Bajo el hechizo de Sinatra

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Por Fidel Oltra © 2016 /

El pasado mes de diciembre, 2015, se cumplieron cien años del nacimiento de Francis Albert Sinatra, a quien el mundo conocería más tarde como simplemente Frank Sinatra, uno de los iconos norteamericanos más importantes del siglo XX. Era dueño de una voz sublime, aunque había otros artistas que podían rivalizar con él en ese aspecto. Ganó un Oscar como actor secundario, pero sus intervenciones en el cine fueron, en general, bastante irregulares.

No tocaba ningún instrumento, no componía sus canciones, y sus intentos de dirigir orquestas se consideraban más un capricho personal que el fruto de un verdadero talento. ¿Qué es, entonces, lo que hizo de Frank Sinatra un artista tan importante, posiblemente el más importante de la historia de la música popular norteamericana junto a Elvis Presley y Bob Dylan? Es complicado responder a una pregunta tan universal, así que intentaré hacerlo a otra que me toca más de cerca: por qué, para mí y en estos momentos, es sin ninguna duda el más importante.

Frank Sinatra a los 7 años, circa 1922 Fotografía por Michael Ochs Archives

Empecemos, no obstante, intentando entender la relevancia de Sinatra de una manera objetiva. Para ello hay que extenderse más allá de lo estrictamente musical y evaluar sus aportaciones a la sociedad americana de la época. Mejor deberíamos decir de todas sus épocas, porque lo primero que destaca en la carrera de Sinatra es su longevidad, su capacidad para reinventarse, para volver a levantarse tras cada una de sus caídas y para adaptarse, con mayor o menor acierto, a lo que demandaba cada momento sin dejar de ser coherente con su propio estilo. Otro aspecto remarcable, quizás el que más ha contribuido a su leyenda, es la difuminación de los límites entre vida pública y privada, entre la realidad y la fantasía. Sinatra es uno de los primeros artistas del que la gente lo supo todo, pero al mismo tiempo, de una manera notablemente inteligente, consiguió construirse una personalidad híbrida y contradictoria que quedó reflejada tanto en su vida y en sus apariciones públicas como en las canciones que escogía para sus discos. Tal vez esas contradicciones fueran, simplemente, fruto de su impulsividad, un rasgo de su carácter que le llevaba a apostar fuerte por aquello en lo creía, sin tapujos ni medias tintas.

Lo primero que destaca en la carrera de Sinatra es su longevidad, su capacidad para reinventarse, para volver a levantarse tras cada una de sus caídas y para adaptarse, con mayor o menor acierto, a lo que demandaba cada momento sin dejar de ser coherente con su propio estilo.

Así es como impulsó la carrera de Sammy Davis Jr. en contra de todos los prejuicios raciales de la época, y como se comprometió hasta lo personal (y supuestamente hasta la ilegalidad) con la figura de John Fitzgerald Kennedy. En cualquier caso esas contradicciones personales, junto a una ambición sin límites, se convirtieron en una de sus armas de seducción más importantes: seducía porque no era perfecto, porque ganaba, perdía y volvía a ganar, porque podía ser el mejor amigo de sus amigos y también el más cruel, porque estaba comprometido con ideales más que con ideologías, algo que le llevó a apoyar a Kennedy pero también a estar cercano a Reagan. Además su persona reunía todas las características que más se aprecian en la sociedad norteamericana: era individualista pero generoso con quienes tenía a su alrededor, respetuoso con la tradición pero innovador; intenso, emotivo y duro; un gran emprendedor al que le costaba encajar las derrotas, pero que conseguía revestir la figura del perdedor de un atractivo glamour; un férreo controlador de su carrera que, al mismo tiempo, sabía también delegar y rodearse de la gente adecuada para alcanzar sus objetivos. Para colmo, era un hijo de inmigrantes hecho a sí mismo: la personificación perfecta del sueño americano.

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Sí, hay mucho de extramusical en la leyenda de Sinatra: sus orígenes humildes, sus amoríos con muchas de las grandes de Hollywood, sus supuestos devaneos con la Mafia, su cercanía a los Kennedy, sus aventuras con el Rat Pack… Pero sería injusto quedarnos solo con Las Vegas, el Jack Daniels, Ava Gardner o su atractivo físico. Como cuenta Loquillo en su excelente prólogo al recomendable libro Rat Pack. Viviendo a su manera de Javier Márquez, publicado por la editorial Almuzara, “en Sinatra se resume la condición del mito que traspasa la frontera del mundo del espectáculo para crear el lenguaje de una época donde el individualismo era símbolo de independencia, y las canciones trajes a medida reflejo de la vida del intérprete”. En esta acertada frase del artista catalán se resumen buena parte de las claves, algunas ya apuntadas, para entender cómo se forjó ese mito del que habla Loquillo.

Sinatra seducía porque no era perfecto, porque ganaba, perdía y volvía a ganar, porque podía ser el mejor amigo de sus amigos y también el más cruel, porque estaba comprometido con ideales más que con ideologías, algo que le llevó a apoyar a Kennedy pero también a estar cercano a Reagan.

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El individualismo, la independencia, la ambición, el afán de superación, todas esas características tan valoradas por los estadounidenses se daban cita en Frank Sinatra, un superviviente desde el mismo momento en que nació prácticamente muerto y fue devuelto a la vida por un chorro de agua fría. Un individualista que apenas duró unas pocas semanas con los Hoboken Four, con los que había ganado un concurso cuyo premio incluía una gira que dio por terminada a las primeras de cambio, y que tras formar parte de algunas de las grandes orquestas del momento como cantante optó por abandonarlas para dar inicio a su trayectoria en solitario al estilo de su admirado Bing Crosby.

Era un emprendedor que no dudó en crear su propio sello, Reprise, para controlar al máximo todos los aspectos de su carrera, desde las fechas de lanzamiento de sus discos hasta las giras, pasando por los compositores, arreglistas y canciones seleccionadas para sus álbumes. Un Sinatra cuyo afán de superación no conocía límites, convirtiéndose en cantante tras nacer con un tímpano perforado, llegando a ser conocido como “La Voz” cuando, en realidad, había muchos otros artistas con más potencia y mejor proyección vocal, ganando un Oscar como actor secundario tras insistir casi hasta la impertinencia para obtener un papel para el que incluso tuvo que poner dinero de su bolsillo y consiguiendo, después de cumplir los cuarenta, revitalizar una carrera artística que prácticamente todos daban por acabada. Un cantante que supo sacar provecho de sus limitaciones, entendiendo que la aparición del micrófono abría infinitas posibilidades que ya no pasaban, necesariamente, por poseer un potente chorro de voz. Y quizás fue Sinatra quien lo entendió mejor que nadie entre todos aquellos cantantes que fueron apodados “crooners”, inicialmente de manera peyorativa: su fraseo susurrante, inspirado en el sonido de los instrumentos de viento en las orquestas de swing y en el jazz, se convirtió en su inimitable seña de identidad.

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Quiero hacer hincapié en la última parte de la cita de Loquillo: “las canciones trajes a medida reflejo de la vida del intérprete”. Esa es para mí otra de las claves: la elección de las canciones. Hasta Sinatra, los intérpretes se limitaban, salvo muy puntuales excepciones, a interpretar las composiciones de otros. Esto no cambió con Sinatra, de quién ya comentamos que no escribía sus canciones, pero sí que dio un giro radical con su fichaje por Capitol. Aunque, en teoría, el control de sus grabaciones pertenecía a la compañía y a los productores, Sinatra se las arregló para tener la última palabra en las decisiones artísticas más relevantes: escoger los arreglistas, sugerir cómo debían ser los arreglos y, sobre todo, elegir las canciones. Esto último, que puede parecer baladí, es uno de los detonantes del gran Sinatra de la etapa Capitol, y de su asentamiento definitivo en la cúspide de la música popular, en aquellos años previos a la explosión del rock and roll y la revolucionaria llegada de los Beatles.

Llegó a ser conocido como “La Voz” cuando, en realidad, había muchos otros artistas con más potencia y mejor proyección vocal, ganando un Oscar como actor secundario tras insistir casi hasta la impertinencia para obtener un papel para el que incluso tuvo que poner dinero de su bolsillo y consiguiendo, después de cumplir los cuarenta, revitalizar una carrera artística que prácticamente todos daban por acabada.

En una época en la que el formato LP apenas echaba a andar, y los primeros discos largos eran simples recopilaciones de éxitos o relleno para acompañar a los singles de éxito, Sinatra supo ver las posibilidades del álbum como vía para hilvanar una historia, reflejar un estado de ánimo y dotar de un relato coherente a lo que venía siendo simplemente una sucesión de canciones sin demasiada relación entre ellas. Así fue como Sinatra, para la mayoría de críticos, no solo impulsó el nuevo formato sino que además inventó el disco conceptual.

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Frank Sinatra fotografiado por Bob Willoughby en el set de “The man with the golden arm” (1955). Dirigida por Otto Preminger.

Claro está que, a pesar de todos esos méritos, nada de lo que ocurrió después hubiese sucedido sin las fabulosas interpretaciones vocales de Sinatra. Además el concepto “interpretación” nunca fue tan apropiado para definir la lectura que un cantante hace de los temas que canta. Llegamos así a otra de las claves de su leyenda: Sinatra era capaz de hacernos creer que todas aquellas canciones, no siendo suya ninguna de ellas, hablaban no ya a través de él sino de él mismo. Su historia personal y sus canciones se retroalimentaban entre sí. A pesar de que muchos de los temas que interpretó en aquellos años eran standards ya conocidos, algunos incluso largamente afincados en el imaginario colectivo, gran parte de ellos encontraron en Sinatra a su intérprete definitivo. Resulta difícil de creer que canciones como It was a very good year, New York, New York, Something stupid, Luck be a lady o That’s life ni siquiera hubieran sido escritas pensando en Frank Sinatra. Y a pesar de que el cantante siempre estaba rodeado de amigos y tenía una gran actividad social, es casi imposible no identificarle con el borracho solitario que le cuenta sus penas al camarero que se encuentra a punto de cerrar el local, ese personaje tierno y frágil de canciones como Angel eyes o One for my baby (and one more for the road).

Era capaz de hacernos creer que todas aquellas canciones, no siendo suya ninguna de ellas, hablaban no ya a través de él sino de él mismo. Su historia personal y sus canciones se retroalimentaban entre sí. A pesar de que muchos de los temas que interpretó en aquellos años eran standards ya conocidos, algunos incluso largamente afincados en el imaginario colectivo, gran parte de ellos encontraron en Sinatra a su intérprete definitivo.

¿Alguien se acuerda de que el intérprete original de esta última fue Fred Astaire? Y aún así, ¿alguien se imagina al bueno de Fred, al elegante bailarín y siempre correcto intérprete de números musicales repletos de glamour, descendiendo a un infierno similar y resultando creíble? Sinatra, en cambio, casi podríamos decir que creó y magnificó al personaje del perdedor con dignidad, que cae y se levanta cuantas veces sea necesario, incorporándolo a la cultura popular y posibilitando así la existencia y el éxito de intérpretes como el primer Tom Waits o el Billy Joel de los 70.

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Dicen que a Sinatra, como al jazz, la ópera o la música clásica, se llega con la edad. Pues bien, yo he llegado a esa edad. He caído en el hechizo, y desde hace ya unos cuantos años pienso que Sinatra me habla directamente a mí en sus canciones, aún cuando en mi interior sé que hay millones de personas en todo el mundo que piensan exactamente lo mismo. Mis cambios de ánimo fluctúan al ritmo de su música: busco en cada momento el Frankie más apropiado para mi humor, y siempre lo encuentro. Es la banda sonora de mis alegrías y mis pesares, y para unas y otros tiene siempre la frase justa. Me susurra al oído las bondades de la madurez, de entrar en, como él canta en su aclamado álbum de 1966, “el septiembre de la vida”. De forma indirecta me invita también a mirar hacia adelante, ya que a Sinatra, a sus cincuenta años, todavía le quedaban por delante los principales hitos comerciales de su carrera: Strangers in the night, My way o New York, New York. Por cierto, a pesar de ser sus canciones más conocidas (o quizás por eso), es sabido que Sinatra no las tenía en gran aprecio. Quizás por eso les reservaba en sus conciertos el tratamiento más humillante que le podía dar a una canción: interpretarla siempre de la misma manera, sin cambiar una palabra, ni un acorde, ni una entonación. Con sus favoritas hacía todo lo contrario, las modificaba sobre la marcha, las rehacía, cambiaba frases enteras y era capaz de hacer versiones casi totalmente diferentes según lo que le apetecía en cada momento, como hacía por ejemplo con The lady is a tramp. Esa manera de reinventar las canciones en directo, y a veces también en el estudio, lo emparenta con otro gigante de la música popular norteamericana: Bob Dylan.

Dicen que a Sinatra, como al jazz, la ópera o la música clásica, se llega con la edad. Pues bien, yo he llegado a esa edad. He caído en el hechizo, y desde hace ya unos cuantos años pienso que Sinatra me habla directamente a mí en sus canciones, aún cuando en mi interior sé que hay millones de personas en todo el mundo que piensan exactamente lo mismo. Mis cambios de ánimo fluctúan al ritmo de su música: busco en cada momento el Frankie más apropiado para mi humor, y siempre lo encuentro.

Selfie de Sinatra en 1938.
Selfie de Sinatra en 1938.

Y viene al caso la mención, por varios motivos. El principal es el lanzamiento de Fallen Angels, último álbum hasta el momento de Dylan, de nuevo dedicado, como ya hizo el año pasado con Shadows in the night, a revisar canciones del American Songbook que fueron popularizadas en su momento, salvo alguna excepción, por Frank Sinatra. Siempre defenderé, ante quien quiera escucharme, la oportunidad de estos dos discos. Para mí Dylan y Sinatra no están tan lejos el uno del otro. De hecho, creo que sus trayectorias son muy similares. Ambos se alimentaron de la música popular anterior a su tiempo, y ambos quisieron renovarla desde el respeto a la tradición. Los dos eran unos inconformistas, ambos persiguieron siempre llevar el control, tomar las riendas, reinventarse cuando veían que empezaban a alcanzar sus límites.

Una de las muestras más evidentes de ese inconformismo que compartían es, como hemos comentado, su gusto por modificar las canciones casi a cada interpretación, despojarlas de artificios o revestirlas con ellos, reinventarlas en función de la ocasión o incluso de su propio estado de ánimo. El mismo Dylan no sale de su asombro cuando se le cuestiona el hecho de estar haciendo discos de versiones cuando su talento compositivo es, quizás, su mayor activo: “No considero que estoy haciendo versiones de estas canciones, lo que estoy haciendo es descubrirlas, sacarlas de la oscuridad y traerlas a la luz del día”. Sinatra devolvió a la luz viejas canciones de oscuros musicales de Broadway, canciones que habían sido interpretadas por decenas de artistas antes que él sin alcanzar el éxito, hizo que generaciones de adeptos al jazz se interesaran por las composiciones aparentemente facilonas del Tin Pan Alley. Dylan, simplemente, sigue con la tradición.

Frank Sinatra and his dog, Ringo, at Sinatra's home in Palm Springs, California, in 1965

Grande, excesivo, impetuoso, arrollador y con una seguridad en sí mismo rayana en la altanería, Sinatra ha sido idolatrado por aficionados de todas las edades: ídolo de quinceañeras en sus inicios, espejo del maduro triunfador, refugio del nostálgico otoñal. El Sinatra romántico, el ganador, el abandonado, el simpático, el gruñón: para cada etapa vital, para cada estado de ánimo, hay un Sinatra; para cada pregunta que nos hacemos, a lo largo de nuestras vidas, hay una canción en sus discos que da con la respuesta. Al final, quien mejor ha definido la figura de Frank Sinatra es su viejo amigo y compañero de correrías, Dean Martin: “Este es el mundo de Frankie. El resto simplemente vivimos en él”.

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