Bernardo Atxaga: “En Nevada me encontré con vascos sin violencia en sus vidas”

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Fotografías © Nacho Goberna

Por Emma Rodríguez © 2014 /

Dice Bernardo Atxaga que los paisajes cotidianos, las calles que pisamos cada día, se acaban convirtiendo en invisibles ante nuestros ojos y que el viaje a lugares desconocidos estimula al explorador que  llevamos dentro. Esa percepción, que todos hemos tenido alguna vez, es el punto de partida de “Días de Nevada”, una novela nada convencional en la que el autor parte de lo lejano, de lo extraño, para entender sus cercanías y se convierte en observador de la vida de los otros para comprender mejor sus propios orígenes y circunstancias.

Dice Bernardo Atxaga que se movió libremente por las autopistas de este libro abierto, que fue uniendo fragmentos de memoria, de experiencia, de reflexión, de manera fluida, y que, al final, una vez depurados los materiales, eliminadas las piezas que podían interferir en el desarrollo, en el ritmo de la narración, se sintió tranquilo, sereno, como nunca antes. Una estancia de cerca de un año en Nevada, Estados Unidos, concretamente de agosto de 2007 a junio de 2008, fue el detonador de un hermosísimo recorrido literario, mezcla de géneros, de texturas y de pulsiones diversas, ante el que los lectores asumimos enseguida el papel de compañeros de ruta dispuestos a abrir mucho los ojos, a descubrir, a dejarnos fascinar por lo que vamos viendo a través de las ventanas del vehículo que avanza por los caminos del desierto y del bosque.

Mientras vamos pasando las páginas, todo nos resulta atrayente, cautivador: la geografía indómita que nos sale al paso y los episodios que Atxaga va hilando, ya sean de lo inmediato o de lo pasado, de lo real o de lo soñado. En “Días de Nevada”  el escritor se muestra renovado, diferente, pero sin haber perdido un ápice de esa innata capacidad para fabular, para iluminar los trechos más cerrados y tupidos de la existencia. En “Días de Nevada” demuestra haber avanzado sin dejar atrás la frescura, la magia de “Obabakoak”, ese libro que ya tiene más de 25 años y con el que fue capaz de elevar la literatura vasca mucho más allá de sus fronteras.

En esta novela en la que despliega historias propias y ajenas, en la que narra, evoca, reflexiona, cierra los ojos en busca de sentidos y va anotando observaciones como en el más íntimo de los diarios, el escritor condensa las búsquedas de todo lo hecho hasta ahora y se siente cómodo a la hora de contar aspectos de su biografía y de la historia familiar que hasta ahora no se había atrevido a abordar. La pérdida, la soledad, el sentimiento de protección como padre, la búsqueda de lo primordial, el legado que dejan los que se van… Estamos ante un libro abarcador, ante un mapa que seguimos y que nos lleva muy lejos, hacia sendas que se salen del itinerario fijado. Hablamos de un libro que no debe perderse todo el que haya leído, disfrutado, amado entregas anteriores del escritor vasco, ni tampoco quien desee descubrirlo por primera vez.

Mientras vamos pasando las páginas, todo nos resulta atrayente, cautivador: la geografía indómita que nos sale al paso y los episodios que Atxaga va hilando, ya sean de lo inmediato o de lo pasado, de lo real o de lo soñado. En “Días de Nevada”  el escritor se muestra renovado, diferente, pero sin haber perdido un ápice de esa innata capacidad para fabular, para iluminar los trechos más cerrados y tupidos de la existencia. En “Días de Nevada” demuestra haber avanzado sin dejar atrás la frescura, la magia de “Obabakoak”, ese libro que ya tiene más de 25 años y con el que fue capaz de elevar la literatura vasca mucho más allá de sus fronteras.

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Campechano y con ese talante de hombre de campo que rehúye los protocolos y añora la vida retirada, Bernardo Atxaga (Asteasu, 1951) también necesita del viaje y de sus hallazgos, aunque parezca llevar siempre consigo, tras la nobleza de su mirada, el verdor y la lluvia de sus paisajes de nacimiento -paisajes que no le abandonan por muy lejos que vaya-. Aquí, a lo largo de esta conversación, el escritor despliega el mapa citado, ese mapa existencial que es su novela, y se detiene en sus puntos clave, en esos recodos menos trillados del camino cuyos misterios, cuyos destellos de verdad, sigue descifrando.

– Al comienzo de la novela, la primera impresión que tenemos los lectores es la de entrar de puntillas en una realidad, en una cultura diferente. ¿Hasta qué punto la mirada del escritor es siempre la mirada del viajero que se siente extraño ante algo nuevo?

– Aunque parezca una paradoja, en la novela la extrañeza principal, desde el principio hasta el final, se da con respecto al paisaje físico. De repente nos encontramos con esa primera visión de Reno: los casinos de noche totalmente iluminados con esos colores rosas, fuscias, como de caramelo. Se trata de una imagen extraña, una imagen que no estaba en tu mente y que observas desde la que será tu casa durante algún tiempo, desde ese lugar en el que vas a vivir. Y después está la extrañeza de la naturaleza, de la geografía: el desierto, Sierra Nevada, el frío, la intensidad del sol, la enorme cantidad de bichos con los que te encuentras. Se produce un primer choque y a ese choque le siguen otros: la gente; las relaciones que se establecen, la soledad… Lo vas percibiendo día a día, pero llega un momento en el que te sientes inclinado a cerrar todo eso y a detectar algo muy cercano,  algo relacionado con la niñez, con la adolescencia. Recuerdo, por ejemplo, el día que vi a dos paiutes, dos indios. Ahí entró en funcionamiento el mecanismo de la identificación, de la asociación de ideas. Todos hemos jugado a indios y a vaqueros de pequeños. Cuando yo hice el servicio militar en Madrid los soldados leían las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. Y también están las canciones. Suenan Mamas and the Papas o The Animals. De pronto sientes que te estás trasladando hacia tu pasado, hacia tu juventud, porque la música de los casinos no ha evolucionado mucho. Ahí siguen estando Elvis Presley y demás; lo más lejano, quizás, es CreedenceCreedence Clearwater Revival-. Te ves jugando con dos palas a la vez: una que se mueve y es extraña y la otra que se mueve y que te acerca. En la novela cuento que al entrar en un rancho nos encontramos con una imagen de dos metros y medio de altura de John Wayne. Todos conocemos a John Wayne, es alguien familiar. Creo que esto explica muy bien esa doble sensación de la que hablo. Reconozco que primero se produjo un extrañamiento muy fuerte, sí, pero luego entró en escena ese sentimiento de familiaridad. Ahí, en esa mezcla, se va articulando la novela.

– Hay muchas contraposiciones y también muchos paralelismos en “Días de Nevada”. A medida que avanzamos tenemos la percepción de que las diferencias no son tan profundas, de que las motivaciones y las pulsiones humanas son similares en el oeste de Estados Unidos y en la tierra que te sirve de contraste, tu tierra natal, el País Vasco. Ambas geografías, pese a sus diferencias, coinciden en lo salvaje, en el carácter primigenio.

–  Sí. Exactamente. Hay algo primigenio ahí, una línea que no he desarrollado en el libro, pero sobre la que sí he escrito. Todo el tiempo, tanto en el desierto como en la cordillera de Sierra Nevada, sobre todo en el desierto, tuve la sensación de que todo eso estaba así hace cien mil años y hace doscientos mil años y, tal vez, también, hace tres millones de años. El ictiosaurio que veo y sobre el que escribo un capítulo, esa imagen que es real, ofrece una idea estupenda de lo que es el paisaje. Y no me refiero solamente a lo que se ve sino a esos miles, millones de años, de estabilidad de la geografía, de los parajes naturales. Todo me llevaba a pensar en simios, en semi simios. De hecho, la última historia del libro, que luego no coloqué, es una historia que empieza hace setecientos mil años y acaba con el funeral de mi madre, cuando al cementerio llegan esos semi simios, provenientes de todos esos estratos de tiempo, de pasado, para asistir al entierro. El paisaje, en efecto, tiene esa elementalidad que tanto me fascina. Si dejásemos de lado el resto de decorados y nos limitásemos a trazar unas coordenadas básicas, nos veríamos a nosotros entre el desierto y el bosque. A mí ese paisaje me atrae muchísimo; podríamos decir que me atrae como a los cerdos el río (risas).  Tengo una especial querencia por él. Me hipnotiza un poco, me da miedo y al mismo tiempo me atrapa.

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– Pero te estás refiriendo a dos variantes: el desierto, por un lado, y el bosque, Sierra Nevada, por el otro.

– Sí. Yo creo que he vivido más el desierto que la sierra, porque al final la sierra que conocí era una sierra ya habitada, aunque también muy interesante. Yo llegué hasta ella con un guía, con un miembro de los Laxalt, una familia de escritores, muy significativa dentro de la literatura del oeste; el último de la saga ha escrito una novela que paradójicamente se sitúa en el País Vasco. Ir con ese guía excepcional  me permitió llegar a una zona a la que sólo esa única familia, aparte de los bomberos y demás, puede entrar. Los Laxalt tienen sencillamente el derecho a visitar lo que fue el campamento de su antecesor, el pastor Dominique Laxalt, y yo tuve el privilegio de ver cómo vivía ese hombre, cómo tenía sus tierras a dos mil y pico metros de altura, en un lugar que en invierno debe ser terrible, pero que en verano es una especie de maravilla de la naturaleza, con dos lagos a diferente altura, uno a 2.500 metros y el otro a 2.000. Es una visión ante la que te quedas con la boca abierta, que te corta la respiración, como dicen los norteamericanos. Aparte del prodigio del paisaje, pude ver allí algo muy particular. En ese campamento los dirigentes del partido republicano de Nevada y de California se reunían para hacer una suerte de ejercicios espirituales y vivir tres, cuatro días, como auténticos pioneros. Ahí está una mesa, una mesa tosca de madera hecha con troncos y en esa mesa, grabado a cuchillo, hay un corazón atravesado por dos flechas que señalan a las iniciales R.R / N.R,  Ronald Reagan / Nancy Reagan. La pieza donde cuento eso tampoco aparece en la novela, ya que la parte política que me veía obligado a introducir me desequilibraba el conjunto.

Aparte del prodigio del paisaje, pude ver allí algo muy particular. En ese campamento los dirigentes del partido republicano de Nevada y de California se reunían para hacer una suerte de ejercicios espirituales y vivir tres, cuatro días, como auténticos pioneros. Ahí está una mesa, una mesa tosca de madera hecha con troncos y en esa mesa, grabado a cuchillo, hay un corazón atravesado por dos flechas que señalan a las iniciales R.R / N.R,  Ronald Reagan / Nancy Reagan. La pieza donde cuento eso tampoco aparece en la novela, ya que la parte política que me veía obligado a introducir me desequilibraba el conjunto.

– Has hablado del impacto del desierto, pero, ¿puedes concretar un poco más? ¿Qué te encontraste en el desierto de Nevada que te fascinó tanto?

–  Me refiero al impacto de la geografía física, al impacto visual. Puede que haya gente, seguramente más valiente que yo, a la que no les afecte tanto. Es posible. Yo pienso muchas veces en los marineros, en los pescadores, que a lo mejor no reparan en lo que supone bregar con el mar, con las olas, porque lo hacen cotidianamente. También al desierto fui con un guía que me iba diciendo que el desierto es como un mar y sus montañas son como islas; cada una con su flora y su fauna. Tú vas escuchando las explicaciones, pero cuando llegas y cruzas por todo eso es como si pasaras una ola tras la que atisbas montañas que son como trapecios cada vez más pequeños. Todo parece como una maqueta y al final  la sensación de distancia y de soledad que experimentas es enorme. Yo creo que muchos pensamientos que tenemos parten de lo físico. Si tú entras en una casa de Valverde de la Vera, por citar un ejemplo cercano, te sientes muy alto porque los techos son bajísimos, pero, al contrario, cuando cruzas por unas colinas como éstas tienes la percepción de ser como un bichito.

– ¿En qué medida cambian los sentidos, la mirada, en el desierto?

– Yo siempre había escrito mucho del desierto. Había hecho bastantes poemas sobre ese paisaje que me motiva especialmente. Lo supe  cuando visité por primera vez el desierto de Marruecos, cuando vi “Lawrence de Arabia”, personaje al que he dedicado muchas páginas, aunque no haya llegado a publicarlas todavía. Como decía antes, se trata de una atracción que no he sabido racionalizar del todo y que debe venir de familia, porque a uno de mis hermanos le pasa lo mismo. No nos gustan los espacios cerrados, nos gustan los espacios abiertos. Cuando uno entra en ellos se siente fuera, ajeno, e intenta mentalmente entender, aproximar, establecer comparaciones: esto es como un mar, las montañas son como islas. Pero eso no impide que encontrar una serpiente cascabel en un vehículo robado suponga un impacto. Ese es el territorio de la serpiente, no tiene nada que ver contigo. En la novela hay un momento en el que cuento el efecto que me produjo ver a lo lejos unas figuras vestidas de blanco que eran presos. Cuando pasamos junto a ellos me di cuenta de que iban solos, sin guardias que les vigilasen. ¿Para qué? Ya estaba el desierto para ejercer ese control. De allí no podían escapar a ningún lado, me dijo Bob.

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– La verdad es que resulta muy impresionante. En la novela es un momento clave, teñido de cierto dramatismo.

–  Sí. Es uno de esos episodios que dan una idea clara del lugar en el que estamos. Se habla mucho de la otra parte. Había una novela de Alfred Kubin que se titulaba así precisamente, “La otra parte”. Pues ahí, realmente, con ese paisaje habitado por los presos, estás en otra parte, pero también lo estás cuando sigues el viaje, te aproximas a Fallon y empiezas a ver los cazas, los helicópteros de guerra. Todo es militar, es como entrar en un inmenso cuartel. Seguimos en otra parte. El esfuerzo que hace tu mente para asimilar todo eso es fuertísimo.

– La parte onírica es muy importante en “Días de Nevada”. ¿Es el lenguaje de los sueños el más apropiado para capturar, para acercarse al mal, a la violencia que subyace en el fondo de nuestras sociedades?

– Como se sabe, los sueños son parte de la memoria. El último reducto de la memoria, quizás. Lo que no alcanzamos a ver durante el día, lo vemos por la noche, con los ojos cerrados.

– El otro día, en tu intervención en los Encuentros del Instituto Cervantes insinuabas que el formato de la novela convencional cada vez te aburre más. En “Días de Nevada” pones en práctica más que nunca la mezcla de géneros, de materiales diversos. ¿Ha supuesto este libro un punto de inflexión en tu trayectoria?

– Como escribió Paul Valéry: “A veces no soy de mi opinión”. Durante algunos años dejé de lado las novelas, pero ahora he vuelto a ellas. Últimamente he leído con mucho placer “La buena reputación” de Martínez de Pisón o “El partisano Johnny” de Beppe Fenoglio. De modo que no está bien lo que dije, lo de “aburrir”. Con todo, hay algo molesto en este asunto, y es que todo tiene que ser novela. Por razones comerciales, se entiende. Cuando publiqué Obabakoak y empezaron a salir las traducciones, la mayoría de las contraportadas sugerían, dolosamente, que el lector iba a encontrarse con una novela. En general, los editores tienen mucho miedo a publicar lo que se salga del género, y cuando lo hacen procuran disimularlo. Hacen como los chipirones, crean una mancha de tinta para que no se vea el cuerpo del delito: ¡una narración que no sigue las pautas de Flaubert, Pérez Galdós o Eça de Queiroz! Es comprensible, pero esta actitud, este continuo ceder ante la ideología literaria dominante, entraña un peligro, ahora ya muy visible: se empieza por no publicar lo que no es novela; luego se dejan de publicar novelas “raras”, de supuesta dificultad; más tarde, le llega el turno a la novela que no es de género; un poco después, a las novelas que son de género pero no son ni históricas ni de crímenes… Total, que solo sobrevive lo más convencional, el equivalente literario del lugar común. No estoy hablando de una posibilidad lejana. En los países de Europa del Este, ya ha ocurrido. En Rumanía o en la República Checa la publicación de traducciones que no sean de novelas policíacas ha quedado en manos de editores y traductores heroicos, suicidas. En la literatura juvenil pasa otro tanto. La literatura parece evolucionar hacia una estrechez. Pasa en todo: el mundo es cada vez más estrecho, más monótono. Manzanas golden, novelas policiacas, los Cuarenta Principales (cuarenta iguales para hoy)… Es extraordinariamente aburrido, asfixiante, incluso, y es nuestra obligación luchar contra esa atmósfera. “Días de Nevada” es, en ese sentido, un libro escrito con mucha libertad.

Esta actitud, este continuo ceder ante la ideología literaria dominante, entraña un peligro, ahora ya muy visible: se empieza por no publicar lo que no es novela; luego se dejan de publicar novelas “raras”, de supuesta dificultad; más tarde, le llega el turno a la novela que no es de género; un poco después, a las novelas que son de género pero no son ni históricas ni de crímenes… Total, que solo sobrevive lo más convencional, el equivalente literario del lugar común.

–  ¿En qué medida necesitó Bernardo Atxaga escribir esta novela para tomar distancia, para ver de lejos sus propios paisajes, sus orígenes, incluso para entenderse a sí mismo?

– Esto es algo que está en nuestra cultura y en nuestra civilización. La imagen del poeta que se retira al desierto es una imagen muy antigua y también está la de los anacoretas que van al desierto y se ponen a prueba. En cualquier caso, uno necesita un espacio mental y la soledad ayuda a la introspección. Para poder pensar hay que olvidarse, desprenderse de todo lo que supone un entretenimiento. Es una tarea durísima si se toma en serio. Cuando se tienen problemas, cuando el ánimo decae, hay que ver televisión, hay que poner la radio, hay que distraerse con algo. El entretenimiento está pensado, igual que el alcohol y muchas drogas, para alcanzar una cierta estabilidad anímica. Pero si anhelamos mirar hacia dentro debemos dejar todo eso de lado. Los sitios nuevos, el desierto en este caso, obligan a repensar y si se da la circunstancia, como es mi caso, de que ya tienes 60 años y bastante experiencia a tus espaldas; si has visto morir a tus padres y a algunos amigos cercanos, entonces ese proceso es aún más intenso. Yo suelo decir que los libros que se leen sirven para darse una vuelta por la propia vida. Pues cuando escribes sucede lo mismo. En “Días de Nevada” yo me he dado una vuelta y me he encontrado cosas de todo tipo. Me he encontrado, por ejemplo, situaciones humorísticas, como un viaje que hice con mi madre por Italia, pero también me he enfrentado a la  muerte de uno de mis mejores amigos.

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– En cierto modo se puede decir que te fuiste muy lejos para llegar muy cerca, ¿no? En la novela hay una mirada hacia atrás: hacia la juventud, la adolescencia, la infancia.

– Eso es. Yo nunca había había hablado tanto de la adolescencia, de los amigos del narrador, esos amigos que acuden a los bailes. Recuerdo un libro de Manuel Leguineche, al que conocí un poco, que se titula “El camino más corto”, donde se dice que el viaje más corto para encontrarse uno mismo puede dar la vuelta al mundo. Yo creo que salir fuera puede ayudar mucho. No llegué a acabar un poema que decía: “Cómo me gustaría disfrutar de la nieve que está cayendo, pero es que en medio tengo una factura que debo pagar a Iberdrola. Cómo me gustaría disfrutar del recuerdo de la conversación que tuve contigo, pero es que tengo que dar una conferencia…” Siempre hay algo en medio que te impide pensar bien, sentir bien. Siempre hay interferencias. Y salir de lo habitual puede romper esa dinámica. Yo fui a Nevada por azar. Había una persona que tenía que ir a impartir un curso a una universidad, cayó enferma y no se encontró a otro profesor que la sustituyese. Yo no tenía nada que ver con el asunto de las clases. Mi única obligación era, por decirlo de alguna manera, que escribiese un libro. Fue un tiempo estupendo para pensar, observar, escribir, pasear. Me trasladé a Nevada con mi familia y mi mujer aprovechó la ocasión para investigar sobre la emigración vasca al lejano oeste. A mí todas sus pesquisas me vinieron muy bien porque me ofrecían los datos, la seguridad necesaria, para afrontar esta novela.


– Lo primitivo y lo salvaje que está en Nevada, lo podemos encontrar también en los paisajes de los bosques del territorio de Obaba, en los caseríos de los leñadores. El contacto con la naturaleza, con los animales, se da en las dos partes, y, asimismo, la violencia. En esta novela hay todo el rato una violencia soterrada. Parece que la gente la tiene asimilada y vive con ella, eso sí, en permanente alerta, bajo vigilancia. También en el País Vasco la gente se acostumbró a vivir con la violencia.

– Sí, pero las dos violencias son muy diferentes. En el País Vasco la violencia parte de una teoría sobre cómo tiene que ser el mundo vasco y actúa desde ahí. La teoría es cada vez más delirante, pero siempre hay como una posibilidad de entender o de saber por dónde viene esa violencia. En los años 80, por ejemplo, según esa teoría, un guardia civil tenía mucho más riesgo que un profesor de universidad. Pero en EEUU, concretamente en el oeste, que es lo que yo conozco, se trata de una violencia que no proviene de una teoría sobre cómo tiene que ser Estados Unidos. Hay algunos casos, como el del célebre Unabomber, pero son rarísimos. La violencia es de otra índole y es más insidiosa porque es la violencia de los monstruos: del depredador, del violador, del asesino sexual. Es una amenaza constante. Si no habías pensado en ella te sientes obligado a hacerlo, porque vas a comprar pan y a la entrada del supermercado hay una especie de galería llena de fotos de niñas desaparecidas. Y luego vas a un parque y en ese parque, junto a los columpios, hay una placa en recuerdo y como homenaje a los niños desaparecidos en ese lugar. Puedes decir que los americanos son muy aparatosos y lo exageran todo, pero cuando vives allí y ves como esos intentos de violación, el rapto y posterior asesinato de una joven, se producen en tu propia calle, frente a tu casa, entonces… De repente, lo que antes eran paneles, fotografías y avisos, ahora está ahí, delante de tus narices, y entonces ese miedo se hace presente. Nosotros lo vivimos de cerca y constatamos que concretamente el miedo a la violencia sexual es el mayor miedo de los estadounidenses.

– También son frecuentes los casos de francotiradores, a los que se hace referencia en la novela.

– Sí. La verdad es que haber viajado con mis hijas fue una suerte para percibir todo esto, para la novela, en definitiva. ¿Quién puede imaginar, si no lo vive, que en los colegios se hagan simulacros por si hay que enfrentarse a algún francotirador? Lo del fuego puedes entenderlo y lo de los osos, que bajan de las sierras y se acercan al pueblo en busca de alimentos, también. Pero que se tenga tan asimilado lo de los francotiradores… Todo eso está ahí. Y explica el hecho de que pueda celebrarse una fiesta de cumpleaños sin que acuda ningún niño, ningún compañero de colegio. Hay mucho temor, mucha desconfianza. Los niños casi no se ven por las calles. Nosotros ya llevábamos seis meses viviendo allí y conocíamos a la gente cuando celebramos una fiesta. Aún así los niños no vinieron solos sino acompañados por algún adulto.

En EEUU, concretamente en el oeste, que es lo que yo conozco, se trata de una violencia que no proviene de una teoría sobre cómo tiene que ser Estados Unidos. Hay algunos casos, como el del célebre Unabomber, pero son rarísimos. La violencia es de otra índole y es más insidiosa porque es la violencia de los monstruos: del depredador, del violador, del asesino sexual. Es una amenaza constante. Si no habías pensado en ella te sientes obligado a hacerlo, porque vas a comprar pan y a la entrada del supermercado hay una especie de galería llena de fotos de niñas desaparecidas.

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– Hablamos de una sociedad atemorizada y en la que es muy fácil disponer de un arma.

– Sí. Todo esto tiene que ver con la soledad, con el aislamiento, y luego con una realidad a la que le estoy dando muchas vueltas y sobre la que algún día escribiré algo. ¿Es el pederasta uno de los principales sujetos del siglo XXI? Esta pregunta podría ser el arranque. Se trata de una reflexión muy del presente. La imagen que antes teníamos de los asaltos sexuales correspondía a sujetos muy agresivos, muy marginales, pero, de pronto, nos encontramos con el perfil de un ministro o del mismo presidente del Fondo Monetario Internacional. Aquí está pasando algo. Ese pederasta que pulula por ahí no es un sujeto minoritario. En cierto modo simboliza algo de la época a la que estamos llegando. Se trata de gente que vive fuera de la ley y que no va a la cárcel, que está tan tranquila, que se siente protegida por su situación de poder. A mí éste me parece un tema terrible. En estas sociedades vemos que cada vez hay más delincuentes, y no me refiero sólo a los depredadores sexuales, que viven en los mejores edificios de las ciudades, sintiéndose inmunes ante la ley, para nada amenazados. Son como modelos, como iconos de los nuevos tiempos. En el Parlamento a los políticos se les llena la boca con palabras como democracia y ley. Nos lo venden como si viviéramos en paraísos, como si los derechos fueran los mismos para todos, pero nada más lejos de la realidad.

En estas sociedades vemos que cada vez hay más delincuentes, y no me refiero sólo a los depredadores sexuales, que viven en los mejores edificios de las ciudades, sintiéndose inmunes ante la ley, para nada amenazados. Son como modelos, como iconos de los nuevos tiempos. En el Parlamento a los políticos se les llena la boca con palabras como democracia y ley. Nos lo venden como si viviéramos en paraísos, como si los derechos fueran los mismos para todos, pero nada más lejos de la realidad.

– Está claro que sin lo que has vivido hasta ahora te habría resultado imposible escribir esta novela. Por debajo de todo el recorrido late la pérdida, el modo en que nos afecta, nos influye y nos transforma como personas la pérdida de los seres queridos.

– Sí. Cuando yo empecé a escribir me costaba muchísimo llegar a las cien páginas porque me daba la sensación de que no tenía materia, no tenía vida, no tenía experiencia. Quería escribir sobre un hospital o hablar de una operación quirúrgica y no sabía como hacerlo. Tampoco tenía una conciencia clara de lo que eran los padres, porque no era capaz de verlos más allá de su uniforme, de su rol. En ese sentido, la experiencia, los años vividos, son una maravilla, un don, un regalo que te hace el tiempo. A lo mejor hay otros, mucho más listos que yo, que son capaces de captar los sentidos de las cosas desde el principio, pero no es mi caso. Yo con los años lo he ido entendiendo todo con mayor claridad y ahora reacciono de una manera menos furibunda ante determinados asuntos. Está claro que este libro no lo habría podido escribir antes, en absoluto. Hay un momento en el que digo, con un cierto humor negro, que la vida responde a todas las preguntas, pero, claro, hay que darle tiempo. Suelo hacer el chiste de que tal vez en la siguiente vida, en la segunda, pueda llegar a entender ciertas cosas. Es así. Hay que vivir a ras de experiencia y hay que seguir buscando. Yo descreo cada vez más de la teoría. De joven leía teorías y teorías y ahora para nada. Y si se trata de sociología, solamente la palabra ya me produce dolor de cabeza. La sociología no explica nada. Uno entiende el mundo a través de la propia experiencia y de la de los cercanos, aquellos a los que conoces bien. No llegamos a comprenderlo todo, pero sí algunas cosas.

– ¿La distancia que supone esta novela, la distancia que supuso el viaje que se narra, te hizo contemplar la realidad del País Vasco de otra manera?

Me olvidé muy pronto del País Vasco que acababa de dejar, el del 2007. Creo, en general, que bastan dos semanas sin información, sin el periódico que lees habitualmente, sin tu emisora, sin la gente con la que normalmente te encuentras, para librarte de lo que hasta ese momento ha sido tu mundo. La sensación es entonces de ligereza, como si hubieras dejado una mochila que llevabas pegada a la espalda. Además, haces hueco, se crea un espacio que antes ocupaba el día a día, y tienes la oportunidad de pensar en tus cosas, en tus propias historias. Aparte de eso, hay que tener en cuenta que el oeste americano está lleno de vascos que vienen de otra historia, vascos que, por ejemplo, no han conocido los tiempos de ETA. Ir al Lejano Oeste es encontrarte con otro País Vasco. Mi mujer, Asun Garikano, acabó publicando un libro titulado “Far Westeko Euskal Herria”, “El País Vasco del Far West”. Es exacto. Hay un País Vasco allí. Yo pensé en aquel, no en el que acababa de dejar.

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– En ese viaje hacia el oeste, siguiendo las huellas de esos vascos que antes que tú sintieron el extrañamiento de lo lejano, destaca el personaje del boxeador Paulino Uzcudun, una figura que te permite ir hacia uno de tus temas recurrentes: las víctimas que se convierten en verdugos, los pobres que llegan a dar la mano al poder.

– Así es. El personaje de Uzcudun es uno de los que yo he perseguido durante media vida literaria. Se trata de una de esas figuras que van hacia el símbolo porque, por algún motivo, expresan mucho más que cualquier biografía particular. Uzcudun forma parte de la historia de mi padre, de la mía propia y de la de muchos vascos que nacimos en un lugar apartado, rural, pobre. El partió de ahí e hizo un recorrido vital espantoso. Yo imagino que, en esa misma época, otro vecino suyo que hubiera ido a trabajar a una fábrica, que hubiera tenido una ideología obrerista, jamás habría seguido ese trayecto, pero él es de esos hombres que el poder necesita tener y mostrar como un trofeo, uno de esos seres que se muestran encantados con la adulación. Todo es adulación hasta el momento en que pierden las fuerzas, el brillo, en que ya no valen para sostenerse sobre el ring. Entonces se sienten abandonados, engañados, y acaban mal porque no tienen una ideología para defenderse. Hay una película, “Juguetes rotos”, de Manuel Summers, que trata de esto y donde se incluye a Uzcudun, pero, en mi opinión, el personaje no está bien visto.

– Lo de la necesidad de tener una ideología resulta muy interesante.

– Sí. Es esencial. Lo que le pasó a Uzcudun no le sucedió a Cassius Clay, a Muhammad Ali, que procedía de una familia con una cierta formación. En su caso había una ideología. La diferencia, el salto entre ambos, es abismal. Uzcudun acabó siendo un fascista y, probablemente, haciendo todo tipo de barbaridades en la guerra, mientras que Muhammad Ali, que fue una especie de Dios en el mundo entero, decidió no ir a Vietnam. Se trata de una persona luminosa frente a otra absolutamente oscura. Luego está el caso de Urtain, que era muy buena persona. Urtain no tenía ideología ni tampoco el espíritu malvado que podía tener Uzcudun, y acabó destruyéndose. Lo que yo cuento de Paulino Uzcudun forma parte de mi autobiografía, no lo he leído en los periódicos. He ido oyendo hablar de él toda la vida, desde los dos años. Mi padre lo conoció y en mi pueblo natal ha estado siempre muy presente. Con el tiempo tendemos a olvidarnos de las circunstancias, de las cifras… Cuando Uzcudun ganó el campeonato de Europa fueron los reyes a verle, imagínate. Y con la noticia de alguno de sus combates en América “The New York Times” llegó a vender cientos de miles de ejemplares. ¿Cómo asimila todo eso un hombre sin formación, sin ideología, que salió de su pequeño caserío? La gente habla, los profesores universitarios teorizan a veces a la contra, pero yo estoy convencido de que lo mejor que nos puede pasar es tener una ideología. Cuando recibo la noticia de que mi hija es del bloque feminista, me alegro, porque si tienes un eje firme te mantienes alrededor de él. Puedes estar equivocado, pero no pueden llevarte y traerte como si fueras un pelele. Se trata de mantenerse en la posición elegida. En los tiempos en los que la gente iba tanto a la cárcel en el País Vasco, por ejemplo, los que tenían ideología aguantaban la cárcel perfectamente, pero los que carecían de ella podían llegar a volverse locos.

– Y luego están los Laxalt, que son muy importantes en la novela y que representan a otra parte de los vascos que emigraron al oeste americano.

–  Sí. La verdad es que resulta muy curioso. Vuelvo a lo que decía antes. Yo fui a Nevada y me encontré con la memoria de unos vascos de antes de ETA y de antes de la guerra. Eso me ha reconfortado mucho. Fíjate que el estereotipo de los vascos es el de ser una gente no muy alegre, sin puta gracia. Esa es la imagen, la que recoge esta película que está teniendo tanto éxito, “Ocho apellidos vascos”. Pero tú vas a Estados Unidos, dices que eres vasco y de inmediato empiezan a hablarte de los alegres vascos, los vascos que siempre están cantando y bailando. Esa es la idea que se tiene allí. Eso nos lleva a pensar en los vascos de antes de la Guerra Civil, de antes de ETA, de antes incluso de la Segunda Guerra Mundial.  Son vascos sin esa violencia intermedia en sus vidas y para mí saber de ellos fue una especie de bálsamo. En Nevada me encontré con una gente que me era familiar, que tenía una relación con mi lengua. Una gente no sólo maja, maravillosa, sino con una historia detrás de la que nosotros debemos aprender. La mujer del pastor  Dominique Laxalt, por ejemplo, nunca quiso volver al país vasco porque era hija natural. Lo había pasado tan mal siendo hija natural en ese País Vasco lleno de curas y re-curas que cuando llegó a EEUU apreció la acogida en una sociedad sin tanto moralismo. Episodios así me enseñan cómo ha sido el País Vasco, me dicen que mi tierra también ha sido eso.

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– En cierto modo el retrato de tu madre refleja, de manera simbólica, lo que cuentas. Ella es la mujer alegre, siempre un poco niña, que disfruta contando historias, hasta el momento en el que se llevan a su hijo a la cárcel. Es un momento dramático, muy fuerte, en la novela.

–  Sí. Por primera vez en mi vida he contado una escena con tanto realismo, tal cual fue. En “Días de Nevada” hablo todo el rato de lo que conozco: de mis amigos, de la gente del colegio, de la gente de mi pueblo, pero siempre hay una cierta recreación. En este capítulo cuento exactamente cómo fue la detención de uno de mis hermanos, que estuvo en la cárcel por pertenencia a ETA. El encierro no fue demasiado largo, menos de tres años, porque salió con la Amnistía que siguió a la muerte de Franco. Esa escena siempre ha permanecido grabada en mi memoria: los guardias civiles que entraron en nuestra casa de noche; la metralleta de uno de ellos que cayó al suelo y cuyas balas se desparramaron por las baldosas; mi padre que salió con un pijama verde horroroso… Para mi madre fue un horror. ¿Qué podía imaginar? Mi hermano siempre ha pertenecido a esos entornos. Es parte de la historia de la familia. Una parte que he visitado en tres, cinco páginas, a lo sumo, nada más.

– No hay demasiados libros que afronten estos asuntos desde ese lado de las familias, de su desgarro.

–  Así es. Hay tantas cosas de las que se ha hablado tan poco… Yo digo que son las cosas que he de contar en la segunda vida. Qué poco se ha hablado, sí, de esos padres vascos, de caserío, que son ultracatólicos, que creen en los diez mandamientos de verdad, y que de pronto se enteran de que su hijo está poniendo bombas que matan. Eso supone un caos para ellos, una rotura vital absoluta. Qué poco se ha hablado de esos padres que son de Trujillo, de Cáceres, y que se encuentran con que sus hijos están metidos en todos esos líos. En los autobuses que llevaban a los familiares a visitar a los presos de ETA en las cárceles repartidas por España, había historias increíbles. Ahí podía coincidir una pareja de extremeños, padre y madre, con otra de caserío que ni siquiera sabía hablar castellano. Lo que hay en la parte trasera de todo esto ha sido muy fuerte. Para mí, afortunadamente, todo se ha acabado ya. Espero que me dejen pasar página, porque últimamente todo lo referente a la tregua, a los presos, está siendo tremendo también. Da la sensación de que es algo de lo que ya no te puedes librar en la vida. Y yo ya no tengo tanto tiempo, no pienso seguir dándole vueltas a este asunto. En cierto modo, estas páginas tan biográficas que he escrito son una especie de cierre. Hace poco tuve la oportunidad de hacer una entrevista a la madre de Juan Paredes, “Txiki”, un extremeño de orígenes pobrísimos, miembro de ETA, que fue uno de los últimos fusilados del franquismo y se convirtió en una especie de mártir. Se ha publicado en el último número de la revista “Erlea”, que edita la Academia de la Lengua Vasca [el número está dedicado al exilio, a la tristeza, al dolor que generan determinados conflictos, al símbolo de las flores]. Fue, también, algo muy significativo para mí.

Qué poco se ha hablado, sí, de esos padres vascos, de caserío, que son ultracatólicos, que creen en los diez mandamientos de verdad, y que de pronto se enteran de que su hijo está poniendo bombas que matan. Eso supone un caos para ellos, una rotura vital absoluta. Qué poco se ha hablado de esos padres que son de Trujillo, de Cáceres, y que se encuentran con que sus hijos están metidos en todos esos líos. En los autobuses que llevaban a los familiares a visitar a los presos de ETA en las cárceles repartidas por España, había historias increíbles. Ahí podía coincidir una pareja de extremeños, padre y madre, con otra de caserío que ni siquiera sabía hablar castellano. Lo que hay en la parte trasera de todo esto ha sido muy fuerte.

– ¿Cómo te sitúas ante el presente? La situación ha cambiado. Pero da la impresión de que en el resto de España se ha digerido muy rápidamente todo el conflicto de ETA, cuando aún quedan muchas heridas, muchos temas de fondo por resolver.

– No sé si en España se digiere nada. La Guerra Civil, por ejemplo. ¿Se ha digerido? La gente que trata de hallar la verdad de lo que pasó, los que trabajan en lo que se viene a llamar “Memoria Histórica”, no lo tiene fácil. Los poderes fácticos no quieren enfrentarse al pasado. Lo mismo parece que va a pasar con ETA y con todo lo que ocurrió alrededor de ETA.

– Volvamos a Estados Unidos. En la novela también aparece Barack Obama antes de ser presidente, cuando daba mítines a los que tú tuviste la oportunidad de asistir, mítines en los que se palpaba la esperanza, el deseo de cambio. ¿Qué ha pasado para que toda esa esperanza se haya tornado en decepción?

– He leído en alguna parte que “euforia” era, en el origen, la palabra que designaba la fuerza o la energía necesaria para hacer frente a un sufrimiento, a una mala situación. Yo vi esa euforia en los caucus y en los mítines, y pregunté a mis amigos vasco-americanos si de verdad tenían esperanza y creían en el cambio. Algunos la tenían, y me hablaban de la importancia que, por ejemplo, podía tener Obama en la renovación de la judicatura o en la política exterior de Estados Unidos. Hubo, sin embargo, personas que se reían de esa posibilidad de cambio. El dinero que financiaba los enormes gastos de las campañas venía de las grandes empresas, de las corporaciones financieras. El margen de maniobra de los políticos era muy pequeño. Como bien sabemos, eran los segundos los que tenían razón, los que no se dejaban llevar por la euforia.

“Días de Nevada”, de Bernardo Atxaga,  ha sido publicado por la editorial Alfaguara.

-Todas las fotografías fueron tomadas por Nacho Goberna en el transcurso de la entrevista.  © Nacho Goberna. 2014

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NO TE LO PIERDAS: En Lecturas Sumergidas estamos muy agradecidos a Bernardo Atxaga por habernos cedido para su publicación en primicia -nunca antes habían sido publicado en medio alguno- el comienzo de “Último sueño”, en sí mismo un sugerente relato cargado de significados que ve la luz por primera vez en esta revista, así como otras dos piezas: “El búho” y “El mapache”, que aparecen en la edición en euskera de su última novela, “Días de Nevada”, pero no en su versión en castellano. Aquí las presentamos traducidas para nuestros lectores. Pulsa aquí para leerlo.

 


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