Emma Rodríguez © 2024 /

Vuelvo a pasar las páginas de los cuatro cuentos que componen La vida por delante, de Magalí Etchebarne. Me dispongo a una frase, o frases, para iniciar este preámbulo a la conversación con la escritora argentina, que tuvo lugar un soleado día de principios de junio en Madrid, cuando ella andaba muy atareada con la promoción del libro –ganador del Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve–, corriendo de un lado para otro, contestando preguntas alrededor de unos relatos que no se dejan apresar en unas cuantas explicaciones, que llegan a cada cual dependiendo de las propias experiencias, afilados y a la vez conmovedores, sombríos, pero atravesados por un humor muy particular, capaces de despertar los miedos y las emociones ocultas. 

¿Qué fragmento o fragmentos os pueden dar idea de una entrega tan llena de pliegues, de intimidades, de contrastes?, me pregunto ahora, semanas después de la charla, tras el proceso de escuchar y transcribir. Por segunda vez leo la primera de las narraciones: Piedras que usan las mujeres, sin duda la historia que más me ha impactado del conjunto, a mi parecer el núcleo del que derivan todas las demás, pues estamos ante un recorrido hecho de cuentos que comparten líneas de complicidad, con personajes, situaciones, objetos, que se repiten.

En ese primer trecho del camino, me detengo en estas líneas: “Nos perseguimos todo el día, no hay respiro, nos vemos, nos escuchamos, nos escribimos, y gustamos de casi todo, todo el tiempo, sabemos, miramos y nunca nadie dice la verdad”. 

Doy vueltas alrededor de las mismas y pienso que lo que busca nuestra autora es hacer emerger un poco de autenticidad, sacar a la superficie, porque es lo que le afecta a título personal, asuntos que tal vez preferimos no mirar de frente porque duelen. La vejez, la enfermedad, la muerte, las rupturas, los accidentes y dramas de la vida, entran en las narraciones de Magalí Etchebarne (Buenos Aires, 1983), pero hay en ellas hay también una apertura a la compañía, al abrazo, a la comprensión, a la ternura, que nos cautiva, que hace que pasemos las páginas con una media sonrisa. 

“Nos perseguimos todo el día, no hay respiro, nos vemos, nos escuchamos, nos escribimos, y gustamos de casi todo, todo el tiempo, sabemos, miramos y nunca nadie dice la verdad”, leemos en uno de los cuentos de «La vida por delante».

Aún dentro de la primera historia, la historia de una hija que contempla y acompaña las edades de su madre, vuelve a emocionarme la escena de un grupo de mujeres, afectadas de cáncer, que se reúnen en la travesía de los tratamientos, mujeres “agarrándose entre ellas”, llorando, riendo, susurrando, abrazándose… Y ya en la tercera, Temporada de cenizas, que tiene evidentes puntos de conexión con la misma, me detengo en un pasaje clave en el trayecto: “La ternura es cara, pero es lo único que puede salvarte”.

No es fácil, como os decía, atrapar este libro. En él encontramos muchos hilos de los que tirar, muchos momentos detenidos que sugieren caminos diversos; a partir de su lectura se abren muchas compuertas. La pérdida en sentido amplio es, en mi opinión, su gran tema: la pérdida de los seres queridos, pero también la pérdida de la juventud, del amor, del anhelo de vivir. De ese grueso tronco se desprenden muchos ramajes. La vida por delante es un túnel del que se sale con un atisbo de comprensión. Etchebarne, que compagina la escritura con el trabajo editorial [forma parte del equipo de Random House en Buenos Aires], es capaz de mirar a lo más cruel para descubrirnos que hay belleza y luz donde menos lo esperamos. 

El personaje de la madre, en el primer cuento, dice que “la vida tiene profundidad, no es una carrera, tiene niveles, capas, subsuelos…” Da la impresión de que acceder a esa profundidad, ir levantando esas capas, tiene que ver con la manera en que Magalí Etchebarne se enfrenta a la escritura. He aquí la primera pregunta que planteo a la autora. He aquí la respuesta y el transcurso del diálogo que mantuvimos.

– Lo de las capas tiene que ver con la manera en la que me pongo a escribir. Voy hacia adelante; hacia atrás, hacia abajo… No voy llevando al personaje a un lugar o moviendo la acción simplemente, sino que en ocasiones me demoro en algún lugar, en una escena, en algo que dicen, en cómo lo dicen, en a qué se parece eso que dicen. Para mí la escritura consiste en un movimiento un poco hacia adelante, pero casi siempre muy hacia adentro. Ahí está lo oculto, lo que se guarda, lo que se calla. La madre del relato es como una máquina de emitir sentencias y frases sabias para fuera, pero hacia el interior de su propia vida todo eso flaquea un poco. Suele predicar cómo son las cosas, cómo deben ser, pero la suya es una sabiduría para aconsejar. Ella, que padece tanto, que está atormentada por el envejecimiento, no es capaz de aplicarse a sí misma lo que les dice a los demás. 

¿Recuerdas cuándo empezaste a escribir? ¿Cómo fue emergiendo tu voz?

– Pues recuerdo que desde muy pronto me gustaba mucho leer y que en un momento dado escribí un pequeño cuentito sobre una nena que era atrapada por un libro, una gran fantasía que mi mamá leyó y me animó a presentar a un concurso literario para niños que se convocó en el diario de mi barrio. Lo gané y al año siguiente me presenté de nuevo, ya con un cuento que escribí para el concurso. Volví a ganar y entonces me puse realista y me avergoncé un poco pensando que eso era muy raro. “No puede ser que yo sea la única que gana dos años seguidos, no se está presentando nadie más, mamá; ya no vuelvo a hacerlo más”, fue mi reacción (risas). Pero sí que seguí escribiendo, no con la idea de mostrarlo. En la adolescencia llevaba unos diarios lamentables, y lamentosos, y me encantaba enviar cartas a una amiga, muy amiga, que se había ido a vivir a un pueblo a 120 kilómetros de Buenos Aires. No era tan lejos, pero para mí era una distancia inmensa… Me gustaba ese estado de confidencialidad de las cartas. Y eso es algo que reside en mi escritura, ese sentir que se está revelando un secreto, aunque lo que los personajes están contando no sean secretos enteramente. Me mueve estar contando algo que quizás sea un poco vergonzoso de contar.

– Todo eso se ve mucho en el segundo de los relatos, Un amor como el nuestro, centrado en la relación entre una escritora de éxito y una correctora editorial. Yo no diría que son amigas. Su conexión es muy singular, extraña…

– Bueno, son amigas por e-mail, están construyendo su vínculo. Es como esas primeras salidas con alguien que estás empezando a conocer. Y sí, es una situación rara. Se han mandado correos electrónicos durante años, entre Estados Unidos, donde vive la autora, y Argentina, el país de la correctora, y se hacen amigas un poco como sucedía antes a través de las cartas. En el cuento se narra la primera vez que se ven, que van a estar juntas, y entonces todo se vuelve extraño porque ellas no son las que eran en los e-mails, porque la realidad siempre tiene un matiz muy diferente a la virtualidad. Al encontrarse se enfrentan dos personalidades muy opuestas, con características muy diferentes.

¿De qué manera las experiencias personales, las observaciones de lo que vives, entran en tus relatos? Por lo que me has contado la relación con tu madre parece que ha sido muy estrecha y pienso que podría haberte inspirado episodios para algunos de los cuentos y, por otra parte, trabajas en una editorial, algo que te ha podido aportar muchos detalles para el segundo

– Sí. Siempre hay algo de la vida que se cuela en lo que escribes, aunque no se busque ni se quiera. La realidad es que mi madre no se parece en nada a la madre del cuento. En algún momento no me hubiera disgustado que tuviera algo de la de la ficción, una madre muy densa, muy afectada por las enfermedades, muy preocupada por frenar la vejez, pero siempre dispuesta a dar consejos, como te comentaba antes. La mía [ya fallecida] fue una mujer sana y muy dulce hasta su vejez, pero en general no decía nada de la vida, muy poquitas cosas. Mi demanda era que me dijera algo, que me diera algún consejo ante determinadas circunstancias. Tal vez, en cierto modo, un poco como venganza por eso que no recibí, surgió el personaje (risas).

– La experiencia que no se tiene conduce a imaginar cómo habría sido de haberla tenido…

– Algo así… Cuando se escribe, las cosas casi siempre nacen de una pequeña semilla, de algo que te duele, que te enoja y te pone a escribir. Al menos eso es lo que me pasa a mí. Se trata de un proceso complejo. En general construyo lo imaginario a partir de algo conocido que me lleva a inventarme a los personajes, a pensar hacia dónde van, qué van a hacer, qué les va a pasar. En cada relato, sí, es cierto, hay un lugar en el que si alguien quisiera encontrar las similitudes con mi vida las podría encontrar. Después todo está completamente tergiversado, claro… 

«construyo lo imaginario a partir de algo conocido. En cada relato hay un lugar en el que si alguien quisiera encontrar las similitudes con mi vida las podría encontrar. Después todo está tergiversado», señala Magalí Etchebarne.

– En el apartado de agradecimientos te refieres a una tía de quien tomas prestados los recuerdos de infancia de la madre. Dices que fue la primera escritora que conociste.

– Sí. Eso es lo más real del primer relato. Todos los recuerdos de la madre de ficción son en realidad cosas que me había contado mi tía y que formaban parte de unos pequeños relatos que escribió en su momento. Esos recuerdos son de ella y por eso la cito. Y sí, ella es la primera escritora que conocí. No publicó nada, pero sus textos han marcado mucho la forma en la que escribo. Mi tía inventaba cosas en las que yo me reconocía, porque había niños en sus pequeñas historias de aventuras a los que les ponía mi nombre y los de mis primos. Aunque una prima me llevara quince años, en el relato todos vivíamos en la infancia, y a mí eso me desconcertaba para bien. “Pero eso no es así, nosotros no hicimos eso”, me decía. Ahí fui consciente de que la escritura era un lugar donde se podía jugar, donde se podía hacer cosas que no habían pasado en la vida, donde no había que ser fieles a la realidad. 

– ¿Para ti la literatura es eso: un espacio en el que poder jugar?

–  Bueno, sí. La escritura –prefiero hablar de la escritura– es un lugar donde puedo jugar, actuar, no ser yo, inventarme una voz, vengarme, vengarme de la vida. 

– Explícame eso un poco más. ¿De qué quieres vengarte concretamente?

– Pues del dolor, de lo doloroso, y también de la frustración, de lo que es injusto, de lo que en la vida no tiene explicación, de lo que te da rabia, mucha rabia. Esta es mi manera, habrá otras personas que hagan cosas más útiles con la rabia, pero en principio para mí este es el lugar donde puedo vengarme del odio que llevo a cuestas en ocasiones –puedo llegar a odiar muchas cosas que me generan un intenso dolor y enojo–. A través de la escritura puedo vengarme literalmente de todo esto y a veces hasta burlarme. Sucede en el primer relato, con esas  mujeres que en el inicio son un poco parodiadas, que se definen a sí mismas como ex-combatientes frente a los tipos que las abandonan llegadas a una edad y las dejan por otras más jóvenes. Ahí hay algo que me duele, que es la vejez y la forma en que a las mujeres nos han acostumbrado a concebir nuestra propia vejez, de una manera completamente diferente a la de los hombres. Ellos tienen otra relación con el paso de los años, pero las mujeres –no digo que todas, claro que no– estamos dispuestas a someternos a cualquier cosa con tal de frenarla.

– Ahí entra la invisibilización social de las mujeres al tener una edad… Es algo cultural, muy difícil de cambiar del todo. Tendrían que modificarse los discursos mediáticos, educar de otra manera en el seno de las familias. 

– Sí, así es. De las mujeres se suele decir: tiene 60 o 70 años, pero mira qué guapa. Siempre está ese pero que resulta tan molesto, mientras que, por el contrario, de los hombres de edad solemos escuchar: las canas le quedan bien, la edad le sienta, se definieron sus rasgos, ahora está más lindo, alcanza otro tipo de belleza… En Argentina esto es así. Tengo una amiga que es actriz, muy joven y muy hermosa, pero que a sus 36 años ya solo encuentra papeles como madre.

– Y, curiosamente, tampoco eso va en concordancia con esta época en la que la juventud cada vez dura más, donde la adolescencia se prolonga. Eso se refleja también en La vida por delante.

– Sí. Ahora se es joven más tiempo y, en efecto, esto no cuadra con lo que hablamos, con lo que te contaba de las actrices que no encuentran, a partir de una edad, papeles que no sean el de mujeres casadas y con hijos, todo muy tradicional. Eso me parece muy cruel. 

– Cuando hablas de venganza, aquí también hay una venganza respecto a la masculinidad, porque los personajes masculinos están en cierto modo caricaturizados.

– Yo creo que hay una suerte de presencia suave de los hombres en el libro, tal vez en el último de los relatos esta sea más fuerte. Pero, por ejemplo, del padre del primer cuento, que aparece poco, la hija tiene una mirada no del todo negativa. Él se fue de la casa familiar, pero nunca le habla mal de la madre y en sus encuentros le proporciona una cierta paz mental, no contribuye a enloquecerla. 

– Me resulta muy interesante la estructura del libro. Se trata de relatos, pero nos da la impresión de estar en una distancia diferente, cercana a la novela. Y luego está el cruce de caminos, de personajes, de objetos.

– Yo creo que no se trata tanto de la extensión, porque no son cuentos tan largos, sino del hecho de que en ellos se cruzan varios tiempos. Me parecía que era importante que apareciera el pasado de los personajes, que es el que va marcando esta especie de tono medio cercano a la novela. Todos están recordando y, de alguna manera, la aparición de ese pasado, como otro tiempo narrativo, es necesario para que los personajes en cierta forma se expliquen. Ahí es donde realmente pueden llegar a entenderse. 

– ¿La idea de conjunto, la relación entre las cuatro narraciones a través de guiños, de complicidades, fue algo premeditado?

– Sí. Siempre pensé en la forma y tuve claro que tenían que ser cuatro relatos. Me encapriché de la idea de cuatro partes, capítulos, cuentos que estuvieran relacionados, que juntos armaran como una unidad. Quería que al leerlos se entendiera que se trataba de una suerte de viaje por distintos climas emocionales, casi siempre para adentro, a veces un poco más para arriba, pero casi siempre buceando en la oscuridad a través de una especie de recorrido. Ese fue el plan inicial, pero después me di cuenta de que también había elementos que podían viajar y hubo distintos movimientos en el proceso. Había cuentos que estaban unidos en un origen y que luego desligué… En distintas etapas, los tres primeros estuvieron relacionados entre sí de diferentes maneras, y finalmente los separé. Hubo cambios en la voz narradora, que pasó a ser una tercera persona en el caso del segundo… Pero, pese a todas las mutaciones que se produjeron, siempre tuve muy clara la medida de cuatro partes. 

– La pérdida en sentido amplio es, en mi opinión, el gran tema del libro: la pérdida de los seres queridos, pero también de la juventud, del anhelo de vivir…

– Sí. A pesar de que se titula La vida por delante, lo que atraviesa el libro es la muerte, aunque podemos hablar de la pérdida porque resulta más suave. Está esa muerte tan trágica en el segundo relato y, en general, sí, se trata de reflejar ese ocaso general: de la juventud, del amor… La verdad es que, pese a que no me molestase que se convirtiera en un libro muy oscuro, confieso que mientras iba escribiendo me preguntaba: quién va a leer esto, quién va a querer leerlo con tanta muerte…

– Pero al mismo tiempo está la empatía, esa mirada entre conmovedora y ácida, el humor y la ternura. En el tercer relato, Temporada de cenizas,leemos: “La ternura es cara, pero es lo único que puede salvarte, no es el amor”. 

– Sí. Pienso que tal vez la ternura sea lo más revolucionario que nos puede pasar hoy. No sé qué puede haber más revolucionario. En el libro la ternura apareció mientras escribía sobre la chica de este cuento, que tiene un encuentro, entre casual y sexual, erótico, con uno de los chicos de la playa en la que se encuentra con su hermana, en ese lugar en el que van a arrojar las cenizas de su madre. Yo venía pensando en esta época en la que aparecen cada vez más aplicaciones para encontrarse con otros, pero en la que no está tan claro cuando aparece la ternura en los vínculos. Mientras escribía estos relatos, en Argentina no estaba pasando lo que está sucediendo ahora con Javier Milei, que parece una propaganda absolutamente escandalosa de la crueldad, y me parece que ahora esta frase tiene todavía más sentido, que realmente hoy resulta muy cara la ternura.

Hablamos de la ternura, pero podríamos referirnos igualmente a la empatía.

– La ternura, la empatía, la capacidad de mirar a los otros, de intentar entenderlos, y, aún sabiendo que no vamos a poder hacerlo del todo, la  disposición para ponernos en su lugar… Se trata de eso, de la dulzura, de mirar a los que tenemos al lado. Tengo la sensación de que eso ocurre muy poco, a pesar de que estamos todo el tiempo mirándonos, mirando nuestras fotos, mirando lo que hacemos, mirando, mirando… Pero el otro es plano; el otro es una foto de alguien con un café en un bar, o en un viaje, pero, ¿quién es ese alguien? Estamos enredados en ejercicios de exhibición que generan una suerte de ansiedad; percibimos a los demás de una forma muy distante, muy poco tierna y compasiva. Parece que lo que se ve es lo auténtico, pero no suele ser verdad, porque el otro casi nunca es solo lo que vemos.

«Mientras escribía estos relatos, en Argentina no estaba pasando lo que está sucediendo ahora con Javier Milei, que parece una propaganda absolutamente escandalosa de la crueldad (…) realmente es muy cara hoy la ternura».

– Cierto… Casi nunca es verdad lo que nos llega a través de las pantallas, esas imágenes en escenarios muchas veces impostados, donde se quiere reflejar la felicidad a toda costa, y que raramente transmiten lo que se es y se siente. La realidad no es tan magnífica.

– Tal cual. Creo que en general hay mucha crueldad a nuestro alrededor. Creo que por eso les está yendo tan bien a estas escrituras de género que realizan lecturas de la realidad que parecen tan extrañas y ajenas, pero que lo que hacen es simplemente mover apenas la perilla del volumen o agudizar la mirada sobre algo que ya está pasando. No es que estén inventando planetas diferentes; solo están mostrando lo que ya sucede de una manera que resulta impactante. Eso fue lo que sentí, por ejemplo, al leer Cadáver exquisito de Agustina Bazterrica. Me parece una obra maestra lo que hace esta autora. Su novela es tremendamente aterradora. Se trata de una distopía, que es una suerte de realidad, en la que no se puede comer carne de animales porque ha habido una peste y entonces se empiezan a criar humanos para ser comidos. Al inicio de la narración no se explica muy bien lo que pasa. Se hace mención a esos humanos de la misma manera en que nosotros nos referimos a las vacas, a los animales. Y esto nos lleva a darnos cuenta de que la crueldad que ejercemos sobre ellos es un genocidio completamente legitimado. Lo que hace Bazterrica en este libro es cambiar a un ser vivo por otro, modificando por completo nuestra percepción. En la misma línea, hace poco vi un vídeo de algo que parecía escandaloso y que estaba levantando revuelo entre la gente. Habían puesto un gato en una parrilla; en realidad era un muñeco, pero valía  para mostrar el espejismo en el que vivimos. Aceptamos comer ciertos tipos de animales, hacerlos sufrir, lastimarlos, ser absolutamente crueles con ellos, algo que con otros nos parece una aberración. A veces cambiar el enfoque, sustituir algunos elementos, basta para demostrarnos que la realidad en la que vivimos es un horror. 

– Te refieres a la crueldad contra los animales, que es cierta, pero también está la crueldad contra determinados grupos humanos: contra los inmigrantes, a los que se deja morir en el mar; contra los pobres y vulnerables, como se está viendo en Argentina. No valen nada y si se mueren ya irán al cielo, se transmite en los discursos libertarios. ¿De qué manera todo esto te está afectando?

– “Ya van a encontrar la manera de comer”, ha dicho Milei. Es terrible, sí. Yo me siento una privilegiada porque tengo un trabajo y me puedo pagar a día de hoy el alquiler, pese a que los sueldos se han desvalorizado. No soy una heredera, no vengo para nada de una familia pudiente. En Argentina, en general, hay muy pocos escritores ricos, casi nadie se puede permitir vivir de la escritura, se trabaja en otras cosas…, pero volviendo a la pregunta, por supuesto, a todos nos preocupa lo que está ocurriendo. Es una situación muy difícil, muy preocupante. Y no me parece algo aislado. En Europa la ultraderecha está en ascenso. 

Me ha interesado especialmente en tu libro la relación entre madres e hijas y el tema de los cuidados. En los cuentos se refleja ese momento en el que cambian los papeles y las hijas tienen que cuidar de las madres y poner un poco en suspenso sus propias vidas. Vivimos en sociedades que no están preparadas para esto, que dan la espalda a algo tan crucial. Esto también tiene relación con lo que hemos hablado anteriormente. Los jubilados, los mayores, no tienen la atención, el respeto que merecen. 

– Bueno, como te decía antes, me interesaba abordar la etapa de la vejez, del envejecimiento. Y, ya fuera de los relatos, te diré que veo diferencias notorias entre los viejos de acá [España] y los de Argentina. Aquí me he encontrado con personas mayores de buen humor, con luz dentro. En mi país es imposible que te cruces con un viejo de buen humor. Allí es muy difícil llegar a la vejez sin ser pobre, cuando ya no cuentas con el respaldo de un trabajo, y eso va armando una suerte de carácter muy particular, de mucho resentimiento, tristeza y desamparo. Lo que pasa en Argentina con la vejez me parece muy singular. Y lo que se refleja en el relato inicial con los cuidados tiene que ver con el hecho de que, en general, los viejos necesitan de otros, de gente próxima, de su entorno, que los cuide. En el caso de la hija del relato trato el tema alrededor del peso que supone para ella el cuidado de la madre. Está la demora en su vida y está el dolor de su propio cuerpo al enfrentarse a las tareas del cuidado. Todo el que lo ha vivido sabe lo que implica cuidar de alguien, algo que, por otra parte, está muy invisibilizado. Hay una novela, Purple America [América Ocaso], de Rick Moody, en la que el protagonista empieza hablando de que está bañando a su madre. Me impactó tanto que escribí un libro de poemas anterior a La vida por delante. Se titula Cómo cocinar un lobo y tiene mucho que ver con la muerte de mis padres. En él recurro a ese inicio en el que el personaje dice que él es el que levanta a la madre, le saca la ropa, le limpia la caca… Va haciendo esa descripción y llega un momento en que te llega a agobiar.

– Todo esto también se refleja en el cuento al que nos estamos refiriendo. Mientras lo leía pensaba en la autenticidad del mismo, en la manera de aproximarse, de observar y contar lo que es la vejez, la enfermedad. Me preguntaba si había alguna experiencia detrás. Me recordaba a algunos de los cuentos de Lucia Berlin. Ahora veo que sí, que lo has vivido con la muerte de tus padres, pese a ser tan joven.

– Sí. Si hay algo verdadero en ese cuento, algo que está cercano a mi vida, es ese párrafo en el que la hija limpia a su madre. No lo había escrito originalmente, pero después sí me pareció que era una manera de explicar el cansancio que siente la protagonista, de retratar esa suerte de lugar donde la ilusión se apaga. En el cuento se transmite esa sensación de que después de limpiar a alguien que va a morir, en vez de estar triste te sientes asustada. 

«me interesaba abordar la etapa de la vejez, del envejecimiento (…) En mi país es imposible que te cruces con un viejo de buen humor. Allí es muy difícil llegar a la vejez sin ser pobre, y eso va armando una suerte de carácter muy particular, de mucho resentimiento, tristeza y desamparo».

– La vejez no se percibe tanto en los rasgos físicos como en el cansancio, se dice en el primer cuento, donde el personaje de la madre opta por no mirarse más en el espejo: “No me miro más porque esa no soy yo”. De la vejez como una búsqueda de la nueva persona que emerge, como “extrañeza pura” se  habla en el tercer relato.

– Sí, eso es algo que me ha llamado siempre la atención. Yo, que fui una hija tardía, crecí en una casa en la que había mucha gente mayor y, cuando era una niña –mi hermana me llevaba 12 años y mis primas y primos ya estaban en la facultad o casados; no había otros niños a mi alrededor– observar a los viejos era mi forma de estar. Me preocupaba la propia vejez de mis padres, porque entendía que rápidamente los iba a ver volverse como mi abuela, y eso me afectaba, porque pensaba que los perdería. Por mis circunstancias, fui muy testigo de ese trance, de ese cambio, de esa transformación en ellos, pero, en general, es algo que todos los hijos percibimos; en ocasiones incluso nos parece que sucede de un día para otro. Una vez una compañera de trabajo me dijo algo que me pareció muy real, muy cierto. “Cuando tus padres son viejos, vas a ver que ya no se corresponden con la imagen que tienes en tu cabeza, sino que se han convertido en otros que han tomado su lugar”. Hay mucho de cierto ahí. Lo que eran, lo que hacían cuando te veían, se va apagando, y eso es doloroso. Se trata de otra etapa de la vida con la que hay que vincularse de una manera diferente.

– También sucede que muchas veces los padres mejoran con el paso del tiempo. El transcurso y los aprendizajes de la vida los hacen mejores personas. 

– Sí. Eso también es verdad. Cumplir años te puede aportar unas mayores dosis de ternura, pero, en cualquier caso, lo que conocías ya no está y tienes que aceptar que ya no va a estar más. ¿Dónde quedó el otro?

– La complicidad entre las mujeres, la sororidad, es otro de los puntos luminosos del libro. Hay golpes duros, oscuridad, como decías, pero creo que quienes lo leemos nos quedamos impregnados de sus ráfagas de luz.

– Sí. Hace poco una participante en un club de lectura me decía que la amistad aparecía siempre como la salida, como la forma en la que los personajes se salvan un poco. Y lo cierto es que sí, que está muy presente. Están las amigas que se hacen compañía en el primero para atravesar la enfermedad; las dos mujeres que intentan hacerse amigas en el segundo; las hermanas que son amigas y todas las mujeres de la familia que quedan y estrechan sus lazos cuando el padre muere… Incluso en el último relato, la protagonista se hace amiga de la mujer que le gustaba a su propio marido. Fui consciente de que había introducido la amistad en los dos primeros relatos, donde está en primer plano, pero el hecho de que apareciera también en los demás fue algo inconsciente que ahora, visto con perspectiva, me alegra. Creo que en la vida de las mujeres es muy importante la amistad. Hablando con otra escritora decíamos que tal vez habíamos leído poco sobre grupos de mujeres, sobre la conversación que constantemente mantenemos entre nosotras. Se trata de una conversación que no para, y eso aparece en el libro de una manera no tan premeditada.

«una participante en un club de lectura me decía que la amistad aparecía siempre como la salida, como la forma en la que los personajes se salvan un poco. Y lo cierto es que sí, que está muy presente en el libro».

– Los objetos que se repiten es otra de las claves de la entrega, por ejemplo la obsidiana. ¿Qué simboliza?

– Bueno, cuando yo descubrí esa piedra, que se utiliza exactamente para lo que se cuenta en el relato, me produjo una gran impresión que alguien estuviese dispuesto a cargar con la piedra y no me sorprendió que fuesen las mujeres las que aceptaran introducirse una piedra en la vagina y andar con ella, integrada en el propio cuerpo. Entiendo que posiblemente haya quien crea en sus poderes, y no lo niego. Eso es algo que desconozco y con lo que no me quiero meter porque no lo sé, pero me llamaba la atención que fuéramos capaces de hacer algo así. En el relato este hecho se convierte en una suerte de metáfora de todas las piedras que cargamos en general y con las que aceptamos andar de manera absolutamente dócil. No me imagino a un hombre en esa situación… La obsidiana está compuesta de vidrio y de restos volcánicos y se le adjudica una especie de poder transformador. A mí, que me gustan las piedras en general, me llamaba mucho la atención la terapia con el huevo de obsidiana, que así es como se llama. En el caso del personaje de mi relato, una mujer desesperada por sentirse bien, ya no le quedaba terapia por probar y esta piedra se convierte un poco en la síntesis de todas las piedras que carga: la relación complicada con su vejez, el hombre que la ha dejado, la enfermedad, en fin…

La vida por delante. ¿Cómo te decidiste por este título? 

– Bueno, llegué a plantearme poner al libro el título del primer relato: Piedras que usan las mujeres, pero pensé que podía entenderse como un libro solo para el público femenino y me decanté por este otro. Creo que tenemos esa vida por delante, aunque hay personajes que no están tan seguros de que hayan podido seguir adelante; bueno, lo han hecho, pero con el peso de algo del pasado a cuestas. No sé muy bien si han aceptado sus circunstancias, si han aprendido algo del dolor… Eso de que el dolor siempre enseña y lo que enseña es bueno y te hace mejor, siempre me ha generado preguntas. Yo preferiría no sufrir tanto y si hay que aprender que sea de la felicidad y de la ternura, no del dolor.  

– ¿Qué influencias hay en tu obra; qué lecturas te nutren?

– Bueno, pues hay de todo, también por mi trabajo en una editorial, que hace que lleguen a mis manos cosas que tal vez no habría descubierto por mi cuenta. Me gustan mucho los cuentos. En Argentina hay una tradición increíble de cuentistas hombres y mujeres. Me encanta Clarice Lispector, Felisberto Hernández, Horacio Quiroga, al que leía mucho en mi infancia, Cortázar, Borges… Y en lo que respecta a lo más actual, están Liliana Heker, que es una maestra, Samantha Schweblin, Federico Falco… También me gusta mucho la narrativa norteamericana e irlandesa. Claire Keegan, Edna O’Brien… Y Amy Hempel y la canadiense Alice Munro, obviamente… Añado a la lista a Grace Paley y Lorrie Moore, que juegan con el humor de manera inspiradora. En general releo mucho, hay libros de cuentos que me he llegado a leer como tres o cuatro veces. 

– ¿Un relato tuyo puede surgir de una frase, de una escena, de un gesto?

– Sí. Puede surgir de cosas que me voy guardando. Siempre es algo que he visto, que me ha pasado, que me ha provocado una emoción determinada. Hebe Uhart, otra escritora argentina que me encanta, fallecida recientemente, en 2018, decía que un cuento era algo que ya había pasado, pero a eso ella le agregaba un pero. Esa idea me gusta, porque alude a lo que ves, a lo que cazas de la realidad, a lo que te provoca y te genera una impresión, un cierto tipo de movimiento. Y entonces le agregas un pero. Como te comentaba antes, escribirlo es cuestionarlo o vengarte.

La vida por delante, Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve, ha sido publicado por Páginas de Espuma.


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