John Banville: “La mentira es una fuerza creadora”

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Por Emma Rodríguez © 2013 / Según la leyenda literaria, John Banville es una cosa y Benjamin Black otra que no tiene nada que ver. Dos creadores, dos impulsos paralelos, un escritor desdoblado… Manejaba estas ideas obvias mientras preparaba esta entrevista, que tuvo lugar a finales del pasado mes de abril, con motivo de la publicación de “Venganza”, la última novela en España de la serie negra del autor irlandés. Una historia que coincidía en las librerías con “Antigua luz”, entrega de su otra vertiente, la de la escritura más honda, con mayúsculas. Black y Banville, dos en uno. Diferentes, pero evidentemente parecidos, pensaba, e intentaba encontrar las similitudes entre sendos estilos  mientras me dirigía a la cita.

Nada hacía sospechar cuál iba a ser la sorpresa que me aguardaba. En vez de dos personalidades me encontré con tres. Allí estaba Black, el autor de más éxito de cara al gran público gracias a las aventuras del doctor Quirke y su colega el inspector Hackett. Allí estaba Banville, para quien la crítica especializada reclama cada vez más el Nobel, después de haberlo premiado con galardones como el deseado Booker , el Irish Book Award o el Franz Kafka. Pero había alguien más. En la penumbra, muy cerca, estaba el hombre capaz de mover los hilos, de establecer las corrientes de complicidad entre ambos. Ese hombre de apariencia normal, cordial y próximo, a quien es fácil imaginar tomando cerveza en el pub cercano con los amigos; riendo con las gracias de su hija pequeña u observando el devenir de sus conciudadanos en sus paseos por las calles de Dublín, hablaba de Black y de Banville desde una cierta lejanía, desde la distancia de quien sabe mucho más de lo que dice, de quien conoce los misteriosos procesos que llevan a fraguar una historia determinada, los pensamientos que conducen la mano de quien escribe en una dirección concreta, a la búsqueda de los pozos más profundos, más turbios, del alma, pero también de las emociones más diamantinas.

Pero no quiero liar más las cosas. Quedémonos con la versión oficial. El caballero con el que mantengo el siguiente diálogo se llama John Banville. Nació en Wexford, Irlanda, en 1945; mantiene muy alto el listón de las letras anglosajonas, de esa riquísima corriente irlandesa de cultivadores de las palabras, de las irrealidades posibles, de las rutas interiores, y cuando quiere contar historias de intriga recurre a su “álter ego”, Benjamin Black. El día de este encuentro vestía de negro y gris,  hacía gala de un magnífico sentido del humor y parecía disfrutar tanto con las preguntas que le conducían a indagar un poco más en sí mismo como al relatar esas anécdotas de cada día, esos comportamientos corrientes que dejan de ser banales cuando se escarba en ellos con el escalpelo de la ficción.

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– Aunque aparentan no conocerse, John Banville y Benjamin Black se parecen entre sí mucho más de lo que demuestran a simple vista. ¿Hasta qué punto a Black le interesan las mismas cosas que a Banville, aunque dé menos rodeos y sea mucho más directo a la hora de decirlo, de expresarlo?

– ¿Cómo…? -gesto de sorpresa-. Podemos decir que Black trabaja mucho más directamente, sí. Es un escritor que hace declaraciones y para quien la narrativa, el diálogo, la trama y la caracterización son muy importantes. Podríamos decir que es un novelista chapado a la antigua. El siglo XIX le habría reconocido, habría sido su época. Pero Banville hace algo que es distinto y que es mucho más difícil de definir, sobre todo porque a mí muchas veces me produce zozobra. No acabo de entender del todo su trabajo.

– Sin embargo, hay ambientes y temas que están presentes en ambos. Tanto en “Antigua luz” como en “Venganza”, nos encontramos con el peso del pasado, de la memoria.

–  A todos nos obsesiona el pasado porque quizás sea lo más intenso y lo más real que hayamos experimentado. El pasado es algo que a mí siempre me ha fascinado y que sobre todo fascina a Banville. Escribir sobre el pasado parece mucho más vívido que hacerlo sobre el presente, porque, de hecho, ese pasado fue un momento presente, tan aburrido y tan poco remarcable como lo que podemos estar viviendo ahora mismo. En efecto, tanto a Black como a Banville, les obsesiona el pasado, y esto se acentúa en “Venganza”, ya que el doctor Quirke está aún más interesado por el pasado lejano, precisamente porque no lo tiene. Hablamos de un huérfano que no sabe de dónde viene ni cuál era su nombre verdadero cuando nació. Cuando mira atrás su hoja biográfica está vacía, está en blanco. Y es esa carencia la que hace que se mueva, la que se convierte en su motor, en lo que alimenta su curiosidad insaciable, esa curiosidad sobre la vida y sobre las personas.

Benjamin Black es un novelista chapado a la antigua. El siglo XIX le habría reconocido, habría sido su época. Pero Banville hace algo que es distinto y que es mucho más difícil de definir, sobre todo porque a mí muchas veces me produce zozobra. No acabo de entender del todo su trabajo.

John Banville - Nacho Goberna © 2013

– El pasado es el mecanismo que mueve muchas páginas de la literatura, el pasado y, sobre todo, la infancia. Pocos escritores se han resistido, se resisten a recrear esta etapa. ¿Cómo la contempla?

– La infancia es una gran reserva, sobre todo para los artistas. Baudelaire decía que la genialidad consiste en resumir la infancia y los deseos. Y no se refería tanto a ser un genio con mayúsculas, sino al  saber, al aprendizaje. Ahora que ya he cumplido los 60 y estoy bastante lejos de mi infancia, creo que para mí ya no es tan importante como lo fue cuando tenía 20 años. Me doy cuenta de que antes pensaba en esa época con frecuencia y de que ahora ya no lo hago. Yo no he escrito sobre mi infancia, sino que he escrito cosas de mi infancia; la he utilizado para la ficción. Y creo que, a lo mejor, lo que me está sucediendo ahora es que mi orientación está cambiando. Está girando hacia la muerte, justo 180 grados. Quien ahora me está fantasmeando en lugar de la infancia es la muerte.

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– ¿Está más proyectado hacia el futuro, qué le está aportando cumplir años?

– Cuando no estoy trabajando mi mente está llena de cosas triviales. Es como una papelera cargada de papeles, de basura, de cosas que no sirven, y esto es algo nuevo para mí. Es una característica que tiene que ver con hacerse mayor que no conocía antes. En cierto modo es fascinante, y junto a ello, lógicamente, sigue estando esa experiencia de ir andando por la calle, oler unas flores y sentir que me transporto al pasado, que vuelvo de manera inmediata a la infancia. Eso es algo irremediable, que no desaparece y que me atrevería a decir que es una de las sensaciones más exquisitas que podemos tener. Proust, todo su trabajo,  su enorme trabajo, está alimentado por todas esas experiencias… Y, además, me preguntas por lo que aporta el paso de los años y debo decir que cuando era joven me aterraba la muerte, pero ahora no. Cuando era joven la muerte era una figura mística muy fuerte, era un hombre de negro con la guadaña que llegaba para llevarte; pero ahora me he dado cuenta de que la muerte no es nada místico, simplemente es el final de la vida. Y la vida va a seguir, mis hijos van a seguir viviendo existencias fascinantes aunque yo no esté aquí y lo mismo les sucederá a sus descendientes. ¿Respondo a la pregunta? ¿Es demasiada información? Quizás me estoy convirtiendo en un hombre mayor, un hombre viejo que no hace más que divagar. Un día que estaba enfermo, le dije a mi mujer: “me siento como un pequeño hombre mayor; bueno, en realidad soy ya un hombre mayor…” (risas).

¿De qué manera la experiencia de ser padre ha variado su percepción, su visión de la infancia?

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– (Se lo piensa largamente antes de contestar). Cuando mis hijos eran pequeños no me interesaba por ellos. Eran simplemente proyectos de adultos, pero ahora que lo son me fijo en sus caracteres. Tengo dos hijos; uno de ellos va a cumplir 40 años dentro de poco. ¡Increíble! (risas). Y también tengo dos hijas, de 23 y 16 años. Lo que me parece raro, curioso, es que de los cuatro, la pequeña, la de 16 años, es la que más se parece a mí y observar eso me parece enriquecedor. En ella veo mis cosas buenas, pero también las malas. Veo esa mirada fría que le echa al mundo y me reconozco. El otro día entró en casa con su novio, se quedó mirando un jarrón muy feo con tulipanes y me dijo, mirándolo a él y riéndose “Me ha comprado flores…”. “Esa es mi niña, es mía”, pensé. Seguimos hablando de la infancia y ahora añado que la infancia, en cierto modo, es como una antigüedad reciente. Me explico:  La infancia es para mí más cercana que la persona que yo era cuando tenía 40 años y aún así sigue siendo un mundo antiguo, porque todas las experiencias se graban la primera vez que las vives. Por ejemplo la primera vez que te enamoras. En mi caso, tenía 11 años y lógicamente no sabía lo que era el amor. Era un amor muy puro, lo único que podías hacer era aspirar a un beso. Pero con 11 años un beso es una explosión, es una bomba… A medida que uno va haciéndose mayor va acumulando experiencias, cada vez más experiencias, pero a lo mejor lo que se echa de menos es la novedad de la infancia, ese lugar en el que todo es por primera vez.

La primera vez que me enamoré tenía 11 años. Era un amor muy puro, lo único que podías hacer era aspirar a un beso. Pero con 11 años un beso es una explosión, es una bomba… A medida que uno va haciéndose mayor va acumulando experiencias, cada vez más experiencias, pero a lo mejor lo que se echa de menos es la novedad de la infancia, ese lugar en el que todo es por primera vez.

– Hablamos del pasado, de la infancia, de la memoria, y en “Venganza” todo esto es fundamental, porque es el peso del pasado, de la memoria, lo que determina los acontecimientos. Son los hijos, los nietos, los que acaban de algún modo vengándose de las rencillas pasadas.

– Sí. Son las futuras generaciones las que se vengan. Pero yo creo que la novela trata más de la familia y de la destructividad de la familia. Alguien dijo, no sé si fue Borges, que la familia es el primer ámbito de corrupción, el ámbito donde aprendemos por primera vez lo que es la corrupción. Pero en la familia también es cierto que aprendemos a ejercer la tolerancia, a aguantar a gente que no nos gusta. A mí siempre me ha llamado la atención el hecho de que en una familia amas a tus padres y a tus hermanos aunque tal vez no te gusten. Pero esa no es razón para que dejes de quererlos y esa circunstancia tan especial crea una tensión extraordinaria. Estás atrapado entre gente a la que quieres pero que no te gusta, que ni siquiera son tu tipo. Sería muy raro tener una relación amorosa con alguien que no nos gusta. Sería rarísimo, como estar en una de esas novelas de Proust en las que de repente te das cuenta de que estás con un hombre o con una mujer que ni siquiera te interesan. Tengo un amigo en Irlanda en cuya familia todos se quieren y, además, todos se gustan, incluyendo a los padres, con quienes se mantiene una relación de admiración. Y yo le digo siempre: “vosotros estáis enfermos”.

John Banville - Nacho Goberna © 2013

– Yo creo que lo que se refleja muy bien en esta novela, que es de Black, igual que en otras de Banville, es el ambiente cerrado de la familia, que llega incluso a ser un poco agobiante. Y eso se traslada también a la sociedad en la que se mueven los personajes.

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– Supongo que en España sucederá algo muy parecido, pero en Irlanda, como era un país absolutamente católico en los años 50 y 60; en realidad hasta los 90 ha sido un país dirigido totalmente por los católicos, la unidad esencial ha sido la familia. Lo que hizo la Iglesia en Irlanda y, por supuesto, lo que hizo también el Estado, fue decirle a las madres: “os vamos a dar el poder; quizás no os respeten ni en la sociedad ni en casa, pero vais a tener el poder, y a cambio de eso lo que vamos a fomentar es que vuestros hijos sean curas o se dediquen a la Iglesia”. No sé si esto responde a la pregunta, pero tiene que ver con esos climas cerrados.

Alguien dijo, no sé si fue Borges, que la familia es el primer ámbito de corrupción, el ámbito donde aprendemos por primera vez lo que es la corrupción. Pero en la familia también es cierto que aprendemos a ejercer la tolerancia, a aguantar a gente que no nos gusta.

– Los protagonistas de “Venganza” pertenecen a los ambientes empresariales, de las finanzas. Muy sutilmente hay una crítica velada a la corrupción que se produce en estas esferas que nos acerca bastante al presente. De hecho, lo que sucede puede ser un caso de los que habitualmente aparecen en los periódicos. ¿Qué opina de lo que está pasando, cree que la crisis económica es una crisis inventada por el poder para cambiar las reglas del juego?

– Lo que creo es que con lo que está pasando de lo que nos hemos dado cuenta es de que el hielo por el que andamos es muy fino. Yo a la gente en Irlanda le digo: “Os habéis dado cuenta de lo que es el capitalismo porque las cosas van mal, porque cuando sacamos ventaja, cuando obtenemos dinero, no nos molesta el capitalismo”. Creo que lo que más ha sorprendido a la gente es que pensaba que vivía en un mundo estable y ha descubierto que no es tan estable como parecía. En realidad, ésta es la base de todas las novelas negras. Alguien tiene un secreto, alguien ha cometido un crimen, y eso lo acaba desestabilizando todo. Las novelas negras tratan de crisis y en ese sentido “Venganza” sí refleja lo que está ocurriendo, pero yo creo que todos los tiempos, todos los momentos, son críticos. Cuando pensamos que vivimos en épocas de tranquilidad, de calma, lo único que tenemos que hacer es simplemente pensar en otro lugar donde no estamos. Porque mientras nuestros hijos están bien alimentados, bien vestidos y recibiendo una buena educación, hay miles de millones de personas que se mueren de hambre. Siempre he sentido que si pudiésemos ver por un segundo el sufrimiento que hay en el mundo ahora mismo; si yo pudiera sentir todo ese sufrimiento en un instante, creo que esa visión me destruiría, porque la vida es posible gracias a los efectos que tiene la imaginación en nosotros.

¿Cómo se siente ante la realidad, en el mundo en el que vivimos?

–  Me siento extraño. Creo que tendríamos que haber sido unas personas distintas en este mundo. Es demasiado dulce, suave y cómodo para nosotros. Pienso que las personas somos el virus más exitoso que el mundo haya tenido y quizás algún día el mundo se cure, se acabe con el virus y se consiga generar otro más fuerte que acabe con todos nosotros. Espero que no… Está muy bien hablar del final de la civilización, pero fíjate las cosas que perderíamos. Todo: nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos y así sucesivamente… Hasta los “Cuartetos” de Beethoven se perderían y sería una pérdida enorme. Y, pese a todo eso, sin embargo, creo que el mundo quedaría mejor. Nada de eso supondría su desaparición. Todo esto, lo que conocemos, se caería y crecerían árboles, el entorno sería verde… Hay un poema de Thomas Hardy, que es maravilloso, muy cortito, en el que se dice que hubo un tiempo, antes del nacimiento de la conciencia, en el que todas las cosas funcionaban bien y nadie sufría; pero sucedió que luego llegó la conciencia y todo empezó a ir mal. Hardy se pregunta cuándo volverá aquello y responde algo así como quién sabe… Es de los poemas más interesantes y más agudos que conozco.

Con lo que está pasando de lo que nos hemos dado cuenta es de que el hielo por el que andamos es muy fino. Yo a la gente en Irlanda le digo: “os habéis dado cuenta de lo que es el capitalismo porque las cosas van mal, porque cuando sacamos ventaja, cuando obtenemos dinero, no nos molesta el capitalismo”. Creo que lo que más ha sorprendido a la gente es que pensaba que vivía en un mundo estable y ha descubierto que no es tan estable como parecía.

– ¿Hasta qué punto la literatura es un refugio?

– Seguro que cuando yo era joven era un refugio, pero también una vía para escapar, para escapar de una vida aburrida, en una ciudad pequeña, en un país pequeño, con gente pequeña. Me gusta pensar que crecí en la literatura, que aprendí algo del amplio y maravilloso mundo de la literatura. Tal vez lo que aprendí no sirve de nada, pero voy a seguir pensándolo porque me reconforta.

John Banville - Nacho Goberna © 2013

– Ya que hablamos de poesía, en “Venganza”  hay un homenaje a Yeats. Se hace referencia a su vanidad…

– Todo el mundo me dice que estoy influido por Beckett y Nabokov, pero yo en realidad estoy influido por Yeats y Henry James y nadie habla de estos escritores.

– ¿Qué les debe?

– Digamos que de Henry James he aprendido la cirugía que practica en las motivaciones de la gente. Y a Yeats le debo mi falta de miedo a la retórica, a hacer una prosa de altura. Su gran problema es que no tiene ningún sentido del humor. Es difícil ser un gran hombre con sentido del ridículo, pero él lo fue y su trabajo es magnífico. Ha hecho cosas que nadie más podría haber hecho. Fue levantando su escritura heroica al mismo tiempo que T. S. Eliot componía sus poemas. Eso me atrae mucho. Dos cosas tan distintas, en el mismo tiempo. Yeats también es para mí el ejemplo de una persona que vive una vida literaria sin pedir perdón por ello. Como dijo en un discurso: “No somos pequeñas personas”. Y estaba hablando de su clase, pero también de sí mismo como artista.

Otra similitud que encuentro entre Banville y Black. El tema de la identidad, de la mentira, del ocultamiento. En “Venganza” hay un personaje que puede hermanarse con algunos de los de las novelas de Banville. Se trata de Mona, la viuda, que se oculta, que quiere parecer tonta para manejar a los demás y para hacer lo que le apetece. Lo dice muy claramente. “Me oculto desde que soy niña. He aprendido a ocultarme ante los demás”. ¿Es un tema que le preocupa?

– Es uno de mis mensajes preferidos, sí. Todos nos escondemos, todos vivimos vidas secretas. Qué poco nos confesamos acerca de nuestra sexualidad, por ejemplo, incluso ante nuestros amantes. No nos revelamos totalmente, no podemos, es imposible. Vi una viñeta una vez que resulta muy significativa para explicar esto. Se veía a una pareja, John y Mary, que estaba cenando en su primera cita. Hablaban de  política, del mundo, de las novelas que habían leído y de la última película que habían visto, pero las burbujas por encima de sus cabezas desembocaban en una sola en la que se dibujaba lo único en lo que estaban pensando los dos mientras hablaban: en acostarse juntos… Todos nos escondemos constantemente y, además, creo que esa es precisamente una de las cosas que hace que la vida sea interesante. Siempre he creído que la mentira es una fuerza creativa, creadora. La verdad es aburrida. Las mentiras conforman el mundo. Sé que esto que estoy diciendo es totalmente inmoral, pero… (risas).

– El desconocimiento entre padres e hijos, entre maridos y mujeres, es uno de los grandes temas de John Banville, pero también de Benjamin Black.

– Sí. Yo creo que la falta de conocimiento es uno de mis temas, en efecto. Me interesa el proceso del ocultamiento, de los secretos. Me gusta la idea de lo que se percibe, de lo que dicen las apariencias, que no siempre es la verdad. En “Venganza”, por ejemplo, todo el mundo asume que el padre, el empresario que se pega un tiro, es el que mantenía el “affaire”, pero al final resulta que es el hijo. Me gusta ese rizar el rizo. Pero, además, este libro parte de unos incidentes reales, que tuvieron lugar en Irlanda, en la ciudad donde yo crecí. Y fue eso lo que pasó: Todo el mundo pensaba que era el padre y en realidad era el hijo.

Todos nos escondemos, todos vivimos vidas secretas. Qué poco nos confesamos acerca de nuestra sexualidad, por ejemplo, incluso ante nuestros amantes. No nos revelamos totalmente, no podemos, es imposible.

Bueno, el hijo es muy misterioso, está ocultando algo desde un principio que lleva a sospechar, a intuir…

– A mí nunca me preocupa hacer ese tipo de novelas a lo Agatha Christie en las que te sorprende el final. Para mí esto no es lo interesante. No me importa si desde la primera página se sabe quién es el asesino. No es mi objetivo jugar a confundir. Raymond Chandler ya habla de eso en una de sus cartas. A mí lo que me fascina es la manera en la que llegamos a aceptar incluso las versiones superficiales de las personas. Cuántas veces, por ejemplo, en nuestras vidas descubrimos cómo dos amigos a los que conocemos de siempre llevaban liados un montón de tiempo sin que llegáramos a sospechar. Y cuando nos enteramos decimos: “Madre mía, pero cuánto tiempo y yo sin saberlo. ¿Cinco años?…” Y entonces empezamos a unir, a atar cabos. Nos acordamos de la vez que los encontramos en París al mismo tiempo y constatamos que no fue casualidad. Todo ese juego es fascinante, mucho más para un escritor. La gente se queja del cotilleo, pero el cotilleo es fantástico, nos nutre de comportamientos, de anécdotas muy sabrosas. Un conocido mío se encontró, a medianoche en Londres, en el Soho, a dos amigos comunes. Estaban acompañados de una mujer borracha, que no podía ponerse en pie, y al ser descubiertos, uno de ellos exclamó: “Uy, pero cuántas coincidencias. También acabo de encontrarme con John por casualidad”. Los tres estuvieron ahí parados, durante cinco minutos, sin saber qué decir, aceptando esa coincidencia sin sentido (risas de nuevo).

John Banville - Nacho Goberna © 2013

– ¿Qué papel cree que le queda al escritor, al intelectual, en un presente en el que la supremacía ha pasado a manos de los que controlan los números, el dinero? La palabra ya no tiene la fuerza, la potencia, que sí tuvo en el pasado, para influir en la vida de las personas.

– El papel de los escritores yo creo que va a ser mantener el lenguaje puro, conseguir que siga vibrante, no permitir que las palabras desaparezcan porque la gente las utiliza mal o porque se olvida de ellas. Supongo que también va a ser presentar constantemente ejemplos de excelencia, no de perfección, pero sí de excelencia. La novela es uno de los mejores artefactos de la imaginación que se pueden crear. Hay muy pocas cosas que podamos encontrar en la vida como las novelas.

– ¿Le preocupa que cada vez haya menos lectores? ¿Cómo ve el futuro de la literatura en la era digital, cómo lo vive?

– Es que no creo que haya menos lectores. La gente está leyendo constantemente. Nos subimos a un autobús y vemos a toda la gente con sus teléfonos móviles, sin parar de hacer movimientos con los dedos sobre sus pantallas. Todo el mundo está leyendo. Leen y empiezan a escribir. A mí me parece impresionante cómo escribe mi hija en su teléfono. ¿Qué pasa si no leen novelas? ¿Sucede algo? No son tan importantes las novelas. Una buena escritura puede darse en cualquier medio. Y, por otra parte, pienso que cuando se inventó la máquina de escribir la gente ya decía que aquello iba a acabar con la literatura. No creo que la tecnología sea tan influyente y decisiva. Hablamos de juguetes maravillosos. Steve Jobs y Apple han sido genios porque han creado cosas muy bonitas que se pueden producir en masa.

– ¿Todo esto ha influido en su proceso creativo?

– Aún no, pero supongo que lo hará, porque escribir resulta muy fácil ahora. Lo que aparece en la pantalla es como un producto acabado, como la página de un libro ya terminada. El peligro es lo que dijo Truman Capote; que algunas cosas no se pueden considerar literatura sino mecanografía. Supongo que se ha mecanografiado mucho y que se irá a más. Pero también es cierto que la buena escritura siempre ha sido algo raro y escaso. Creo que en el futuro seguirá produciéndose la misma cantidad de escritura buena que ahora. Hay algunos seres humanos que se ven abocados a interpretar el mundo y a expresarlo. Siempre habrá este tipo de personas.

“Venganza”, de Benjamín Black, ha sido publicada por la editorial Alfaguara y traducida por Nuria Barrios. “Antigua luz”, de John Banville, que también se menciona en la entrevista, ha sido editada por el mismo sello. Su traducción ha corrido a cargo de Damià Alou. 

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Todas las fotografías han sido realizadas por Nacho Goberna en la cafetería del Hotel de las Letras, en Madrid.

John Banville y Emma Rodríguez - Nacho Goberna © 2013

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