Fotografías © Rosana Schoijett /
Emma Rodríguez © 2024 /
Llevo un buen rato detenida ante diferentes imágenes del fotógrafo argentino Alberto Goldenstein. No lo conocía y me siento atrapada por sus mares, que llenan mi pantalla, por sus personajes ensimismados ante la inmensidad de los mismos, ante paisajes vacíos, en calma, que parecen fuera de este tiempo, en los que querríamos estar. La culpa del hechizo la tiene María Gainza y su escrito sobre el creador, contenido en el volumen Un puñado de flechas, bajo el título de Un profeta mudo. La autora bonaerense parte de una biografía y construye con ella un ensayo que podemos leer también como un cuento que, de prolongarse, incluso daría para una historia más larga, pues la vida de su protagonista tiene indudables ingredientes novelescos. Una historia de ruptura, de huida, de búsqueda, de descubrimiento de una vocación.
Gainza se adentra en los recorridos, en las peripecias de un destino personal, todas reales, pero las trasciende a través de la exploración, de la reflexión, extrayendo las enseñanzas, inspiraciones, de un peculiar trayecto. Nos cuenta la escritora el despertar artístico de Goldenstein, que a sus veinte años, cuando estudiaba Economía y trabajaba en una financiera “sentía que la vida era eso que pasaba ahí fuera mientras él firmaba recibos”. Entonces, nos dice: “un día de 1979, en un impulso se compró una cámara Reflex y se fue solo tres meses a Europa; hizo el circuito turístico habitual, volvió con decenas de cajas de diapositivas”.
En esta narración, que sin duda es una de mis favoritas del libro, se destapan claves relevantes para entender las direcciones que va tomando el fotógrafo, por ejemplo la influencia de su abuela paterna, Clara Kitroser, “que a comienzos de siglo huyó de su opresivo pueblo rumano para asistir a la universidad vestida de hombre”, y que, posteriormente, huyendo de la guerra, emigró a Argentina. “Esa vida de búsqueda, de no aceptación de los mandatos, fue lo que ella le transmitió a Alberto. Algunas cosas pasan mejor de abuela a nieto que de madre a hijo”, apunta la autora, que va siguiendo, paso a paso, las particulares rutas del fotógrafo: su mudanza a Boston, su acercamiento a otros artistas y maestros, el descubrimiento de una mirada y un lugar propios, la revelación de puntos de vista novedosos, rompedores, que hacen diferentes los objetos y entornos comunes, la serie de Mar del Plata, sus fotos urbanas de Buenos Aires… Pero lo realmente cautivador es la manera en la que Gainza mira a su vez y fotografía con palabras, la forma en que interpreta y profundiza, las múltiples conexiones, diálogos, que va abriendo, el acercamiento a una obra que conoce bien, a sus pulsiones y sentidos.

Alude la escritora a la serenidad y el consuelo que transmiten, “probablemente sin saberlo”, las fotos de Alberto Goldenstein. Señala que “las texturas, las capas de información, las profundidades, espolean el ojo incluso en las imágenes más equilibradas”. Nos habla del momento en que el artista descubrió que “lo que vemos es lo que somos”, repasa declaraciones, extractos de conversaciones mantenidas con él, aconteceres. ¿Qué hay en el fondo? ¿Qué me dicen las imágenes; qué me muestran; hacia dónde me llevan? parece preguntarse Gainza, cuyos textos suelen llevarnos a algún tipo de revelación, a alguna pista esclarecedora sobre las motivaciones y los efectos del arte sobre nuestros devenires, sobre los imprevisibles rumbos de la existencia.
A través de lo que le cuenta un amigo, la autora sitúa al fotógrafo impartiendo una charla en el MALBA (Museo de Arte Latinoamericano en Buenos Aires), en la que apenas habla, en la que se limita a pasar diapositivas, de “espaldas al público, de cara a las imágenes que se proyectaban gigantes sobre la pantalla”. Es comparado con el hombre “frente a las nubes” del famoso cuadro de Friedrich, aunque, a diferencia de este, él no se enfrentaba a “nada sublime”, sino a cosas corrientes (aspersores en una plaza, un cartel…), siendo capaz de transmitir aún así “que el misterio del mundo es lo visible y trivial, no lo invisible y ominoso”.
UNo de los ensayos que componen «Un puñado de flechas» está dedicado al fotógrafo Alberto Goldenstein, Una historia de huida y de descubrimiento de una vocación.
María Gainza hace suya la experiencia y asocia las series fotográficas de Alberto Goldenstein con la “dicha altruista” que proclama el budismo. “Las fotos de Mar del Plata, las de Buenos Aires, las de Brasil, las del “under” porteño de los noventa, las de Central Park, las de Miami, incluso las de los bosques en los que se ha aventurado últimamente comparten una alegría celebratoria del mundo”, argumenta, y establece otro puente con el movimiento trascendentalista norteamericano del XIX, porque en el trabajo del fotógrafo ella encuentra algo de “la inspiración perpetua y la tendencia innata hacia el bien universal” que animó al grupo, esa idea expresada por Emerson de que “toda la humanidad era una sola cosa, unida por medio de una conciencia común”; sin olvidarse de los influjos de Whitman, de Thoreau.
«No sé si Goldenstenin conoció a los trascendentalistas estando en Boston, si los leyó, si siquiera escuchó hablar de ellos. Quizás solo estuvo ahí y captó las señales que traía el viento, y con eso bastó porque esa ciudad era la cuna del movimiento”, se plantea la escritora, quien nos cuenta en El desconcierto, otro de los ensayos de este libro, que también podemos leer como páginas de un diario muy particular, su devoción por los trascendentalistas, hasta el punto de que cuando fue a estudiar a Boston eligió Concord como lugar de residencia, la localidad donde se reunían los miembros del grupo para hablar de “energía cósmica, de devaluación espiritual, de la búsqueda de la verdad en los patrones de la naturaleza”.
Siento una gran afinidad con la autora en este punto. Los trascendentalistas protagonizan distintas páginas de Lecturas Sumergidas, trazan una inspiradora ruta en esta revista, donde encontramos su legado en otros muchos autores. Gainza se acerca a las orillas de Walden Pond, el lago inmortalizado por Thoreau en su célebre obra, y cuenta su experiencia en el que hoy es “un sitio de peregrinación turística”. ¿Se sintió decepcionada al ser consciente de que el célebre naturalista, que transmite en su obra la imagen de un ermitaño que se retiró a vivir en una cabaña en medio del bosque, se estableció a media hora de caminata de su pueblo? ¿Quita mérito ese dato a su aventura, a su obra?
Ella encuentra la respuesta en lo que el autor dejó escrito: “La soledad no se mide por los kilómetros de distancia entre un hombre y otro”, y en una nota a pie de página explica que Walden, de Henry David Thoreau, fue “la primera literatura extraña” con la que se topó y que “a la salida de la adolescencia” le resultó “irresistiblemente atractiva”, pese a su “tono moral”, a esa “voz autoritaria” que le mostraba “un camino nuevo”.

La primera excursión al lago prosigue con una nueva visita al entorno, esta vez de noche, sin el ruido de los visitantes alrededor, un episodio que enlaza con el relato de otra historia sobre el museo Isabella Stewart Gardner y el robo de un conjunto de cuadros de su colección, entre ellos un Vermeer. Se trata de una historia real a la que la autora imprime los ritmos y las atmósferas de la ficción, esa capacidad de seducir a través de una actitud curiosa, exploradora, sobre los hechos, ese don para interiorizar los acontecimientos y para agitar el frasco de lo secreto, de lo que se oculta.
Me paro un rato a pensar en lo que me cautiva tanto de los escritos que componen Un puñado de flechas, un total de quince, más un epílogo en el que la autora se coloca en primer plano. Me digo, os digo, que me resultan enigmáticos, estimulantes, sugerentes… En algunos de ellos, en esa extrañeza que emana de sus páginas, creo percibir ecos de Silvina Ocampo, sobre todo en Bodhi Wind, una historia de desdoblamiento, llena de experiencias oníricas, de conexiones y estados mentales, donde se cruzan el artista que da título al relato y el director Robert Altman… Curiosamente Ocampo aparece brevemente en la interesantísima narración Una mujer de ingenio, dedicada a la escultora argentina María Simón.
En el recorrido de esta obra tan llena de registros, Gainza despliega miradas, encuentros, lecturas, sucedidos, obsesiones, imágenes, historias, muchas historias… La autora, que se ha dedicado profesionalmente a la crítica de arte –visibilizando a muchos creadores argentinos– y a temas relacionados con el coleccionismo y los museos, convierte lo artístico en el pilar fundamental de una entrega donde se indaga en los gérmenes e impulsos de la creación, pero también en sus efectos y en los asideros que proporciona a la vida. Mientras vamos leyendo nos detenemos en determinados trechos, en frases concretas. Nos motivan los cauces de indagación que se abren, las revelaciones, las señales que la autora parece ir dejando en el camino. Nos parece encontrar respuestas a situaciones que estábamos buscando.
María Gainza convierte lo artístico en el pilar fundamental de una entrega donde se indaga en los gérmenes e impulsos de la creación, pero también en sus efectos y en los asideros que proporciona a la vida.
Como os decía, María Gainza parte de personajes reales, de hechos sucedidos, pero los trasciende a través de sus reflexiones, de sus introspecciones. Llegada a este punto, me detengo en la pieza que abre el volumen e inspira su título, El carcaj y las flechas doradas. En ella se da cuenta de un encuentro y una conversación con el director de cine Francis Ford Coppola en una visita de este a Argentina. En el diálogo el realizador declara: “El artista viene al mundo con un carcaj que contiene un número limitado de flechas doradas / Puede lanzar todas sus flechas de joven, o lanzarlas de adulto, o incluso ya de viejo / También puede ir lanzándolas de a poco, espaciadas a lo largo de los años. Eso sería lo ideal, pero ya sabes que lo ideal es enemigo de lo bueno”.
María Gainza retiene estas palabras y su continuación: “Solo al final de una vida se puede evaluar la periodicidad de los lanzamientos”. No olvida esa “pequeña fábula” y escribe: “Coppola estaba siendo autorreferencial, pero yo creo que también me estaba haciendo un regalo por adelantado: le hablaba a la persona que yo aún no veía en mí”. Momentos así os pueden dar idea de lo que comentaba anteriormente acerca de los sucesos reveladores, de los hallazgos, de esas vivencias que actúan como señales e indican direcciones existenciales.
Os he hablado de algunos de los textos del recorrido, textos a medio camino entre el relato, el ensayo, la memoria, pero son muchos más los que merecerían atención, como ese tan misterioso en el que se habla de una pintura de Tiziano escondida en un convento mexicano, una rocambolesca aventura llena de sucedidos, que da pie a la autora a señalar algo que resulta clave en todo el trayecto: “Nunca hay que subestimar el valor que la casualidad juega en nuestra vida. Su importancia me resulta, a veces, aterradora”.
Y no puedo dejar de mencionar el enigmático El triángulo de Piria, que trata del intento de recuperación de un cuadro que su autor, Guillermo Kuitca, reclama con poca suerte, con la presencia seductora de un extravagante coleccionista, o el dedicado a la memoria del artista catalán, y republicano, Nicolás Rubio, en el que el arte se muestra como la mejor manera de preservar la memoria.
La rocambolesca aventura en torno a una pintura de Tiziano escondida en un convento mexicano, da pie a la autora a señalar: “Nunca hay que subestimar el valor que la casualidad juega en nuestra vida. Su importancia me resulta, a veces, aterradora”.
A través de sus encuentros y análisis artísticos, la escritora va destapando capítulos de su vida, que transcurre en medio de las veredas del arte que la ha nutrido, entre las historias escuchadas, en los frutos de la imaginación. Se refiere a su infancia, a sus comienzos en el periodismo, a sus urgencias económicas, a la necesidad de conectar con el mundo a través de la escritura en un momento en que no encontraba a su “rebaño”. Al final, a modo de epílogo, es evidente ese deseo de retratarse, de situar la que denomina su “zona”, su zona creativa, ese lugar propio, que tanto ha buscado en los creadores a los que se ha acercado.

María Gainza, que, además de Un puñado de flechas, ha publicado la colección de ensayos sobre arte, Textos elegidos, y dos novelas aplaudidas por la crítica, El nervio óptico y La luz negra, rememora sus comienzos, sus primeros escritos sobre museos, el momento en que despegó su carrera como autora, al que se refiere como “el instante en que el destino entra por la puerta”. Es un capítulo muy cercano, franco, en el que nuestra protagonista habla de su paralización ante las presiones editoriales y de su manera de afrontar la escritura. “Agarrar la corriente placentera que te empuja hacia delante, un estado mental donde el ego desaparece, el tiempo no existe y cada acción, movimiento y pensamiento se concatenan ha sido para mí un descubrimiento de la talla del de Champollion, cuyos efectos positivos repercuten en cualquiera que pase cerca. Cuando logro entrar en la zona estoy exultante, las pequeñas y tristes preocupaciones que infestan mi vida no me tocan, la monotonía se diluye…”, confiesa.
Comencé este artículo con las fotografías de Alberto Goldenstein y lo concluyo ante la obra de la escultora María Simón, en cuya vida novelesca bucea la autora, buscando respuestas a través de una conversación con su hija, para acabar planteándose que el arte sobrepasa las propias circunstancias biográficas. De la obra de Simón destaca Gainza el “rigor”, la “imaginación”, la “voluptuosidad ascética”. Yo me quedo descubriendo sus piezas, sus cajas de aluminio, pensando en lo que decía sobre ellas la artista: “La caja toma una vida propia en la que encierro mis emociones y secretos”.
Un puñado de flechas, ha sido publicado por la editorial Anagrama.









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