Emma Rodríguez © 2024 /

El placer de los meteoros es un hermoso título para un libro que tanto nos regala, sobre todo hacernos conscientes del entorno natural que nos rodea, de los fenómenos atmosféricos, de los cambios estacionales y sus efectos sobre las emociones. Nada sabía de su autora, Marie Gevers, una mujer con una biografía muy particular, creadora de ensayos, novelas y poemas, con una mirada y un mundo concentrados en el territorio de su lugar de nacimiento, en el entorno de la finca familiar de Missembourg, situada en la localidad belga de Edegem, cerca de Amberes, donde transcurrió toda su existencia –de 1883 a 1975–. De ese microcosmos, que abandonó pocas veces, “orlado de verdor y bañado por el agua y el azul” extrajo nuestra protagonista “las alegrías de su vida y la inspiración para su obra”, apunta Véronique Jago-Antoine en el interesante y motivador epílogo de la edición de Errata naturae que tengo entre mis manos.

Cautivadora, hecha de observaciones sobre el terreno, de lentitudes, esta entrega, que incluyo en la categoría de libros contemplativos, marcó mi pasado agosto en el norte de Tenerife. Ahora que repaso las anotaciones que fui haciendo al hilo de la lectura recobro el lugar, la atmósfera, las imágenes que me acompañaron mientras me sumergía en el recorrido propuesto por Gevers. Abro esta Ventana Propia a la casa familiar, a una terraza y una silla con vistas a un salvaje jardín, lleno de pitones ya secos, a los que cada tarde acudían pequeños pájaros cantores que no podía dejar de observar a ratos, levantando la vista del libro, y sintiendo una corriente de afinidad con la escritora a través del tiempo, percibiendo la manera en la que podemos llegar a identificarnos con un paisaje concreto, con su frondosidad o su aspereza; con sus llanuras o sus cumbres abruptas, hasta el punto de notar que nuestro carácter, nuestra sensibilidad, le debe algo a esos alrededores que han nutrido nuestra mirada, y la de quienes nos antecedieron, desde siempre.

Marie Gevers extrae perlas de lo más mínimo, de una simple hoja, de un color, de un cambio en el ambiente. La belleza está al alcance de su mano porque es capaz de ver más allá de la superficie de las cosas, de su mera apariencia. Todo le habla. El espectáculo de la naturaleza se despliega ante sus ojos y se convierte en palabra, en narración, a través de una prosa cargada de poesía. Con ella somos capaces de pararlo todo, de escapar de los ritmos impuestos, siempre que nos apetezca acometer una experiencia lenta, que, pues recomiendo avanzar por esta ruta literaria a pequeños sorbos, sin prisas. No se trata de llegar a ningún sitio, no se persigue ningún desenlace más allá de abrazar el discurrir del tiempo, de los meses que van pasando, del vaivén de las estaciones y su efecto transformador. “Detengámonos y miremos” nos dice la escritora en más de una ocasión. De eso trata esta obra, una lectura encantadora, altamente inspiradora, que invita a vivir conscientes de lo que nos rodea, de lo que somos, y que procura, en mi opinión, un acercamiento a las prácticas meditativas.

En «El Placer de los meteoros» no se persigue ningún desenlace más allá de abrazar el discurrir del tiempo, de los meses que van pasando, del vaivén de las estaciones y su efecto transformador. “Detengámonos y miremos” nos dice su Autora en más de una ocasión.

Ya en la primera página apreciamos la hermosura del lenguaje. Después de una descripción de su territorio (la humedad gracias a la corriente del Golfo, el agua y las nubes, las brumas, los campos, los prados y los bosques, “el frescor de un jardín bien regado”, “el tornadizo juego de los vientos”…), nos explica la autora el sentido del título de su libro. “Los inocentes meteoros juegan bajo todos los soles, se mezclan con las lunaciones y participan en las cuatro estaciones. ¿Los meteoros? Nos hemos acostumbrado a llamar “meteoros” únicamente a los astros errantes, las estrellas fugaces o los rayos. Ahora bien: todos los fenómenos que tienen lugar en la atmósfera responden a este hermoso nombre. El granizo, la niebla y los pétalos de la rosa de los vientos son meteoros, como lo son también la cencellada, la cellisca y el deshielo, el arco iris y el halo de la luna, y como lo son asimismo los silenciosos relámpagos de la canícula, en los que se libera la angustia de las noches de julio; meteoros son, por último, el arrebol del ocaso y los verdes centelleos del alba”.

Como cazadora de meteoros podemos definir a Marie Gevers, quien estructura su libro en doce capítulos, como doce son los meses del año. Minuciosamente, con los sentidos alerta y la sensibilidad a flor de piel, la autora va recorriendo un año en Missembourg, atenta a las señales, a los milagros estacionales, a su influencia en el propio devenir, y en su compañía recuperamos sensaciones y recuerdos propios asociados a cada tiempo, a cada época. Pienso que no puede haber plenitud cuando dejamos pasar las estaciones sin apreciar sus singularidades, sin ser conscientes de la temporalidad, de los cambios en los ciclos de la vida, con sus repeticiones.

Al hilo de todo esto encuentro una corriente de afinidad entre esta entrega y otra de la autora de origen japonés Ryoko Sekiguchi, Nagori. La nostalgia por la estación que termina, donde leemos: “Las cuatro estaciones introducen en nuestra vida la idea de los ciclos que se repiten, un poco igual que una escalera de caracol. Sin embargo, nuestro tiempo de vida avanza siguiendo una linealidad de sentido único, hacia una degeneración irreversible. Esta temporalidad interna, inherente a nuestro cuerpo, refuerza aún más nuestra aspiración a las estaciones, a la renovación, al renacimiento”.

La idea de transcurso, de renovación, de ruta vital, está presente en ambos libros; es la línea que vertebra sus trayectos. Sekiguchi habla de la pérdida en una obra donde lo culinario, los frutos, los alimentos de cada temporada, cobran relevancia. Gevers se detiene en los aspectos atmosféricos y cosmológicos, en los matices de la naturaleza, hasta el punto de que parece capaz de entablar un sutil diálogo con ella que sólo puede ser posible a través de la veta poética, que nos lleva a determinados pasajes en la obra de trascendentalistas como Thoreau, Emerson y, por supuesto, Walt Whitman.

Las observaciones, las experiencias que narra, parten de lo cotidiano, de lo sencillo, de lo que a todos nos atañe, pues, de alguna manera, en rincones del mundo alejados del suyo, hemos vivido circunstancias similares. ¿Quién no ha sentido el silencio que inunda los días invernales en el campo, en los pueblos, tal vez roto por el ladrido de un perro? ¿Quién en las noches claras, diáfanas, limpias, de enero, no se ha maravillado ante la contemplación de las estrellas? En el capítulo que abre el libro, dedicado al surgir de cada nuevo año, Gevers se dirige a nosotros, quienes la leemos, en cualquier tiempo y lugar, nos incluye en su propósito, en su abrazo: “Detengámonos, miremos”, nos dice. “El cielo está lleno de  genios, hadas y héroes. Allí están Orión, el gigantesco cazador; Rigel y Betelgeuse, con unos nombres tan misteriosos y fríos que cabe imaginar a uno presidiendo la helada y al otro dirigiendo hordas de nívea blancura. Allá están Casiopea y las Pléyades, además de la inmensa estela blanca de la vía láctea, nacida del seno de Juno…”

Gevers nos recuerda los signos de cada estación y el descubrimiento que de ellos se hace en la infancia. Cada mes nos ofrece algo diferente, cada mes supone una espera de fenómenos que se repiten año a año. Las heladas, “la danza de los copos de nieve”, el deshielo… De ello habla en la primera parada del recorrido. Y, a partir de ese momento, van haciendo acto de presencia, mes a mes, las plantas, los árboles, los pájaros, que la acompañaron durante toda su existencia. “La vida de los seres humanos siempre ha estado trenzada con la de los árboles y las plantas”, nos dice, después de describir el “misterioso momento en que nace la primavera”.

¿Quién no ha sentido el silencio que inunda los días invernales en el campo, en los pueblos, tal vez roto por el ladrido de un perro? ¿Quién en las noches claras, diáfanas, limpias, de enero, no se ha maravillado ante la contemplación de las estrellas?

Ya en abril anota la escritora: “La casa y el jardín eran mi universo, mi paraíso. Ni siquiera decíamos “nuestra casa”, “nuestro jardín”. Lo absoluto no necesita que lo afirmemos. En la casa, en el gran jardín, ningún peligro, ningún mal, habría podido alcanzarme”. Gevers se busca en la infancia, y apunta más adelante: “Estando enfrascada en mis pensamientos de niña se me encendió una lucecita. ¡No! Nada de lo que daba vida al jardín era nuestro; ni el viento, ni la lluvia, ni la nieve, ni el sol, ni el aire, ni las aves, ni los meses, ni las laboriosas estaciones… Y a todos ellos los aprecié aún más por ser fugitivos y nómadas”.

Vamos pasando las páginas y saludamos la calidez que anuncia el verano, la “sobreabundancia de sol” y la llegada del otoño, con el deshojamiento diverso de distintas especies de árboles. Cuántas lluvias, cuántos matices hasta sentir de nuevo la proximidad del invierno. En el trecho destinado a diciembre leemos: “Solsticio de invierno. Navidad; comienza de nuevo el verdadero ciclo del año. En esta campiña adormecida, en este descenso continuo de la nieve, en esta ausencia absoluta de cualquier movimiento lateral, el cielo y la tierra cruzan mensajes. Nuestros corazones están tan colmados de símbolos como esta noche está de blancura. Situémonos en el centro de todo, como si fuéramos la inmóvil rosa de los vientos en los albores del mundo”.  

No todo es naturaleza y paisaje en El placer de los meteoros. En el recorrido también asoman narraciones asociadas a las estaciones, anécdotas e historias de familiares, de campesinos, impregnadas de ternura, de un cierto humor. A través de ellas percibimos un mundo, el rural, que ha desaparecido. Alude la autora a la muerte de sus abuelos, a los juegos de niña, a las miradas amorosas, a los comienzos y los finales, a los veranos que acaban, al trayecto de cada vida (“en el umbral de la vida, cada cual encontraba su yo”). Los almanaques, tan populares en tiempos de la autora, inspiran, como explica en el epílogo Véronique Jago-Antoine, este libro en cuyo discurrir aparecen antiguos dichos campesinos, enseñanzas de la tierra y de los climas que vienen de muy atrás.

Mientras leemos esta obra todo parece detenerse y deseamos mirar más y mejor las maravillas que aún nos rodean en este planeta dañado. En tiempos de devastación, de emergencia climática, al límite ya de la explotación de recursos, esta entrega estimula el acercamiento a la naturaleza, nuestra necesidad dormida de escucharla, de acompasar nuevamente sus ritmos a los nuestros, de cuidarla. En momentos en los que las prisas se han apoderado del destino humano, Marie Gevers nos abre el camino de la lentitud, del paseo tranquilo, acometido con la mirada abierta, con la actitud de maravillarse ante lo que se va encontrando. Podemos recorrer grandes distancias y emprender viajes de ensueño –ojalá extraigamos de ellos experiencias valiosas, no simplemente posados para mostrar en las redes–; pero hemos de tener presente que la belleza también nos aguarda en los senderos más cercanos.

En momentos en los que las prisas se han apoderado del destino humano, Marie Gevers nos abre el camino de la lentitud, del paseo tranquilo, acometido con la mirada abierta, con la actitud de maravillarse ante lo que se va encontrando.

Ahí radica uno de los grandes logros de El placer de los meteoros. Su autora apenas se mueve, pero es capaz de apreciar los más sutiles movimientos de su entorno, transmitiéndonos al hacerlo la dicha de ser capaces de apreciar, de agradecer, de sentirnos en armonía con los alrededores; con los cielos cambiantes, con las cada día diferentes puestas de sol, con el canto de los pájaros, con el susurro y el baile de los árboles, con el discurrir de los ríos, con la danza de las mareas. Recuperemos, pues todo eso, sin complejos a la hora de nombrarlo; que nos tachen de cursis quienes sólo entienden el lenguaje de las cifras, de los cálculos. Todo eso está ahí para nosotros, aunque a través de las pantallas únicamente nos llegue el ruido de las malas noticias, de los horrores humanos.

La casa familiar de Missembourg, situada en la localidad belga de Edegem, cerca de Amberes, donde transcurrió toda la vida de Marie Gevers.

Y no se trata de evadirse de lo que acontece, para nada. Gevers vivió la tragedia de las dos guerras mundiales en suelo europeo y, pese a la tragedia, no desistió de buscar lo luminoso. La indiferencia no es la respuesta ante los embates del presente, pero poco ayuda abotargar los sentidos con el exceso de información. Saber huir de la actualidad en ocasiones, abrir la ventana y maravillarse ante un paisaje, resulta curativo, oxigenante. Acometer una lectura como la que nos ocupa puede llevarnos a ser conscientes de que fuera de lo virtual aguardan experiencias que aún  merecen la pena ser vividas, de que la fragilidad y la vulnerabilidad nos constituyen. Y todo ello nos puede llevar a interpretar mejor el presente y a imaginar horizontes de futuro más fraternos.

Como indica Véronique Jago-Antoine “el proyecto geversiano no aspira ni a escapar a la Historia, ni a su violencia, ni a sus infamias, algo de lo que a veces se ha acusado a la autora; persevera únicamente en alejarlos lo necesario para permitirnos vigorizar nuestras capacidades de resiliencia captando por todos nuestros poros –tanto los de la mente como los del cuerpo– la enigmática pulsión regeneradora del universo elemental”. 

Según la especialista “El placer de los meteoros” es una oda a la alegría”. Es la pura y plena “alegría de vivir”, celebrada por el filósofo Clément Rosset como “la fuerza mayor” de quienes “respiran a gusto [en…] una existencia efímera, perecedera, siempre cambiante y deseada como tal”. No puedo estar más de acuerdo. Algo de esa alegría nos invade mientras pasamos las páginas de esta obra tan especial. 

No quiero concluir este artículo sin un pequeño acercamiento a la biografía de Marie Gevers, la primera mujer en entrar en la Real Academia de la Lengua y Literatura Francesa de Bélgica, el 9 de abril de 1938. Pese a sus raíces flamencas, el francés fue la lengua elegida por la autora para levantar su obra literaria, una obra asentada en los cimientos de dos tradiciones literarias (francófona y flamenca), de las que se nutrió a través de la educación que recibió de su madre y de un maestro de un pueblo cercano, pues nunca acudió a la escuela. La pasión por la lectura, por los idiomas (también aprendió alemán e inglés), son destacables, junto a su sensibilidad innata para dialogar con la naturaleza que la rodeaba en la casa campestre de Edegem (Amberes), en la propiedad de siete hectáreas que constituye el territorio de Missembourg, microcosmos en el que discurrió su vida y se desarrolló la mayor parte de su obra creativa, dando título a su primer poemario, publicado en 1918, influenciado por los versos de Émile Verhaeren, quien fuera su mentor.

Gevers apenas se movió de ese entorno, aunque hay que destacar sus viajes a África, concretamente a Ruanda, que visitó junto a su hija, y que dio lugar a la obra Des mille collines aux neuf volcans (De mil colinas a nueve volcanes), publicada en 1953. Además de sus libros de poemas, entre sus títulos destacan novelas como Madame Orpha y La Comtesse des digues, así como el volumen de diarios Vie et mort d’un étang, que está previsto sea publicado próximamente en castellano por Errata naturae.

El placer de los meteoros, cuya primera edición vio la luz en 1938, fue considerado por la autora su libro favorito. El legado campesino está muy presente en sus páginas. No hay que olvidar, como indica Véronique Jago-Antoine, que “Marie Gevers era hija de una época que vio la Revolución Industrial relegar el mundo rural, sus conocimientos y sus prácticas a los márgenes del progreso, y que su educación y su obra, se modeló con la intención de conjurar la amenaza de que nadie recogiera el testigo para preservar ese patrimonio”.

En lo que respecta a su vida personal, Gevers se casó en 1908 con Frans Willems, sobrino del escritor Antoon Bergmann, con quien tuvo tres hijos, uno de ellos el destacado escritor Paul Willems (1012-1997), muy influenciado por los relatos y las leyendas que le contaba su madre. Como nota curiosa, destacar el hecho de que el marido de la escritora, en su faceta de ilustrador, animó con sus imágenes algunos de los evocadores escritos de esta. De él se conserva un “hermosísimo conjunto de acuarelas inspiradas en el paso del tiempo en el jardín de Missembourg”, leemos en el epílogo de El placer de los meteoros, esta obra tan visual, pictórica, llena de colores y de vivencias sensoriales, que nos pone delante de los prodigios de la naturaleza, de esos sutiles milagros, fugacidades, que acaecen a nuestro alrededor y que solo se muestran a quienes están dispuestos a detenerse y mirar.

El placer de los meteoros ha sido publicado por Errata naturae, traducido por Vanesa García Cazorla, con epílogo de Véronique Jago-Antoine.


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