Alrededor de “ellas”: 13 miradas, 13 caminos abiertos, 13 mundos

Emma Rodríguez © 2019 / 

¿Quiénes son ellas? se preguntarán ustedes al encontrarse con el título de este artículo. ¿De qué ellas vamos a hablar? ¿Es apropiado recurrir al simple pronombre colectivo, sin destacar nombres concretos, aún siendo muchos de ellos un mejor reclamo para atraer al lector? Aquí, en esta “Ventana” que hace el número 49, un número especial porque con él iniciamos una nueva etapa, me valgo yo del plural para homenajear la mirada, la palabra de las mujeres, tantas veces silenciada. Y lo hago a través de un libro muy sugerente que se convierte en una invitación a descubrir, a adentrarse en las obras y trayectos, de 13 escritoras inquietas, tenaces, combativas, capaces de mirar al mundo de una manera diferente, desde un sentido de solidaridad y de justicia del que tan necesitados estamos.

¿Cómo sería la historia si la hubieran contado también las mujeres? ¿Qué nos hemos perdido sin la aportación femenina, sin el conocimiento de un legado que ha ido corriendo en paralelo, de manera subterránea; un legado que, sin duda, suma, enriquece, nuestra visión de la realidad? Sobre todo esto he vuelto a reflexionar mientras me iba adentrando en la lectura de Eva en los mundos. Escritoras y cronistas, de Ricardo Martínez Llorca, publicado por La línea del Horizonte, una entrega valiosa en su sencillez por su capacidad para trazar puentes de complicidad entre sus protagonistas, para demostrar que no hay terrenos vetados a la mujer, ni obstáculos que no sea capaz de atravesar, ni zonas oscuras a las que no pueda acceder para esclarecer y poner de relieve los males de su tiempo, de los tiempos que a cada una de ellas le ha tocado o le toca vivir.

Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Marina Tsvetáieva, Rebeca West, Hayashi Fumiko, Martha Gellhorn, Annemarie Schwarzenbach, Edna O’Brien, Joan Didion, Janet Malcolm, Helen Garner, Svetlana Aleksiévich y Leila Guerriero. He aquí los nombres detrás de “ellas”, las protagonistas de un intenso recorrido entre generaciones que, más allá de las vicisitudes, de las biografías, de las obras, individuales, de los paisajes que cada cual contempla, conforma un relato unificado, coherente, una especie de abrazo sin fronteras. Como explica Martínez Llorca, novelista y autor de libros de viaje, artífice de este encuentro entre mujeres, de esta reunión de sentires, aventuras y búsquedas, en su lista podrían haber entrado muchas otras, pero todas las que están, ya hablen en sus obras de la guerra o de lo cotidiano, aportan verdad, iluminan el trecho de tierra que les ha tocado pisar, la mayoría de las elegidas desde la crónica, algunas de ellas a través de la ficción.

Eva en los mundos. Publicado por la editorial La Línea del Horizonte

Sofía Casanova o Carmen de Burgos asientan las leyes de lo que es la crónica y lo que no: el eje sobre el que se mueven es la verosimilitud; lo que narran no basta con que sea creíble dentro del pacto que proponen al lector, se tiene que identificar como verdad en el sentido en que Kublai Jan quería corroborar si su sueño se correspondía con una ciudad que existe. Aunque leer sus viajes por Europa, en una época en la que apenas se permitía a las mujeres salir de su círculo íntimo, de su barrio y sus tertulias a la luz de las candelas, debió suponer una sacudida mayor (…) El mundo se agranda a medida que ellas avanzaron y nosotros las leemos…”, seguimos el texto introductorio, con el ánimo ya dispuesto a emprender el camino, a avanzar, a partir de las experiencias y desafíos a las que se enfrentaron estas dos mujeres, testigos, a mediados del siglo XX, de una realidad convulsa, marcada por el horror de la guerra.

“Eva en los mundos. Escritoras y cronistas”, de Ricardo Martínez Llorca, es una entrega valiosa en su sencillez por su capacidad para trazar puentes de complicidad entre sus protagonistas, para demostrar que no hay terrenos vetados a la mujer, ni obstáculos que no sea capaz de atravesar.

Casanova, nacida en La Coruña en 1861, fue la primera mujer española corresponsal de guerra en un país extranjero. Católica y conservadora, defensora de la monarquía y en las filas del franquismo durante la Guerra Civil, dio cuenta en sus escritos, en sus diarios, de acontecimientos como la Revolución Rusa, siendo “una de las primeras personas que supo prever lo que se estaba fraguando: en contra del parecer occidental, argumentaba que esa revolución sería duradera e implicaría cambios inconcebibles en el mundo, pues a quienes la seguían lo les faltaba una causa”, nos cuenta el autor de Eva en los mundos, quien sigue los pasos de esta su primera protagonista durante la I Guerra Mundial, como enviada permanente en Europa Oriental del diario “ABC”. “El transcurso de la guerra la obliga a huir a Minsk, a Moscú y a San Petersburgo, llevando consigo una maleta de cartón reforzado con cuero y a sus tres hijas vivas, y a la cuarta en el dolor de la memoria. Hablaría sobre la muerte de Rasputín y entrevistaría a Trotski, a quien consideraba el más inteligente de los líderes de la revolución bolchevique, y a quien llamó “el terrible comisario de Negocios extranjero”, sigue relatando Martínez Llorca, quien traza el retrato de esta mujer que llegó a ser candidata al Premio Nobel de Literatura y cuyos libros están hoy, en su mayor parte, descatalogados.

Son muchos los detalles de la biografía, de la obra de Sofía Casanova, que llaman la atención, del mismo modo que sucede con Carmen de Burgos, conocida como Colombine, muy distante de la primera ideológicamente, pero también pionera del periodismo sobre el terreno, de la que se nos hace saber que “su maleta estaba siempre preparada para conocer lugares donde no pesara la mantilla sobre la cabeza de las mujeres”, como decía ella misma. Luchadora por la II República, convencida defensora del sufragio universal, activista por los derechos humanos, durante la dictadura de Franco se requisaron todos sus libros y se prohibió su nombre.

La maleta de Carmen de Burgos, conocida como “Colombine”, “estaba siempre preparada para conocer lugares donde no pesara la mantilla sobre la cabeza de las mujeres”, como ella misma decía.

Breves y vibrantes son los distintos retratos que va dibujando el hacedor de esta ruta femenina entre “mundos”. Una ruta en la que, si bien, destacan los detalles, los hechos más llamativos de cada biografía, se valora la calidez y la capacidad de introspección del retratista, capaz de situar a sus creadoras en el contexto de sus entornos vitales e históricos, trascendiendo la anécdota, profundizando en los logros y el alma que sobrevuela las obras y los destinos de sus trece protagonistas; algo muy de agradecer. Vida y creación se cruzan en estos trece perfiles que nos descubren a creadoras muy singulares, unas más conocidas que otras, todas unidas, como decía antes, por el afán de rascar las capas superficiales de la realidad, por ahondar en sus propias circunstancias y en las de su entorno. Todas abrazadas por una fuerte corriente de solidaridad, de sentido de la justicia.

Cada uno de los textos es una pieza literaria en sí mismo, porque el autor aplica su mirada, interpreta, reflexiona, levanta su propio relato, sus relatos, dotando a cada uno de ellos de un particular sentido, de una atmósfera diferente. Siguiendo el recorrido, bajo el título de Un caso de exceso de ternura, nos encontramos con la autora rusa Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892 – Yebáluga, 1941). Su poesía es sublime, su historia, dramática: pobreza, abandono, represión, cárcel, exilio, suicidio… De todo ello, absolutamente estremecedor, da cuenta el libro que nos ocupa, pero me quedo con un párrafo que refleja todo lo que os decía anteriormente, del espíritu que anima la entrega:  “Tsvietáieva escribe temerariamente, sobre el caos de un presente, más atroz aún porque no puede ser comprendido. Los fragmentos de sus diarios presagian no solo la tragedia personal, sino también la de un pueblo. Son un testimonio de la vulnerabilidad humana, al tiempo que mantiene ese pulso con la literatura, como si presintiera que ella está hecha del sonido de las palabras, y que estas son el cielo, el alma. Se dispone a hablar de un país fracturado, de un tiempo fracturado hasta la extenuación, y le saldrán, a la fuerza, escritos en los que la fractura se convierte en un estado lírico”.

Crítico literario, guía de destinos, viajero él mismo, Ricardo Martínez Llorca, va atravesando geografías y devenires de la mano de otras mujeres como la londinense Rebecca West (nombre de un personaje de Ibsen adoptado por Cecily Isabel Fairfield), a quien define como “la periodista casi perfecta”, capaz de desaparecer de sus crónicas, movida por la búsqueda de “trazas de dignidad” en aquellos con los que se cruza, con los que conversa. “Sorprendida por la incapacidad de la gente por ver el mundo a través de los ojos de los demás, conserva una mirada inocente y limpia, con tanta obsesión como para considerar que la empatía es una de las ramas del árbol de la nobleza, junto con la ternura”, vamos pasando las páginas a ella dedicadas, en las que adquiere importancia su gran obra, el libro de viajes Cordero negro, halcón gris, fruto de un encargo para la revista “Atlantic” en 1936 que se convierte en un largo viaje por ciudades europeas en el que traza un mapa del malestar mundial.

“Marina Tsvietáieva escribe temerariamente, sobre el caos de un presente, más atroz aún porque no puede ser comprendido. Los fragmentos de sus diarios presagian no solo la tragedia personal, sino también la de un pueblo”, escribe Martínez Llorca.

Pese a su brevedad, como decía antes, son muy intensos los itinerarios de esta entrega que se convierte en puerta de acceso a interesantísimas obras literarias. Capaz de avivar la curiosidad y despertar pasiones, el autor consigue que queramos acudir a las fuentes, conocer mejor a las mujeres que nos va presentando. Reconozco que de muchas de ellas apenas había oído hablar, caso de la japonesa Hayashi Fumiko –una biografía corta, llena de dolor, de penurias y de contradicciones–, autora de Diario de una vagabunda, un libro “que es otra obra maestra de lo cruel que puede llegar a ser la vida y la incompetencia que tenemos para entender las razones” (…) “un testimonio de supervivencia en un país, y sobre todo en su capital, Tokio, tras las derrotas de la guerra” (…) “una lectura que nos remite a la actualidad, a esos fenómenos que llamamos crisis, pero cuyo resultado es idéntico al de la guerra”, señala nuestro guía, porque, “hoy”, nos dice, “hay miles de vagabundos, en el mismo sentido en que Fumiko fue la vagabunda fragmentada que ella se representa con una potencia descomunal en un libro clave de la literatura del siglo XX, repartidos por los callejones del planeta”.

Emma Rodríguez. Foto por Nacho Goberna

Más conocidas resulta Martha Gellhorn, aunque en su perfil pese demasiado haber sido la mujer de Ernest Hemingway. Además de dar cuenta de las idas y venidas de la pareja de escritores, Ricardo Martínez Llorca se refiere a ella como una incansable corresponsal de guerra, que siguió ejerciendo su oficio hasta cumplir más de siete décadas, como una “mujer austera hasta la médula, capaz de vivir con lo que le cabía en los bolsillos”, ya que pensaba que “acumular y mejorar posesiones es una manera de perder la vida”. De su obra el autor destaca Cinco viajes al infierno, donde relata las rutas más desastrosas que emprendió en su vida, hacia lugares en los que parece imposible que se pueda vivir. “Una pequeña colección que refleja su única y efímera codicia: la de tener un billete de avión en el bolsillo”; una entrega que tiene mucho de viaje interior y que expresa la sabiduría de vida de alguien incapaz de parar. Gelhorn se convirtió en enfermera durante el desembarco de Normandía para enviar su crónica desde la primera línea de batalla, y se caracterizó por su lucha firme contra el fascismo en la Guerra Civil española. Siempre a punto para ejercer la crítica, la denuncia, frente a los horrores y desmanes del mundo, siguió con firmeza su gran proyecto de vida, aquello a lo que encaminaba todos sus actos, combatir la injusticia allá donde se produjese.

Marta Gelhorn, incansable corresponsal de guerra, se convirtió en enfermera durante el desembarco de Normandía para enviar su crónica desde la primera línea de batalla, y se caracterizó por su lucha firme contra el fascismo en la Guerra Civil española.

Como vemos destacan en el recorrido las mujeres reporteras, forjadas en la guerra, en territorios que normalmente han sido propiedad del hombre, aportando una sensibilidad diferente, más atenta a la escucha de las víctimas, al relato de las emociones. En ese lado, pero desde su papel de conversadora, de salvadora de voces calladas, se encuentra la Premio Nobel de origen ucraniano Svetlana Alexiévich, autora de libros testimoniales novelados como El fin del Homo Sovieticus, Últimos testigos o La guerra no tiene nombre de mujer. A día de hoy, como señala el ensayista, sigue escribiendo desde su modesto piso de corte soviético proletario, de cara al río Svisloch, en Minsk, preocupada por el destino de una nación que sigue alimentando el mito de los valores bélicos, pero ajena a confrontaciones, al cultivo del odio. Sus libros se leen “con reverencia”, nos dice Martínez Llorca, “son muestra de una empatía palpable”. En ellos “no hay narrador, no hay un estilista que impresione, no hay una voz alfa”. tal vez porque su autora “creció entre gente sencilla, cuyas historias destrozaban a cualquiera…” y aprendió el arte de la ingenuidad de niña, escuchando a las mujeres que conversaban por las tardes, con la sombra de la mitad de la población, la masculina, muerta en la guerra.

El volumen termina con Leila Guerriero (Argentina, 1967), la más joven del conjunto, una certera cronista de nuestros días, “una personalidad descorazonadora en la escritura, tan depurada y precisa como tensa, salvo algunos brochazos de color que nos sirven de descanso y adicción”, vamos leyendo acerca de esta mujer que ha escrito para distintos medios sobre la cruel dictadura de Myanmar, sobre la hipocresía del Papa Francisco en el asunto de los abusos sexuales por parte de sacerdotes o sobre el actual y enconado conflicto de la llegada de emigrantes latinos a Estados Unidos, amenazados no sólo por medidas racistas e inhumanas, sino por la animadversión de los de su propio pueblo, que llegaron antes que ellos. “Leila ha traído una mirada existencialista a la crónica, al periodismo narrativo, a la literatura (…) Con el mayor de los pesimismos, en el peor de sus días, sostiene que la humanidad se ha habituado a moverse en la mugre, “a convivir con la basura en su ojo de cíclope hasta que la basura se hace callo y el ojo queda confortablemente ciego”, señala el artífice de Eva en los mundos.

El volumen termina con Leila Guerriero, la más joven del conjunto, una certera cronista de nuestros días, “una personalidad descorazonadora en la escritura, tan depurada y precisa como tensa, salvo algunos brochazos de color que nos sirven de descanso y adicción”.

Pero antes de llegar a la autora argentina, artífice de recopilaciones de perfiles, crónicas y artículos sobre periodismo como Frutos extraños, Zona de obras o Plano americano, nos encontramos con otras escritoras como la suiza Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), a quien debemos títulos como El valle feliz, Muerte en Persia o Todos los caminos están abiertos. Adicta toda su vida a la morfina, de aspecto andrógino, herida por un amor imposible hacia Erika Mann, la hija del Premio Nobel alemán y amante de las geografías orientales, tenía, según Ricardo Martínez Llorca, un “talento feroz para la tristeza” y la capacidad de otorgar voz a los perdedores, a través de la palabra escrita y también de la fotografía (viajó por Estados Unidos documentando la época de la depresión). En su obra destaca el contraste entre la felicidad que experimentó en sus viajes a Asia, donde participó en expediciones arqueológicas, y su desolación ante la pobreza, la indefensión y la violencia en la América de la naciente prosperidad, una situación que refleja tanto en su obra como en sus piezas fotográficas, como testigo de la esclavitud en los campos de algodón y de la situación de los obreros más desfavorecidos de la industria, imagen de la puerta trasera del capitalismo.

A su lado caminan Janet Malcolm (Praga, 1934) y Helen Garden (Australia, 1942). La primera ha construido su trayecto en torno a dos pasiones: Chéjov, a quien dedica una obra en formato de libro de viajes, Leyendo a Chéjov, donde explora los lugares y el trasfondo espiritual que anima la obra del clásico ruso, y Freud, a quien dedica ensayos como En los archivos de Freud, en la corriente del gran periodismo de investigación. La segunda, autora de obras como La casa de los suspiros se cuestiona en sus libros y crónicas asuntos como el sistema jurídico, el funcionamiento de los tribunales, la falta de moral de determinadas normas de convivencia, la educación sexual de los adolescentes, los escándalos de acoso sexual en la universidad. “Garner es una de esas escasas personas preparadas para revelar cosas demasiado íntimas, del tipo de asuntos que consideramos vergonzosos, cosas sobre las que la mayoría de nosotros no nos atreveríamos ni a toser un monosílabo si nos apuntaran con un arma en la cabeza”, comenta Martínez Llorca.  

También se adentra el ensayista en las obras, biografías, vicisitudes y enseñanzas de creadoras con tanta personalidad como Edna O’Brien y Joan Didion, mucho más conocidas por el público español. De la primera, nacida en Irlanda en 1930, analiza el autor una de sus obras más populares, la trilogía Las chicas del campo, que tanto bebe de su biografía, del “dolor de la memoria”, como dijo John Berger. La vida de la autora experimentó un salto trascendente, desde la estricta sociedad rural en la que nació y que retrata en su literatura, hasta la efervescencia cotidiana de urbes como Londres y Nueva York, donde se codeó con destacadas figuras de las letras y el espectáculo, dedicada a la escritura y a labores editoriales. Hoy, pasados los 80 años, vive “una especie de exilio voluntario” en Londres. La soledad, como indica Martínez Llorca, ha sido su gran tema; la escritura su refugio, su manera de vivir hacia dentro, aunque con algunas destacadas incursiones en los luchas del exterior, caso del conflicto de Irlanda del norte, un conflicto que le afectó sobremanera, “hasta el extremo de intentar explicarlo una, cien, mil veces en distintos artículos y hasta a través de una novela, porque lo que publicaban los medios de comunicación tendía al reduccionismo”, haciéndole ganar algún que otro desprecio.

Emma Rodríguez

La soledad, la humanidad y la serenidad caracterizan el trayecto de O’Brien y de algún modo están presentes también en el de Joan Didion (California, 1934). Si tuviera que elegir de entre todos los retratos que contiene este libro, que no es tarea nada fácil, me quedo, por la técnica de desvelamiento con el que está trazado, con el de esta mujer en cuya obra llevo tiempo queriendo profundizar más. Su vida, llena de talento y de energía, se vio truncada por el dolor ante la muerte de su marido y su hija, experiencias recogidas en dos de sus mejores libros: El año del pensamiento mágico y Noches azules. Quien de ella escribe inicia su perfil a través del visionado de un documental realizado por su sobrino, El centro cederá, y a partir de ahí, de los movimientos y palabras de la escritora, va aproximándose a ella, analizándola, entendiéndola. “La figura anciana a la que entrevista su sobrino contiene el mismo gesto que la de las fotografías de las épocas más atropelladas, de su temporada de gran vividora, de esa edad en que uno no entiende que mañana la vida puede haberse modificado…”, vamos leyendo.

La vida de Joan Didion, llena de talento y de energía, se vio truncada por el dolor ante la muerte de su marido y su hija, experiencias recogidas en dos de sus mejores libros: “El año del pensamiento mágico” y “Noches azules”.

El brillo, la agitación de la contracultura, el mundo hippie, forman parte de la primera etapa de la vida de Didion. En algunos de sus escritos da cuenta de todo ello y transmite, como señala el autor de la obra que nos ocupa, “la sensación de saber que está viviendo el estallido de la pubertad de Estados Unidos”, pero la muerte, el dolor y el duelo irrumpen en su camino y se inicia otra etapa que encuentra acogida en su literatura, dando lugar a los dos títulos anteriormente citados, donde la autora es capaz –sigo el análisis de Martínez Llorca– de “presentarnos la degradación de la felicidad en esos actos de cada día: desayunar y lavarse los dientes, escribir, contestar al teléfono, sacar la basura o hacer la compra. No hay que ordenar el caos a través de la escritura, porque no hay caos”. Como dice la propia autora: “La vida cambia rápidamente. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conoces termina”.

Los gestos de Joan Didion, que recobra el retratista, su espíritu siempre abierto a las sorpresas, se graban en mí, del mismo modo que acciones y palabras del resto de las protagonistas de este libro (lleno de verdades, de mucho más de lo que he resumido en este artículo), que se convierte en un puerto de salida hacia lugares, geografías, literaturas, que merece mucho la pena descubrir. Estamos ante una entrega hecha de perfiles, de fragmentos, de miradas femeninas, de retazos de lecturas, de acercamientos, de rumbos que acaban juntándose en un único y tentador viaje, el de la apertura al mundo, tanto al exterior como al de los paisajes interiores más profundos.

“Eva en los mundos. Escritoras y cronistas”, de Ricardo Martínez Llorca, ha sido publicado por La línea del horizonte.

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