Guadalupe Nettel y sus relatos de lo que duele

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Por Emma Rodríguez © 2013 / Aunque Guadalupe Nettel había publicado otros libros de relatos en la editorial Anagrama e incluso una novela, “El huésped”, que quedó finalista del Herralde, debo confesar que no la conocía y que ha entrado en mi biografía de lectora gracias a un galardón insólito en las letras españolas, el Ribera del Duero de Narrativa Breve. Digo insólito por varios motivos: por estar asociado a una marca que, lejos de huir de la cultura, la defiende; por valorar la distancia corta, un género tan a menudo ninguneado; por potenciar la obra de autores interesantes, de calidad, que necesitan un pequeño empujón para ganar adeptos, y por desmarcarse, desde su modestia, de otros premios comerciales que siguen el sendero tan manoseado de sumar a sus filas a escritores ya consolidados o a figuras mediáticas cuyo principal mérito es ser reconocidas por un público más amplio que el que habitualmente frecuenta las librerías.

Aunque Guadalupe Nettel había publicado en nuestro país libros con títulos tan sugerentes como “Pétalos y otras historias incómodas” (Anagrama), que estoy deseando leer, yo no la conocía. Es muy difícil estar al tanto de todo lo que se edita y resulta fácil pasar al lado de auténticos talentos sin apenas detenerse, nombres que no son suficientemente promocionados, que no acaban de llegar a esa primera línea de los medios, de la difusión. Reflexiono sobre el sentido de los premios literarios en la actualidad,  repaso los manuales de la literatura y pienso en cuánto han cambiado las reglas del juego, en lo inaudito que resultaría hoy premiar a una Carmen Laforet, a un Miguel Delibes, a una Ana María Matute, con la única referencia de la originalidad de sus voces, del atractivo de sus historias. Me detengo asimismo en algunos de los grandes nombres del “boom” latinoamericano, aupados en su día por publicaciones, editores y jurados de galardones capaces de otear el horizonte, de decidir tendencias, de marcar los mapas de la narrativa en nuestra lengua.

Pero no quiero ponerme nostálgica ahora que gracias al Ribera del Duero, cuya organización corre a cargo de Páginas de Espuma, un sello dedicado en cuerpo y alma al cuento, descubro “El matrimonio de los peces rojos”, firmado por una autora que acaba de abrirme las puertas de su apartamento con vistas al fondo de las cosas, a ese lugar que no pueden franquear los que prefieren correr los visillos o usar anteojeras. Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), es ya algo más que una promesa.

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Esta mujer capaz de nadar en las aguas agitadas, pero también estancadas, de la existencia, de dejarse llevar por las corrientes marinas, de bucear hasta encontrar los orígenes de un pensamiento turbio, de una circunstancia, de una intuición, de un simple aleteo emocional que a la larga puede torcer los rumbos fijados, es poseedora de un paisaje sólo suyo: cerrado, lleno de pliegues interiores, de matices, ambigüedades y deseos no expuestos a la mirada ajena. Un camino que ha de seguir explorando, trabajando la ambigüedad, la sugerencia; agitando desde el atrevimiento, buscando esas bifurcaciones que la lleven cada vez más hacia la autenticidad, hacia el centro de sí misma.

“El hombre pertenece a esas especies animales que, cuando están heridas, pueden volverse particularmente feroces”, toma Nettel la frase del Nobel chino Gao Xingjian, como saludo, como punto de partida para llevarnos de la mano hacia una especie de selva doméstica, la que sus personajes comparten con distintas mascotas que les representan, que funcionan como espejos de sus actitudes, de sus comportamientos “subterráneos”, hasta llegar a establecer con ellos extrañas complicidades, relaciones de afinidad muy sutiles, muy especiales.

Guadalupe Nettel en el Parque del Retiro de Madrid. Karina Beltrán © 2013

Adentrémonos pues, sin temor, en la primera estancia, en el relato que da título al conjunto, siguiendo las voces de la pareja que grita y que, sin saberlo, está empezando a entablar una lucha tan soterrada como la de la de los dos “luchadores de Siam”, macho y hembra, que viven en la pecera. “Lo cierto es que, en menos de cinco minutos, sentí como mi vida se cubría de nubes negras y amenazadoras”, confiesa una narradora en primera persona que resulta tan cercana como una amiga y que intenta descifrar lo que le está pasando a través de los conflictos de los seres acuáticos que habitan en el pequeño recipiente de agua.

“El hombre pertenece a esas especies animales que, cuando están heridas, pueden volverse particularmente feroces”, toma Nettel la frase del Nobel chino Gao Xingjian, como saludo, como punto de partida para llevarnos de la mano hacia una especie de selva doméstica, la que sus personajes comparten con distintas mascotas que les representan, que funcionan como espejos de sus actitudes, de sus comportamientos “subterráneos”, hasta llegar a establecer con ellos extrañas complicidades, relaciones de afinidad muy sutiles, muy especiales.

Hay muchos tipos de cuentos. Unos atraen por su capacidad para sorprender, para aturdir o engañar, incluso al conducirnos a destinos inesperados. Hay otros que atrapan en su red cuando logran captar un momento de felicidad, de terror o de belleza, impidiéndonos escapar de ese estado de inmersión durante un tiempo. Los hay también que estremecen por su capacidad para recrear zonas de calma o de turbulencia, que podemos estar atravesando en el momento de la lectura o que permanecían, olvidadas, en reposo, o escondidas al fondo de la memoria. La fuerza de la ficción puede hacer que emerjan de repente, que se tornen excesivamente reconocibles y familiares , hasta el punto de que cueste no sentir el suave roce o el aguijón de los recuerdos, de las vivencias pasadas. Es ahí, en esta tercera categoría, donde incluiría unos relatos, los de  Guadalupe Nettel, que arrancan de lo conocido y van directos allí donde se cobijan los deseos, las emociones más profundas, esas aristas de la personalidad, esos grumos de malestar tan difíciles de localizar.

Así, los miedos, las susceptibilidades, esa vulnerabilidad irremediable y esa fuerza forjadora de cambios que experimenta toda mujer embarazada, asoman en “El matrimonio de los peces rojos”, una pieza que indaga en la distancia entre los sexos, en el desconocimiento, en el punto de inflexión que el nacimiento de un hijo supone en toda pareja y en los mitos en torno a la maternidad y a la familia feliz. Nettel habla de ese período extraño de la vida en el que los tiempos se modifican y la mirada sobre el mundo va adquiriendo una tonalidad diferente. Como quien escribe un diario, su narradora va analizando sus estados interiores y va trazando desde la más absoluta sinceridad la radiografía de una ruptura.

La maternidad -sus azares y casualidades- está presente también en otro de los relatos, “Felina”, una historia que habla de la feminidad y de las decisiones inesperadas, de los bruscos giros de timón, de esos momentos bisagra en los que algo debe acabar, cerrarse, para dar paso a un capítulo diferente, para permitir que una nueva ventana se abra. Nettel nos lleva a meditar sobre todo ello a través de una bellísima historia de complicidad entre una estudiante y una gata que le enseña a entender que no todo puede ser controlado. Una historia que a mí particularmente me ha emocionado por recordarme a una hermosa gata que a mis 16 años se subía cada día a mi regazo mientras estudiaba o leía, haciéndome mucho más llevaderas tantas tardes de desasosiego. Una gata a rayas amarillas que, como la del relato, tuvo una camada de gatitos con los que se subía a los árboles y de los que, a su pesar, no tuvo más remedio que separarse. En fin, el poder evocador de la literatura, su capacidad para tender puentes, una especie de embrujo que la escritora mexicana parece conocer muy bien.

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Los miedos, las susceptibilidades, esa vulnerabilidad irremediable y esa fuerza forjadora de cambios que experimenta toda mujer embarazada, asoman en “El matrimonio de los peces rojos”, una pieza que indaga en la distancia entre los sexos, en el desconocimiento, en el punto de inflexión que el nacimiento de un hijo supone en toda pareja y en los mitos en torno a la maternidad y a la familia feliz.

Guadalupe Nettel en el Parque del Retiro de Madrid. Karina Beltrán © 2013

Hay más animales en este libro. Hay cucarachas en “Guerra en los basureros”, donde se ahonda en la naturaleza profunda, en esas marcas o heridas de la infancia que explican por qué llegamos a convertirnos en los adultos que somos, por qué nos gustan determinadas cosas y sentimos aversión hacia otras, de qué modo podemos obsesionarnos con algo y hasta dónde puede llegar el efecto de una caricia no dada, de una despedida, de una carencia. Hay una víbora en el enigmático relato final, “La serpiente de Beijín”, que trata de un hombre que en su madurez quiere saber más de su identidad, de esos orígenes sepultados tras su condición de adoptado. Una exploración que pone en peligro su matrimonio, la relación con su hijo, su vida tal como había estado montada hasta entonces. De nuevo ese momento de crisis vital en el que todo –la corrección, el orden, la estabilidad– se da la vuelta…

Y hay parásitos en “Hongos”, la pieza que me resulta más perturbadora por llevar al extremo el proceso de identificación entre la protagonista y sus extraños “huéspedes”. Se trata de un relato que parte de una infidelidad y acaba rozando lo patológico, profundizando en esas relaciones obsesivas, basadas en peligrosos y adictivos lazos de dependencia. “Los parásitos -ahora lo sé- somos seres insatisfechos por naturaleza. Nunca son suficientes ni el alimento ni la atención que recibimos. La clandestinidad que asegura nuestra supervivencia también nos frustra en muchas ocasiones. Vivimos en un estado de constante tristeza. Dicen que para el cerebro el olor de la humedad y el de la depresión son muy semejantes…”, cuenta de nuevo esa primera persona tan próxima.

Hay cucarachas en “Guerra en los basureros”, donde se ahonda en la naturaleza profunda, en esas marcas o heridas de la infancia que explican por qué llegamos a convertirnos en los adultos que somos, por qué nos gustan determinadas cosas y sentimos aversión hacia otras, de qué modo podemos obsesionarnos con algo y hasta dónde puede llegar el efecto de una caricia no dada, de una despedida, de una carencia

Cierro las páginas de “El matrimonio de los peces rojos” y pienso que es un libro que va creciendo relato a relato. Habrá quienes -amantes del imprevisto, de la sorpresa- salgan del primero con la sensación de que es demasiado simple en su cercanía; en realidad podría ser un trozo de la biografía de cualquiera, sólo que visto de dentro afuera, ahí radica su atractivo. Pero si no desisten, si siguen adelante, se encontrarán con cuentos cada vez más inquietantes sobre “lo que se esconde y acecha en la oscuridad”. No basta uno, sino que son necesarios todos, para impregnarse de las atmósferas un tanto submarinas, claustrofóbicas, de la entrega, para dejar que las sensaciones sigan revoloteando a nuestro alrededor pasados los días, mezclándose con las vivencias, con las percepciones de cada cual.

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Este es un libro lleno de reflejos, de paralelismos, de semejanzas, de identificaciones. Y de grietas, de vuelcos, de vértices, de procesos de metamorfosis. Guadalupe Nettel es muy eficaz abriendo grietas, lesiones, mostrando aquello que apenas se insinúa, ese dolor de fondo, imperceptible, que termina saliendo a la superficie; ese murmullo apagado, apenas audible, que acaba estallando en un grito.

“Todos son relatos escritos desde lo que duele”, me dijo la propia autora una tarde del pasado mayo en la entrada a los Jardines de Cecilio Rodríguez, en El Retiro, donde se realizaron las fotografías que acompañan este texto. Me habló de que nunca había escrito desde tan cerca de los acontecimientos que estaba viviendo como en “El matrimonio de los peces rojos” y aludió a la imagen de la torre que se está derrumbando en el Tarot de Marsella para explicar el espíritu que anima y aúna las distintas piezas del conjunto.

“Hay quienes dicen que un cuento debe funcionar como un mecanismo de relojería, pero yo creo que ha de tener un detalle de imperfección para que sea verdaderamente hermoso, que no es necesario cercenarlo para que parezca pulido”, me contaba, citando entre sus maestros a Cortázar, Juan Villoro y Enrique Vila-Matas, quien presidió el jurado que le otorgó el Ribera del Duero. Todo ello sin dejar de parecer distante, ausente, tal vez perdida en el mundo paralelo de las ficciones. Mientras hablábamos una pareja de gatos merodeaba alrededor del banco de piedra en el que nos sentamos. Tan misteriosos y huidizos… Curiosa casualidad.

“El matrimonio de los peces rojos” está publicado en la editorial Páginas de Espuma.

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[Las fotografías fueron realizadas por Karina Beltrán una tarde de Mayo, en plena Feria del Libro, en la tranquilidad de un rincón de los Jardines de Cecilio Rodríguez en el Parque del Retiro.]

Gatos en el Parque del Retiro de Madrid. Karina Beltrán © 2013

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