Con Louise Bourgeois en sus guaridas

Louise Bourgeois © Irving Penn

Nuestros lectores mecenas acceden a todos los contenidos de Lecturas Sumergidas en un entorno diáfano, sin publicidad. Únete a ellos

Por Florinda Salinas © 2016 / El sol centellea sobre las escamas gigantes del Guggenheim. Al borde de la ría los veraneantes cool del norte se aglomeran junto al alegre turista de  chancleta, el hipster con abanico y las niponas que huyen del sol. Todos enfilan la sala umbría donde las Celdas de Louise Bourgeois ejercen su inmanentismo atroz. También yo entro en la oscura sala en busca de las Celdas, y cuando lo hago recuerdo la frase de Kafka en Carta mi padre: “Una jaula fue en busca de un pájaro”.

A simple vista, estas 28 instalaciones que parecen flotar en la noche, necesitan urgentemente unas alas que las libren de su tenaz confinamiento. Y más aún, los objetos extraños retenidos en su interior. Las Celdas siempre me han impactado, pero en el Guggenheim imagino a su autora como un pájaro kafkiano revoloteando en las orillas de la ría, bajo el sol del verano.

En la exposición del Guggenheim Bourgeois nos obliga a deambular ante emociones básicas, como el amor, la frustración, el odio y el miedo. Eso significan sus miembros cercenados, los espejos, las manos impotentes, los vestidos colgados como ánimas en pena o esas escaleras que no conducen a ningún sitio, como las de Escher.

¿Qué nos quiere decir la reina Louise? Lo que ya sabíamos, más o menos: que el miedo te ovilla en un rincón, encoge los tendones del alma y te lleva a buscar refugio en cualquier madriguera a mano. Bourgeois, que solía describir muy bien sus obras, explicó en uno de sus diarios: “La guarida es un lugar protegido en el que se puede entrar para encontrar refugio. Además, cuenta con una puerta trasera por la que uno puede escaparse. De lo contrario, no sería una guarida. Una guarida no es una trampa”. Y aunque ella  huyera del encasillamiento, aquí hay un buen trozo de surrealismo y las hebras del psicoanálisis te acarician el cogote (hasta ves una guillotina entre tules e iluminación indirecta). Pero es mejor mantener tu mirada fresca. Recordar que, en la niñez, te escondías en rincones ignotos mientras todos te buscaban. Que te fascinaba el desván fantasmagórico de los abuelos. En la infancia necesitábamos acotar nuestro espacio: jugábamos a las casitas, enterrábamos diminutos tesoros. Y hasta la muy sobrada Alicia de Lewis Carroll quiso huir a través de un escondrijo de alimañas.

Bourgeois, que solía describir muy bien sus obras, explicó en uno de sus diarios: “La guarida es un lugar protegido en el que se puede entrar para encontrar refugio. Además, cuenta con una puerta trasera por la que uno puede escaparse. De lo contrario, no sería una guarida. Una guarida no es una trampa”

Confesémoslo: nos seducen los espacios abiertos, las dunas de Namibia o las laderas polvorientas de Atacama, pero soñamos con regresar a un pequeño patio con geranio y buganvillas. Como escribió Manuel Vicent en un artículo de los años 80: “Si quieres ser inmortal, siéntate bajo una parra con los pies a remojo en un lebrillo de agua perfumada y a través de los párpados recuerda las voces felices en la cala donde jugabas”. (Manuel Vicent, A favor del placer. El País Aguilar).

Las guaridas humanas pueden ser muy diferentes entre sí. Las de Bourgeois, a la vista está, no son nada mediterráneas. Una de las cosas que más me admiraba de esta mujer diminuta es su fuerza interior. Tenía más de 70 años cuando empezó a trabajar en sus Celdas. Para ella la arquitectura era creadora de espacio y escala humana. Había hecho acopio de su pasado atesorando fotografías, muebles, cartas, prendas de vestir, objetos cotidianos. Además, adoraba a los chamarileros y no podía resistirse a los contenedores de la calle, donde se aprovisionaba para sus instalaciones: viejas puertas, ventanas, escaleras, material de derribo. Encerró sus bodegones en una trama metálica e inventó un dentro/afuera, en el que acotó sus fantasmas, la simbología de la vida.

Los títulos de las Celdas lo dicen todo: Días negros, La destrucción del padre, Sin salida, Arco de histeria, Pasaje peligroso, El confesionarioNo hay engaño en esta peregrinación extraña. Es como si entraras en la casa de tus bisabuelos en la que nadie hubiese tocado nada desde su muerte. ¿Qué te encuentras? Colchas con su halo de polvo, capas de barniz corroído por la humedad, ropa de los difuntos poseída por ácaros, objetos abandonados por una muerte en marcha…

Aunque me gustó la exhibición, confieso que agradecí salir de la ultratumba bourgeoisiana, atravesar su desorbitada araña de metal que nunca ha hecho daño a nadie y hasta saludar con agradecimiento al insulso Puppy de Jeff Koons.

Louise Bourgeois con sus esculturas, 'Mujer voluble' (1951) y 'Guarida' (1962), ca. - Primera exposición individual en once años. Presenta varias obras nuevas en escayola y látex. 1965
Louise Bourgeois con sus esculturas, ‘Mujer voluble’ (1951) y ‘Guarida’ (1962).

DOMINANDO SUS FANTASMAS

Siempre me ha fascinado la figura de esta mujer que abandonó Francia para instalarse en Nueva York en 1938. No se arredró ante aquella urbe que nada tenía que ver con el París de entreguerras. A pesar de sus carencias afectivas desarrolló una carrera artística sólida y personalísima. Y trabajó toda su vida.

Si tienes una infancia complicada, con un padre que destruye tu autoestima y una madre que hace la vista gorda durante diez años a la relación de su marido con la “baby sitter” de sus hijos, algo va mal en esa niñez. Lo que le sucedió a la artista nacida en París en 1911 es que se le hundieron las referencias que deberían, precisamente, sostenerla. Su padre se transformó en la imagen amenazante y sin un ápice de paternidad, su madre se convirtió en la mujer cobarde incapaz de plantar cara a una situación desquiciante para los niños. La idea de familia se le transformó en una institución en la que se oculta la verdad y se mantienen las formas, aunque eso destroce a los más vulnerables.

Siempre me ha fascinado la figura de esta mujer que abandonó Francia para instalarse en Nueva York en 1938. No se arredró ante aquella urbe que nada tenía que ver con el París de entreguerras. A pesar de sus carencias afectivas desarrolló una carrera artística sólida y personalísima. Y trabajó toda su vida.

Louise era la tercera de cuatro hermanos. Sus padres, Louis Bourgeois y Josephine Fauriaux residían en la Rive Gauche de París, donde regentaban un taller de reparación de tapices del siglo XVIII y XIX. Todos colaboraban con el negocio familiar, incluida la pequeña Louise, muy aficionada al dibujo. Pronto quedaría prendida en aquella malla de Gobelinos, con sus figuras míticas y alegorías variadas. Llegó a dibujar los patrones que faltaban en algunas piezas, desgastadas por el uso. Su madre le animaba a hacerlo, al observar su talento.

Con la Newsletter de Lecturas Sumergidas no te perderás ninguna de nuestras novedades. Registrarse

A los 20 años se matriculó en la Sorbona para estudiar geometría y matemáticas. Pero pronto la abandonó para centrarse en Bellas Artes y acudir a las clases particulares del pintor cubista Fernand Léger. Precisamente en su estudio conocería al que sería su marido, Robert Goldwater, historiador de arte americano.

Siempre admiramos a las personas que, a pesar de sus sufrimientos, se niegan a encerrarse en sí mismas y permanecen abiertas a lo que les rodea. Louise era una chica despierta, capaz de observar el mundo y aprender a descifrarlo. El ambiente de su época estaba cruzado por movimientos culturales importantes como el psicoanálisis de Freud, el surrealismo y el movimiento feminista y no olvidemos que Einstein acababa de formular su teoría de la relatividad. Ella estaba ahí, en el cruce de todos los caminos. Se echó al hombro sus traumas y carencias, cogió las riendas de su vida y decidió crear un nuevo lenguaje artístico con el que expresarse y llegar a la gente.

Las aportaciones del psicoanálisis y del surrealismo le ayudaron a descifrar su ansiedad. La escritora brasileña Clarice Lispector, cuya obra transmite a la perfección el universo de la mujer, lo expresó muy bien al describir el mundo como “ese malestar”. Y decir que “haber nacido era algo lleno de errores que corregir” (Cuentos reunidos, Siruela). Según Louise el dolor la acompañó toda su vida y, aunque supo sublimarlo a través de su obra, en ocasiones le roía por dentro. Grandes poetas como Anna Ajmátova, Alejandra Pizarnik o Sylvia Plath, dejan traslucir en su obra esa dificultad de la propia vida y en sus voces se puede escuchar un eco de Bourgeois.

La vida de la creadora  fue una historia de esfuerzo y superación. Una exposición de su obra en el Museo Picasso de Málaga en 2015 se  tituló con una de sus frases: Have been to hell and back: (“Estuve en en infierno y he vuelto”). En efecto, ella había estado en el infierno, pero consiguió volver. Con su ironía habitual comentaba: “¡No se estaba tan mal allí!”.

Esta relación tan estrecha entre la vida de Bourgeois y su obra ha llevado también a considerarla como un ejemplo de artista que utiliza el arte como terapia personal. Y aunque es difícil negar la faceta curativa de la creatividad y la actividad plástica, lo cierto es que su obra tiene entidad por sí misma y va mucho allá del bien terapéutico que haya aportado a su autora. Otras artistas a las que se incluye en este grupo “terapéutico” son: Frida Kahlo, Remedios Varo, Diane Arbus, Ana Mendieta o Leonora Carrington.

Louise Bourgeois dentro de Guarida Articulada (Articualted Lair) (Col.: MoMA, Nueva York) en 1986 Foto: © Peter Bellamy © The Easton Foundation
Louise Bourgeois dentro de Guarida Articulada (Articualted Lair) (Col.: MoMA, Nueva York) en 1986 Foto: © Peter Bellamy © The Easton Foundation

LAS CENAS QUE LOUISE NO SOPORTABA

Aunque desconfiaba de la prensa, concedió importantes entrevistas. Además, escribió varios diarios donde registraba cada tarea, cada emoción, cada observación. “Necesito mis recuerdos; son mis documentos”, detalló en sus diarios.

En 1998 se publicó en inglés un libro titulado Destruction of the father / Reconstruction of the father, donde se recopilan diversos fragmentos de entrevistas concedidas por Bourgeois, así como algunos de sus escritos (Destrucción del padre/reconstrucción del padre. Escritos y entrevistas 1923–1997. Madrid: Editorial Síntesis, 2008). En él detalla aquellas cenas familiares en la que escuchaba a un padre prepotente que sólo sabía vanagloriarse mientras se servía el tradicional pot au feu en la mesa familiar tras un día de trabajo.

De ese recuerdo surgió la escultura terrible de su padre: The destruction of the father (1974). La pieza consistía en una instalación que reproducía un comedor familiar, lugar donde se habían escenificado algunos de los momentos más tensos en la intimidad de la familia. Ella misma cuenta su ira contenida al escuchar continuamente la palabrería de su padre: “Yo hacía muñecos con miga de pan y los cortaba con el cuchillo”. También confiesa que a veces soñaba con que su padre se transformaba en algo comestible y todos lo devoraban en silencio. Verdaderamente, Louise fue una niña atormentada. De su visión infantil cortando una figura de pan pudo surgir su escultura Femme Couteau (2002), como un modo de defenderse en un mundo hostil.

A su madre, con la que mantenía de pequeña una relación amor/odio, también le dedicó una serie de aguafuertes acompañados de breves historias (He disappeared into Complete Silence, 1947). Siempre le reprochó a su progenitora que permaneciese en un silencio, que ella consideraba cómplice, ante las continuas infidelidades de su marido. Por si fuera poco creó su obra She-fox (Zorra): Corté su cabeza, rajé su garganta. Y aún así esperaba que me quisiera, explicó. Estos temas familiares siguieron con ella durante toda su vida y se representan en su vasta obra.

Louise fue na niña atormentada. A su madre, con la que mantenía de pequeña una relación amor/odio,  siempre le reprochó que permaneciese en un silencio, que ella consideraba cómplice, ante las continuas infidelidades de su marido.

Dibujó sus primeras arañas en 1940 y fue en la década de los 90 cuando realizó sus grandes esculturas de arácnidos. Aunque Bourgeois era todo lo opuesto al pop art, su araña (Maman, 1990), de casi 9 metros de altura se ha convertido en un icono popular del arte del siglo XXI. La araña tiene muchas lecturas. Los psicoanalistas alegan que es la madre que atrapa a sus hijos en sus hilos y los devora. Otros ven todo lo contrario, la madre que los aleja de los peligros. Lo cierto es que ella misma escribió en sus memorias: “Las arañas eran una oda a mi madre. Ella era tejedora, y como la araña, creaba su tela. Ella me protegió y fue mi mejor amiga.”

cell VII-3265-CB-2_LG
Celda VII (Cell VII) 1998. Colección particular, cortesía Hauser & Wirth. Foto: Christopher Burke © The Easton Foundation

FEMINISMO SOLITARIO

Bourgeois conocía bien la situación de las mujeres en el siglo XX donde, a pesar de las conquistas de derechos, todavía eran ciudadanas de segunda fila. Ella misma lo sintió en sus propias carnes: “Tenía la sensación de que la escena artística pertenecía a los hombres y de que yo estaba, en cierto sentido, invadiendo sus dominios”.

En 1946 empezó a pintar sus célebres Femme-maison, una serie de mujeres desnudas con el rostro o el torso encerrados en un edificio, como si estuvieran atrapadas en ese espacio. Los movimientos feministas ahondaron en su obra y quisieron incorporar a la artista como figura emblemática. Su trabajo ha sido analizado, desde este punto de vista, por importantes feministas francesas como Luce Irigaray, Hélèn Cixous y Julia Kristeva.

Pero ella se negó a ser encasillada, a pesar de compartir muchas de sus ideas, y fue muy dura en sus interpretaciones: “Las mujeres son perdedoras. Son mendigos, a pesar de la liberación de la mujer”, manifestó en una entrevista. No creía en la existencia de un arte de mujeres. “Pero en su obra siempre hay un punto de vista femenino”, insistió el periodista: “¡Pues claro, porque soy una mujer!”, resopló la artista.

Pese a que se negó a ser encasillada como feminista, Bourgeois conocía bien la situación de las mujeres en el siglo XX donde, a pesar de las conquistas de derechos, todavía eran ciudadanas de segunda fila. Ella misma lo sintió en sus propias carnes: “Tenía la sensación de que la escena artística pertenecía a los hombres y de que yo estaba, en cierto sentido, invadiendo sus dominios”

En sus escritos afirmó: “Mi feminismo se expresa mediante un profundo interés en lo que hacen las mujeres. Pero soy una persona muy solitaria. Reunirme con otra gente no me ayuda lo más mínimo. Lo que verdaderamente me ayuda es reconocer mis propias incapacidades y exponerlas”. Desde luego, no llegó tan lejos como Kafka, que aseguró en sus Diarios: “No rehúyo a la gente porque desee vivir tranquilo, sino porque quiero sucumbir tranquilo.”

Lo que más me gusta de esta mujer es que quiso tenerlo todo: hijos y carrera. Millones de contemporáneas suyas han deseado lo mismo con todas sus fuerzas. Muchas lo han conseguido, pero cuánto desgaste en el empeño, cuántas dudas. Lo cuenta en una entrevista Jerry Gorovoy, el que fuera su mano derecha en los últimos 30 años: “Llegó a Nueva York en 1938 con su marido y en 1941, con 30 años, ya tenía tres hijos y quería ser artista. Aquello fue duro. Vivía con mucha presión y se sentía culpable de no llegar a todo”.

La artista participa en el acercamiento del feminismo a lo cultural y destaca la necesidad de crear un espacio propio en el que la mujer no se someta a los valores de la supremacía masculina. También se unió a la revolución sexual, pero no compartía con el feminismo radical la idea de que la maternidad fuera la causa de la esclavitud femenina, ni considera como motivo de opresión la “servidumbre biológica”; de la mujer. Bourgeois valora la maternidad, aunque su actitud ante el hecho de ser madre sea compleja, como se refleja en sus esculturas de mujeres embarazadas.

LA PAZ DEL CONVENTO

En realidad, conocí a Louise Bourgeois (o mejor dicho, otra faceta de ella) en un convento del XVII pegado a Bonniex, en las laderas del Louberon, en la hermosa Provenza. Después de innumerables avatares a lo largo de la historia, su último propietario decidió rehabilitarlo y para renovar la capilla, en 1998, se había puesto en contacto con una conocida suya, llamada Louise Bourgeois.

En el espacio, de luz harinosa y atmósfera recoleta, emergen como cipreses sus obras. En el ábside una gran cruz de metal con dos manos grandes, una abierta y otra cerrada, en la que muchos ven una relación con su serie Give and Take. Sobre un pilar, una Virgen con Niño, de aire medieval, envuelta en tul y metida en un fanal. Es difícil no enamorarse de la pila bautismal, en mármol de Carrara, con unos senos en su interior que nos hablan de alimento y fuerza protectora. En la pared carcomida, la araña de bronce y un poco más allá el confesionario, de celosía metálica; en el frontal se leen en inglés y francés las palabras resurrección, redención, reparación, reconciliación. En la parte del sacerdote, un cristo en tejido blanco y, sobre el asiento, una abertura azul que parece el cielo de la Provenza. En el lado del penitente, el reclinatorio y un espejo, simbolizando tal vez la introspección y el autoconocimiento, y unas manos entrelazadas.

Todo el universo de Louise Bourgeois, que no era creyente, reposa en una atmósfera simple y luminosa. Si te sientas en una de las sillas de enea, puedes imaginarla, escueta y agitada, reorganizándolo todo. Este fue uno de sus últimos trabajos. El convento d´Ô está en Bonniex, y puede visitarse (www.egliselouisebourgeois.com/).

Cell_The_Last_Climb
Celda (La última subida) [Cell (The Last Climb)], 2008 Acero, vidrio, goma, hilo y madera 384,8 x 400,1 x 299,7 cm Collection National Gallery of Canada, Ottawa Foto: Christopher Burke © The Easton Foundation

YO SOY  MI MEJOR OBRA

Andy Warhol dijo una vez de sí mismo: “Yo soy mi mejor obraBourgeois, que no tenía nada que ver con el chirriante colorido pop, podría haber acuñado antes la idea. Si un artista ha sido capaz de plasmar su vida y sus visiones en su propia creación y hacerla reconocible a cualquier espectador, estamos hablando de ella, la reina Louise.

Pero Bourgeois era algo más que una artista marcada por su pasado. Poseía un gran sentido del humor, al que recurría para bandear los altibajos del alma. En sus dibujos, esculturas, instalaciones, performances y apariciones públicas se respira ironía y burla. Era hiperactiva y enérgica. La edad no fue un impedimento para seguir creando. Comenzó a trabajar su serie Celdas con más de 70 años. ¡Tenía toda la paciencia del mundo! El éxito global le llegó cuando ya había cumplido 60 años y se coronó con la retrospectiva que le dedicó el MoMA en 1982, la segunda dedicada a una mujer. La primera había sido la de Georgia O’Keeffe en 1946.

Bourgeois poseía un gran sentido del humor, al que recurría para bandear los altibajos del alma. En sus dibujos, esculturas, instalaciones, performances y apariciones públicas se respira ironía y burla.

Algunos estudiosos afirman que sus trabajos más originales los realizó en los años 90 y 2000. Por eso Bourgeois continúa ejerciendo influencia en los jóvenes artistas. Se sabe que recibía a los nuevos creadores en su residencia de Chelsea, a la hora del té, y tenían que llevar una obra para mostrarla a todos. Resulta fascinante ver con detenimiento las imágenes de esa casa donde vivió la mayor parte de su vida con su familia. La vemos un tanto caótica, un poco desordenada, llena de papeles, dibujos y recortes de revistas colgados en la gran pared del salón. Imaginamos a la artista en su interior con el pelo recogido, sus ojos inquietantes y gesticulando con sus manos, su otro yo.

Su asistente personal, Jerry Gorovoy, en una entrevista concedida tras la muerte de la artista, habla del esfuerzo de Louise para someterse a una rutina diaria de trabajo, a pesar de su edad: “Todas las mañanas a las diez la recogía para llevarla a su estudio de Brooklyn. Incluso me dedicó una serie de dibujos que tituló “10 AM is when you come to me”. Era una mujer excepcional”.

Louise Bourgeois en su estudio en Brooklyn, 1993, Foto © Vera Isler –Leiner, Art © The Easton Foundation .
Louise Bourgeois en su estudio en Brooklyn, 1993, Foto © Vera Isler –Leiner, Art © The Easton Foundation.

PALABRA DE LOUISE

“Tenía la sensación de que la escena artística pertenecía a los hombres y de que yo estaba, en cierto sentido, invadiendo sus dominios”.

“Todas las obras que he realizado en los últimos 50 años, todos mis temas se han inspirado en mi infancia. Nunca ha perdido su halo mágico, su misterio, su drama”.

“No estoy influenciada por los surrealistas, los conocí cuando yo estudiaba en París. Ellos vivían en la Rue du Seine, tenían su galería y yo me paraba y hablaba con ellos”.

“Mi feminismo se expresa mediante un profundo interés en lo que hacen las mujeres. Pero soy una persona muy solitaria. Reunirme con otra gente no me ayuda lo más mínimo”.

“Tienes que contar tu historia, y tienes que olvidarla. Olvidas y perdonas. Eso te libera”.

Este texto parte de la exposición Louise Bourgeois. Estructuras de la existencia: las Celdas, que permanecerá hasta el 4 de septiembre de 2016 en el Museo Guggenheim de Bilbao.

FIRMAS SUMERGIDAS | FLORINDA SALINAS

la-foto-1_SnapseedFlorinda Salinas nació en Sevilla. Licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra, trabajó durante dos décadas en la revista Telva, de la que fue subdirectora. Posteriormente fue redactora jefe del diario El Mundo y directiva en el grupo ¡Hola! Es autora del libro “La mujer visible” (Digital Reasons), donde analiza el paso de la mujer en la sombra a la mujer en el mundo. “Siempre me produjo desazón entrar en casa del hombre importante que iba a entrevistar y escuchar los pasos de su mujer alejándose por el pasillo hacia el invisible mundo de lo doméstico”, plantea en su introducción.

Gracias por compartir los contenidos de Lecturas Sumergidas

Páginas populares hoy

  • Viaje de ida al centro de Milan KunderaViaje de ida al centro de Milan Kundera Por Emma Rodríguez © 2014 / Ya he hablado en otras ocasiones del placer de reencontrarse con aquellos autores, con aquellos libros que hemos amado alguna vez y cuyas escenas, peripecias, teorías, se nos quedan grabadas en la memoria y conforman una especie de paisaje entre nieblas, un paisaje paralelo que conservamos al fondo de la retina como un recuerdo que no acabamos de identificar y que parece estar hecho de la sustancia evanescente de los sueños...
  • La lección de vida de Henry David ThoreauLa lección de vida de Henry David Thoreau Por Emma Rodríguez © 2013 / Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862) lleva tiempo siendo uno de mis mejores compañeros de viaje. Leí una versión reducida de “Walden. La vida en los bosques” de adolescente y me pareció tan reveladora, tan a contracorriente, tan pegada a lo que yo, aún calladamente, pensaba de la realidad, del mundo, de la sociedad -cuyas falsedades e imposturas ya empezaba a atisbar- que, desde entonces, no sólo ha sido una presencia, más o menos constante, en mi trayecto, sino una influencia decisiva...
  • Persiguiendo novelas de Japón (Con Kawabata, Mishima, Tanizaki, Sôseki...)Persiguiendo novelas de Japón (Con Kawabata, Mishima, Tanizaki, Sôseki…) Por Emma Rodríguez © 2017 / Los viajes y los libros que nos cautivan, tienen algo en común, conllevan un descubrimiento, un despertar, una transformación, acaso profunda y reconocible, acaso sutil, apenas insinuada. En este artículo quiero hablaros de un libro donde todo esto se conjuga y se lleva al extremo, un libro muy especial que llegó a mis manos de manera azarosa, sin saber previamente nada de su existencia. Se trata de En el barco de Ise. Viaje literario por Japón, un recorrido por los paisajes y las letras de un país muy rico en ficciones...
  • Cees Nooteboom: Antes y después del muro de BerlínCees Nooteboom: Antes y después del muro de Berlín Por Emma Rodríguez © 2014 / Quiero empezar este artículo por el final, por el último gesto que acompaña cualquier lectura, ese momento en el que cerramos las páginas de un libro. Quiero empezar por ahí porque una vez finalizado el recorrido por el mapa amplio, complejo, lleno de bifurcaciones, que es Noticias de Berlín, compendio de crónicas del escritor holandés Cees Nooteboom sobre la capital alemana y alrededores antes y después de la caída del Muro, me he quedado con la sensación de lo poco que sabía de un capítulo clave para entender la Europa actual y la deriva hacia sociedades cada vez más dominadas por la frialdad de los números, de los datos económicos, del tan repetido, aburrido, manoseado…
  • Mijaíl Bulgákov: "Si un verdadero escritor se calla, morirá"Mijaíl Bulgákov: “Si un verdadero escritor se calla, morirá” Por Pablo Matilla © 2017/ "En general, con Bulgákov todo es posible" -Marietta Chudakova-. Había oído hablar muchas veces de El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov; sabía, también, que había servido de inspiración para Sympathy for the devil, de los Rolling Stones...
  • Lev Tolstói, mucho más allá de la indignaciónLev Tolstói, mucho más allá de la indignación Por Emma Rodríguez © 2014 / Si el autor francés Stéphane Hessel fue capaz de influir en las conciencias y voluntades de millones de europeos con su sencillo libro-manifiesto “Indignaos”, qué no sería capaz de provocar hoy, de llegar a las multitudes, un ensayo como el que acaba de publicar Errata Naturae de Lev Tolstói bajo el título “Contra aquellos que nos gobiernan”...
  • La profunda sencillez de Natalia GinzburgLa profunda sencillez de Natalia Ginzburg Por Emma Rodríguez © 2016 / Leí Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg hace tiempo y es un libro al que vuelvo una y otra vez, una de esas obras que contiene enseñanzas esenciales que solemos olvidar y cuya recuperación nos procura un hondo consuelo. Se trata de un compendio de textos de diferente factura, fragmentos de la memoria que dan idea de los recuerdos, intereses, preocupaciones y obsesiones de la autora italiana (Palermo, 1916-Roma, 1991). Se trata de una ventana abierta por la que mirar a los interiores de Ginzburg...
  • Walt Whitman: “Si no me encuentras al principio no te desanimes”Walt Whitman: “Si no me encuentras al principio no te desanimes” Por Emma Rodríguez © 2015 / “Me canto a mí mismo, / y lo que yo acepto tú aceptarás, / pues cada átomo de mí también es parte de ti.” Así comienza el poema que abre Hojas de hierba, de Walt Whitman, uno de esos libros célebres por su capacidad de transformación, de renovación, de marcada influencia en el devenir de la literatura. Despreciada en su día, criticada y mal entendida, nada volvió a ser igual en los senderos poéticos tras esta entrega del poeta vagabundo...
Publicidad
Etiquetado con: