentalmente las voces impuestas, las voces masculinas. Su experiencia es una experiencia muy común, que atraviesa generaciones. “Todo lo que llegaba a casa, lo importante, las alegrías y las proezas, las buenas noticias, siempre venían de la misma voz. Nos contaron que sólo trabajaba el hombre, que era él el que merecía descansar al llegar a casa. Silenciamos y pusimos a la sombra a aquellas que hacían las tareas domésticas (…) Teníamos como normal que nuestras madres y nuestras abuelas se encargaran de todo y pudieran con todo: la casa, los cuidados, los hijos, el campo, los animales. Les quitamos sus historias y no nos inmutamos. Dejamos que fueran ellos los que contaran, los que siguieran marcando el camino para los demás (…) Ellas nos hablaban y contaban, pero no las entendíamos, porque, sencillamente, no las escuchábamos”, voy pasando las páginas de una entrega que ha sido para la escritora un ejercicio de reconocimiento, de agradecimiento hacia esas mujeres, tan próximas, tan íntimas, a las que tanto ha tardado en comprender.

Las mujeres del campo no podían contar sus historias porque la mayoría no sabía escribir. Porque se les negó el placer de la lectura, ir a la escuela, poder decidir a qué dedicarse, en qué formarse. Se les negó la cultura por completo. Ante ellas solo se extendía el campo en el que trabajar. Solo una casa con cuatro paredes en la que limpiar, cocinar y cuidar (…) Mi madre y mi abuela no quieren escribir. Piensan que sus vidas y sus historias no tienen valor ninguno. Por eso escribo yo. Ellas tienen voz, yo quiero servir de tejedora, de altavoz y plataforma. Quiero que ellas y tantas mujeres del medio rural se reconozcan y recuperen su espacio. Que puedan construir su casa, que puedan dar cobijo a sus historias sin sentir temor ni vergüenza. Sin sentirse menos que nadie”, transcribo estos párrafos especialmente intensos que me recuerdan, en su intención, a otro libro, Estamos todas bien, novela gráfica de Ana Penyas donde da voz a sus abuelas, abuelas de la posguerra.

Afortunadamente hoy, en el medio rural, la situación de las mujeres es muy diferente. Todavía queda trecho por andar; todavía queda combate. El empuje del feminismo, se lamenta la autora, no ha llegado con todo su ímpetu a los pueblos, territorios reducidos donde todos se conocen, donde resulta mucho más complicado salir a las calles con banderas moradas, pero ya hay colectivos de mujeres, de agricultoras, ganaderas, pastoras, que defienden su espacio, sus derechos. Ellas, que “juntas, de la mano, hablan y se enfrentan con la burocracia que cada día les hace más difícil la tarea y les pone trabas paras su forma de trabajo y de producción”, también son protagonistas de este recorrido salpicado de otras lecturas, de testimonios sobre la pertenencia a lo rural, sobre los objetos, sobre la escritura, de autores como García Lorca, Bernardo Atxaga, Robert Macfarlane, María Gabriela Llansol, John Berger, Terry Tempest Williams, Sylvia Plath

“Las mujeres del campo no podían contar sus historias porque la mayoría no sabía escribir. Porque se les negó el placer de la lectura, ir a la escuela, poder decidir a qué dedicarse, en qué formarse…», relata la autora.

Mujeres de tierra se convierte en testimonio y en homenaje a las mujeres del campo, pero su alcance es mucho más amplio, porque, como dice la autora, “este aislamiento de las mujeres es una enfermedad que ha sabido expandirse por todos los estratos”. Una enfermedad, una corriente avasalladora, que ha silenciado muchas voces femeninas, que ha invisibilizado a creadoras y profesionales de todos los ámbitos, científicas, escritoras, activistas, ecologistas, cuyas figuras empiezan a ser rescatadas ahora. Si algo propone María Sánchez es un gran reconocimiento y abrazo entre todas, las mujeres de la ciudad y las del campo. Su ensayo, hecho de ramas y de nidos, de pequeñas piedras que van conformando el camino, es un lugar de encuentro, de diálogo, de comprensión. “Las mujeres de la ciudad”, indica, “tienen que mirar de otra forma a sus hermanas de los pueblos, empezar a conocerlas de verdad, fuera de estampas y reportajes de domingo”.

Acerquémonos a lo rural con mirada limpia, con honestidad, no como el lugar de recreo al que ir de visita los fines de semana; no simplemente como el espacio de moda en el que descansar en vacaciones, no como el retiro idealizado con el que tantas veces soñamos. “El medio rural de este país sigue siendo ese desconocido al que no terminamos de acercarnos. Seguimos escribiendo de nuestro medio rural desde las grandes ciudades (…) El país en el que yo me muevo y trabajo poco tiene que ver con ese que retratan con sentimentalismo e incluso con nostalgia en los medios”, señala Sánchez, a quien no le tiembla la mano al escribir que “los habitantes de los pueblos son ciudadanos de segunda”, que no tienen el mismo acceso a los servicios básicos (sanidad, educación, cultura, infraestructuras), que los de la ciudad, circunstancias que contribuyen al abandono, a la España vacía, vaciada, sobre lo que tanto oímos hablar últimamente, tal vez sin ser del todo conscientes del alcance del fenómeno, de los dramas humanos que encierra; tan lejos el entorno rural, salvo excepciones, de las preocupaciones ciudadanas, de los programas de los partidos políticos.

A los que, a pesar de todo, se quieren quedar, los hemos dejado solos. Y lo que menos necesitan esos hombres y mujeres del campo es una literatura “rural” que los rescate. Necesitan colegios, buenas carreteras y centros de salud. Necesitan que la administración los ayude y los apoye, que no los maltrate”, pone de manifiesto la ensayista problemáticas de fondo que deberíamos conocer mejor. En este punto, el libro conecta con No society, del geógrafo francés Christophe Guilluy, que ocupa otro artículo de este número, pues los campesinos forman parte de las clases populares abandonadas, fuera de los centros donde se genera la riqueza, donde se marcan los rumbos, dejadas al margen por un sistema que ya no cree en el bien común.

«Lo que menos necesitan esos hombres y mujeres del campo es una literatura “rural” que los rescate. Necesitan colegios, buenas carreteras y centros de salud. Necesitan que la administración los ayude y los apoye, que no los maltrate”, pone de manifiesto la ensayista.

En un mundo en el que cada día manda más lo individual y la inmediatez, volver la vista a nuestros márgenes es un ejercicio necesario y fundamental”, reflexiona la escritora, poniendo de manifiesto lo huérfanos que nos sentimos en la ciudades de apoyo, de ayuda, de cuidados, señalando a los colectivos que van surgiendo para hacer frente a esos vacíos. “Nos preocupa la contaminación, el cambio climático, lo que comemos. Nos da miedo y nos duele la soledad. No queremos ciudades frías, queremos comunidades”, expone, animándonos a reencontrar las raíces, a aprender todo lo que la gente del campo sabe de vínculos, de compartires.

No somos la España vacía. Somos un territorio lleno de vida. De personas, de historias, de oficios, de comunidades”, clama María Sánchez. “Nuestros pueblos se mueren y lo que más necesitamos son soluciones de verdad, políticas comunes, medidas de urgencia, concienciación ciudadana”, insiste. Tierra de mujeres es un homenaje, una reivindicación, un llamamiento a la puesta en pie de una narrativa que brote de dentro, de lo conocido, de lo experimentado, “una narrativa que pisa, que se mancha las manos de tierra, que no se avergüenza”, señala, hermanada con la trayectoria, con los afanes, de otro de los protagonistas de este número, Joaquín Araújo, en cuyo  Laudatio Naturae ella participa con un texto sobre la vivacidad y sobre la escritura que nace de lo natural, que participa de los lenguajes del bosque.

María Sánchez va rescatando palabras de la tierra, palabras que incluso ella misma, que se mueve entre el campo y la ciudad, teme acabar perdiendo. Estoy cansada de enfrentar el medio rural con el urbano. Nos necesitamos mutuamente y de la confrontación no nace nada bueno. Desde ambos mundos debemos nivelar para cerrar una brecha que se ha ido haciendo demasiado dolorosa”, argumenta. Y prosigue: “Nadie por sí solo tiene la solución para nada. Nos necesitamos los unos a los otros para cuestionarnos, para cambiar nuestros modelos de consumo (…) Entre todos tenemos que tender la mano. Es nuestra tarea hacer posible un futuro sostenible y verde en nuestros pueblos. Es en los márgenes donde se encuentra el cambio, donde hay un mañana, donde otra forma de vida es posible”.

En este trecho del camino vuelvo yo a hacer hincapié en la complicidad, en lo cerca que me siento de las reflexiones de la autora, en ese sentimiento de ser de pueblo que solo conocemos los que somos de pueblo; en esa perspectiva de los lugares de origen que tenemos cuando nos marchamos fuera. Ahora pienso en los alejamientos y los regresos, en los recuerdos, en los aprendizajes. Pienso en el modo diferente en que transcurre el tiempo y la vida en las ciudades y en el mundo rural. Escucho las campanas sonar cuando alguien muere en el pueblo y los vecinos se apresuran a recordar al fallecido, a acompañar a los familiares. Los ciclos de la vida se reconocen mejor en los pueblos, por lo que volver a ellos es una forma de recordar lo trascendente. María Sánchez me ha descubierto sus caminos, sus vulnerabilidades, las fotografías de su álbum familiar y yo he desempolvado las mías. Estoy segura de que muchas de las personas que se sumerjan en las páginas de este libro harán lo propio, porque la entrega tiene el don de dirigirnos al atrás para que podamos pisar con más firmeza lo que acontece.

Antes os hablaba de la impresión de tiempo detenido que transmite este libro. Hay furia y pasión reivindicativa en sus páginas, hay muchos puentes que cruzar y también calma, calma y silencio en su trayecto, en sus búsquedas, en sus meditaciones. Para acompañarlo gráficamente, a falta de campos abiertos, de sutiles detalles de lo rural, como los que ilustran el volumen, elegimos un pequeño parque en el centro de Madrid, en la calle Almendro, un lugar donde aún es posible permanecer sin ruidos –apenas el murmullo de unos niños jugando–. Allí, alejada de los bulliciosos entornos turísticos, fui pasando las páginas de un libro que se convierte en abrazo, en llamamiento a mirar, a compartir, a entender a nuestras hermanas de tierra.

«Tierra de mujeres», de María Sánchez, ha sido publicado por la editorial Seix Barral.

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