Fotos por Nacho Goberna © 2023 /
Emma Rodríguez © 2023 /
Debo empezar diciendo que el día que acudí a entrevistar a Iban Zaldua me sentí como dentro de uno de sus cuentos. Era un jueves lluvioso que ponía fin a noviembre y, aunque conocía perfectamente el lugar, la sede de la editorial Páginas de Espuma, en el centro de Madrid, mis pasos me llevaron a otra calle. Al ser consciente del error, aún desorientada, me encaminé hacia la dirección sabida, no sin preguntar antes a un cartero con el que me crucé. Seguí sus indicaciones, pero volví a perderme con los números y tomé el tramo opuesto de la vía. No fue grave, rápidamente, al comprobar lo que pasaba, rehice el trayecto, pero al llegar a la puerta y llamar al timbre alguien me contestó que allí no estaba el sitio que buscaba. Me disponía a llamar por teléfono a Juan Casamayor, el editor, cuando alguien, un vecino, abrió el portal. Todo volvió a la normalidad de pronto, pero mientras esperaba tuve tiempo de pensar en la posibilidad de haber llegado a otro sitio, a otro tiempo en el que me habría esperado un escritor diferente, o tal vez el mismo en una época distinta…
Cuento esta situación, esta anécdota sin importancia, lo sé, porque para mí estará unida siempre a la lectura de A escondidas (¡Cuántas veces una circunstancia concreta nos lleva a las páginas, a los paisajes, de una obra literaria!). Me remito al sucedido sin querer darle demasiada importancia, pero tampoco olvidarlo; lo hago porque en los cuentos de Iban Zaldua lo cotidiano a menudo se ve alterado por sucesos extraños que lo perturban todo; porque en este libro la literatura entra a formar parte de la vida, una parte importante, tanto como freír un huevo o discutir con alguien cercano, como dice el autor.
El vuelo de la imaginación alcanza alturas considerables en este conjunto de narraciones que tanto nos dice sobre nosotros mismos. Quienes somos ávidos lectores-lectoras nos sentimos identificados con muchas de las piezas de esta entrega llena de ángulos desde los que la realidad se tuerce, se bifurca hacia sendas imprevistas. ¿Imagináis que os prohiben leer en la cama, cuando se ha convertido en una costumbre de toda la vida? Sucede en uno de los primeros relatos del libro, un hilo de historias dentro de historias que dejan sin respiro y tras las que se oculta el desamor. La lectura acompaña a muchos de los personajes de estos cuentos en los que cobran relevancia autores tan destacados como Truman Capote o Franz Kafka.
Las corrientes de afinidad que abre la ficción se enredan en el discurrir de los días. Zaldua juega con ello, de la misma manera que juega el narrador, en primera persona, de Castañas, el corto cuento inicial, quien disfruta el comienzo del otoño dando patadas a una, hasta que algo sucede… Este hombre aparentemente tranquilo, nacido en San Sebastián en 1966 y que actualmente vive en Vitoria-Gasteiz, dedicado, además de a escribir, a la docencia, está dispuesto en todo momento a dejarse impresionar y agitar por movimientos inusuales, por miradas inquietantes a los alrededores que tal vez lo salven, nos salven a quienes lo leemos, de la rutina, de lo asumido.

A escondidas, que proviene de una obra publicada primero en euskera en 2014 (Inon ez, inoiz ez), es un recorrido lleno de referencias literarias, en el que se desvelan ocultamientos, heridas e impulsos subterráneos que acaban emergiendo. En muchas de las piezas, con ecos clarísimos de la ciencia ficción, atisbamos un futuro ya muy cercano. El peligro nuclear, las consecuencias de la inteligencia artificial, las contradicciones y confusiones del ahora, son un campo fértil que el escritor explora. Los cuentos le permiten mirar hacia muchos lados; poner la linterna sobre el presente, pero, a la vez, enfocar al pasado y entrever los claros y sombras del porvenir.
La lectura acompaña a muchos de los personajes de «A escondidas», en los que cobran relevancia autores tan destacados como Truman Capote o Franz Kafka. Las corrientes de afinidad que abre la ficción se enredan en el discurrir de los días.
Premio Euskadi de Literatura en 2005, precisamente con una obra titulada Porvenir, y de Ensayo en 2012 con Ese idioma raro y poderoso, Zaldua tiene una obra fecunda a sus espaldas y es un autor capaz de tocar muchas teclas. En el libro que nos ocupa comprobamos lo cómodo que se siente en los territorios de la fantasía, pero no es este su único campo de acción; tampoco ha eludido afrontar el tema político en sus ficciones, abordando el conflicto vasco en distintas entregas, a través de novelas y de relatos, caso de los contenidos en Como si todo hubiera pasado. Con A escondidas, compendio de muchos de sus temas y obsesiones, he descubierto al autor, y me ha sabido a poco, por lo que le seguiré los pasos.
En esta entrevista, realizada ese día lluvioso y extraño, al que hacía referencia al principio, hablamos de muchos de los asuntos apenas sugeridos en este prólogo-presentación. Antes de dar entrada al diálogo, me detengo en uno de los cuentos del libro, Zapatería Beltrán. Café Moderno, donde determinados lugares se convierten en pasadizos hacia otros lados. Y pienso en lo afortunada que fui por haber llegado a la cita en el lugar y el tiempo acordados. Aunque quizás no hubiera estado mal, no sé, traspasar una puerta hacia una realidad diferente..

– En uno de los relatos de este libro, donde el protagonismo lo tiene Truman Capote, se parte de una frase del autor: “El único material de que dispone el escritor es lo que conoce. Al menos ese es el que tengo yo. Lo que sé”. ¿En qué medida se siente Iban Zaldua identificado con esta declaración.
– Pues me siento identificado en parte sí y en parte no. En el cuento al que te refieres, “La Côte Basque”, revisited, estoy, de alguna manera, haciéndole una enmienda al propio Capote. Si por lo que uno conoce se entiende todo, y no solo lo que se refiere a la vida propia del yo, del ego, sino también a lo que tiene que ver, por ejemplo, con las lecturas, con las memorias literarias, que creo que son el combustible de la imaginación, sí puedo estar de acuerdo; pero me da la impresión de que esta frase de Capote hace referencia únicamente a lo primero, a las experiencias personales… Hace poco, en el club de lectura en euskera que coordino en Vitoria, tuve la oportunidad de invitar a un autor que escribe a partir de las experiencias propias y que decía sentirse muy sorprendido ante otro colega que siempre estaba buscando temas fuera de su propia vida, por ejemplo en las noticias; eso a él le parecía antinatural, pero a mí me pasa lo contrario, lo que me resulta antinatural es que alguien se base únicamente en su propia experiencia vital para escribir. Al final creo que se trata de combinarlo todo. En ese sentido, como ves, no estoy del todo de acuerdo con Capote.
– Muchos de los relatos de A escondidas parten de hechos biográficos, de escenarios y circunstancias vividas, observadas… Aparece el yo escritor, lector, en algunas de las piezas… Pero siempre hay algo que contrasta con la realidad, el vuelo de la imaginación siempre logra conducir a otra parte. Ese juego está muy presente en lo que escribes.
– Sí. Esto se ve muy bien en este libro en el que exploto mi vena más fantástica. Uno parte de situaciones que conoce personalmente, y que muchas veces no son para nada extrañas, sino que están muy apegadas a lo cotidiano. Mi vida no es excesivamente original y las vivencias de las que hablo son comunes, pueden ser compartidas con mucha más gente… Pero, como decía David Foster Wallace, una anécdota personal por si sola no constituye un hecho literario, para convertirla en literatura hay que hacer algo más, hay que retorcerla de alguna manera y desarrollarla dotándola de un sentido que normalmente la vida no suele dar a ese tipo de hechos o de circunstancias.
– Más que a Capote, a quien de verdad pareces sentirte más cercano es a Kafka, a sus territorios. De hecho, hay un cuento muy curioso, muy especial, dedicado a él, El traductor de Kafka. ¿Cuál es tu relación con el escritor checo?
– Este relato tiene que ver con una relectura de su obra en un momento dado. Me había acercado a Kafka en la adolescencia ya tardía y guardaba el recuerdo de una experiencia fascinante. Me veo devorando sus libros con el ardor típico de la juventud, algo que hoy me sigue sucediendo, en ocasiones, pero en menor medida. Aún hay veces en que el descubrimiento de un autor me lleva a agotar su obra, pero me ocurre mucho menos que antes… La lectura de Kafka se convirtió en parte del sustrato de mi memoria literaria y pasaron muchos años antes de que volviera a su mundo. Tuvo que darse una circunstancia concreta para que eso ocurriese: la publicación en euskera de los cuentos que escribió y publicó en vida. Cogí el libro traducido y debo confesar que fui con miedo al reencuentro porque, como ya me había pasado otras veces con autores que me maravillaron de joven, temía que pudiese decepcionarme de algún modo. No me pasó en absoluto. Esa relectura me condujo a una inmersión profunda en su obra, enfocada, además, con el objetivo de preparar una sesión para el taller de lectura del que te hablaba.
«Me había acercado a Kafka en la adolescencia ya tardía y guardaba el recuerdo de una experiencia fascinante. VOlví a él, Tras Una Traducción al euskera, con miedo, porque, como ya me había pasado con OTROS autores que me maravillaron de joven, temía que pudiese decepcionarme. No me pasó en absoluto».
– En el relato, como indica su título, es muy importante el hecho de la traducción, y se sostiene que Kafka no murió en la fecha que marca su biografía, que escapó y se dedicó a la agricultura en un kibutz judío en Palestina… ¿De dónde nació esa idea?
– Bueno, el surgimiento del cuento debo agradecérselo a la versión en euskera que he citado, que, a partir de la reflexión sobre el hecho de la traducción, de sus caminos, me condujo al argumento del relato que acabé desarrollando. En cuanto a lo de la muerte fingida, hay varios detalles en la biografía del escritor que me hicieron pensar en ello. Existen distintas versiones sobre cómo murió y esa inclinación hacia la actividad de la agricultura aparece en algunas de sus cartas. Se sabe, por ejemplo, que ayudó a su hermana en la granja de la que era dueña. Y eso, unido, a esa etapa sionista que tuvo, a su viaje a Palestina, fue conformando el relato… Con todos esos elementos fui imaginando la historia, componiéndola.
– Es una narración absolutamente metaliteraria, que nos lleva a pensar en que la literatura, además de las historias de las que nos nutre, genera otras historias a través de las propias biografías y circunstancias de sus hacedores; de las influencias que ejercen determinadas obras sobre otras… En fin, una corriente que no cesa.
– Sí, bueno, ya digo que uno se alimenta de lo que lee… En mi caso, la literatura es algo fundamental y me parece tan vida cotidiana como freír un huevo, limpiar el baño o tener una discusión con tu hija, con tu mujer, con tu padre, situaciones que son las que forman parte de esa supuesta vida. Para responder a esta pregunta voy a recurrir a una lectura, a otro de esos descubrimientos que he hecho a través de las traducciones al euskera. Se trata de Sóniechka, una novela corta, pero muy densa, de la escritora rusa exiliada Liudmila Ulítskaya [editada en castellano por Anagrama]. Es una de esas escritoras que suelen sonar para el Nobel, pero a la que yo no había leído hasta su traducción al euskera. La obra a la que me refiero, muy metaliteraria, está situada en la época soviética, en la transición entre la etapa de Stalin y la de Kruschev, y tiene como protagonista a una lectora compulsiva, a una mujer, que se describe en su juventud como fea y con poco atractivo sexual, y que encuentra en la literatura una vía de escape. Pero de repente algo cambia en su vida que hace que desaparezca la literatura, no para siempre, pues la recobra más adelante, pero ya no para escapar sino como una manera de conectar con la existencia. Creo que ahí, en ese proceso, está trazada la biografía de muchos lectores y de muchas lectoras, que pasan de ver la literatura como una forma de evasión a entenderla como una manera de conectar y de leer la vida.
– ¿Ha sido también tu experiencia?
– Sí, claro. Para mí el recurso metaliterario tiene un poco que ver con ese camino, con la constatación de que la literatura nos ayuda a leer la vida. Y hay otra cosa a considerar en lo que se refiere al cuento. Si el lector que se acerca a estas narraciones es un lector que tiene una cierta memoria literaria, los ecos que se plantean al hablar de libros y autores, al hacer literatura sobre literatura, permiten economizar, que es una de las cosas más interesantes y uno de los retos mayores que presenta el relato breve como género, decir lo máximo con lo mínimo… Jugar con esos ecos, estimularlos en la memoria literaria del lector, es una manera de conseguirlo.
– En este cuento sobre Kafka destaca un recurso que utilizas mucho, la superposición de capas, una historia dentro de otra historia, como un mecanismo de muñecas rusas… Está presente en otro de los cuentos que mejor definen el espíritu del libro, Cuando me prohibió leer en la cama.
– Sí. Y también, de alguna manera, en el titulado Guerras Civiles. Yo creo que tiene que ver con la edad; al ir cumpliendo años empiezas a ver como todo rima y todo vuelve, en ocasiones de forma diferente… Y luego, por supuesto, también está la parte lúdica que tienen las cuestiones del eterno retorno. Ese retorno no siempre es igual y, precisamente, en las variaciones, en las diferencias de detalles, es donde reside parte de la gracia del juego. Ese es un tópico literario que a mí me interesa seguir explotando.

– Kafka protagoniza el relato que estamos analizando, pero también merodea por otras piezas del libro como Gusanos de seda, una narración inquietante sobre el cambio, sobre las metamorfosis que acaecen a lo largo de la vida.
– Sí, efectivamente, este es otro de los subproductos de aquella relectura que te comentaba. Sin tratar de imitarlo, porque me parece un error hacerlo, este cuento sí que tiene una inspiración clara y directa en el mundo kafkiano, aunque en él aparecen entrecruzados otros temas como el de la ruptura familiar y la falta de dirección en la vida del protagonista. Lo cotidiano está muy presente en esta historia que parte de esas tareas que ponen en la escuela y que parecen interesar mucho a los hijos, pero que al final son los padres los que las llevan a cabo. En este caso, la observación del desarrollo y el cuidado de unos gusanos de seda es un cometido que llega a afectar sobremanera, a transformar, al personaje central.
– Me gustaría detenerme en el aspecto inquietante del cuento. Hay otros que también lo son. Nos enfrentamos a narraciones ácidas, perturbadoras. ¿Hay una intención de sacar a los lectores de esa zona de confort de la que se habla tanto, de revolverlos un poco?
– Sí. Aquí vuelvo a Foster Wallace, quien ha hecho referencia a un profesor que tuvo y que decía -no soy capaz de recordar la cita exacta, pero sí su espíritu- que hay autores que escriben para calmar a los nerviosos y hay otros que lo hacen para poner nerviosos a los calmados. Claramente yo intento ser de los segundos: escribo para poner nerviosos a los calmados. Creo que la literatura debe agitar, aunque esta no sea su única función. A mí me gusta la literatura que me hace cambiar de opinión, que me estremece, que me mueve un poco del asiento, y en ese sentido también es la que quiero hacer. Lo que pasa es que, por otra parte -no en todos los relatos, ya que los hay que tienen un tono más grave- eso lo suelo combinar con un cierto humor, que, de alguna manera, sirve para contrapesar la parte inquietante que puedan tener. Pero es que, en el fondo, yo pienso que la vida es inquietante en general. Tomamos por normales cosas que si las miramos con cierta perspectiva no nos lo parecerían tanto. Creo que ahí la literatura puede cumplir ese papel de hacernos extraño lo que no deberíamos aceptar como tan normal.
«Creo que la literatura debe agitar, aunque esta no sea su única función. A mí me gusta la literatura que me hace cambiar de opinión, que me estremece, que me mueve un poco del asiento, y en ese sentido también es la que quiero hacer», señala Zaldua.
– ¿Cuál es tu relación con la ciencia ficción? En el libro entran elementos propios del género, empezando por las distorsiones temporales y espaciales.
– Con la ciencia ficción tengo una relación muy ligada a lo que para mí fue descubrir la pasión por la literatura, por la lectura. Ahí está mi formación como lector en la adolescencia, y, por lo tanto, también como escritor. Como tantos otros, empecé leyendo tebeos y la típica literatura de aventuras que se consume en una primera etapa: Verne, Stevenson, Salgari, etcétera, pero eran las lecturas que encontraba en casa, recomendables para la edad, que contaban con el beneplácito de los padres. El momento en el que yo me empecé a sentir soberano respecto a los libros fue un poco más tarde, cuando ya estaba en el instituto, y fue con la ciencia ficción.
– ¿Qué obras y autores te impactaron especialmente? ¿Cómo se detecta su huella en tu propio trayecto?
– Empecé a descubrir por mí mismo y a aficionarme a autores como Stanislaw Lem, Ursula K. Le Guin, Philip K. Dick… autores que, además, sigo releyendo a día de hoy y que me siguen interesando, frente a otros como Asimov, con el que ya no puedo… Fue en esos mundos donde encontré realmente a mi yo lector y, cuando comencé a escribir, lo hice plagiando a estos autores. Después, con el tiempo, los profesores de literatura me fueron conduciendo hacia otras obras que consideraban alta literatura, pero el gusto por esas historias de género nunca lo perdí.
– La ciencia ficción no era lo más recomendable en los círculos académicos.
– En efecto. Ha habido unas fronteras muy rígidas entre lo que era literatura y subliteratura que se han ido desdibujando, lo cual, personalmente, celebro. Hoy la ciencia ficción se ha convertido en un género mucho más omnipresente en nuestras vidas. Ha subido de categoría y ha alimentado el mundo audiovisual, con muchas películas y series influenciadas por sus historias. Esto es algo que tiene que ver no sólo con los cambios culturales, sino también con las transformaciones sociales e históricas que ha habido. Vivimos en un mundo que parece cada vez más de ciencia ficción, donde todo se acelera cada vez más. Hasta la ciencia ficción se va quedando atrás con respecto a la velocidad de los tiempos, y todo eso ha contribuido a su auge, como pasó también con cierta novela negra, que empezó a ser practicada por escritores no considerados del género. Volviendo a mí, después de una etapa de intentar disimular, de querer aparentar ser un escritor serio (risas), ocultando cuáles eran mis raíces como lector, los años me han ido dando una mayor soltura y me han hecho perder esa cierta vergüenza, haciéndome regresar sin tapujos al género. Puede decirse que en casi todos mis libros de relatos siempre hay cuentos o alguna referencia clara a la ciencia ficción.
«Vivimos en un mundo que parece cada vez más de ciencia ficción, donde todo se acelera cada vez más. Hasta la ciencia ficción se va quedando atrás con respecto a la velocidad de los tiempos, y todo eso ha contribuido a su auge».
– En tus narraciones, es cierto, se plantean situaciones propias de la ciencia ficción que para nada nos parecen alejadas de la actualidad. Son situaciones que ya podemos atisbar. Sucede con Las moscas, donde los protagonistas apenas pueden salir al exterior, o con Como los chorros del oro, un relato sobre la inteligencia artificial, sobre el hombre-máquina, que antes podíamos ver como algo lejano, extraordinario, pero que ya...
– Sí, ya está aquí, son temas que forman parte de nuestro presente. En ocasiones he comentado, en plan boutade, que escribir literatura contemporánea costumbrista, realista, es casi condenarte a escribir literatura histórica, porque la única manera de ser contemporáneo es intentar adelantarse a los tiempos escribiendo ciencia-ficción, haciendo obras futuristas, con las que igual no vas a acertar, pero sí, por lo menos, intentar acompasarte a la velocidad de los tiempos. También es cierto que esto venía de antes. Doy clases de historia económica y suelo comentar con los alumnos que no es casualidad que una novela como Frankenstein, con la que se inicia la ciencia ficción propiamente dicha, surja en los albores de la revolución industrial. En realidad es una respuesta a eso, una respuesta inquietante, además. Mary Shelley escribió esta obra al lado, en la misma casa y en el mismo contexto que Lord Byron, que, a su vez, había escrito poemas y artículos sobre los luditas, que temerosos de las consecuencias de la revolución industrial sobre los trabajos artesanales, propugnaban la destrucción de las máquinas. Todo esto es muy interesante.
– Encuentro una cierta relación entre tus cuentos y los de José María Merino, que también recurre en muchas ocasiones a lo fantástico a partir de lo cotidiano. Él dice que escribe para “tener una segunda vida” y también para “comprender, reconciliar y aceptar muchas cosas de la realidad”, porque “mientras escribes, en cierto modo, estás desentrañando, intentando descifrar esa realidad”. ¿Estás de acuerdo con él?
– Sí. José María Merino es uno de los maestros del relato en español. Nos ha regalado piezas estupendas y yo siento mucha cercanía hacia él, mucho respeto hacia su militancia en el mundo del cuento, muy de aplaudir en un contexto en el que parece que la novela se lo come todo y en el que se sigue considerando la única vía para ser un escritor como Dios manda. Merino nos enseña que hacer una carrera como escritor de relatos es algo viable. En cuanto a sus declaraciones, comparto sobre todo la primera parte de lo que dice; no tanto la segunda, porque a mí la escritura, más que reconciliarme, me enfrenta un poco con las cosas que no me gustan en la realidad. En ese sentido no sé hasta qué punto para mí es tan terapéutica. No me suelo sentir más reconciliado con la realidad cuando la estrujo, sino que es la incomodidad que quiero crear en el lector la que, de alguna manera, me sigue persiguiendo. En mi caso, no salgo mucho más tranquilo del relato cuando lo termino de escribir.
– Los cuentos de Iban Zaldua parecen sencillos, pero plantean reflexiones profundas. Dejan un sustrato que lleva a darles vueltas, a rumiar sobre ellos. En El traductor de Kafka se aborda, por ejemplo, el límite entre la verdad y la mentira, entre lo auténtico y lo falso. Vivimos en un ahora en el que da la impresión de que estamos cerca de llegar a un punto en el que ya no vamos a ser capaces de distinguir entre una cosa y otra. ¿Puede llegar un momento en el que la ficción se convierta en el territorio idóneo para descubrir dónde se esconde la verdad?
– Bueno, cabe preguntarse si al final la ficción va a resultar más verdadera que lo real, porque lo real a veces se va tan lejos que parece mentira, mientras que lo que se cuenta por medio de mentiras, a través de la ficción literaria, llega a ser un mejor camino hacia la verdad. Es un tema sobre el que reflexionar en esta época de los bulos, de las fake news… pero también me lo parece en lo que respecta a la memoria. Pienso, por ejemplo, en el caso del País Vasco y de otros territorios en los que la ficción se acaba convirtiendo en un campo de batalla de los grandes relatos que vertebran la visión histórica de nosotros mismos y de nuestras sociedades. Podemos conceder a la ficción ese papel de salvaguardar la verdad, pero me parece grave que lleguemos a ese punto en el que creamos que esa sea la única vía para acceder a ella. Yo sigo creyendo en el relato periodístico, sociológico, histórico, hecho con rigor, siempre sabiendo que la objetividad no es del todo posible, pero tendiendo a ella. Perder eso, dejar de apostar por la investigación rigurosa de los hechos, me parece una desgracia.

– ¿Cuándo aludes a la ficción como campo de batalla en el País Vasco a qué te refieres concretamente?
– Me refiero a lo que ha pasado con novelas como Patria, con la serie a raíz de la misma. Si los libros se convierten en campos de batalla para fijar determinadas narraciones es porque en el ámbito de la memoria cívica no estamos haciendo las cosas bien. La ficción me parece una vía muy válida para comprender los hechos, pero no debería competir con un cierto consenso sobre lo acontecido, sobre la realidad de los hechos. Como decía, pese a todas las limitaciones que hay, sigue siendo necesario tender a la objetividad. Eso es lo que se está perdiendo, esa obligación moral que teníamos de tender hacia la verdad. Ahora parece que hay una mayor impunidad a la hora de manipular los hechos para lograr ciertos fines, y eso me parece muy peligroso, al tiempo que contamina el papel de la ficción, cuya función principal no es ser una senda para alcanzar la verdad.
«Si los libros se convierten en campos de batalla para fijar determinadas narraciones es porque en el ámbito de la memoria cívica no estamos haciendo las cosas bien (…) se está perdiendo, esa obligación moral que teníamos de tender hacia la verdad».
– El conflicto vasco es un tema que siempre te ha preocupado, sobre el que has escrito. ¿En qué medida supone una presión para cualquier escritor vasco? ¿Implica un compromiso? ¿Te has sentido inclinado a tomar postura?
– Bueno, creo que esto sucede en todas las circunstancias históricas y sociales. No me parece que, en este caso concreto, exista una obligación a tomar postura. Ha habido mucha gente que, por una circunstancia o por otra, no ha escrito sobre el tema y ha hecho una literatura muy válida. En mi caso, en el primer libro que escribí no hice ninguna referencia al conflicto. Estaba muy implicado en el campo político y cívico y la literatura, que formaba una parte importante de mi vida cotidiana, era entonces para mí algo que quería mantener al margen, sin contaminar. Pero a partir de cierto momento me sentí interpelado por el tema y entonces, casi visceralmente, empecé a escribir sobre ello. Reconozco que entonces sí había cierta presión; algunos la eludían manteniéndose al margen y otros la abrazaban haciendo literatura más militante, más crítica… Reflexionando un poco más sobre la pregunta, yo planteo otra: ¿está un escritor español obligado a posicionarse sobre la Guerra Civil y el franquismo, por ejemplo, que sigue siendo un tema que está sin resolver a nivel de memoria cívica; o un mexicano o un colombiano tienen que posicionarse sobre toda la cuestión del narcotráfico y la problemática social asociada al mismo?… Habrá gente que piense que si se trata de un escritor comprometido tendrá que hablar de esto y convertirlo en tema principal de su literatura, y otros pensarán que para nada es necesario.
– ¿En qué lugar te encuentras ahora?
– Ahora quizás no necesito escribir tanto sobre el conflicto, porque ya se está convirtiendo más en una cuestión de memoria que de posicionamiento político inmediato. Hay un volumen de relatos, que publiqué con Galaxia Gutenberg, en 2018, Como si todo hubiera pasado, que está dedicado íntegramente a ese tema. Cuando estuve con su promoción solía argumentar que, en comparación con la novela, que, de alguna manera, sobre todo si son obras de tesis, te obliga a adoptar una postura y un foco muy determinados –especialmente si se trata de un conflicto político tan complejo como era el vasco–, los cuentos permiten abordar las cuestiones complicadas desde ángulos muy diferentes y utilizando a personajes diversos con los que no tienes que estar de acuerdo. En ese sentido, el caleidoscopio resultante puede ser más caótico, pero al mismo tiempo menos dirigido y más fiel a lo que es una realidad tan complicada.
– ¿Crees que hay que seguir indagando, escarbando en la memoria?
– Creo que hay que aplicar un poco de perspectiva. Un conflicto como el vasco, crucial para nosotros, no tiene que ver con la magnitud de otros conflictos políticos, militares, con unos grados de violencia para nada comparables. Hay que valorarlo en su dimensión, teniendo en cuenta que las mismas paradojas y los mismos problemas se plantean en cualquier enfrentamiento político. No creo que los vascos seamos tan especiales en ese sentido y, ahora que estamos viviendo una época de posconflicto, hay quienes sostienen que tenemos que hacer memoria sobre todo lo sucedido y releer el pasado desde puntos de vista que antes no afloraban tanto, y hay otros que se plantean que no es necesario seguir dándole vueltas a lo mismo, que consideran que es mejor, no tanto olvidar como anestesiar un poco el pasado. Ahora mismo, a los de mi generación nos sigue tocando de cerca el asunto porque lo hemos vivido, pero para mis hijas es ya una cuestión tan lejana como la Guerra Civil o las guerras carlistas. Pese a ello, mi opinión es que hay que seguir hablando de estas cosas porque de lo contrario pasará lo mismo que ha pasado con la Guerra Civil. No seremos nosotros, pero puede que algunos de nuestros descendientes se preguntarán en un momento dado por qué sus abuelos hicieron o no hicieron, por qué callaron sobre determinadas cosas.
– Sí, pero lo cierto hay una intencionalidad por parte de la derecha española, y de ciertos sectores de la sociedad, por mantener ese tema candente, por seguir sacándole partido…
– Sin duda, y por eso digo que lo importante sería llegar a un mínimo común denominador de la verdad histórica en la que podemos ponernos de acuerdo. No hemos llegado hasta ahí y por eso se puede seguir utilizando. Al respecto, yo soy pesimista… Pensemos que en España no se ha llegado a un consenso de verdad histórica en lo referente al franquismo. Hay gente que sigue sin condenar muchas cosas… Y es una paradoja que ETA salga ahora mucho más en los discursos, incluso con mucha más intolerancia hacia ciertas posturas, que cuando estaba matando. Es algo que me parece alucinante. Se ha convertido en parte de la lucha contemporánea por el poder político en España, por el control del poder en Madrid. Cuando en el País Vasco el ambiente ha mejorado de manera evidente con los pasos que se han dado –que quizás a algunos no les parezcan suficientes–, para llegar a un cierto grado de reconciliación y de reconocimiento del dolor causado por algunos actores del conflicto –de la violencia vasca– que estuvieron callados durante mucho tiempo, que en Madrid las tensiones hayan subido tanto, me parece increíble…
«es una paradoja que ETA salga ahora mucho más en los discursos, INcluso con mucha más intolerancia hacia ciertas posturas, que cuando estaba matando. Es algo que me parece alucinante. Se ha convertido en parte de la lucha contemporánea por el poder político en España, por el control del poder en Madrid».
– Cambiando de tema, volviendo al relato de Kafka, me parece curiosa la alusión a que publicar y escribir en euskera, “una lengua minorizada”, es “una forma de ser discreto”.
– Bueno, eso es una ironía (risas).
– ¿Pero te sientes diferente al escribir en euskera o en castellano?
– Me siento diferente y, al mismo tiempo, no. No es fácil de explicar y tengo que hacerlo partiendo de mi biografía lingüística, que tampoco es tan extraña en el País Vasco. Mi lengua materna es el castellano. El euskera desapareció de mi familia durante un par de generaciones y en las circunstancias políticas del deshielo del régimen franquista, donde se permitió la enseñanza del euskera, mis padres optaron porque sus hijos recuperaran la lengua perdida. Para mí es un segundo idioma, pero adquirido desde muy joven. Cuando empecé a escribir lo hacía en castellano porque era la lengua que mejor dominaba y en la que más me había alimentado literariamente. Opté por el euskera en cierto momento, porque, por cuestiones profesionales y vitales, se convirtió para mí en una lengua más cotidiana. Pasó a ser mi principal vehículo de creación cuando ya tenía una obra de juventud publicada en castellano y era dueño de un cierto estilo. En el proceso de transición tuve que construirme otro estilo y ese traspaso no fue automático, requirió tiempo y una cierta práctica. Pese a las similitudes, que las hay, se trata de dos lenguas diferentes, con una historia literaria diferente y una gramática, sobre todo, muy distinta.

– Tú mismo traduces tus libros… ¿Qué cambia de ti mismo en el proceso?
– Me decidí a autotraducirme porque es la mejor manera de reconocerme. Como la mayoría de autores vascos tengo claro que el castellano te hace llegar a un público mucho más amplio, pero hay algo más: cuando vuelco mis textos a esa lengua, que también es la mía, siento que estoy saldando una deuda que tengo con parte de mi comunidad; porque vivo en una comunidad bilingüe, con una parte importante de la población que no domina el euskera. Mi padre, por ejemplo, solo puede acceder a mis obras en el momento en que las traduzco al castellano. Por una parte esto es algo que me tranquiliza mucho, porque no tengo la sombra del padre todo el rato sobre mí. Pero en el momento en que empiezo a traducirme comienzan las preocupaciones (risas). Pienso que va a entender lo que digo exactamente, que va a detectar de dónde viene, que a lo mejor no le va a gustar… Hay una ambivalencia y, por supuesto, no pocas paradojas que van surgiendo en el proceso.
«cuando vuelco mis textos aL castellano siento que estoy saldando una deuda con parte de mi comunidad; porque vivo en una comunidad bilingüe, con una parte importante de la población que no domina el euskera. Mi padre, por ejemplo, solo puede acceder a mis obras en el momento en que las traduzco».
– ¿Pero no te sientes diferente?
– No. No hay dos autores. El castellano, como decía, es también mi lengua. Soy el mismo. Lo que pasa es que la autotraducción me da una segunda oportunidad, es una manera de seguir corrigiendo el libro. En El traductor de Kafka llegué incluso a cambiar el final, algo para nada habitual. Siempre empiezo a escribir mis cuentos desde el final, como ya indicaba Edgar Allan Poe; en esto soy muy clásico. Creo que en una novela sí se puede avanzar más a ciegas, a base de machetazos, pero con un cuento tienes que tener un mapa, aunque sea mínimo, muy esquemático. Yo no puedo ponerme a escribir un cuento antes de saber a dónde va a llevarme. Y, sin embargo, con este relato en concreto he cometido esa herejía que tiene mucho que ver con la frase que citabas del euskera como lengua secreta. La traducción es parte de la trama del cuento y al abordar el tema fui consciente de que no era lo mismo hablar de la traducción a una lengua minoritaria que a otra como el castellano, que ya no tiene ese carácter, que llega a millones de hablantes. Eso me obligó a modificar el final. Tuve que darle muchas vueltas para respetar el sentido original.
– ¿Nos puede ayudar la literatura a ver lo que no queremos ver, lo que preferimos no saber, esconder? Me imagino que de ahí viene el título del libro.
– Sí, viene de ahí. En casi todos los relatos hay ocultamientos, cosas que unos personajes no quieren que otros sepan o verdades escondidas. Como decía Chesterton, la realidad tiene una cara B que los cuentos pueden ayudar a revelar, en este caso a retorcer utilizando recursos de la literatura fantástica. Lo vemos en el relato Guerras civiles, en ese grupo que está emboscado, o en Entrevista, que va sobre el conflicto vasco, donde aparece un hombre que ha ocultado durante años que era forofo del Real Madrid porque las circunstancias sociales en las que vivía no le permitían salir de ese armario, de alguna manera, un poco estúpido, y que luego, en una situación de fin de la violencia armada de ETA, por fin se abre… Sí, muchos de los relatos participan de ese esconder. Es un título que engloba muchos de los enfoques y de los temas del conjunto.
«En casi todos los relatos de «A Escondidas» hay ocultamientos, cosas que unos personajes no quieren que otros sepan o verdades escondidas. Como decía Chesterton, la realidad tiene una cara B que los cuentos pueden ayudar a revelar, en este caso a retorcer utilizando recursos de la literatura fantástica».
– Has citado Guerras Civiles. Me parece un cuento muy significativo sobre la memoria, sobre el sinsentido de las guerras que siguen sucediéndose, repitiéndose…
– Sí. Me parece muy significativo y por eso está situado en el centro del libro, de una manera bastante deliberada. Se trata de una historia antimilitarista a partir de un relato de guerra, un género que hemos consumido muchísimo. De hecho hemos estado saturados de esa épica a través del cine. Mi generación se alimentó muchísimo de las películas del Far West y de la II Guerra Mundial. Y este cuento es una reacción contra ese gusto por la épica bélica en el que se nos formó, sobre todo a los chicos. Le tengo, además, un especial cariño porque me planteó una serie de dificultades técnicas y estoy relativamente contento con su resolución. Me lo pasé muy bien planificándolo, con esa estructura con un final de doble tirabuzón.
– A mí me parece un relato muy oportuno para estos tiempos en los que el ardor guerrero parece estar resurgiendo, en los que el pacifismo no parece tener, incomprensiblemente, buena prensa...
– Bueno, yo creo que nunca se ha ido, y Guerras civiles va de eso, de la continuidad de las guerras. Aunque en Europa Occidental parecía que había un consenso por mantener lejos las contiendas y lo que las rodeaba, ahora vemos que todos esos fantasmas que parecían enterrados desde el principio de la Guerra Fría están volviendo… Bueno, en medio, hay que recordar la guerra de Yugoslavia, que a mí me impactó especialmente porque entré en contacto con grupos de bosnios que llegaron a Vitoria y a los que di clases de español. Eso coincidió con toda la lucha de los 90 contra el servicio militar y con la violencia en el País Vasco… Pero, volviendo al ahora, sí, es verdad que hoy aflora con más intensidad la belicosidad, se nos hace más presente en Ucrania, en Gaza, y llama mucho la atención ese aplauso al ardor guerrero. Creo que somos muchísimos los que lo estamos pasando mal, los que consideramos que hay que retomar el camino del pacifismo y, sobre todo, del antimilitarismo. Son esas estructuras, esos relatos, de la inevitabilidad de esa vía, los que vuelven a dominar, cuando parecía que, después de los desastres del siglo XX, teníamos que haber aprendido a no repetir los mismos errores. Comprobar que un instrumento como la ONU se vuelve tan inútil causa pavor… Esos fantasmas de lo que puede ser la guerra nuclear, presentes en el cuento de Las moscas, han regresado. En mis días más pesimistas pienso que lo que inventan los seres humanos al final se acaba usando. Creemos que el cupo se ha cubierto con Hiroshima y Nagasaki, pero no podemos estar tan seguros.
– Vivimos tiempos inquietantes...
– Todos los tiempos son inquietantes, pero estos son los que nos tocan a nosotros.

A escondidas, de Iban Zaldua, ha sido publicado por Páginas de Espuma. Traducido del original en euskera, Inon ez, inoiz ez, por el propio autor.









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