De las prosas de Wislawa Szymborska a las de Sylvia Plath

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Por Emma Rodríguez © 2017 / “Lo digo de corazón: soy una persona anticuada y creo que leer es el pasatiempo más hermoso creado por la humanidad”. Quien lo declara es Wislawa Szymborska, que sigue argumentando: “El Homo ludens con un libro es libre. Al menos, tan libre como él mismo sea capaz de serlo. Él fija las reglas del juego, subordinado únicamente a su propia curiosidad. Puede permitirse leer no sólo libros inteligentes de los que aprenderá cosas, sino también libros estúpidos de los que algo sacará. Es libre de no leer un libro hasta la última página, y de empezar otro por el final e ir retrocediendo. Puede echarse a reír en un punto no destinado a ello o, de repente, detenerse ante unas palabras que recordará durante el resto de su vida. Y, finalmente, es libre –y ningún otro pasatiempo puede ofrecerle esto– de escuchar de qué habla Montaigne o de zambullirse en el Mesozoico por un instante”.

No he encontrado una mejor manera de abrir esta Ventana, ya con aire primaveral, que transcribir las palabras de la Premio Nobel polaca. Durante días he ejercido mi libertad, mi absoluta libertad a la hora de elegir un libro (sus Prosas reunidas, publicadas por el sello Malpaso). He decidido pasar un tiempo sumergida en las páginas de esta recopilación de crónicas escritas durante décadas, con destino a la prensa, por esta maravillosa poeta que fue dando cuenta de sus lecturas, lecturas muchas veces no obligatorias que acometió por curiosidad, con el fin de reflexionar sobre los asuntos más variados, con el afán de no cerrar ninguna puerta. He estado acompañada estas últimas semanas de Szymborska y de otra poeta que también escribió prosa, la enigmática y atormentada Sylvia Plath, cuyos escritos, relatos cortos, artículos de tono periodístico, páginas de sus Diarios, ha recogido Nórdica Libros bajo el título de una de sus narraciones, La caja de los deseos.

He ido pasando de Szymborska a Plath, de Plath a Szymborska, siguiendo el consejo de la primera de avanzar libremente por la senda de las lecturas. Me llamó la atención la coincidencia de ambas publicaciones en descubrir aquellos escritos por los que son menos conocidas las escritoras. Quise hallar similitudes, trazar puentes entre estas dos mujeres que, a pesar de la distancia, de las diferencias, tuvieron el privilegio de llegar a experimentar esos momentos de fugaz clarividencia, de ahondamiento, que proporciona la poesía. Precisamente de ello hablan las dos en sus escritos, prestas a contrastar géneros, preocupadas por encontrar las razones por las que algunos creadores están más dotados para la narrativa y otros para los versos. “¡Cómo envidio al novelista!” (…) Su negociado es el tiempo, cómo se proyecta hacia delante, cómo empuja hacia atrás, florece, decae y se expone doblemente. Su negociado es la gente en el tiempo (…) Si quiere puede coger un siglo, una generación, un verano entero”, reflexiona, comparándose con los narradores, mejor, narradoras, porque confiesa que siempre busca paralelismos con otras mujeres que escriben, que cultivan la larga distancia, mientras que ella, como poeta, sólo puede coger “un minuto, más o menos”.

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No habla de poemas épicos, aclara Plath en este ensayo en el que me he detenido, titulado precisamente Comparación. Se refiere “al poema más o menos pequeño, oficioso, de andar por casa” y lo describe del siguiente modo: “Se abre una puerta, se cierra una puerta, en medio has vislumbrado algo: un jardín, una persona, una tormenta, una libélula, un corazón, una ciudad”, recurriendo después a la imagen de los pisapapeles redondos de cristal, que guardan determinadas escenas en su esfera transparente, escenas que cambian en cuanto se le da media vuelta al objeto. “Así sucede el poema. ¡Y qué poco sitio hay en realidad! ¡Qué poco tiempo! El poeta se convierte en un experto en hacer maletas…”, argumenta.

Y más adelante leemos: “Si el poema es concentrado, un puño cerrado, la novela es relajada y expansiva, una mano abierta: tiene caminos, desviaciones, destinos; una línea del corazón, una línea de la cabeza; la moral y el dinero entran en ella. Donde el puño excluye y aturde, la mano abierta puede tocar y abarcar mucho en sus viajes…

Declara Plath que no le preocupa que sus poemas lleguen a poca gente. “En realidad, lo sorprendente es lo lejos que van; entre desconocidos, incluso alrededor del mundo. Más lejos que las palabras de un maestro de escuela o que las recetas de un médico; si tienen suerte más allá de una vida”, cierra de esta manera tan bella el ensayo. Mientras, yo dejo a un lado el volumen y abro las Prosas reunidas de Wislawa Szymborska buscando alguno de los textos en los que también ella se refiere al ejercicio poético y lo compara con los otros lenguajes literarios. “Hay algo irritante”, declara, “en la manera en que algunos poetas escriben sobre la poesía. Escriben como si esta albergase aún secretos absolutamente inalcanzables para los otros géneros. Los poetas siempre se han mostrado proclives a tratar la poesía como si esta fuese el alfa y el omega de la literatura, y ciertamente ha habido períodos en que se ha tratado de confirmar esta convicción. Pero eso ya está pasado de moda. La poesía sigue viva y, ciertamente, no es un género menor. Sin embargo, me parece poco prudente concederle esa incontestable superioridad a la hora de percibir y sentir en comparación con la prosa literaria o el teatro”.

Declara Plath que no le preocupa que sus poemas lleguen a poca gente.En realidad, lo sorprendente es lo lejos que van; entre desconocidos, incluso alrededor del mundo. Más lejos que las palabras de un maestro de escuela o que las recetas de un médico; si tienen suerte más allá de una vida

Vierte estas opiniones la escritora a partir del análisis del ensayo Mito y poesía del serbio Miodrag Pavlovic. Y en otra de sus crónicas, sobre los Diarios íntimos de Baudelaire, pone de manifiesto su complicidad con el autor de Las flores del mal porque creía en la poesía por encima de cualquier cosa, porque zanjaba sin vacilar lo que pertenecía a la poesía y lo que era propio de la prosa. “¿Acaso soy una entusiasta de Baudelaire? Más bien es admiración. Trató de vivir solo para la poesía y, en definitiva, esta lo era todo para él, la dicha entre la desdicha, la huida, la salvación…”, expone Szymborska, haciéndonos percibir su identificación con la actitud del poeta. Si la característica de todos los textos que componen el libro de prosas del que os hablo ( más de 500 páginas, repartidas en distintos tomos en una edición anterior de Alfabia) es un cierto distanciamiento irónico, en ocasiones la autora se retrata y muestra algunas de sus preocupaciones más hondas, sacando a la luz los temas esenciales de su obra poética, por ejemplo ese “humanismo” que señala en el prólogo Manel Bellmunt Serrano, quien apunta también la idea que tanto transmite la autora en sus escritos de que “nuestra existencia es un misterio insondable, uno maravilloso, frente al que únicamente podemos encogernos de hombros y experimentar su riqueza y diversidad”.

Cualquiera puede disfrutar con esta entrega de la Nobel polaca, con su tono ligero, con la variedad de sus reflexiones y asuntos de interés, pues nada escapaba a su mirada, ni la ciencia, ni la Historia, ni la moda, ni las costumbres, ni la naturaleza, ni, por supuesto, la creación en todas sus vertientes. Muchas veces, como ella misma explica en una nota preliminar, son los libros no valorados ni recomendados; los meramente divulgativos, de autoayuda, de temática frívola, los que llaman su atención y despiertan su curiosidad. Siempre encuentra un enfoque, un dato, un hecho capaz de despertar su sentido crítico, su talante divagador. Cualquiera, repito, puede disfrutar de sus columnas, pero, sobre todo, aquellos adictos a su poesía, porque encontrarán preocupaciones, imágenes, circunstancias, miradas, querencias, propias de una obra que, como señala Bellmunt Serrano, dialoga con el lector desde su sencillez y su tono intimista, casi confesional.

Si esto sucede con Wislawa Szymborska, se hace mucho más evidente con Sylvia Plath, quien derramó sus emociones, sus sentimientos, sus contradicciones, en todo lo que escribió, siendo para los especialistas un auténtico manantial de información las páginas de sus Diarios que se han conservado, incluso su obra de ficción, siempre deudora de la propia biografía. En La caja de los deseos encontramos algunos capítulos memorialísticos como Rose y Percy B o Notas de Cambridge, que permiten conocer mejor a la escritora (el lector interesado puede ir a al volumen de sus Diarios completos, editado recientemente por Alba). Y descubrimos también breves ensayos periodísticos, con destino a distintas publicaciones, y  relatos, un género, que, como indica en el epílogo del libro el poeta Ted Hughes, quien fuera su marido, siempre le resultó complicado y nunca creyó llegar a dominar, aunque, en palabras de Hughes, “son mucho más interesantes de lo que ella pensaba”.

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La ambición de escribir relatos era la carga más visible de su vida. Según ella, tener éxito como escritora de relatos traería consigo las ventajas de un trabajo estupendo. Quería el dinero y la libertad que pueden acompañarlo. Quería el estatus profesional, como escritora bien pagada, como maestra de un oficio difícil, y como investigadora del mundo real (…) En sus diarios aparece constantemente el miedo a no disfrutar de todo eso de un modo innato, a tener que luchar por ello…”, seguimos la explicación del poeta.

Más allá de sus esfuerzos, de sus frustraciones, lo que percibimos quienes leemos a la Sylvia Plath prosista es que su sello personal, su particular mirada sobre sí misma, sobre las relaciones con los demás, sobre el mundo, esa originalidad que se percibe en su poesía, potente, intensa, compleja, perturbadora, está también en todo lo que escribió, aunque en ocasiones la autora de Ariel quiso ser otra cosa, amoldarse, escribir relatos aptos para las publicaciones de moda, para lectoras de revistas femeninas, cuentos sobre amas de casa a la búsqueda de la felicidad, como Día de éxito, de 1960, donde, a través de la ironía, se burla de ciertos estereotipos sobre la mujer e indaga en la inseguridad y los celos.

Ted Hughes nos pone en la pista de dos de las narraciones más interesantes de Plath, antesala de su única novela, La campana de cristal. Se trata de Las hijas de Blossom Street y Johnny Pánico y la Biblia de los Sueños. En estos dos relatos nos dice, es donde se encuentra “su voz más natural”, una voz que parte de sus más hondos conflictos, de sus constantes depresiones, de sus internamientos en clínicas y de su lucha constante por alcanzar la perfección en todo lo que emprendió y una cierta armonía en su vida. Una vida a la que, finalmente puso fin en febrero de 1963, en su casa de Londres (“Morir es un arte, como cualquier otra cosa, yo lo hago excepcionalmente bien…”, no puedo evitar recuperar estos versos de Lady Lazarus, uno de los poemas de Ariel).

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Merece mucho la pena leer estos relatos, pero yo me quiero detener en el que da título al libro, La caja de los deseos, un hermoso cuento sobre los celos y sobre el proceso creativo, ya que la protagonista siente celos de los sueños de su pareja y expresa su miedo a no poder habitar en ese mundo paralelo, a no ser capaz de imaginar, de crear.

Por supuesto, hay mucho de Plath en la entrega. Los celos están en el centro de su biografía y son parte fundamental en la atormentada relación que mantuvo con Ted Hughes, una relación pasional y destructiva que se ha analizado una y otra vez y sobre la que constantemente surgen nuevos detalles, sobre todo cartas (ha sido muy controvertida y criticada, la decisión de Hughes de hacer desaparecer muchas misivas y páginas de los cuadernos de Plath por considerarlas demasiado íntimas, demasiado reveladoras de los conflictos de la pareja). Pero volvamos al relato, que tanto dice de las búsquedas de Plath, porque ella es esa mujer que quiere soñar, crear, la misma mujer que encontramos en Notas de Cambridge, texto de sus cuadernos personales de 1956, el mismo año del cuento. “Lo que más temo, me parece, es la muerte de la imaginación (…) Lo que deseo es ese espíritu sintetizador, esa fuerza “que da forma”, la que brota prolíficamente e inventa sus propios mundos con más inventiva que Dios. Si me quedo quieta y no hago nada, el mundo sigue golpeando como un tambor flojo, sin significado. Tenemos que estar en movimiento, trabajar, soñar cosas a las que dirigirnos a toda prisa; la pobreza de la vida sin sueños es demasiado horrible de imaginar: ese tipo de locura es el peor...”

Repasé las palabras de Plath, hallé el puente entre sus reflexiones y La caja de los deseos una tarde apacible, la tarde que queda reflejada en las fotografías de Nacho Goberna que ilustran este texto. Tras una inmersión por separado en su obra y en la de Wislawa Szymborska, esa tarde decidí pasarla en compañía de ambas, repasando mis propias anotaciones de lectura, saltando de una a la otra. De la introspección, del carácter siempre biográfico de Plath, a la mezcla de profundidad y ligereza, el sentido del humor y el talante crítico de la poeta polaca en sus piezas de prosa. Son muchos mis textos favoritos de esas lecturas no obligatorias que fue acometiendo a lo largo del tiempo y que tanto dicen de sus gustos y aversiones, de su capacidad para ser ella misma y juzgar saltando por encima de los prejuicios, sin importarle razonamientos previos, argumentos establecidos. En una reseña sobre los Cuentos de hadas de Hans Christian Andersen defiende la autora la importancia de asustar a los más pequeños con los cuentos, porque los niños “sienten la necesidad natural de vivir grandes emociones”, algo que supo captar muy bien el escritor danés, quien “no solamente les hablaba de la gozosa aventura que es la vida, sino también de sus infortunios, las penas, y sus no siempre merecidas calamidades”.

El sentido del humor y el talante crítico de la poeta polaca Wislawa Szymborska asoman en sus textos en prosa, en esas lecturas no obligatorias que fue acometiendo a lo largo del tiempo y que tanto dicen de sus gustos y aversiones, de su capacidad para ser ella misma y juzgar saltando por encima de los prejuicios, sin importarle razonamientos previos, argumentos establecidos.

Andersen no hubiese sido tan gran escritor de no ser por su sentido del humor (…) Y, de la misma manera, creo que tampoco se hubiese convertido en tan gran moralista siendo él mismo la bondad personificada. Pues no lo era. Tenía sus caprichos y debilidades, y era un individuo difícil de soportar a diario…”, nos dice más adelante, aludiendo al alivio que sintió Dickens cuando, tras una visita corta, el adorado autor de tantos niños abandonó su casa.

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Fotografía por Emma Rodríguez

A Szymborska le gusta desmitificar, bajar del altar, poner sobre la tierra, a muchas figuras consagradas de la literatura y de las artes en general; demostrar que la grandeza de una obra no tiene que corresponderse con la de la persona; que muchas veces los defectos e imperfecciones, las debilidades de carácter, los desequilibrios, son los que conducen a la genialidad. Os remito, por ejemplo, a la reseña que hace de los Diarios de Thomas Mann, donde afirma que no era precisamente un santo y se pregunta “si existe acaso algo así como una literatura creada por santos”. Su fina ironía y sentido del humor se acentúan cuando elige leer libros de autoayuda y echar por tierra muchas de sus teorías. Es el caso de su divertido comentario de un manual titulado El pequeño libro de los abrazos, donde se dice que “las personas serían incomparablemente más felices si se abrazasen las unas a las otras más a menudo”. Szymborska enumera los distintos tipos de abrazo que se pueden definir: el abrazo “del oso”, el tipo “sandwich”; el “de costado”; el “por la espalda”… Y repasa argumentos desgranados en la entrega como el del altruismo, el  fortalecimiento del sistema nervioso, la ralentización del envejecimiento o el mantenimiento de una figura esbelta, porque se supone que quienes abrazan mucho tienden a comer poco. “¿Cómo iba a burlarme yo de promesas tan agradables como estas?, se interroga, y a continuación concluye manifestando su alivio porque la autora del libro viva lejos y no tenga que aguantarla como vecina y soportar sus continuos abrazos, porque de ser así se vería obligada a salir de casa a hurtadillas y buscar el momento oportuno de cruzar el jardín.

Muchas veces, os advierto, os encontraréis riendo al pasar las páginas de este libro en el que tampoco se priva la autora de arremeter contra volúmenes de moda y belleza que siguen promoviendo los estereotipos y roles tradicionales atribuidos a las mujeres, y donde también encontramos escritos que comparten el aliento de  su poesía, caso de Elogio de los pájaros, donde nos dice que le gustan los pájaros, entre otras muchas razones, porque “han revoloteado durante siglos dentro de la poesía polaca”. Entre mis favoritos, y ya para terminar, no puedo dejar de citar Lágrimas negras, muy especial en el conjunto porque puede leerse como un relato sobre un asunto que la hermana con Sylvia Plath, la perfección que se exige a las mujeres, los manuales de buenas maneras que actúan como auténticas mordazas. Szymborska señala: “en el camino hacia  la perfección, lo más sensato sería detenerse un par de pasos antes de llegar a la meta, porque puede resultar que más allá de ella solo haya precipicio” y, a continuación, pasa a contar una historieta leída en una revista francesa  donde se pregunta a distintos hombres por qué son infieles a sus mujeres. Una de las respuestas llama la atención de la autora y la lleva a reflexionar sobre cómo la imperfección, la vulnerabilidad, la torpeza, la autenticidad, pueden despertar el amor y la pasión, mucho más que la frialdad y rigidez de las normas, de los típicos consejos de buenas conductas y costumbres.

Pues bien, llegados a este punto, sólo me queda recomendaros la lectura de estas prosas de Wislawa Szymborska y Sylvia Plath, animándoos a seguir la enseñanza que extraemos de las palabras de la primera: Fijad,  como lectores inquietos, vuestras propias reglas de juego, siguiendo el mejor camino, el de la curiosidad, mezclando los libros, trazando paralelismos entre ellos, poniendo a sus autoras a dialogar. Sed libres de empezar por el final, por el medio, por donde queráis, de parar y retomar la lectura cuando os venga en gana. Reid y deteneros en una palabra, en una reflexión o pasaje que os permita imaginar, volar por vosotros mismos… Yo también, como Szymborska os digo, de corazón, que no me importa sentirme anticuada siempre que pienso que leer es “el pasatiempo más hermoso creado por la humanidad”.

“Prosas reunidas”, de Wislawa Szymborska, ha sido publicado por Malpaso, con traducción y prólogo de Manel Bellmunt Serrano.

La caja de los deseos“, traducido por Guillermo López Gallego, con epílogo de Ted Hughes, ha sido publicado por Nórdica Libros.

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Las fotografías las ha realizado Nacho Goberna en la plaza de Cristino Martos, mirador hacia la calle Princesa de Madrid.

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