Martín Caparrós: “No hace falta ir tan lejos para ver la desgracia”

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Por Emma Rodríguez © 2018 / Los relatos están en la vida de Martín Caparrós desde el principio. El escritor y periodista argentino (Buenos Aires, 1957) recuerda que desde muy niño, y en dramáticas circunstancias, comprendió que la literatura tenía un gran poder, el poder de combatir el miedo. Esa convicción temprana parece haber marcado el camino de este hombre al que la vida, tan llena de historias y de imprevistos, ha enseñado a irse despojando poco a poco de las cosas materiales para viajar ligero de equipaje. Mantuvimos esta conversación una mañana luminosa de invierno en la casa del Barrio de La Latina, en Madrid, donde el autor ha establecido su domicilio en los últimos años. Se le veía tranquilo, pero atento al reloj, no sea que se le pasase la hora y no llegase a coger el tren, esta vez rumbo a Barcelona, ciudad en la que vivió en el pasado y a la que está barajando volver. Pocos días atrás había regresado de México, donde estuvo en contacto con jóvenes periodistas que siguen viviendo el oficio con pasión. Nada de lo que decora el espacio en el que nos encontramos le pertenece, todo es alquilado. Mañana estará en otra parte y pasado quién sabe. Un cierto aire de provisionalidad impregna el ambiente. Caparrós parece estar preparado para coger la maleta en cualquier momento y salir por la puerta rumbo a otros lugares, muchas veces territorios alejados del confort, absolutamente distantes de las preocupaciones, tantas veces banales, que marcan el ritmo cotidiano de los habitantes del primer mundo.

Libros tan reveladores y conmovedores como El hambre, compendios de crónicas como Larga distancia, muestran la forma en que el escritor mira y nos invita a mirar, dando cuenta de que hay otras vidas que merecen atención, sacándonos del nosotros. La idea de que somos una pequeña parte en el desarrollo de la Historia late en toda su obra, tanto en sus relatos periodísticos como en sus novelas (La historia se titula precisamente una de sus entregas más ambiciosas). “Entendamos de una vez nuestra pequeñez”, parece querer decirnos este nómada que atesora imágenes de personas a las que ha conocido en aeropuertos, pueblos perdidos y ruidosas ciudades, gestos tal vez insignificantes, “rasgos de muchas caras que se van borrando con razón” (tomo sus palabras del epílogo de Larga distancia), tal vez sin haber expresado una última palabra que encierre un resquicio de verdad, esa verdad escondida en cualquier rincón del mundo, esperando ser descifrada.

Libros tan reveladores como “El hambre”, compendios de crónicas como “Larga distancia”, muestran la forma en que el escritor mira y nos invita a mirar, dando cuenta de que hay otras vidas que merecen atención, sacándonos del nosotros.

– Empecemos por el principio. ¿Alguna experiencia, anécdota, acontecimiento, que haya decantado la vocación de Martín Caparrós?. ¿En qué momento decidió que lo suyo era el periodismo, la literatura?

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– Yo nunca decidí que quería ser periodista, escritor. Lo único que tengo claro es que desde siempre escribí. Hay dos pequeñas historias, una respecto a la lectura y otra a la escritura, que pueden responder a la pregunta. Siempre recuerdo, y lo he instituido como una especie de origen mítico en mi relación con la literatura, un día, cuando tenía poco más de cinco años, en que iba en un coche que manejaba mi padre. En el asiento de adelante estaba él, un amigo recostado y yo en medio; detrás estaban mi madre, la mujer del amigo y mi hermano chiquito. Íbamos por una carretera en medio de la lluvia cuando mi padre perdió el control del coche, que empezó a dar vueltas por el campo. Yo iba leyendo un libro de Emilio Salgari, A la conquista de un imperio, y en medio de las vueltas mi gran preocupación era que no conseguía seguir la historia. Se me movían las líneas mientras estábamos dando vueltas de campana… Al final el coche paró y con el impacto, en medio del campo, saltó por el aire el parabrisas y por el hueco que dejó salió volando mi libro, que recuperé en medio del barro.  Tiempo después pensé que si en medio de una situación tan amenazadora la lectura me había permitido no tener miedo, no era un mal negocio. La segunda historia tuvo lugar un poco más tarde, cuando tenía siete u ocho años. Me gustaba mucho recitar en los actos de la escuela, los días que se celebraba alguna fiesta patriótica; cuando se conmemoraba el día de la madre, el del maestro y similares. Entonces los chicos subíamos al escenario a recitar algo o a hacer alguna obrita de teatro. En algún momento se me ocurrió que además de recitar podía escribir yo mismo los poemas. Ahí fue cuando empecé a escribir: un poema a San Martín, que era el héroe de la patria argentino, otro a mi madre y así sucesivamente.

– ¿Recuerdas los primeros libros, autores, que te fascinaron?

– Sí, claro. Para empezar, por encima de todos, mi acompañante en aquel viaje, Emilio Salgari, con sus piratas de la Malasia, Sandokán y compañía. Verne también, un poco menos. Y Dickens, Jack London, Louisa May Alcott y una docena de libros de un autor brasileño para niños comunistas, Monteiro Lobato, una especie de recorrido por la historia de la mano de dos chicos que viajaban en el tiempo. Me gustaban los relatos de aventuras, en general, como esos Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Guevara, que me fascinaron cuando tenía ocho o nueve años. Pero, te insisto, no creo que haya tomado nunca la decisión de convertirme en escritor. Empecé a escribir, nomás, porque nunca pude pensar en nada mejor que hacer.

– ¿Se ha mantenido esa fascinación a lo largo del tiempo? ¿Hay libros a los que vuelves una y otra vez? ¿Inspiraciones, influencias confesables?

– Hay, sí, pero por supuesto no aquellos de los primeros años. A Borges vuelvo siempre, y a Herodoto y a Quevedo y a Flaubert y a tantos otros. Ahora, por ejemplo, estoy releyendo uno de los libros que siempre me tientan cuando pienso en qué querría escribir: La vida instrucciones de uso, de Georges Perec.

– Como periodista empezaste en la sección policiaca del diario Noticias, donde el jefe era nada menos que Rodolfo Walsh. ¿Cómo recuerdas esa etapa, te influyó el contacto con Walsh?

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– Como te decía, yo no quería ser periodista. Entré en ese diario porque quería ser fotógrafo y al cabo de unos meses, por una serie de circunstancias, me propusieron escribir. Era un día de verano, un sábado de verano en el que había poca gente en la redacción. Uno de los periodistas tenía que cerrar una página, estaba preocupado porque no iba a llegar a tiempo a todo y me preguntó si yo podía escribir algo a partir del cable de una agencia sobre el hallazgo del pie izquierdo de un andinista japonés, que se había perdido en el Aconcagua diez años antes. Lo escribí y como les pareció que estaba más o menos bien me dejaron ahí, porque seguía sin haber gente, porque era verano y demás… Así fue, por pura casualidad, como empecé en el periodismo. Tenía unos 16 años y, efectivamente, el jefe de la sección, mi jefe, era Rodolfo Walsh, a quien yo había leído y admiraba mucho. Me gustaría poder decir que, además, su contacto fue una influencia para mí, que me enseñó mucho, pero no es cierto. Ese trabajo duró pocos meses y él estaba más concentrado en sus asuntos que en hacer caso al último chico que había llegado. Como aprendí de Walsh fue leyéndolo, que es, además, como uno debe aprender las cosas.

– Rodolfo Walsh representa al periodista comprometido. Pagó con su vida su combate contra la dictadura. ¿Hasta qué punto ese compromiso sigue vivo en América Latina? ¿Se arriesga más frente al poder, se cultiva más la crítica en contraste con la alta dosis de domesticación del periodismo actual en España?

–  Bueno, yo no reivindico a los periodistas que se juegan la vida, en la medida en que si un periodista tiene que jugarse la vida actualmente es porque su país ha fracasado en la construcción de una sociedad en la cual eso no sea necesario. No creo que el periodismo que se hace en México, por ejemplo, sea más crítico que el brasileño o el argentino, y, sin embargo, en México matan a periodistas, pero sucede porque están ejerciendo su trabajo en una situación en la que ser crítico implica jugarse la vida. Por supuesto que es muy meritorio seguir siendo crítico cuando tu vida está en juego, pero no quiere decir que lo seas más, sino que lo eres en una situación peligrosa. Tampoco creo que sea tanta la diferencia entre el periodismo que se hace en España y el que se realiza en América Latina. En España hay muchos medios que están muy domesticados, es cierto, pero hay otros pocos que buscan la forma de no dejarse domesticar. Y esos son los que a mí me interesan y los que cada vez más gente busca. No podemos comparar el caso español con el de América Latina, porque se trata de sociedades muy distintas. Y,  de todas maneras, tenemos que aceptar que en esos países donde es peligroso poner en práctica cierto periodismo crítico, tampoco es la mayoría, ni mucho menos, la que lo ejerce. No debemos idealizar esa percepción de que allí los periodistas se juegan la vida. Hay unos pocos que sí lo hacen, pero hay otros muchos que tragan igual que aquí, que en todos lados.

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“En España hay muchos medios que están muy domesticados, es cierto, pero hay otros pocos que buscan la forma de no dejarse domesticar. Y esos son los que a mí me interesan y los que cada vez más gente busca”.

– ¿Crees que el periodismo crítico se ejerce ahora mismo en medios pequeños, independientes?

– Sí. Medios independientes que no tengan los compromisos que hacen que no puedas contar ciertas cosas y que busquen fórmulas de funcionamiento y de financiación que no te obliguen a callarte en muchos casos o a decir lo que no te parece apropiado decir.

– ¿No crees que en el caso de España están sucediendo muchas cosas que no se están contando, temas de interés humano: desahucios, suicidios, a los que los medios prestan muy poca atención, que no se visibilizan lo suficiente?

– Sí. Seguro. Yo tengo discusiones con amigos periodistas que se empeñan en hacer buen periodismo de las cosas que están lejos. Ahí estoy de acuerdo contigo. Pienso que para algunos grandes medios hablar de la miseria y las injusticias en Nigeria es mucho más tolerable que hablar de las miserias y las injusticias en Carabanchel. Supongo que va por ahí. Pero hay otros medios que podrían no caer en esa regla y que tampoco se ponen a la labor. Lo que está claro es que no hace falta ir tan lejos para ver la desgracia.

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– De esa etapa en la que empezaste a hoy el periodismo ha cambiado muchísimo. ¿Qué crees que ha mejorado, en qué lo ha hecho mejorar la tecnología y en qué lo está perjudicando?

– Bueno, son muchas cosas, pero hay una en la que la mejora y el empeoramiento se mezclan. Hoy el acceso a la información es infinitamente más fácil. Cuando empecé a hacer crónicas de lugares más o menos lejanos, me tenía que pasar días y días en distintas bibliotecas de Buenos Aires o bien en algún archivo de periódico. Después de intensas jornadas podía acabar encontrando dos o tres articulitos perdidos sobre cualquier lugar, por ejemplo sobre Myanmar (Birmania). Ahora pongo Myanmar en google y en apenas unos segundos tengo muchos más artículos de los que pudiera leer en toda mi vida. Si antes había que saber encontrar, ahora hay que saber desechar. Y lo que indudablemente es una gran ventaja puede ser una gran desventaja en la medida en que uno se deje llevar por la facilidad y no haga más que usar sin más lo que encontró en Internet. El asunto es utilizar eso como una base; saber lo que uno quiere buscar e ir y buscarlo. Se trata de no permitir que la facilidad digital reemplace a la irreemplazable forma de  conocimiento que significa la experiencia, el ir, el mirar, el escuchar, el registrar…

– Todo eso tiene mucho que ver con Larga distancia [acaba de ser publicado por el sello Malpaso 25 años después de su primera edición], un libro que trata sobre el sentido de viajar y de mirar de otra manera hoy, cuando todo está tan cerca y cuando se viaja a los sitios para tener la postal, la foto de que has estado ahí, sin realmente apreciar, aportar, la experiencia propia. Salirse de las rutas trazadas, para arriesgarse un poco, es lo que transmite este libro de crónicas periodísticas.

– Bueno, uno puede viajar para incluirse en la postal, que es lo que hace muchísima gente, como dices, una enorme mayoría. Yo no pretendo dar ninguna lección al respecto. Lo que yo hago no son textos de viajes, ni literatura de viajes. Lo mío es viajar para contar aquello que quiero contar; ir allí donde pueda encontrarlo. No trato en ningún momento de contar mi viaje, lo que cuento es un problema, un tema, una cuestión que me parece que merece la pena ser contada. Me resisto a ser incluido en la lista de los viajeros.

– Bueno, Chatwin, Paul Bowles, Theroux, todos los grandes escritores viajeros trascienden el relato del viaje y hablan de las circunstancias, de las problemáticas, de los países que visitan. Su mirada nunca es superficial, no se limita a las localizaciones, a los paisajes…

– Sí, claro, pero me estás hablando de grandes escritores. Yo cuando pienso en literatura de viajes visualizo al señor que se va al Sahara y te cuenta cómo dormía, cómo comía… No es mi caso. Para remitirnos a Larga distancia, el viaje a Bolivia lo hice porque quería conocer de primera mano cómo funciona el cultivo de la coca. Cuando fui a la Unión Soviética, en el momento en que estaba a punto de caer, lo hice porque quería saber cómo un país que había estado durante 70 años funcionando de determinada manera ya no podía seguir por ese camino, y en China lo que me interesó fue observar su adaptación al modelo capitalista. Eso es lo que busco, a veces lo encuentro y otras no, pero, en cualquier caso, lo que me mueve es contar una situación que, en mi opinión, merezca la pena ser contada.

– La escritora colombiana Laura Restrepo dice que llegó a la literatura porque el periodismo se le quedó corto para contar lo que quería contar. ¿Te pasa lo mismo?

– No. Como te decía, yo empecé a ser periodista a los 16 años porque me tocó, me gustó, me encantó y traté de seguir haciéndolo, aunque tampoco pude en ese primer momento avanzar mucho, ya que a los 18 me tuve que ir de la Argentina y durante siete u ocho años no pude regresar. Fue un tiempo que empleé en otras cosas: estudié Historia, traduje… Apenas pude hacer un poquito de periodismo. No fue hasta principios de los 90, cuando ya había publicado cuatro novelas, cuando empecé a escribir crónicas. No es que a partir del periodismo empezara a escribir ficción, más bien fue al contrario.

La Historia, novela que acaba de reeditar Anagrama, es una obra muy ambiciosa, muy larga, llena de invención, de referencias librescas, de juego con el lenguaje. No pocos críticos la han situado en la estela de Borges, incluso se ha dicho que es la novela que Borges pudo haber escrito, y también se ha citado a Cortázar por ese carácter que tiene de juego, de mezcla. ¿Qué significa para ti, qué lugar ocupa en tu trayectoria?

– Cuando se publicó La historia yo ya había publicado ocho o diez libros. Pero fue con esa novela con la que terminé de encontrar el ¿estilo? que todavía, de algún modo, me persigue. Aún sigo creyendo que es mi mejor libro, el que más respeto, el que más me importa haber escrito. Y que también, probablemente, sea el que más me hizo disfrutar: después de todo, uno no inventa un mundo todos los días, ¿no?

– Argentina, sus orígenes, la indagación en la identidad colectiva, está en el fondo de esta novela en la que inventas una civilización inexistente y un lenguaje. Argentina aparece en otras historias como A quien corresponda, Los Living o Echeverría. ¿Es irremediable? ¿El papel de la memoria, la superación o aceptación del pasado, son temas que te han preocupado especialmente, que te siguen preocupando?

– No diría que son “temas que me preocupan” en general; son, si acaso, etiquetas que engloban el conjunto de asuntos concretos que me interesa pensar. Y también es cierto que estudié Historia y que me sigue atrayendo mucho; para tratar de imaginar el futuro, por ejemplo, y, sobre todo, para entretenerse reinventándola. Como sabes, no hay nada más maleable que el pasado, y malearlo es un juego de lo más gozoso.

“Cuando se publicó La historia yo ya había publicado ocho o diez libros. Pero fue con esa novela con la que terminé de encontrar el ¿estilo? que todavía, de algún modo, me persigue. Aún sigo creyendo que es mi mejor libro, el que más respeto, el que más me importa haber escrito”

– Los desaparecidos, tan presentes en Los Living ¿siguen escribiendo el presente de Argentina, son sombras, fantasmas, con los que se ha de convivir? ¿Se trata de un capítulo aún no cerrado o, tal vez, demasiado utilizado, recurrente?

– Yo no creo que los desaparecidos estén tan presentes en Los Living. Creo que hay lugares comunes que se establecen con respecto a los países, a sus culturas, que hacen que sea más fácil leer sus producciones según esos clichés. Los Living es una novela sobre la muerte visible, presente, cierta, mucho más que sobre la incertidumbre de la desaparición. Y, más en general, no me gusta ese facilismo que atribuye todos los males de un país a un pequeño período trágico –aquí también se hace–. Creo que eso sirve, sobre todo, para exculpar a todos los demás.

– ¿A título personal, generacional, como te ha marcado todo ese pasado, la dictadura, el exilio…? ¿De qué manera la escritura, el ejercicio de la memoria, te han ayudado a asimilarlo?

– A título personal me marcó mucho: por esa violencia me tuve que ir de la Argentina a mis 18 años y eso, por supuesto, definió mi vida. Pero no creo en la literatura como terapia, como algo que te ayude a asimilar nada. Para empezar, no creo que necesitara asimilar nada: lo tenía muy asimilado, y ni siquiera lo pasé particularmente mal. Para seguir, si acaso, escribí mucho sobre esas cosas porque son las que conozco, las que se me aparecen cuando quiero escribir, y no para hacer ninguna catarsis particular.

– En Echeverría, tu última novela publicada hasta el momento, la literatura es esencial a la hora de construir la identidad argentina. Pienso que, desde fuera, muchos nos hemos forjado un mapa del país a través de su literatura. Argentina es Borges, Cortázar, las Ocampo, tantas y tantas ficciones…

– Ojalá fuera eso… Ojalá fuera todos esos escritores y algunos más que podríamos agregar: Mansilla, Arlt, Walsh, Saer, Piglia y el gran etcétera. Lamentablemente, si la miras de más cerca, Argentina también es muchas otras cosas mucho menos logradas. Somos muy buenos inventando mitos; no somos tan buenos inventando países.

– ¿Cómo se combina en tu caso el periodismo y la ficción?

– No veo que haya un lado y otro. Lo que yo hago es escribir; cuando el referente es más real hablamos de periodismo y cuando lo es menos lo denominamos novela. Pero se trata de lo mismo. Tal como yo lo veo cada tema viene con su tratamiento incorporado. Cuando se me ocurre algo se me presenta desde un primer momento bajo la forma de una novela, de un ensayo, de lo que sea… No se me hubiera ocurrido hacer una novela sobre el hambre. Podría haberlo hecho, por supuesto, pero no se me ocurrió, y tampoco me dio por abordar desde la no ficción la vida del poeta argentino Esteban Echeverría, porque hay tanto que no se sabe de él que tenía que inventarlo. Las diferencias solo tienen que ver con el pacto de lectura. Si yo digo que es no ficción el lector sabrá que todo lo que he escrito ahí son cosas que averigüé, sobre las que me interesó investigar y pensar, y si digo que es una ficción sabrá que el libro trata de cosas que de algún modo fui recreando.

– Volvamos al periodismo. Larga distancia es un título que dice mucho: larga distancia, ritmo lento. Gay Talese señala que el periodismo lo que requiere es tiempo, mucho tiempo, y es eso lo que se está perdiendo. ¿Crees que se puede recuperar la larga distancia, huir de la inmediatez, de la búsqueda de los clics rápidos que tanto definen al periodismo actual?

– Ya he reconocido públicamente que el título no es mío, que es de Rodrigo Fresán. Fue él quien me lo sugirió cuando ya tenía el libro preparado. Tiene que ver con una expresión argentina que hace referencia a las llamadas telefónicas de larga distancia. Lo explico en el pequeño prólogo, que es lo único que ha cambiado en la nueva edición de Malpaso. En España se llamaba conferencia a esas llamadas de larga distancia que nos remiten a la época en que había que pedirle a una operadora que estableciera la comunicación. Ese sentido se ha perdido con el tiempo y es gracioso, porque deja lugar a este otro significado al que tú haces referencia del espacio largo y el tiempo más lento. Yo creo que se puede recuperar, reivindicar el uso de otras formas de tiempo para hacer periodismo, claro que sí. Lo que pasa es que, en general, para nuestro ámbito hispanoamericano, esto se puede hacer a costa de sacrificios. En Estados Unidos todavía hay medios que te pagan el tiempo necesario para trabajar en serio un tema. El otro día leía una información en la que se aludía a una periodista del “New York Times” que estaba trabajando sobre una denuncia de Harvey Keitel, el que ha desencadenado toda esta catarata de denuncias sobre acoso sexual en Hollywood. Me llamó la atención porque se hacía referencia a que unos meses antes, cuando la periodista estaba trabajando en el tema, un abogado la llamó para decirle algo. Esa sensación de desarrollo en el tiempo resulta inverosímil para una investigación periodística en nuestros países… No puede dejar de asombrarnos que una periodista se haya tomado tanto tiempo, meses, para elaborar una información. Nuestros medios no fomentan ese tipo de trabajo. Si lo queremos hacer tenemos que buscarnos la vida y acometerlo de otra manera, sacándole tiempo al ocio, consiguiendo algún dinero extra para poder tomarnos un mes o dos libres y ponernos a ello. Nadie nos paga por cosas así y precisamente eso lo convierte en más meritorio. Por suerte hay bastante gente empeñada en llevar a cabo ese tipo de crónicas. Desde hace unos años coordino un taller con personas que están trabajando en libros periodísticos en Oaxaca (México). Se realiza en colaboración con la Fundación García Márquez y todos los años recibimos docenas y docenas de propuestas de autores que quieren participar. Nadie les paga por esos libros. Si son buenos las editoriales los acaban comprando, pero una vez que están hechos. Nuestra labor consiste en reunirnos un par de semanas y trabajar en cada proyecto para tratar de mejorarlos en lo que se pueda. Hay docenas y docenas de muy buenos periodistas en América Latina y también en España. Le sacan tiempo al tiempo por hacer algo por lo que nadie les paga a priori. Y eso me alienta, me alegra. Yo siempre lo he hecho de este modo, siempre he escrito las crónicas que he querido buscándome la vida y casi me gusta más eso que esperar a que llegue un patrón que te envíe seis meses a Tombuctú… La verdad es que siempre me sorprendo que me paguen por los libros que hago.

– La crónica periodística ha vivido una etapa de oro en América Latina. Larga distancia, publicado por primera vez a principios de los 90, es un libro pionero. ¿En qué ha quedado todo eso? ¿Responde a una realidad o ha sido solo un reclamo, una etiqueta?

– Bueno, yo lo llamaría un éxito de consideración. Efectivamente, en los últimos quince años se ha hablado mucho de la crónica en América Latina y al respecto se han producido estudios diversos, encuentros, trabajos universitarios, antologías… Todo esto está muy bien, pero lo cierto es que sigue sin haber medios que publiquen ese tipo de trabajos con entusiasmo. Los que hay son muy chiquitos, esa es la realidad. Hay que asumir que uno no hace lo que hace para que sea brutalmente masivo. No lo es. La crónica periodística es un género que había tenido un gran momento en los 60, 70, con Wolfe, con Tomás Eloy Martínez, con Poniatowska, con García Márquez… Había tenido ese gran momento, pero después había caído un poco en cierto olvido y, efectivamente, volvió a funcionar con mucha fuerza hace unos quince años. Es una suerte que así haya sido. Supongo que tiene que ver un poco con el hecho de que mucha ficción dejó de contar la realidad circundante y alguien tenía que hacerlo; ese espacio le quedó a la no ficción. Y, por otro lado, frente a la digitalización mayor de los medios la crónica se convirtió en una especie de campo de resistencia de lo escrito, del texto largo, elaborado con tiempo, una manera de luchar contra esa facilidad de lo rápido, del clic inmediato.

– Pero es una contradicción que este tipo de trabajos se difunda más a través de libros, no a través de los medios.

– Por eso me refería a que se trata de un éxito de consideración. Como decía antes, no existen apenas esos medios dispuestos a apostar por la crónica. Pero a mí lo que me interesa es lo que se hace y mucho menos para qué o para quién se hace.

“Frente a la digitalización mayor de los medios la crónica se convirtió en una especie de campo de resistencia de lo escrito, del texto largo, elaborado con tiempo, una manera de luchar contra esa facilidad de lo rápido, del clic inmediato”.

– ¿Qué influencia ha tenido en esta explosión de la crónica Gabriel García Márquez?

– Su influencia ha sido mucha. Por supuesto a través de sus escritos de no ficción: Noticias de un secuestro; las antologías de sus textos periodísticos, las Memorias de un náufrago, que a mí es el que más me gusta, pero, sobre todo, a través de la fundación que creó en el año 94, que se entonces se llamaba Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y ahora lleva su nombre. Su creación ha sido muy decisiva en la explosión de la crónica. Permitió formar una red en la que todos empezamos a conocernos, a intercambiar, a ayudarnos, a tratar de comunicar experiencias y saberes los unos a los otros. Esa red consiguió en mi caso que, por primera vez en mi vida, me sintiera latinoamericano, algo que nunca me había interesado particularmente. Soy argentino y los argentinos no nos considerábamos latinoamericanos, no teníamos esa conciencia. A partir de esas interconexiones que se crearon en la Fundación de Nuevo Periodismo yo empecé a entablar un diálogo latinoamericano que nunca antes había tenido.

– ¿Consideras a García Márquez un pionero, un maestro en este sentido? ¿Lo trataste personalmente?

–  Sí. Me parece absolutamente valioso que en un momento en que ya estaba amortizado, ya había escrito grandes novelas, ya había obtenido el Premio Nobel y era considerado un prócer, se le hubiera ocurrido hacer el esfuerzo de crear un espacio para que sucediera todo esto, para mejorar el periodismo que se hacía en América Latina a fuerza de trabajo. Eso me parece un gran acto de generosidad. Yo lo conocí personalmente, sí, porque soy maestro de esa fundación desde hace 17 años, desde el 2000, y a él le gustaba acudir a los actos y reuniones, que fue donde coincidimos. El sistema básico de la fundación consiste en la organización de talleres en los que los maestros se reúnen durante cinco días con doce o quince periodistas de distintos lugares que se han postulado para participar. García Márquez dio algunos de los primeros talleres y después, de vez en cuando, cuando ya no los daba, aparecía en el taller de otro y tomaba parte. Recuerdo, porque fue muy curiosa, la vez que acudió a uno de Kapuscinski y ambos se pusieron a defender sus posturas, a discutir.

– De entre todos tus libros supongo que el del Hambre ocupa un lugar muy especial. Es una obra impactante, conmovedora, que mezcla el periodismo sobre el terreno con el ensayo sociológico y la historia en distintos frentes: historia de la economía, de las costumbres, de la alimentación. Hay en él crónica y narración, análisis y reflexión, la reflexión de quien a la vez que cuenta, se cuenta, se interroga y pone sobre el tablero sus propias contradicciones.

– Sí. Puede ser. Yo creo que escribí antes varios libros con esa voluntad de mezclar registros, desde una novela como La historia, sin ninguna duda, hasta textos de no ficción como El interior o Contra el cambio, que está muy en esa línea. Pero con El hambre pasó algo raro porque tocó una fibra que yo no pensé que fuera a tocar. Decidí hacerlo porque una vez que había tenido la idea no me resignaba a no llevarla a cabo, porque me parecía que no atreverme iba a ser como una canallada.  Pero no creí para nada que fuese a ser particularmente leído. Sinceramente pensé que el tema no le iba a importar a nadie, que si en realidad le importara a mucha gente el hambre no existiría (precisamente lo que se necesita para que deje de existir es que le importe a mucha gente). Me planteaba que si no miramos al hambre es porque no tenemos ganas, porque no nos interesa, ya que estamos rodeados de información sobre el tema. Es mucho más difícil encontrar una página porno que encontrar toda la información que existe sobre el hambre, y sin embargo las páginas porno tienen millones y millones de visitas y las del hambre no tienen ninguna. Sabiendo todo eso me planteé que estaba escribiendo ese libro porque no podía no hacerlo, pero prácticamente convencido de que muy poca gente lo iba a leer. Para mi sorpresa está circulando mucho más de lo que hubiera imaginado, se ha publicado ya en más de veinte países y ha permitido que mucha gente haya empezado a hablar del asunto, a enterarse con más intensidad de la cuestión, cosa que me alegra mucho.

– ¿Fue especialmente duro escribirlo?

– Bueno, el trabajo resultó arduo. Lo más complicado fue afrontar un fenómeno en el que convergen muchísimas causas y efectos, situaciones y datos. Encontrar la manera de coordinar todo eso no era sencillo. Eso fue lo más difícil, crear cierta apariencia de orden dentro de la complejidad, transmitir, hacer comprender la suma de razones que producen el hambre, el hecho de que en un mundo que puede producir alimentos para doce mil millones de personas haya todavía 800, 900 millones, que no comen suficiente. Para poder empezar a entender el hambre hay que poner en relación muchísimas cuestiones. Ese era el desafío mayor.

– ¿Hay que ponerse una coraza para poder acercarse a la pobreza extrema; hay que imponerse tomar distancia…? ¿Cuál es tu manera de enfrentarte a situaciones tan al límite?

– Nadie dice que no me afecte. Centrándonos en el libro del hambre, claramente había momentos en que sí me afectaba. Llevo unos 30, 40 años, tratando este tipo de temas duros y no fue que de pronto me enfrentara con algo que no conocía, que me sorprendió y que acabó con mis defensas. Lamentablemente he estado varias veces cerca de este tipo de desgracias y con el tiempo uno va aprendiendo que existen. Por supuesto que te afectan, pero te creas una especie de sistema para ir aproximándote a esas circunstancias. Cuando empiezas a conocer este tipo de cuestiones puedes optar por decir: “no lo soporto, me voy, no me ocuparé nunca más de esto”, o puedes encontrar la forma de  soportarlo. La mía, en general, es decirme que por lo menos estoy haciendo algo. Sé que no alcanza en absoluto, pero es algo. Supongo que eso me aminora un poco la culpa y hace que pueda seguir viendo cosas que son tan duras de mirar.

– A veces da la impresión de que ya lo has visto todo. Hay como una especie de escepticismo, de descreimiento… Pero también parece que en los pequeños gestos humanos de empatía acabas encontrando como una especie de asidero.

– Yo no creo que haya en mis libros, sobre todo de no ficción, ese escepticismo del que hablas. Si fuera escéptico no me pasaría años trabajando en libros como El hambre. Yo no lo veo. Si ese libro conmueve, como me decías antes, no puede ser escéptico. Si estuviera planteado así produciría otro efecto. Pero sí es verdad, y yo siempre lo digo, que cuando uno cuenta algo que es muy dramático no debe subrayar ni adjetivar en demasía ni sobreactuar el dramatismo porque se lo carga, porque hace que se transforme todo en un cliché, en un culebrón. Tu impresión quizá tenga que ver con eso. Es cuestión de estilo y de eficacia narrativa.

– Después de haber estado cerca de tantas desgracias, de tantas experiencias terribles, ¿qué te sigue maravillando, sorprendiendo? Al final del libro te refieres a las pequeñas cosas que se te han grabado de cada viaje, de cada experiencia.

– Mira, para hacerlo cronológicamente sostenible, lo último que me maravilló y me sorprendió, lo encontré en una exposición en Milán, una instalación de realidad virtual de González Iñárritu (director de cine mexicano) en la que te metes en un espacio y durante ocho o diez minutos compartes la situación de un grupo de gente que está tratando de cruzar la frontera de México a Estados Unidos. La instalación está increíblemente bien hecha, realmente tú te sientes dentro de esa situación en que llegan los “rangers” y nos tiran a todos al suelo y nos amenazan y nos gritan… Entonces ves y sientes el desamparo de todas esas personas. Mientras me encontraba ahí pensé que se trata del comienzo de un camino que dentro de veinte, treinta años, será la manera de contar historias. Pero lo que me conmovió de verdad sucedió después, al salir de esa situación de realidad virtual, y pasar a otra sala donde había diez migrantes, las mismas personas con las que supuestamente compartiste ese momento terrible, en pantallas de lo más austeras, relatando sus experiencias. Me impresionó sobre todo la historia de una mujer que se llama Lina, guatemalteca, si recuerdo bien, que contaba cómo había cruzado la frontera, que le había costado mucho, y finalmente llegado a Los Ángeles, donde se había empleado en una casa de familia y había trabajado durante veinte años para conseguir traer a sus cinco hijos, que había dejado en su país. Al cabo de esos veinte años consiguió traer a la última de los cinco, que era una nena que tenía tres años la última vez que ella la vio y 23 cuando la tuvo de nuevo a su lado. Había otros que contaban historias mucho más dramáticas, mucho más heroicas, tal vez, pero esta especie de determinación serena y sostenida de una señora que se pasó veinte años de su vida trabajando para conseguir algo que la mayoría de nosotros damos por sobreentendido, tener a nuestra familia con nosotros, me impresionó, me emocionó mucho.

– En el libro del Hambre hay muchas historias de ese tipo. ¿Sigues recordándolas, llegas a entablar una relación con la gente que las protagoniza?

– Bueno, es una relación rara porque no se sostiene con hechos. La mayor parte de la gente que pude entrevistar para El hambre la encontré en la calle, en hospitales… Era gente que no tenía ni direcciones de correo electrónico ni nada por el estilo, por lo que resulta imposible seguir manteniendo el contacto. Pero sí que continúo pensando en todos esos encuentros. Es raro, porque se trata de relaciones en cierto punto desparejas, porque es muy probable que mucha de esa gente me haya olvidado. Cualquiera puede resumirlo así: “Un pelao que pasó un día, que me hizo unas preguntas, le conté unas historias y ya”. Mientras que yo sigo trabajando con esas personas. Escuché sus historias, las conté, las escribí, de vez en cuando me preguntan por ellas, las releo… Curiosamente, quizá para mí esos momentos hayan sido mucho más fuertes que para ellas.

“La mayor parte de la gente que pude entrevistar para “El hambre” la encontré en la calle, en hospitales… Era gente que no tenía ni direcciones de correo electrónico ni nada por el estilo, por lo que resulta imposible seguir manteniendo el contacto”:

– ¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo? Es una pregunta que te repites una y otra vez en El hambre ¿Cómo se enfrenta ahora mismo Martín Caparrós al presente? Cuando te acercas al Tercer Mundo, cuando observas tan de cerca el peligro, la desgracia, la violencia, ¿cómo se vuelve uno a integrar en este mundo en el que preocupan cosas absolutamente banales o se discute por nacionalismos, por banderas?

– Bueno… Respecto a las banderas yo siempre he sido muy crítico y, ahí sí, escéptico. Antes dije que soy argentino (nací allí y allí he vivido 40 y tantos de mis 60 años), pero la verdad es que me siento a gusto o a disgusto en cualquier parte y creo que lo más parecido a una patria, si uno pudiera aceptar esa palabra intolerable, es ese lugar donde uno se siente más a disgusto, el lugar con el que uno tiene más peleas. Cuando estás de paso tienes muchas menos peleas con ese sitio. En cuanto a lo que me preguntas, a mi manera de enfrentarme al presente, supongo que todo lo vivido ha hecho que vaya cambiando cosas. Yo ahora casi no tengo objetos propios. En las ciudades en las que vivo las casas no son mías, sino alquiladas con todos sus muebles y objetos dentro. Mis cosas caben en dos maletas. Tenía una casa en Buenos Aires, pero la vendí y desparramé todos los objetos que contenía. No me interesa más tener cosas, creo que no es necesario, que no merece la pena.

– ¿Se puede hablar de aprendizaje, de la clase de aprendizaje al que se llega con los años?

– Sí. Creo que eso puede considerarse un aprendizaje. Necesito muy pocas cosas y esas las tengo. Necesito mi ordenador, un poco de ropa, toda igual, y no mucho más. Paso más de la mitad del tiempo fuera del sitio donde supuestamente vivo. Eso quizá es lo que he aprendido y, de alguna manera, también es un lujo. Supongo que cuando uno no tiene cosas quiere tenerlas… Tal vez sea un lujo decir: “me puedo permitir no tener cosas”. Yo, al menos, me siento más ligero. No digo más libre, porque libertad es una palabra muy grande, pero sí más ligero.

– Muchos de tus libros comparten, a veces de manera sutil, otras más evidente, una crítica al capitalismo.

– Sí, claro. El capitalismo es en síntesis una forma de explotar tu fuerza de trabajo y que alguien por el hecho de ser el dueño de un medio de producción consiga un beneficio de esa fuerza de trabajo. En este sentido sigo con mucha ortodoxia lo que decía el viejo Marx. Lo creo y espero con ansia eso que, con toda probabilidad, nunca veré, el sistema económico y social que llegará tras el capitalismo. En todo caso, estoy convencido de que eso sucederá. Tratan de hacernos creer que no, que no hay ningún reemplazo posible para el capitalismo, pero eso es un absoluto disparate. Estudié Historia y una de las pocas cosas que aprendí con cierta convicción es que todos los sistemas políticos, económicos y sociales han caído y han cambiado, aunque, por supuesto, siempre se creyó, en cada momento, que nunca iban a caer y a ser reemplazados por otros. Ahora estamos en ese punto, no hay nada nuevo. El capitalismo cree que no va a tener reemplazo, pero lo habrá. Es muy probable que yo no pueda verlo, es una lástima, pero si algo me interesa es tratar de mirar los signos que podrían darnos algunas informaciones, algunas ideas, de cómo será ese cambio.

“Lo más parecido a una patria, si uno pudiera aceptar esa palabra intolerable, es ese lugar donde uno se siente más a disgusto, el lugar con el que uno tiene más peleas”.

– El capitalismo parece muy tocado, pero resiste y puede que cada vez más salvaje.

– Sí. Ahora parece muy tocado, pero por el momento no se vislumbra cuál será el reemplazo. Ningún sistema termina de caer si no hay otra construcción esperando y por ahora esos nuevos cimientos no se ven. En cuanto a que el capitalismo es más salvaje hoy, no lo sé… Tenemos tendencia a mirar a corto plazo en ese sentido y si comparamos el capitalismo del siglo XXI con el del siglo XIX, era infinitamente más salvaje el del XIX. Los chicos de diez años trabajaban doce horas en las fábricas inglesas, norteamericanas, francesas. Ahora la mayoría, el 95% va a la escuela. Tenemos tendencia a pensar por un lado que el sistema en el que vivimos no va a cambiar nunca y por el otro que nunca nada ha sido peor. “Le tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles en que vivir”, decía Borges, riéndose un poco de esa idea.

– Sucede que estamos inmersos en la inmediatez y nos falta memoria, perspectiva.

– Nos falta historicidad. Nos falta pensarnos como un momento en un largo desarrollo. Eso es lo que más me interesa de la Historia y eso es lo que más difícil parece ser para mucha gente.

– Algún proyecto pendiente, algo que te gustaría hacer y que todavía no hayas podido llevar a cabo?

– ¿Algo pendiente? No sé… Escribir un buen libro, un día, con un poco de suerte (risas). Lo que es indudable es que me gusta escribir y sigo haciéndolo. Ahora mismo tengo varios libros en proceso, pero no porque los tenga pendientes, sino porque es lo que hago en la vida. Por el momento he acabado una novela, que se publicará en los próximos meses, y estoy trabajando en otra. En estos dos últimos años he estado más volcado en la ficción. Escribo columnas para distintos medios en las que trato temas de actualidad y me apetece hacer algún libro de no ficción más o menos pronto, pero no acabo de determinar el tema. Me gustaría tratar de entender cuáles son justamente los nuevos desarrollos políticos que pueden aparecer más allá del sistema actual. Me gustaría ver la manera de empezar a detectarlos, pero por el momento no sé bien cómo.

“Nos falta historicidad. Nos falta pensarnos como un momento en un largo desarrollo. Eso es lo que más me interesa de la Historia y eso es lo que más difícil parece ser para mucha gente”.

– ¿Cuál es tu relación actual con Argentina?

–  Voy una o dos veces por año, básicamente porque mi hijo vive allí. Fuera de eso es evidente que me interesa lo que pasa en mi país, estoy al tanto, sigo hablando con amigos y ahora me acaban de nombrar ciudadano ilustre de Buenos Aires, cosa que me impresionó un poco y que me ha hecho gracia, aunque seguramente no vaya a poder hacer nada para merecer ese honor. Me interesa Argentina, pero también me aburre. Como ya he escrito tantas veces me parece que es una especie de país calesita, en español tiovivo. Se dan vueltas, vueltas y vueltas, para siempre volver a lo mismo.

– ¿No pasa algo similar con España?

– Bueno, pero si lo ves en el mediano plazo, España ahora está infinitamente mejor que hace 50 años. Puede ser que peor que hace diez, en un especie de retroceso, es cierto, pero, en el mismo periodo de tiempo, Argentina está mucho peor; del 3% de pobreza se ha pasado al 30% y puedo seguir dando más cifras desalentadoras. Todos los datos sociales y económicos han empeorado muchísimo. En ese sentido, afortunadamente para España, no se parecen tanto.

Apunte final: Esta entrevista se publicó previamente en el número 125-126 de la revista cultural “Turia”, aparecido en marzo 2018. Las fotografías que la ilustran para “Lecturas Sumergidas” #45 las realizó Nacho Goberna meses después (junio, 2018) en la plaza de Tirso de Molina, en Madrid, donde nos citó el autor. Martín Caparrós visitaba la ciudad, en la que tenía fijada su residencia cuando mantuvimos la conversación, por motivos de trabajo, y acudió a la cita, cómo no, con la maleta a cuestas, ya que poco después tomaba el tren rumbo a Barcelona, donde ya está viviendo. Ligero de equipaje, siempre dispuesto a cambiar de lugar, el escritor se encontraba muy atareado con el Mundial de Fútbol, con sus crónicas de los partidos para un canal de la televisión argentina y para el “New York Times”. En ello sigue. Muy pronto, a finales de julio, regresa a Buenos Aires para impartir uno de sus habituales talleres de libros periodísticos. 

En esta entrevista hablamos de los libros: “Larga distancia”, compendio de crónicas periodísticas, reeditado recientemente por Malpaso; “El Hambre”, ensayo publicado por Anagrama, y “La Historia”,  “A quien corresponda”, “Los Living” y “Echeverría”, algunas de las novelas del autor, también en Anagrama. 

Las fotografías fueron realizadas por Nacho Goberna. 

 


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