Julian Barnes. Fotocabecera © Marzena Pogorzaly /

Emma Rodríguez © 2026 /

Proust y su magdalena están presentes en Despedidas, del escritor inglés Julian Barnes (Leicester, 1946), ya que la memoria y los recuerdos, los mecanismos que los desatan, son temas esenciales en la que el escritor asegura que es su última novela, publicada a sus 80 años. Una entrega en la que la biografía, la ficción y también el cariz ensayístico se entremezclan, dando lugar, como suele suceder con el autor, a una historia atravesada de senderos, que, en este caso, fundamentalmente, habla de la vejez y la proximidad del final de la vida, pero también de las segundas oportunidades, del amor que no acaba del todo o que se transforma. La reflexión y el juego de la imaginación se confabulan para dar lugar a esta obra atravesada de hondura, de experiencia, de humor y lucidez.

Se despide Barnes de la producción literaria con este libro, a su vez lleno de despedidas, que bebe de su propio recorrido. Un libro de ocaso en el que hay momentos en los que sentimos que es el escritor el que nos habla, el que traza su retrato, mientras que en otros percibimos el vuelo de la fabulación, esa capacidad para elevar lo cotidiano, para dotarlo de un sentido más profundo. Muy al comienzo, nos encontramos con una de esas veces en las que escuchamos a Barnes: “Actualmente me encuentro en mitad de la setentena, y como la mayoría de la gente mayor a veces estoy cansado de mí mismo, y con eso me refiero a que me repito recordando pensamientos, hechos y, en especial opiniones (Los que nunca se hartan de sí mismos, los que siguen divirtiéndose rememorando en público su propia vida y sus repetidas anécdotas suelen ser los más pelmazos del mundo)”.

Deja el autor por escrito su voluntad de que este libro sea el último de su trayectoria. Lo anuncia en las primeras páginas, del mismo modo que avisa de que habrá una historia dentro de él, una historia que lo arma, que mantiene en vilo a los lectores, en torno a la cual gira todo lo demás. Una historia que abarca una línea temporal amplia: de la juventud a la vejez. Confiesa el narrador que la misma debería haberse mantenido oculta, secreta, pues fue la promesa que hizo a sus protagonistas, pero, una vez fallecidos estos, ¿cómo resistirse a no sacarla a la luz, a someterla al foco de la ficción?

Se despide Julian Barnes de la producción literaria con este libro que bebe de su propio recorrido. La reflexión y el juego de la imaginación se confabulan para dar lugar a una obra atravesada de hondura, experiencia, humor y lucidez.

A través de lo que cuenta, Barnes nos habla de sí mismo, en efecto, pero reconociendo que es difícil, incluso para él, detectar qué es lo realmente auténtico, qué hay de verdad y qué de invención en lo que cuenta, pues los recuerdos y los olvidos obran de una manera muy especial, se idealizan los primeros con el paso del tiempo; emergen los segundos de la manera más inesperada en ocasiones… 

En Despedidas se narra la historia de un hombre y una mujer, Stephen y Jean, amigos ambos de quien relata su aventura, contando que se conocieron y se enamoraron de estudiantes, rompieron su relación, y volvieron a reanudarla ya en la etapa de los sesenta. Un segundo intento, que por motivos complejos, sobre todo por una visión del amor y de la vida en común diferentes, volvió a fallar. Las dos veces, el amigo, el narrador (¿Barnes?) estuvo por medio: él fue quien los unió en las dos ocasiones y no deja de sentirse embargado por una cierta sensación de culpa ante los fracasos. “Me creía muy listo, porque había escrito muchos libros; creía saber lo que motivaba a la gente; me consideraba incluso un centro de asesoramiento. Pero había tratado a Jean y Stephen como si fueran personajes de una de mis novelas, pensando que podía encaminarlos delicadamente hacia los respectivos finales que yo deseaba. Había confundido la vida con la literatura”, confiesa.

Es muy interesante el juego a tres, todo lo que revela de la amistad, de la complicidad, de la frustración, de los caminos que se aproximan y se alejan, del paso del tiempo. Todos habíamos cambiado de una forma de la que solo éramos a medias conscientes, señala en un momento dado la voz en primera persona que nos va contando los hechos.

Julian Barnes. Foto © por Urszula Soltys.

No son importantes los hilos argumentales. Este es otro tipo de novela, más fluida, nada encorsetada, un mecanismo híbrido característico del autor,,capaz de dirigirse a nosotros –lectores–, de enredarnos y mantenernos expectantes todo el tiempo. Lo que de verdad cautiva en ella es la manera en que los acontecimientos son narrados, las conversaciones que se desarrollan, la corriente de reflexiones que se acaban generando, y el modo en que Julian Barnes –sus vivencias, sus procesos creativos– se introduce en la trama. 

Lo que sigue es una historia verídica, aunque con ciertas salvedades. En primer lugar he cambiado el nombre de los personajes principales, por la sencilla razón de que les prometí a ambos por separado que nunca escribiría sobre ellos (y sí, veo por dónde vas. Si he roto ese juramento, ¿en qué medida es fiable mi promesa de autenticidad?) Pero la gente me cuenta con frecuencia sus historias, no porque sea escritor, sino más bien a pesar de serlo. Me interesan la mayoría de las vivencias humanas, y tal vez poseo –o poseía– una actitud que invita a la confidencia. A veces dicen de antemano, inquietos. “No usarás esto, ¿verdad?. O, menos a menudo, y más confidencialmente: “Tengo una historia para ti. Y a los dos les contestó. “No funciona así”. Y es cierto. Yo escribo sobre todo ficción, lo cual requiere que la vida se someta a un lento compostaje para convertirse en materia utilizable, y en ese primer momento no tengo idea de qué podrá transformarse o no en potencial narrativo”, cuenta el narrador de la historia, el escritor protagonista que, por momentos se mete en la piel de Julian Barnes. Entonces comparte el escritor experiencias tan cruciales como el padecimiento de una leucemia, que el autor mantiene controlada gracias a la medicación; el fallecimiento en 2008 de su primera mujer, la agente literaria Pat Kavanagh, a consecuencia de un tumor cerebral que se desarrolló muy rápidamente, un capítulo muy doloroso en su trayecto.

No se puede curar, pero es tratable” (…) “Hasta el final de su vida. Eso es lo que significa tratable. Le acompañará hasta la muerte”, fue el diagnóstico que le dieron a Barnes en 2020, coincidiendo con la etapa de reclusión colectiva a causa del Covid. “Dos formas de confinamiento cayeron a la vez sobre mi vida: la obligación de permanecer en casa y la de “tratar” mi cáncer de sangre”, escribe el autor en unas páginas llenas de autenticidad, para nada dramáticas, atravesadas por su capacidad analítica y aderezadas con su particular sentido del humor, por ejemplo cuando cuenta cómo, a causa de las pruebas que le estaban realizando, cuando aún no se sabía bien qué le pasaba, se libró de asistir a una boda en compañía de la editora Rachel Cugnoni, con la que contrajo matrimonio recientemente.

comparte el escritor experiencias tan cruciales como el padecimiento de una leucemia, que mantiene controlada gracias a la medicación, y el fallecimiento de su primera mujer, la agente literaria Pat Kavanagh.

Toda mi vida he mantenido una vinculación muy estrecha con la muerte, tanto teórica como real, y he escrito sobre ella muchas veces. Sin embargo, a pesar del escalofrío de “No puedo decir si es o no es leucemia”, no había recibido ninguna sentencia de muerte. Al contrario, lo que había recibido era una sentencia de vida, la sentencia de vivir con mi cáncer hasta que muriera. Cuando me informé, porque hay que informarse, de las posibilidades de que apareciera una nueva ingeniería que lograra reparar mi médula enloquecida, me dijeron (aunque con terminología más científica): ni de coña. Como soy un pesimista alegre suelo, tiendo a buscar el lado bueno de las cosas, pero saltarme una boda con temática Abba no parecía mucha recompensa frente a un diagnóstico de cáncer”.

Julian Barnes en 2019. Foto CC por Wandering Trad.

Así es como piensa y escribe Julian Barnes. Hay páginas llenas de reflexiones sobre la enfermedad en Despedidas. En repetidas ocasiones, cuando alude a ella, a la muerte como consecuencia, el narrador señala: Es solo el universo, haciendo lo suyo”. La frase aparece en el impactante tramo en el que el escritor se refiere a la muerte de su primera mujer, desmontando la creencia de que la vida es, o debería ser, justa y equitativa. “Rabié contra la pérdida de su luz, pero no se me ocurrió pensar que ninguna imparcialidad, ninguna justicia astutamente oculta hubiese intervenido en el proceso. En la medida en que podía calmarme una simple frase, hubo una que se me apareció de repente y que todavía sigo empleando: “Es solo el universo, haciendo lo suyo”.

Mientras leía el libro, y ahora que voy escribiendo estas líneas, no puedo dejar de pensar en Ana María Shua y su entrega de cuentos El cuerpo roto, tan afín a Despedidas por los temas centrales que se abordan. Como la escritora argentina, con quien he tenido la suerte de mantener un diálogo en este número de Lecturas Sumergidas, Barnes opina –escribe en su novela– que la actitud mental no cambia nada en el desenlace de un cáncer; que ”ser valiente” o cagarse de miedo, o adoptar un punto intermedio de terco autoengaño, no altera nada”.

Son muchas las revelaciones que encontramos en este libro en el que el escritor pone en juego todos sus dones creativos, sus mezclas de tonos y géneros, algo que ya hizo en novelas como El loro de Flaubert o Una historia del mundo en diez capítulos y medio, pero en esta ocasión se capta la autenticidad de la experiencia, la sabiduría de la edad. Barnes lleva a sus  páginas mucho de lo que ha ido descubriendo con el paso del tiempo, y lo hace desde un cierto distanciamiento, con una mirada serena. Es ahí donde, personalmente, más me afecta esta obra, en el sentido de conmoverme. Es ahí donde encuentro esa capacidad de la literatura para acceder a zonas profundas, para iluminar (esclarecer). 

Me limitaré a transcribir un párrafo de la novela, que, considero, expresa muy bien ese esclarecimiento del que os hablo: “Creo que siempre he intentado dar gracias al cielo (no teológico), pero no en plan opereta, a lo Little Mary Sunshine, sino sobriamente, contemplando mi muerte a la luz de la finitud de la vida. Pero ni la felicidad ni la desdicha son controlables. La alegría, el placer, el interés apasionado –al igual que sus negativos fotográficos, la tristeza, el dolor y el tedio– fluyen sobre nosotros como olas. Podemos tomar medidas destinadas a prolongar lo primero y retrasar lo segundo, pero el cambio es mínimo. Al menos, eso me parece a mí, siempre y cuando uno quiera aprender y admitir la verdad de la vida y la verdad sobre uno mismo...” 

«ni la felicidad ni la desdicha son controlables. La alegría, el placer, el interés apasionado –al igual que sus negativos fotográficos, la tristeza, el dolor y el tedio– fluyen sobre nosotros como olas», leemos en «Despedidas».

La lucidez y la mordacidad se hacen evidentes en otros momentos, por ejemplo, cuando se alude a esos multimillonarios “que se permiten también viajes espaciales y fantasías paranoicas”, para quienes “la liberación de la trampa de la muerte pasa por alargar la duración de la vida humana, revertir el proceso de envejecimiento y transportarnos (aunque estos parasoñadores ocuparían los primeros asientos) a algún planeta donde la respiración se ralentice y vivamos mucho, mucho más tiempo. Y, entretanto, destrozamos el único planeta que tenemos y hacemos que la vida sea invivible para las futuras generaciones”. 

Páginas de sus diarios, lecturas, trazos de recuerdos, de tiempo, gente a la que ha conocido, reflexiones, muchas reflexiones, entran en este libro, alrededor de la historia de amor en dos etapas que se cuenta. El amor, las distintas formas de amar, es un tema clave en esta novela y en todo el trayecto del autor. Y en la historia que nos ocupa adquieren  una gran importancia las conversaciones del escritor con los dos miembros de la pareja protagonista, las confidencias de cada uno de ellos por separado. Curiosamente, en una de esas conversaciones, Jean le hace saber a su amigo Julian: “Me gustan algunos libros tuyos, pero no todos” / “Esa cosa híbrida que haces… creo que es un error. Tendrías que hacer o lo uno o lo otro”;  a lo que él responde: “No me importa que no te gusten mis libros, pero te equivocas si crees que no sé lo que me traigo entre manos cuando los escribo”.

Es uno de esos juegos geniales de Barnes, que llega a incluir incluso la crítica a su obra, y a sí mismo en otros momentos, en esta entrega en la que hay una mirada, no abarcadora, a ráfagas, a toda una vida. “Cuando era joven, creía que sabía cómo era el mundo, lo que era verdad y duro, lo que era maleable y blando. La necesidad de corregirnos viene con la edad, así como la costumbre de la repetición. Debe de tener alguna relación con la muerte, con nuestra despedida de esta vida...”

“Cuando era joven, creía que sabía cómo era el mundo, lo que era verdad y duro, lo que era maleable y blando. La necesidad de corregirnos viene con la edad, así como la costumbre de la repetición…», Escribe Barnes.

De forma voluntaria, consciente de que no quiere repetir temas ni fórmulas, adentrándose, buscándose a sí mismo, explorando las interioridades de su mente, cierra el escritor una carrera larga y fructífera, que se inició con títulos como Metrolandia (Premio Somerset Maugham en 1981) y la inolvidable El loro de Flaubert, tan leída y galardonada. Novelas a las que hay que sumar Una historia del mundo en diez capítulos y medio, El sentido de un final, con la que obtuvo el Booker; El Puercoespín, Inglaterra, Inglaterra, Amor, etcétera, Elizabeth Finn..., así como volúmenes de relatos y entregas ensayísticas.

Escribo esto a los setenta y siete años, y ahora le toca morirse a mi generación. A Martin Amis le gusta decir (pronto será “le  gustaba decir”); con tono melancólico: “Lo malo es que ya no puedes hacer nuevos viejos amigos...”, leemos a Julian Barnes, quien habla de la enfermedad, del final de ese amigo con el que no dejó de tener desencuentros. Y volvemos la mirada a una imagen –década de los 80 del siglo XX– en la que él, junto con Amis, Ian Mc Ewan, Kazuo Ishiguro, Pat Barker, Rose Tremain, William Boyd… brillaron con fuerza en el panorama literario, tras ser saludados como los veinte mejores jóvenes novelistas británicos”, capaces de entusiasmar a los lectores con sus maneras originales, renovadoras, de contar historias. Fue la revista “Granta” la que los unió, en 1983, bajo esa etiqueta y dejó fijado el momento para la historia de la literatura en una foto de Lord Snowdon (en la que están todos los citados y más, con ausencias notables como la de Salman Rushdie, que no pudo acudir a la cita).

Fue una época dorada para todos los protagonistas. “La pandilla a la que yo pertenecía cuando llegué al Londres literario hace medio siglo ha ido decreciendo en el curso de las décadas: por la muerte de sus miembros más mayores, y también por emigración, pereza, excentricidad o frialdad”, escribe Julian Barnes.

La mítica foto de la revista Granta de los veinte «mejores jóvenes novelistas británicos». Fu realizada por Lord Snowdon en 1983. Julian Barnes está de pie en la última fila, acompañado por William Boyd, Adam Mars-Jones, Pat Barker and Clive Sinclair. En el medio: Buchi Emecheta, AN Wilson, Christopher Priest, Ian McEwan y Martin Amis. Delante de ellos: Shiva Naipaul, Kazuo Ishiguro, Ursula Bentley, Philip Norman, Graham Swift, Rose Tremain, Maggie Gee y Lisa St Aubin de Terán.

El escritor se enfrenta a la vejez y a la posibilidad de la desmemoria, del olvido, en este libro con el que se despide. Un recorrido en el que fundamentalmente ha mirado a su interior y ha decidido enfrentarse, haciéndose preguntas, a las grandes cuestiones existenciales. Consciente de atravesar la última etapa de su vida, una etapa llena de enigmas, en la que se ve con cada vez menos capacidad para recordar, se siente animado por el deseo “de seguir observando las cosas el mayor tiempo posible”. 

El escritor se enfrenta a la vejez y a la posibilidad de la desmemoria en este libro con el que se despide. Un recorrido en el que mira a su interior y se enfrenta a las grandes cuestiones existenciales.

Y tras mostrar el debido agradecimiento a la fortuna del tiempo vivido y de su propia existencia, (“en gran medida dichosa”), asegura que también le queda el consuelo, “este negativo y más infausto”, por las cosas de las que tal vez se libre: “el mundo ardiendo mientras los que ostentan el poder apartan la vista con indolencia; la alta probabilidad de un invierno nuclear, provocado por accidente o malevolencia; la potencial destrucción de la democracia, que sigue siendo la forma menos mala de gobierno que hemos encontrado y la implacable derrota del altruismo a manos del egoísmo”.

Inmediatamente después de estas líneas oscuras, hace gala el autor de su inteligente sentido del humor. Es una de sus señas de identidad la efectiva combinación de gravedad y humor. Desdramatizar las situaciones cruciales de la vida hace que, desde nuestra posición de lectores, encontremos algo de esa calma a la que se refiere Barnes, quien, precisamente a sus lectores, dedica las últimas páginas de su libro, diciéndoles que nunca ha escrito “ex cathedra”, desde una cierta superioridad, pretendiendo indicar a los demás cómo pensar y cómo vivir. 

Asegura preferir “la imagen de escritor y lector en la terraza de un café de una ciudad indefinida y un país indefinido”, con clima templado y una bebida fría. “Sentados el uno al lado del otro, contemplamos las numerosas y diversas expresiones de vida que desfilan ante nosotros. Observamos y reflexionamos”, escribe. Y yo pienso que en eso consiste la lectura, en mantener un diálogo, en observar, en comprender las vidas de los otros, en estimular el propio pensamiento y seguir ampliando las historias que nos cuentan. Julian Barnes nos da las gracias y a su vez se las devolvemos por tantos libros que nos ha entregado y que ya estamos deseando leer, o volver a leer, después de cerradas las páginas de su última entrega. En ese sentido, su voluntaria despedida, nunca lo será del todo.

Despedidas ha sido publicado por Anagrama, traducido por Jaime Zulaika.


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