Emma Rodríguez © 2025 /
“Todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro”, sostenía Santiago Ramón y Cajal, inspiradora frase de la que parte, y sobre la que, a la manera de un sólido pilar, la física y doctora en neurociencia Nazareth Castellanos levanta un ensayo, El puente donde habitan las mariposas, que no dudo en calificar como transformador, pues sus argumentos y revelaciones añaden claves para entender los mecanismos del cerebro a cualquier lector, sorprendiendo fundamentalmente a los no avezados en la materia. Se agradece la capacidad de la autora para esclarecer, para trasladar sus experimentos y sus experiencias. Se agradece la apertura de miras de esta mujer que abre las puertas, a menudo tan herméticas de la ciencia, para permitir que nos lleguen ideas innovadoras, investigaciones y conocimientos que pueden introducir cambios de rumbo, ligeros ajustes capaces de romper –o desear hacerlo– hábitos dañinos e impactar positivamente en el devenir cotidiano.
¿De qué manera consigue Castellanos que recorramos con avidez las páginas de un libro que aborda una temática en apariencia tan compleja como el funcionamiento del cerebro y la capacidad que tenemos de influir en las redes neuronales? Una mezcla de elementos obra el milagro, empezando por el don para narrar historias alrededor de sus aprendizajes y estudios sobre el terreno, dando paso a las aportaciones de un amplio elenco de científicos, filósofos, creadores, con los que va trazando un enriquecedor mapa de afinidades. Logra la neurocientífica despertar nuestra curiosidad incidiendo en comportamientos que reconocemos, pero cuyos mecanismos no hemos identificado, por ejemplo el daño que nos hacen los pensamientos rumiantes y obsesivos. Nos lleva de la mano por caminos que no hemos transitado, por senderos de superación, de mejora, tanto de forma teórica, como práctica, recurriendo tanto a su trabajo como a su propia biografía, a lo que a ella le ha servido para superar las tormentas (palabra que prefiere a crisis), fundamentalmente el cultivo de la meditación.
Nazareth Castellanos, quien ha dedicado gran parte de su trayecto profesional al estudio del impacto de la respiración sobre la dinámica neuronal, dirigiendo desde 2015 un laboratorio que investiga la neurociencia de la meditación y la interacción entre el cerebro y el resto de los órganos del cuerpo, nos invita a respirar con ella. Y os aseguro, reconociendo modestamente mi interés por el tema a lo largo de mi vida, que las técnicas que propone son sumamente sencillas y fáciles de ejecutar, en cualquier momento y lugar. Pero a ese punto se llega después de una ruta apasionante, que no elude las explicaciones técnicas, pero ajustándolas al discurrir de las vidas, al existir.

Para quienes se pregunten cómo pueden determinarse los beneficios de la meditación, la científica da cuenta de su trabajo de investigación, “midiendo los campos magnéticos del cerebro y, simultáneamente, los campos eléctricos del corazón, del estómago y del intestino, junto a la presión del aire que entra y sale por cada fosa nasal”. Nos habla de experimentos con distintos tipos de personas (meditadores y no), con el objetivo de observar el modo en que “la práctica de la meditación moldea la comunicación entre el cerebro y el cuerpo”, con el propósito de “medir el impacto biológico que supone contemplarnos a nosotros mismos”; de “localizar en el cerebro las áreas que se transforman cuando ello ocurre y mostrar cómo la respuesta del cuerpo ante una emoción puede ser reeducada por la fuerza de la voluntad”.
Logra Nazareth Castellanos despertar nuestra curiosidad incidiendo en comportamientos que reconocemos, pero cuyos mecanismos no hemos identificado, por ejemplo el daño que nos hacen los pensamientos rumiantes y obsesivos.
Define Nazareth Castellanos el libro que tengo entre las manos como “un viaje por el paisaje neuronal que nos llevará a la plasticidad del cerebro, a los hábitos, a la respiración y al pensamiento”. Como lectora puedo añadir que ese viaje a través de El puente donde habitan las mariposas es fascinante por los muchos cauces que abre, porque nos lleva a comprendernos, porque conduce a introducir cambios en nuestro día a día, estimulando intensamente la reflexión sobre los modos de vida, sobre lo difícil que resulta hallar el equilibrio, el acceso a nuestro interior, en medio del ritmo frenético de las sociedades que habitamos, con sus prisas y su carga incesante de estímulos, de informaciones, de ruidos que impiden la necesaria lentitud, el silencio para escuchar y escucharnos con claridad.
“Conocemos muy bien cómo nos afecta la aceleración del mundo en que vivimos. A veces no es tanto la velocidad, sino las prisas las que nos dañan”, señala la neurocientífica, quien prosigue: “El ritmo de nuestra sociedad impacta, evidentemente, sobre el bienestar. Sin embargo, solemos cometer el error de considerarlo la única causa del sufrimiento mental. Cuando estamos inmersos en una situación adversa, por ejemplo, una separación, un despido laboral, un duelo o una época de alta carga de exigencias, nuestro cuerpo manifiesta las consecuencias de dicho malestar. Se dificulta el proceso digestivo y aparece con ello todo un espectro de sensaciones desagradables, como inflamación, hinchazón y cansancio severo, la calidad del sueño se resiente, las tensiones musculares nos proporcionan un dolor casi permanente, el sistema inmune pasa de ser fiel compañero a enemigo y las hormonas nos reservan un privilegiado sitio en su montaña rusa”.
Atendiendo a los datos que confirman el aumento de los casos de ansiedad y depresión; la reducción del bienestar y la satisfacción en todas las franjas de edad de la población a nivel mundial, queda claro que hoy es urgente prestar mucha más atención al cuidado de la salud mental. Detectar la “relación entre el cerebro y el resto de las vísceras” es básico como punto de partida y es un asunto que centra la atención de la investigación actualmente. Nos introduce Castellanos en la novedosa “neurociencia interoceptiva”, que explora la relación del cerebro con el intestino, el corazón y la respiración, “lo que está impactando en el diseño de protocolos y diagnósticos”, pero no todo puede dejarse en manos de los científicos. Cada uno de nosotros somos responsables de la manera en que nos cuidamos, de los apoyos a los que recurrimos, de la confianza que depositamos en los terapeutas que nos orienten en el campo de la introspección, del mejor conocimiento de nosotros mismos.
“Así como llamamos a nuestra amiga en el caso de una lesión muscular que nos impide caminar, ¿por qué lo hacemos cuando la ansiedad nos paraliza? No creo que infravaloremos los estados psicológicos, sino que asumimos su presencia en la vida como algo normal y, además, desconocemos o tenemos prejuicios sobre los tratamientos (…) No me canso de repetir que yo, como eterna estudiante, habría preferido sacrificar algo del contenido docente a favor de una asignatura que me alentase a considerar mi mente como otra materia más a estudiar y cuidar. Agradezco y valoro haber aprendido matemáticas, historia o idiomas, pero ¿alguien me dijo que también debía estudiarme a mí? Me da vergüenza reconocer la edad a la que me detuve, por primera vez, a preguntarme cómo soy, cómo reacciono ante la adversidad, qué es lo que me satisface o cuántas mochilas emocionales he heredado…”, argumenta, nos hace saber, confiesa, Nazareth Castellanos.
Hasta aquí he ido escribiendo este artículo sin coordenadas previas, dejándome llevar por un primer hilo de ideas que me ha llevado en una dirección, pero bien podría haber elegido empezar desde otro ángulo, pues el libro que nos ocupa está lleno de perspectivas, de rumbos y aportaciones realmente inspiradoras, reveladoras, como decía al comienzo. Podría haber comenzado, atendiendo más a la linealidad, al ordenamiento de los capítulos, prestando más atención a esa frase de Santiago Ramón y Cajal que funciona como una especie de mantra a lo largo de todo el trayecto: “Todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro, si nos lo proponemos”. La segunda parte de la misma, que no mencioné en el arranque, es de suma importancia, pues lleva a que entre en juego la “voluntad”, el “esfuerzo”, la “resiliencia”, la intención de “aprender”, de “cuidarse”, de “mejorarse”.
“El ritmo de nuestra sociedad impacta sobre el bienestar. Sin embargo, solemos cometer el error de considerarlo la única causa del sufrimiento mental», señala la neurocientífica. somos responsables de la manera en que nos cuidamos, de los apoyos a los que recurrimos.
Se trata de “decidir queriendo”, señala una y otra vez la autora, quien recurre a la imagen de los cantos rodados para referirse a las personas que “no han sabido o no han podido servirse de la intención para esculpirse”, lo cual las lleva a sufrir y provocar sufrimiento en los otros. Es muy interesante la exposición que hace de las crisis, tormentas, que todos atravesamos a lo largo de la vida y cuya superación, la capacidad, el coraje para atravesarlas, nos acaba transformando. Insiste en que hay que tener coraje para buscar ayuda, para emprender el camino del crecimiento personal, para querer encontrar “una mejor versión de nosotros mismos”. Y resulta especialmente interesante el momento en el que, partiendo de investigaciones en Psicología Clínica, se refiere a la importancia de las referencias inspiradoras para superar los traumas, de las personas–faro que nos iluminan, ya sean familiares, amigos, profesores, personajes públicos…
“Reconocer nuestro impacto sobre los demás y el de los demás en nosotros nos invita a seleccionar a quién nos acercamos y de quién nos alejamos (…) Sin embargo, hay veces en que no hemos podido alejarnos de quien nos daña porque aún éramos niños, porque no veíamos la herida que se iba abriendo o porque la vida es más compleja de lo que parece. Hay quienes nos destruyen y quienes nos construyen…”, expone Castellanos, quien también alude a la manera en que nos comunicamos con los demás a través de los “hilos invisibles de la biología”, a la correspondencia que se establece cuando conocemos a alguien entre los cerebros y los corazones, “que tienden a sincronizarse”.

Santiago Ramón y Cajal es esencial en el viaje que nos ocupa, pero también Martin Heidegger. El controvertido filósofo alemán, tan valorado por su obra como denostado por su apoyo al nazismo, es una presencia constante en el trayecto, una especie de guía, de conductor. Nazareth Castellanos se apoya especialmente en su obra Construir Habitar Pensar, un ensayo filosófico sobre urbanismo que a ella, en un momento especialmente difícil de su vida, le dio las claves para comprender lo que estudiaba en el laboratorio sobre la plasticidad cerebral, para, partiendo de la “alquimia entre ciencia y filosofía”, explorar qué significaba “decidir queriendo”, hallar respuestas a un pregunta que constantemente se hacía entonces, una pregunta que podemos reconocer como propia: “¿Cómo he llegado hasta aquí?”
El interrogante llevó a la autora a indagar en las raíces, a aproximarse a la “herencia transgeneracional epigenética, un campo científico emergente que investiga cómo las experiencias que han vivido nuestros ancestros dejan una huella en nosotros”, a la par que se interesó por “el impacto biológico de aquellos con los que compartimos la vida”. Estudiar ambas cosas la hicieron comprender, según nos explica, que “la construcción de un ser humano no solo depende de él: también somos construidos” y la llevaron a preguntarse qué podía hacer con aquello que ya está en pie. La respuesta está en “la plasticidad cerebral, que nos permite la reconstrucción y el aprendizaje”.
En «El Puente donde habitan las mariposas» la autora a indaga en las raíces, se aproxima a la “herencia transgeneracional epigenética, un campo científico emergente que investiga cómo las experiencias que han vivido nuestros ancestros dejan huella.
Reconozco que esta parte del libro me ha resultado especialmente reveladora. La influencia del legado, las mochilas emocionales que recibimos, los traumas familiares que heredamos, es un tema que siempre me ha afectado, dirigiendo mis gustos lectores hacia obras de ficción que los exploran. “Nuestra biología también es heredera de un legado cuya huella es invisible e inaudible, pero latente. El cuerpo en el que hoy suena la música de nuestra vida es el resultado de la interacción de miles de vidas que antes de nosotros han pisado la Tierra, nuestros padres, abuelos, bisabuelos y tantos otros ancestros…”, escribe Nazareth Castellanos, quien se refiere a “las maletas de los apellidos” con las que cargamos, que dificultan tantas veces los periplos vitales, pesados equipajes de los que hemos de ir deshaciéndonos para sustituirlos por “experiencias ricas en aprendizajes que dejen recuerdos más allá del momento y que otros puedan disfrutar después”.
No es nuevo lo que se plantea; como decía, la literatura se adentra una y otra vez en este campo, pero sí el hecho de que se esté empezando a demostrar científicamente. El término epigenética –me voy enterando–, fue acuñado en 1942 por el biólogo escocés Conrad Hal Waddington, significa “por encima de la genética” y es la rama de investigación que estudia “cómo se altera el fenotipo sin que se modifique el ADN, la relación entre el peso de los genes y las condiciones ambientales”. Para que lo entendamos mejor Castellanos recurre a estudios realizados, por ejemplo, sobre la transmisión del trauma, en los hijos y posteriores generaciones de descendientes de quienes han sobrevivido a traumas de guerra, abusos sexuales infantiles, víctimas de torturas y de desplazamientos forzados.
“Las guerras impactan sobre las capas químicas de los cromosomas, transmitiendo el dolor por medio de la memoria biológica. Así pues, varias generaciones de descendientes de quienes las sufrieron serán más vulnerables al estrés, a la depresión, a la tristeza, al miedo y a la venganza”, escribe, y sigue argumentando: “Repasando la historia, podríamos decir que gran parte de nosotros porta en sus genes la guerra. No se me ocurre ningún pueblo que no haya padecido guerras, o un genocidio, o una hambruna, o todo a la vez. Estos acontecimientos afectan a la memoria biológica de todos, dejando semillas de dolor y haciéndonos más propensos a la guerra, puesto que la llevamos dentro. Reconocer que también hemos heredado sufrimiento nos hace más humildes e invita a que los tratemos con más compasión y comprensión. Alejandra Pizarnik, poeta, ensayista y traductora argentina, ya lo sabía: “En el eco de mis muertes, aún hay miedo”.
Alude la científica al genocidio nazi contra los judíos, a los campos de exterminio donde millones de personas fueron asesinadas en cámaras de gas. “Las pocas que sobrevivieron quedaron empequeñecidas por el peso de la experiencia y sus descendientes también. Estudios realizados reportan una mayor vulnerabilidad al estrés, a la depresión y mayores alteraciones de la salud mental en estos últimos. La primera explicación era la obvia, son niños desarrollados en un ambiente de crianza marcado por el dolor donde el relato del horror estaba presente. Sin embargo, nuevas investigaciones indicaban que los efectos transgeneracionales también podrían haber sido transmitidos epigenéticamente. La memoria de lo que sucedió no solo se transmite de boca en boca, también de cuerpo en cuerpo. Al integrar factores ambientales y hereditarios se pudo comprender mejor el impacto psicobiológico de los descendientes del Holocausto”, vamos leyendo.
“Las guerras impactan sobre las capas químicas de los cromosomas, transmitiendo el dolor por medio de la memoria biológica. Así pues, varias generaciones de descendientes de quienes las sufrieron serán más vulnerables al estrés, a la depresión, a la tristeza, al miedo y a la venganza”, señala Castellanos.
Es muy interesante todo este capítulo que también incide en la importancia de la actitud, de la voluntad. “Quizás no heredamos la historia, sino una actitud ante ella”, apunta la autora tras referirse a casos esperanzadores también descubiertos en los estudios realizados: los de personas, herederas del horror, que evidenciaban “una resiliencia extraordinaria, superior a la media”. Llegada a este punto, Castellanos recuerda la figura y la obra de Viktor Frankl (El hombre en busca de sentido), quien desde la cruda experiencia que vivió en un campo de concentración nazi, “nos regala una oda a la existencia, a la esperanza y a la obligación de buscar el sentido de la vida”.
Y en otro momento nos dice: “No podemos escapar de la memoria, pero sí tenerla en cuenta. Conocer el impacto de los traumas infantiles de la madre o del padre en el desarrollo del cerebro del nuevo ser exige protocolos de compensación. El cuidado de la madre gestante no debe ceñirse solo a parámetros físicos: debiera extenderse a la vigilancia de su salud mental actual y pasada”.
Voy pasando las páginas y no puedo dejar de pensar en el ambiente belicista que se nos está imponiendo en la actualidad, en la crueldad de líderes políticos que ven en la industria armamentística una fuente de enriquecimiento. No puedo dejar de pensar en el genocidio de Gaza, en las guerras en marcha y en las que determinadas mentes enfermas ya están imaginando, planeando. Y tampoco en el bien que hacemos simplemente negándonos a aceptar los relatos que inducen a la violencia, defendiendo el pacifismo y a quienes, en su nombre, se ponen en primera fila, pese a recibir represalias por ello desde los ámbitos del poder.
“Hoy en día la epigenética está ampliamente reconocida por la comunidad científica”, pero aún es un campo de investigación en pañales cuyos resultados deben ser recibidos con prudencia, indica la autora. ¿Podemos transmitir a las futuras generaciones los cambios que hemos adquirido en nuestras vidas?, es una pregunta alrededor de la que se está trabajando. “Queda mucho camino por recorrer y saber qué es lo que transmitimos a los que vienen y qué muere con nosotros, pero ya hay algunos estudios científicos que nos invitan a la reflexión”, nos dice.
Todo este apartado parte del verbo “construir”, el primero que introduce Heidegger en el ensayo que tanto ha inspirado a Nazareth Castellanos (son muy atractivos los pasajes en los que da cuenta de la fascinación por la obra, del acercamiento al filósofo, a sus ideas, a sus escenarios y circunstancias). El segundo es “habitar” y ante él se pregunta la autora: “¿Cómo se aprende a habitar la vida, señor Heidegger?”, un interrogante a partir del cual nos hace saber que solo halló una respuesta:“la experiencia consciente de la respiración”. Llegó a ella a través de sus experimentos y de los artículos científicos, pero antes la había descubierto “sentada en el cojín”. Fue ahí, respirando, meditando, donde asegura haber encontrado la calma,“aquella que asegura el auténtico crecimiento”, en palabras de Heidegger.
Y al situarse frente a la parte final del ensayo del filósofo alemán, la dedicada a “pensar”, nos habla de “los truenos incesantes del pensamiento”, de su exploración de “las redes cerebrales que acompañan al pensamiento consciente y al involuntario diálogo interior”. A todo ello se refiere ampliamente en los distintos capítulos de su libro, un trayecto que parte de la reivindicación de la ciencia humanista, la que no se encierra en sí misma, sino que conserva “su carácter idealista y hasta utópico”, convirtiéndose en apoyo de la reflexión sobre la condición humana.
Insisto en que el viaje que nos propone Nazareth Castellanos en El puente donde habitan las mariposas es apasionante, de los que inspiran, despiertan. Hoy, antes de ponerme a escribir este artículo, he estado en el parque, me he sentado en un banco entre árboles y he dedicado un tiempo a respirar, con los ojos cerrados, sintiendo solamente, intensamente, el sonido de las ramas movidas por un ligero viento, el canto de los pájaros. Después me he puesto a pensar, con agradecimiento, en el libro, en la calma mental, en las ondas lentas del cerebro… Y, especialmente, en el capítulo en el que se da cuenta de las técnicas de respiración a través de unas cartas, en gran parte imaginadas por la autora, entre Heidegger y Hanna Arendt, quien fuera su alumna en la Universidad de Marburgo (Alemania) y con quien mantuvo una relación amorosa transformadora para ambos, que ha hecho correr ríos de tinta a lo largo del tiempo por las circunstancias de ambos.

Castellanos se refiere a las contradicciones, las discordancias, que la rodean, vuelve a una pregunta que los investigadores, admiradores, lectores del filósofo se siguen haciendo sobre “cómo alguien tan inteligente y reflexivo pudo justificar la barbarie nazi” y cómo se sintió tan unido, fascinado por una mujer perseguida por su condición de judía, una pensadora que llegó a analizar con intensa lucidez la extrema crueldad de ese momento histórico, acuñando términos como “la banalidad del mal”, cuya argumentación tanto nos ha ayudado, y nos sigue ayudando, a comprender.
Se inspira la autora, como decía, en la correspondencia entre ambos, para invitarnos a respirar, a propiciar el encuentro íntimo con nosotros mismos, “un acercamiento que debe ser consciente, pausado y corporal”. Es original, hermoso, este trecho del camino que un día de invierno ha motivado mi paseo hasta el parque del que os hablaba. He vuelto a casa y he repasado las páginas, los subrayados múltiples en las mismas, las impresiones en los espacios en blanco.
Hay en el libro un capítulo sobre las técnicas de respiración, a través de unas cartas, en gran parte imaginadas por la autora, entre Heidegger y Hanna Arendt, quien fuera su alumna y con quien mantuvo una relación amorosa transformadora para ambos.
Recupero para quienes sigan leyendo este texto un episodio que me ha llamado poderosamente la atención y que tiene que ver con el hecho de que cada vez nos detenemos menos a pensar. Recurre La científica a encuestas desoladoras que indican que en Estados Unidos un 83 % de los adultos reconoce no dedicar nada de tiempo a pensar en sus ratos de ocio, mientras que en España el porcentaje se sitúa en un 60%.
“No es de extrañar: mantener un pensamiento consciente y dirigirlo durante diez minutos es una proeza heroica”, señala, acercándonos a un estudio, publicado en la revista “Science” en el que se da cuenta de un experimento realizado con diferentes grupos de adultos (estudiantes y gente de distintos ámbitos), a los que se invitaba a permanecer sentados en una sala sin distracciones (ni teléfonos móviles, ni revistas, ni pantallas de ningún tipo), despiertos y pensando durante seis minutos.
Al finalizar la prueba casi la mitad de los participantes declararon no haber disfrutado de la experiencia, haber tenido dificultades para concentrarse. Podía ser por la frialdad de la sala universitaria, supusieron en un primer momento los conductores de la prueba, pero al repetir el experimento en las casas, en un ambiente familiar y cómodo, el resultado no mejoró, empeoró incluso, ya que algunos no pudieron evitar levantarse, mirar el móvil, escuchar música.
Persistentes, los investigadores siguieron repitiendo el experimento, con otros grupos de no universitarios, sin obtener cambios. “El rechazo al propio pensamiento no depende de la edad, educación o ingresos económicos”, indica Castellanos, quien nos sigue contando el siguiente paso: dar a los participantes la alternativa de elegir entre pensar quince minutos o sentir una pequeña descarga eléctrica que les producía dolor. Produce impacto el resultado: El 67 % de los hombres prefirió sentir la descarga, frente a un 25 % de las mujeres que también optó por el dolor físico.
“Este estudio se realizó en el año 2014, hoy los resultados son aún más pesimistas. El tiempo en que podemos sostener la atención en un estímulo externo se ha reducido un ochenta por ciento en una sola década”, apunta la autora. ¡Cuánto nos indican estos datos!, añado yo, sobre la facilidad con la que se difunden las mentiras, sobre la ausencia de opinión propia, de criterio, que conduce a apoyar opciones políticas despreciables que destruyen la vida en comunidad, que atacan la dignidad, la empatía, el cuidado del planeta para las futuras generaciones.
Aprender a acompañar y orientar nuestros pensamientos es “uno de los grandes desafíos humanos, del que huimos sin saber que estamos escapando”, señala Nazareth Castellanos. Y apunta al número de horas que pasamos en compañía de dispositivos que no requieren ningún esfuerzo por nuestra parte, al aumento de la depresión en adolescentes que pasan gran parte de su tiempo en las redes sociales. “La imprudencia está en considerar como inocuos los contenidos con los que somos ametrallados”, nos dice, no refiriéndose solo a las redes sino al catastrofismo permanente que nos llega a través de los periódicos, incluso de los considerados serios.
También existen estudios que demuestran que “aunque dudemos de las noticias, impactan en nuestro cerebro por el hecho de haber leído solo los titulares. Esa aceleración neuronal no se restringe al momento en el que estamos leyendo, sino que deja huella”, nos explica la científica, quien prosigue: “La exposición a noticias negativas aumenta la reacción al estrés. Reducir este en nuestra sociedad no depende solo de lo que hagamos, como deporte, meditación o dieta sana. Depende también de lo que no hagamos (…) He de decir que es fácil caer en la excusa y culpabilizar a los medios cuando nosotros también somos responsables de lo que leemos y escuchamos, Y, por supuesto, de lo que volcamos en las redes y que estará al alcance de todos…”
“La imprudencia está en considerar como inocuos los contenidos con los que somos ametrallados” (…) «aunque dudemos de las noticias, impactan en nuestro cerebro por el hecho de haber leído solo los titulares», explica la autora.
El aburrimiento y el agotamiento, debido al ritmo frenético que nos envuelve y a la sensación de vacío de una vida repleta de experiencias, es otro de los temas que asoman en este libro que se convierte en espejo, en retrato de lo que somos en las sociedades capitalistas, pero también en acicate para el cambio transformador hacia mejores horizontes de futuro, un cambio que podemos impulsar desde el interior, desde lo más íntimo. Nazareth Castellanos dibuja la imagen de una montaña, con la que nos ayuda a entender el proceso de los pensamientos que la recorren continuamente, como si fueran una pelota: los libres, intencionados, elegidos conscientemente en la cumbre, donde opera la intención y la fuerza de voluntad, también el lugar propio de la meditación; los automáticos, de los que no somos conscientes en la falda; los espontáneos en las laderas…
Nos habla de los pensamientos rumiantes y obsesivos, a los que ya me he referido, animándonos a pararlos contemplando la respiración, con la práctica de la meditación. “Una mente divagante es una mente infeliz (…) La pelota debe estar en movimiento, mayoritariamente ascendente. Hacia la luz del sol”, escribe. Y en otro momento nos dice: “Sin calma no hay claridad. Eso es lo que repiten los sabios de tradiciones orientales y también de las occidentales. Diría que también la cultura científica comienza a expresarse en esos términos”.
El puente donde habitan las mariposas, bello título de esta entrega subtitulada Biosofía de la respiración, tiene que ver con Ramón y Cajal, quien llamó a las neuronas “mariposas del alma”. “Las neuronas son células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si algún día esclarecerá los secretos de la vida mental”, reproduzco las palabras del médico, científico, humanista y Premio Nobel español a las que alude Castellanos, explicándonos que “lo importante no es la neurona en sí, sino sus conexiones”, que es el enlace entre los axones y las dendritas (ramas y raíces de la neurona, constituida además por una parte central llamada soma), el que permite la comunicación entre ellas.
“Las neuronas se unen por puentes que se conocen como sinapsis, y no es un descubrimiento de Cajal, sino de Charles Sherrington (…) El puente que une los axones y dendritas es el lugar por donde transita la información química y física que, imprescindiblemente, acompaña a nuestra conducta. / “Sin neuronas no hay puente, pero, sin puente, no vuelan las mariposas”, nos cuenta la neurocientífica.
Me quedo con la sensación de que me he dejado muchas cosas por contar, pese a la amplitud del artículo. Os queda mucho por descubrir en esta entrega que anima a emprender el camino del autoconocimiento, a sabiendas de que supone esfuerzo, coraje. “Todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro, si nos lo proponemos”, vuelvo a la frase-mantra. Se trata de desear aprender a cuidarnos por dentro. No es una meta para nada fácil, pero, estemos en el momento que estemos de nuestras vidas, merece la pena. Os aseguro que este libro os estimulará a emprender ese viaje.
El puente donde habitan las mariposas. Biosofía de la respiración, ha sido publicado por la editorial Siruela.
Las fotografías de la autora nos han sido cedidas por la editorial.









Deja un comentario