Emma Rodríguez © 2024 /
Herida fecunda, de Sandra Lorenzano, es un libro que llega a mis manos en tiempos en los que los migrantes están en el punto de mira de quienes cultivan el odio a nivel global. En un presente en el que parece que nos hemos acostumbrado a las imágenes de la crueldad: cierre de fronteras, muertos en el mar, persecusión, violencia física y verbal contra quienes se ven forzados a buscar un mejor horizonte, abro las páginas de este ensayo de la narradora, poeta, ensayista y profesora argentina, un ser con el corazón dividido entre su país de nacimiento, que hubo de abandonar junto a su familia en 1976, en la oscura etapa de la dictadura militar, y México, lugar de acogida. Una y otra vez se refiere nuestra protagonista a su condición de “argenmex”, una palabra rara que nombra una situación de movimiento, de adaptación, de extrañeza.
“El exilio, las pérdidas, el desarraigo “hermanan” a hombres y mujeres de diferentes épocas y geografías, dentro del imaginario de cada uno de los exiliados; esta imagen mitiga un poco la soledad”, leo en esta obra de la que comienzo a hablaros, un ensayo original que atraviesa tiempos y enlaza voces diversas, una especie de diario íntimo en el que la autora se busca: en sus orígenes, en sus identidades, en sus edades… ¿Dónde quedó la niña que se marchó y dejó atrás tantas cosas? ¿Qué se perdió y qué se ganó en el camino? ¿Qué queda de ella en la mujer en que se ha convertido, ya con más de 60 años, empezando a hacer frente a la vejez? Me ha gustado el carácter mixto de este trayecto en el que lo personal y lo colectivo se encuentran. Lorenzano habla de sí misma, se confiesa, en un momento de la vida propicio a la mirada hacia adentro. Lleva en la mano su equipaje personal y arrastra un pesado baúl en el que caben recuerdos de otros muchos hombres y mujeres, objetos queridos, viejas fotos amarilleadas, cartas para ser salvadas del olvido.
Partir del yo, de lo íntimo, de la poesía secreta, es una de las mejores maneras de abrir las compuertas de la comprensión, de la escucha. Al hablar de sí misma, de sus experiencias, consigue la escritora que nos adentremos en esos paisajes de la quiebra, del desplazamiento, mejor del “dislocamiento”, al que tanto se refiere. Y entonces comprobamos que no está sola en el camino, que son infinidad las personas que avanzan a su lado. Entendemos que en ese acompañamiento encuentra la energía y el abrazo necesarios para seguir adelante, para reconciliarse con su destino.
En «Herida Fecunda» Sandra Lorenzano Lleva en la mano su equipaje personal y arrastra un pesado baúl en el que caben recuerdos de otros muchos hombres y mujeres, objetos queridos, viejas fotos amarilleadas, cartas para ser salvadas del olvido.
Me detengo en uno de los pasajes iniciales del recorrido. Se titula Umbrales. Lo transcribo: “¿Un umbral hacia qué, hacia dónde? ¿Hacia qué mundos? ¿Hacia qué transformaciones? ¿Cuál es exactamente el umbral que marca un cambio? ¿Cuál fue para mí? ¿La madrugada del 7 de julio de 1976 cuando aterrizamos en otra tierra? ¿El momento en que nuestros padres nos anunciaron que nos íbamos a México, pero que no podíamos contárselo a nadie? ¿Cuándo supimos los nombres de los primeros desaparecidos amados? ¿De los primeros muertos? ¿Cuándo tuvimos que dejar la casa y escondernos con la abuela? ¿Cuando en el 68 mi papá estuvo preso “a disposición del poder ejecutivo nacional”, como se decía entonces? ¿Cuándo en el 66 entró corriendo la vecina a decirle a mi madre que no nos mandara a la escuela porque había golpe de estado?
Cruzamos umbrales de manera permanente casi sin darnos cuenta. Estamos siempre en un “entre”. El exilio lo recalca. Hace casi cincuenta años que vivo ahí, en ese “in-between”. A veces envidio a la gente que se siente bien plantada en un solo lugar. Otras veces agradezco las ausencias que me habitan. Añoro lo que no tuve. Saudades”.
Conocemos, porque las hemos leído, porque hemos visto películas, muchas historias dramáticas de la oscura Argentina de Videla. No es nada nuevo lo que nos cuenta Sandra Lorenzano, pero sí la manera en la que nos lo cuenta, ya con suficiente distancia para observar y observarse, para profundizar en lo vivido y a partir de ello situarse, reconocerse. Son muchos los trechos en los que va rescatando retazos del pasado, a partir de fotos, de escenas fijadas en la memoria, de personas y lugares, caso del idealizado jardín de la madre.
Me resultan conmovedores esos tramos biográficos y me llevan a preguntarme, mirando a la situación del país hoy, de qué manera, en qué momento, tantos argentinos olvidaron las tragedias del pasado, la tenaz lucha por instaurar la democracia, depositando su confianza en gobernantes que para nada respetan los derechos humanos, dispuestos a borrar de un plumazo el horror del ayer. Y sí, sé que la pregunta es aplicable a muchos otros lugares, a la Europa actual… Pero no quiero desviarme de los senderos que abre Herida fecunda, un libro que cautiva con su tono introspectivo, reflexivo, un discurrir lleno de interrogantes que nos llevan a iniciar un diálogo fértil. Hay momentos en los que la autora introduce poemas en el camino, poemas suyos o de otros autores. Hay ocasiones en las que nos invita a conocer interesantes obras de artistas que han tratado el tema de las migraciones desde distintos puntos de vista.

La ensayista toma de la mano a exiliados que ha conocido, a los que ha leído, al tiempo que da voz a tantos migrantes anónimos que emprenden tortuosos itinerarios, poniendo en juego sus vidas. En más de una ocasión confiesa que se siente avergonzada por haber podido huir de su país de manera tan suave, a los 12 años, con su familia, en un vuelo regular, sin obstáculos añadidos, solo con la pena y la incertidumbre a cuestas. Hay un capítulo al respecto, ya en la parte final, titulado No fui Darcy, realmente estremecedor.
“No, no fui Darcy, ni Warsan, no llegué en una patera, no crucé el desierto, no me encontraron en un tráiler ni subí al lomo de la Bestia. Comparto la herida. También quise irme a casa; también mi casa era la boca de un tiburón. “Seis de cada diez mujeres migrantes son violadas en su paso por México”, dice el titular del periódico. “Cuarenta y nueve migrantes mueren en el incendio a una estación migratoria en Ciudad Juárez”, otro. “Son cárceles”, dicen. “Había mujeres y niños”. “72 migrantes asesinados en San Fernando, Tamaulipas”. La familia de Jaime recibe en Ecuador un bote de leche con las cenizas de su hijo. Cortesía del gobierno de México. La madre de Alina sigue buscándola. En la última llamada que le hizo le dijo que estaba en Nogales. Entre San Salvador y Nogales hay casi cuatro mil kilómetros que ha recorrido una, dos, tres veces, preguntando por su hija. / No, no fui Darcy, no fui Warsan, ni Jaime, ni Alina. ¿”Comparto la herida», escribí? Bórrenlo. Nuestro exilio a veces me da vergüenza”.
Llegada a este punto coloco la palabra vergüenza en primer plano. La escritora cita en este texto dramas vividos en América Latina, pero no nos quedemos ahí. La migración se cobra vidas y vidas en los mares que conducen a las costas españolas y de otros países europeos. Y hay tantos políticos de ultraderecha que explotan electoralmente la situación, que azuzan el odio contra quienes, según dicen, se quedarán con los trabajos, con las ayudas, y aumentarán la inseguridad en los lugares de llegada… Hay tanta gente dispuesta a seguir esos discursos, a ver como enemigos a otros seres humanos que solo buscan sobrevivir… Hay tantas personas que han olvidado que sus antepasados hubieron de partir hacia otros países en busca de mejores amaneceres; que no piensan que tal vez ellas, un día, hayan de emprender la partida… Las sociedades que habitamos, me atrevo a decir, provocan vergüenza. Yo la siento cada día y me confieso conmovida por el reconocimiento de la misma por parte de alguien que se ha visto directamente afectada por el dislocamiento de su destino, que ha dedicado parte de su trayecto a dar voz a los desarraigados, a los silenciados.
Hecho de pequeños fragmentos de memoria propios y ajenos, de reflexiones, de travesías, esta entrega, inspiradora y conmovedora, es capaz de ponernos en la piel de los otros, de añadir esa necesaria humanidad y empatía que se pierde en los discursos mediáticos que generalmente se basan en la frialdad de los números, de las estadísticas, que no atienden a las historias personales, a las vivencias de quienes no tienen otro camino que huir de las guerras, de la represión, de la pobreza de sus lugares de origen.
Hecho de pequeños fragmentos de memoria propios y ajenos, de reflexiones, de travesías, esta entrega, inspiradora y conmovedora, es capaz de ponernos en la piel de los otros, de añadir esa necesaria humanidad y empatía que se pierde en los discursos mediáticos basados en la frialdad de los números.
Mapas y álbumes de la memoria, imágenes que lo dicen todo, como la de las Madres de la Plaza de Mayo en su “ronda antigua y desgarrada”. Violencias compartidas en Argentina, México, Colombia… Sandra Lorenzano nos estremece, nos lleva a implicarnos, a pensar sobre circunstancias a las que no podemos dar la espalda. Nos habla de la experiencia de cruzar umbrales, fronteras, en este ensayo que indaga en la construcción de la identidad, de una identidad hecha de jirones, de distancias, cicatrices y desdoblamientos. “Hablo dos versiones del mismo idioma. Contaminados siempre el uno por el otro, por mucho que intente mantener claras las fronteras. Aunque lo cierto es que cada vez me esfuerzo menos por disimular el “vengo de otra parte”. Será la edad. Cuando empecé a dar clases me moría de vergüenza si de pronto me salía una S aspirada o alguna palabra rioplatense”, nos cuenta.
Es el suyo un ejercicio de autoexploración que profundiza en las transformaciones, en lo que se deja de ser para iniciar nuevas etapas, en los desafíos que acompañan el paso del tiempo. A la manera de un diario, como os decía, la autora se acerca a lo más inmediato, se detiene en el paréntesis que supuso la pandemia y el posterior confinamiento en 2020( encierro, intemperie, fragilidad, búsqueda de “madrigueras tibias”) y afronta el tema de la propia vejez. Lo hace en pasajes cargados de sinceridad en los que se mira en el espejo y le cuesta, ya superados los 60 años, reconocerse, aceptar las marcas en la piel del paso del tiempo. “Me cuesta aceptarlo, pero sí, esa “mujer mayor” soy yo”, confiesa, sacando a la luz impresiones, rodeos en torno a esa extraña etapa de la vida en la que se percibe una mudanza vital, emocional.

Transmite muy bien Lorenzano el discurrir de ese proceso: la desubicación, la angustia por la velocidad a la que pasan los días, el aprecio del tiempo, que cada vez más se percibe como un tesoro. “Mi mamá decía que con los años una tiene la cara que se merece. Y sé que tenía razón, aunque no entiendo bien qué quiere decir de mí esta imagen que veo. Cada mañana me sorprendo de no ser la que era hace veinte años. Y me sorprende mi sorpresa”, nos cuenta. Y más adelante expone: “Hay quienes ponen su empeño, su obsesión y su dinero en alcanzar esa imposible panacea: la eterna juventud. Botox, cirugías y demás, están a la orden del día. Otras, más cobardes, o más pobres, o más resignadas, preferimos seguir sorprendiéndonos de nuestro propio envejecimiento y aceptando –aunque sea a regañadientes– la cara “que nos merecemos”.
La escritora realiza un ejercicio de autoexploración que profundiza en las transformaciones, en lo que se deja de ser para iniciar nuevas etapas, en los desafíos que acompañan el paso del tiempo. En Pasajes llenos de sinceridad afronta el tema de su Propia vejez.
El amor, el erotismo, la ternura, están presentes en esta entrega en la que Sandra Lorenzano da cuenta de su relación con la mujer amada como un espacio para seguir siendo joven. Un trecho del camino donde encuentra la complicidad en las palabras de la autora uruguaya Cristina Peri Rossi, exiliada en España, quien escribió: “… de todas las catástrofes, incluida la del exilio, nos salva la libido”, una frase que “enmarca una propuesta poética atravesada por el erotismo, el deseo, el gozo, las pieles”, señala Lorenzano, trazando un puente con otra escritora, la feminista Audre Lorde, quien aborda en su obra el poder de lo erótico. “Y no estamos hablando solo de sexualidad, sino de una conexión profunda con la existencia toda, con el gozo, con la capacidad de sentir, de crear, de abrazar”, apunta nuestra protagonista.
Los versos, las palabras, las experiencias de Peri Rossi, están muy presentes en este trayecto. Ya en las citas de inicio se incluye una suya, extraída de la obra Conversaciones americanas, de Reina Roffé. “El exilio ha sido la experiencia más dolorosa de mi vida y también la más enriquecedora. Con el dolor podemos hacer dos cosas: Convertirlo en odio, en rencor, o elaborarlo, sublimarlo y convertirlo en crecimiento, poesía, literatura, fraternidad, solidaridad con las víctimas. Este fue mi camino”.
Esta declaración de la narradora y poeta uruguaya define muy bien el espíritu de Herida fecunda, título que parte de las declaraciones de otra exiliada, la autora argentina Clara Obligado, que lo toma de Clarice Lispector, quien sabía mucho de desarraigos, mudanzas y tránsitos. “No me gusta ver la trashumancia o el exilio o como quieras llamarlo, no me gusta verlo solo como un hecho negativo. Me parece que también es, como Clarice Lispector decía, una herida fecunda”, sostiene Obligado, a lo que añade Lorenzano: “La quebradura como ruina. Como herida. Dolor zurcido. Fecundado”.
Hay muchas presencias, compañías, en este original ensayo-diario que podemos definir también como una larga conversación, como un enriquecedor cruce de tiempos, de voces, de experiencias, de asideros. María Zambrano, que cruzó la frontera entre España y Francia el 28 de enero de 1939, con su madre y su hermana Araceli, huyendo, como tantos otros republicanos, de la violencia de la Guerra Civil, e iniciando a partir de ahí “un largo peregrinaje por distintas ciudades y países, pero sobre todo un profundo viaje por el pensamiento”, se encontró en su ruta con Antonio Machado.
Caminaron juntos hasta la frontera de Portbou, la misma en la que un año y medio después se quitó la vida Walter Benjamin, en esos tiempos en los que “el horror recorría Europa y los caminos estaban sembrados de muerte”, recuerda Lorenzano, quien a continuación se pregunta: “¿Qué llevaban en sus maletas? ¿Qué llevan los emigrados, los exiliados, los desarraigados?”
Zambrano, nos dice más adelante, guardaba en la suya el recuerdo de su amigo poeta; “esa imagen, ese sentido ético de la creación y de la vida misma, ella que vivió la mayor parte de su existencia fuera de España e hizo de la condición de exiliada uno de los núcleos de su pensamiento”.

En otro momento, en el capítulo Objetos, se vuelve al tema del equipaje de los migrantes, de los exiliados.“Quien lo ha perdido todo viaja con el vacío, con las ausencias. Viaja con su memoria. Llegan algunas fotos desde el fondo de los cajones abandonados. Música. Versos. Juegos. Imágenes de un jardín que ya no existe. Un río. Libros que se ahogan. Cenizas. Huesos. El equipaje no es jamás ligero, querido Machado. Los hijos de la mar cargamos piedras. Siempre. Como las que se ponen sobre las tumbas. Piedras como flores”.
Este ensayo del que os estoy hablando, que tanto me ha emocionado, está lleno de travesías, de “barcos que unen el ayer con el hoy”, de caminantes, de ausentes y supervivientes. Por sus páginas vemos avanzar, además de los ya citados, a muchos otros creadores: Manuel Puig, clave en la biografía lectora de Lorenzano; el poeta Juan Gelman y la desgarradora historia de la búsqueda de su nieta, hija de desaparecidos; la española María Luisa Elío, que tan bien reflejó en su obra los efectos de las despedidas y las distancias; Vladimir Nabokov, quien escribió que algún día podría interrumpir su escritura y ver por la ventana “un otoño ruso”; Theodor Kallifatides, de cuya obra nos hemos ocupado en otras páginas de Lecturas Sumergidas y al que se refiere la escritora como “un nuevo talismán” en su vida, a partir de la lectura de la inspiradora entrega autobiográfica Otra vida por vivir. Una obra donde el escritor griego aborda su exilio en Suecia y la oportunidad de regresar a sus orígenes, de recuperar su lengua y volver a encontrar el sentido de su escritura y de su vida.
“Quien lo ha perdido todo viaja con el vacío, con las ausencias. Viaja con su memoria (…) Los hijos de la mar cargamos piedras. Siempre. Como las que se ponen sobre las tumbas. Piedras como flores”, Escribe Lorenzano.
Llegada a este punto me detengo en otro pasaje de la obra, titulado Planes: “No pongas ningún clavo en la pared / y tira tu abrigo en el diván. / No hagas planes para más de cuatro días, / mañana mismo estarás de regreso”, escribió Bertolt Bretch en su poema “Reflexiones sobre la duración del exilio”. Pero yo clavé fotos y posters y mapas y poemas copiados a máquina, muy prolijos. Brecht y Gelman, Pizarnik y León Felipe. Clavé memorias porque me aterraba la intemperie. Me aterraba no tener patria bajo los pies”.
Kilómetros, distancias, huellas, umbrales, pieles que se rozan, casas abandonadas o por habitar, llegadas y partidas, mapas, geografías, caminos, cielos y mares, aeropuertos y puertos, baúles, cartas, saludos y despedidas, muchas despedidas. “¡Decir adiós es un arte difícil y amargo que estos últimos años hemos tenido la ocasión de aprender sin apenas un respiro. ¡De qué cantidad de cosas y cuántas veces hemos tenido los emigrados, los expulsados, que despedirnos!”, pronunció Stefan Zweig estas palabras en 1939, en el funeral de Joseph Roth. Las extraigo de otra obra, Sin tiempo para el adiós. Exiliados y emigrados en la literatura del siglo XX, un ensayo de Mercedes Monmany que comparte rutas y experiencias del desarraigo con Herida fecunda.
¿Qué llevan en sus maletas los que han de huir de sus tierras de origen?, se plantea más de una vez la pregunta en el recorrido que nos ocupa. Sandra Lorenzano nos recuerda que cuando Machado murió, en Collioure (Francia), se encontró en un bolsillo de su gabán su último y conocido verso: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Rememora la historia de Viktor Frankl, que llegó a Auschwitz con su libro El hombre en busca de sentido cosido al forro del abrigo. Menciona la novela El olvido que seremos, del autor colombiano Héctor Abad Faciolince, donde cuenta la historia de su padre, asesinado en Medellín con unos versos de Borges en el bolsillo: “Ya somos el olvido que seremos”.
“La poesía entonces como equipaje, como talismán frente a la muerte”, nos dice la escritora. Y escribe: “El equipaje del destierro es aquello que logramos salvar del naufragio de la vida; aquello que nos da identidad y pertenencia en su esencia más pura” (…) Perderíamos nuestro ser y nuestros pasos si no tuviéramos memoria. Perderíamos el sentir y la razón, la luz y la poesía”.
Reflejan estas palabras el espíritu de un libro hecho para la comprensión y la empatía. Sandra Lorenzano se busca a sí misma a través de la memoria personal, íntima, y se acaba encontrando en el discurrir colectivo, en las resistencias compartidas. Herida fecunda es una invitación al abrazo, que no podemos rechazar, que debemos defender, en un presente amenazante en el que cada vez son más los desplazados, en el que tan caro vuelve a resultar el discurso de la paz y la defensa de los derechos humanos.
Herida fecunda ha sido publicado por Páginas de Espuma. El libro obtuvo el XV Premio Málaga de Ensayo.









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