Emma Rodríguez © 2024 /
Quienes transitamos el siglo XXI, a punto de iniciar el segundo cuarto de estos tiempos agitados, confusos, inestables, tenemos asumido el ritmo veloz al que todo discurre. Estamos inmersos a nivel global, desde hace ya mucho, en una época de “supremacía de la velocidad como símbolo de eficacia social y de modernidad consumada”, como nos dice el historiador Laurent Vidal en su ensayo Los lentos, que analiza, como se indica en su subtítulo, “la resistencia a la aceleración de nuestro mundo, del siglo XV a la actualidad”.
El profesor de la Universidad de La Rochelle (Francia) nos da la oportunidad con este libro, publicado por errata naturae, de cuestionarnos el tipo de sociedades que habitamos y de preguntarnos en qué momento las poblaciones humanas aceptaron que la productividad lo era todo, por encima de la salud, del equilibrio mental, de la felicidad. Nos estimula el autor a reconocer los estereotipos que llevamos a cuestas y que asumimos con tanta naturalidad, incapaces de sacudirnos, de liberarnos, de tomarnos un respiro. Nos hace ver con claridad por qué las reglas y el tipo de vida capitalista se nos ha inoculado de manera tan eficaz que sentimos cierta culpa cuando ejercemos nuestro derecho a aminorar la marcha, a detenernos, a sentirnos y pensarnos para poder interpretar lo que acaece en los alrededores, en el contacto con los otros, en las turbulencias de un presente que se nos escapa.
En el arranque del recorrido Vidal mira hacia atrás, hacia los inicios de la modernidad clásica, deteniéndose en el discurso religioso y en el económico, pues ambos son cruciales para detectar ese momento en que se impusieron “los ritmos sociales” que nos controlan. El primero asocia “la lentitud a la pereza, considerado un pecado capital”; el segundo “valora la rapidez en los intercambios comerciales y en la producción”. Y más tarde todo se acentúo con las revoluciones industriales y posteriormente digitales, “al imponer los principios de la aceleración y la instantaneidad como normas sociales”.
Con su ensayo «Los Lentos» Laurent Vidal nos da la oportunidad de cuestionarnos el tipo de sociedades que habitamos y de preguntarnos en qué momento aceptamos que la productividad lo era todo, por encima de la salud, el equilibrio mental, la felicidad.
Ahí nos encontramos, nos reconocemos. Como argumenta el ensayista, esta dinámica conduce a condenar a los más frágiles, a poner en evidencia a los que no pueden adaptarse o buscan otros caminos. Con qué naturalidad, pienso llegada a este punto, en ocasiones utilizamos adjetivos que lanzamos como dardos a los que no siguen el paso: “indolentes, perezosos, parsimoniosos, remolones…”, adjetivos a los que recurre Vidal para llegar a la conclusión de que “en definitiva, todos los “lentos” están condenados”.
Esa condena es aceptada por gran parte de las ciudadanías. Hay una especie de consenso contra los que no tienen como prioridad darlo todo en el trabajo. Se mira con malos ojos a quienes valoran su tiempo y su descanso, a quienes prefieren ganar menos para disfrutar de quehaceres al margen, de actividades que les satisfagan realmente. Aquí introduzco lo de “trabajar para vivir, no vivir para trabajar”. Y me detengo en la palabra “desaceleración”, un movimiento de cambio urgente, reclamada por economistas, pensadores y científicos atentos y preocupados por el desastre, largamente anunciado, que se avecina con el cambio climático, ya irremediablemente en marcha, ante los oídos sordos de políticos afanados en destinar sus energías a estrategias geopolíticas y horizontes de guerra.

Laurent Vidal nos invita a seguir mirando nuestros entornos a cámara lenta, de manera similar a como lo hicimos durante los confinamientos que tuvieron lugar a causa de la reciente pandemia que hemos vivido, que, al “frenar en seco el proceso de aceleración, dejó al descubierto la articulación rítmica que sustenta nuestro modelo social”.
Argumenta el historiador: “Este dominio social de la rapidez (o más bien de la aceleración), que excluye cualquier otro ritmo, nos ha dejado un mundo deteriorado. ¿Cuánta destrucción y estigmatización han sido necesarias para imponer la supremacía casi exclusiva de un ritmo frenético? Colonizaciones, esclavitud, explotación de recursos y una multitud de empresas que marcan el camino de la destrucción mecánica y racional de los ecosistemas humanos y naturales, en cuyo contexto la pandemia de Covid-19 se ha alzado como uno de los últimos percances que ha sufrido la sociedad. Esta relación no es fruto del azar: en 2016, un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señalaba que el 75% de las enfermedades infecciosas emergentes en el ser humano son de origen zoonótico, es decir, afecciones oportunistas estrechamente imbricadas con la salud de los ecosistemas. Dicho de otro modo, la propagación de los virus y la crisis ecológica van de la mano”.
No conviene olvidar las lecciones de la pandemia, aunque no son pocos los que prefieren mirar para otro lado, como si nada hubiera sucedido. En aquellos meses de desesperación salieron a la luz, poniendo de manifiesto su esencialidad, los trabajadores que conforman “un bloque social de segunda línea (…), la trastienda de nuestras sociedades contemporáneas”, indica el autor. En el tiempo en el que el capitalismo mostró sus grietas y cobraron relevancia los pequeños gestos de solidaridad, las tornas cambiaron. Pero duró poco. Los que creíamos que todo iría a mejor a partir de una experiencia tan dura nos equivocamos. Como dice Laurent Vidal, “cuando empezamos a ver una salida de la pandemia, se sucedieron los llamamientos a movilizarse, a trabajar, a reconstruir…”
A partir de ahí se cuestiona el ensayista el sentido de trabajar para “reconstruir el vertiginoso patrón rítmico de nuestra vida moderna”. Al hilo de sus reflexiones, me planteo yo hasta qué punto perdimos, tras la pandemia, una gran oportunidad de cambio de conciencia, de estilo de vida, de patrones de comportamiento, de posibilidad de romper con el corsé rítmico impuesto. Nos traslada Vidal a la etapa que siguió a la Segunda Guerra Mundial, cuando “a contracorriente de la reactivación económica que volvía a situar la energía constructora en el centro del juego social, Gaston Bachelard desarrolló una filosofía del descanso, ya que “el descanso es una vibración feliz”.
Invitaba entonces el filósofo, “a pesar del tono amenazante de los discursos sobre la necesaria recuperación de la vida económica, a reservar tiempo para la renovación”. Se refería a la necesidad de “abrir el tiempo para aceptar otras experiencias rítmicas distintas a las relacionadas solo con las imposiciones de la vida social”.
Laurent Vidal se apropia de las propuestas de Bachelard y nos dice más adelante: “Tal vez aún sea pronto, pero imaginemos que los lentos, a través de las muchas artimañas sociales que han creado y desplegado a lo largo de la historia, nos estuvieran mostrando el camino contemporáneo hacia esa emancipación”.
En la etapa que siguió a la Segunda Guerra Mundial, “a contracorriente de la reactivación económica que volvía a situar la energía constructora en el centro del juego social, Gaston Bachelard desarrolló una filosofía del descanso, ya que “el descanso es una vibración feliz”.
El libro del que os hablo, que he recibido como una reivindicación del “derecho a otros ritmos”, consigue que miremos desde perspectivas diferentes, que superemos la ceguera en la que estamos inmersos. Se trata de “no ceder a la imposición de una época marcada por los imperativos de la eficacia y experimentar como “soñadores perplejos y lentos”, nos indica el autor, quien toma esta última frase del poeta Eugenio De Signoribus.
“Los bien llamados “tiempos modernos” han hecho del dominio de la velocidad un modelo de virtud social (…) Modernos son los rápidos, los eficientes” (…) Como un reflejo invertido, se establece una asociación entre lentitud y fragilidad social. Sin embargo, y aquí adopto las palabras del geógrafo brasileño Milton Santos, creo que hay que apostar a que “la fuerza está de parte de los lentos”, de los excluidos del proceso de aceleración de la vida social”, sigo leyendo.
Puede que, si habéis llegado hasta aquí, os preguntéis: Pero, ¿quiénes son exactamente los lentos; quienes pueden entrar en esa categoría? Vidal identifica a lo largo del ensayo a los colonizados y los explotados. Hay capítulos muy interesantes sobre los mecanismos de dominación a lo largo de la historia, sobre la asociación entre lentitud y discriminación social. La velocidad en los ritmos de producción que se inició con la industrialización, en fábricas, puertos, grandes centros industriales y comerciales, se ha ido extendiendo poco a poco a todas las esferas de la vida social, acompañada, “de una depreciación de quienes no se ajustan a su intensidad, de quienes la sufren en lugar de controlarla”, nos explica el ensayista, aludiendo a dos supuestos vicios, añadidos como consecuencia de ello y señalados colectivamente: “la pereza y la inutilidad”.
Laurent Vidal no se limita a visibilizar todo esto, sino que nos lleva a comprender el modo en que las sociedades capitalistas se perciben, organizan y proyectan hacia el futuro, cuestionando “el imaginario de la lentitud como cualidad social discriminatoria” y nos estimula a dar un paso liberador, sanamente subversivo. “Es necesario ir más allá y considerar la lentitud como una posible subversión de la vertiginosa cadencia impuesta por el ritmo de las actividades económicas y del trabajo. Se trata de un proyecto, en definitiva, de resistencia, o de reexistencia, donde los lentos buscarían, a tientas, mediante las rupturas del ritmo, el camino hacia otra existencia posible”.
Aquí el historiador recurre a la poesía, a la capacidad visionaria de la misma. Toma unos versos de Aimé Césaire que reflejan de forma esclarecedora ese giro al que se refiere: “Que vivan los que nunca han inventado nada / para los que nunca han explorado nada / para los que nunca han domado nada / pero se abandonan, sobrecogidos, a la esencia de todas las cosas, / ignorantes de las superficies pero embargados por el movimiento de todas las cosas, / indiferentes por domar, pero jugando el juego del mundo, / en verdad, los primogénitos del mundo”.
“Es necesario ir más allá y considerar la lentitud como una posible subversión de la vertiginosa cadencia impuesta por el ritmo de las actividades económicas y del trabajo. Se trata de un proyecto,de resistencia, o de reexistencia”, INdica el Historiador.
No se trata solo de producir, no somos meras máquinas, aunque nos traten como tales. Descubrir, cuidar, maravillarse, ejercer la nobleza, la ternura, apreciar la belleza… Todo esto nos define y asoma en los fondos de este ensayo sobre la lentitud, un tema que ha despertado el interés de la filosofía desde distintas vertientes. Os recomiendo otro ensayo especialmente interesante, lleno de referencias que van salpicando su discurrir, un desafío a los cánones de la cultura de la productividad y de la sociedad neoliberal que ocupa otra página de Lecturas Sumergidas: Metafísica de la pereza, de Juan Evaristo Valls Boix. Os invito a adentraros en otra obra muy inspiradora, El tiempo regalado, de Andrea Köhler, también destacada en este espacio. Os animo a leer cualquiera de las obras del pensador surcoreano Byung-Chul Han, capaz de detectar las contradicciones y los mecanismos insanos del tipo de vida occidental, cada vez más alejada de la calma.
Compartiendo temática y gran parte de sus enfoques, la perspectiva histórico-social de la que parte Laurent Vidal es diferente, complementa y enriquece los trayectos citados. Su objetivo es encontrar el origen de la condena de la lentitud y trazar un itinerario histórico, a través de tiempos y culturas, hasta alcanzar el presente, las marcas de un ahora en el que nos sentimos sobrepasados, en el que no somos capaces de seguir el ritmo impuesto por las tecnologías, por las noticias que se despliegan a nuestro alrededor sin descanso, muchas veces impregnadas de tal falta de veracidad que producen vergüenza.
Este libro del que os hablo traza un itinerario original en su enfoque y estimulante, capaz de despertar las conciencias dormidas. A lo largo de un trayecto intenso y exhaustivo, el ensayista va identificando las maneras en las que la lentitud ha sido atacada, a la vez que su ejercicio se ha convertido en un modo de resistencia. Señala Vidal que, “mediante la lectura lenta”, él se ha propuesto seguir el rastro de los lentos y prestar atención a las palabras, tanto a “las pronunciadas por los poderes de cualquier tipo, que asignan lugares y cometidos”, como a las de “la poesía de los humildes, que liberan o al menos tratan de abrir los caminos de lo posible”.

Complicado dar cuenta de todos los acontecimientos, gestos, movimientos, que va registrando el autor, en su repaso del devenir histórico, partiendo en el inicio de las transformaciones que ha ido experimentando el término lentitud a lo largo de los siglos; parándose en momentos y circunstancias relevantes que dan cuenta de la demonización del mismo y la construcción del imaginario de la productividad; buscando y analizando distintas “experiencias de emancipación o de protesta social” que han surgido, y pueden seguir haciéndolo, a través de la creencia y puesta en práctica de otro tipo de temporalidad.
Me detengo en el capítulo titulado El nativo perezoso, primera encarnación social del lento, que nos conduce a los relatos del descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo. En las crónicas de entonces se pone de manifiesto la perplejidad de los conquistadores europeos ante lo que consideraban una “relación negligente de los indios con el trabajo”. Se les tilda de “perezosos y viciosos, melancólicos, cobardes, y en general, gente mentirosa y holgazana” (descripción de Gonzalo Oviedo y Valdés). La hamaca se convierte en el símbolo de todo ello, su visión representa todo lo que los colonizadores rechazan.
“Adjetivo tras adjetivo, imagen tras imagen, se configura el entramado de significados que conforman el imaginario del indio salvaje-perezoso-lento-inmoral-irrespetuoso. En la Europa de finales del siglo XVI y principios del XVII, este retrato inventado, contramodelo ideal del hombre de la Modernidad, podría ser la primera forma otorgada a la figura social del lento: su rechazo sirve para imponer el modelo supuestamente universal del hombre moderno civilizado-rápido-eficiente-moral-respetuoso”, argumenta Laurent Vidal.
En las crónicas deL Descubrimiento y la Conquista del Nuevo Mundo se Muestra la perplejidad de los conquistadores europeos ante lo que consideraban una “relación negligente de los indios con el trabajo”. Se les tilda de “perezosos y viciosos, melancólicos, cobardes, gente mentirosa y holgazana”.
Dedica atención el autor a una figura literaria que, tal vez, nos dice, sea el primer personaje de novela que se presenta con los rasgos de un hombre lento. Se trata de don Quijote, el célebre caballero andante cervantino. “¿Acaso no deambula con paso lento mientras sueña con resucitar la caballería andante? El ingenioso hidalgo no está en consonancia con los tiempos modernos y se siente incómodo con los códigos impuestos. Así lo demuestra su lucha contra los molinos de viento…”, vamos leyendo.
Hecho este inciso, llegamos a la siguiente parada en el camino: el Siglo de las Luces, y nos encontramos con el considerado indolente del siglo XVIII, que “hereda las carencias sociales del indio perezoso” de los siglos anteriores. Nos dice Vidal que en esta época de “apogeo de la burguesía, quienes rechazan la fortuna y su consiguiente gloria demuestran la misma insolencia que el indio: su actitud desafía los códigos que la incipiente sociedad burguesa trata de imponer. Por ello, hay que perseguir cualquier manifestación de insolencia”.
Seguimos pasando las páginas y atravesamos el siglo XIX. El autor traza una panorámica de la modernidad industrial, poniendo el foco de atención en los trabajadores, los colonizados, los errantes, los asociales; analizando los sustratos del racismo y también la fascinación por la velocidad, reflejada en el movimiento futurista. Hay una mención a Tiempos modernos, de Charles Chaplin, película que refleja magníficamente las sociedades de la mecanización, de las cadenas de montaje. Del desarrollo de este trecho del recorrido os pueden dar idea los enunciados de los distintos apartados que lo componen: Pueblos, ritmos y revoluciones; la era mecánica; entre sincronización y falta de atención; negros, colonizados, los otros indolentes; las sociedades metronómicas.

Llegada a este punto, transcribo un par de fragmentos:
“El cronómetro, más que la máquina de vapor, fue la gran innovación de las sociedades industriales, pues introdujo los fundamentos de una economía capitalista del tiempo (…) Si la tecnología del vapor permitió instalar el principio de la aceleración en el trasfondo de la vida económica y social, la difusión del cronómetro en los lugares de trabajo (junto a los relojes en los espacios públicos y domésticos, e incluso los relojes de bolsillo entre una burguesía industrial y comercial ansiosa por mostrar los signos distintivos de su posición social) introdujo la posibilidad de sincronización de las actividades. Y esta sincronización, que actúa en varios niveles (del individual al colectivo, del espacio local al global), simboliza un episodio de disciplina de los cuerpos”.
“De un lado a otro del Atlántico, los trabajadores, sometidos al ritmo infernal de la cadena de producción y al poco agradable control de los capataces, son los nuevos hombres lentos, los señalados. Su inadaptación al ritmo de vida moderno es objeto de denuncias frecuentes (…) Los lentos están ahora asociados a un dispositivo arquitectónico: la cadena de montaje, la fábrica y, por qué no, los campos de trabajo…”
Menciona desde un primer momento Laurent Vidal en este ensayo los modos de resistencia a los ritmos impuestos. Pero es en la parte final del trayecto donde se ocupa de ellos. “Es el momento de dar voz a los lentos, o mejor dicho, de estar atentos a sus palabras y a las huellas que han dejado”, nos dice, centrándose en primer lugar en las rupturas de esos ritmos en el ámbito laboral, a través de las protestas y las huelgas. Es muy interesante esta parte que recuerda cómo las luchas obreras han ido ganando derechos, respecto a los mejores salarios y condiciones; también a las jornadas de descanso –ese tiempo robado al trabajo por el bien de la vida–; derechos que hoy damos por hechos, pero que conviene seguir defendiendo, pues quienes ostentan el poder económico siempre están dispuestos a retroceder.
“La utopía de un tiempo utilizado de manera diferente también ha dado lugar a panfletos donde la pereza y la ociosidad se blanden como estandartes contestatarios. Por ejemplo, «En defensa de los ociosos», de Robert Louis Stevenson o, en 1880, «El derecho a la pereza», de Paul Lafargue”, donde este se refiere a “la locura del amor al trabajo”. El ensayista, se apoya en ellos, recalcando el papel subversivo que va adquiriendo la pereza. Se hace acompañar en este tramo, además de los autores citados, por otros como Baudelaire, que se presentaba a sí mismo como “más ocioso que el sapo” y consideraba que la pereza constituía “una forma de “relación salvaje” con la cultura burguesa”, o Herman Melville que planta batalla a los ritmos frenéticos de trabajo con su famoso Bartleby, el modesto escribiente capaz de decir: “Preferiría no hacerlo”. Aquí abro un paréntesis para decir que la literatura, el cine, el arte, sirven al autor como referentes e inspiraciones a lo largo de toda la ruta que va trazando.
Reconocer los efectos negativos de la velocidad (agotamiento, estrés, ansiedad) y decir no es parte de la fuerza de los lentos, así como abrir cauces al desarrollo de trabajos que hacemos por placer. Laurent Vidal recuerda que hasta principios del siglo XX no se configuró la idea del “trabajo feliz”, del equilibrio entre el trabajo y la vida, una aspiración muy lejos de alcanzarse en un siglo XXI que parece evolucionar en sentido contrario. Y, en otro momento, nos habla del tiempo liberador de las celebraciones, de las fiestas, así como del origen de estilos musicales como la samba o el jazz, nacidos “en los bajos fondos de los puertos”, en Nueva Orleans, en Brasil, durante las esperas en busca de faena de los considerados lentos.
Ya en la parte final del ensayo, Laurent Vidal vuelve a hacer hincapié en la asociación entre lentitud e inutilidad, en un apartado denominado Cuestiones de actualidad, que transita por este presente de globalización y revolución digital y que resulta especialmente clarificador. “Hoy en día, la dominación ya no se ejerce tanto sobre los colonizados o los explotados como sobre los “inútiles”. ¿Acaso no hemos oído a un presidente de la república francesa, durante un discurso oficial, oponer “gente que triunfa” a “la gente que no es nada”?, argumenta el historiador. Y prosigue. “Entre los inútiles de hoy se encuentran sin duda los exiliados, los desplazados y otros emigrantes, que viven en los confines del mundo (desde los campos de tránsito hasta los barcos de salvamento). Inútiles y además lentos, como si su puesta en espera, en tierra y mar, reforzara la sensación de esa lentitud decretada”.
Se refiere Vidal a la “pequeña clase media empobrecida y relegada a la periferia” (visualizada en Francia en el movimiento de los «chalecos amarillos«). También a las mujeres desplazadas y su relación diferente con el tiempo. De nuevo nos hace reflexionar sobre la discriminación social, la desigualdad creciente, la necesidad de la desaceleración… He ahí el horizonte, el posible cauce de entrada a nuevos y más satisfactorios ritmos.
“Hoy en día, la dominación ya no se ejerce tanto sobre los colonizados o los explotados como sobre los “inútiles”, entre los que se encuentran Los exiliados, los desplazados y otros emigrantes».
Alude el historiador a la nueva filosofía de la lentitud, sin duda saludable, estimulante, rompedora. Cita a pensadores como Pierre Sansot, que nos invita a “hacer buen uso de la lentitud”; a Thierry Paquot, que “convierte el “arte de la siesta” en un acto de resistencia”. Se refiere al movimiento “Slow Food”, que anima a liberarse de “los grilletes de la velocidad” y a defender el placer de la vida.
Y finalmente argumenta, abriendo un amplio y necesario interrogante: “Pero los tachados hoy en día de inútiles sociales, ¿disponen de tiempo y medios para alabar la lentitud? ¿Pueden entrar en resonancia con este arte de vivir? ¿Deberíamos considerar, por el contrario, que esta filosofía cuenta con el apoyo de un grupo de individuos que paradójicamente no son víctimas de la discriminación, sino que desean declarar voluntariamente su condición de lentos, a riesgo de otorgar una nueva profundidad a esta categoría inestable?”
Reconoce el autor que son muchas las preguntas que habría que plantearse. Yo me atrevo a añadir que tal vez el camino esté en reconocer la fragilidad que nos acerca a los otros y caminar junto a los discriminados, conscientes de la necesidad de establecer nuevos ritmos para la vida, para el trabajo, que nos beneficien y sanen colectivamente. Cada vez somos más los que nos sentimos disconformes, faltos de sintonía, con el discurrir de las sociedades de las prisas; los que sentimos vergüenza ante la desigualdad y el atrincheramiento de Occidente, incapaz de buscar salidas justas a la situación de los desplazados del mundo. Un conflicto que irá a más y que afectará a muchas más personas –que nos afectará–, a causa de la crisis climática. Buscar unidos esos “distintos modos de resistencia y artimañas”, a las que se refiere Vidal, para frenar los ritmos tan dañinos del presente. He ahí el desafío.
Los lentos. La resistencia y la aceleración de nuestro mundo del siglo XV a la actualidad, ha sido publicado por errata naturae, con traducción de Teresa Lanero Ladrón de Guevara.









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