Óscar Hernández Arteaga © 2024 /
La literatura de memorias siempre me pone en perspectiva sobre los años que vendrán. Ni siquiera pienso en los días futuros. Procuro no crearme ese estado ansioso sobre el futuro incierto. Pero acudo a las memorias de Barbara Probst Solomon con su libro Los felices cuarenta como si me acercara a un recuerdo vívido. Y yo nunca estuve en Nueva York ni estudié en esos colegios caros. Ni recibí esa educación de genios y artistas. Sin embargo, el libro me llega como una revelación de lo que pude ser o fui y de lo que quizás podría ser. Es el poder de los libros de memorias.
También me acuerdo del libro de Roger Bartra llamado Antropología cerebral que tiene un capítulo dedicado a lo que denomina la memoria artificial. La memoria a la que acudimos como un apéndice, que es externa y que sin embargo nos vincula con el yo que fuimos y con el que nos gustaría ser. Una memoria proyectada en el futuro incierto del ansioso.
Siempre huyendo.
Es lo que me han dicho.
Bueno, estoy leyendo Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi. Me interesé por él porque Enrique Vila-Matas lo nombra en un ensayo recogido en el volumen El viento ligero en Parma. Es un libro que me ha servido para darme cuenta del paso del tiempo. Esta mañana estuve escuchando Sowing the seeds of love, la canción del grupo Tears for fears. Y me ocurrió que viajé en el tiempo con esta canción. Pienso en el novelista implicado en lo social. Y me pregunto qué tipo de novelista sería yo. Creo que la postura política se deja entrever en los temas y en el tratamiento. Podemos hablar del pasado y de algún tipo de revolución. Podemos hablar del auge de la ultraderecha y del temor a que se nos vaya de las manos. Y volver a repetir los errores del pasado.

Sin embargo, el pasado que me evoca la canción de Tears for fears, es otro pasado. Es un pasado casi inventado por la música. Creo reconocer influencias de Los Beatles. Pero al mismo tiempo es como si la canción, musicalmente hablando, me dijera cosas. Aparte del mensaje pacifista y del amor universal que tiene la letra, creo que lo que más me fascina son los cambios, la instrumentación y las voces; y está ese momento casi al final que es sin duda mi preferido, como si renaciera la canción, y conectara con el mensaje de la letra. Recuerdo que se le criticaba a Christopher Nollan (por ingenuo) su metáfora sobre el amor en la película Interstellar, ese tapiz de ciencia ficción, drama psicológico y canto al amor más allá del tiempo y del espacio.
En ella contemplamos a un piloto que no sabe pilotar muy bien sus emociones, que decide salvar el mundo y abandonar a sus hijos para que los críe su suegro. Finalmente, es lo que tenía que pasar. No quiero caer en la cultura de la cancelación y censurar una película que por otra parte me parece emotiva y visualmente muy poderosa, con una música memorable. Pero es cierto, que el argumento cuando lo analizas bien, es bastante curioso. Se justifica todo por el amor de la hija y del padre. Y me acabo perdiendo en las explicaciones científicas (o pseudocientíficas) para entender el giro final.
Manejo el libro La cultura de la cancelación en Estados Unidos, de Costanza Rizzacasa. Creo que es una buena oportunidad para hablar de él en este artículo o crónica desesperada. La historia de la humanidad es casi la historia de la técnica y la tecnología. Desde los primeros instrumentos básicos o la invención del fuego, podemos decir que nuestra manera de sobrevivir es la de transformar la naturaleza y externalizar nuestra inteligencia en el mundo.
En estos días me he presentado a unas oposiciones para profesor de Filosofía. Tienes que hacer un examen escrito y una prueba oral, en la que defiendes una unidad didáctica o situación de aprendizaje. Expones su descripción, su justificación, su contexto, su fundamentación curricular, su metodología y la manera de evaluarla. Y si hay posibles conexiones con los planes, proyectos o programas, también los incluyes. Es una tarea en la que no soy experto. Normalmente la gente se prepara durante un año para algo así, y yo como siempre me presento casi como por inercia y por probar suerte, me falta la disciplina del estudiante aplicado. En estas oposiciones, llamadas extraordinarias, además parece que se han presentado pocos, porque están diseñadas para los interinos, para estabilizarlos. ¿Estabilizarlos?

Tengo muchos nervios el día del examen y salgo un poco humillado. No me han hecho ninguna pregunta. Mi unidad trataba sobre la tecnología digital y su incidencia en la vida cotidiana. El pasado tecnológico es un presente digitalizado, aunque no sé muy bien qué significa eso.
Van pasando los días y sigo trabajando en la biblioteca. Intento escribir algo coherente y me voy dando cuenta de las conexiones en estos días. Mi preocupación por el discurso público, la exposición oral, la temática sobre la que me interesaba (la tecnología digital), las conexiones con el currículum escolar y los ítems que te evalúan; el hecho de que al ser docente tienes que lidiar con todo esto y con la sociedad actual. Y acudo a las redes sociales y me doy cuenta de lo adictivo y del chute de endorfinas que necesito casi a diario. Intento abandonar por unas horas el mundo digital y quedarme con lo analógico. Es tecnología, pero de otra manera. Me entero de los buenos resultados del equipo masculino de fútbol español y los partidos que se celebran son un tema de conversación en el gimnasio, donde soy simplemente un oyente despistado.
Sin embargo, no quiero cancelar nada, quizás el odio que surge del desconocimiento y de la frustración que tanto alimenta hoy en día cierto populismo. Es muy difícil estar informado. Es muy fácil saturarse y no asimilar nada, ser un superficial que apenas tiene el poder de concentración necesario para leer una página de un libro.
Intento hacer algo de deporte, me ha dado por hacer botar una pelota de baloncesto e intentar lanzarlo a un aro. Lo hago en un contexto casi ideal. Rasco algunos minutos por la mañana y acudo con mi balón a una cancha cercana a mi casa. Mientras voy botando, intento no pensar en nada. Pero miles de cosas me vienen a la cabeza. Hago recorridos diferentes hasta llegar al aro, y los repito con perseverancia y testarudez, hasta que me llega el sudor a la frente. Es otro chute de endorfina y no hay ninguna pantalla a la que recurrir.
Creo que los años que vendrán, serán de cancelación y de miedo, pero también habrá momentos para algún partido improvisado en la cancha cercana a mi casa. Respiro el olor de la pinocha de los árboles que me rodean y me doy cuenta de que eso es un privilegio. El tiempo ha pasado y al mismo tiempo no. Hay algo de ciencia ficción en las memorias y en la memoria artificial. Y ya voy recopilando todo y asumiendo que aunque pierda la memoria, los hechos pueden repetirse incesantemente para que no haya olvido. Creo, que si enseñara Filosofía a adolescentes, intentaría resaltar la cuestión crítica de la memoria.
El pasado se desata cada día y se falsea. La política se instrumentaliza y el peligro acecha. Hay guerras y muertes e injusticias incontables y sin embargo intento rascar un poco de tiempo para contar todo esto. La escritura y la reflexión se confunden. Me siento un privilegiado por haber nacido donde he nacido, pero por cuánto tiempo será así. El estoicismo de las redes sociales, el que conviene al sistema, promueve la aceptación de los hechos, para mantener la falsa ataraxia. La no perturbación que conviene al sistema capitalista. A este argumento, se me puede replicar que simplemente sobrevivimos y que somos activistas de sofá porque es lo que nos permite el miedo a perder nuestra condición de primer mundo y porque al mismo tiempo nos alivia la conciencia el simple hecho de compartir unas imágenes horrendas de niños mutilados.

Sin embargo Marco Aurelio (un estoico famoso) decía: “Lo entrelazado que está el hilo en el tejido y lo estrechamente entretejida que la red está.” Diría que la vida es un tejido y que estamos conectados a pesar de lo digital y las redes sociales. Diría que la vida es el propio hilo. Y que ser un vividor, en el mejor sentido de la palabra, es lo único honesto que podemos hacer. Me viene a la cabeza la canción Lifer (Vividor) de Wye Oak, con la voz de ella y el sonido de su guitarra un poco rota. Diría también que las palabras y su urdimbre, recordando a Irene Vallejo en su maravilloso El infinito en un junco, es lo más cercano a esa conexión entre enhebrar historias frente a una rueca o frente a una hoguera, y recuerdo a mi abuela contando historias, mientras pelaba las papas para el potaje. Coser y cocer la historia y los cuentos de esa historia.
La esperanza de la palabra y de su permanencia en la memoria es lo que me queda en estos días de incertidumbre. Busco la canción Lifer de Way Oak y voy siguiendo sus versos, los acordes brillantes, el sólo de la guitarra eléctrica, hasta llegar al estribillo: «I believed that i was Lifer/ I believed that life could be better» (Creía que era un vividor/ Creía que la vida podría ser mejor). Un existencialismo de madurez con el que voy apagando esta crónica y la pantalla donde percibo la luz artificial de las palabras digitales. Una urdimbre diferente.









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