Christophe Guilluy, bienvenidos al tiempo de la “no sociedad”

Por Emma Rodríguez © 2019 /

Este es el libro que tienes que leer si quieres entender mejor el mundo en el que vivimos”, me dijo recientemente un viejo amigo al que respeto y en cuyos criterios confío. Se refería a No society. El fin de la clase media occidental, del geógrafo francés Christophe Guilluy, publicado en España por Taurus. Llevada por la curiosidad, alentada por la conversación, que giró en torno a lecturas compartidas, no tardé en sumergirme en las páginas de un ensayo que recorrí con absoluta avidez, absorta en el trazado de un diagnóstico novedoso, nada convencional, incluso a contracorriente, de un presente complejo, lleno de contradicciones, en proceso de transformación.

Atento a la inmediatez, el autor lleva tiempo analizando los mapas de las geografías sociales, los desplazamientos ideológicos y culturales, los movimientos de indignación. Ha entendido y ha teorizado sobre el conflicto de los Chalecos Amarillos en Francia, un claro indicio de que la acción de los menos favorecidos puede provocar cambios; ha puesto palabras a la desafección creciente de los ciudadanos hacia la política tradicional, al desengaño de las clases populares en Europa y en otras partes del mundo, cada vez más precarizadas, más aisladas de las urbes, de los centros donde se genera el trabajo y el poder. Títulos anteriores sobre las fracturas sociales y la Francia de la periferia, han sido trechos en el camino que le han conducido hasta esta obra por la que vamos avanzando a tientas, percibiendo claros en la espesura, destellos de entendimiento, pero sintiéndonos al mismo tiempo aturdidos, cuestionados, zarandeados en cierto modo, porque el ensayista pone patas arriba conceptos y verdades asumidas, saltando por encima de lo políticamente correcto, obligándonos a reconocer los problemas de fondo, esos que normalmente no se identifican, que son ocultados, dejados de lado, fuera de los marcos mediáticos.

He leído este libro con avidez, sí, porque me ha señalado perspectivas que no había tenido en cuenta hasta ahora; porque me ha conducido a horizontes de percepción diferentes; porque me ha hecho sentir incómoda y considero que hay incomodidades que despiertan, que nos sacan de nosotros mismos y nos hacen avanzar hacia otras interpretaciones de la realidad, ampliando nuestros focos de atención, matizando y añadiendo nuevos elementos de análisis a nuestras opiniones. Christophe Guilluy (Montreuil, 1964), considerado como visionario y profético por una parte de la crítica francesa y que ha levantado también la animadversión de políticos e intelectuales que han tachado de simplistas sus postulados, de osada su teoría del fin de la clase media, maneja palabras y conceptos nuevos, capaces de nombrar situaciones y hechos que observamos alrededor, en las ciudades en las que vivimos, en los entornos cotidianos en los que nos movemos, pero que aún no somos capaces de percibir en su totalidad, con sus posibles derivas y consecuencias.

Avanzamos a tientas por las páginas de «No society» sintiéndonos tiempo aturdidos, cuestionados, zarandeados en cierto modo, porque el ensayista pone patas arriba conceptos y verdades asumidas, saltando por encima de lo políticamente correcto.

Agitar y abrir el debate es lo que consigue, desde el primer momento, este ensayo que da la bienvenida a la época de la “no sociedad”, atisbada ya por Margaret Thatcher en 1987, cuando pronunció la frase que da título a la entrega: “There is no society” , frase extraída de un discurso en el que defendía las políticas de privatizaciones y recortes frente a quienes mantenían la fe en la defensa de los derechos sociales. “Esta visión profética anunciaba la gran secesión, la del mundo de arriba, que, abandonando el interés común, iba a hundir a los países occidentales en el caos de la sociedad relativa”, argumenta el ensayista.

El hundimiento del estado del bienestar no admite dudas, y ante su evidencia los de abajo, los que no tienen poder económico ni representación política; los que han sido precarizados y dejados de lado, ejercen una presión sobre el mundo de arriba, que en vez de reaccionar buscando soluciones se mantiene a la defensiva y se atrinchera geográfica y culturalmente. Esta es, a grandes rasgos, la tesis que plantea Christophe Guilluy, quien, de forma absolutamente convincente, va identificando los signos que indican “el agotamiento de un modelo que ya no forma sociedad”, entre otros: “la crisis de la representación política, la atomización de los movimientos sociales, las burguesías que se encierran en sus fortalezas, las clases populares que se asilvestran, el comunitarismo (“segregacionismo étnico”)...”

La imagen del mundo de las periferias, que ha emergido sobre las ruinas de la clase media, es clave para entender su planteamiento. Todos hemos aceptado ya que el número de pobres crece mientras los más ricos (apenas el 1% de la población) se siguen enriqueciendo, pero aún creemos que los excluídos son una minoría; que habrá caridad para ellos; que nada debemos temer, si aún tenemos trabajo, casa, cierto margen de maniobra; que lo que lo que sucede, lo que le está sucediendo a la clase media, a las sociedades occidentales, es simplemente la consecuencia de las necesarias mutaciones y adaptaciones que exige la sociedad mundializada.

Ante la evidencia del hundimiento del estado del bienestar los de abajo, los que han sido precarizados y dejados de lado, ejercen una presión sobre el mundo de arriba, que se mantiene a la defensiva y se atrinchera geográfica y culturalmente.

Con excepciones, este es el análisis que hacen las clases política, mediática y académica, análisis que transmite una representación social tranquilizadora y políticamente correcta”, sostiene el ensayista. Pero “el mito de la clase media integrada y en fase de ascensión social” está siendo desmontado por la cruda realidad. “Después de los obreros, los empleados y los campesinos, hoy son las profesiones intermedias y los jubilados los que sufren los efectos negativos de la globalización”, nos dice, identificando, como resultado de ese proceso, el auge de la marea populista que crece sobre todo en las periferias, el “nuevo mundo de las periferias”, alejado del empleo y las riquezas, conformado por una geografía social muy diversa: zonas castigadas de las grandes urbes, entornos rurales, ciudades pequeñas y medianas donde escasea el trabajo…

Guilluy habla de la oleada de populismos de diversa índole, pero su posición no es la crítica a los ciudadanos que han optado por esos caminos, sino la necesidad de entender sus actitudes, su respuesta ante la falta de soluciones por parte de los gobiernos, ante los vacíos discursos y políticas oficiales que nada quieren saber de cómo se vive en la exclusión, fuera del bienestar, en los márgenes. Escribo márgenes y pienso que los márgenes cada vez se están ampliando más. Tal vez me haga entender mejor si me refiero a circunstancias de las que hablamos cada día: las dificultades para llegar a fin de mes, los trabajos basura, la naturalidad con la que nos vemos obligados a abandonar las ciudades porque la vida en ellas se vuelve imposible.

Hecho este inciso, vuelvo a la reflexión, contundente, lúcida, del autor sobre la dinámica populista. “La clase con más poder ha procurado minimizar esta contestación del orden dominante presentándola como la reacción irracional marginal, de una minoría de deplorables, de obreros o analfabetos funcionales. En definitiva, un análisis poco convincente respecto a un proceso de desvinculación política y cultural masiva de la mayoría de las clases populares. El choque del voto a favor del Brexit, la elección de Donald Trump, la marea populista europea, la perseverancia de los votantes al Frente Nacional desde hace más de treinta años nos hablan de algo que no es solo el resentimiento de una vieja clase obrera condenada por la desindustrialización. Quienes se expresan así ya no son los márgenes de las sociedades occidentales, sino la sociedad entera a través de quienes ayer vivían el “American” o el “European way of life”.

Francia. Concentración de los Chalecos Amarillos.

Lo que hace el geógrafo es interpretar –aportando datos, mapas de población–  los acontecimientos desde un proceso de acercamiento a sus protagonistas, desde el análisis de fenómenos como la gentrificación y la bunkerización de las capas más elevadas de la sociedad, en gran parte de los países europeos, centrándose sobre todo en la situación francesa, que es la que mejor conoce. A lo que estamos asistiendo, expone es a la “ruptura violenta entre el mundo de arriba y el de abajo”. Por primera vez en la historia económica occidental, nos dice, “las categorías modestas ya no viven allí donde se crea el empleo y la riqueza, y, sobre todo, nunca más podrán vivir allí (…) en general estamos asistiendo a la cristalización de una geografía social cada vez menos igualitaria, donde las metrópolis se enriquecen mientras las periferias registran una reducción del empleo”.

A lo que estamos asistiendo es “nada menos que a la aparición de nuevos continentes, continentes populares y periféricos, los de la antigua clase media occidental. La réplica populista es la respuesta del mundo de los de abajo al mayor reajuste social de la historia, el de la antigua clase media occidental, un reajuste social provocado por la desaparición de las sociedades mismas”, sostiene,  haciendo hincapié en que el fenómeno ya no es coyuntural, como se afirma desde los medios de comunicación y el mundo académico, afanados en que no se visualice la desaparición de la clase media, la que representa a la mayoría, porque admitirlo sería reconocer y revelar “la debilidad de un modelo económico que no es capaz de darle forma a una sociedad”.

«La réplica populista es la respuesta del mundo de los de abajo al mayor reajuste social de la historia, el de la antigua clase media occidental, un reajuste provocado por la desaparición de las sociedades mismas”, dice Christophe Guilluy.

El infantilismo creciente de las sociedades occidentales, indica el autor, facilitan la invisibilización de las problemáticas de fondo. “Son incapaces de asumir e incluso de pensar en las nuevas conflictividades sociales”, declara. Ciertamente, reflexiono al hilo de sus palabras, es complicado cambiar de gafas y ver la realidad sin las cortinas de humo mediáticas, desde fuera de los habituales lugares comunes. Por eso me ha resultado tan interesante, tan estimulante, este libro que me ha llevado a entender, pero también a disentir con determinados aspectos y a plantearme numerosas preguntas: ¿Qué soluciones aporta Trump a los más desfavorecidos? ¿En qué mejorará la situación de los británicos medios con el Brexit? ¿Por qué confiar en las promesas de una ultraderecha cuyo alimento es fundamentalmente el odio? ¿Hasta qué punto las nuevas tecnologías, el control de los algoritmos, está influyendo en la voluntad de los votantes?

Muchos interrogantes quedan abiertos, como abierto está el marco temporal en que habremos de ir hallando las respuestas, pero si algo consigue este ensayo, como os decía antes, es llevarnos a comprender, a profundizar en las raíces de lo que está sucediendo, a identificar las causas y a matizar argumentos. “El Brexit o la elección de Trump no son accidentes de la historia política británica o de Estados Unidos, sino las claras consecuencias de una precarización (muy precoz en los países en que los entramados sociales son escasos y débiles) de la base de las clases medias británica y estadounidense”, señala Christophe Guilluy, quien se resiste a explicar estos resultados por causa de la injerencia de Rusia o la multiplicación de las fake news

Podemos estar más o menos de acuerdo con él (como periodista, yo le doy más importancia que él a la manipulación, a las noticias y a los mensajes basura; considerar su efecto no me parece tan estúpido), pero lo que resulta innegable es que su análisis nos ofrece un marco comprensible para entender por qué estamos donde estamos, cómo hemos llegado hasta aquí. Todo empezó con las políticas económicas neoliberales, iniciadas en la década de 1980.La desaparición de la clase media occidental es un proceso lento, poliédrico”, explica Guilluy, “que toma formas diferentes según los contextos económicos nacionales, pero que, en el fondo, en todas partes debilita las categorías que ayer representaban la base de una clase media integrada culturalmente y en una dinámica de ascensión social”.

El edificio empieza a desmoronarse. El modelo liberal hace aguas. Actualmente, hasta los líderes que se reúnen en Davos, cada vez más inquietos, empiezan a abandonar el dogma de la globalización feliz, pone de manifiesto el ensayista. Palabras como mutación y adaptación están siendo sustituidas por fractura, incluso por amenaza. Hasta Emmanuel Macron, “nuevo representante del mundo de arriba”, menciona la necesidad de “concebir unas nuevas reglas del bien común y una regulación mundial en materia de ecología, de salud, de educación y de formación”, porque, de lo contrario, “dentro de cinco o de diez años los nacionalismos triunfarán por todas partes”.

Pero, pese al reconocimiento de los hechos, las élites siguen resistiéndose a asumir los cambios necesarios, a recuperar el pacto social. Trump y Macron han sido dos transgresores, cada uno a su manera, constata el ensayista. Ambos han manifestado “la misma desinhibición, el mismo desapego respecto a la vieja oposición entre la izquierda y la derecha, la misma distancia  respecto a su propio campo ideológico”; ambos son “criaturas de una pospolítica tradicional (…), los dos saben que se mueven en un mundo en el que el margen de maniobra del político se ha reducido singularmente”, pero ni uno ni otro “alterarán el statu quo”.

Hasta los líderes que se reúnen en Davos, cada vez más inquietos, empiezan a abandonar el dogma de la globalización feliz. Palabras como mutación y adaptación están siendo sustituidas por fractura, incluso por amenaza.

En No society se analiza el proceso de un desmantelamiento progresivo. Se repasan las reconversiones industriales en distintos países, la masacre de la clase obrera, el comienzo de una corriente aniquiladora que ha seguido arrastrando a los campesinos y, en los últimos años, a empleados y trabajadores independientes, cada vez más empobrecidos, afectando al sector servicios, al comercio e incluso a los bancos. Indica el autor que “En Francia se estima que el 12 % de las agencias bancarias habrán cerrado antes del año 2020, un fenómeno del que también somos testigos en España. Sin embargo, “esta angustiosa realidad social”, transcribo las palabras de Guilluy, “está oculta por una comunicación positiva, la de las cifras de crecimiento, un crecimiento continuo que, como el progreso, no debe detenerse nunca. Cuando el crecimiento no se presenta, hay que ir a buscarlo “con uñas y dientes”, aunque sea endeudándose, es decir, cargando el impuesto sobre las generaciones futuras, porque lo importante es preservar la idea de un crecimiento continuo”.

Fotograma de la película «Yo, Daniel Blake» del cineasta británico Ken Loach, estrenada en 2016, que cuenta la historia de un desempleado de 59 años, con insuficiencia cardiaca, maltratado por los servicios sociales británicos.

Estamos ante una obra reveladora, que nos lleva a identificar el origen de las incertidumbres que nos atenazan, capaz de visibilizar, de dar forma, a los territorios en los que nos movemos; de alargar la mirada más allá de los velos opacos que provoca el exceso de información, la confusión reinante, la falta de análisis crítico de medios que apenas contrastan las declaraciones de los políticos, de los hacedores de opinión, incapaces de desenmascarar, o incluso fomentando, tantos datos y mentiras interesadas que se expanden desde los frentes del poder. Desde hace varias décadas el sagrado crecimiento “no se acompaña de mejoras laborales, lo que refuerza las desigualdades”, nos dice el autor. “En Estados Unidos, la regresión social alcanza dimensiones alarmantes…”, señala, aportando datos. Y dirige la atención a la clase trabajadora británica en la Inglaterra periférica, “esos territorios invisibles y alejados del gran Londres y de la City, que en 2016 votaron a favor del Brexit”; a los agricultores franceses relegados, abocados en muchos casos al suicidio, sin perder de vista tampoco la caída del nivel de vida de los jubilados y los funcionarios, cuya estabilidad “ha permitido limitar durante mucho tiempo la regresión social”.

Pero el análisis, el debate en torno a esas realidades, no ocupa, salvo excepciones, a los medios. Hay datos escalofriantes que no llegan, que no importan, a los todavía acomodados habitantes del mundo occidental. “Las políticas liberales no paran de recortar los presupuestos sociales y debilitan los servicios públicos, pero se multiplican los signos de una retirada del Estado”, expone el ensayista, quien se detiene en el caso de Grecia, donde un partido de izquierda, liderado por Alexis Tsipras, ganador en 2015 de las elecciones gracias al apoyo de las clases medias griegas, favorables a un urgente programa antiausteridad, se vio obligado a aceptar nuevos recortes en el gasto público. “El Eurogrupo prohibía a Grecia cualquier margen de maniobra, sobre todo en beneficio de los más modestos. Acababa de firmarse el acta de defunción de la vieja clase media griega (…) en 2017, se estima que un tercio de los griegos vivía bajo el umbral de la pobreza y que una cuarta parte estaba en el paro. La precarización castiga a los asalariados, pero también a los jubilados, cuyas pensiones se desploman…”, voy leyendo.

Christophe Guilluy no está descubriendo nada nuevo. Su mérito consiste en mostrar, a través del análisis certero, eso que está sucediendo, que tenemos delante de los ojos, pero que aún no somos capaces de descifrar en toda su amplitud, teniendo en cuenta las relaciones entre los hechos y las consecuencias. Apenas estoy desbrozando algunos de los aspectos que me parecen más interesantes de un análisis extenso, detenido, extremadamente clarificador, realizado sin tapujos. ¿Quién quiere ser un deplorable?, se pregunta el ensayista en un capítulo donde ahonda en las claves que durante mucho tiempo han determinado el sentimiento de pertenencia a la clase media, un sentimiento, nos dice, que “no se basa solo en un nivel determinado de ingresos o en categorías socioprofesionales, sino, sobre todo, en el sentimiento de ser portador de valores mayoritarios y de ser parte activa de un movimiento económico, social y cultural iniciado por las clases dominantes”.

Todo eso ha saltado por los aires. Los obreros y los empleados han quedado fuera del tablero, ya no se sienten integrados, ni son referentes de nada, ni para nadie (incluyendo a los recién llegados, los inmigrantes). “De deseables a deplorables, las clases populares han sufrido un cambio radical de estatus”, expone Guilluy, quien abre un interrogante demoledor: “¿Quién podría querer integrarse en una categoría social condenada por la historia económica y presentada en los medios como una subclase débil, racista, agria e inculta?

La cohesión social, las bases de la integración, están fracturadas, los puentes prácticamente rotos. Frente a las clases populares, cada vez más aisladas en las periferias, las clases altas se atrincheran en las grandes ciudades, las hacen suyas. “Al relegar a las clases populares al ostracismo, desde los años setenta, la clase dominante occidental ha asumido una responsabilidad crucial en el hundimiento de los modelos y el crecimiento de las tensiones y paranoias identitarias”, sigo pasando las páginas de este ensayo que determina que ya estamos percibiendo lo que significa la “asociedad”, cada vez más faltos de valores comunes, viviendo en un tiempo de “ruptura histórica, donde “el mundo de arriba opta por la secesión, el abandono del bien común, e insiste en su aislamiento”.

El diagnóstico está claro. Pero, ¿qué puede pasar a partir de ahora?. El geógrafo apunta que la jugada del atrincheramiento, la huida hacia delante de las élites, su exceso de egoísmo y narcisismo, no es la mejor opción para su supervivencia; que el incremento de las desigualdades sociales y territoriales acabará produciendo un vuelco que terminará perjudicándolas. De momento, nos dice, atravesamos una etapa de “caos tranquilo”, pero se acerca el momento en que las nociones de poder y de dominio acabarán siendo invertidas por las capas populares si no se presta atención a sus problemas, si no se les concede, nuevamente, el lugar que deberían ocupar en el marco de una sociedad integradora, para lo cual es necesario dar marcha atrás, modificar el engranaje de las políticas globalizadoras, neoliberales.

El geógrafo francés apunta que la jugada del atrincheramiento, la huida hacia delante de las élites, su exceso de egoísmo y narcisismo, no es la mejor opción para su supervivencia.

Esos sectores de población mayoritarios (obreros, empleados, campesinos, autónomos, jóvenes, parados, jubilados) pueden parecer “invisibles, políticamente insignificantes, económicamente inútiles”, pero están ahí, no han desaparecido, expone Christophe Guilluy, y ya “están llevando a cabo la deconstrucción de las representaciones del mundo de arriba”, “trastornando la geopolítica electoral y cultural”. Pensemos en los Chalecos Amarillos en Francia, pensemos en la posibilidad de movimientos del mismo cariz de ciudadanos hartos de no ser tenidos en cuenta. Pensemos en los resultados inesperados en procesos electorales recientes… “Lejos de fortalecer su hegemonía, el proceso de reforzar la fortaleza ha contribuido a hacer ineficaz el discurso dominante”, indica el ensayista, insistiendo en que en el conjunto de los países desarrollados, las clases populares cada vez son más “impermeables al catecismo de los medios de comunicación, de la clase académica o política”.

¿Por qué las izquierdas, como abanderadas de la defensa de los derechos humanos y sociales, no están siendo capaces de ofrecer horizontes de futuro?, es una pregunta pertinente. En un momento dado, Guilluy plantea que “desde hace décadas los movimientos sociales acaban en callejones sin salida”, que los enfrentamientos entre gobiernos y sindicatos se han quedado en un mero “espectáculo político-mediático”, en la escenificación de un “choque de impotencias”. 

No hay movimiento de masas, no hay revolución sin alianza de clases” (sin la empatía de buena parte de los sectores privilegiados con los más desfavorecidos, conscientes de que la sociedad mejora cuanto mayor es la igualdad), señala más adelante, a la busca de los motivos que expliquen el “fracaso relativo” de los partidos griego y español Syriza y Podemos, formaciones que tienen en su base las reivindicaciones populares. Su análisis no puede ser, en este punto, en mi opinión, más certero: “Consciente del peligro que representaría la convergencia de una fracción de las clases superiores y de las clases populares, la clase dominante ha creado un cordón sanitario eficaz y ha demonizado toda opinión que tome seriamente en consideración el diagnóstico de los más desfavorecidos. En este contexto, la demonización no apunta tanto a los partidos populistas o su electorado (definitivamente perdido a ojos de la clase dominante), como al segmento de las clases superiores e intelectuales que podría sentirse  tentado por esta solidaridad de clase y crear así las condiciones de cambio”.

Imagen de la película «Behind Brexit». Dirigida por Toby Haynes y protagonizada por Benedict Cumberbatch.

La visión de la realidad que nos ofrece Guilluy echa por tierra, como decía al principio de este artículo, muchas verdades asumidas. Tal vez es hora, por ejemplo, de que dejemos de sobrevalorar la capacidad de determinados políticos reaccionarios, de locos populistas, para engañar a la gente. Esos personajes, indica el autor, lo que hacen es alimentarse de la opinión pública, interpretar sus demandas. “La marea llamada populista es producto de la desaparición de la clase media occidental, no de la propaganda o del talento de algunos oradores. Además, la mayoría de las clases populares no se ajustan a ninguna ideología, no se posicionan en ningún debate binario de las clases dirigentes (a favor o en contra de la globalización, a favor o en contra de Europa, a favor o en contra del liberalismo). Simplemente piden que se las tome en consideración, que se las proteja”, voy leyendo.

El autor plantea que «desde hace décadas los movimientos sociales acaban en callejones sin salida”, que los enfrentamientos entre gobiernos y sindicatos se han quedado en un mero “espectáculo político-mediático”, en la escenificación de un “choque de impotencias”. 

El cambio de foco, de perspectiva, de ángulo desde el que interpretar, es una de las grandes aportaciones de No society. Son abundantes los datos, los mapas, los argumentos que se despliegan en sus capítulos. Podemos estar de acuerdo, o no, con sus teorías, con sus visiones, pero lo que os puedo asegurar es que no cabe permanecer indiferentes ante una entrega que obra el efecto de despertarnos en muchos sentidos. Señala el ensayista que hoy la actitud moral del mundo de arriba no convence ya a nadie; que “los agentes de la difusión de la ideología dominante van perdiendo poco a poco legitimidad”. Sostiene que “ningún modelo que entre en contradicción con los intereses de la mayoría puede durar”, introduciendo a partir de aquí temas en el debate evidentemente polémicos, pero que no pueden dejarse de lado, que es necesario abordar en esta época de desigualdades crecientes, de emergencia climática, de auge de los fascismos.

Guilluy se refiere a temas prohibidos, incómodos, que hay que tener muy en cuenta, “aunque resulten anacrónicos en los tiempos del rey mercado”. Se refiere al cuestionamiento de los tratados de libre comercio y a la vuelta a medidas proteccionistas por parte de los países, medidas que, en su opinión, no hay que demonizar sino poner en práctica, aprovechando aspectos positivos como la proximidad de los mercados, la relocalización, que también permitirá limitar los riesgos medioambientales; asumiendo que el crecimiento del PIB como objetivo prioritario debe ser dejado de lado, dando la vuelta a los “conceptos de potencia y riqueza” si se quiere proteger a las clases medias y populares.

El ensayo profundiza también en el fracaso del multiculturalismo, el restablecimiento de las fronteras y el control de la inmigración. En su afán de entender lo que está sucediendo, el autor  busca las raíces del conflicto. En “un mundo donde el espacio se reduce drásticamente”, donde aumenta “la inestabilidad demográfica y la difusión de una inseguridad social y cultural”, los pueblos demandan protección, una petición cada vez más extendida a la que habrá que encontrar salidas. Pero yo me pregunto: ¿por qué son las ultraderechas las que están ganando la batalla en este sentido? ¿por qué no buscar soluciones en los países de origen? ¿por qué no demostrar a la gente que la fuente de sus problemas no son los que vienen de fuera; que la respuesta no puede ser nunca dejar morir en el mar a los que huyen de la pobreza, de la guerra? En este ensayo Guilluy defiende que algún tipo de regulación es necesaria y que se tiene que acometer dejando de manipular la cuestión racial.

En “un mundo donde el espacio se reduce drásticamente”, donde aumenta “la inestabilidad demográfica y la difusión de una inseguridad social y cultural”, los pueblos demandan protección, una petición cada vez más extendida a la que habrá que encontrar salidas.

El geógrafo analiza a fondo cada uno de estos aspectos y se sumerge en las tensiones que se producen en los territorios, en la gestión cotidiana de las diferencias, pero sin ofrecer respuestas a las cuestiones que he planteado anteriormente. Lo que sí deja claro, a lo largo de todo el recorrido, es que el único camino es revertir la precarización, volver a construir el edificio del bienestar para todos, del bien común. “Ayudémos a volver a la comunidad nacional” a los que se niegan a integrarse, a los que “sostienen un discurso de ostracismo y a veces de odio hacia las categorías que no comparten su modelo y sus valores”, clama en el capítulo final. Se refiere, claro, a los “asociales, los ricos, esas clases superiores que en pocas décadas han hundido a las sociedades occidentales”.

Este retorno al pueblo, a la democracia, no solo es la única vía de salida de un modelo que no forma sociedad, sino también la condición necesaria para la elaboración de un modelo ecológico, social y político duradero”, expone, dejando claro que el regreso a las clases populares al que se refiere y que ha de “dibujar los perfiles de una sana alianza de clases, no debe confundirse con la mendicidad (pedir una ayuda social o un salario universal) (…) sino vivir decentemente de un trabajo correctamente remunerado”.

A la hora de poner el punto final a este texto, vuelvo a insistir en la apertura de enfoques de un ensayo pegado a la actualidad, capaz de auscultarla con osadía, y me quedo con esta conclusión de Christophe Guilluy: “El reto no es, ya no es, gestionar la regresión social, sino volver a formar sociedad, no por altruismo, sino por necesidad. Este modelo globalizado, complejo, interdependiente y desigual ahora tiene que cohabitar con una sociedad del mundo de abajo más igualitaria, en que la gestión de los recursos y del patrimonio común no es una opción sino una obligación. Pero esta convivencia solo será posible si las clases  dirigentes occidentales toman conciencia de los límites del modelo”, expone el autor, quien en su búsqueda de horizontes de futuro se hermana con ensayistas como Bruno Latour (Dónde aterrizar); Richard Wilkinson y Kate Pickett (Igualdad) o  Rob Riemen (Para combatir esta era), protagonistas de otro artículo reciente de Lecturas Sumergidas.

«No society». El fin de la clase media occidental», de Christophe Guilluy, ha sido publicado en España por la editorial Taurus. La traducción ha sido realizada por Ignacio Vidal-Folch.

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