Emma Rodríguez © 2024 / Fotografía © Sofía Grivas

El desasosiego, la inquietud, acompaña a quien se adentra en las páginas de No soy un robot, un estimulante ensayo que no podemos dejar de leer por lo mucho que revela, por la manera esclarecedora en que nos lleva a comprender las claves de un presente incierto, las luces y sombras del entorno digital, la peligrosa deriva hacia sociedades que ya no sean capaces de distinguir la verdad entre tantas mentiras. Su autor, el escritor mexicano Juan Villoro, realiza un intenso recorrido que nos pone ante el espejo de un ahora en el que nos sentimos atrapados, en el que, a duras penas, logramos vislumbrar lo que está sucediendo, intentando adaptar nuestros sentidos a una velocidad, la tecnológica, que nos sobrepasa, para la que no estamos preparados. 

¿Seremos capaces de encontrar equilibrios, de no perdernos? ¿Siguen existiendo asideros, modos de escapar del dominio de las máquinas? ¿Cómo movernos entre las profundas grietas de un planeta herido? Todas estas preguntas se van abriendo a medida que avanzamos en la lectura de una obra que, como señala Villoro, tiende puentes entre disciplinas, diálogos entre voces diversas, a la búsqueda de zonas de lucidez en las que situarse, desde las que actuar. La situación en la que nos movemos es compleja, pero las brújulas para el trayecto no son nuevas, están ahí, a nuestra disposición. Se trata de no perder la capacidad de pensar por cuenta propia, de preservarla y practicarla. Se trata de moverse entre la tradición y el progreso. Se trata de convivir con el mundo digital, pero sin subordinarse a él. Se trata de encender “luces rebeldes”.

La reflexión y la lectura son espacios de resistencia reivindicados en esta entrega donde Villoro nos lleva a plantearnos qué pasaría si los libros se inventaran hoy, animándonos a imaginar una sociedad que “dispone de computación, pero carece de imprenta, un mundo donde solo se lee en soportes electrónicos y donde incluso se han diseñado pastillas para absorber documentos”. En ese entorno, nos dice, “la condición portátil del libro cambiaría las costumbres de una comunidad que hasta entonces dependía de enchufes eléctricos”. Y sigue adelante con la idea: “En su variante de bolsillo, el libro entraría en la ropa y sería llevado a todas partes. Los transportes públicos se llenarían de lectores que perderían su parada por estar absortos en las páginas, y así descubrirían que no hay vehículo más eficaz que la lectura”.

Confieso que me ha encantado este apartado del recorrido, su invitación a mirar de otra manera. Pienso que bien podría dar para una novela. La literatura, concretamente la ciencia-ficción está muy presente en un trayecto que repasa visiones que se han hecho realidad, al tiempo que anticipa situaciones que podrían llegar a ser. Estamos al tanto de muchas cosas, sospechamos que algo está cambiando a un ritmo alocado a nuestro alrededor. Cada vez sentimos más cerca el latido de la inteligencia artificial. Atisbamos el peligro del tecnopolio digital, “el aspecto más vertiginoso de un sistema económico que se ha desentendido del bien común”, como indica Villoro, pero estamos faltos de una visión de conjunto, de un mapa que nos lleve a visibilizar lo que se está fraguando por debajo de la superficie. No soy un robot, título que alude a la identificación que se nos solicita al entrar en determinadas páginas web, consigue que nos orientemos entre ideas fragmentadas y nos hagamos una idea mejor de todo aquello a lo que estamos expuestos. 

Se trata de no perder la capacidad de pensar por cuenta propia, de preservarla y practicarla. Se trata de moverse entre la tradición y el progreso, de convivir con el mundo digital, pero sin subordinarse a él, INdica Juan Villoro en «No soy un Robot».

Entre los protagonistas del ensayo, además de escritores, pensadores, científicos e investigadores de distintos ámbitos, se encuentran, cómo no, tipos como Jeff Bezos, Elon Musk, Mark Zuckerberg, titanes que ejercen su poder “en la fase más depredadora del capitalismo”, en un momento en el que las democracias están cada vez más amenazadas, con una extrema derecha envalentonada que no amenaza al sistema económico, pero sí a los derechos humanos, a la justicia social. Mientras creemos que estamos bien informados y que nos movemos con soltura en las redes, aceptando sus reglas y aceptando los nuevos inventos –ocurrencias– de sus líderes, las mentiras campan a sus anchas, se comercia sin reparo con los datos personales y se está en camino, de saquear, cada vez más, las identidades.

Cuatro corporaciones controlan el 70% del tráfico digital. Su valor comercial está tasado en 2,6 billones de dólares, cifra que equivale al Producto Interno Bruto de Francia. Para finales de la década, la tecnología inmersiva generará un mercado de 13 billones de dólares que incorporará a más de 5.000 millones de usuarios. Difícilmente esa economía seguirá principios comunitarios”, apunta Juan Villoro. Son muchos los aspectos de su ensayo que nos llaman a despertar, a estar atentos, a conocer mejor los terrenos movedizos que pisamos. De ello dialogamos a continuación, a través de un intercambio de preguntas y respuestas mantenido a través de correo electrónico. 


Juan Villoro. Fotografía © Sofía Grivas.

“La tribu de la letra no ha desaparecido. Leer se ha convertido en un acto de supervivencia” 

Acabo de concluir la lectura de No soy robot y tengo la necesidad de dejar unos días en blanco para volver al libro y sopesar los efectos que me ha producido su lectura. Me ha resultado apabullante, por la gran cantidad de información que contiene, de historias, de experiencias, de reflexiones… Da la impresión de que se ha afrontado la escritura como una búsqueda, una indagación o investigación, como una exploración de lo que está sucediendo velozmente a nuestro alrededor, de este momento de tránsito hacia otro tipo de sociedades, de costumbres, de modos de vivir y entender el mundo. Observar detenidamente, comprender, para ubicarse, para dirigir los pasos en el plano individual y colectivo. ¿Es así, cuáles han sido los estímulos que han llevado a Juan Villoro a escribir este ensayo?

– Me gusta mucho lo que comentas. No soy un robot es resultado de mi vida como lector, pero no soy un lector erudito o especializado, sino alguien con curiosidades muy diversas. Estudié Sociología, he traducido del alemán y el inglés, ejerzo el periodismo y escribo literatura de ficción. Esta mezcla de intereses me ha llevado a leer cosas variadas, incluidos los «papeles rotos de las calles», como decía Cervantes. Admiro a quienes tienen conocimientos específicos (el gran helenista, el filólogo políglota, el astrofísico revelador), pero mi función es otra, la de establecer puentes entre esos saberes y compartirlos con el lector común. No soy el que anota los goles sino el que da los pases. En ese sentido, he procurado que el libro tenga un tono de crónica; es una bitácora de viaje por el caos de la realidad.

Personalmente a mí me ha ayudado a entender el momento que vivimos, pero si tengo que elegir una palabra para expresar lo que he ido sintiendo a medida que pasaba las páginas es “desasosiego”. El ensayo capta el desasosiego que nos embarga hoy, los miedos ante el porvenir, la incapacidad para adaptarnos a los avances tecnológicos, al empuje imparable de la inteligencia artificial. Nos ofrece suficiente información y análisis para que comprendamos y ahondemos en el ahora, pero deja abierta la gran pregunta: ¿cómo enfrentarnos a los desafíos del presente; cómo proteger y salvar el humanismo y el futuro del planeta? ¿Encontró el autor respuestas en el proceso de escritura, de investigación?

– No es fácil ser optimista en los tiempos que corren. La tecnología ha esclavizado a la mayoría de la gente y las máquinas se vuelven más inteligentes a medida que perdemos facultades. Quienes pueden decidir destinos colectivos son personas tan poco confiables como Vladimir Putin y Elon Musk, y nos adentramos en una nueva Edad Media por la polarización que fomenta dogmas y transforma la información en propaganda. Además, el ecosistema está al borde del colapso. ¡Pocos motivos para la felicidad! Pero la esperanza no depende de tener motivos para concebirla; es una obligación ética, tan sencillo como eso. Y hay recursos de resistencia; aún podemos entender la realidad y encontrar zonas donde opera el pensamiento complejo. La más importante es la lectura. Pertenecemos a la primera generación que debe demostrar que es humana (el título de mi libro alude a la casilla que debemos marcar en sitios web: «No soy un robot») y leer se ha convertido en un acto de supervivencia. 

– ¿Resultó también para Juan Villoro el proceso de investigación, de escritura, desasosegante, o, tal vez, fue iluminador, clarificador?

Escribir es un proceso de autoconocimiento; hay cosas que sólo descubres cuando las redactas. Traté de demostrarme a mí mismo que, si me distingo de los robots, no es sólo por mis caprichos o mi capacidad de autoengaño, sino por la manera de leer el mundo.

Ante el exceso de virtualidad, en un momento se indica la necesidad de un “ayuno informático”, de “una abstinencia selectiva” (dieta). ¿Es un aprendizaje tan necesario como el de saber moverse en Internet? ¿Ambas cosas deberían convertirse en asignaturas obligadas en los colegios? 

– «La dosis hace el veneno«, decía Paracelso. Lo que alivia puede perjudicar si se usa en exceso. En el futuro, la  calidad de vida dependerá de ir más despacio, usar menos máquinas, redescubrir que la realidad existe. Debemos recuperar el placer de subir escaleras, preparar guisos lentos, participar en tertulias dilatadas. Pocas cosas son tan productivas y psicológicamente reparadoras como «perder el tiempo».

La literatura, los libros, la lectura, aparecen en el recorrido como salvavidas, asideros, para mantener en pie la capacidad de pensar, de disentir; para detener las prisas y empatizar con los otros, acercándonos a historias verdaderas, íntimas, secretas…  “¿Y si el libro se inventara hoy?” es una pregunta que sirve de título a un capítulo realmente interesante, revelador. “El libro ya cambió el mundo, pero si se inventara hoy sería aún mejor”, leemos. ¿Hasta qué punto el libro es un artefacto rebelde, incluso revolucionario?

– El libro se inventó bien de una vez por todas. Umberto Eco lo compara con el peine o el tenedor, no hay modo de mejorar esos instrumentos. Su condición rebelde aumenta en tiempos en que las ideologías extremas y los fanatismos religiosos apuestan por el pensamiento único. Además, al encender el ordenador o el teléfono móvil, recibes ofertas y notificaciones creadas por algoritmos que se basan en búsquedas previas. Esto genera la dictadura de lo mismo. En cambio, leer garantiza lo inesperado. A medida que el mundo cancela opciones, los libros se vuelven más reveladores. Una de las mayores virtudes de la cultura de la letra es la capacidad de provocar y contradecir, pues toda inteligencia es disruptiva.

En el futuro, la  calidad de vida dependerá de ir más despacio, usar menos máquinas, redescubrir que la realidad existe. Debemos recuperar el placer de subir escaleras, preparar guisos lentos, participar en tertulias dilatadas. Pocas cosas tan reparadoras como «perder el tiempo».

La actitud calmada que exige la lectura, la necesidad de dedicarle tiempo, fuera de las prisas, del consumo, del ansia de ser vistos en el teatro de las redes, de la confrontación, no está de moda. ¿Es posible que esto cambie? 

– Cambiará en la medida en que la gente entienda que lo mejor no es verse en un espejo sino verse por dentro, recurso esencial de la lectura.

Aún quedan islas de lo auténtico”, señalas en un momento dado, refiriéndote a la literatura como una de “las más visitables”. Lo haces tras indagar en los resortes de la sociedad de mercado, que conduce a la igualación, a “la dictadura de lo idéntico”. ¿Cómo podemos contagiar el viaje a esa isla quienes conocemos sus beneficios? ¿Cómo hacer que nuestros hijos levanten los ojos de las pantallas y descubran los muchos viajes que proporcionan los libros? Supongo que hay que centrarse en la educación, reorientarla, acabar con programas educativos obsoletos… 

– Por suerte, esas islas integran archipiélagos. Hay motivos para el pesimismo, como señalaba antes, pero la tribu de la letra no ha desaparecido. La asistencia masiva a ferias de libros y fenómenos como el de El infinito en un junco revelan que hay zonas de resistencia. Además, lo que perdura no tiene por qué ser mayoritario. La literatura siempre ha estado en desventaja respecto a otras diversiones. Para apagar un incendio no es necesario que colabore toda la población; basta una cuadrilla heroica de bomberos. Lo mismo sucede con los libros; no todos tienen que leer; basta que algunos valientes lo hagan. El libro, que ha sobrevivido a las inundaciones y las termitas, sobrevivirá a la indiferencia.

– ¿Por qué es tan difícil transmitir el placer de la lectura?

– Los placeres no se transmiten por decreto. Hay que ejercerlos para saber que brindan felicidad. Es fácil promover el fútbol porque esa pasión se ha vuelto ambiental. Como la gripe, la literatura se promueve por contagio íntimo. Cuando la madre le lee a un hijo antes de dormir convierte ese acto en una forma del afecto. No hay nada que supere ese contagio. Y en el mundo adulto, lo más eficaz es introducir un libro en la conversación. La recomendación de un amigo es más eficaz que la fajilla que promete que esa novela es la mejor de la historia.

– Mientras leía No soy un robot pensaba una y otra vez en el destino distópico propuesto por Ray Bradbury en Fahrenheit 451. ¿Nos convertiremos los lectores en comunidades de disidentes, en personas- libro? ¿Será la lectura, como ya has sugerido, una de las mejores formas de resistencia en un futuro que nos parece tan amenazante?

– Espero que no sea necesario llegar a eso, pero padecemos diversas variantes de la censura. En Estados Unidos las editoriales tienen “sensitive readers” encargados de revisar que las obras no ofendan la sensibilidad de los lectores. Esto limita la libertad de expresión y la posibilidad de explorar las partes oscuras y contradictorias del alma humana. Narrar y entender las condiciones en que ocurre un abuso no significa promoverlo; todo lo contrario: para evitarlo hay que entenderlo. La cultura de la cancelación también atenta contra la libre circulación de las ideas. Fue muy difícil que se aceptara la autonomía de la obra literaria, al margen de la coacción de la Iglesia y el Estado. Si el contenido de un libro se asocia a la conducta cívica del autor, se confunden dos planos de la actividad humana. Cuando alguien comete un delito de cualquier tipo debe ser sancionado en tribunales; en cambio, la relevancia de una novela no depende de que la autora o el autor tengan una conducta intachable, sino de que nos permita entender de otro modo nuestra propia vida. Y no hay que olvidar que la censura directa sigue vigente en muchos sitios. Desde hace décadas, México es uno de los tres países más peligrosos para ejercer el periodismo, y en muchos casos el silencio se promueve a balazos.

«la literatura se promueve por contagio íntimo. Cuando la madre le lee a un hijo antes de dormir convierte ese acto en una forma del afecto. No hay nada que supere ese contagio. Y en el mundo adulto, lo más eficaz es introducir un libro en la conversación».

– En el día a día, ante los acontecimientos, frente a las noticias, es recurrente el pensamiento de que todo lo que estamos viviendo parece haber sido descrito, imaginado, por la literatura, particularmente por la  ciencia-ficción. Actualmente son las novelas, las películas, las series del género, las que mejor retratan nuestro devenir. No deja de ser curioso… ¿Puedes reflexionar un poco sobre esto?

– Abordar un futuro incómodo tiene un efecto terapéutico: como se trata de una fabulación, se entiende que eso no ocurrirá. La literatura de terror y las distopías de la ciencia-ficción reconcilian con el mundo real, imperfecto, donde no siempre te la pasas bien, pero donde al menos no te muerde un vampiro ni descubres que tu esposa es una replicante. A medida que la tecnología sustituye a los seres humanos surgen pesadillas aún peores, que tienen el efecto tranquilizador de que esa posibilidad no deja de ser una fantasía. Hoy en día Nostradamus sería un buen guionista de Netflix. 

Juan Villoro. Fotografía © Sofía Grivas.

La capacidad visionaria de la literatura se aborda en el ensayo de forma esclarecedora. Incluso el triunfo de alguien como Donald Trump, fuente de inspiración para otros peligrosos emuladores, fue vaticinado por el escritor Sinclair Lewis en su novela Esto no puede pasar aquí, donde un personaje delirante, “un payaso neofascista”, logra acceder al poder. ¿La recomendarías como una de esas lecturas para entender mejor cómo y por qué hemos llegado hasta aquí?

Kundera dijo que vivimos en el «planeta de la inexperiencia» porque no somos capaces de entender que ciertas cosas ya ocurrieron. Esto explica que errores del pasado se propongan como soluciones para el porvenir. En Italia, Salvini recuperó ilusiones de Mussolini y en España Vox hace que se recuerde a la Falange. En gran medida, esto es posible porque el pasado se ha convertido en una especialidad dominada por los historiadores y otros expertos. La era digital ha promovido el «adanismo», la sensación de que somos los primeros en todo. La tradición, lo clásico y lo antiguo han perdido autoridad en la cultura popular. Y, sin embargo, las bibliotecas están llenas de vaticinios de lo que sucede hoy. Sinclair Lewis previó el triunfo de un demagogo como Trump, del mismo modo en que Henry James previó el atractivo que despierta un mentiroso compulsivo. Una de las principales lecciones de la literatura es que otorga nuevo sentido a lo que ya ocurrió y demuestra, para hacer un fácil juego de palabras, que el pasado tiene mucho futuro por delante.

– Son muchas las referencias a otras lecturas que va abriendo el ensayo. Esto me lleva a agradecer su capacidad para descubrirnos, llevarnos, a territorios literarios y de pensamiento muy estimulantes

– No hay literaturas individuales; leemos en relación con otros, cada libro tiene una genealogía que lo explica y hay zonas del conocimiento, aparentemente aisladas, que se pueden relacionar en forma provechosa. Al ver a los lectores en una biblioteca pienso que están haciendo una lectura en red; de un modo secreto, todos los saberes se conectan. No soy un robot  trata de hacer visible el sentido comunitario de la cultura de la letra.

«La era digital ha promovido el «adanismo», la sensación de que somos los primeros en todo. La tradición, lo clásico y lo antiguo han perdido autoridad. Y, sin embargo, las bibliotecas están llenas de vaticinios de lo que sucede hoy. Sinclair Lewis previó el triunfo de un demagogo como Trump…»

– Hoy la idea de “cambiar el mundo” es vista como algo ingenuo. Se nos inocula que no hay opción de modificar las cosas. Los movimientos políticos, de activismo, transformadores, son demonizados; no se escuchan las advertencias de los científicos, sus llamamientos a frenar el cambio climático, mientras el fascismo avanza y nos preguntamos si hay salidas. Intentando encontrarlas recurres a la lucidez e indicaciones de Edgar Morin. ¿Por qué debemos escuchar más a Morin?

– El siglo XX dejó amargas experiencias porque muchos movimientos transformadores desembocaron en el desastre. La esperanza socialista llevó al Gulag y a tiranías totalitarias, los paraísos artificiales de las drogas no trajeron una aurora marcada por la fraternidad y en cambio fortalecieron el narcotráfico, el amor libre fue visto de otro modo con la pandemia del sida, el regreso a la naturaleza en ocasiones contribuyó al ecocidio, algunas comunas se transformaron en sectas dictatoriales o suicidas… Ante estos fracasos, parecería que todo intento de cambio es perjudicial. Esto ha potenciado el pensamiento conservador; sin embargo, no hay duda de que el mundo está mal hecho. A sus más de cien años, Morin llama a no deponer la exigencia de cambiar las cosas. Los fracasos previos no deben detenernos. Cualquier cambio, por pequeño que sea, inicia una cadena de transformación. Esto me recuerda un aforismo del psicomago Alejandro Jodorowsky: “No podemos cambiar el mundo: podemos empezar a cambiarlo”.

La reflexión es un principio de supervivencia en momentos en que se acaba el tiempo”, leemos en un capítulo en el que se habla de cómo “la revolución 2.0 ha ido más rápida que la capacidad de respuesta intelectual”. ¿Estamos atrapados colectivamente en una trampa? ¿De qué puede depender que podamos escapar de ella como especie?

– Tenemos posibilidades que no se han aprovechado lo suficiente, algunas de las más importantes provienen de situaciones que la inteligencia artificial no domina y que solemos ver como deficiencias humanas. En el libro dedico un capítulo a la fuerza creativa del dolor. Muchas de las mejores creacciones humanas se deben al sufrimiento trascendido con esfuerzo. Otro elemento decisivo es nuestra capacidad de autoengaño, lo que el antropólogo Roger Bartra llama el “efecto placebo”. En ocasiones, lo que más nos motiva es un error útil: nos creemos mejores sin evidencia alguna y gracias a eso nos superamos. Otro elemento esencial es la fragilidad humana; reconocer la debilidad y las limitaciones genera reacciones que a la larga fortalecen. El primer requisito para que David venza a Goliat consiste en reconocer que el adversario es superior. Este tipo de consideraciones son ajenas a las máquinas: nos salvarán nuestros defectos, el “error humano”.

También hay que aplicar mirada larga, perspectiva, pensar en los miedos que han acompañado a otros momentos de decadencia y de giros históricos a lo largo de los siglos. La bióloga y filósofa Donna Haraway nos anima a imaginar los lazos entre humanos y no humanos, la colaboración multiespecies. El filósofo Jean-Luc Nancy señala que “otro mundo está por nacer” y que tiene que ver con nosotros mismos, con “lo que la humanidad haga o deshaga”. ¿De qué gestos, grandes o pequeños, puede depender todo?, me pregunto, te pregunto.

– Se trata de un asunto esencial. La defensa militante de lo humano no debe llevar al narcisismo de pensar que integramos una especie “superior”; al contrario, como decía antes, nuestras peculiaridades también dependen de nuestras carencias. Además, en el horizonte ya existe la condición posthumana. No soy un robot se ocupa de la reserva de lo humano que cristaliza en la lectura, pero también de quienes se alejan de la especie en un sentido biológico, pues asumen libremente la condición de ciborgs, o en un sentido territorial (los migrantes espaciales que ya planean vivir en otros mundos).

Juan Villoro. Fotografía tomada de la web del autor, jvilloro.com.

Aludes al “tecnopolio digital” como “un sistema económico que se ha desentendido del bien común”. Este concepto empieza a ser negado, ensuciado, por líderes de ultraderecha. Es momento de revertir estas derivas, pero da la sensación de que hay muchas fuerzas, poderes, en contra. Toda esta parte es muy interesante en el recorrido. ¿Qué crees que tenemos que tener claro al respecto? 

– El elemento decisivo del capitalismo contemporáneo es que la principal mercancía son nuestros datos personales. Nos hemos convertido en productos. Y esto se complica con el progresivo control biopolítico. El proceso de vacunación lo puso en claro. En México, yo recibí la vacuna Pfizer y mi esposa la Sputnik, lo cual me permitía a mí entrar a Europa y a ella no. Los maestros de mi país recibieron la Cansino, que es china, y eso los marcó de otra manera. Somos mercancías destinadas a mercados específicos. A partir de los atentados del 11 de Septiembre, el “estado de excepción” se volvió permanente en Estados Unidos. Cualquiera puede ser arrestado sin un proceso previo. La distopía totalitaria ya está entre nosotros. El reto del pensamiento crítico no consiste en alertar sobre el futuro, sino sobre el presente. Solemos replegar las soluciones pensando que nos queda un margen de acción; hoy en día ese margen es tan breve como el de las bolsas de valores. Por desgracia, no es fácil transmitir esto porque los periódicos confiables han perdido terreno ante los medios gratuitos digitales, plagados de fake news. Todas estas señales de desaliento no hacen sino refrendar la importancia de la verdad y del conocimiento. ¿Llegarán las ideas profundas a la gente? En medio del desconcierto conviene recordar que pertenecemos a una especie extraña que impone sus convicciones de modo caprichoso. Sin haber escrito una sola línea, Jesús y Sócrates son más importantes que todos los influencers digitales.

– Te refieres a los megamillonarios dueños de empresas tecnológicas que mandan más que los presidentes. ¿A qué conclusiones has llegado al indagar en las figuras de Elon Musk, Zuckerberg, Jeff Bezos…?

– La falta de regulación de los nuevos monopolios ha creado magnates que superan en importancia a cualquier jefe de Estado. Hoy en día, el CEO de un megaconsorcio es más importante que el ministro de Interior de un país. En el libro dedico un capítulo a la disputa entre Musk y Zuckerberg, que pensaba dirimirse en un combate en una jaula. Se trata de figuras primitivas que “juegan” a dominar el mundo. Son altamente peligrosos porque practican delitos que no han sido tipificados. 

– ¿Qué consuela o salva a Juan Villoro de la actualidad? ¿Qué le aportan los distintos ámbitos en los que se mueve: el periodismo, el ensayo, la narrativa? ¿Planes de futuro?

La literatura siempre se ha ejercido en momentos de calamidad: “Eran tiempos terribles, como todos los tiempos”, dice Dickens. Los náufragos, los presidiarios y los enfermos se han salvado de la soledad y la locura gracias a un libro providencial. En No soy un robot comparo la lectura con el paracaidismo: en situaciones comunes, sólo algunos espíritus arriesgados la ejercen; en situaciones de peligro le salvan la vida a cualquiera. Vamos en caída libre, pero tenemos paracaídas. En lo que a mí toca, estoy escribiendo un libro para niños. Los hermanos Grimm ampararon sus cuentos bajo el lema: “Entonces, cuando desear todavía era útil”. Se referían al mundo de las hadas en que los milagros aún eran posibles. En mi libro de ensayos La utilidad del deseo quise demostrar que ese sigue siendo el sentido de la literatura. También esto nos distingue de las máquinas: los logros humanos dependen menos de la capacidad adquirida que de la pasión para desearlos.

No soy un robot. La lectura y la sociedad digital, ha sido publicado por la editorial Anagrama (colección Argumentos).


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