Emma Rodríguez © 2025 /
Hay libros que merece la pena recorrer lentamente, sin prisas, acudiendo a sus páginas sin intenciones premeditadas, simplemente aceptando su fluir, dejándose llevar por sus ritmos y sorprender por sus destellos. Sucede con Vida y muerte de un jardín de papel de Menchu Gutiérrez, una autora capaz de adentrarse y de hacer que nos adentremos en corrientes profundas, en senderos poco transitados. La poesía, según declara, es el sustrato sobre el que se levanta toda su obra y en esta ocasión se hace especialmente patente. La poesía como poderoso foco que intenta sacar a la luz emociones ocultas, descifrar lo más hondo, está presente en esta obra que es un ensayo literario y a la vez un diario íntimo en el que el yo se va revelando poco a poco, sutilmente, sin dejar de abrirse al nosotros.
De la mano de la escritora vamos recorriendo un camino lleno de bifurcaciones, sin saber muy bien hacia dónde nos dirigimos, aceptando que estamos desorientados, que acompañamos un proceso de búsqueda que parte de la pérdida, del duelo. La muerte de la madre es el centro de esta entrega en la que Gutiérrez se convierte en protagonista y también en observadora de una experiencia crucial que a todos nos acaba concerniendo. La madre que tanto amaba los jardines y las flores es la destinataria principal de una obra llena de matices, de sugerencias, abierta a la aceptación y al descubrimiento. Mientras pasamos las páginas vislumbramos entre ramajes la figura de la madre que inspira el trayecto, pero a la vez percibimos el influjo de todas las madres, el hilo de la continuidad, el dolor de las ausencias…
“El dolor es tan inconstante como cualquier otro sentimiento humano. No es posible cultivarlo y cosecharlo en estaciones reguladas. Por eso quizá nace el libro. Este y todos los libros…”, anota Menchu Gutiérrez. Y más adelante reconoce: “Porque sé bien que nunca escribiré el núcleo de mi dolor. Porque el dolor tampoco se deja escribir...”
Pese a esa incapacidad de las palabras para nombrar lo que solo el corazón conoce, lo que se circunscribe al reino de lo indescifrable, del misterio que nos constituye, consigue la autora –ella misma lo dice en otro momento– que accedamos a “esos destellos de luz y esas ráfagas de aire fresco que brotan de los rincones más inesperados”.
La madre que tanto amaba los jardines y las flores es la destinataria principal de una obra llena de matices, de sugerencias. vislumbramos entre ramajes la figura que inspira el trayecto, pero a la vez percibimos el influjo de todas las madres, el hilo de la continuidad, el dolor de las ausencias…
La calidez de los recuerdos, la transmisión de la fugacidad del tiempo, de lo vivido, la idea de vulnerabilidad compartida, son algunos de los pilares de esta obra en la que la mirada juega a establecer distancias, pero en la que la sensibilidad a flor de piel se pone de manifiesto en los detalles, en las pinceladas de un cuadro, en el corte cuidadoso de una flor. Es mucho lo que nos entrega este libro que logra nombrar emociones y procesos complejos, que nos acerca a un duelo tan personal como colectivo, pues vivimos en un presente en el que percibimos que muchas cosas, convicciones, principios, están desapareciendo, que nuestras escalas de comprensión del mundo que nos han acompañado hasta ahora se están transformando sin que sepamos en qué se convertirá todo, en qué nos convertiremos.
Gutiérrez se desplaza por sus territorios más íntimos, pero tiende la mano a los otros, busca comprensión en obras que la llaman, que la inspiran, abre la ventana al exterior. “Escondidas debajo del felpudo de nuestras casas o de los rascacielos del mundo, la muerte y la guerra siempre están preparadas para incorporarse”, apunta, y nos traslada a escenas estremecedoras, desgraciadamente tan cercanas, de madres que pierden a sus hijos bajo las bombas.

“Pienso en todas las madres que cantan y juegan con sus hijos en medio de la guerra, que los protegen del mal con todo lo que tienen a su alcance. Luego pienso en los miedos y en los dolores infantiles, y en el amparo que proporcionan las flores, el poderoso escudo de la belleza”, escribe y sus palabras nos tocan hondamente, nos hacen partícipes de un inmenso pesar. “No puedes permitir que el exterior te aplaste pero, por terrible que sea, ese exterior forma parte de nosotros y nos atañe”, señala la autora en el intercambio de preguntas y respuestas que se abre a continuación.
– Tengo la impresión de que siendo gran parte de tu obra muy singular, situada al margen de corrientes, de modas, sin prejuicios a la hora de abordar los géneros, este libro lo es aún más. ¿Hasta qué punto ha abierto nuevos cauces en tu trayecto?
– En el comienzo de este libro recordé una frase de Marina Tsvietáieva, que siempre ha resonado en mí: “La vida es una estación. Inútil deshacer las maletas”. Creo que es así como he escrito todo el tiempo, sin deshacer las maletas, aceptando lo que encontraba a cada paso y preguntándome por el motor de la creación misma desde dentro. Es difícil saber qué puede traerme este libro desde el punto de vista creativo porque el elemento azaroso –la inesperada muerte de mi madre en medio de su escritura– fue determinante, y para mí son siempre las emociones las que ordenan y desordenan los libros.
– En el comienzo (una introducción) explicas que se trata de dos libros en paralelo, alternándose. “Este es un libro que nace de las ruinas de otro libro”. ¿Cómo fue el proceso? ¿Se puede hablar de autoexploración, de búsqueda entre sombras, de tanteos, de autodescubrimiento?
– Lo que iba a ser un ensayo sobre algunos elementos del jardín, y que desde sus inicios estaba destinado a mi madre, quedó bruscamente interrumpido con su muerte. Me encontré ante la imposibilidad de continuar y con la imposibilidad también de abandonar. Abandonar un libro que era un regalo para mi madre significaba también de alguna manera abandonarla a ella. Lo que sucedió entonces es que su muerte abrió un cuaderno de duelo en el que el jardín terminó por aparecer nuevamente. Porque en realidad, en el jardín ya estaban desde el inicio la naturaleza efímera de la belleza, la decadencia, el accidente, la muerte y la metamorfosis. El libro del duelo se introducía en el ensayo y el ensayo también dialogaba con ese cuaderno en el que mi madre me acompañaba y me ayudaba a seguir. Dos libros aparentemente distintos se alternaron durante el proceso de escritura, pero me di cuenta pronto de que conformaban uno solo. Llegó un momento en que casi no los podía distinguir y podía escribir en uno u otro indistintamente.
– ¿Qué de cerca está este “Jardín de papel” de la poesía; las iluminaciones que ofrece, el ahondamiento, las búsquedas que lo atraviesan, participan, en mi opinión, de los nutrientes, descubrimientos, poéticos. ¿Qué opinas?
– Esté inmersa en un ensayo o en un libro de ficción, el alimento de todo lo que escribo es siempre de naturaleza poética. En realidad, creo que la poesía es lo que impulsa todos los lenguajes creativos, o toda verdadera creación, y también lo que los sostiene. Este libro es en gran medida una larga meditación sobre el jardín y el cementerio, y sobre la profunda relación que existe entre ambos. El lenguaje poético expresa como ningún otro esas fronteras que se desdibujan.
– Te refieres a “caminos por los que nunca habías transitado”, abiertos tras la muerte de tu madre, un capítulo de la vida que tanto tememos, que inaugura una etapa diferente. ¿De qué manera te has sentido otra; de qué forma la escritura te ha ayudado a encontrar tu nuevo yo?
– Había escrito otras veces sobre el sentimiento de orfandad. En mi primer libro de narrativa, Viaje de estudios, un grupo de huérfanos viaja en tren a través de un paisaje de nieve, salpicado de agujeros, en una especie de viaje iniciático. El libro se estructura hacia adelante en forma de estaciones (primera estación, segunda estación, tercera estación… ) y hacia atrás, un viaje hacia la memoria, en forma de orfanatos (tercer orfanato, segundo orfanato, primer orfanato…) Aquel libro trataba de una orfandad existencial, de unos huérfanos que nunca conocieron a sus padres, una metáfora de un desconocimiento todavía mayor sobre el origen de la vida. Yo he temido siempre la orfandad y la he abordado de maneras diferentes. En cualquier caso, una cosa es anticipar un sentimiento y otra es vivirlo realmente. Como escribí en el libro, ya no es necesario descifrarlo, está aquí. No sé si puedo hablar de un nuevo yo, porque creo que el yo es una ficción en permanente metamorfosis, sólo puedo decirte que para mí esta pérdida fue como ascender al último peldaño de la soledad; algo así como perder la sombra. Pero insisto en que ningún sentimiento es inamovible.
– Me parece muy hermoso el momento en el que anotas: “Escribir para alguien que no se ha ido, pero ya no está, y para un yo cada día más desdibujado”.
– Sólo puedo añadir que, de alguna forma, estas palabras siguen poniéndose en pie. Incluso cuando contesto a tus preguntas. Parece una contradicción pero mientras me afirmo en estas palabras, mi yo continúa desdibujándose. Y mi madre sigue jugando al escondite conmigo cada día. Ningún muerto se queda quieto en su sitio, ni siquiera en una fotografía.
«he temido siempre la orfandad y la he abordado de maneras diferentes. En cualquier caso, una cosa es anticipar un sentimiento y otra es vivirlo realmente. para mí esta pérdida fue como ascender al último peldaño de la soledad; algo así como perder la sombra. Pero ningún sentimiento es inamovible».
– El jardín, las flores, la búsqueda de la belleza, están en el centro de todo el recorrido, en el de antes de la pérdida y en el de después, el del discurrir del duelo. ¿Cómo se cruzan ambos?
– Si algo permanece, sin duda, es la belleza que emana del jardín. Un jardín en permanente metamorfosis. El jardín está lleno de vida y también es un escenario de muerte. Esta expresión perfecta de la regeneración nunca se detiene. Y eso es algo que está relacionado profundamente con la poesía, que para mí es también la razón de ser del jardín. Antes y después de la pérdida, he paseado por el jardín como si leyera un poema vegetal. La muerte no acaba con la poesía porque forma también parte de ella.
– Hay una conexión profunda entre tu madre y las flores. Me puedes hablar un poco de ello.
– Mi madre amaba profundamente las flores y a veces me parecía que hablaban un mismo lenguaje. No todo el mundo tiene esa sensibilidad. En el simple acto de cortar una flor ya sabes mucho de una persona. Algunas agarran las tijeras como perfectos asesinos. Cuando yo veía a mi madre sumergir las flores en el agua de la pila para cortar los tallos de una planta, y evitar su estrés hasta llegar al agua del jarrón, me parecía no sólo que no les hacía daño sino que las estaba cuidando. ¿Espejismos del amor? Los acepto de buen grado. Las flores, sobre todo en su vejez, eran seres con los que se comunicaba y una de sus mayores fuentes de alegría, y en gran parte ese sentimiento está en el origen del libro.

– El jardín como espacio de la contemplación, de la meditación, de la huida de los ruidos y la confusión de la actualidad, se ha convertido en protagonista de no pocos libros. ¿De dónde parte esa fascinación, esa veneración?
– El jardín es un espacio creador de silencio. Los verdaderos jardineros construyen espacios que te obligan a detenerte. Si nos pasamos todo el día corriendo, si vivimos aplastados por la velocidad, no podremos saber siquiera qué queremos. El tipo de pausa de la que hablaba antes es ésa que nos permite entender cosas esenciales, en absoluto sofisticadas, aquello que se encuentra en armonía con nuestra naturaleza. Yo creo que el jardín nos ayuda a discernir entre lo que es beneficioso para nosotros, lo que nos ayuda, y lo que nos perjudica. Entras en un jardín y en un instante sientes no sólo una atmósfera, sino un bienestar sanador, muy parecido al que te produce una casa acogedora.
– Como lectora te diré que he recibido el libro como un entrelazamiento, como una ceremonia de diálogos, de abrazos creativos. ¿Qué creadores te han acompañado especialmente en el camino?
– He dado varias veces un seminario sobre el jardín y la creación, y he leído muchos libros sobre jardines; casi todos escritos por jardineros. Sin embargo, a la hora de escribir este libro, alejado de cualquier obligación de contar la historia del jardín, de su evolución o de los distintos conceptos de jardín, sólo he pensado en escritores o artistas que escribían o miraban al jardín desde ángulos diferentes. Monet consideraba su jardín el mejor de sus cuadros. En vez de ramos de flores, Morandi regalaba a sus amigas lienzos muy pequeños en los que los pintaba en un jarrón. Virginia Woolf se perdía en un jardín reflejado en un espejo… Nunca he salido en busca de las obras de arte o de las citas, sino que estos recuerdos han venido a mí en un momento determinado, para acompañarme. Han sido de alguna forma un antídoto contra la soledad que brotaba de forma natural. Lo que he vuelto a comprobar es que Petrarca, Alejandra Pizarnik o un poeta japonés del siglo XII me hablan como si estuvieran sentados delante de mí. Mis comentarios nacen de un diálogo vivo con estas obras. Para mí es imprescindible despertar algún aspecto que estaba en ellas de forma latente y que puedo desarrollar en otra dimensión.
«el jardín nos ayuda a discernir entre lo que es beneficioso, lo que nos ayuda, y lo que nos perjudica. Entras en un jardín y en un instante sientes no sólo una atmósfera, sino un bienestar sanador, muy parecido al que te produce una casa acogedora».
– Antes hablabas de la orfandad. ¿Hasta qué punto la orfandad nos une, activa la indefensión, la vulnerabilidad que nos define como seres humanos? Creo que has querido transmitir esto…
– Sí, yo siempre he huído del yo en favor de un sujeto más universal, y tampoco este libro, que lleva consigo un duelo personal, es una excepción. Creo que si la muerte de mi madre se hubiera producido en otro momento, muy posiblemente no hubiera escrito sobre mi sentimiento de orfandad. He intentado desaparecer lo más posible, y me he detenido allí donde borrarme equivalía casi a un engaño. Pero decir orfandad es decir la orfandad de todos, y hablar de duelo es hablar de un duelo compartido. En la fragilidad y en la pérdida nos encontramos. Hay personas que construyen un búnker para el cultivo de su propia extinción. Me parece más sabio pensar en lo que decía John Donne: que nadie es una isla, que nadie comienza y acaba en sí mismo, y que la muerte del otro “nos disminuye” porque estamos ligados los unos a los otros.
–La escritura se convierte en asidero frente al duelo, en cuanto a mirada hacia los paisajes interiores, como sendero de introspección. ¿La creación puede llegar a ser una vía para el consuelo?
– Sin duda, hay un efecto sanador en la creación. El simple desdoblamiento necesario para escribir ya implica un ejercicio de introspección muy profundo. ¿Por qué escribir? ¿Para quién? La mera elección del sujeto de una obra resulta decisiva. Yo no creo en fórmulas de ninguna clase. De producirse, el consuelo será siempre producto de esa labor de indagación personal, que nada tienen que ver con el exhibicionismo del dolor o la queja.
– Al hilo de esto me pregunto qué hacer, qué mecanismos activar, cuando no escribimos. Pienso que es imposible prepararse para las despedidas… No hay nada que ayude, es una experiencia absolutamente personal. Y no ayuda nada dar la espalda a la muerte, algo muy propio de las sociedades occidentales. Hemos perdido el rumbo también en esa dirección y parece imposible recuperarlo. ¿Hacia dónde mirar?
– La lectura es también un ejercicio activo, y puede ser tan transformador como la escritura. La muerte es y seguirá siendo un misterio para todos, pero hay libros que nos acompañan, que alumbran algunos rincones de nuestra conciencia. No tienen que ser necesariamente libros dedicados a la muerte, sino al cuidado de la vida, porque, aunque suene paradójico, se parecen mucho.
«En la fragilidad y en la pérdida nos encontramos. Hay personas que construyen un búnker para el cultivo de su propia extinción. Me parece más sabio lo que decía John Donne: nadie es una isla, nadie comienza y acaba en sí mismo, y la muerte del otro “nos disminuye” porque estamos ligados los unos a los otros».
– En un momento llegas a decir que “quizá escribir no sea más que encontrar un escondite tras otro”.
– Este libro está lleno de interrogantes y de quizás. En la experiencia de un duelo te das cuenta de la imposibilidad de domesticarlo, éste o cualquier otro sentimiento humano. Escribir es muchas veces un esfuerzo por controlar algo de naturaleza incontrolable, y una frase desbarata la anterior o la siguiente. En gran medida la poesía nace para denunciar esa inestabilidad.
– El arte es también muy importante en la entrega, en realidad lo es el cultivo de los sentidos. Vida y muerte de un jardín de papel está lleno de arte, de pinceladas, de detalles, de destellos. ¿Qué importancia tiene el arte para ti? Te refieres a una vida anterior como pintora. ¿Qué te queda de esa etapa?
– Yo dibujé y pinté mucho durante mi infancia y mi adolescencia. Y hubo un tiempo en que pensé que podría ser pintora. Este duelo me llevó directamente a la infancia, al grado cero de muchas decisiones personales. ¿Por qué tomé el camino de la escritura? Realmente fue una experiencia de decantación lenta. Me fui dando cuenta de que podía seguir pintando con las palabras y añadir otros sentidos a esos cuadros que deseaba pintar, que de alguna manera podía ir más lejos. El duelo me devolvió al estudio, al tubo de estaño que contenía el óleo, a las primeras experiencias con el pincel o la espátula. Fue algo físico, una experiencia casi matérica. El arte siempre ha estado presente en mi vida. Ahora, casi siempre como espectadora. Aunque es cierto que una espectadora muy activa: escribo mucho sobre obras que me interpelan, sin dejar de pintar con las palabras. En cualquier caso, creo que el discurso del arte es casi intercambiable con el discurso de la poesía, que su alimento es común.

– La imagen de la guerra, el horror, la locura de la guerra, está muy presente en el libro. Me parece muy interesante la manera en la que enlazas el duelo individual con el duelo colectivo; la forma en la que empatizas con tantas madres abrazando a sus hijos muertos. Pienso en las terribles imágenes que nos llegan desde Gaza. ¿De qué manera todo ese dolor ha entrado en tu libro?
– Ha estado muy presente todo el tiempo: el choque entre el duelo personal, autobiográfico, y la brutalidad de la guerra que, además de la muerte misma, pone de manifiesto otra clase de atrocidad: la de no tener derecho siquiera a vivir un duelo. En Gaza, la gente sólo puede correr o esconderse; lo que debería ser un derecho fundamental, como la propia vida, el derecho al duelo, queda totalmente abolido. Mientras yo escribía sobre las personas que llevan flores a los cementerios, o sobre los árboles que crecen en medio de las tumbas, veía esas imágenes de las que hablas: madres “deshijadas”, multitud de huérfanos y ciudades arrasadas, verdaderos cementerios sin tumbas. Simplemente, enfrentar estas dos realidades tan diferentes produce una sacudida de la que no es posible evadirse.
«Mientras escribía sobre las personas que llevan flores a los cementerios, o sobre los árboles que crecen en medio de las tumbas, veía esas imágenes madres “deshijadas”, multitud de huérfanos y ciudades arrasadas, verdaderos cementerios sin tumbas».
– El presente es complejo y hace difícil encontrar la paz, la calma del jardín, seguir adelante con nuestras pequeñas vidas, con nuestras ausencias, en medio de tanta crueldad.
– Sí. La deshumanización creciente en la que vivimos no nos lo pone fácil, desde luego. Pero qué es pequeño y qué es grande depende en gran parte de nuestra mirada. En un libro de Inger Christensen leí una vez algo así: cuando tenía nueve años el mundo tenía también la edad de nueve años. Yo creo que nuestra vida se estira y se encoge como un acordeón, que hay fases de apertura y de cierre que forman parte de un mismo movimiento. En el jardín, sin duda se toma impulso. Para mí, el jardín no es sólo un refugio o un espacio para la vida contemplativa, sino un lugar para la reflexión y lo que se ha dado en llamar el cultivo de sí. El término no es inocente: cultivo. La tentación de desaparecer en el jardín en tiempos tan sombríos es grande, de utilizarlo simplemente como un medio de evasión, pero el jardín no es un espacio pasivo, la pausa a la que invita no es sinónimo de parálisis, sino todo lo contrario. El jardín es la perfecta expresión del cambio.
– “En medio del horror el remanso de paz del jardín”, apuntas, aludiendo a Vita Sackville-West, cuando escribía “sobre los jardines en tiempos de guerra”. Pienso también en un Jardín célebre, el de Epicuro, “un lugar de paz en un mundo agitado por continuas revueltas y trastornos bélicos”, según palabras de Carlos García Gual. Estamos destinados a vivir siempre así. El sueño de paz, de mejora, de las sociedades avanzadas, parece lejano, pero, sin embargo, debemos seguir aspirando a ello… Esta idea también se refleja en la lectura de Vida y muerte de un jardín de papel. ¿Fuiste consciente de ello?
– Hay en Nietzsche una cosa que me gusta mucho. Él no sólo nos invitaba a cultivar un jardín, sino a que nos rodeásemos de personas que fueran como jardines. Sin duda, habría que empezar esa tarea por uno mismo. El jardín de Epicuro es una labor terrenal, él propone la salvación aquí y ahora, no la cifra en el más allá. Siempre se deberá buscar un equilibrio entre el interior y el exterior. No puedes permitir que el exterior te aplaste pero, por terrible que sea, ese exterior forma parte de nosotros y nos atañe. Toda idea de aislamiento es un espejismo.
– Creo que ya te lo he preguntado, de otra manera, pero, a punto de poner el punto final, me apetece insistir en ello. ¿Te ha transformado en algún sentido la escritura de este libro? ¿Qué ventanas te ha ayudado a abrir?
– Todas las obras creativas son transformadoras de alguna manera, añaden algo que no estaba ahí antes. Este libro me ha puesto delante de una clase de vacío desconocido hasta ahora para mí. La pérdida de una madre o de un padre a los que estabas profundamente ligada, cambia radicalmente tu posición en el tiempo y en el espacio. Mueve todas las piezas del tablero. Me preguntas por las ventanas que ha ayudado a abrir. La única respuesta que puedo darte hoy es que a pesar de estar cada vez más cerca de la vejez, viajo con mucha más facilidad a la infancia, te diría incluso que a la infancia de todas las cosas.
Vida y muerte de un jardín de papel ha sido publicado por la editorial Siruela.
Menchu Gutiérrez también es protagonista de otra página-diálogo en Lecturas Sumergidas, a propósito de otra de sus obras, La ventana inolvidable.









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