Jordi Soler: “Hoy el simple acto de sentarse a pensar está penalizado socialmente”

Foto de cabecera por Pep Ávila

Emma Rodríguez © 2021 / 

La orilla celeste del agua, de Jordi Soler, es uno de esos libros que invitan a cultivar la contemplación, a afinar la mirada y el alma, para hacer frente a un presente tras el que corremos apresurados, sin llegar a metas con sentido. Cada vez más vulnerables, en tiempos dominados por la incertidumbre, caminamos por las calles de las ciudades del siglo XXI sin apenas paradas ni respiros. Sin aliento seguimos las noticias cada día, con la impresión de que todo puede suceder, precipitarse hacia horizontes imprevistos en cualquier momento, sin que nos haya dado tiempo a meditar sobre los detonantes y consecuencias, a comprender en su complejidad los hechos que van acaeciendo y acaban dirigiendo las vidas.

Quien simplemente haya reparado en ello y tomado conciencia de que algo no está funcionando, de que el disfrute y el sentido de la vida se le está yendo de las manos, mientras se defiende de los ruidos constantes, de los miedos, de las inseguridades, aquí tiene un ensayo en el que encontrar compañía, complicidad, inspiración y tal vez orientación e impulso para cambiar de rumbo.

Desde la posición del novelista, del articulista, del poeta que es, por encima de todo, Soler (Veracruz, México, 1963), residente en Barcelona, la ciudad que abandonó su familia después de la Guerra Civil, toma distancia, la distancia que le proporcionan las leyendas, los mitos, las lecturas de clásicos y modernos que le nutren, para ahondar en los males del ahora y atisbar posibles salidas a la confusión, a la ceguera. Siempre hay grietas por las que puede entrar la luz, cauces de renovación como la ecología y el feminismo, focos de esperanza a los que apunta, ahora que cada vez tenemos más claro que, si no se toman medidas urgentes, sin demora, nos encontramos al borde del cataclismo, de la destrucción del planeta. 

Con la agilidad del buen contador de historias y del observador avezado, con un estilo hermoso, cautivador, lleno de claridades y  atravesado de trascendencia, el autor continúa en esta entrega el camino iniciado en un título anterior, Mapa secreto del bosque, obra en la que ya proponía encontrar un refugio para evitar caer en el exceso tecnológico. El bosque como metáfora del viaje interior, como lugar mental, está presente en las rutas de este hombre que sabe lo saludable que es sentarse tranquilamente a pensar, a mirar con los ojos de los adentros, limpios de aceleración, de urgencia por hacer, por tener.

Jordi Soler toma la distancia que le proporcionan las leyendas, los mitos, las lecturas de clásicos y modernos que le nutren, para ahondar en los males del ahora y atisbar posibles salidas a la confusión, a la ceguera.

Y como pilar básico, el propósito de cuidar el legado de la humanidad, de andar entre lo logrado y lo perdido, lo imaginado y lo soñado por los seres del hoy, del ayer, del mañana. “Me interesa la construcción literaria de la idea de que somos el producto de las historias de los otros, de las miles y millones de historias que nos han precedido (…), formar parte de esa red, abrazar esa multitud de historias que me constituyen para hacerlas mías, adueñarme de ellas, vampirizarlas a tal grado que, de sus mezclas y destilaciones, salga algo original”, escribe en las páginas de un ensayo que responde a tal propósito y del que dialogamos a continuación, a través de un intercambio de preguntas y respuestas vía correo electrónico.

La orilla celeste del agua forma parte de esa estela de libros-ensayos que miran a otras culturas, a otras creencias, a otros tiempos, para encontrar los rumbos del presente y enfocar mejor el porvenir. Hay una afinidad hoy entre muchos filósofos, escritores, artistas… por encontrar sentidos, por imaginar los posibles caminos del cambio. ¿Crees que estamos mucho más desorientados que quienes habitaron en otras sociedades, que a esta época le faltan asideros, referentes, principios?

– Sí, creo que estamos mucho más desorientados que nuestros antepasados, lo cual es paradójico porque somos la población más informada de la historia de nuestra especie, y es precisamente ahí donde está el problema: el exceso de información termina desinformando. Cada vez que abrimos el ordenador o el teléfono nos asalta una catarata de información que, lejos de orientarnos, disemina nuestra atención, que sigue siendo la del animalillo limitado que somos desde el principio de los tiempos.

– Partes de una obra de referencia muy especial, de las enseñanzas del indio siox Alce Negro, para devolvernos a la idea de lugar sagrado, espiritual. Resulta curioso que después de tanta aniquilación de pueblos, costumbres y modos de pensar; después de tanto progreso y avances tecnológicos, debamos abandonar la arrogancia y reconocer y aprender de la sabiduría que viene de atrás.

– Así es, la verdadera sabiduría es la que viene de atrás, de los tiempos en los que una persona se sentaba a contemplar su entorno, a decodificarlo y a sacar cosas en claro, sin distracciones. Hoy este acto simple de sentarse a pensar, como lo hacía Alce Negro o Tales de Mileto, está penalizado socialmente. El rebaño hiperactivo nos impulsa todo el tiempo a abrevar en la pantalla: noticias, series, vídeos, memes… No es sensato estar conectados todo el tiempo, para acceder a la sabiduría primero hay que desenchufarse.  

“En el siglo XXI, en la era del individualismo rampante, no puede haber más espacio sagrado que el que funda uno mismo…”, señalas muy al comienzo del recorrido. Es una idea aparentemente sencilla, pero tan complicada… Todo son obstáculos, ruidos, prisas, aceleración constante, productividad, competitividad, que confunden el camino, que impiden reconocernos, sentirnos, mirar a los otros como iguales.

– Retomo la idea anterior: el espacio sagrado no necesita ni enchufe ni pila. Todos son obstáculos, efectivamente, pero depende de nosotros si los esquivamos, los ignoramos, o nos estrellamos contra ellos. El individualismo rampante que mencionas empieza con la pantalla, que es individual y por tanto consagra el individualismo. No sé qué tan consciente habrá sido quien le puso al portátil el nombre de personal computer. No sé si sabía que ese invento iba a atomizar al grupo en una nebulosa de individuos solitarios. 

– Se trata de “redirigir la mirada”, dices. Y más adelante: “Hoy casi nadie tiene el ojo orientado hacia el hallazgo”, para desentrañar el enigma, el misterio… Simplemente reconocer esto, ser conscientes de ello, ya resulta inspirador y es un punto de partida. ¿Hacia dónde, de qué manera mirar, para producir cambios, transformaciones que partan del yo y alcancen al nosotros?

– La mirada de la que escribo en este libro es la que practicaban Carlos Castaneda o André Breton y significa no sólo mirar, sino mirar más allá de lo evidente. Si miras cualquier cosa con la suficiente atención encuentras siempre algo interesante en lo que nunca habías reparado. Mirar con el ojo predispuesto al hallazgo es un acto muy civilizado. Se trata de apreciar con respeto lo que nos rodea. Podemos empezar por identificar los árboles que hay en nuestra calle, de qué tamaño son sus hojas, qué mapas tienen dibujados en las cortezas, porque en esos mapas, si nos fijamos bien, está dibujada la vida entera.

Cada vez que abrimos el ordenador o el teléfono nos asalta una catarata de información que, lejos de orientarnos, disemina nuestra atención, que sigue siendo la del animalillo limitado que somos desde el principio de los tiempos, señala el escritor.

– Hay otra idea muy interesante, el planteamiento del destierro, salirse de los enfoques de las redes para practicar la mirada activa, el criterio propio, para hacer lo que nadie hace. Sin embargo, vivir en los márgenes, a contracorriente, fuera de los excesos del escaparate social, no resulta nada fácil. ¿Crees que es más necesario que nunca desconectarse? 

– Te lo decía hace un momento, desconectarse es crucial para conectarse con la verdadera realidad. Aprovecho para decir que, a pesar de mis largas desconexiones, soy un usuario entusiasta de las nuevas tecnologías; mi idea no es prescindir de ellas sino acercarnos de manera sosegada, sin compulsiones, pertrechados detrás de esa máxima de la sabiduría griega que dice: nada en demasía.  

–  ¿Qué parte del ensayo se corresponde con las propias búsquedas y experiencias de Jordi Soler? Te refieres al concepto de Marco Aurelio de “tallar la máscara” propia para convertirnos en las personas que queremos ser. Y más adelante a “afinar el alma”, en un bello capítulo dedicado a la música.

– Trato de aplicar lo que escribo, cada día tallo mi máscara, procuro ser mejor pareja, mejor padre y mejor amigo que ayer, como por cierto hace cualquier persona decente.

– Hay un momento en el que recuperas a los caballeros medievales que se desplazaban con lentitud, a caballo por el bosque, y tenían tiempo para ensimismarse, para reconstruirse… Resulta una imagen inspiradora, alentadora incluso. ¿Necesitamos cultivar con empeño la contemplación para conseguir vivir con menos ansiedad? 

– Los caballeros resolvían bosque adentro sus entuertos personales, se emboscaban durante horas o días, o a veces años, hasta que lograban llegar a una conclusión, a una solución. Lo del bosque, si no se es caballero medieval, es una metáfora. Podemos llegar a una solución en cualquier sitio donde sea posible adentrarse, que es en realidad lo que hacían aquellos caballeros, adentrarse en su propia cabeza.   

“El mundo es un bosque de indicios”, recurres a Breton en otras páginas. Y hablas del paisaje interior, del mapa de los sueños… Son conceptos muy alejados de la realidad en la que vivimos. 

– No te creas, los sueños están al alcance de cualquiera, todos soñamos cada noche, pero es necesario tomarse en serio ese banco de imágenes, recuerdos, miedos, ambiciones, deseos, que tenemos ahí a nuestra disposición. El sueño nos habla y hay que hacerle caso; lo más fácil es ignorarlo, arrinconarlo en el sitio de la superstición y de la superchería, de la locura, pero eso es un gran error: los sueños son nuestros aliados y lo sensato sería escucharlos

Uno de los pilares del ensayo es la constatación de que nos hemos aislado, de que hemos perdido la conexión con el espacio mítico, con el misterio. Incluso se ha desmontado científicamente, dices, el misterio del enamoramiento, de la atracción sexual, de cualquier zona de los afectos. Tu obra nos lleva a reconocer estas pérdidas. ¿Cuál fue tu intención al escribirla, que te descubrió el camino a título personal?

– Siempre me ha asombrado el fenómeno amoroso, ¿por qué de todas las personas que conocemos nos enamoramos, a veces hasta la locura, de una sola? Las respuestas que ofrece la ciencia me dejan frío, no me convencen; ni la compatibilidad de olores o de bancos bacterianos, ni las explosiones neuroquímicas. Me parece más convincente el acercamiento al fenómeno que nos ofrecen los poetas, los novelistas y los músicos. Pero es verdad que se trata sólo de acercamientos, la explicación no existe y es mejor que así sea. Lo que yo hago en este libro es poner por escrito mi propio acercamiento.  

«A pesar de mis largas desconexiones, soy un usuario entusiasta de las nuevas tecnologías; mi idea no es prescindir de ellas sino acercarnos de manera sosegada, sin compulsiones, pertrechados detrás de esa máxima de la sabiduría griega que dice: nada en demasía».  

¿De qué nos quieren distraer en las sociedades del ocio y del espectáculo, del ruido, de la mentira? Es una pregunta que, como bien dices, deberíamos hacernos más  a menudo. “Somos ya una comunidad de distraídos”, comentas. Y más adelante señalas que los ciudadanos y ciudadanas del siglo XXI huimos de todos los peligros; vivimos obsesionados por la seguridad y por la salud; nos hemos hecho una vida a medida virtualmente, afín a nuestros intereses; somos miedosos, “dóciles y cobardes” (en esto último tiras del hilo de Giorgio Agamben)… ¿Hasta qué punto somos incapaces de vernos, de reconocernos en todo ello? ¿De qué manera necesitamos de los espejos de la filosofía, de la literatura, de la creación en general? ¿Cómo recuperar la capacidad crítica, el afán de mejora? ¿Pasa todo ello por la educación?

– Es verdad que planteo que alguien nos quiere distraer, pero lo planteo como un ejercicio para averiguar en dónde estamos parados. No creo que exista alguien, un grupo o una corporación, con el poder suficiente para manipularnos a todos en la misma dirección. Por otra parte considero que el bienestar y la riqueza de los países industrializados, a pesar del paro y la desesperanza que tenemos aquí en España, han acobardado a la sociedad, que no quiere perder lo que tiene, la seguridad, la salud pública, las pensiones. Ya no hay que salir a cazar un búfalo ni defender a la tribu de las hordas enemigas, eso lo resuelven el carnicero y la policía, mientras nosotros miramos en Netflix una serie de búfalos y hordas enemigas. 

Frente a todo ello, ¿hay algo en nuestro entorno positivo, que debamos celebrar, que resulte esperanzador?

– Desde luego; vivimos en un mundo cada vez más seguro y, a pesar de lo que parece, menos injusto. Basta con enterarnos de cómo vivía una persona, aquí mismo, en Barcelona, la ciudad donde resido, hace doscientos años para darnos cuenta de la diferencia. Por otra parte tenemos dos grandes revoluciones en marcha que van a trasformar el planeta desde sus fundamentos, la ecológica y la feminista; ahora necesitamos gobernantes capaces de gestionar lo que viene, basta con que no sean demasiado tontos.

Séneca es otro de tus referentes… Su idea de la longitud y el sentido de la vida. Y también Epicuro. ¿Qué aprender hoy de ellos?

– Tanto Séneca como Epicuro eran personas que filosofaban sentados en una silla, observaban y sacaban sus conclusiones, siempre brillantes. Eso es lo que podemos aprender de ellos: su deslumbrante brillantez.

Aquí un inciso para volver a las páginas del ensayo, donde Jordi Soler mira a Séneca y a su interesante perspectiva de que “la vida es suficientemente larga y se nos ha entregado con abundancia para lograr la consumación de las cosas más importantes”; de que su longitud “no debería medirse en años, sino por la manera en que la hemos aprovechado o desperdiciado”.

En lo que se refiere a Epicuro habla de su Jardín como el espacio de “un outsider”, de un pensador “fuera del circuito oficial”. Tal vez sea esa la situación idónea, me planteo al hilo de la lectura, para generar, desde las afueras, pensamientos a contracorriente, transformadores. “Los epicúreos”, sigo las palabras de Soler, “practicaban la templanza, procuraban el placer siempre y cuando no fuera mayor el displacer que vendría más tarde; no creían ni en Dios ni en la vida eterna porque consideraban que esos conceptos producían angustia, no creían en nada más que en los átomos circulando en el vacío, vivían frugalmente, sin compromisos, vivían en el tiempo presente, comían pan y bebían agua, y a veces vino, y estaban dedicados, desde el sosiego que les daba esa forma de vida, a la reflexión, a la conversación, a la expansión de la inteligencia en el jardín”.

– Ya en la actualidad, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, tan cercano a los enfoques de este ensayo, se convierte en protagonista. ¿En qué medida te sientes afín a sus búsquedas? Al final del ensayo aludes a su idea del jardín, del cultivo del jardín. 

Byung-Chul Han es un filósofo que me entusiasma, como muchos otros, pero me queda claro que escribe desde otro sitio; él es un filósofo y yo soy un novelista que se sienta a pensar.

La orilla celeste del agua, de Jordi Soler, ha sido publicado por la editorial Siruela.

Mapa secreto del bosque, una entrega anterior, fue editada en Debate.

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