El Museo Abstracto de Cuenca: un diálogo entre arte y paisaje

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Por Emma Rodríguez © 2017 / En esta ocasión abro la ventana que es este diario a un museo que nos demuestra de qué manera el arte y el paisaje pueden entablar un diálogo tan armonioso que es capaz de despertar en nosotros una quietud interior que en el día a día nos resulta cada vez más difícil de alcanzar. Como nos dice el pensador coreano Byung-Chul Han, profesor de Filosofía y Estudios Culturales en la Universidad de las Artes de Berlín, en la sociedad del rendimiento, de la velocidad, de la multitarea, de la tecnología, estamos perdiendo la capacidad de contemplar, el sano hábito de la demora. “Las prisas, el ajetreo, la inquietud, los nervios y una actitud difusa caracterizan la vida actual. En vez de pasear tranquilamente, la gente se apremia de un acontecimiento a otro, de una información a otra, de una imagen a otra…”, escribe en El aroma del tiempo, donde alude a la fugacidad, lo efímero y lo superficial como rasgos de un presente donde “nada importa, nada es decisivo, nada es definitivo”, donde “cuando ya no es posible determinar qué tiene importancia, todo pierde importancia”.

En todo esto pensaba yo mientras recorría, hace muy poco, una vez más, las salas del Museo de Arte Abstracto de Cuenca, deteniéndome en las obras expuestas, asomándome a los ventanales para contemplar el imponente paisaje, para paladear el silencio, para llenarme de belleza. “Si se expulsa de la vida cualquier elemento apacible ésta acaba en hiperactividad letal” (…) “La vida ocupada a la que le falta cualquier dimensión contemplativa, no es capaz de la amabilidad de lo bello. Se muestra como una producción y destrucción aceleradas…”, vuelvo ahora a las palabras del pensador, a las páginas subrayadas del ensayo citado, una entrega que conecta con sensaciones y con preguntas que acudieron a mí en esa visita que, de algún modo, me hizo recuperar mi centro, porque se percibe un halo místico en los espacios del museo, una corriente meditativa que anima a la introspección.

“La vida ocupada a la que le falta cualquier dimensión contemplativa, no es capaz de la amabilidad de lo bello. Se muestra como una producción y destrucción aceleradas...”, señala el pensador coreano Byung-Chul Han en su ensayo “El aroma del tiempo”.

En las espectaculares Casas Colgadas, los visitantes vivimos la experiencia de disfrutar del arte en la intimidad, partícipes de la belleza de un entorno natural que estimula la contemplación, el cultivo del silencio. Paisajes interiores y exteriores, recogimiento y amplitud. Seguramente sintieron de forma similar los artistas que eligieron Cuenca para parar el reloj de sus vidas y dedicarse con afán, con entrega, al desarrollo de su obra. Hay una fotografía mítica que sitúa un momento esencial en la historia del arte español contemporáneo y que ilustra el relato de un grupo de aventureros, de creadores rebeldes que osaron decir no al inmovilismo y a la oscuridad impuestos por el franquismo. Hablamos de los impulsores de la creación del Museo de Arte Abstracto en una España aislada del exterior, amurallada, pero deseosa ya de arrancarse las mordazas. En la imagen a la que me refiero, que cuelga de una de las paredes y que tantas veces se ha reproducido, vemos a nuestros protagonistas celebrando la apertura de un centro que Alfred Barr, director del MoMA, definió como “el más bello pequeño museo del mundo”, cuando lo visitó en 1967.

No puedo estar más de acuerdo con Barr. Su frase se ha hecho tan célebre como esta instantánea de la que os hablo, cargada de contagiosa alegría, realizada en el Mesón Casas Colgadas. Con la copa en la mano algunos, hablando entre ellos, sonriendo a la cámara de Fernando Nuño un 1 de julio de 1966, reconocemos, en primera fila, a Fernando Zóbel, el fundador. Y a su alrededor, en distintos escalones, a Gustavo Torner y Gerardo Rueda, compañeros indispensables de trayecto, junto al resto de artistas que trajeron al país los aires de la modernidad y que con el tiempo confirmaron la solidez de sus propuestas: Millares, Chirino, Guerrero, Sempere, Teixidor, Lucio Muñoz, Amalia Avia, Carmen Laffón...

Cuando Alfred Barr, director del MoMA, visitó en 1967 el centro de arte, lo definió como “el más bello pequeño museo del mundo”. La frase se ha hecho tan célebre como la imagen de los artistas en torno a Fernando Zóbel, el fundador, posando ante la cámara el día de la inauguración, un 1 de julio de 1966.

De esa jornada histórica habla Torner en una entrevista que se incluye en el catálogo que la Fundación Juan March realizó en 2006, con motivo de los 40 años del museo. El pintor explica que a Zóbel no le gustaban las inauguraciones, las formalidades, y que tras cumplir con el acto obligado con las autoridades, se abrieron las puertas de la casa para los artistas. “Fuimos juntos, sobre la una, se descorchó champán y no sé si llegó a haber algún langostino, y luego por la tarde llegaron los amigos y después nos fuimos a cenar al mesón (…) Recuerdo que yo estaba en la misma mesa que Manolo Millares, y le pregunté que qué iban a hacer al día siguiente. Manolo, que ya se había comprado la casa en Cuenca, me dijo que se iría a recoger teselas romanas a los sembrados (después se haría un pequeño pavimento con ellas); otros se iban a ir a bañar al río...” Me detengo en estas declaraciones que reproducen una jornada que sucedió hace ya 51 años.

Un tiempo anclado en la memoria que parece tan cercano en las sencillas palabras de Torner, una aventura que ahora, con la suficiente distancia, visualizamos en toda su grandeza y proyección: una ventana abierta, una reivindicación del compromiso del arte y su capacidad para la crítica, la insumisión, el cambio. Precisamente para celebrar los 50 años, en 2016, nuevamente hubo motivos para la fiesta, porque el museo amplió sus espacios, creciendo, enriqueciendo la obra que muestra con nuevas aportaciones; acondicionando sus salas para dar cabida a más actividades; mejorando la biblioteca y otras de sus instalaciones. En esta nueva visita he podido comprobar cómo se ha ganado una nueva sala expositiva, gracias a la cesión por parte del Ayuntamiento de la ciudad del antiguo comedor del vecino Mesón Casas Colgadas. Otras de las novedades son la apertura de una nueva entrada principal y la reforma de la pieza destinada a muestras temporales, que ha recuperado la luz natural de la Hoz del río Huécar, convirtiéndose en un espacio multiusos, abierto a la celebración de actos diversos (conciertos, cursos, conferencias).

La Fundación Juan March, que gestiona el centro, después de que en 1980 Fernando Zóbel le donara toda su colección de pintura, dibujo, escultura y obra gráfica, entendió que el medio siglo era un acontecimiento redondo para remozar nuevamente un lugar tan especial. La ampliación del espacio ha permitido la exhibición de las más de 600 piezas de dibujo, obra gráfica y libros de artista que, por falta de espacio y condiciones, han sido custodiados hasta ahora en la sede de la Fundación Juan March en Madrid. “Mejorar la accesibilidad, los recorridos, la función museística”. Ese ha sido el objetivo de las obras de reestructuración, según declaraciones de Javier Gomá, director de la institución.

Sin perder su espíritu original, su carácter privado, el pequeño museo ha ido creciendo, mejorando, haciendo posible que puedan admirarse las obras de gran formato de un amplísimo abanico de artistas abstractos españoles, pero no solamente, ya que también se acogen propuestas temporales llegadas de otras geografías. Concretamente, en la visita de la que os hablo, descubrí la obra del artista argentino Esteban Lisa, pionero de la abstracción latinoamericana. Bajo el título de El Gabinete abstracto, perfectamente ubicado en un bello entorno de recogimiento, me encontré un conjunto de piezas de reducidas dimensiones, coloristas y sutiles composiciones, ensoñaciones geométricas, que atrajeron mi atención sobre este artista de origen español, nacido en Toledo en 1895, y con una curiosa biografía a sus espaldas. Además de la pintura, que desarrolló con modestia, compaginándola con su trabajo como empleado de correos y con la labor pedagógica que desempeñó tras su jubilación, al frente de la Escuela de Arte Moderno “Las Cuatro dimensiones”, de la que fue fundador, Lisa se interesó por los misterios del espacio y llegó a elaborar una particular teoría de la cosmovisión. De hecho, algunos de sus trabajos parecen fragmentos de planetas soñados, anuncios de nuevos despertares llenos de poesía…

El Museo Abstracto de Cuenca se ha hecho mayor, se ha convertido en referencia, en objeto de estudio, pero su propuesta, aún hoy alejada de los mayoritarios planteamientos al uso, no deja de resultar sorprendente, como sorprendentes fueron sus orígenes. Sigue asombrando que en una época en la que el arte de vanguardia era visto como subversivo, como un ejercicio de insumisión, surgieran respuestas de este tipo, aventuras que alejaban el miedo y apostaban por el futuro, por la renovación. Un interesante texto de María Bolaños, publicado en el catálogo del museo, nos sitúa muy bien en el momento. La historiadora del arte parte del “extraño estado de ánimo” que atravesaban los museos europeos en la década de los sesenta, años que proseguían con la reconstrucción tras la devastadora II Guerra Mundial, cuando, según explica, los centros artísticos de arte moderno en el viejo continente “seguían resintiéndose de los daños sufridos –la destrucción material, la sangría de sus colecciones y el desprestigio causado por las manipulaciones ideológicas–, y vivían en la precariedad, abandonados a sí mismos, sumidos en la desorientación y, por añadidura, poco amados”.

El caso español era aún más desalentador”, indica Bolaños,
quien señala que el poeta y editor Carlos Barral recordaba
aquellos años como “años de penitencia”, aludiendo al “raquitismo de la vida intelectual, al aislamiento artístico de todo contacto con el extranjero, a la rutinaria y aletargada actividad de los museos, polvorientos, anticuados, vacíos…”

La autora constata que en “la España de los teleclubs”, que supuso “el mayor esfuerzo que el Estado se permitió en el ámbito de la modernización educativa sólo un cuatro por ciento de estudiantes de bachillerato habían estado en un museo y sólo la décima parte sentía curiosidad por visitarlos”. Fue ahí, en ese contexto, donde surgió el milagro de Zóbel, su idea de levantar, con los fondos de su colección particular y trazando hilos de amistad con otros artistas afines, un espacio consagrado al arte emergente, rebelde. Como antecedente, María Bolaños cita la labor ejercida por Fernández del Amo en su etapa como director del Museo de Arte Moderno. Una grieta abierta en medio de la grisura, un alentador hueco que permitió que los artistas del grupo El Paso se dieran a conocer entre el público más inquieto; que entraran en el país los aires refrescantes de corrientes como el informalismo americano y europeo; que se restableciese el diálogo con los creadores del exilio, entre ellos figuras tan sobresalientes como Picasso y Miró.

Pero Del Amo fue destituido y, bajo esas desalentadoras circunstancias, el Museo de Arte Abstracto fue una isla imprevisible, emocionante. Surgió como un regalo cuando el mundo de la cultura ansiaba, y atisbaba ya, desde la clandestinidad, un futuro esperanzador. El grupo de creadores en torno a Fernando Zóbel encontró en Cuenca el entorno que se ajustaba a su sueño. El Ayuntamiento de la ciudad entendió la ocasión que se le presentaba de proyección cara al exterior y el deseo, la idea, pasó a convertirse en una realidad. María Bolaños destaca entre los aspectos diferenciadores la dedicación del centro a la edición gráfica y su taller de grabado, a disposición de los artistas. Lejos del inmovilismo, de la repetición de modos y maneras, la extraordinaria viveza, la pasión, caracterizaban la aventura. Se trataba de entender “el museo como un órgano vivo que contribuiría a impulsar la bullente vida pictórica” de Cuenca, “pequeña capital que se convirtió en un lugar cosmopolita y abierto”.

El grupo de creadores en torno a Fernando Zóbel encontró en Cuenca el entorno que se ajustaba a su sueño. Se trataba de entender “el museo como un órgano vivo que contribuiría a impulsar la bullente vida pictórica” de Cuenca, “pequeña capital que se convirtió en un lugar cosmopolita y abierto”.

En sus Diarios Fernando Zóbel fue dando cuenta de las distintas fases del proyecto. Le interesaba observar a los primeros visitantes, analizar sus reacciones. Escribió que había un grupo interesado en los cuadros y otro que prestaba más atención al edificio, al paisaje. “A la gente que de verdad le gustan las obras expuestas también parecen entrar dentro de dos grupos. A uno le gusta Chillida, Tàpies, Rueda, Torner. Al otro le gusta Gabino, Viola, Canogar…”, anotó. Y en una entrevista que le hicieron en 1966, mientras señalaba a un Chillida colgado solo en una sala de inmaculadas paredes blancas, ponía de manifiesto: “No queremos que el museo sea como una colección de sellos. Estamos hartos de que cuelguen nuestras obras –con algunas excepciones– sin crear el ámbito que les conviene. Por eso casi nos hemos excedido en lograr ambientes”.

La capacidad de la pinacoteca conquense para definir y divulgar el canon español de su tiempo, de una generación entonces todavía en marcha, radicó en la extraordinaria calidad de todas las obras elegidas”, argumenta el crítico Juan Manuel Bonet en su texto para el catálogo del museo cuando cumplió 40 años. “La colección sigue causando asombro”, decía entonces. Un asombro que se mantiene, que experimentamos cada vez que recorremos el lugar.

Empecé este texto haciendo referencia al ensayo El aroma del tiempo, de Byung-Chul Han y quiero acabarlo, ya que hablamos de arte, con la recomendación de otro libro con el que conecté especialmente en su día, El enigma de la luz. Un viaje en el arte, del autor holandés Cees Nooteboom, quien aúna reflexiones, enseñanzas, rutas viajeras y estados del alma en un recorrido que se convierte en todo un elogio de la lentitud, la contemplación y el cultivo de la observación detenida y de la fantasía.

Nos cuenta Nooteboom su especial relación con creadores como Leonardo da Vinci, Bruegel, Rembrandt, Tiépolo, Vermeer, Piero della Francesca y Hopper, entre otros. Adereza el autor su relato con sabrosas anécdotas, haciéndonos saber, por ejemplo, que a Leonardo “le daba a veces por seguir durante todo el día los pasos de algún individuo que por alguna razón despertaba su interés”, que “se dedicaba a espiarlo de todas las maneras posibles, memorizando su aspecto y luego por la noche lo retrataba”. Todo tiene un sentido claro. El objetivo del escritor es animarnos a ser espectadores inquietos, a interesarnos por los enigmas que encierran las obras de arte, a descifrar esos enigmas y comprobar que cuanto más nos adentramos en ellas más misteriosas se vuelven. Actuemos, pues, como “voyeurs” ante un cuadro, de la misma manera que lo hace Cees Nooteboom. Imaginemos las historias que esconde y que se desarrollan a su alrededor. Dialoguemos con sus creadores y convirtamos la visita a un museo en una actividad plena, estimulante, cargada de tiempo. Tiempo para ser y para vivir.

En esta entrada se hace referencia a dos libros:

El aroma del tiempo, de Byung-Chul Han, traducido por Paula Kuffer para la editorial Herder. 

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El enigma de la luz, de Cees Nooteboom, traducido por Isabel-Clara Lorda Vidal para la editorial Siruela.

La ciudad abstracta. 1966: el Nacimiento del Museo de Arte Abstracto Español, es el título del catálogo editado por la Fundación Juan March.

Las fotografías han sido realizadas por Nacho Goberna.

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