Cuando las hojas empiezan a teñirse de ocre

Por Emma Rodríguez © 2013 / He paseado estos días por El Retiro y he vuelto a darme cuenta de lo mucho que me gusta percibir las señales que anuncian el paso de las estaciones. Saludando a los árboles que ya empiezan a teñirse de ocre he sido consciente de hasta qué punto las variaciones del paisaje impregnan nuestros ritmos interiores, nuestros estados de ánimo. Se ha iniciado el tiempo de los regresos, las adaptaciones, los propósitos, las novedades. Las calles se llenan de colegiales y las librerías de sugestivos títulos que nos llaman desde el escaparate con la promesa de historias sorprendentes, inspiradoras, salvadoras de tantos tedios cotidianos. Encontrar tiempo para todo, también para el sosiego, es un pensamiento que me acompaña cada septiembre. La repetición de los ciclos, de los deseos, se impone. Miramos el entorno y nos miramos a nosotros mismos, dispuestos a la renovación una vez más.

Las prisas de la ciudad son una amenaza que aún creemos poder combatir, aunque sabemos que llegará el día en el que volveremos a sentirnos atrapados, incapaces de percibir otra cosa que no sea el discurrir de las obligaciones, de los compromisos. Pero eso está lejos. Tránsito hacia el frío, el otoño es un espacio para la contemplación, para disfrutar de los parques, del efecto de la luz filtrándose entre las ramas, del sonido de los pasos sobre las hojas secas.

Puente hacia los cielos grises, el otoño también es tiempo de conversaciones, de recuentos y de introspecciones. Mientras observo a los pequeños gorriones que dan saltitos alrededor del banco en el que estoy sentada, me pongo a pensar en el pozo profundo que han dejado en mí los libros que he leído estos últimos meses y de los que doy cumplida cuenta en este número de “Lecturas Sumergidas”. Aún siento muy cercana la voz de Paul Bowles, sus percepciones intensas sobre el misterio de la vida, sobre esa magia oculta que lo mueve todo y que él tanto buscó en sus constantes viajes, en su devenir errante por el mundo.

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Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2013

Aún siento muy cercana la voz de Paul Bowles, sus percepciones intensas sobre el misterio de la vida, sobre esa magia oculta que lo mueve todo y que él tanto buscó en sus constantes viajes, en su devenir errante por el mundo.

Aún no he logrado desprenderme del desasosiego que me produjo la lectura de “En la orilla”, de Rafael Chirbes, y de “La bondad insensata”, del ensayista italiano Gabriele Nissim. Ambos, novela y ensayo, coinciden en un tema, la indagación en las raíces del mal. Una indagación dolorosa, incómoda, pero necesaria. Contra los expertos que dicen que superada una cierta edad ya no aprendemos nada nuevo ni somos capaces de cambiar en lo básico, yo creo que siempre estamos aprendiendo o recordando cosas que habíamos olvidado o que no habíamos mirado desde el mismo ángulo. Los dos libros que he citado han tenido para mí un efecto de crecimiento, de revelación.

El otoño es tiempo de reflexiones y yo quiero reflexionar hoy sobre cómo el presente, con su negrura, está entrando con modales de viento huracanado en la narrativa que se escribe. Me da la impresión de que los efectos devastadores de la actual crisis están rompiendo esa regla que alerta de los peligros de escribir al hilo de la actualidad. Una y otra vez hemos escuchado que la literatura necesita una cierta distancia y perspectiva, que de lo contrario puede volverse vieja muy pronto, pero lo cierto es que, como dice José Ovejero, las ficciones no pueden ser impermeables a lo que está sucediendo.

En “La invención del amor”, ganadora del último Premio Alfaguara, el escritor cuenta una original historia de pareja construida sobre la impostura, pero en sus estancias privadas no puede impedir que entre el eco de la calle, el conflicto de las empresas que quiebran, la realidad del paro. Todas las víctimas de la actual situación desfilan por “En la orilla”, de Rafael Chirbes, quien suele citar a autores como Galdós para demostrar la capacidad de la novela para dar cuenta de los avatares de la Historia, para sobrevivir a lo concreto. La suya es una obra demoledora que recorre el camino que nos ha traído hasta aquí con mayor lucidez que muchos ensayos escritos al dictado de los acontecimientos, que tantas noticias que van siendo sepultadas por otras sin darnos la posibilidad de interpretarlas, de valorarlas, de ser conscientes del efecto que pueden tener en nuestras vidas.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2013

He ahí uno de los grandes valores de la ficción: ofrecernos la posibilidad de entender las circunstancias de la época en la que vivimos a través de la vida de los otros. “Doblar la vida es el gran milagro de la literatura”, afirma Andrés Trapiello. Doblar la vida y abarcar el mundo con todas sus complejidades y contrastes, pienso después de cerrar -esa mañana en El Retiro capturada en las fotos de esta “Ventana- otro libro, “Una vida sin ayer” (Salamandra) del autor italiano Edoardo Nesi.

Se trata de una interesante y curiosa mezcla entre biografía y ensayo, con toques de ficción, en la que se traza el retrato desesperanzado de una generación, la de los jóvenes de los países europeos del sur, sin horizontes. Jóvenes que han crecido con la idea de tenerlo todo a su alcance y que empiezan a detectar la gran mentira de un sistema que les privó de lo más importante, los ideales, los sueños. “Pienso en mis hijos, en nuestros hijos, y en la pérfida injusticia de un mundo que alude a ellos a diario tan solo porque los considera consumidores perfectos, (…) que les niega la condición de persona y los relega a un presente infinito hecho de miserables expectativas, sola y exclusivamente materiales”, repaso lo que he subrayado en la página 55.

“Una vida sin ayer”, del autor italiano Edoardo Nesi, es una interesante y curiosa mezcla entre biografía y ensayo, con toques de ficción, en la que se traza el retrato desesperanzado de una generación, la de los jóvenes de los países europeos del sur, sin horizontes. Jóvenes que han crecido con la idea de tenerlo todo a su alcance y que empiezan a detectar la gran mentira de un sistema que les privó de lo más importante, los ideales, los sueños.

“Nos hemos convertido”, sigo leyendo más adelante, “en jubilados del pensamiento cuya aspiración más o menos inconsciente es poder pasar de un entretenimiento fácil a otro, desdeñando la idea de comprometernos en algo, de tener que levantar el culo del sofá -metafórico o literal- en el que pasamos los días sedados viendo la televisión. Un pueblo de esponjas empapadas de deseos creados, implantados en nuestras mentes y las de nuestros hijos por la publicidad de las malditas multinacionales, ciudadanos perfectos del mundo enorme, vacío, corrosivo, cómico y terrible que uno de los mayores suicidas de la historia de la literatura, el pobre David Foster Wallace, había visto venir de lejos”.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2013

Así se dirige Nesi a sus lectores, directamente, mirándoles a los ojos, ejerciendo su derecho a la autocrítica. Conocido en Italia por su novela anterior, “La historia de mi gente”, merecedora del Premio Strega, en la que narraba la destrucción de la empresa de tejidos de su familia a consecuencia de la crisis, el escritor critica duramente las frágiles estructuras de la Europa de los mercaderes, la cobardía de la política a la hora de poner límites, los privilegios inmerecidos frente a los derechos arrebatados sin pudor, pero no deja, sin embargo, de tener confianza en el futuro. Anima a los italianos a recuperar el legado del Renacimiento. “Tendremos que amordazar a los contables y a los indecisos y devolverles el cetro a los valientes, los innovadores, los soñadores. Quizá también a los poetas”, imagina el autor un mundo mejor.

No podemos dar la espalda al presente, no podemos cerrar los ojos. Pensar por nosotros mismos, no creernos las grandes verdades impuestas, como dice Hannah Arendt, es uno de los mayores placeres de la vida. Por eso les recomiendo desde aquí todos estos libros que abren sus puertas a la realidad, que la iluminan. Hace poco alguien me envío un mensaje para decirme lo mucho que le había gustado uno de los textos de “Lecturas Sumergidas”. “Expones verdades como puños, pero desgraciadamente la mayoría de la gente lo que busca es pan y circo”, me decía y no es la primera opinión en este sentido que recibo.

Me niego a creerme esto. Como Edoardo Nesi prefiero pecar de utópica y, desde luego, seguir construyendo, seguir adelante, con confianza en que algo nuevo ha de llegar. Los gorriones siguen acercándose a mis pies mientras vuelvo a mirar hacia arriba, hacia los reflejos cambiantes de la luz que van dibujando sombras en el suelo. Miro al cielo, a ese cielo en el que Paul Bowles percibía las visiones más sorprendentes y grandiosas que el ser humano pueda imaginar.

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Otoño. Nacho Goberna © 2013

Todas las fotografías fueron realizadas por Nacho Goberna una mañana reciente en el Parque del Retiro, en Madrid.

“Una vida sin ayer” de Edoardo Nesi

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