Emma Rodríguez © 2024 /
Annie Ernaux inició un diario muy singular en 1985, en el que se propuso “practicar una especie de escritura fotográfica de lo real”. Lo mantuvo hasta 1991, haciendo que entraran en él escenas y retratos cotidianos, observaciones, noticias, situando su objetivo en ráfagas de vida de otras personas, en gestos y conversaciones que llegaban a ella en su día a día, cuando viajaba en tren o en metro desde su lugar de residencia, Cergy-Pontoise, una ciudad de nueva edificación situada a cuarenta kilómetros de París; mientras acudía a los supermercados, a la peluquería…; a todos esos lugares en los que las existencias se cruzan, en los que somos conscientes de realidades que se nos escapan mientras estamos inmersos en nuestros devenires particulares.
De esa mirada curiosa, de ese proceso de escritura, nació Diario del afuera, que ahora publica en castellano Cabaret Voltaire, la editorial donde podemos encontrar los muchos títulos (Los armarios vacíos, La mujer helada, Memoria de chica, La ocupación, Una mujer, Los años...) que conforman una obra adictiva; ya que Ernaux incita a seguir leyéndola, a seguir descubriéndola, descubriéndonos a su lado. El original trayecto de esta mujer, nacida en Normandía en 1940, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2022, ha ido avanzando al hilo del transcurrir de sus vivencias, de sus heridas y superaciones, de sus pasiones, obsesiones y búsquedas.

La intimidad es el material básico del que parte, moviéndose siempre en los alrededores de una biografía, la suya, que desnuda sin pudor desde la distancia que le proporciona la escritura, sirviendo de reflejo a la de otras muchas mujeres de su generación, y no sólo, pues, una y otra vez, saca a la luz experiencias universales de dominación, de desigualdad; situaciones de humillación de clase, de género, que suelen estar excluidas de los relatos, de la literatura.
“Nuestro verdadero yo no está por entero en nosotros”, frase extraída de Diálogos de Jean-Jacques Rousseau, elegida como cita para abrir Diario del afuera, explica muy bien el espíritu de un libro en el que la escritora recurre a la descripción directa para apresar instantáneas del transcurrir cotidiano colectivo, una preocupación, un anhelo, presente en todo su recorrido, aunque aquí utilice una perspectiva diferente. “Creo que es la forma de mirar qué hay en los carritos junto a las cajas de un supermercado, en las palabras que se pronuncian para pedir un filete o apreciar un cuadro, donde se leen los deseos y las frustraciones, las desigualdades socioculturales. En la cajera humillada por la clienta, en el mendigo que pide dinero y al que la gente evita, en las violencias y las vergüenzas de la sociedad –en todo lo que parece anodino y carente de significado por ser demasiado familiar u ordinario–”, expone, señalando un poco después que “el hipermercado ofrece tanto significado y verdad humana como la sala de conciertos”.
Busca la autora una y otra vez “signos de la literatura en la realidad” en esta sugerente y breve entrega, llena de tránsitos y de cercanías, en que la vemos desplazándose desde su Ciudad Nueva casi siempre en el transporte público, también en ocasiones en su coche, que la lleva a parkings solitarios en los que no puede dejar de pensar en escenas violentas. Los espacios a los que acude Annie Ernaux son los de cualquiera; la gente con la que se cruza, los diálogos que escucha (entre indigentes; entre dependientas; entre madres e hijas…), que memoriza o tal vez apunta para después trasladarlos a su diario, se asemejan a escenas similares de nuestras vidas en el centro de las urbes en las que vivimos, en sus periferias. Por eso este libro, escrito a modo de ráfagas, que recoge frases pintadas en los muros de las calles por las que pasamos, así como noticias, leídas en distintos medios, que pueden sorprendernos; este libro, recorrido por agudas observaciones, por una mirada siempre atenta, nos resulta tan próximo.
En «Diario del afuera» busca Annie Ernaux “signos de la literatura en la realidad”. Los espacios a los que acude son los de cualquiera; la gente con la que se cruza, los diálogos que escucha se asemejan a escenas similares de nuestras vidas.
No puedo evitar establecer una comparación entre los deseos de la autora por acercarse a las vidas de los otros, por captarlos en su cotidianidad y reflejar lo común a toda una época, y la pasión de Vivian Maier por disparar su cámara sin parar a la gente en las calles, en sus entornos habituales. Los escritos de la primera, que de hecho habla de “escritura fotográfica”, me trasladan a las imágenes y a la trayectoria existencial de la segunda, que para mí ocuparon un tiempo que transcurrió en paralelo al de esta inmersión en el territorio Ernaux. El retrato de la desigualdad, la defensa de los derechos de los más desprotegidos, la causa feminista –a la que Maier se sentía afín y en la que se ha involucrado a fondo Ernaux– está presente en ambos recorridos. Pienso en que cuando la fotógrafa murió, en 2009, la escritora tenía 69 años. Me pregunto hasta qué punto han podido interesarle sus instantáneas…

En fin, se trata de paralelismos, de complicidades que de repente aparecen en el camino. Y hablando de complicidades, hago entrar en este artículo otra estimulante entrega que tiene como protagonista a la autora francesa: Escribir la intimidad, que da cuenta de una larga conversación con la socióloga Rose-Marie Lagrave (París, 1944), especializada en cuestiones de género. Debemos a la editorial altamarea la publicación de este libro que nos sitúa muy cerca de Ernaux, de su visión del mundo, de sus pensamientos y reflexiones, al tiempo que despierta la curiosidad por su interlocutora, en cuyo haber destacan ensayos como Se ressaisir (publicado en Francia en 2021, no traducido al castellano), una obra que aparece constantemente en la charla entre ambas, de la misma manera que las distintas novelas de Ernaux.
En el diálogo del que os estoy hablando, magníficamente engarzado a partir de dos encuentros –un coloquio y una entrevista complementaria–, donde salen a la luz las diferencias entre ambas mujeres, sus distintos puntos de vista respecto a determinados temas, pero, sobre todo, las coincidencias biográficas, de sentimientos y emociones compartidas, de luchas, compromisos y evoluciones similares, pues ambas son de la misma época, se cruzan el enfoque sociológico y el literario, dos ámbitos diferentes que acaban encontrándose.
En los itinerarios de las dos autoras resulta clave el análisis de la movilidad social (abandono de los orígenes para ascender, vía educación, hasta otro escalafón). Sus trabajos participan directamente de la experiencia, se aproximan en la constatación de que “el género no se considera un factor independiente que se añade a la perspectiva de clase: ambas dimensiones están interconectadas”, como se señala en la introducción (con triple autoría de las investigadoras Sarah Carlota Hechler, Claire Mélot y Claire Tomasella), quienes argumentan que, a través de sus trabajos, tanto Ernaux como Lagrave nos ayudan “no solo a comprender mejor las relaciones de dominación que estructuran nuestras vidas; también nos animan a actuar colectivamente hacia la emancipación”.
La estimulante entrega «Escribir la intimidad» da cuenta de una larga conversación de Annie Ernaux con la socióloga Rose-Marie Lagrave, con la que comparte, entre otras muchas cosas, la experiencia de la movilidad social.
Os aseguro que el intercambio de pareceres, resulta interesantísimo, ameno, sincero, revelador. Para quienes ya llevan tiempo transitando por las literaturas de Ernaux, este libro supone un regalo, pues proporciona valiosas claves para situarla en su centro, para entenderla mejor. Quienes aún no la hayan leído, es un buen punto de partida, porque a través de la conversación van asomando sus distintas entregas, sus grandes temas, su capacidad para nombrar lo que parecía innombrable; para transgredir. Quien se considera una “etnógrafa de sí misma” se ha convertido en su propio objeto de observación; ha retratado a su familia sin tapujos; ha puesto voz a la opresión; se ha enfrentado a lo que normalmente se oculta, a lo que se mantiene en secreto, porque duele, porque avergüenza: la pasión amorosa llevada al límite, la violación, el aborto…

Le hace saber Rose-Marie Lagrave a Annie Ernaux: “De libro en libro, ya nunca te dejé escapar; corría a las librerías con cada nueva publicación. Y no era la única; muchas mujeres de la generación de Mayo del 68 se identificaban o se veían reflejadas en tus obras. Allí encontrábamos un camino, sin duda diferente del tuyo, pero que traducía poderosamente lo que sentíamos sobre las limitaciones de la época, la manera de sentir rabia por las asignaciones de género, la voluntad de escapar de ellas a pesar de todo. Tu escritura, con su alcance universal, arrastraba a las otras consigo, y yo quedé atrapada en su red. Me reconocía completamente en tus textos, a pesar de las distintas experiencias y acontecimientos vividos, ya que a diferencia de ti, no he sufrido ni aborto ni violación. Aportaste a nuestra generación una especie de brújula sin carácter normativo, basada en la escritura de experiencias comunes (…) Nos abriste puertas animándonos a encontrar recursos en nosotras mismas para diseñar, a grandes rasgos, un mundo mejor. Tus libros eran un incentivo y un apoyo constante: sí, no estábamos solas, ella está ahí, y ahí sigue”.
«De libro en libro, ya nunca te dejé escapar; corría a las librerías con cada nueva publicación. Y no era la única; muchas mujeres de la generación de Mayo del 68 se identificaban o se veían reflejadas en tus obras», Le hace saber Lagrave a Ernaux.
Este reconocimiento del poder de la literatura para transformar las miradas, incluso las vidas, me parece muy luminoso en un libro cargado de fuerza, de verdad. Es mucho lo que llama mi atención de la conversación que lo nutre, pero me limitaré a destacar algunos temas tratados, algunos fragmentos que me han resultado especialmente significativos. La situación de las mujeres, su historia, los obstáculos a su paso para posicionarse profesionalmente, más acentuados si proceden de clases humildes, es uno de los pilares de la charla. Ambas autoras tuvieron que compaginar sus estudios, sus investigaciones y escritos, con las labores del hogar, con el cuidado de los hijos; las dos experimentaron el machismo: en sus casas, en los centros de trabajo, conscientes de lo mucho que tenían que esforzarse para seguir adelante, para cumplir sus deseos (liberarse, ser tratadas como iguales, desarrollar sus vocaciones).
Sobre todo esto, común a tantas mujeres, de ayer y de hoy, hablan. Y se centran en sus vivencias comunes como “tránsfugas de clase”; en el proceso de salir del entorno rural y obrero donde habían nacido y crecido para acceder, a través de la educación, de la adquisición de cultura, al mundo burgués, no sin un sentimiento de culpa, de traición, en la mochila; mayor en el caso de Annie Ernaux, que trata el asunto ya en su primera novela biográfica, Los armarios vacíos.
“Nunca me ha asustado escribir la intimidad, porque, al hacerlo, experimento una sensación de distancia, como si fuera otra persona”, confiesa en un momento dado, mientras que Lagrave reflexiona sobre sus limitaciones a hablar de sí misma desde el marco de la investigación sociológica, que obliga a documentar, a aportar estadísticas, entrevistas, para demostrar que el objeto de estudio no es algo personal, fruto de la mera experiencia, de la subjetividad. En su libro Se ressaisir, donde analiza el transfuguismo de clase desde la perspectiva de una feminista, rastrea sus orígenes durante tres generaciones y une sus vivencias a las de sus hermanos (proviene de una familia numerosa de once hijos) “para comprender cómo han conseguido los once niños reconvertirse socialmente sin ser necesariamente estudiantes extraordinarios”.

La sensación de estar “escindidos”, muy fuerte en Ernaux; los principios de la educación católica, que Lagrave introduce en su ensayo, y que impregnan los recorridos de ambas, destacan en un trayecto que también se abre a las lecturas de referencia; a los libros que las han marcado (ambas se reconocen fuertemente influenciadas por Bourdieu). Y, asimismo, al compromiso político, clave en el devenir de estas dos mujeres progresistas, feministas, defensoras de los derechos humanos, de la igualdad en todos los ámbitos de la vida; muy críticas con cualquier modo de racismo y de colonialismo.
La escritora hace hincapié en las “reacciones ofendidas” ante sus libros, cuyos temas han sido considerados en ocasiones “de mal gusto” por la sociedad bienpensante, por “el mundo endogámico literario”. La socióloga alude a que “la referencia a libros de sociología escritos por mujeres es bastante reciente, con las obras de Christine Delphy, y luego las autoras anglosajonas”.
Se consideran temas como la urgencia de que los hombres asuman que han de analizar su masculinidad, algo que detectó la antropóloga francesa Françoise Héritier, quien, señala Annie Ernaux, vio en la ausencia de estudios sobre “el hombre adulto y la masculinidad”, “un agujero negro” y un silencio que legitiman todo lo que le ha sucedido a la humanidad”. La escritora saca a relucir esta asignatura pendiente, tan apremiante tras el movimiento MeToo, inicio de una corriente imparable de visibilización de humillaciones y abusos de poder contra las mujeres.
Soy consciente de que me dejo muchas cosas en el tintero, pero no puedo evitar mencionar, ya en el último trecho del diálogo, la reflexión que se hace sobre la vejez, etapa que atraviesan, con indudable lucidez, nuestras dos protagonistas, quienes se consideran unas privilegiadas por no haber conocido “la penosidad del trabajo físico”; quienes reconocen “la angustia ante la perspectiva del deterioro y de la dependencia”, como indica Rose-Marie Lagrave, señalando como punto de partida la necesidad de restablecer “la vulnerabilidad, la fragilidad, la solidaridad y la preocupación por los demás y por uno mismo para contrarrestar los valores dominantes –la rivalidad, la competencia, la violencia de las relaciones sociales o la obligación de abrirse paso a la fuerza–”.
EL compromiso político es clave en el devenir de estas dos mujeres progresistas, feministas, defensoras de los derechos humanos, de la igualdad en todos los ámbitos de la vida; muy críticas con cualquier modo de racismo y de colonialismo.
Solo así será posible envejecer dignamente en las sociedades que habitamos. No me resisto a transcribir las palabras con las que prosigue: “Sería necesario poder ser viejos toda la vida para ralentizar los ritmos en el trabajo, para defender una sexualidad alejada de la práctica de la penetración, para atreverse a decir lo que obstaculiza la autonomía y confesar que necesitamos a los demás…”

Me parece muy hermoso este final, al que añado parte de la intervención de Annie Ernaux: “El tiempo que tengo por delante sigue siendo indefinido (…) No creo que podamos prepararnos para envejecer (…) No podemos adentrarnos en el cuerpo y el pensamiento de la persona que seremos (…) Vale más vivir el presente plenamente”.
En el volumen se incluye, además de la introducción ya citada, muy esclarecedora, un magnífico epílogo del sociólogo Paul Pasquali, quien nos invita a continuar la conversación. Recorre el autor las trayectorias de las dos mujeres que charlan, que comparten ideas y confidencias, aludiendo a sus libros, entre ellos a Los años, de Annie Ernaux, una entrega en la que da cuenta del paso del tiempo, de las edades, de los movimientos y las transformaciones sociales, a la que ya dedicamos otro artículo en una pasada edición de Lecturas Sumergidas.
Diario del afuera, de Annie Ernaux, ha sido publicado por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez Jiménez.
Escribir la intimidad (Annie Ernaux / Rose-Marie Lagrave), traducido por Gloria Pérez Rodríguez, ha sido editado por altamarea.









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