Crédito foto cabecera: Franck Ferville © Éditions Flammarion /
Emma Rodríguez © 2026 /
“¡Qué vocabulario más limitado tenemos en lo que respecta a la buena vida!”, exclama Marina van Zuylen en las páginas iniciales de Elogio de las virtudes minúsculas, un ensayo a contracorriente, capaz de dar la vuelta a discursos, imágenes, costumbres y anhelos que definen nuestras vidas en el presente de la velocidad y del rendimiento, donde no podemos parar de adaptarnos a las novedades tecnológicas, de mostrarnos en el escaparate, de producir, mientras tenemos la sensación de que el suelo que pisamos está a punto de resquebrajarse. Se sitúa la autora al margen de los ruidos, de las prisas, de las modas, de las etiquetas, del espectáculo, para ver lo que hay detrás, lo que apenas es observado, apreciado.
“Este libro es una atalaya que ilumina las cualidades más discretas: dignidad y decencia sobre todo”, leemos en el prólogo, que arranca con la postura existencial de un artista, el belga Jacques Lizène, quien practicó el “arte de carecer de éxito” para “escapar de los altibajos de la fama y la fortuna”. Me parece un inicio revolucionario hoy que nos inclinamos hacia todo lo contrario. “Yo seguiré sus pasos e iré incluso más allá que Lizène: abriré los brazos a la porosidad entre esferas, y rechazaré la ecuación que se despliega entre sustancia y estatus”, señala la autora, manifestando su adhesión a “la vida suficiente”, esa vida que “por un lado roza aquello a lo que aspiramos, mientras que por otro evita cualquier inclinación a la arrogancia”.
La defensa de “la vida suficiente” nos acompaña durante un recorrido altamente motivador que nos anima a “identificar el talento, aislándolo de los signos exteriores del éxito”. Desde el principio, Van Zuylen (Boston, 1958), profesora de Filología Francesa y de Literatura Comparada en la Universidad de Bard y directora académica del programa Clemente de Humanidades, una interesante iniciativa que ofrece cursos gratuitos para adultos con dificultades económicas y circunstancias adversas, nos estimula a mirar de manera diferente, liberadora. La felicidad, la alegría, no tienen que ver con la necesidad de reconocimiento ajeno, con la competición permanente para llegar a la cima, con alcanzar una perfección que no existe. Es algo más íntimo, reconocible en la tranquilidad que sentimos cuando nos acercamos a nuestros ideales, cuando actuamos con nobleza, empatía, bondad, palabras que frecuentemente son ridiculizadas por quienes lo reducen todo a lo útil y cuantificable, a los logros materiales.
En «Elogio de las virtudes minúsculas» hay una defensa de “la vida suficiente”, esa vida que “por un lado roza aquello a lo que aspiramos, mientras que por otro evita cualquier inclinación a la arrogancia”.
Pero no es fácil despojarse de todas estas trampas que oscurecen y reducen la vida. En el viaje que es este libro, la ensayista recurre a sus propias experiencias para contarnos lo complicado que le ha resultado cambiar de perspectiva. Confiesa su miedo a no estar a la altura que la atenazó durante tanto tiempo; su sensación de ser una mediocre desde niña por no sacar notas excelentes; su sueño de “escapar del ultracompetitivo mundo académico”; su alivio cuando, debido al fallo de un radiólogo, creyó que le faltaba medio cerebro, porque tal hecho explicaba todas sus dificultades y carencias; porque en ese momento se sintió liberada de “todas esas exigencias que llevan a que en la vida las obligaciones pesen más que la felicidad”.

El suyo es un camino de aprendizajes, de revelaciones, de la mano de creadores, novelistas, filósofos, que le han servido de guía. La aceptación de las propias contradicciones, el acercamiento a modos de pensar alejados de lo común, a manifestaciones discretas que nada tienen que ver con lo ampliamente difundido, es el camino que sigue Van Zuylen. Y os aseguro que es altamente inspirador. “Ser admitidos en las mejores escuelas, obtener un primer premio o una licenciatura con honores, son asuntos que monopolizan nuestra atención, y eclipsan todo lo demás” (…) “A la vida la nutren los acontecimientos impredecibles y los encuentros azarosos, muchos de los cuales solo resultan destacables al mirarlos en retrospectiva. Me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera adaptado antes mi mirada a los aspectos menos visibles, a lo que aparecía como una clave menor”, vamos leyendo.
“La buena vida es el resultado de cientos de cosas a veces insignificantes de tan pequeñas”, me detengo en esta frase. Y me planteo una pregunta que, aunque no sea formulada de esta manera, late de fondo en el trayecto: ¿Por qué hay tanta insatisfacción a nuestro alrededor? Tal vez en lo ya dicho podemos encontrar la respuesta, pero me apetece seguir tirando del hilo. Vivimos en un mundo conflictivo, en un planeta herido, en un presente de desigualdades, donde vemos que todas las reglas de la convivencia, del derecho internacional, están saltando por los aires, en el que cada vez tenemos menos claro hacia dónde nos dirigimos, cuál es el futuro de la humanidad. La insatisfacción tiene que ver con todo esto, evidentemente, pero es también algo más sutil, que brota del interior, alimentado por la pérdida de ideales firmes, por la incapacidad para el disfrute de las pequeñas cosas, para el saludable ejercicio de la contemplación y del adentramiento.
“A la vida la nutren los acontecimientos impredecibles y los encuentros azarosos, muchos de los cuales solo resultan destacables al mirarlos en retrospectiva»; Señala Marina Van Zuylen.
El afán por ser reconocidos, aplaudidos, seguidos en las redes sociales, es un signo de los tiempos que vivimos. Se busca ansiosamente la aprobación de los otros, se fuerzan las actuaciones de cara al exterior, como si la vida no grabada, no mostrada, no mereciese la pena. La presión social para ser productivos, ganar cuanto más dinero mejor, estar a la altura en lo profesional y en lo personal, alcanzar algún tipo de éxito siguiendo los ejemplos de figuras encumbradas por el capitalismo, por lo general poco ejemplarizantes –empezando por los tecnócratas multimillonarios– nos engulle y genera desazón. La mirada se centra en las pantallas, en el ímpetu por el logro, y se queda en el afuera; no se detiene ante los hallazgos, las señales, la satisfacción que muchas veces proporcionan las más sencillas acciones cotidianas; ante todo aquello que de verdad nos nutre.
Llegada a este punto no puedo evitar pensar en Los figurantes, pieza teatral en la que la escritora francesa Delphine de Vigan explora la invisibilidad de las vidas secundarias poniendo el foco en cinco extras de cine. En la novela de Octavio Paz Máscaras mexicanas, el personaje de una criada, cuando el dueño de la casa pregunta: “¿Quién anda por ahí?”, responde: “No es nadie, señor, soy yo”. Van Zuylen la rescata para argumentar: “El mundo está repleto de esas figuras “desaparecidas” tanto como de quienes tienen la capacidad de “hacer desaparecer a otros”. ¿Quién no se ha sentido invisible alguna vez?”.
Elogio de las virtudes minúsculas (o la excelencia en clave menor, que así se subtitula), es una obra inconformista y transformadora, pues estimula a modificar creencias aceptadas, a abrir espacios, modos de ser y de vivir que no se valoran lo suficiente, que permanecen opacos, ocultos tras los focos de la actualidad, de lo novedoso. “Nuestra época no tiene paciencia para el camino intermedio”, señala la autora, mirando hacia clásicos como Aristóteles, Horacio, Marco Aurelio, que convirtieron en uno de sus principios fundamentales el propósito de evitar los extremos y cultivar el término medio.
Van Zuylen propone romper las categorías, tener en cuenta la zona menos evidente que existe, por ejemplo, entre lo que consideramos el éxito y el fracaso; lo interesante y lo aburrido. Y tiende la mano a tantos autores que le han facilitado las herramientas “para calcular la distancia que media entre las primeras impresiones y una imagen oculta mucho menos obvia”, reconociendo las muchas veces que, a lo largo de su vida, no ha prestado atención a personas y objetos maravillosos. Pienso al respecto en lo mucho que pueden llegar a decepcionarnos determinadas celebridades; en el descubrimiento de tantos seres anónimos que nos sorprenden con sus acciones, con su mundo interior.

Quienes acompañan a la autora en distintos trechos del recorrido, figuras notorias del pensamiento, de la literatura, a algunas de las cuales haré referencia en este artículo, la ayudan a construir su itinerario. A través de sus propias biografías, de sus ideas, de sus personajes de ficción, ponen de manifiesto “el insólito don de no hacer juicios de valor y observar la vida mientras sucede, atentos al proceso más que al resultado”, señala la ensayista, haciéndonos saber que es a ellos a quienes recurre “para desentrañar la belleza de la vida suficiente”.
Mediocridad es una palabra que utilizamos para nombrar lo que no llega a brillar, a despegar; lo que apenas tiene valor. Denominamos mediocre al que no merece atención porque simplemente se limita a imitar, a seguir los pasos de otros. El término se ha convertido en un insulto que duele, lo cual tiene que ver con el afán de reconocimiento, con el obsesivo perfeccionismo, con el tan extendido temor a la insignificancia personal.
Hoy, cuando la cámara lo domina todo, lo intermedio despierta recelos; cuando todo es insuficiente para estar a la altura, abrazar lo suficiente es recibido con desprecio. Pero hubo un tiempo en que se entendía como un cumplido, nos recuerda Marina Van Zuylen, volviendo la mirada a los clásicos. Fue Horacio quien acuñó el término de “mediocridad áurea”, en alusión al “dorado término medio”. Entenderemos mejor el concepto si hacemos el ejercicio de cambiar el foco, de situarlo en ideales, en búsquedas olvidadas por la mayoría, podríamos decir pasadas de moda: la mesura, la proporción, el equilibrio, la prudencia, la moderación, el alejamiento de la arrogancia, de la ilusoria genialidad, de la ambición desmedida.
Hoy, cuando todo es insuficiente para estar a la altura, lo intermedio despierta recelos. Pero hubo un tiempo en que se entendía como un cumplido. Fue Horacio quien acuñó el término de “mediocridad áurea”, en alusión al “dorado término medio”.
Hay una pregunta que plantea la autora que me parece esencial: “¿Cómo reconciliar esos placeres efímeros del éxito con los posibles y contraintuitivos beneficios de no ser el centro de todas las miradas? ¿Por qué tantos filósofos desde Aristóteles a Spinoza, y tantos escritores desde George Eliot a Emmanuel Bove, han sido fervientes defensores de quienes no se dejan ver?”
Encontrar respuestas a esta cuestión es uno de los desafíos de Elogio de las virtudes minúsculas. Merece la pena darle vueltas, partir de ella para situarnos, para reconocer cuál es nuestra posición, cómo queremos vivir, qué nos hace sentir plenos, de qué manera encontrar los equilibrios. Marina Van Zuylen dedica uno de los capítulos de su entrega a “la ansiedad social y el arte de la humillación”, donde argumenta que la mayor fuente de insatisfacción procede de comparar las “capacidades y limitaciones personales con la apreciación general de lo que constituye el éxito”. Una apreciación en la que la mediocridad se convierte en fracaso, en derrota.
“Nos inquieta la posibilidad de vernos eclipsados” (…) “El síndrome de lo insuficiente”, de lo que no alcanza a colocarnos en las alturas ansiadas, afecta “de una manera más cruenta” cuando nos sentimos acorralados por las miradas ajenas, cuando percibimos que los demás observan y constatan que no hemos alcanzado las expectativas, que no somos lo suficientemente populares. “El éxito que esperamos conseguir es en buena medida un reflejo del éxito ajeno. Y si eso es cierto, no lo es menos que nuestras vidas nunca nos parecerán suficientes”, expone la ensayista, quien se detiene en el paso hacia la rivalidad y la envidia, que “siempre producen agonía”, que “nunca aspiran a la búsqueda del placer”, que “empañan y destruyen la receptividad al talento y la belleza”.
“Nos inquieta la posibilidad de vernos eclipsados” (…) “El síndrome de lo insuficiente”, de lo que no alcanza a colocarnos en las alturas ansiadas, afecta “de una manera más cruenta” cuando nos sentimos acorralados por las miradas ajenas.
Este ensayo es un retrato certero del modo en que vivimos en la actualidad en las sociedades occidentales. A estas alturas del recorrido, que voy resumiendo a grandes zancadas, ya hemos identificado muchas de las causas de la insatisfacción que nos define colectivamente. Pero, ¿hay caminos, indicaciones que puedan ayudarnos a cambiar el rumbo? ¿Cómo modificar la mirada, la perspectiva, cómo liberarnos de las exigencias, de esos medidores que tanta infelicidad provocan?
La obra que nos ocupa nos conduce al difícil aprendizaje de obrar sin emitir juicios apresurados sobre los demás ni esperar las opiniones ajenas, atentos a las propias capacidades, a identificar lo que nos despierta la alegría interior a la que toda vida debe aspirar. Vivimos obsesionados por la mirada de los otros, una actitud que se ha intensificado con el uso masivo de las redes sociales. Todo resulta insuficiente. Todo se mide según el engañoso número de seguidores que se tienen, de sus respuestas a los comentarios, a las imágenes publicadas, de la misma manera que los libros se valoran más cuanto más se venden, independientemente de su calidad. Y mientras nos entregamos a todo esto, la vida, con sus pequeñas cosas, es algo que está sucediendo fuera de nuestra mirada, de nuestro alcance.
Marina Van Zuylen nos presenta a Paul Fleming, “uno de los pocos pensadores en situar la mediocridad áurea en el centro de sus pesquisas”, atraído poderosamente “por las maravillas desatendidas de lo cotidiano: enterradas bajo tantos dramas a pequeña escala”, reconociendo en ellas “sus méritos exquisitamente discretos”. Acude a sus palabras: “Nada parece menos sencillo que ese “sencillamente limitarse a ser”. Y nos habla de su búsqueda de “personalidades ejemplares de la supuesta vida ordinaria”, de su “recopilación de menudencias, de emociones sencillas”.

Las compañías en este recorrido son muchas, como ya os decía. La autora rechaza líneas de pensamiento y abraza otras, debatiéndose entre sus propias dudas e inconsistencias, asumiendo los cambios de perspectiva, de pareceres, que han ido definiendo su propia vida. Me limitaré a citar algunos ejemplos de figuras que la han inspirado y ayudado a trazar el sendero de su Elogio de las virtudes minúsculas. Es el caso del filósofo y psicólogo William James, quien tanto admiraba a las personas capaces de “llevar a cabo actos maravillosos pero invisibles”, muy bien representadas en un personaje literario que la ensayista introduce en el recorrido.
Se trata de Astrov, de El tío Vania, de Chéjov, cuya aspiración consiste en hacer el bien plantando un árbol tras otro. Aunque nunca llegue a ver su crecimiento, el propósito está claro: atender a la posteridad, conseguir hacer un mundo mejor para las generaciones venideras. “Nos corresponde, una vez más, a nosotros encontrar lo excepcional en lo corriente, aferrarnos a los pequeños balanceos de un pequeño abedul”, señala la ensayista y yo percibo que sus palabras me elevan el ánimo. Son muchos los tramos del libro del que os estoy hablando capaces de despejar nuestros días más nublados.
Chéjov inspira a Marina van Zuylen. Nos dice que tenía “el extraño don de prestar atención a quienes menos querían ocupar el centro del escenario”; que, a título personal, “no tenía la menor intención de ser noble o humilde, mediocre o excelente”. Y, a partir de ahí argumenta: “Su falta de interés en dichos asuntos lo eximía de toda condición narcisista y le permitía vivir en el presente “común”, perfectamente consciente de lo que la gente necesitaba (…) Si él mismo podía considerarse un hombre interiormente libre, era porque relativizaba las jerarquías y las divisiones, muchas de ellas resultado del miedo a no estar a la altura”.
Chéjov inspira a Marina van Zuylen. Nos dice que tenía “el extraño don de prestar atención a quienes menos querían ocupar el centro del escenario”; que, a título personal, “no tenía la menor intención de ser noble o humilde, mediocre o excelente”.
El filósofo Emmanuel Levinas es otra figura clave para la autora por ayudarla a modificar su definición de lo que debe ser apreciado en las personas; por hacerla más consciente del daño que hacen las comparaciones, por motivarla a apreciar la singularidad de cada individuo. “A Levinas”, señala, “le repugnaba que alguien fuera considerado de menor importancia, apretaba los dientes ante los juicios precipitados, y los despachaba como atajos fáciles, una forma perezosa de eludir un compromiso ético mucho más complejo. Si juzgamos tan rápido, dice Levinas, es con el objeto de reducir a nuestros semejantes a una figura plana, más fácil de controlar, y a la larga, desvincularla de nosotros”.
Esencial también el pensamiento de Baruch Spinoza, quien nos anima a liberarnos de la tensión de las opiniones ajenas, a “cultivar los más pequeños talentos con los que hayamos nacido”. El filósofo “pone el acento en el tirón gravitacional que nos lleva a seguir los dictados de nuestra mejor naturaleza, que nos arrastra hacia esas cosas que, al cumplirlas, nos invaden con una extraña sensación de placer”, apunta Van Zuylen.
Las ideas de Spinoza salen a la luz en Middlemarch, novela de George Eliot, quien fuera una gran lectora y admiradora de su obra. Lo hace a través de Fred Vincy. “Se trata del personaje menor por excelencia, y, sin embargo, Eliot lo convierte en el agente que cambia la vida de los demás”, señala la ensayista, quien se refiere a la manera en que la novelista aborda la ambición en su historia. “Al sustraerla del espacio público, la convierte en algo que viene de dentro, algo sumamente íntimo, en un modo de probar si uno es capaz o no de mantenerse fiel a sí mismo. Para Eliot, los personajes que viven engañados son aquellos que persiguen la gloria, sumidos en una ilusoria búsqueda de reconocimiento; casi como revancha sus retratos más inolvidables son a menudo los de aquellos que se sienten satisfechos con el lugar que ocupan en el mundo. Fred Vincy es uno de ellos”.
En el capítulo final del recorrido, la escritora Elena Ferrante es la gran protagonista. Representa el anonimato literario, una manera de estar en el mundo sin seguir los dictados que rigen las vidas actualmente, sin atender a las presiones y obligaciones sociales. “Su deseo de mantenerse a la sombra se vio motivado por una serie de factores, muchos de los cuales resultan muy instructivos en la cuestión de la vida suficiente. El sempiterno miedo a no escribir lo bastante, de ser un impostor, de ser ignorado tanto por las élites como por la clase obrera, lo encontramos en los episodios depresivos de su protagonista, Elena / Lenú: una mujer afectada por “lo que no es suficiente”, esa debilitadora ansiedad de la que Ferrante decidió protegerse haciéndose invisible al público y alejándose radicalmente de la fama”.

Es tan interesante y motivador el recorrido que propone Marina van Zuylen que me da la impresión de dejarme demasiadas cosas fuera del texto. Os animo a que descubráis lo mucho que revela este libro en el que también se recogen enseñanzas de Orwell, Proust, Naipaul, Virginia Woolf… Indagatorio y lleno de preguntas, en él la autora va dando cuenta de sus reflexiones, aprendizajes, descubrimientos, inspiraciones y transformaciones. Y en ese proceso hay un agradecimiento a la literatura, a la ficción, que no quiero pasar por alto y, que de hecho, me ha cautivado especialmente. Van Zuylen recurre a lo que ha leído para acercarse a los demás desde la empatía, para aprender a valorar a las personas más allá de lo que los parámetros sociales indican. Aquí su experiencia como docente, sus lecturas con los alumnos, juega un papel fundamental.
“Llevar a los primeros planos las vidas minúsculas es la materia de la que está hecha la literatura”, señala. “Los relatos y novelas que estudiamos en clase abundaban en monólogos interiores, conversaciones susurradas tras una puerta cerrada, mundos interiores en los que podíamos adentrarnos, un privilegio que difícilmente se nos hubiera presentado en la vida real. Esto es de vital importancia para la vida suficiente porque nos ayuda a romper con esa catastrófica división binaria que nos separa de los otros; por un lado, aquellos a los que miramos desde abajo, por otro, aquellos en los que ni siquiera reparamos…”, vamos leyendo.
Para acabar, un regreso a Spinoza, que atrapa magníficamente el espíritu del libro. “Spinoza nos incita a desarrollar y pulir nuestros talentos, pero no para que debamos convertirlos en logros ante los demás. Lo que nos dice es que debemos cuidarlos hasta que alcancen el nivel de la distinción personal. La dimensión ética de esos esfuerzos , tan discretos como invisibles, guarda una estrecha relación con el principio de la vida suficiente (…) La excelencia en clave menor es una vía para cambiar de marcha, para desaprender los patrones comparativos y centrarnos en lo bueno que tenemos a nuestro alcance, en lugar de perseguir aquello que nunca será lo suficientemente bueno”.
Elogio de las virtudes minúsculas ha sido publicado por la editorial Siruela, con traducción de Lorenzo Luengo.









Deja una respuesta