Lucy Caldwell, relatos que hablan de madres y de cambios

FOTO de CABECERA POR TOM ROUTH /

Emma Rodríguez © 2022 /

La narradora de Los niños, uno de los relatos incluidos en Intimidades, de Lucy Caldwell (Belfast, 1981) está leyendo una biografía sobre Caroline Norton, “la mujer que cambió para siempre a todas las madres con su lucha a favor de la reforma de la ley de custodia infantil”. La vida atormentada y combativa de esta escritora británica de la época victoriana resulta clave en una entrega que aborda el tema de la maternidad y las transformaciones que genera. No se trata, a mi parecer, de una historia más en el conjunto, sino de una pieza que otorga unidad a un atrayente ramillete de narraciones que profundizan, sobre todo, en el hecho de ser madres, circunstancia que propicia nuevos temores y responsabilidades; que hace aflorar toda una gama de emociones desconocidas, contradicciones, experiencias agridulces…

El cuento citado transcurre en dos planos: uno proyectado hacia el ayer, las peripecias de Norton, y el otro situado en el presente, donde asistimos a la tensa espera de una joven madre que nos transmite sus pensamientos e impresiones mientras, en un consultorio médico, aguarda el diagnóstico sobre un bulto en el pecho que ha descubierto amamantando a su bebé. Esa figura del pasado, poeta, novelista, dramaturga, que se vio privada de sus hijos debido a una turbulenta separación y que a partir de ahí dedicó sus esfuerzos a cambiar las normativas vigentes, consiguiendo que otras mujeres no sufrieran lo que ella (logró la custodia para los hijos menores de siete años y que pudiesen ser visitados a partir de esa edad), acompaña a quien espera asustada, temiendo perder a sus hijos debido a la enfermedad, a posibles accidentes…

La desgarradora sensación de no volver a abrazarlos nunca más se adueña de un relato lleno de complicidades: la complicidad entre quien vive un momento crucial en la sala de espera y la luchadora victoriana por los derechos de las mujeres; la complicidad de fondo entre dos escritoras -Norton y la propia Caldwell- separadas por una larga distancia y, sin embargo, tan unidas por anhelos comunes, por el impulso de dar visibilidad a los asuntos que atañen a las vidas de las mujeres. 

Caroline Norton, “la mujer que cambió para siempre a todas las madres con su lucha a favor de la reforma de la ley de custodia infantil” es clave en «Intimidades», una entrega que aborda el tema de la maternidad y las transformaciones que genera.

Lucy Caldwell, una voz interesantísima en el panorama de la actual literatura de Irlanda del Norte, con una extensa obra a sus espaldas, (novelas, libros de relatos, obras de teatro), aunque aún insuficientemente traducida al castellano, sostiene en distintas entrevistas que la vulnerabilidad que experimentó al ser madre cambió para mejor su trabajo como creadora. “La maternidad me dio todo un material nuevo y pensé en las pocas historias sobre el embarazo y la maternidad con todas sus consecuencias”, ha declarado. Si algo queda claro al leer los relatos de Intimidades es que en el espacio doméstico, entre biberones y carritos de bebé, se pueden encontrar temas profundos, complejos. Si algo demuestra la autora es la altura literaria que puede alcanzar la maternidad como experiencia altamente transformadora. 

En Los niños se señala que Caroline Norton siempre escribió  por sobrevivir, que, “con hijos a su cargo o sin ellos” en ningún momento pudo cerrar la puerta a los distintos ámbitos de las letras. He ahí, salvando las distancias temporales, una gran cercanía con nuestra autora, consciente de las dificultades para compaginar el trabajo literario con los cuidados y al mismo tiempo de la potencia creativa que ha surgido de sus experiencias como madre. En este punto encuentro otros puentes de afinidad con escritoras como Deborah Levy o, algo más atrás en el tiempo, con Grace Paley, ambas presentes en las páginas de Lecturas Sumergidas, ambas atentas a reflejar los matices, las revelaciones, los sinsabores y satisfacciones de sus experiencias como madres.

La escritora irlandesa rinde homenaje a quien, partiendo de sus trágicas vivencias, tanto hizo por allanar el camino a sus iguales. Indiscutible faro feminista, Caroline Norton también luchó, además de por la consecución de la Ley de Custodia, por el derecho de las mujeres a recibir herencias, controlar directamente sus bienes y ganancias y firmar contratos, aspectos de gran importancia que precedieron a la crucial batalla por el sufragio femenino. La narradora del cuento que nos ocupa, personaje en el que se percibe la sombra de Caldwell, va repasando los episodios de la vida de esta mujer excepcional y señala sobre ella: “Experimenta la culpabilidad y la rechaza. Rechaza asimismo la vergüenza; escribe que hay demasiado miedo a publicar sobre mujeres. Se acepta que a lo máximo a lo que pueden aspirar las mujeres es a esconderse y no hablar de las cosas que las afligen…”

Pero Norton, pese a los obstáculos de su tiempo, decidió no rendirse, “contar su realidad y cambiar el mundo”. Su historia, sus logros, planean en un relato en el que yo he querido ver el corazón de Intimidades, un libro cargado de autenticidad, de profundidad. Trasladando a la ficción sus propias emociones, vivencias y cercanías, ahondando en ellas, Lucy Caldwell consigue llevar al papel, convertir en alta literatura, los cambios  que se experimentan con la maternidad, la manera en la que todo se modifica, en que se adquiere un sentido distinto del tiempo, del camino de la vida.

El desarrollo de varias líneas argumentales y de distintas opciones de final son rasgos que caracterizan la narrativa breve de esta mujer que consigue añadir intensidad a situaciones aparentemente banales, a poner del revés lo que parecen acogedores espacios familiares. La trascendencia de las decisiones tomadas (hasta la más mínima variación en una respuesta puede modificarlo todo) planea en la mayor parte de las piezas, como si cada una de ellas se hubiese planteado la clásica pregunta de qué habría pasado si hubiésemos tomado un sendero distinto, respondido a una llamada, seguido un consejo, asistido a un encuentro al que dijimos no, prestado atención a una señal que en su momento nos pasó totalmente desapercibida.

El desarrollo de varias líneas argumentales y de distintas opciones de final son rasgos que caracterizan la narrativa breve de Lucy Caldwell, quien consigue poner del revés lo que parecen acogedores espacios familiares.

Son tantas y tantas variantes… Los cuentos de Intimidades se sitúan ahí, en las fronteras de lo posible, en lo que es y lo que pudo o podría ser. Tratan de todo ello, destapan huecos ocultos, incómodos, apenas explorados, y ofrecen un cariz de esencialidad que las convierte en universales. No hace falta haber sido madre para identificarse y disfrutar de este conjunto de relatos que, al ahondar en los lazos entre madres e hijos, abren puertas y nos hablan, en el fondo, del crecimiento personal con toda su carga de sombras y contradicciones, pero también de luminosos hallazgos.

Caldwell bucea en los miedos y tantea, a través de sus protagonistas, cómo asumirlos, afrontarlos y aprender a crecer con ellos. Su estilo, sobrio y eficaz, es capaz de alcanzar poderosos puntos de emotividad, medidos y deslumbrantes giros poéticos. La contraposición de ángulos, miradas, posibilidades, es una constante. A “las vidas no vividas”, a “los amores todavía no desamados” se alude en el relato titulado Devociones, del que destaco estas líneas: “En esta vida, nosotros decidimos qué consideramos sagrado y debemos emplearnos a fondo para honrarlo como merece. / La nieve que cubre las montañas y los páramos. / La respiración del bebé. Esto. Esto. Esto”. 

Del hermoso Intimidades, que da título y cierra el volumen, relato en el que una mujer ha perdido al bebé que esperaba y en su situación extremadamente vulnerable decide escribir, a la manera de un mensaje lanzado al mar en una botella, una carta a su posible futura hija, una carta con sus aprendizajes, con sus experiencias, tropiezos e intentos de mejora, no me resisto a transcribir algunos párrafos que recogen muy bien el sentido y las búsquedas de este libro tan especial:

La Autora bucea en los miedos y tantea, a través de sus protagonistas, cómo asumirlos, afrontarlos y aprender a crecer con ellos. Su estilo, sobrio y eficaz, es capaz de alcanzar poderosos puntos de emotividad, medidos y deslumbrantes giros poéticos.

– “Me repito a mí misma a diario que cada día, cada momento de cada día, es una oportunidad para dar respuesta al mundo con amor y no con miedo; que el miedo no es una fuerza opuesta equivalente, sino la ausencia de amor, un síntoma o señal de algo sesgado o extraviado. Sin embargo, me aterra tomar decisiones equivocadas. Actuar de manera equivocada. Me aterra interferir en tu camino. Hago una señal en el margen de “El despertar” de Kate Chopin, justo donde Edna Pontellier dice: daría mi dinero y daría la vida por mis hijos, pero no me daría a mí misma. No me atrevo a plantearme esa pregunta. Mejor dicho, no me atrevo a responder”.

– “Dile a tus seres queridos que los quieres. Será lo único que habrá valido la pena, es lo único que nos llevamos. Díselo ahora. Son esas sencillas palabras cotidianas las que poseen una capacidad transformadora”.

En la misma narración leemos que “el tiempo no es más que un resumen del tiempo; que “todo es para siempre y nada desaparece”. La reflexión sobre el tiempo, sobre lo efímero y frágil, sobre las escurridizas vivencias cotidianas en las que tanto cuesta percibir la felicidad mientras está transcurriendo, impregna una obra que guarda unas cuantas verdades esenciales. 

En el recorrido destacan otras piezas como la perturbadora Sucede así, donde la autora ahonda en uno de los principales temores de todas las madres, la posibilidad de perder a sus hijos, de que los pequeños sean robados en un parque, en un local comercial, al menor despiste. Lucy Caldwell da vueltas a distintos desarrollos de la historia. La mamá del cuento deja a su bebé con una desconocida que se ofrece a ayudarla para que lleve a su otro hijo al lavabo del mercado donde se encuentran. Cuando regresa ha desaparecido y todo, de repente, da un vuelco. Puede suceder lo peor, la imaginación trabaja deprisa construyendo la historia. Pero no pasa lo temido en otra de las líneas argumentales. Todo se ha quedado en un susto.

Lucy Caldwell. Fuente de la fotografía: http://www.lucycaldwell.com

Lo importante aquí, como en otros de los relatos, es el discurrir de los pensamientos con su carga de culpa, de miedo; la manera en la que la escritora registra la ansiedad, el agobio, la responsabilidad, el afán de protección, esa ternura tan particular que lo invade todo. Caldwell tiene una habilidad especial para adentrarse en pasadizos oscuros de los que sale a través de rendijas de luz.

El aborto, los ambientes religiosos con sus reglas y prejuicios contra la libertad de las mujeres, no escapan a la mirada de quien escudriña las heridas emocionales, las frustraciones, los sueños perdidos. La actualidad tampoco se queda fuera. En el ya citado Los niños se alude a hechos tan atroces como la separación de niños inmigrantes enjaulados, alejados de sus padres, en los Estados Unidos de Trump

Son once las narraciones que componen Intimidades. Cada una de ellas es diferente, pero en ocasiones las voces narrativas se confunden y asimismo los tiempos, las atmósferas y los ambientes, tantas veces sofocantes. Hay insatisfacción y desgarro en el conjunto, pero también deseos intensos, esperanzas y promesas. Empecé este artículo con un relato en mi opinión clave en el libro y no puedo poner el punto final sin hablaros de otro, Todo el mundo era malo y falso, el más aclamado de todos, pues obtuvo el Premio Nacional de Cuentos Cortos de la BBC.

En esta brillante pieza, narrada, como algunas otras, con una atractiva voz en segunda persona, Lucy Caldwell atrapa uno de esos momentos que pueden cambiar la vida; juega a lo que se vive y a lo que se podría vivir, a los caminos que se abren y se cierran. De nuevo la protagonista es una joven madre que realiza un largo viaje en avión, de Toronto a Londres, con su pequeña hija en el regazo. Para entretenerla recurre a un libro ilustrado sobre la historia de Noé, el diluvio y el arca, un libro que les ha regalado un familiar y que ella odia porque en su transcurso todos son malos y falsos, excepto el personaje central, que es salvado por Dios.

en el relato «Todo el mundo era malo y falso,» Premio Nacional de Cuentos Cortos de la BBC, LUcy Caldwell atrapa uno de esos momentos que pueden cambiar la vida, juega a los caminos que se abren y se cierran.

El mensaje religioso es la base de una narración que da vueltas a la idea de las transformaciones en la vida, de las posibilidades de cambiar. “¿Qué esperanza nos queda si estamos condenados a no poder empezar de nuevo o volvernos, yo qué sé, personas diferentes, personas mejores?”, le pregunta nuestra viajera al hombre que está sentado a su lado y que se muestra en todo momento cómplice con su situación, con sus agobios, con el llanto de la niña. El diálogo entre los dos está lleno de afinidades. La atracción se insinúa sutilmente… Entre ambos podría surgir una historia… Los pensamientos, las percepciones de la mujer, llenan el relato. Todo es posible allá arriba, con la realidad y las rutinas tan lejos (el matrimonio, la pareja, los trabajos, los anhelos y proyectos). Una vez más, la indagación en el tiempo, en los momentos detenidos, es crucial. Sé que, como a mí, os cautivará este relato del que transcribo lo siguiente:

– “Ahí está el mundo, el océano, las olas oscuras con crestas blancas, el suelo a nueve mil y pico metros, y ahí estáis vosotros, suspendidos en las alturas, viajando a cientos de kilómetros por hora hacia el amanecer de un día completamente distinto. El tiempo deja de tener sentido durante ese paréntesis, durante ese tiempo fuera del tiempo, y lo mismo sucede con la distancia. Y las distancias que recorremos, entre el punto del que venimos y el punto hacia el que vamos, entre la persona que pensábamos ser y la persona que resultamos ser realmente...”

Lucy Caldwell. Fotografía por Akira Suemori

Intimidades ha sido publicado por el sello Catedral. La traducción la ha realizado Angélica M. Ripa.

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