José Ovejero: “Soy un lector omnívoro e infiel”

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Por Emma Rodríguez © 2013 / “La invención del amor”, la novela con la que José Ovejero ha ganado el Premio Alfaguara 2013, es una historia envolvente y extraña. El punto de partida, el planteamiento, esa sensación de que nada es lo que parece, de que todo puede ser inventado, atrapa al lector desde el primer momento en que abre la puerta del ático en el que vive Samuel, el protagonista, y sube con él a la terraza para contemplar los tejados, las luces, las afueras y lejanías de Madrid.

El escritor lleva instalado definitivamente en la capital, donde nació en 1958, desde hace apenas unos meses. Tras 30 años viviendo en Bruselas, donde desempeñó el trabajo de intérprete, ha vuelto a su casa, situada en el colorista barrio de Lavapiés, la misma casa por la que transita su personaje. La habitación-invernadero en lo alto, entre vencejos y silencio, es recreada una y otra vez en la novela y mientras se hacen las fotos de esta sección, es imposible no pensar en las muchas cosas que acontecen, precisamente en el mismo lugar, pero en el mundo paralelo de la ficción.

Una percepción que se suma al juego que plantea el autor sobre el poder de las mentiras, de la imaginación, para modificar la vida. Samuel disfruta de los amaneceres en esa terraza, en parte acristalada, con vistas al cielo, mientras va construyendo un destino diferente. Un destino que empieza a escribirse a partir de una llamada telefónica. Alguien lo confunde con el amante de Clara, una mujer que acaba de morir en un accidente de tráfico, y él no lo desmiente, sigue con la impostura. Ovejero escribe de pie, frente a esa misma ciudad-lienzo desplegada ante sus ojos, esperando la chispa que haga prender una nueva aventura, recreando otros devenires hechos de anhelos y frustraciones, de despertares y letargos.

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El autor plantea un juego sobre el poder de las mentiras, de la imaginación, para modificar la vida. Samuel, su protagonista, va construyendo un destino diferente que empieza a escribirse a partir de una llamada telefónica, de una impostura

– “La invención del amor” es una novela sobre los frágiles lazos de las relaciones, pero también sobre el poder de la invención. ¿Hasta qué punto necesitamos inventar, soñar otras vidas posibles, incluso mentir, para sobrevivir a la realidad?

– No creo tenga que ver con sobrevivir a la realidad. Lo que me planteo es que sin la imaginación no seríamos capaces de crecer, de cambiar. La imaginación es necesaria para mantenernos en movimiento, tanto en el amor como en la vida. Mentiras o ficciones son lo mismo, pero con connotaciones distintas. Samuel miente del mismo modo que lo hace cualquier escritor, pero éste último cuenta con el consentimiento del lector, que sabe en todo momento que lo que se le está contando es fruto de la invención. Parte de algo que sabe que no es verdad para acercarse a algo que sí lo es y que le permite comprender su propio mundo. Muchas veces recurrimos a la literatura para ponernos en contacto con cosas que no viviríamos, que no nos atrevemos a vivir.

– La verdad de las mentiras es una magnífica manera de definir la ficción. Pero en este caso se lleva al extremo. La impostura elevada a la máxima potencia.

– Es que la impostura crea un suspense muy estimulante. Todo el rato se corre el riesgo de ser descubierto y eso genera mucha tensión. El personaje no sabe cuál va a ser el siguiente paso, cómo va a ser su futuro, y los lectores tampoco. Miente una vez y ya eres otro. Ese es el juego y para mantenerlo hay que seguir inventando mentiras, una tras otra, sabiendo que el peligro a ser desenmascarado es cada vez mayor.

– Estamos ante una novela que puede leerse como una historia de amor muy particular, pero también como una especie de metáfora sobre el proceso de la escritura. Samuel se inventa a una Clara, que ya no va a poder conocer, a partir de las pistas que los demás le van dando de ella. Se adentra en su historia, se implica. Eso es lo mismo que hace todo escritor siempre que se adentra en los pasadizos de una ficción.

– Sí, en cierto modo sí. Samuel crea el personaje de Clara, investiga, hace preguntas, y ese proceso acaba llevándole a Carina y a otras personas, al tiempo que le va aportando muchas cosas de sí mismo. La novela tiene mucho que ver con lo que en toda existencia se mantiene oculto, con lo que no sabemos, con lo que no conocemos, con aquello que no mostramos a los demás. Un territorio que siempre ha intentado conquistar la literatura y que está presente en mi obra desde el principio. Siempre me ha gustado observar a través de la mirilla cuando los otros no saben que son observados.

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– Aunque se trate de una historia intimista que gira en torno a los sentimientos, a las carencias de los protagonistas, el presente se cuela en la novela. La crisis de los personajes se mezcla con la crisis económica y moral de una sociedad abatida. Hay una empresa que debe reducir gastos, recurrir a un expediente de regulación de empleo. Y un grupo de especuladores que intentan quedarse con ella… ¿Fue algo premeditado o inevitable?

– Fue algo inevitable y también deseable. La pareja de la que hablo no vive en una burbuja. Samuel y Carina no viven su amor sin salir de la cama, del dormitorio. Todo lo que sucede alrededor influye en su relación. Mientras escribía no podía desprenderme del entorno, del contexto del Madrid actual, una ciudad en crisis, desesperanzada, con una gran parte de la población imaginando un país y una sociedad distintos. Todo eso, sin querer, va entrando en la novela, va formando parte de ella. Y, por otra parte, es cierto que todas las crisis, y lo digo sin pretender ser cínico, son buenas para la creación. En momentos de tensión, de crisis, casi siempre se ha producido un resurgir de las artes, de la literatura,

– Por otra parte, la mentira, la falsificación, esenciales en la novela, impregnan la vida diaria de los españoles.

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– Sí. Pero no se trata de eso. En ningún caso mi pretensión fue denunciar la mentira o la banalidad de la política, de la sociedad. Lo que sucede es que soy una especie de esponja que va absorbiendo lo que sucede en el entorno. Y ahora estamos viviendo en medio de la falsificación. Puedo decir que sin tener un propósito político, a menudo mis novelas lo son.

La pareja de la que hablo no vive en una burbuja. Samuel y Carina no viven su amor sin salir de la cama, del dormitorio. Todo lo que sucede alrededor influye en su relación. Mientras escribía no podía desprenderme del entorno, del contexto del Madrid actual, una ciudad en crisis, desesperanzada, con una gran parte de la población imaginando un país y una sociedad distintos.

– En este caso, pese a reflejar las sombras, al final “La invención del amor” es una apuesta por seguir adelante, por no rendirse.

– Bueno, sobre el final hay interpretaciones distintas. Hay lectores que lo leen desde el optimismo y otros que son más catastrofistas, que no ven un buen horizonte para Samuel. En cualquier caso, lo que sí hay en la novela es una reivindicación de la imaginación. Sin la imaginación no puede haber esperanza.

Fotografía: Karina Beltrán © 2013

– Después de tantos años fuera, no es éste el mejor momento para regresar a Madrid….

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– La verdad es que mucha gente me pregunta cómo se me ha ocurrido venir ahora. A mí, en el fondo, me da lo mismo. Soy escritor. Mis crisis las llevo a cuestas. Que me publiquen o no, no depende del lugar en el que viva. Desde el punto de vista creativo la vuelta a Madrid está siendo muy estimulante, pero también es cierto que en el ámbito de lo personal, de lo privado, resulta muy deprimente porque estoy rodeado de amigos que se están quedando sin trabajo, sin casa. No puedo cerrar los ojos a lo que está sucediendo. Miro, me fijo en lo que pasa a mi alrededor y por eso mismo mis novelas no pueden ser impermeables. Lo que ves, lo que vives, influye por fuerza en lo que escribes. En mis libros siempre ha habido muchos viajeros, nómadas, gente huyendo de un sitio a otro, como reflejo de mis propias circunstancias. En una novela anterior, “Nunca pasa nada” introduje el tema de la inmigración porque era lo que me encontraba cuando salía a la calle. Y ahora el hecho de haber vuelto a Madrid supongo que acabará influyendo en lo que haga en el futuro.

– ¿El Madrid de esta novela fue recreado desde el exterior?

– Todavía estaba viviendo en Bruselas cuando la escribí, pero vine con frecuencia a esta casa y me paseé mucho por determinados ambientes del barrio. Aunque buena parte de la escritura tuvo lugar en Bélgica, luego me he dado cuenta de que tanto con este libro como con uno anterior de poesía, “Nueva guía del Paseo del Prado”, ya estaba en cierto modo preparándome para el regreso. Anteriormente recurría a localizaciones exóticas para situar a viajeros siempre en tránsito, pero Madrid ha ido adquiriendo protagonismo en mi literatura al tiempo que los personajes se han vuelto más sedentarios, igual que me ha sucedido a mí. Puede decirse que he ido perdiendo el afán aventurero. Ya no tengo necesidad de irme a China o a Madagascar. No sé si es porque estoy envejeciendo o porque  me he dado cuenta de que no es tan necesario ir tan lejos para encontrar lo que uno necesita.

– Los puntos de vista superpuestos son también una de las claves de “La invención del amor”. Cada cual conoce al otro desde su propia mirada y no siempre coinciden los pareceres.

– Sí. Es la mejor manera de transmitir que no conocemos a nadie. En el siglo XIX era frecuente el narrador omnisciente que parecía saberlo todo, controlar la verdad, pero hoy, que nos hemos vuelto tan escépticos, la tendencia es contar desde varias perspectivas. Nos sentimos incapaces de creer en una sola interpretación de la realidad. Así nos sentimos. Es el signo de los tiempos.

– ¿Como lector también te interesan las historias de múltiples espejos?

– Como lector soy omnívoro, no sólo leo a aquellos autores que tienen una concepción de la literatura similar a la mía, sino que me gusta ver qué es lo que hacen esos otros que no escriben como yo, que resuelven las cosas de un modo diferente. Puedo asegurar que si me encuentro a un narrador omnisciente contando una historia de hoy me resultará interesante. Nunca lo criticaré por decimonónico.

Antes recurría a localizaciones exóticas para situar a viajeros siempre en tránsito, pero Madrid ha ido adquiriendo protagonismo en mi literatura al tiempo que los personajes se han vuelto más sedentarios, igual que me ha sucedido a mí. Puede decirse que he ido perdiendo el afán aventurero.

– ¿Lee José Ovejero a sus contemporáneos, está al tanto de las novedades editoriales?

– Sí, pero más que a los escritores de mi generación me inclino por los de las siguientes. Leo un poquito de muchas cosas en diferentes idiomas: en alemán, en francés, en inglés, en italiano. Esto me produce la sensación de  saber poco de casi todo, de tener muchísimas lagunas. Después de 30 años fuera casi no he tenido relación con los narradores españoles, pero en los últimos tres años he empezado a ponerme un poco al día. Leer a escritores en castellano, de aquí, pero también de Latinoamérica, forma parte de ese proceso de acercamiento al que me refería antes, pero  la verdad es que nunca me he sentido muy español.

– ¿Qué estás leyendo ahora?

– Suelo alternar la ficción y el ensayo y ahora mismo estoy con “The plague of fantasies”, de Slavoj Zizek [la versión española de la obra del filósofo esloveno lleva por título "El acoso de las fantasías” y ha sido publicada por la editorial Siglo XXI]. Curiosamente tiene mucho que ver con lo que hablábamos antes, con el poder de la fantasía. En ficción acabo de terminar un libro de cuentos de la chilena Andrea Jeftanovic,  “No aceptes caramelos de extraños” (Seix Barral).

-¿Qué primeros libros despertaron tu voracidad lectora?

– A diferencia de la mayoría de la gente no me inicié con historias infantiles y juveniles, a excepción de un clásico como “La isla del tesoro”. Provengo de una familia obrera y en mi casa lo que había era alguna colección de obras clásicas. Recuerdo que con 13 o 14 años descubrí títulos como “Las mil y una noches”, “Ivanhoe”, la “Iliada”, que no conseguí terminar, y la “Odisea”, que me gustó mucho más. Más tarde, con 18 años, llegaron a mi vida dos autores fundamentales en mi formación, Julio Cortázar y Peter Handke. Leyéndolos fui consciente de lo que quería escribir. Con “Final del juego” o “Historias de cronopios y de famas”, de Cortázar, me di cuenta de que la literatura no consistía sólo en contar aventuras o vidas cotidianas. Cortázar me abría las puertas a mundos ocultos, mientras que Handke me hablaba de cierta parte de las emociones de las que es difícil hablar, sobre las que es muchísimo mejor escribir. De él recuerdo especialmente la edición de Alianza de “Carta breve para un largo adiós”.

Fotografía: Karina Beltrán © 2013

– ¿A qué hora y en qué lugar te gusta leer especialmente?

– Me gusta leer por la tarde, después de comer, y por la noche, antes de dormir. Las mañanas las utilizo para escribir. Escribo de pie y leo tumbado, en el sofá y en la cama. [O[Ovejero señala que no es el único autor que opta por escribir de pie, que, según le han dicho, otros autores como Günter Grass también tienen esa costumbre. Explica que tiene que ver con la necesidad de moverse y muestra la mesita alta, con el ordenador incorporado, que se encuentra en el cuarto de la terraza, el mismo que comparte con el protagonista de su novela, "más un invernadero que una habitación, rodeado de ventanales y con un techo de PVC”, describe en la página 120]/p>

Cortázar me hacía entender que la literatura no consistía solo en contar aventuras, vidas cotidianas, me abría las puertas a mundos ocultos, mientras que Handke me hablaba de cierta parte de las emociones de las que es difícil hablar, sobre las que es muchísimo mejor escribir.

– ¿Alguna obra, algún autor de cabecera, al que sientas necesidad de volver una y otra vez?

– Soy infiel como lector. Tengo etapas en la que me concentro en un autor en concreto y leo todo lo que encuentro de él, pero luego empiezo a interesarme por otra cosa, me olvido, y tal vez ya no vuelvo. Me sucedió, por ejemplo, con Philip Roth, del que leí seis, siete, ocho libros seguidos… Fue como una obsesión, quería aprenderlo todo de él. En este sentido me comporto como una especie de vampiro.

– ¿Qué lectura ha contribuido a modificar tu mirada, tu visión del mundo?

– Pues aquí tengo que volver irremediablemente a Cortázar. Me transformó la mirada. Fue fundamental en mi formación de escritor, pero no solamente. Elegir un estilo, una manera de narrar, una forma de concebir la realidad literaria, siempre refleja una manera de concebir la vida. Cortázar, con sus cuentos, me llamó la atención sobre cómo la realidad oculta mucho más de lo que creemos, sobre cómo el orden aparente de las cosas es un espejismo, y me invitó a buscar en esas partes ocultas, en las sombras.

– ¿Y si tuvieras que recomendar un libro que ayude a sobrellevar la incertidumbre del presente?

– Pues, aunque pueda pensarse que los libros que nos ayudan a afrontar el presente son aquellos que nos permiten escapar de la realidad que vivimos, yo creo que no, que son precisamente los que nos devuelven a ella y nos hacen entenderla. Últimamente he leído dos muy recomendables en este sentido: “Daniela Astor y la caja negra”, de Marta Sanz, que repasa el período de la Transición en España, y “Cuatro por cuatro”, de Sara Mesa, que puede parecer que no tiene nada que ver con la actualidad pero que trata de la complicidad. Y todos somos algo cómplices de lo que está sucediendo en estos momentos.

–  ¿Una asignatura pendiente?

– Sin duda “El hombre sin atributos”, de Musil. Por algún motivo misterioso no he sido capaz de acabarlo. Lo he empezado a leer unas cuantas veces y me ha interesado, pero nunca he logrado llegar al final. En algún momento tendré que hacerlo.

– ¿Qué libro te llevarías a una isla desierta?

– Pues no me llevaría ningún libro porque ocuparía el espacio de mi equipaje en útiles de supervivencia y en un lápiz y un cuaderno. Creo que sería mucho mejor para mi salud mental ponerme a escribir distintas historias que leer una y otra vez el mismo libro.

(Con “La invención del amor” José Ovejero obtuvo el Premio Alfaguara de Novela 2013)

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Las fotografías han sido realizadas por Karina Beltrán en los dos rincones de lectura favoritos del escritor en su casa de Madrid. En la imagen de abajo, a la derecha, se puede ver la mesa alta donde escribe de pie.

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