Billie Holiday, jazz, vida y tristeza

Por Fidel Oltra © 2019 /

El estereotipo del artista torturado, o al menos con una vida difícil, ha conseguido revestirse de un halo de romanticismo que lo hace atractivo, que muchas veces nos ayuda a identificarnos con su música, o a revestirla de un aura diferente, auténtica. De alguna manera, es como si solo pudiéramos tomar en serio a artistas y canciones que hablan de la vida desde un punto de vista doloroso, supuestamente personal, mientras recibimos las canciones alegres como un mero entretenimiento pasajero, nada que pueda marcar nuestra vida. Supongo que dependerá de cada uno, de como experimente cada cual su relación con la música, pero suele estar bastante generalizada la opinión de que las mejores canciones han surgido del dolor, del sufrimiento, y que esas canciones, y quien las canta, son, digamos, dignos de ser calificados como auténticos. Si además han tenido un final desgraciado, llevando a la realidad ese fatalismo que respiraban sus canciones, todavía mejor. Así, por poner algunos ejemplos, Kurt Cobain, Jeff Buckley o Nick Drake suelen ser más respetados que Supertramp o Rocky Sharpe. Nada que objetar al respecto, por supuesto, pero es algo que da bastante que pensar, más allá de los gustos musicales individuales.

El problema es cuando esa aura de autenticidad salta por los aires y se revela si no como una pose, al menos como una manera de construir un personaje artístico que no necesariamente refleja la realidad de la persona. Algo así ocurrió hace unos meses con Bruce Springsteen, considerado poco menos que el portavoz musical de los desheredados, de la clase trabajadora, de la gente que ha tenido una vida dura. Durante unos conciertos en Broadway, cuyos precios por cierto no ayudaban a que hubiese mucha presencia de gente desheredada, en un arranque de sinceridad confesó que había estado toda su vida cantando a los trabajadores, pero que él en realidad no había tenido que trabajar duro, aparte de en lo musical, ni un solo día de su vida. Mucha gente se sorprendió, dando a entender que cada vez tenemos más dificultades en diferenciar realidad y ficción, persona y personaje, lo virtual de lo orgánico.

Billie Holiday en 1951. Fotografía por Bob Willoughby (National Portrait Gallery)

No es el caso, desde luego, de Billie Holiday. No hay duda de que su vida fue dura, y el sufrimiento que reflejan muchas de sus canciones puede incluso quedarse corto al lado de la realidad. Nacida en 1915 como Eleanora Fagan, no tuvo una infancia nada feliz. De hecho casi podríamos decir que ni siquiera tuvo infancia. No está del todo claro quien fue su padre, aunque todos los indicios apuntan al músico de jazz Clarence Halliday. En todo caso, Eleanora ni siquiera llegó a conocerlo de niña. Su madre estaba siempre ausente, con lo que su hija pasó más tiempo en casas de acogida, hogares de familiares y amigos, e incluso en hospicios y reformatorios, que con su progenitora.

Faltaba con frecuencia a clase, y abandonó definitivamente la escuela con 11 años. Más o menos a esa edad fue violada, o al menos sufrió un intento de violación, por un vecino. De nuevo tuvo que ingresar en un hospicio, aunque esta vez en calidad de testigo. Salió a los 12 años y empezó a frecuentar burdeles, aunque no está claro si llegó a ejercer la prostitución con esa edad. Sí que parece seguro que lo hizo más adelante, cuando ella y su madre se mudaron a Harlem. Ambas fueron arrestadas y pasaron unos meses en prisión. La parte positiva de su estancia en Harlem fue que la joven Eleanora descubrió el jazz, y también, al mismo tiempo, su facilidad para cantar, para interpretar a su manera las canciones que escuchaba. Pronto encontró trabajo como cantante en clubes nocturnos y fue entonces, más o menos a los 13 años, cuando adoptó su nombre artístico: Billie Holiday.

En sus primeros años como cantante Billie formaba pareja artística con un saxofonista llamado Kenneth Hollan. Ambos tocaron en multitud de clubes de Nueva York. Pronto la reputación de la pareja, sobre todo de su cantante, subió como la espuma y sus virtudes llegaron a oídos de gente tan conocida como Benny Goodman o Charles Linton. Fue por esa época cuando retomó cierto contacto con su supuesto padre, también un buscavidas del jazz. Durante un tiempo también formó pareja, tanto artística como sentimental, con el pianista Bobby Henderson. Según cuenta el propio Henderson en alguna de las biografías de Billie, tuvieron una relación muy bonita aunque se notaba que ella había tenido una infancia complicada. De todos modos, no solían hablar de ello.

Fue por entonces cuando se inició en el mundo de las drogas, en principio solo marihuana, y también cuando sus amigos empezaron a llamarla ‘Lady Day’, apelativo que, según cuenta, se le ocurrió al célebre saxofonista Lester Young, con quien compartió andanzas de todo tipo. Aquel apodo tenía una parte sarcástica, ya que en general Billie mostraba unos modales bastante rudos para ser una chica, pero también venía a demostrar admiración ante su incipiente talento. Aunque Billie siempre tuvo ese carácter, esa forma de hablar soltando tacos continuamente, cuando empezó a ver la posibilidad de ganarse la vida honradamente como cantante aquel patito feo que había sido toda su vida empezó a mutar en cisne. Dentro de sus posibilidades se arreglaba y trataba de vestir mejor. Desde luego, cuando subía a un escenario se transformaba y era como si toda la luz del mundo cayese sobre ella. De club en club, empezó a despertar el entusiasmo del público, aunque muchas veces fueran borrachines y juerguistas.

El golpe de suerte para Billie Holiday le llegó cuando fue llamada a sustituir a otra cantante en un club justo la noche en la que el productor John Hammond, que iba a ver la actuación sin tener ni idea del cambio, estaba entre el público. Hammond salió de la sala enamorado de la voz y la presencia escénica de la joven cantante, y de su facilidad para adaptar su fraseo al ritmo del jazz, para improvisar, para vivir las canciones que cantaba. El productor ofreció a Billie Holiday grabar un par de canciones con Benny Goodman. Con apenas 20 años, empezaba a hacerse un nombre en el circuito de jazz.

Finalmente, consiguió un papel en un cortometraje musical de Duke Ellington. Billie Holiday aún estaba empezando su carrera, pero ya se codeaba con los grandes. De hecho, aunque entre 1935 y 1938 solo grabó estándares populares junto al pianista Teddy Wilson para el sello Brunswick, también estuvo girando como vocalista de las orquestas de Count Basie y Artie Shaw. Con esta última tuvo graves problemas durante sus giras por el sur de los Estados Unidos, cuando en determinados sitios todavía le estaba prohibido, incluso a las estrellas del jazz, compartir ascensores o restaurantes con los blancos. Billie sacó su fuerte carácter en varias ocasiones, pero también se sintió triste por tener que lidiar con aquellas actitudes racistas. Actitudes que tuvo que sufrir incluso a su regreso a Nueva York, donde en ciertos locales la hacían entrar y salir por la cocina, aún siendo la estrella de la velada. Un racismo que, justamente y de manera paradójica, fue el germen del que sería uno de sus mayores éxitos.

Por suerte todos los clubes de Nueva York no eran iguales. Los había, como el Cafe Society, que incluso tenían el objetivo de convertirse en un lugar de encuentro para público blanco y negro. Allí Billie se sintió tan a gusto como no había estado en mucho tiempo, y durante varios meses actuó en aquel local casi en exclusiva. En la primavera de 1939 le fue presentado un joven profesor judío llamado Abel Meeropol, que le contó que había escrito un poema como reacción a una escalofriante fotografía de unos linchamientos, por supuesto de jóvenes de raza negra, que había visto unos años antes. Según su autor, le había puesto música y junto a su mujer la cantaban en algunas reuniones informales. El dueño del local, el también judío Barney Josephson, aturdido por la historia de Meeropol, le dijo a Billie Holiday que le gustaría escucharla en su voz. La ensayaron un par de veces y no pasó nada especial. Billie parecía igual de aturdida, como si no entendiera bien el mensaje de la canción o no se sintiera cómoda cantando aquellos versos.

Southern trees bear a strange fruit

Blood on the leaves and blood at the root

Black bodies swinging in the southern breeze

Strange fruit hanging from the poplar trees

(De los árboles sureños cuelga una extraña fruta

Hay sangre en sus ramas, y también en sus raíces

Cuerpos negros balanceados por la brisa del sur

Extraña fruta colgando de los álamos)

Billie Holiday y Mister Downbear / New York / Febrero 1947 / Fotografía por William P. Gottlieb

Billie, efectivamente, no se sentía cómoda con la canción. Decía que no se parecía a las canciones de amor y desamor que solía interpretar. Posteriormente también afirmó que le recordaba a su padre, que falleció de una neumonía gripal durante una gira por Texas después de que varios hospitales se negaran a atenderlo por las leyes de segregación racial. Sin embargo, poco a poco la interiorizó de tal forma que, finalmente, la cantaba como si lo estuviese haciendo con la voz de toda la gente que había vivido ese sufrimiento, esa injusticia. Para muchos, fue la primera canción protesta. El productor Ahmet Ertegun, cofundador de Atlantic Records, considera que ahí estuvo el comienzo del movimiento de lucha por los derechos civiles y contra la segregación racial.

El público llenaba cada noche el Cafe Society para escuchar Strange fruit, que se convirtió en la canción bandera de Billie Holiday, hasta tal punto que, cuando la contrataban en algún club con poca consideración hacia la gente de raza negra, obligaba a incluir en el contrato una cláusula para poder interpretar el tema. Cuando lo grabó en disco, los miembros del Senado de los Estados Unidos recibieron un ejemplar. Billie pareció haber encontrado en aquella canción, además de un empujón para su carrera, una razón para subirse al escenario cada noche.

Según cuenta John Hammond, aquella canción la convirtió en otra persona. Lamentablemente, también por aquella época empezó a añadir las drogas duras a su habitual dosis de marihuana y alcohol. Ambas cosas, el éxito de una pieza molesta como Strange fruit y la notoria afición de Billie por todo tipo de sustancias ilegales, la pusieron desde entonces en el punto de mira de las autoridades, sobre todo tras los disturbios de 1943 en Harlem, que acabaron con aquel barrio convertido en un ejemplo, también en un tópico, de la violencia y la segregación que sufrían los Estados Unidos al mismo tiempo que batallaban en la II Guerra Mundial defendiendo las libertades y la igualdad.

Antes, en 1940, Billie Holiday escribió, junto al pianista Artur Herzog Jr., una de sus canciones más recordadas: God bless the child. Junto a él repitió unos años después con otro gran tema, Don’t explain, cuya idea se le ocurrió a Billie tras descubrir a su entonces marido, Jimmy Monroe, con manchas de carmín en el cuello. Otro de sus grandes éxitos, Lover man, fue escrito por Jimmy Davis, Roger Ramírez y James Sherman expresamente para Billie Holiday.

Aquella primera mitad de la década de los cuarenta fue quizás su etapa de mayor éxito, impulsado por la enorme repercusión de Strange fruit, pero también por canciones como las antes mencionadas junto a otras como Travl’ling light, I’ll be seeing you, I cover the waterfront, You better go now, That ole devil called love o No more. Además Billie realizó grabaciones esenciales de estándares del American Songbook como Body and soul, Night and day o What is this thing called love?. En esos años trabajó para sellos como Commodore, Capitol o Decca. En 1946 iba a protagonizar una película junto a Louis Armstrong, pero el racismo y la caza de brujas de McCarthy dieron al traste con el proyecto. Separada ya de su marido, empezó a frecuentar compañías de dudosa reputación con las que compartía afición por la heroína, sustancia que ya empezaba a minar su carrera y su salud.

El FBI, que iba tras Billie Holiday ya desde principios de la década, infiltró en 1946 a varios agentes en su entorno. Holiday trabó especial amistad con uno de ellos, que fue quien finalmente, cuenta que con dolor de su corazón, la delató. En mayo de 1947 fue arrestada por posesión de narcóticos. Billie denunció que iban tras ella por motivos raciales, y que no tuvo una defensa legal adecuada. Aunque apenas pasó un año en prisión, aquel incidente cimentó un estigma que la acompañaría el resto de sus días. En 1948, aunque llevaba un par de años sin éxitos, y quizás con el público atraído principalmente por el morbo de ver a una famosa ex presidiaria, llenó locales como el Carnegie Hall y tuvo, aunque por poco tiempo, su propio show en Broadway. Ese mismo año grabó su famosa versión de I loves you Porgy, de la famosa ópera jazz de Gershwin Porgy and Bess. Aquella era la cara amable de su regreso, pero había un reverso oscuro: perdió su licencia para actuar en diversos clubs de Nueva York; la gente hablaba más de sus adicciones que de su música; sus agentes y abogados no se habían preocupado demasiado de garantizar sus royalties y muchas emisoras de radio se negaban a emitir sus canciones.

A partir de 1952 Billie Holiday empezó a dar muestras de decaimiento. Tenía mal aspecto, y en las grabaciones de sus últimos años su voz suena diferente, débil y rasgada. Sin embargo, mucha gente aprecia estas postreras grabaciones precisamente por la dignidad y emoción que respiran, plantando cara a todas las dificultades. Había planes en los primeros años 50 para que Billie grabara varios discos homenajeando a los compositores clásicos del American Songbook, pero, ante su mal estado de forma, finalmente esos discos, ahora míticos, los acabó grabando Ella Fitzgerald. En 1956 Billie intentó relanzar su carrera publicando a la vez su autobiografía, escrita en realidad por William Duffy, y un disco con el mismo nombre del libro: Lady Sings The Blues.

El libro es un clásico de las autobiografías, pero incurre en muchas inexactitudes. No se sabe si inventadas por Duffy o por la propia Billie Holiday, pero el caso es que  muchos datos son incorrectos. La censura, además, obligó a pasar por alto ciertos aspectos escabrosos de su vida. El disco incluía cuatro o cinco nuevos temas, además de nuevas grabaciones de sus viejas canciones. La pieza que da título al álbum fue escrita por la propia Billie junto al pianista Herbie Nichols, y el resto eran composiciones de gente como Johnny Mercer, Jimmy Van Heusen o Ann Ronell. Es doloroso comparar estas nuevas versiones de clásicos como God bless the child o Strange fruit con los originales que grabó para Commodore o Decca, pero también muestran a una artista sincera, que aprovecha al máximo sus capacidades interpretativas aún con la voz mermada por una vida de excesos. Eso sí, cuando subía al escenario toda su fragilidad quedaba olvidada, y se erguía orgullosa y firme con una gardenia enganchada a su pelo. Así se presentó, de nuevo, en el Carnegie Hall en 1956, en una actuación que incluía, entre canción y canción, la lectura de algunos pasajes de su autobiografía.

Billie Holiday en las sesiones de grabación de su último álbum, Lady in Satin (1958)

En 1957 Billie Holiday añadió a su desafortunada colección de compañeros sentimentales al mafioso Louis McKay. Como casi todos los demás, la maltrataba psicológicamente y también físicamente. Por entonces Billie ya estaba enferma, aunque quizás no era consciente de la gravedad de su situación. Aún tuvo fuerzas para grabar tres grandes discos. En 1957 publicó Body and Soul con el tema que le da nombre, interpretado de una manera casi fantasmagórica, como gran atractivo. En 1958 vio la luz Songs For Distingué Lovers, un título que parecía copiado de los últimos trabajos de Frank Sinatra. Este, sin embargo, lejos de tomarlo a mal, aseguró en una entrevista que Billie Holiday era, quizás, la cantante que más había influido en su forma de cantar en esos álbumes.

Ese mismo año, 1958, salió el último disco que publicó en vida, Lady in Satin. Billie Holiday quería contar con Nelson Riddle, el famoso arreglista que precisamente trabajó con Sinatra en sus discos de aquellos años. Posteriormente cambió de opinión tras escuchar una canción del director de orquesta Ray Ellis, que además era un gran fan suyo. Ellis quedó desconcertado al darse cuenta de cómo había cambiado la voz de la cantante, pero acabó apreciando los matices que la fragilidad había añadido a sus interpretaciones. Lady in Satin, aunque hoy sea uno de los discos más apreciados de Billie Holiday, fue recibido con ciertas reservas. Como ocurrió con la también malograda Amy Winehouse, esos últimos años de Billie fueron analizados más por sus problemas personales que por su música. Algún medio llegó a comparar el disco con estar asomado a una ventana viendo a hurtadillas como una mujer está siendo golpeada. Lo cierto es que se trata del último testimonio, aunque posteriormente se publicaran varios álbumes póstumos, de una mujer con gran talento interpretativo intentando superar sus adversidades y dejando un legado musical maravilloso, incluso con sus imperfecciones.

Billie Holiday ni siquiera pudo morir en paz. Mientras agonizaba de cirrosis hepática en la cama del hospital, el FBI tenía un par de agentes vigilando la puerta de su habitación. Murió el 17 de julio de 1959, con solo 44 años.

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