Delphine De Vigan. Foto por Francesca Mantovani [Editions Gallimard – Cortesía de Anagrama] /
Emma Rodríguez © 2026 /
En un presente marcado por la exhibición permanente, cuando el deseo de ser vistos, se impone y cada vez son más difusas las fronteras entre lo íntimo y lo privado, Delphine de Vigan se detiene a explorar la invisibilidad, la supuesta insignificancia de tantas vidas anónimas que transcurren en planos secundarios, lejos del protagonismo que hoy tanto se ansía, apuntando hacia las contradicciones que genera no estar en el punto de mira, no desempeñar papeles principales en el gran escenario del mundo.
Lo hace a través de los personajes de su primera obra de teatro, Los figurantes, esos extras de las películas en los que rara vez nos fijamos, meras presencias de fondo, decorativas, que la escritora francesa ilumina, robando el foco a las grandes estrellas. Imaginemos, tal como se explica al principio del libro, la puesta en escena: la ausencia en las tablas de los admirados actores principales y del gran director y su equipo más directo. Se está rodando una película, pero no se les ve, apenas se escuchan sus voces en off. Hay papeles, en cambio, para el superayudante y la figurinista. Ellos son quienes se comunican y dan las indicaciones oportunas a los extras, que son los que realmente importan.
La autora de Las gratitudes, novela que ocupa otra de las páginas de Lecturas Sumergidas, y, que, por cierto, fue adaptada al teatro (en España pudo verse, recientemente, en la sala madrileña de La Abadía, dirigida por Juan Carlos Fisher y protagonizada por Gloria Muñoz, Macarena Sanz y Rómulo Assereto), ejecuta una especie de venganza, situando en primera línea a los que siempre están detrás, dando voz a los silenciados.
Todo sucede mientras se rueda una película, pero el alcance de esa acción va mucho más allá, pues, irremediablemente, nos vemos inclinados a pensar que los figurantes representan a la gente corriente, a los trabajadores de cualquier ámbito, a los asalariados. Son necesarios para que todo funcione, pero apenas se les presta atención y cuando se hace suelen ser meros números. Números en las listas del empleo, en el rendimiento de la producción, en los costes de sus derechos… Delphine de Vigan consigue que pensemos en todo esto, y he aquí, en mi opinión, uno de los grandes méritos de Los figurantes, una obra en la que la levedad, el humor, la anécdota, se combinan con los conflictos de fondo: la desigualdad, el desprecio hacia los de abajo en la escala social, la sumisión al poder o las distintas formas de hacerle frente.
En la que es su primera obra de teatro, Delphine de Vigan nos acerca a esos extras de las películas en los que rara vez nos fijamos, meras presencias de fondo, decorativas, que la escritora francesa ilumina, robando el foco a las grandes estrellas.
Curiosamente, otro de los libros que ocupan espacio en esta edición de nuestra revista, Elogio de las virtudes minúsculas, ensayo de Marina van Zuylen, reivindica “la vida suficiente”, la que discurre lejos de las ideas de éxito y ambición que mueven a las sociedades capitalistas. Y no puedo evitar trazar un puente entre ambas entregas. Muy distintas entre sí, por supuesto, ambas miran hacia lo que no suele ser motivo de análisis, las vidas de casi todos, las vidas cotidianas que avanzan alejadas del elogio y del aplauso.

En la obra que nos ocupa, cinco personas se van conociendo mientras esperan directrices sobre lo que deben hacer en la historia que está siendo filmada. Se trata de Cécile, Orso, Bruno, Joyce y Nora, cada cual con sus circunstancias a cuestas, con sus sueños, sus frustraciones, sus motivaciones. Delphine de Vigan, una maestra de los diálogos, los pone a conversar y, poco a poco, sus vidas, sus secretos, van saliendo a la luz. A través de sus voces, la escritora construye cinco relatos, cinco historias, que son como pinceladas de un gran retrato social. En cada uno de ellos se alumbra una herida, una grieta, un dolor, una contradicción, un deseo.
En su condición de extras de cine recurrentes, profesionales, con contratos de actores de reparto, los cinco protagonistas están cerca de la tan anhelada celebridad que caracteriza a este tiempo atiborrado de imágenes, de poses, de apariencias, pero su posición no puede estar más alejada del glamour, de esa perfección y belleza de las vidas de ensueño que se venden en determinadas películas, en los medios, en las redes.
¿Hasta qué punto se sufre por no alcanzar los ideales representados, por no participar del supuesto paraíso; por no tener más, por no ser vistos, valorados, tal vez envidiados por los demás?, me planteo al hilo de la lectura. Y pienso en la cantidad de gente a mi alrededor que se ha vuelto esclava de los selfies, de los posados, movidos por una presión soterrada, como si todos tuviésemos que ser influencers. De Vigan nos coloca ante la invisibilidad y logra que se hagan visibles los costurones que atraviesan la existencia en un mundo caótico, disparatado, donde el culto al espectáculo se convierte también en una huida hacia adelante, en un taparse los ojos ante tantas cosas terribles que suceden a nuestro alrededor.
En «LOs figurantes», La autora construye , a través de las voces de sus protagonistas, cinco historias que son como pinceladas de un gran retrato social. En cada una de ellas se alumbra una herida, una grieta, un dolor, una contradicción, un deseo.
Pero volvamos a la obra, sintámonos espectadores, pongamos atención a las palabras de los protagonistas. Joyce está haciendo su segunda figuración y Bruno, todo un veterano, le dice que se olvide de soñar con que alguien la descubra, con que algún director se fije en sus encantos, en su talento: “Porque eso nunca pasa. Tenemos que tenerlo claro. Yo a los jóvenes les digo: si queréis hacer horas para poder cotizar, muy bien, aquí hay sitio para todos, pero no esperéis un milagro”. Y prosigue con su baño de realidad: “No sabes la cantidad de actores que ni te miran a la cara, por mucho que te pases toda la tarde a tres centímetros de ellos”.
El deseo de que pueda caer un papelito con frase es algo normal en la vida de los figurantes, siempre sujetos al disfraz, a la vestimenta, a la transformación. Están acostumbrados a las largas tomas para después acabar viéndose de lejos en una escena, apenas un segundo, de espaldas muchas veces, así como a la participación en una historia de cuyo desarrollo apenas saben nada, unos mínimos apuntes, situaciones concretas, fragmentos. Y, por supuesto, a las largas horas de espera. “Pero ¿Qué hacemos mientras esperamos?, pregunta Joyce. Y Orso le responde: “Releer a Beckett”.
Es ahí, en esos momentos con el tiempo detenido, donde tienen lugar los intercambios, los acercamientos, donde asoman las verdades, las intimidades. ¿Quién es quién tras tantos disfraces, tras tantos cambios de apariencia, de localizaciones? Cécile acaba entrando tanto en el juego que, según la situación o con quien esté, se inventa una profesión distinta. “Es como si me metiese en otras pieles durante una conversación, ya sea en el bus, en una fiesta o mientras hago cola en algún sitio…” Cuando Orso quiere saber a qué se dedica realmente le dice: “Últimamente quiero entender el mundo”.

Las rupturas, las heridas, los dramas de la existencia, van saliendo a relucir, mientras asoman nuevas esperanzas, sentires. Como lectores, como espectadores, tenemos la sensación de estar ante las corrientes que nos mueven por dentro, las de verdad, no ante la ceremonia de las imposturas. De nuevo me detengo en otra de las intervenciones de Cécile: “A veces tengo la impresión de que todo es pasado. Como si las cosas interesantes, emocionantes de la vida hubiesen sucedido ya. Y que o bien me las perdí, o bien no les presté suficiente atención. Un poco como si hubiese perdido el tiempo buscando algo sin demasiada importancia que me parecía muy importante… Y hay días en que me siento muy… desanimada”.
Delphine de Vigan tiene el don de sentar en el diván a sus personajes, de acceder a sus preocupaciones, cavilaciones y emociones más hondas. Lo hace mientras alrededor se producen cambios de escenario, de vestuario, de posición. Los figurantes son el “decorado humano, vivo, imprescindible”. Sin ellos “no habría calles, ni tiendas, ni estaciones ni aeropuertos”. “¡Si el cine se parece a la vida es gracias a nosotros”!, exclama Bruno. Pienso al hilo de esto si llegará el momento, puede que ya esté pasando, en que los extras sean sustituidos, como tantos otros profesionales, por figuras creadas con inteligencia artificial. En la obra es Nora quien introduce el tema de los figurantes virtuales que se están generando, “baratos, obedientes, inmunes al frío, no sindicados”, y compara la situación con la de las cajeras de los supermercados, que al ser sustituidas por máquinas cada vez son menos, pero “no han desaparecido del todo”.
Lo que sustenta esta pieza teatral está lejos de la IA. Son los diálogos, los intercambios humanos. Me encanta el personaje de Cécile, una enfermera que compagina su trabajo de extra con sustituciones en hospitales, quemada tras quince años en urgencias. Es una gran conocedora de los síndromes de todo tipo, “los misteriosos, los inverosímiles, los benignos, los mortales, los graciosos, los trágicos”, y atraviesa una crisis por el abandono de su pareja. En el set de rodaje, en las esperas, algo está comenzando de forma sutil entre ella y Orso, un actor que lo tenía todo para triunfar y acabó derrotado en el camino hacia la gloria por el exceso de presión, de exposición.
Todos los personajes tienen cosas que decir, todos se miran en el espejo. El teatro es como una gran ventana a través de la cual observamos de cerca la vida de los otros; están ahí, casi podemos tocarlos, a través de ellos, de sus palabras y acciones, vemos ráfagas, reflejos, de nosotros mismos. Yo me asomo desde mi Ventana Propia y empiezo a percibir detalles que me pasaban desapercibidos. Confieso que desde que he leído este libro miro con más atención a la gente que pasa por la calle en las películas, que se sienta en las mesas alrededor de los protagonistas, esas personas que viven sus vidas mientras la historia va pasando ante nuestros ojos.
Siento predilección por la figura de Nora, la que mejor representa la conciencia social, la que se afana en defender los derechos de todos y se siente impulsada en despertar a sus compañeros. “Somos el proletariado del cine, digamos las cosas claras”, señala, nombrando a jubilados, a jóvenes, a mujeres solas que hacen trabajos de figuración, refiriéndose a “toda esa gente invisible, pero sin la que nada funcionaría, mal pagada y poco considerada, mientras otros cobran millones y son tratados como reyes…”
En momentos así se amplía el foco. No se trata solo de los personajes secundarios de las películas. Como decía anteriormente, Delphine de Vigan, a través de Nora, está hablando de la clase trabajadora, trazando un retrato de las fracturas sociales, de la desigualdad, de la lucha colectiva (“la unión hace la fuerza”) por mejorar los derechos laborales, por no perder los que ya se han ganado (algo que tanto estamos observando en los últimos tiempos). “¿Que la vida es así? Ya lo sé… Pero ¿es acaso un motivo para quedarnos callados, con nuestros trajes de pega, mientras esperamos un golpe de suerte que nos saque del rebaño? (…) La verdad es que uno solo no vale nada. Uno solo no cuenta. Hay que apoyarse. Apoyarse mutuamente. Si no fuéramos tan estúpidos, si no nos preocupáramos solo de nuestros pequeños éxitos, de nuestra seguridad, de nuestros privilegios...”
A través del personaje de Nora Delphine de Vigan nos habla de la clase trabajadora, trazando un retrato de las fracturas sociales, de la desigualdad, de la lucha colectiva por mejorar los derechos laborales.
Escuchamos a Nora y vemos reflejadas tantas cosas… Es mucho lo que radiografía, lo que revela, esta pieza teatral de la forma en que vivimos en las sociedades occidentales, del individualismo tan aceptado, del mirar para otro lado frente a las dificultades y los dramas ajenos. Si anteriormente trazaba un puente con el ensayo Elogio de las virtudes minúsculas, ahora no puedo evitar entablar otro paralelismo con la novela de la escritora mexicana Andrea Chapela, Todos los fines del mundo, que también forma parte de la edición 93 de Lecturas Sumergidas, donde el teatro es una pieza importante.

El teatro como espectáculo y el teatro de la vida es el hilo que une ambos libros. Chapela se refiere al teatro como algo real y ficticio, “es la vida y no lo es”, nos dice. Sobre el escenario se crea “un presente conjurado de nuevo, como nuevo, cada vez igual. Ese presente contenido, ensayado, permite enfocarse en lo político, poner una lupa en las minucias de nuestra identidad, en las relaciones entre individuos, en el mundo que nos rodea”.
De Vigan pone la lupa justo ahí, en lo que señala Chapela. Y al hacerlo hace aflorar situaciones y sentimientos que nos atañen. ¿Cuántas veces, en qué circunstancias, nos hemos sentido, nos sentimos, invisibles? ¿En qué ocasiones percibimos que estamos detrás, en segundo plano, representando papeles secundarios, rutinarios, mientras observamos el protagonismo de quienes llevan la batuta? ¿Nos duele esa posición o, por el contrario, nos sentimos satisfechos ocupándola?
Cécile confiesa que le resulta relajante ser parte del decorado. Joyce reconoce tener unas ganas locas de estar en el foco, de ser mirada, de que descubran lo especial que es, lo que la lleva a acudir a castings y a mandar fotos una y otra vez. “Siempre hay un momento en el que creemos que vamos a poder lucirnos…, hasta que nos damos cuenta de que somos invisibles”, interviene Orso, añadiendo: “Aquí y en cualquier parte, todos somos figurantes. Figuramos ser lo que no somos”.
Cuando estoy a punto de concluir este texto me dedico a dar vueltas a las últimas frases: “Todos somos figurantes. Figuramos ser lo que no somos”. Pienso en los muchos papeles que nos toca interpretar a lo largo de la vida. Y repaso las páginas finales de esta obra teatral en cuatro actos. Hay un baile improvisado, inesperado… De repente la luz se desplaza y los protagonistas de verdad están fuera de la película, no son ni el gran actor ni la gran actriz. Las vidas insignificantes, con sus altibajos y claroscuros, con esos momentos de revelación y felicidad que brotan sin necesidad de ser grabados, fotografiados, pueden superar al cine, y de hecho, en multitud de ocasiones, inspiran sus más hermosas historias.
Los figurantes, con traducción de Pablo Martín Sánchez, ha sido publicado por la editorial Anagrama.









Deja un comentario