Óscar Hernández Arteaga © 2024 /
Este verano he empezado a leer a Onetti después de mucho tiempo. Creo que la última vez fueron unos artículos recogidos en Confesiones de un lector, un libro que ahora mismo es difícil de encontrar y que yo estúpidamente presté y no he vuelto a recuperar. Un día de este verano pegajoso, rebusqué algún libro para hablar de él en el podcast y encontré en casa de mi madre uno amarillento por el sol de muchos días, meses y años, editado en Alfaguara en el siglo pasado.
Era la primera novela o cuento largo o nouvelle del escritor uruguayo. Un divertimento existencialista con atisbos faulknerianos de metaficción y propuesta original sobre la escritura y la ficción como huida o como complemento a la realidad. Una realidad en muchos casos solitaria y un poco jodida. Se llama El pozo. Comienza y termina con los pensamientos y divagaciones e invenciones varias del protagonista, una especie de alter ego del escritor con unos diez años más, que se pasea por su pieza (habitación) empapado en sudor y ansioso por fumar.
Se rumorea que Onetti parió el librito durante un fin de semana en el que se quedó sin tabaco. Lo leí dos veces seguidas. La primera vez me perdí con los saltos y la estructura, la segunda vez disfruté del argumento y de su delirio. Me recordó a Conrad y a Faulkner. De este último me llega por segunda vez a las manos Las Palmeras salvajes, en la traducción de Borges. La novela de Onetti y la de Faulkner se publicaron el mismo año, en 1939. Faulkner ya contaba con algunas de las mejores novelas del siglo XX (Absalom Absalom, El ruido y la furia, Mientras agonizo…) y Onetti acababa de empezar.
Nos cuenta Faulkner en Las palmeras salvajes dos historias sobre la huida y la resignación. En la primera historia, hay un deseo de amar y por encima de todo un deseo de realizar ese amor. En la segunda historia, hay una fuga a la inversa. Un preso que por accidente es considerado muerto y liberado, prefiere volver a prisión. Me recuerda a esos personajes de la película Cadena perpetua que no se acostumbraban a la libertad. La libertad es una especie de condena, con sus propias reglas. Ya lo decía Sartre. En estos días de calor y lluvia intermitente, me ha dado por dar grandes paseos. Y contemplar la luz de la tarde.
Recorro las calles y busco los parques, donde quedarme sentado con algún libro entre las manos o simplemente contemplando la belleza de las cosas. Empatizo con el protagonista de Perfect days, la película de Wim Wenders que tanto ha dado de que hablar durante este año. Un argumento sencillo y un estilo sobrio, nos presenta la historia personal de un hombre que se siente bien con su empleo (limpiador de aseos públicos) y sus rutinas (sacar fotos analógicas, escuchar música de su colección de casetes, pasear en bicicleta, captar el Komorebi con su cámara, leer, darse baños relajantes, interactuar lo mínimo con los demás…), una tabla de salvación para un pasado del que ha decidido huir.

Las huidas siempre me han llamado la atención. Es una gran temática en el cine y en la literatura. Y también en la vida. Nos mantenemos en la huida. Yo alguna vez quise escribir un libro sobre eso. En algún momento de nuestras vidas decidimos huir o ya estamos huyendo sin saberlo bien. Obviamente, hay momentos en que decidimos parar de huir. Y es ahí cuando todo se complica o se hace más sencillo. Onetti recurre a la huida como eje temático a través de la invención. La vida breve, de 1950 nos muestra el nacimiento de Santa María, un lugar inventado, al que el protagonista de la novela decide huir. ¿Qué ocurre con la realidad? A veces creo que la lectura también es un modo de huir. En cualquier caso, también lo es la manera en que nos enfrentamos a eso que llamamos realidad. La representamos y la interpretamos diariamente, sin reflexionar demasiado. Somos como actrices y actores de nuestra propia historia.
Este año se celebra el centenario de la muerte de Conrad. Otro de esos autores que creaba historias donde siempre había un narrador/personaje que miraba al pasado y que narraba y quizás inventaba narrando. Algo parecido a lo que hace Proust. De Conrad ha dicho Juan Gabriel Vásquez que es una especie de bisagra entre la narrativa decimonónica y la modernista (entre Flaubert y Joyce por poner dos ejemplos).
Vuelvo a Faulkner (a la traducción de Borges) y calibro esa riqueza tan precisa del lenguaje. Una orquestación de palabras que me lleva a experimentar la vida de estos personajes como si fueran una excusa para hablar de lo que nos ocurre cuando nos enamoramos, o cuando tenemos miedo y decidimos huir o dejar de huir. Hablando con un amigo sobre la última novela de Paul Auster (Baumgartner) que recomiendo fervientemente, me doy cuenta de que no se puede comparar con Faulkner, porque donde éste muestra los que nos ocurre por dentro con un fondo de vida y de paisaje, una representación teatral, casi shakesperiana de lo que supone el mundo y sus vicisitudes humanas, su pasión y sus metáforas, la muerte y el tiempo y los milagros cotidianos, Auster se limita (y lo hace magistralmente) a narrar (casi) una vida entera, las impresiones y los recuerdos (casi) inventados de un viejo profesor jubilado, que intenta describir mejor la síntesis de su vida, haciendo recuento, desde que se dispara su memoria involuntaria, casi proustiana.

En comparación con Faulkner, muestra poco. Me digo que son dos estilos distintos. Que Faulkner deslumbra con sus descripciones y con la manera que tiene, a través del monólogo interior, de registrar las ideas y las emociones de los personajes, en contraste con lo que hacen (ahí el logro) y Auster procede con un ritmo trepidante a contar, a inventariar la vejez como un conjunto de hechos y análisis muy bien escritos donde te muestra la síntesis de una vida. Otro logro.
Vuelvo después de varios días de vacaciones obligadas a mi trabajo. Abro la puerta de la biblioteca y reconozco que las luces no están encendidas y que la procrastinación es algo que me ha acompañado durante mucho tiempo. Uno decide procrastinar o huir por razones que ni siquiera conoce. Enciendo las luces y me adentro a lo conocido. Siempre puedo escribir sobre otra cosa, me digo. No tengo por qué estar contando mis intimidades. Una invitación a la huida puede que sea este artículo.
Vuelvo a Onetti y al hecho de que estuviera en una cama, o que al menos se le viera en una cama en los últimos años de vida. Porque no quería levantarse o porque le parecía que la vida era demasiada vida, no sé. Quizás supuso, y aquí invento yo, que la vida es una excusa para inventar historias desde la cama y la pereza es un oficio duro y la procrastinación no es una renuncia sino una elección. Entonces pienso en el protagonista de la película de Wenders, limpiando retretes y maravillado con el juego de luces y de sombras perecedero que contemplamos a través de las hojas de los árboles. A eso los japoneses, lo llaman el Komorebi.
En la modernidad todo se aceleró y la vida lenta fue asociada (por el catolicismo) a una pereza pecaminosa. La procrastinación es quizás una huida legítima de esta vida acelerada en la que siempre tenemos que estar haciendo algo. En esta revista donde colaboro, descubro Los lentos, de Laurent Vidal. Una obra que viene muy a cuento con esto del “slow life” que está tan de moda hoy en día.
Vuelvo a Faulkner y a su novela. En la historia de los amantes que escapan (ella está casada y con hijos) para vivir su pasión sin límites, hay un fondo de novela rosa y barata y de aventuras, una especie de Pulp Fiction. De hecho, es una de las acepciones de este concepto y Tarantino lo usa como metáfora para justificar estéticamente su película. Vuelve a estar en el cine porque se cumplen 30 años de su estreno y decido volver a ella. Recuerdo que cuando la estrenaron tenía 15 años y la fui a ver tres veces al cine. Esta vez la miro con otros ojos. Me siguen llamando la atención ciertas líneas del guión, la estructura y el ritmo, la estética visual y la música, pero he de reconocer que me aburren ciertas partes.

Ni el mundo golfo, de drogas y violencia me interesa ya. Es cierto que es un recurso narrativo porque su uso es irónico, con una estética preciosista, donde los héroes son un par de sicarios que hablan de cosas irrelevantes con una importancia irónicamente relevante, a los que les suceden cosas que son cosas de gánsteres, pero también de gente normal, como el rayón de un coche. De todas formas, me quedo con la historia del reloj y la intervención de Christopher Walken. En el resto, veo demasiado infantilismo (buscado por un enfant terrible como era Tarantino en esos años) y las frecuentes situaciones cómicas ya no me seducen tanto.
Entiendo que yo he evolucionado y veo la película con otros ojos. Entiendo que filmicamente la película funciona, pero hay ciertos mensajes y estrategias narrativas que ya no me dicen nada. También hay personajes que huyen o que al menos se mueven para intentar sobrevivir. En su momento fue polémica por la violencia, por su uso supuestamente gratuito. Tres décadas después ya estamos más que acostumbrados a esto y también nos damos cuenta de la ironía y del humor negro que hay detrás y las ganas de contar una historia con diálogos literarios ágiles y el divertimento de las propuestas narrativas.
Todo en esta película parece encajar. Pero a mí ya me dice menos o me dice otras cosas. Parafraseando a Barthes, el autor tiende a desaparecer con la intervención del espectador. Es difícil que Tarantino desaparezca porque siempre se hace notar, aún así lo que cada uno pone como espectador y que hace que se complete la obra, varía con el tiempo y con las experiencias que vamos acumulando. Pulp Fiction se estructura en varios episodios. El episodio del principio enlaza con el del final. Que el final sea el comienzo es una de las razones más poderosas para explicar el hecho de que huyamos tanto a lo largo de nuestras vidas. Me refiero a que nada es definitivo y que siempre puedes volver a renacer, como le ocurre al personaje de Vince interpretado por Travolta. La ficción es un recurso y un refugio para la realidad convencional y también es una manera de encajar en esa realidad o de no encajar, criticando y resistiendo, una manera de ampliar la realidad para modificarla, de proponer alternativas.
Antes de terminar este artículo, me topo con la primera novela de E. Annie Proux (1935, Conneticut), Postales. La llaman la Faulkner del norte. Me atrapa la historia desde el primer momento. El protagonista ha matado a su novia de manera accidental y lo vemos en la primera página ocultando su cadáver tras un muro de piedras en un campo: “La hierba se le arremolinaba en torno a las rodillas, los cascabillos del trigo reventaban dispersando una lluvia de semillas.” Una descripción del paisaje en el que se encuentra atrapado. La autora va alternando los pensamientos de Loyal (el protagonista) con la descripción de su comportamiento, mostrando a la manera de Faulkner, lo que hace el personaje: “En la huerta se arrodilló y se frotó las manos una y otra vez en la áspera hierba” Y sólo estoy en las primeras páginas. Glorioso, pienso. Otra huida buscada, sonrío y sigo leyendo.









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