Curiosidad por los musicales de entreguerras

Fidel Oltra © 2019 / 

Siempre he pensado que es imposible que haya alguien a quien no le guste la música. En realidad no conozco a nadie a quien le disguste, alguien a quien la música le resulte desagradable, insoportable, pero sí a muchísima gente para la que, simplemente, es algo que suena de fondo mientras hacen otras cosas. Si por casualidad eres de esas personas es poco probable que estés leyendo esto, así que me perdonarás si, a partir de ahora, me refiero solo a aquella gente a la que sí que le gusta. Más que nada para tener un punto de partida sólido que nos lleve a nuestro puerto de destino, que es la música que se creó en los Estados Unidos, en el periodo de entreguerras, para los musicales de Broadway y Hollywood. ¿Y por qué no ir al grano, directamente, sin dar tantos rodeos? Podría, pero me apetece primero hablar de cómo descubrí y caí rendido a esa música atemporal, a la que no siempre se le da la importancia que merece en la evolución posterior de la música popular. Empecemos diciendo la palabra mágica, una palabra que abre las puertas de castillos y tabernas, lujosos teatros y cochambrosos bares de carretera, lugares sagrados y burdeles. La palabra es curiosidad.

Sí, curiosidad. Una vez hemos dejado atrás a quienes no sienten ningún interés por la música, la diferencia entre quienes quedamos la marca la curiosidad. Todos hemos pasado por algún momento, durante nuestra adolescencia, en el que nos gusta la música del momento; cuanto más alejada de lo que le resulta agradable a nuestros padres, mejor. A veces hay un hermano mayor que nos introduce en un mundo más espacioso, haciendo de eslabón que nos une a épocas anteriores, pero muchas veces es un trayecto que se hace en solitario. Sentimos como propia esa música, nos buscamos, e incluso llegamos a definir nuestra identidad, a través de ella. A veces nos hace sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros, pero ese algo es muy diferente para cada uno.

Habrá quien se sienta identificado con una comunidad: heavy, rocker, mod, gótico… También habrá quienes prefieran vivir esa música, su música, como una relación íntima que no necesitan compartir con nadie más. Todo el mundo, más o menos, hemos pasado por alguna de esas fases, puede que incluso por todas. Superada la adolescencia, cuando el revuelo hormonal se asienta y la vida nos lleva por derroteros más prácticos y también más aburridos, no son pocos quienes se quedan anclados en esa música de la adolescencia, convertida en un monumento a la nostalgia. Nos queda entonces la última parte de nuestra selección: la gente que, aunque el tiempo pase y las canciones sean otras, mantiene esa mirada vidriosa al escuchar cierta música, se despierta en mitad de la noche con el deseo incontenible de escuchar una canción, asocia temas, discos o artistas a los acontecimientos más importantes de su vida con toda naturalidad. La gente que, al aterrizar en una ciudad nueva, busca en primer lugar las tiendas de discos. En definitiva, nos queda la gente que vive la música, que la ama, que no entiende una existencia sin ella. La gente que no ha perdido la capacidad de emocionarse, de asombrarse, de descubrir cosas nuevas. En definitiva, la gente que no pierde la curiosidad.

Woody Guthrie

Esa curiosidad también marca la diferencia entre quienes adoran a los artistas de su adolescencia y quienes, además, se preguntan qué hubo antes. Una pregunta que no tiene fin, y que a muchos les sirvió en su momento para llegar desde los Rolling Stones o Led Zeppelin hasta el blues, o desde el metal de los 80 hasta el hard rock de los 70, del country-rock a Hank Williams, del punk al rock and roll… ¿Dónde detenerse? Habrá quien llegue hasta los Beatles y les considere el origen de todo el pop que se ha hecho posteriormente. Habrá quien llegue hasta Elvis y piense que ahí nació el rock and roll y todas sus ramificaciones posteriores. Pero, en algún momento, la bendita curiosidad vuelve a clavarnos su aguijón: ¿y antes? ¿Es posible que hubiese ya rock and roll antes de Elvis, o pop antes de los Beatles? Y el blues del que bebían los Stones, ¿de dónde venía? ¿Y quien es ese Woody Guthrie a quien adoraba Dylan en sus inicios? Es entonces cuando, entre otras cosas, empiezas a fijarte en algo en lo que nunca antes te habías fijado demasiado: los créditos de las canciones. Lo cual nos lleva de vuelta al caso que conozco mejor que ningún otro y que mencionaba en el primer párrafo del artículo: el mío propio.

Frank Sinatra

Hace unos años, de manera gradual y sin ninguna experiencia concreta que sirviese de detonante, empecé a sentir una admiración total por Frank Sinatra. Una vez revisados mil veces sus mayores éxitos, esos que conoce todo el mundo, nuestra amiga Curiosidad me invitó a descubrir más canciones suyas. Había muchas diferencias entre unas y otras, no solo por la voz, que evidentemente mostraba su evolución a lo largo de los años, sino también por los arreglos y la temática de las canciones. Jamás pensé que una figura tan aparentemente monolítica y sosa – examinado superficialmente – como Sinatra pudiese tener registros tan variados, discos tan distintos, épocas tan distantes en todos los sentidos. En cuanto me hice con una parte importante de su discografía escudriñé con avidez los créditos: qué orquesta tocaba aquí y allá, quién le hacía los arreglos y quién escribía sus canciones. Porque Sinatra, aunque muchos hemos pensado en algún momento que My way era una canción autobiográfica, apenas escribió un puñado de entre todos los miles de temas que grabó a lo largo de su carrera. Sí, esa era una de sus grandes virtudes y su mayor atractivo junto a su eterna voz: hacernos creer que era él quien nos hablaba, quién había vivido todas esas desventuras y amoríos, quien hacía balance de su vida, quien se quedaba el último en el bar contándole sus penas al sufrido camarero. Pero no, él solo ponía su voz y el talento para escoger las canciones que mejor encajaban en el proyecto que tenía en mente. Que no es poco, claro. Aunque muchas veces esas canciones, en realidad la mayor parte, no hubiesen sido escritas expresamente para él.

Entonces llegó el momento crucial, el año en el que una figura tan mediática como Bob Dylan lanzó un disco con lo que la prensa dio en llamar «versiones de Sinatra». Hablo del álbum Shadows in the Night, de 2015, que fue el pistoletazo de salida de un proyecto que tendría continuidad en 2016 con Fallen Angels y, finalmente – al menos hasta la fecha – en 2017 con nada menos que un disco triple apropiadamente llamado Triplicate. Podía entender que la prensa generalista se quedase solo en la percepción de que Dylan había hecho un disco con «canciones de Sinatra», pero tampoco los medios especializados parecían entender lo que pasaba. Es cierto que Dylan había escogido un momento muy específico de la carrera de Sinatra, incluso ciertos discos concretos, para hacer sus propias versiones, pero nada justificaba que se silenciara el hecho de que, en realidad, Dylan estaba haciendo versiones de canciones que, en su mayoría, ya eran viejas cuando Sinatra las cantó. El colmo llegó con las sonoras críticas a la voz de Dylan, preguntándose cómo era posible que, a su edad y con la voz completamente rota y rasgada, más teniendo en cuenta que ni siquiera en su juventud se le podía considerar un gran cantante, osara competir con el mejor vocalista de la historia de la música. ¿Competir? ¡Nadie estaba compitiendo con nadie! Si acaso, competían en amor y en curiosidad por la música que se hacía antes de que ellos empezaran sus carreras. De nuevo, la curiosidad.

Bob Dylan

De una manera quizás un poco quijotesca, en respuesta a tanto sinsentido que leí en aquellos meses, empecé a indagar más en la historia de esas canciones: cuándo y cómo se habían creado, por qué tanto Sinatra como luego Dylan habían puesto su mirada en ellas, quién las compuso y con qué motivo. Me sorprendió que muchas hubieran sido compuestas en la década de los 40, pero sobre todo ver que había algunas más antiguas, incluso de los años 20. Comprobé que muchos nombres se repetían como autores: Johnny Mercer, Oscar Hammerstein II, Richard Rodgers, Irving Berlin, Harold Arlen, Ted Koehler, Cole Porter, Hoagy Carmichael… Investigando más todavía, me encontré finalmente con un mundo desconocido y fascinante además de inagotable, todo un regalo para un apasionado y curioso de la historia de la música popular. Descubrí que Georgia on my mind no era de Ray Charles; que la canción Star dust se compuso antes de que Carl Sagan, autor de la famosa frase «no somos más que polvo de estrellas», hubiese nacido; que la conocida As time goes by, popularizada en la película Casablanca, había sido compuesta once años antes, algo que también ocurrió con Singin’ in the rain, anterior en 22 años a la famosa película homónima; que el personaje de la revista satírica El Jueves que tanto me había divertido en mi adolescencia, Maki Navaja, tenía su origen en una obra de teatro de Bertolt Brecht estrenada en 1928, o que You’ll never walk alone sonó en Broadway casi veinte años antes de que se extendiera por los campos de fútbol. Descubrí, en resumen, el asombroso mundo de lo que suele conocerse como «jazz standards» y que, de manera más amplia para integrar otros fenómenos como el teatro musical de variedades, las operetas o las primeras bandas sonoras de Hollywood, se conoce hoy como el American Songbook.

Johnny Mercer

Hay muchos periodos fascinantes y decisivos para el devenir de la música popular del siglo XX, pero en mi opinión pocos fueron tan importantes como los años 20 y 30 del siglo pasado en los Estados Unidos. En ese espacio y tiempo empezaron a ponerse en algunos casos, a consolidarse en otros, los cimientos de géneros como el jazz, el soul, el blues, el country, el pop, el R&B o incluso el rock and roll. No solo eso, sino que en ese periodo se popularizaron inventos y accesorios, como el gramófono o el micrófono entre otros, que cambiaron la forma de relacionarse con la música de una manera tan titánica como en nuestros días lo ha hecho Internet. La década de los 20 es, en ese sentido, realmente fascinante: empezó con una gran euforia, actores maquillados para interpretar personajes afroamericanos, cine mudo y operetas humorísticas, y terminó con la Gran Depresión, musicales integrados, cine sonoro de gran presupuesto y canciones de denuncia.

A principios del siglo XX había dos formas principales de escuchar música. Una era acudir a las revistas o vodeviles que proliferaban en aquellos años. Espectáculos que podían ser ambulantes o tener un local fijo, y en los que la música era solo una parte del show junto a números circenses o humorísticos. La otra, tener un piano en casa, alguien que supiera tocarlo, y comprar las partituras (sheet music) de los éxitos del momento. Más tarde se popularizaron también las pianolas, que tocaban solas alimentadas por un rollo impreso y que venían a hacer la labor de los pianistas cuando no había ninguno. La industria musical de aquella época, las compañías que vendían las canciones tanto a las revistas como a particulares en todos los formatos mencionados, estaban casi todas instaladas en una zona de Nueva York conocida como Tin Pan Alley. Si echamos un vistazo a la biografía de todos los grandes compositores del American Songbook, la gran mayoría tienen en común tres datos fundamentales: eran hijos o nietos de inmigrantes judíos europeos, tenían un piano en casa que aprendieron a tocar desde pequeños, y en algún momento de sus inicios pasaron por el Tin Pan Alley, generalmente primero como pianistas de muestra y más tarde, si prosperaban en el oficio, como compositores. Los pianistas de muestra se situaban ante una ventana y tocaban –a veces incluso cantaban– las canciones que cada compañía ofrecía, de manera que el público pudiese escucharlas. La cercanía entre ellos convertía aquellas calles en una cacofonía de sonidos metálicos superpuestos, motivo por el que la zona recibió su nombre: Tin Pan Alley se puede traducir como «Callejón de la sartén de hojalata».

Tin Pan Alley (Callejón de la sartén de hojalata)

La fusión entre las revistas y las operetas, muy del gusto de los inmigrantes europeos, y la incorporación progresiva de los sonidos del ragtime o el jazz, dio lugar a los musicales de Broadway. En un principio tendían a ser versiones algo más sofisticadas del vodevil, con escasa o nula relación entre la trama representada y las canciones que iban sonando. Ahí nació el germen de la comedia musical como gran género artístico. Los teatros de Broadway competían por ofrecer los mejores espectáculos, contratando a los mejores compositores, letristas y guionistas. Allí se curtieron y triunfaron gente como Jerome Kern, los hermanos Gershwin, Irving Berlin, Cole Porter, Richard Rodgers, Lorenz Hart o Harold Arlen, entre muchos otros. En la primera mitad de los años 20 triunfaban las comedias musicales espectaculares y frívolas, con locales y promotores rivalizando entre sí y ofreciendo sus Follies, Gaieties, Revues, Shows, Brevities, Scandals o el nombre que cada uno le daba a su show para distinguirlo de los demás. En esa primera época aparecieron los primeros grandes musicales con entidad propia: Lady, Be Good!, Blue Monday, The Night Boat, Sunny o Funny Face. En ellos dieron sus primeros pasos gente como Fred Astaire o Humphrey Bogart, posteriormente lanzados al estrellato por sus trabajos en el cine.

Ginger Rogers

Sin embargo, según todos los entendidos, el primer gran musical de Broadway, el que inaugura su edad de oro, es Show Boat, de 1927. Varios son los motivos que lo acreditan, principalmente dos: por un lado, es la primera vez que se tratan temas serios como los prejuicios raciales o la faceta más trágica del amor; además, también por primera vez, los números musicales están plenamente integrados en la narración y no solo no la interrumpen sino que la complementan, le dan sentido. La gran canción de Show Boat es Ol’ man river, aunque otras como Make believe o Can’t help lovin’ dat man también han sido grabadas por las grandes figuras del jazz. Los siguientes años, hasta la entrada de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial, están considerados como los mejores del musical clásico de Broadway, con obras como Girl Crazy (1930), que lanzó a la fama a Ginger Rogers; Roberta (1933), con un joven Bob Hope; Porgy and Bess (1935), uno de los grandes trabajos de los Gershwin; Babes in Arms (1937), de Rodgers and Hart, y Oklahoma! (1941). Este último está considerado como el punto final de la era dorada de los musicales de Broadway, aunque tras la guerra el teatro musical seguiría produciendo grandes obras como The Sound of Music (Sonrisas y Lágrimas, 1959), The King and I (El Rey y Yo, 1951) y muchas otras que, en bastantes casos, fueron adaptadas al cine con gran éxito. En estos, o en otros musicales de la época, aparecían por primera vez canciones que alcanzarían éxito masivo: Summertime, My funny valentine, Smoke gets in your eyes, Begin the beguine, I’ve got you under my skin, My heart belongs to daddy o Night and day, además de las antes mencionadas Singin’ in the rain, Mack The Knife, As time goes by y You’ll never walk alone, por citar tan solo algunas.

La otra gran producción musical de los años 30 llegó desde Hollywood. Allí se habían desplazado, algunos de manera temporal y otros definitiva, muchos de los grandes compositores de Broadway que huían del Crack del 29. Cierto es que a ellos nunca les faltó el trabajo, pero el teatro musical sufrió un golpe bastante duro en cuanto a asistencia y presupuesto, obligando al cierre de varios locales emblemáticos. Sin embargo, el cine parecía inmune a la crisis. Es más, es como si las ligeras y desenfadadas aventuras de la gran pantalla, que siempre acababan bien, reconfortaran a los espectadores. En 1927 se estrenó El Cantor de Jazz, que no es la primera película sonora, pero sí la que marcó el punto de no retorno, y la primera en la que la música no sonaba solo de fondo sino que se sincronizaba con la interpretación y parecía que los actores y actrices cantaban. La fiebre por el cine sonoro, y concretamente por el musical, invadió Hollywood y se extendió por todos los Estados Unidos, mitigando en cierto modo los terribles efectos de la Gran Depresión. La mayoría de los grandes compositores fueron llamados a la Costa Oeste y su talento contribuyó a hacer de los años 30 una década mágica.

Cole Porter

Casi ninguno de los grandes nombres del American Songbook se resistió a la llamada de Hollywood, coleccionando nominaciones a los Oscar desde que el premio a la mejor canción se instituyó por primera vez en 1934. Por allí pasaron Cole Porter, los hermanos Gershwin, Harold Arlen, ‘Yip’ Harburg, Richard Rodgers, primero con Lorenz Hart como letrista y después con Oscar Hammerstein II, Harry Warren que desarrolló prácticamente toda su carrera en Hollywood, incluso los veteranos Irving Berlin y Jerome Kern. Muchos de ellos trabajaron en las famosas películas que encumbraron a Fred Astaire y Ginger Rogers en la RKO:  como The Gay Divorcee (La Alegre Divorciada, 1934), Flying Down to Rio (Volando a Río, 1934), Top Hat (Sombrero de Copa, 1935), Roberta (1935), Follow the Fleet (Sigamos la Flota, 1936), Swing Time (En Alas de la Danza, 1936), Shall We Dance (1937) o Carefree (1938). De esas películas salieron canciones tan populares como Cheek to Cheek, The continental, The way you look tonight o They can’t take that away from me, todas ellas ganadoras o nominadas al Oscar. Otras grandes canciones de aquellos años, introducidas por el cine, son la eterna Blue moon, Lullaby of Broadway, That old feeling, Blues in the night, The last time I saw Paris y, sobre todo, tres canciones que cualquiera habrá escuchado no alguna sino docenas de veces.

Esas tres canciones que permanecen, más o menos escondidas, en ese subconsciente colectivo musical que todos compartimos, son Over the rainbow, de la película El Mago De Oz (1938, con Judy Garland); When you wish upon a star, el tema que abría y cerraba la película Pinocho, una canción que ha quedado irremediablemente ligada a todo lo que representa Walt Disney y que fue la primera de la compañía en ganar el Oscar, y finalmente White Christmas, compuesta por Irving Berlin y cantada por Bing Crosby en la película de 1942 Holiday Inn. Aunque ni siquiera el propio Crosby le veía nada del otro mundo, y tras ser superada al principio en popularidad por otras canciones de la misma película, White Christmas acabó convirtiéndose, con los años, en el single más vendido del mundo y, sin duda, en una de las tres o cuatro canciones que casi todos somos capaces de tararear.

Fotograma de la película «My fair lady»

Aunque el cine musical todavía daría algunas de sus grandes obras en los años posteriores a la II Guerra Mundial, una buena parte de ellas eran adaptaciones de clásicos de Broadway / Hollywood de este periodo de entreguerras, o utilizaban canciones de aquella época en sus bandas sonoras. En los 60 y los 70 hubo un nuevo florecimiento con clásicos como West Side Story, My Fair Lady, Mary Poppins, The Sound of Music (Sonrisas y Lágrimas), Fiddler on the Roof (El Violinista en el Tejado), Cabaret, etc. Sin embargo, pienso sinceramente que esa etapa entre los años 20 y los años 40 de películas y musicales maravillosos, con lujosa ambientación y grandes canciones, esa época de inocencia y felicidad que salió de la mente de grandes directores y productores, pero también de los mejores compositores y letristas de su tiempo, es en verdad irrepetible.

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