Marta Sanz: “Marguerite Duras me enseñó que el amor no es un sentimiento dulce”

Marta Sanz © Karina Beltrán. 2013


Por Emma Rodríguez © 2013 /

En “Daniela Astor y la caja negra” Marta Sanz descorre las cortinas de la Transición y nos lleva a un tiempo, en apariencia superado, de musas del destape; algunas de las cuales fueron “Evas de derecha”, y de crónicas rosa, a las que se acercaban desde la fascinación adolescentes que para nada querían parecerse a sus madres. Nombres atrapados en el papel couché –Amparo Muñoz, María José Cantudo, Susana Estrada, Marisol, Bárbara Rey...- asoman en una novela que ahonda en los roles y estereotipos de la mujer, en la representación de su imagen e ideales a partir del lenguaje, de la mirada masculina, en la construcción y deconstrucción de sus mitos.

A través de una lograda mezcla de tonos, de texturas y de géneros, la autora de títulos como “La lección de anatomía”, “Lenguas muertas”, “Los mejores tiempos” o “Animales domésticos” logra en esta ocasión fijar el retrato de una España que empezaba a sacudirse los vetos, las reprobaciones del franquismo, y se acercaba al sexo, al deseo, desde la culpa; aún muy pegadas a la piel colectiva las sensaciones de lo prohibido, lo clandestino, lo oculto. Una España de películas obscenas y morbo que, pese al ambiente de frivolidad y ligereza recién estrenado, seguía marcada en su sustrato más profundo por una pesada carga de sometimiento y de miedo.

Ficción, crónica, experimentación y referencias documentales se dan la mano en un relato sugerente, original y revelador, en el que lo personal y lo público se contraponen; en el que se da entrada a personajes reales, caso del novelista y amigo Rafael Reig, que mantiene una cita con Amparo Muñoz, “diosa inmortal”, pese a los sucesivos desgastes y heridas de un recorrido tormentoso. Pero en “Daniela Astor” el alma la ponen las dos protagonistas, Catalina y Angélica. Dos imaginativas niñas de 12 años que juegan a ser mayores, empiezan a percibir a las adultas que llevan dentro y se defienden de sus fragilidades en el mundo paralelo de “la leonera” -cuarto de aventuras y escondites- hasta que la realidad las sorprende con sus imprevistos, con esos cambios que suceden “por debajo, en la zona que no se ve”, en esa capa de extrañeza que de repente lo impregna todo en la vida. “Empiezo a comprender la soledad: es una bola de vacío en el estómago y una búsqueda. Una especie de  investigación”, reflexiona Catalina, Daniela Astor en la intimidad, para los lectores.

Ficción, crónica, experimentación y referencias documentales se dan la mano en un relato sugerente, original y revelador, en el que lo personal y lo público se contraponen; en el que se da entrada a personajes reales, caso del novelista y amigo Rafael Reig, que mantiene una cita con Amparo Muñoz, “diosa inmortal”, pese a los sucesivos desgastes y heridas de un recorrido tormentoso

– ¿Hasta qué punto esta novela responde a una necesidad de reconstruir, de releer el pasado reciente?

– Creo que hay razones suficientes para realizar un ejercicio de este tipo, sí. En mi caso hay un motivo político y un motivo personal. El primero tiene que ver con lo que está pasando ahora, en este presente que parece una cortina de humo para hacernos olvidar muchos derechos adquiridos; la novela, concretamente, trata de los derechos de la mujer. El segundo responde a la sensación de que la tecnología, las referencias culturales, nuestra manera de consumir la cultura, nuestras fuentes de información, están experimentando un cambio tan vertiginoso que yo me siento una mujer del siglo pasado. Es como si estuviese, como si estuviésemos, envejeciendo antes de tiempo.

Marta Sanz © Karina Beltrán. 2013

El aborto, las primeras mujeres que decidieron abortar en España fuera de la ley, es uno de los temas más potentes de la novela. Su tratamiento resulta estremecedor. Ahora vivimos una etapa de absoluta regresión. ¿Fuiste consciente de esto en el proceso de la escritura?

– Estaba trabajando en la novela, analizando la mirada de los hombres sobre tantas actrices que hemos tomado como modelos, intentando reconstruir una historia sentimental de la Transición a través de las vivencias de quienes éramos niñas en ese momento, cuando se planteó el recrudecimiento de la actual ley del aborto con los cambios que quiere introducir Alberto Ruiz-Gallardón. Y eso influyó mucho en la parte final. A partir de ahí empecé a rescatar esa mirada tan sórdida sobre el aborto, asociada durante tanto tiempo a lo sucio, incluso a la brujería. La novela trata el caso de una mujer que decide abortar porque sí, porque ya tiene una hija y no desea tener más. La suya no es una situación límite, no existe la tan requerida justificación. Y eso es algo que sigue chocando, que plantea un dilema moral incluso a personas progresistas. Hay casos que todavía no se pueden asumir.

– “Daniela Astor y la caja negra” es una novela sobre la educación, sobre cómo se ha educado a las mujeres españolas hasta hace muy poco. Y aún quedan flecos…

– Sí, por supuesto. Catalina, la protagonista, es una niña inteligente, no recibe una educación conservadora, para nada, pero sí patriarcal. La novela afronta el modo en el que se relaciona con su padre y con su madre. Él es el dueño de las palabras. Y a través de esa niña que lo asume, que retrata a tantas otras mujeres, lo que he intentado hacer es un ejercicio de memoria para ver cuáles son nuestras cuentas pendientes, en qué hemos mejorado y qué nos queda por conseguir. No hemos avanzado tanto como deberíamos. La marginación, las desigualdades en ámbitos como el del trabajo, siguen existiendo, y hay aspectos en los que incluso hemos empeorado. En los 70, tras 40 años de franquismo, que una mujer se desnudara, después de tanta pacatería, podía considerarse un símbolo de liberación, pero hoy el valor objetual de la mujer se ha radicalizado. Lo vemos en la publicidad, lo percibimos en el aumento de operaciones de cirugía estética que da lugar a mujeres recauchutadas, repetidas, nada que ver con los modelos heterogéneos de antes. La necesidad imperiosa de operarse los pechos, de ponerse labios más gruesos, ese culto al cuerpo absolutamente perverso que nos hace tan infelices, es algo muy preocupante, del mismo modo que la rentabilización del capital erótico, de las armas de la mujer. Es lamentable, pasmoso, que sigamos en ese punto. Y no se trata de odiar al varón sino de hacer autocrítica, de darnos cuenta de que tenemos que seguir luchando y cambiando muchas cosas que tenemos interiorizadas.

Estaba trabajando en la novela, intentando reconstruir una historia sentimental de la Transición a través de las vivencias de quienes éramos niñas en ese momento, cuando se planteó el recrudecimiento de la actual ley del aborto. Y eso influyó mucho en la parte final. A partir de ahí empecé a rescatar esa mirada tan sórdida sobre el aborto, asociada durante tanto tiempo a lo sucio, incluso a la brujería

 Lo que se cuenta es importante en esta novela, pero lo que más llama la atención es cómo se cuenta. Hay una huida de la linealidad tan en boga y una apuesta clara por la experimentación…


– Sí. Creo que ahora abunda una manera de narrar reconocible, confortable, estándar, que no coloca al lector en un punto de desasosiego, de incertidumbre. Para mí la literatura política no es aquella que trata determinados temas, por ejemplo el aborto, sino que tiene que ver con la manera en que el autor consigue retar al lector. La manera de contar las cosas expresa una determinada cosmovisión, una forma de enfrentarse al mundo. Yo siempre parto de un compromiso con el fondo y con la forma, para mí indisolubles, incluso cuando escribo novelas detectivescas. La estructura también es muy importante y el proceso del tiempo. “Daniela Astor” empieza de una manera muy morosa, pero se introduce el drama, el elemento que abre los ojos, y todo se acelera de forma vertiginosa. En cuanto a la experimentación, reivindico, sí, las grandes novelas experimentales de los 70, tipo “El homóvil”, de Jesús López Pacheco, donde se tocan tantos registros.Sostengo que, con la que está cayendo, más que nunca, debemos intentar conservar la revolución en todas partes, también en el lenguaje, en las metáforas.

Marta Sanz © Karina Beltrán. 2013

– Hay pasajes en la novela, tal vez por la época en la que se sitúa, incluso por la manera de contar, que inevitablemente remiten a las crónicas de Francisco Umbral…

– Está claro que él escribió abundantemente de esa etapa, de todas las musas de la Transición. Ahí están libros como “Las ninfas” y también sus numerosas columnas periodísticas. Son cosas que se quedan registradas, aunque no seamos conscientes de ellas. Umbral no ha sido un referente claro para mí, aunque le menciono en un momento dado, como a otros autores. Si me pongo a pensar en las inspiraciones que hay en esta novela tengo que citar el cine de fantaterror español, con sus monstruos, que resulta esencial; una obra de Simone de Beauvoir, “Las bellas imágenes” y la Bette Davis de “Qué fue de Baby Jane”, donde canta con una falsa voz de niña. Esa es la voz de Catalina.

Reivindico las grandes novelas experimentales de los 70. Con la que está cayendo, más que nunca, debemos intentar conservar la revolución en todas partes, también en el lenguaje, en las metáforas

– ¿Qué primeras lecturas recuerdas?

– Pues, dejando de lado a Enid Blyton y otras series juveniles que leí, recuerdo libros de Agatha Christie“La vuelta al mundo en 80 días”“La isla del tesoro” y dos novelas fundamentales de Gérad de Nerval, “Aurelia” y “Silvia”, que me abrieron las puertas a la locura, al sueño, al romanticismo, al sexo. De todas formas, en la adolescencia yo era muy perezosa para leer y creo que empecé a escribir muy pronto mis propias cosas para justificarme con mi padre, que me lo reprochaba. Empecé a construir la casa por el tejado.

– ¿De qué libros has aprendido cosas que no podrás olvidar nunca?

– Difícil pregunta. A bote pronto se me ocurren: “El buen soldado” (Ford Madox Ford), “El amante” (Marguerite Duras) y “La piedad peligrosa” (Stefan Zweig). De todos ellos aprendí la trascendencia del punto de vista; que siempre hay que leer con desconfianza y que tanto en la literatura como en la vida los narradores mienten. Más concretamente, Marguerite Duras me enseñó que el amor no es un sentimiento dulce y que ahí se reflejan todas las desigualdades: de género, de clase, de edad. Y Zweig lo perversa que puede ser la fortaleza de los débiles, el arma de doble filo en que se puede convertir la compasión.

 ¿Qué libro recomiendas para afrontar el presente?

– El “Manifiesto comunista”. Recomiendo la edición de Nórdica, con ilustraciones de Fernando Vicente. Es una buena ocasión para leer a Marx.

El rincón de lectura de Marta Sanz © Karina Beltrán. 2013

¿Qué estás leyendo ahora?

– Pues un ensayo muy interesante que tiene mucho que ver con lo que hemos hablado, “Cómo ser mujer”, de Caitlin Moran, publicado por Anagrama. Se trata de una visión desprejuiciada del feminismo, con mucho sentido del humor.

– ¿Dónde te gusta leer, a qué hora?

– Leo en el sillón, en el escritorio, donde trabajo, y en la cama. Prefiero hacerlo por la tarde, ya que por las mañanas me dedico a escribir (aquí hay que introducir un elemento esencial, sin la que el retrato quedaría incompleto. Se trata de la gata que la autora rescató un día de la calle y que recorre la estancia durante todo el tiempo que dura la conversación. “Me da tranquilidad. Siempre está en las proximidades. También le gusta leer, detrás de mi cabeza”, dice Sanz).

– ¿Estás al tanto de las novedades, lees a tus contemporáneos?

– Estoy muy al tanto de las novedades y me alegra que muchas tengan que ver con el rescate de los clásicos. Me gusta lo que están publicando las editoriales independientes que forman parte del grupo Contexto. Y en cuanto a mis contemporáneos, sí, me siento muy cerca de gente con la que comparto vínculos generacionales y afinidades. Políticamente estoy al lado de Belén Gopegui, Isaac Rosa y Rafael Reig. Vital y moralmente, de Luisgé Martín, José Ovejero, Fernando Royuela y Elvira Navarro. En un momento dado podría juntarlos a todos.

– ¿Asignatura pendiente?

“El hombre sin atributos” (Robert Musil). No encuentro nunca el momento.

– ¿Qué te llevarías a la isla desierta?

– Sin duda “Cumbres borrascosas”, para leerla una y otra vez. Me encanta adentrarme en su gama de matices, tanto afectivos como sociales. Me llevaría algo de humor, de Groucho Marx, por ejemplo, que sigue haciéndome mucha gracia, y, por supuesto, libros de poesía, de César Vallejo, de Anne Sexton... Ah!!! Y las “Novelas ejemplares” de Cervantes.

El rincón de lectura de Marta Sanz © Karina Beltrán. 2013

(“Daniela Astor y la caja negra” ha sido publicada por Anagrama)

Las fotografías han sido realizadas por Karina Beltrán en la casa de la escritora, en el barrio madrileño de Malasaña.

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