Fotografía de cabecera: Vivan Maier | Autoretrato |18 de octubre de 1953, Nueva York | © Estate of Vivian Maier, por cortesía de Maloof Collection y Howard Greenberg Gallery, NY
Emma Rodríguez © 2024 /
Llevo un tiempo largo interesada en la figura de la fotógrafa Vivian Maier (1926-2009). A menudo he leído artículos sobre ella y he conversado con personas fascinadas por su figura y por su obra. En 2021 tuve la posibilidad de visitar una extensa y magnífica exposición de su obra en el Musée du Luxembourg de París que me afectó sobremanera por diversos motivos: me sentía especialmente sensible por pérdidas recientes, estábamos saliendo de la pandemia y mi percepción sobre muchas cosas había cambiado. De pronto miraba a mis alrededores de otra manera y sentía una intensa soledad, una necesidad de cambiar cosas, parámetros de vida. Mi mirada crítica a la sociedad se estaba agudizando en esos momentos y los trabajos de Maier se mostraban ante mí como reflejo de un extraño estado de ánimo.
Me resulta complicado explicar por qué aún no acierto a entender del todo los motivos. Sus merodeos, sus sombras en medio de ciudades como Nueva York y Chicago, urbes de la rapidez, de los incesantes tránsitos; su singular mirada a los entornos, tanto exteriores como interiores; los gestos detenidos de sus personajes, captados en la cotidianeidad de sus vidas; el interés por los menos privilegiados, por los que atraviesan dificultades; la capacidad para apresar la transitoriedad, la fugacidad, me atravesaban de algún modo.

La imagen de esa niña descuidada que mira directamente a la cámara; los pies apresurados de la gente transitando por las calles, acudiendo a sus entornos de trabajo, a sus encuentros, felices o infelices; las imágenes de los pequeños que cuidaba, de sus juegos, que tan bien reflejan el especial tiempo de la infancia; las tomas de edificios a través de ventanas; los autorretratos en espejos, siempre observando a través de la cámara, como escondiéndose, situándose, sintiéndose otra persona… Todo ello me comunicaba algo, me llevaba a reflexionar en la manera de situarse ante el mundo de este ser independiente, al margen, que se dedicó a su pasión por la fotografía como asidero existencial.
Vivian Maier, esa mujer enigmática, compleja, indescifrable, cuya obra fue descubierta póstumamente, no tiene nada que ver con lo que, a día de hoy, se supone que debe motivarnos. Su talento, su don, no estuvo al servicio del éxito. Su obra excepcional no llegó a las galerías de arte ni la hizo rica. Tal vez ahí radica mi complicidad con ella. Pensar en su anonimato, en su obsesión por observar, enfocar la lente, disparar una y otra vez con la cámara, sin aparentemente ningún propósito, simplemente el disfrute, la curiosidad, ajena a todo lo demás, llevada por el impulso, por el anhelo de hacer aquello que deseaba hacer, me resulta algo sorprendente y me lleva a detestar un poco más esa necesidad por la exposición constante, por aparentar ser, por alcanzar algún tipo de triunfo, por tener más, más de todo, empezando por el número de seguidores en las redes sociales.
Vivian Maier, esa mujer enigmática, compleja, cuya obra fue descubierta póstumamente, no tiene nada que ver con lo que, a día de hoy, se supone que debe motivarnos. Su talento, su don, no estuvo al servicio del éxito. Su obra excepcional no llegó a las galerías de arte ni la hizo rica.
Son múltiples las circunstancias, muchas de ellas adversas, que determinaron el destino de nuestra protagonista, que la llevaron a vivir y a crear como lo hizo, pero entre las interpretaciones que pueden hacerse, yo me quedo con el ejemplo de un discurrir ajeno a las directrices de la competitividad, de la productividad, de las prisas por llegar a algo. La historia de Vivian Maier me habla de detenerse, mirar, trabajar, sentir, sin necesidad de comunicarlo; del valor de las obras que realizamos por sí mismas… Tal vez aspirar a ello –simplemente aspirar– pueda ofrecernos otra perspectiva, un poco de equilibrio frente a los desajustes del ahora.

Os sigo contando que, pese a mi fascinación por la fotógrafa, no me había decidido hasta ahora a escribir sobre ella, y que ha sido una novela gráfica la que me ha dado el impulso para hacerlo. Se trata de En la superficie de un espejo, de la joven ilustradora francesa Paulina Spucches, publicada en castellano por Garbuix Books. En cuanto vi la llamativa portada, la fuerza de los colores, la recreación del conocido autorretrato de Maier con su característica cámara Rolleiflex, quise pasar sus páginas. Y fue tan motivadora la experiencia que deseé adentrarme más en las vicisitudes, los tránsitos y mudanzas de quien a día de hoy está considerada como una de las máximas representantes de la fotografía callejera.
Ese impulso me llevó al libro biográfico Revelar a Vivian Maier, donde la especialista estadounidense Ann Marks se convierte en una especie de detective que sigue las misteriosas y poco detectables huellas dejadas por su protagonista. Una obra concienzuda, llena de empatía, que añade múltiples claves sobre la familia y la niñez de Maier, ámbitos importantes para entender su personalidad, su modo de vida, su inclinación por la fotografía. Normalmente al hablar de ella se hace hincapié en su trabajo como cuidadora de niños. Es habitual encontrarse con titulares que aluden a “la fotógrafa niñera”, lo que, indudablemente, llama la atención de los lectores; pero las sendas que abre este libro nos conducen a ir más allá, a situarnos en el centro de la obra de una mujer excepcional, contradictoria, que levantó un mundo creativo prácticamente a escondidas, anónima y silenciosamente, un aspecto ante el que la biógrafa intenta encontrar respuestas, sentidos.

Al seguir el hilo de la biografía de Ann Marks fui consciente del gran trabajo de síntesis de Paulina Spucches, capaz de sugerir tanto con sus viñetas. Las fotografías icónicas seleccionadas, junto con los retazos dibujados de momentos esenciales en la vida de Maier, que se van mostrando de manera no lineal, por medio de saltos temporales en los que la obra fotográfica y las vivencias se van encontrando, dan lugar a un cautivador recorrido en el que el lenguaje y los recursos del cómic animan a seguir explorando una historia apasionante.
Spucches tiene la ventaja de contar con material visual suficiente del que partir. Sus ilustraciones están dotadas de una gran fuerza de color y de trazo, acordes a la viveza, al dinamismo, de las fotografías de Vivian Maier, una mujer que miraba la velocidad, los vaivenes de las vidas ajenas, desde la distancia y la lentitud necesarias para captar situaciones y momentos reveladores. Todo resulta extraordinario en esta historia en la que el azar juega un papel importante, pues el legado de la fotógrafa podía haberse perdido si no se hubieran dado determinadas circunstancias.
En 2007, la maltrecha situación económica no permite a la anciana Maier seguir pagando el guardamueble donde almacenaba gran parte de sus posesiones, incluido su archivo fotográfico; por lo que este fue desocupado y todas sus cosas acabaron en una casa de subastas. La casualidad quiso que ese mismo año John Maloof, por entonces un agente inmobiliario, acudiera al lugar en busca de imágenes para ilustrar un libro que estaba preparando sobre su barrio. Halló muchas fotografías, rollos y negativos cuya autoría no se identificaba. Destacar aquí que el archivo encontrado constaba de más cien mil imágenes; que gran parte de los negativos no habían sido procesados; que en el descubrimiento de la autora hay otro nombre clave, el de Jeffrey Goldstein (la aventura al respecto, con sus más y sus menos, es larga y de ella da cumplida cuenta Ann Marks en su libro).
En principio Maloof lo guardó todo en un desván y no fue hasta 2009 que se puso a analizar el material que había almacenado en cajas, siendo consciente de su gran valor. En un sobre aparecía el nombre de Vivian Maier y al ponerse a indagar se encontró con la esquela de la fotógrafa, que acababa de fallecer (un 21 de abril de ese año). El texto de la misma lo publicaron los hermanos Gensburg, John, Lane y Matthew, que fueron quienes, cuando ella dejó de trabajar y se encontraba en situación de precariedad, pagaron el alquiler del último espacio en el que vivió en Chicago, en Rogers Park, cerca del lago Michigan.

La singular niñera había cuidado de los tres chicos Gensburg por un largo período de tiempo –hasta que se hicieron mayores– , influyendo en su formación con su creatividad y con un cariño que asomó como pocas veces en su trayecto, de lo que queda constancia en las muchas fotografías que hizo a los chavales, a sus padres, a su entorno, apareciendo incluso en algunas imágenes y vídeos. En el escrito póstumo ellos reconocen el espíritu libre de la mujer a la que consideraban como una segunda madre, con la que nunca perdieron el contacto, y el “toque de magia” que aportó a sus vidas.
La increíble historia de la fotógrafa dio lugar a un documental, Buscando a Vivian Maier, del que uno de sus artífices fue John Maloof. Se estrenó en 2013, fue nominado a los Oscars y acabó de dar a conocer a quien nunca quiso mostrarse. Sus enigmas, su trabajo, ocuparon los titulares de esas revistas y periódicos que tanto le gustaban y que acumulaba compulsivamente. Renombrados especialistas coincidieron en considerarla una de las grandes fotógrafas callejeras del siglo XX, mientras sus instantáneas ocupaban las paredes de galerías y museos, atrayendo la atención de cada vez más públicos.
John Maloof, quien buscaba imágenes para ilustrar un libro que estaba preparando sobre su barrio, acudió a una casa dde subastas y Halló muchas fotografías, rollos y negativos de la singular Fotógrafa niñera. El AZAr es importante en su extraordinaria historia.
La novela gráfica de Paulina Spucches comienza mostrando imágenes del Nueva York de la década de los 50, un Nueva York lleno de contrastes, donde, frente a las oportunidades que ofrece la gran urbe, asoman la dureza, la desigualdad, el racismo… Y a partir de ahí va intercalando escenas de la infancia de la protagonista, la infancia para nada fácil de una hija de padres separados, nacida en Nueva York en 1926, que tiene como progenitores a Charles Maier, un hombre violento, ausente, y a Marie Jaussaud, una madre inestable, con la que va de un sitio a otro, incluyendo un viaje a su lugar de origen, en Francia (Saint-Julien-en-Champsaur; departamento de Altos Alpes), donde pasan ocho años, antes de regresar a Estados Unidos, para hacerse cargo de Karl, el hermano conflictivo que quedó a cargo del padre y que siempre tuvo problemas de adaptación, con temporadas en la cárcel y otras viviendo en lugares de acogida.
La región francesa causará una honda impresión en ella. En su etapa inicial como fotógrafa son esenciales los paisajes, las gentes, los familiares, de ese hermoso rincón, al que ha de regresar más veces, una de ellas para vender una casa que una tía le dejó en herencia. La ilustradora se detiene especialmente ahí, en ese maravilloso entorno natural que fue donde, como apunta Ann Marks, trabajó duro para “dominar los fundamentos de la fotografía”; sentando los cimientos “de un estilo fotográfico desapasionado, empeñado en captar la realidad de la condición humana sin juzgarla en modo alguno”.

La autora de la novela gráfica mezcla realidad y ficción, imaginando distintas situaciones a través de la mirada de Gwen, una niña a la que cuida Vivian Maier de joven y que también acabó convirtiéndose en fotógrafa. Nos traslada Paulina Spucches que tal vez la pasión por la fotografía de su protagonista surgió cuando, de pequeña –antes de viajar a Francia– fue acogida, junto con su madre, en la casa del Bronx de Jeanne Bertrand, una fotógrafa de retratos de cierto renombre, una amiga de Eugénie, la abuela materna. También Ann Marks se pregunta en qué medida pudo ser una figura que le influyese, ya que Vivian apenas tenía cuatro años cuando vivieron juntas (de 1930 a 1932). “No obstante”, señala, “el legado de la fotógrafa le fue transmitido a través de Marie, a cuyas manos fue a caer por aquella época una cámara, novedad que por lo común solo podían permitirse los ricos”.
tal vez la pasión por la fotografía de MAIER surgió cuando, de pequeña fue acogida, junto con su madre, en la casa del Bronx de Jeanne Bertrand, una fotógrafa de retratos de cierto renombre, una amiga de Eugénie, la abuela materna.
Interesante la presencia de esta mujer, su recorrido vital, al igual que el de la abuela, figura central de la primera parte de la biografía que nos ocupa. La vida de Eugénie Jaussaud, madre soltera, que emigró a Estados Unidos, donde trabajó como cocinera de familias de la alta sociedad, resulta, del mismo modo que la de su nieta, novelesca, por su capacidad para sobrevivir partiendo de circunstancias adversas, por sus experiencias en los alrededores que frecuentó. Ella, víctima del engaño de un hombre con el que se casó, que ya tenía otra familia, fue, según constata Marks, “la única fuente estable y amorosa en la vida de Vivian Maier”, quien llegó a confiar a un empleador: “Mi madre no cuidó de mí”, confesándole que no sentía afecto por ella.
Es muy revelador el recorrido que se traza en Revelar a Vivian Maier de las raíces de la fotógrafa, de un pasado que siempre mantuvo oculto, salvo algún que otro comentario aislado. El trabajo de investigación fue costoso. Abuela, madre y nieta se afanaron por mantener a buen resguardo los secretos de la familia, en cuyos fondos, señala la biógrafa, “había una historia oculta de bastardía, bigamia, rechazo parental, violencia, alcohol, drogas y enfermedad mental”.

Tanto a Eugénie como a Marie se les dedica un amplio espacio en el libro. La segunda nunca pudo superar su origen de hija bastarda y sufrió trastornos mentales que le impedían ocuparse de la educación de sus hijos. Apenas he esbozado algunas pinceladas de una historia familiar llena de claves para entender algo mejor a la fotógrafa. Os recomiendo sumergiros, si tenéis interés, en un recorrido lleno de búsquedas, de hallazgos, de conversaciones con testigos que conocieron a la biografiada y que Marks fue localizando con paciencia, muchas veces partiendo de imágenes fotográficas.
En el libro, que se acompaña de un atractivo material gráfico (documentos y fotos, muchas fotos, de Vivian Maier), se explora una personalidad llena de contrastes. Era fría y distante, celosa de su intimidad, estirada y extravagante, según algunos. En ocasiones fue despedida por dar bofetadas a los niños a su cargo… Pero también se la recuerda, por ejemplo los chicos Gensburg, como muy creativa a la hora de plantear juegos a los niños que cuidaba, capaz de conectar profundamente y de mostrar afecto cuando se le daba la confianza suficiente. Y, además, como una persona curiosa y una gran conversadora, amante del cine y de la lectura. La biógrafa destaca su profundo compromiso con las causas sociales, sus ideas progresistas, de izquierda, que la llevaban a interesarse por los problemas de la gente trabajadora; a sentirse atraída por las “encrucijadas de clase, de raza”.
“En Francia, había fotografiado a familias interraciales, y en su obra callejera abundan los personajes de distintas razas que comparten sus vidas cotidianas. La composición de esas fotos, como la de las demás, capta tanto alegrías como frustraciones, unidad y división. En una aparece un pequeño limpiabotas negro atendiendo a un niño blanco de su misma edad, encasillados los dos en posiciones tipificadas por las normas raciales de entonces. Vivian era una defensora apasionada de los derechos civiles y la cuestión racial”, leemos en la biografía, mientras las viñetas dibujadas por Paulina Spuches nos invitan a imaginar la escena del limpiabotas, lo que pudo suceder mientras la fotógrafa capturaba el momento.
En «REVELAR A VIVIAN MAIER» La biógrafa destaca su profundo compromiso con las causas sociales, sus ideas progresistas, de izquierda, que la llevaban a interesarse por los problemas de la GENTE trabajadora; a sentirse atraída por las “encrucijadas de clase, de raza”.
La defensa de los derechos de los nativos americanos, a los que fotografió siempre que pudo; así como al acceso al control de la natalidad y al aborto, y, en la década de los 60, a la lucha por la liberación femenina, fueron otras de las causas que contaron con el apoyo de esta mujer a la que no se le conocen relaciones amorosas, que mantenía la distancia con los hombres, lo que conduce a la biógrafa a pensar en que, en algún momento de su vida, pudo ser víctima de algún tipo de abuso. Sin necesidad de llegar a ese extremo, en los referentes masculinos que tuvo –su padre, su hermano– también se pueden encontrar las claves.
En la etapa como niñera en Manhattan, Maier podía mostrarse como una fotorreportera en busca de escenas extremas, incluso peligrosas en barrios marginales, siguiendo a policías de patrulla. Era sin duda una voyeur que seguía los pasos de los vagabundos, de los inadaptados de la sociedad, llegando, en ocasiones, a invadir con descaro la intimidad de sus retratados, como apunta Ann Marks, para conseguir una buena toma; algo que contrasta con la gran empatía que se desprende de muchos de sus trabajos.
También era una enamorada del cine, que se colaba en los estrenos y seguía a las estrellas de la gran pantalla para atraparlas con su objetivo. En los parques públicos, a los que acudía con los niños que cuidaba, no dejaba de observar, mientras los vigilaba, lo que sucedía a su alrededor, dispuesta siempre a hacer una foto si alguna escena, algún detalle o personaje, reclamaba su atención. Me detengo a mirar la gran cantidad de fotografías que hizo de los más pequeños, de su mundo. Pienso en lo conmovedor que resulta comprobar hasta qué punto supo adentrarse en los territorios de la infancia quien apenas pudo disfrutarla. Veo las luces, la magia, de esa etapa de la vida, pero también se cuelan algunas sombras que indican que para nada es siempre ese paraíso perdido que tanto se ensalza en la literatura.
Son interesantes las pesquisas de la biógrafa para responder a las grandes preguntas: ¿Por qué Vivian Maier no se dedicó profesionalmente a la fotografía? ¿Por qué no dio a conocer su trabajo? Encuentra indicios de que se lo planteó en ocasiones; incluso de que llegó a pensar en montar un negocio, vendió alguna que otra foto y entabló contactos esporádicos con otros fotógrafos, pero la cosa no llegó a más. Es complejo hallar explicaciones, certezas, sobre la reserva y el anonimato que optó por mantener la fotógrafa respecto a su trabajo. Lo cierto es que, a medida que se iba haciendo mayor, cada vez defendía más su derecho a la intimidad y compartía menos sus fotos con los demás, algo que sí hacía con las familias para las que trabajó en las etapas tempranas de su vida.

Siempre pidió cerrojos en las casas en las que habitó para resguardarse del exterior. Detrás de la puerta dejaba de ser la niñera y era la otra, la creadora. “Yo soy la mujer misteriosa”, llegó a definirse. Ann Marks explora a fondo cómo la necesidad de proteger su trabajo, de apropiárselo, fue en aumento, debido al grave trastorno de acumulación que padecía y que la llevaba a almacenar, de forma obsesiva y preocupante, una gran cantidad de periódicos y de fotografías en sus habitaciones y en distintos guardamuebles. Ahí, en esa enfermedad paralizante que la encerraba en sí misma, puede encontrarse el germen de su actitud; tal vez era lo que le impedía mover su obra, implicarse en su difusión, dar a conocer la que siempre fue su gran pasión.
La autora de Revelar a Vivian Maier consulta a especialistas y llega a constatar que el trastorno acumulativo suele afectar a personas con infancias muy desdichadas, que para llenar su vacío emocional establecen vínculos con sus posesiones antes que con la compañía de los demás. En el caso de Maier se acentuó cuando tuvo que cerrar el capítulo de los Gensburg, en 1967, que le proporcionó la etapa más estable y más placentera de su vida.
Ann Marks explora cómo la necesidad de proteger su trabajo, de apropiárselo, fue en aumento, debido al grave trastorno de acumulación que padecía y que la llevaba a almacenar, de forma obsesiva, una gran cantidad de periódicos y de fotografías.
En el tiempo que estuvo con ellos, hay un paréntesis muy interesante, los seis meses en que sus actividades cotidianas se detuvieron para dar paso, en 1959, a un largo viaje en solitario por Filipinas, Hong Kong, Tailandia, Malasia, Singapur, la India, Yemen, Egipto, Italia y otros países europeos, una larga travesía que da cuenta de su gran curiosidad por conocer otros paisajes y culturas, que culminó en la que sería su última visita a su rincón francés de Champsaur.
Dejar a la familia Gensburg y seguir adelante, sin la calidez de los afectos, iniciando la nueva ruta de las mudanzas, fue un momento duro. “Es evidente que para sus adentros, verse desplazada fue devastador y desencadenó un agravamiento de su compulsión acaparadora. Los Gensburg siguieron manteniendo un contacto estrecho con ella, pero, sin que se les pueda reprochar, no fueron conscientes de sus auténticos conflictos internos”, apunta la biógrafa.
Pese a sus problemas, a sus brotes depresivos, Vivian Maier encontró otros trabajos como niñera, ocupó otras estancias (en la década de los años 70 se mudó cinco veces en seis años), y siguió evolucionando en su labor fotográfica, adentrándose, ya en la cincuentena, con mayor ímpetu, en los territorios del color. Por entonces compraba Leicas de segunda mano y seguía con atención todas las tendencias.
Hay una argumentación de Ann Marks en el trecho inicial de Revelar a Vivian Maier; una defensa de la trayectoria de su protagonista, que me parece esencial. Señala la autora: “Desde un principio, hubo personas que proyectan en Vivian sus propios valores y expectativas. Puede que el mayor mito asociado a ella sea que se sentía marginada, infeliz y frustrada: que la historia de su vida es una triste historia. En realidad, lo cierto es lo contrario; Vivian fue una superviviente, y tuvo la fortaleza y la capacidad de romper con la disfuncionalidad familiar y mejorar mucho su suerte. Derribó todos los obstáculos que se interponían en su camino con una resiliencia infinita. Su empeño fue que se diera un buen trato a los desfavorecidos, nunca a ella misma. Hasta sus últimos años fue una mujer alegre, activa, comprometida, informada, y vivió su vida en sus propios términos. Su brillantez creativa e intelectual, su inclinación progresista y la independencia de su pensamiento la llevaron a una existencia rica –extraordinaria, incluso– que estuvo indisolublemente ligada a su fotografía / Vivian Maier vivió la vida que quiso vivir”.
ANN MARKS; «Maier vivió su vida en sus propios términos. Su brillantez creativa e intelectual, su inclinación progresista y la independencia de su pensamiento la llevaron a una existencia rica, indisolublemente ligada a su fotografía».
Aquí la biógrafa se sitúa más allá de los clichés, como si enfocara la vida de Maier con la mejor luz, en uno de esos días despejados, sin señales de brumas por ningún lado. La capacidad de Maier para vivir a su manera, para levantar una obra genial desde el anonimato, nos desarma de algún modo, porque va a contracorriente de los tiempos que vivimos, de los ritmos de las devoradoras sociedades capitalistas. La entrega de la que os hablo sigue todos los movimientos de la fotógrafa hasta sus últimos años. A comienzos de los 80, se cruzaron en su camino los Matthews, una pareja de editores con tres hijos, le ofrecieron empleo; supieron apreciarla y le proporcionaron un entorno tranquilo, cálido, lo que la llevó a abrirse y compartir con ellos algunas de sus fotos. Pero su “paranoia” acumulativa y su carácter cada vez “más obsesivo e inestable” provocó que la despidieran.

La etapa final de la fotógrafa resulta muy conmovedora. Fue saltando de trabajo en trabajo; cuidó a otros niños y a ancianos hasta que cumplió los 70 años, en 1996. Le quedaba poco para abandonar definitivamente la cámara, en 1999. Obtuvo una pensión de la Seguridad Social y los Gensburg la ayudaron alquilando su último domicilio. El resto de la historia ya os la he contado con anterioridad. En sus últimos días solía sentarse en un banco del parque cercano a su domicilio. En la novela gráfica Vivian Maier. En la superficie de un espejo, Paulina Spucches la retrata en compañía de una mujer con la que intercambia una conversación sobre el hecho de pasar el día sentadas en un banco. “Yo ya he visto demasiado (…) Si estas son las últimas vistas que veo, sería perfecto”, señala Maier desde las viñetas.
En la biografía de Ann Marks se incluye una foto firmada por Kellee Gary, en la que se ve a Vivian Maier caminando de espaldas, en el entorno de Rogers Park, en 2008, un año antes de su muerte. ¡Qué lejos estaba de saber todo lo que se avecinaba! ¡Todo el revuelo que se iba a montar con sus fotos secretas! Pienso que es difícil imaginar otro desenlace para esta historia. Maier no dio a conocer su trabajo, pero, seguramente, le habría encantado saber que otros lo descubrirían, a la manera de un tesoro, se ocuparían de sacarlo a la luz, de mostrarlo al mundo.
La mujer misteriosa sigue fascinándonos. Su vida a contracorriente, el desarrollo de su vocación, pese a los obstáculos, sin tener en cuenta las miradas, la aprobación ajena, la consecución de logros y éxitos, como reflexionaba al principio de este texto, contrasta con la obsesión exhibicionista del presente y nos induce a pensar en la forma en que queremos posicionarnos ante ello. Las sombras de sus autorretratos nos indican su manera de situarse, de ser, de querer vivir. Sus enigmas están a salvo en sus imágenes, con las que entablamos diálogos, en las que descubrimos palabras no dichas, emociones a flor de piel.
La novela gráfica Vivian Maier, En la superficie del espejo, de Paulina Spucches, ha sido publicada por Garbuix Books, con traducción de Montserrat Terrones.
Revelar a Vivian Maier (biografía de Ann Marks) ha sido publicada por la editorial Paidós, traducida por Ignacio Villaro Gumpert.









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