Martín Caparrós: Los rostros y las voces del hambre


Martín Caparros por Álvaro Delgado © 2015

Por Emma Rodríguez © 2015 /

Carta a una amiga lectora, válida para todos aquellos a quienes no les importe sentirse incómodos, culpables, enojados, revueltos, con un libro.

Querida amiga:

Cumpliendo la promesa que nos hicimos ya hace algún tiempo, recurro a la carta, ese modo de comunicación tan lento, tan antiguo y que tanto nos gusta a las dos, para hacerte partícipe, una vez más, de una experiencia de lectura. Suelo recordar la conversación que tuvimos aquel día, en el café de siempre, donde solíamos quedar antes de que te fueras. No sabes cuánto echo de menos esas charlas en las que pretendíamos cambiar el mundo. Hablamos entonces de que determinadas cosas importantes merecían ser escritas con detenimiento, porque la escritura estimula la introspección y la búsqueda, porque nos obliga a pararnos, a sentirnos responsables de las palabras, de los pensamientos, lejos de las prisas de los mensajes de correo electrónico que, como bien decías, tienden a empequeñecer los hechos al ser enviados siempre desde el territorio de la urgencia.

Me pedías en tu última carta (perdona que te diga lo que ya sabes, pero quiero que esta misiva llegue a otros posibles destinatarios desconocidos) que te recomendase un libro, pero no un libro cualquiera, ni siquiera un clásico. Me lanzabas, a ti que te encanta tanto jugar a los desafíos, el reto de una novedad que me hubiera impactado: Una novela, un ensayo, un tomo de poemas, te daba igual. ¿Existen libros impactantes; libros incorrectos; libros que sean capaces de sacar toda nuestra rabia fuera; libros que nos conduzcan a darle vueltas a nuestras convicciones, a ponernos en cuestión durante un tiempo largo, a modificar conductas y acomodos?, me preguntabas. Hoy te estoy escribiendo para contestarte que siguen existiendo, afortunadamente, libros así y para hablarte de uno en concreto: El hambre, de Martín Caparrós.

¿Conoces a Caparrós? Yo había leído algunos de sus trabajos periodísticos, pero poco más. Es argentino, de Buenos Aires (1957). Fue Premio Herralde de Novela con una obra titulada Los Living y es uno de los representantes del mejor periodismo narrativo que se está haciendo ahora mismo. Te confieso que tuve la oportunidad de conocerlo recientemente. Me dio la impresión de que lo miraba todo con hondura y con cierta distancia  descreída, con la mirada de quien ha visto y vivido mucho y no está dispuesto a caer en las pequeñeces, en las quejas habituales. Estaba leyendo su libro y pensé lo primero que me planteé fue hacerle una entrevista, pero pronto desistí e incluso evité el acercamiento, porque no quería que nada, ni siquiera el autor, interfiriera en el que ya estaba siendo mi particular recorrido hacia unos lugares, unos territorios, unas vidas en las que hasta ese momento poco me había detenido a pensar: los territorios de la marginalidad, de la pobreza, de la exclusión, de la imposibilidad de ser.

No son suficientes las noticias puntuales de catástrofes, las imágenes televisivas de niños desnutridos que a todos, alguna vez, nos han sobrecogido, pero sólo un instante, el breve instante del visionado. Nada de eso es suficiente para que queramos saber, para que tomemos conciencia de la realidad, de nuestra realidad en relación a la de los habitantes de lo que Caparrós denomina el Otro Mundo. El hambre estaba consiguiendo que sintiera curiosidad, una curiosidad teñida de rabia, de impotencia. Estaba logrando que fuera capaz de poner voz y rostro a personas hasta ahora invisibles para mí, absolutamente silenciadas.

¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo…? es la pregunta que se hace, que plantea a otros todo el rato, el autor. ¿Cómo carajo se sigue adelante, se vuelve a la vida de siempre, después de haber estado tan cerca de todo eso?, es una cuestión a la que da respuesta en el libro, perplejo ante la facilidad con la que se vuelve al mundo de las comodidades y se deja todo atrás, se olvida, aunque -pienso yo- determinados rostros, gestos, situaciones y palabras no pueden dejar de fijarse en la memoria, de aparecer, inevitablemente, en los sueños más inquietantes, de conformar una manera distinta de mirar al mundo. ¿Más rebelde, más cínica, más descreída, como te decía antes?

Gay Talese, padre del nuevo periodismo, cuando le pregunté, hace ya algunos años, qué tipo de crónica escribiría él de la actual crisis económica, me dijo que lo primero que haría sería pasar una temporada con los miembros de una familia que se hubieran quedado sin casa, sin trabajo, y contar cómo lo estaban viviendo, sintiendo. Martín Caparrós hace exactamente eso. Su libro es periodismo sobre el terreno, periodismo comprometido, escrito con estilo, ejemplar en su manejo del ritmo, de los registros narrativos. Pero es también ensayo sociológico e historia, historia de la economía, de las costumbres, de la alimentación. Hay en él crónica y narración, análisis y reflexión, la reflexión de quien a la vez que cuenta, se cuenta, se interroga y pone sobre el tablero sus propias contradicciones.

Te estoy hablando de un libro extenso, de más de 600 páginas, de un libro que trata un tema durísimo, lejos absolutamente de los focos mediáticos, de las modas, de las tendencias. El propio autor confiesa que en ocasiones llegó a plantearse qué sentido tenía escribir sobre el hambre; a quién podía interesar acercarse a “la destrucción, cada año, de decenas de millones de hombres, de mujeres y de chicos por el hambre” (el “escándalo de nuestro siglo”, señala); a quién podía interesar enterarse de que cada cinco segundos un menor de diez años se muere de hambre, “en un planeta que, sin embargo, rebosa de riqueza” (porque la agricultura mundial, apunta, podría alimentar sin problemas a 12.000 millones de seres humanos, casi dos veces la población actual).

Lejos de los focos mediáticos, de las modas, de las tendencias, “El hambre” es periodismo sobre el terreno, periodismo comprometido, escrito con estilo, ejemplar en su manejo del ritmo, de los registros narrativos. Pero es también ensayo sociológico e historia, historia de la economía, de las costumbres, de la alimentación. Hay en él crónica y narración, análisis y reflexión, la reflexión de quien a la vez que cuenta, se cuenta, se interroga y pone sobre el tablero sus propias contradicciones.

Pese a todo eso, si estás dispuesta a seguir adelante, verás que no puedes dejar de leer, de conocer, de aproximarte a los testimonios de tanta gente, en tantas partes del mundo, incluyendo este nuestro en apariencia privilegiado Primer Mundo. Tanta gente cuyo único objetivo, cuyo único futuro, es encontrar comida cada día con la que alimentarse y alimentar a sus hijos, a sus familias. Martín Caparrós traza la cartografía del hambre. Nos lleva a países africanos como Níger, el recién nacido Sudán del Sur o la isla de Madagascar. De su mano recorremos ciudades de la India como Calcuta, Biraul, Chandigarh, Vrindavan, Delhi, Bombay y visitamos Bangladesh, pero también nos acercamos a la Argentina de los “cartoneros” y a ese otro lado de los Estados Unidos que nada tiene que ver con la nación de las oportunidades que nos vende el cine.

Fotografía tomada por Martín Caparrós

El hambre es un libro de viajes también, pero no de los viajes del glamour, de los viajes del turismo. Caparrós es un viajero que entra en los arrabales, en las villasmiseria de las grandes urbes capitalistas, zonas que nadie observa, que nadie quiere ver. ¿Recuerdas cuántas veces me has contado lo mucho que te afectó tu viaje a la India, esa India que tanto nos ha atraído siempre como lugar de meditación, de cruce de corrientes espirituales? No la reconocerás en este nuevo itinerario. La preocupación por lo sagrado está lejos de las vidas de sus protagonistas. El retrato que ofrece Caparrós de la India es la mejor demostración del espejismo de los países emergentes, de que no basta con robustecer los pilares del sistema capitalista. Que no nos engañen con las cifras macroeconómicas. En India, esa gran potencia de la que nos hablan desde los altares del neoliberalismo, una elevada, vergonzosa, proporción de sus habitantes vive en la pobreza.

La aproximación, el intento de llegar a los otros, de conversar con ellos, de intentar comprenderlos, acompañarlos en sus destinos, es la senda que toma el narrador, el viajero. Hay comprensión en la mirada. Hay crítica y enojo ante circunstancias extremas frente a las que los poderes del mundo responden con indiferencia, con engaño, con pequeñas dosis de caridad con las que limpiar la culpa o de temor soterrado al odio ajeno, a la explosión de violencia, al terrorismo. Al cinismo Caparrós responde con cinismo.

No nos sentimos fuera de esa culpa quienes leemos. Ni siquiera el autor se siente inocente, con sus costumbres occidentales y la certeza de que le aguarda el confort después de la aventura. Como te decía antes, hay reflexión, comentarios en primera persona. En Calcuta, la ruidosa, sobrepoblada Calcuta, con sus calles llenas de vendedores, el cronista repara, por ejemplo, en los olores, en lo superfluo como signo de modernidad, en el requisito de lo obsoleto programado como seña de identidad del consumo. Se detiene ante un puesto donde se reciclan objetos tecnológicos ya sustituidos por otros y reflexiona: “Durante siglos, milenios, las mercaderías se dividían en perecederas y perennes; la comida y la bebida se acababan, una camisa terminaba por gastarse, pero nadie compraba una cama o un carro o una olla pensando que pronto los cambiaría por otros. La idea de duración era sustancial a esos objetos. El capitalismo más reciente consiguió darles a todos la misma calidad que la comida o la bebida: son para ser consumidos, consumirse (…) Por eso, ahora, supongo, el mundo está tanto más lleno de comerciantes: porque nada se compra de una vez por todas, porque todo debe ser comprado y vendido infinidad de veces”.

En el mismo capítulo hay una crítica feroz a la madre Teresa de Calcuta, figura de la bondad, del sacrificio de la beneficencia, que Caparrós desmonta en apenas unos brochazos, señalando que con sus recursos y donaciones “fundó unos quinientos conventos en cien países, y nunca puso una clínica en Calcuta”; recordando que el centro de su misión no fue ayudar a los necesitados a vivir mejor, sino acompañarlos en el tramo final, convencida de que el sufrimiento de los pobres era un don del Todopoderoso, altavoz de la idea tan sumisa, resignada, conveniente de que “hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, aceptarla como la pasión de Jesucristo…”

Hay una crítica feroz a la madre Teresa de Calcuta, figura de la bondad, del sacrificio de la beneficencia, que Caparrós desmonta en apenas unos brochazos, señalando que con sus recursos y donaciones “fundó unos quinientos conventos en cien países, y nunca puso una clínica en Calcuta”; recordando que el centro de su misión no fue ayudar a los necesitados a vivir mejor, sino acompañarlos en el tramo final, convencida de que el sufrimiento de los pobres era un don del Todopoderoso.

Ya en Bombay, “el estandarte de la nueva prosperidad india”, una ciudad de 20 millones de habitantes, donde se concentra la riqueza del país, con sus altísimas torres, con sus coches de marca y sus tiendas de lujo, pero donde también viven más “villeros” que en ningún otro lugar del mundo, el periodista habla con Karun, un publicitario al que le va bien la vida, que alardea de buen apartamento, buena ropa y un BMW serie 1 a plazos. Le pregunta si sabe que en la India hay mucha hambre y éste le contesta que lo lee en los diarios, pero que le parece algo  lejano. “Mis amigos están más preocupados por el sobrepeso que por el hambre. Parece un chiste, están todos a dieta”, le dice y se queja de que se siga hablando de los pobres miserables de su país en lugar de subrayar todo lo que se está consiguiendo; que sólo si se sigue prosperando y creando riqueza se podrá contribuir a que esa gente vaya saliendo adelante.

Con el debido respeto, este país es una demostración constante de que a los que gobiernan no les importan nada los que no”, argumenta después Caparrós, aludiendo al descuido de los servicios públicos, “al porcentaje ínfimo del producto muy bruto que se destina a la salud pública”. En ese modelo de democracia que se intenta vender al mundo “la cantidad de hambrientos es la definitiva”, nos dice. Y esa aparente contradicción “sólo puede sorprender a los que piensan la India con los números del Fondo Monetario o de The Economist”.

Las grandes corporaciones ocupan las tierras, los granjeros se suicidan o se van a las ciudades a vivir vidas miserables. Sucede en India, pero, de forma similar, se repite en todos los otros países de los que se habla en el libro. El Estado se retira de los sectores que pueden ayudar a los más débiles y beneficia, como nunca, a las corporaciones y a los más ricos, una tendencia que ha llegado también a Europa, al Primer Mundo. El neoliberalismo en estado puro.

En El hambre hay datos que resultan espeluznantes, datos imprescindibles de un presente que se mueve en base a estadísticas, a encuestas, a comprobaciones, a controles. Se nos dice, por ejemplo, que en la India hay 140.000 millonarios y 53 billonarios cuya riqueza sólo es superada por la del mismo grupo de americanos. Esos 53 billonarios indios reúnen ellos solos 341.000 millones de dólares, un tercio del producto bruto de la economía de más de un millón de millones de dólares. Mientras, en el otro lado, hay 836 millones de seres humanos que viven con menos de 20 rupias al día.

Las grandes corporaciones ocupan las tierras, los granjeros se suicidan o se van a las ciudades a vivir vidas miserables. Sucede en India, pero, de forma similar, se repite en todos los otros países de los que se habla en el libro. El Estado se retira de los sectores que pueden ayudar a los más débiles y beneficia, como nunca, a las corporaciones y a los más ricos, una tendencia que ha llegado también a Europa, al Primer Mundo.

Los datos, sí, son espectaculares, pero los números siempre resultan fríos. Fotografían la realidad, pero no nos enfrentan a ella. Martín Caparrós parte de ellos, pero su gran mérito es acercarnos a las historias de la gente. ¿Qué me dices? ¿Estás dispuesta a conocer esas historias? Te puedo decir que lo que más me ha llamado la atención es la homogeneidad de las circunstancias y, sobre todo, de las respuestas. La resignación en las respuestas, la falta de furia, de combate, la aceptación de las injusticias, de la mala suerte, de la explotación, como mandatos –o castigos– de carácter divino.

Fotografía tomada por Martín Caparrós

Te puedo decir que me ha conmovido especialmente pensar en tantas personas cuyo único propósito es encontrar algo que comer cada día; en tantas madres desesperadas que no tienen nada que ofrecer a sus hijos y que acuden a Médicos sin Fronteras, cuando pueden, para que les salven de la desnutrición. Te diré que las conversaciones con algunos de esos profesionales de la sanidad, que voluntariamente abandonan el mundo privilegiado y se van a esos países porque tienen el convencimiento de que no podrían hacer nada mejor, nada mejor que salvar vidas, (casi todos reconocen que en el fondo es un gesto egoísta para sentirse mejores personas), es una de las partes más esperanzadoras de la entrega, una entrega, para qué decirte lo contrario, desesperanzada, descarnada, hiriente, veraz, valiente, grandiosa sin dejar de ser modesta  y, sobre todo, necesaria.


Los niños explotados y las trabajadoras textiles en Bangladesh también son protagonistas del libro. ¿Recuerdas lo que nos impactó la noticia de la fábrica quemada? ¿recuerdas lo mucho que hablamos entonces de la ropa que comprábamos? Aquí se expone crudamente esa realidad. Se habla de la represión de cualquier tipo de oposición a las terribles condiciones de trabajo. El periodista habla con Fatema, quien pasa la mitad de su vida en el trabajo, sentada frente a su máquina largas horas (doce, trece, catorce horas por día, seis días por semana), recibiendo apenas 25 o 30 centavos por cada pantalón vaquero que en Nueva York se vende a 60 dólares. En esas largas horas, le dice, en lo único que piensa es en sus hijos, en el dinero que necesita, “en cómo va a hacer para criarlos como debe criarlos”.

Que existan países como  Bangladesh, que existan millones de obreros que trabajan por 40 dólares al mes es condición necesaria para el orden mundial: no sólo porque producen las mercancías baratas que miles de millones consumen; también porque ordenan el mapa de la industria, que pasa de los países más prósperos, donde nadie trabajaría por esas cantidades, a éstos donde sí.”, expone el autor.

Te contaba antes que no sólo se habla del hambre en países alejados del Primer Mundo. Me faltan adjetivos para explicar mi asombro ante las vidas de tanta gente que en Argentina vive de lo que encuentra en las basuras, alimentos caducados, despojos de los excesivamente nutridos. En el principal país exportador de soja también hay hambre y campesinos obligados a abandonar sus tierras. Y también hay gente pobre en la cuna del capitalismo, en Estados Unidos, donde las cifras se han disparado en las últimas décadas neoliberales, con las rebajas impositivas para los ricos, el aumento de gasto militar y “la idea machacada de que el Estado no tiene que meterse”, principio que  ha contribuido a rebajar la ayuda social y a aumentar los problemas de alimentación.

El capítulo dedicado a Estados Unidos sirve a Martín Caparrós para analizar el capital, el funcionamiento de la especulación pura y dura, la actual competitividad con países como China, Japón o Corea que está cambiando las reglas del juego global, haciéndolas aún más agresivas. También aquí se habla de esa otra cara de la pobreza que es la obesidad, la comida basura que afecta a los que menos tienen. En los comedores sociales repartidos por todo el país ya no sólo se ven homeless y emigrantes sin papeles, también clase media que se arruinó con la crisis de las hipotecas.

Pero ya te estoy diciendo demasiado. Quiero que entres en el libro, que recorras sus páginas. Quiero que conozcas esas historias por ti misma y que me comentes. Caparrós va haciendo las mismas preguntas, por ejemplo: ¿qué harías si tuvieras más plata? Y las contestaciones pueden ser tan sobrecogedoras en su sencillez como la que le da una mujer nigeriana: “comprar una vaca”. Las sequías y otras catástrofes naturales, las guerras, las hambrunas derivadas de todo ello, ocupan un lugar importante en el libro, pero en lo que de verdad se hace hincapié es en la desproporción en el reparto de los alimentos, de la riqueza global.

El capítulo dedicado a Estados Unidos sirve a Martín Caparrós para analizar el capital, el funcionamiento de la especulación pura y dura, la actual competitividad con países como China, Japón o Corea que está cambiando las reglas del juego global, haciéndolas aún más agresivas. Y se habla de esa otra cara de la pobreza que es la obesidad, la comida basura que afecta a los que menos tienen

La causa principal del hambre en el mundo es la riqueza: el hecho de que unos pocos se queden con lo que muchos necesitan, incluida la comida”, señala Caparrós y cuenta que hubo un momento de la historia reciente en que la batalla del hambre importaba (en 1995 la cantidad de hambrientos llegó a su mínimo histórico, según la FAO). “Mientras hubo dos bloques”, sigo sus palabras, “ninguno de los dos quería permitir que aparecieran en sus dominios sectores en crisis que amenazaran con pasarse al otro bando, y para eso era útil y necesario darles de comer”.

Pero, tras la caída del Muro de Berlín, el capitalismo no tuvo obstáculos, el mercado, poco a poco, se fue convirtiendo en el amo y los programas neoliberales se impusieron con todas sus consecuencias: las deudas, las privatizaciones, la desprotección de lo público, la pérdida de empleos, la subida de los precios, la destrucción de la salud pública, el levantamiento de los controles de importación de alimentos, que según el FMI y el Banco Mundial distorsionaban el funcionamiento del mercado… Todo esto tiene que ver con el hambre. A la tragedia del hambre contribuyen los especuladores. El drama del hambre se nutre de la avaricia, llamémosla también estupidez, de unos pocos. Pero es un tema que tú conoces bien, que cada vez más ciudadanos conocemos bien, aunque aún estemos lejos de convencernos de que sólo cambiando de estructuras políticas será posible avanzar en otra dirección.

Fotografía tomada por Martín Caparrós

Todos estos asuntos son tratados con amplitud en el ensayo. Martín Caparrós apunta a la voluntad política como único motor de cambio e indica caminos como el de la puesta en marcha de la tasa Tobin a las transacciones financieras de divisas o la fijación de impuestos añadidos a artículos de lujo como coches, ordenadores y demás productos tecnológicos (con la recaudación se crearía un fondo de alimentación que sería suficiente para paliar el hambre). También hace referencia a la creación de infraestructuras en países cuyos recursos son expoliados por las grandes corporaciones multinacionales. Pero “ciertos discursos simples, directos, básicos, cayeron junto con el Muro. Pensemos en la palabra básico: debería ser un encomio y es un insulto. Algo así pasa con la idea de una sociedad de iguales: la aspiración más ambiciosa de la humanidad parece una tontería trasnochada, un arcaísmo”, argumenta.

Martín Caparrós apunta a la voluntad política como único motor de cambio e indica caminos como el de la puesta en marcha de la tasa Tobin a las transacciones financieras de divisas o la fijación de impuestos añadidos a artículos de lujo como coches, ordenadores y demás productos tecnológicos (con la recaudación se crearía un fondo de alimentación que sería suficiente para paliar el hambre)

La corrupción de los gobernantes, que es siempre uno de los argumentos que esgrimen quienes justifican la pobreza en los países del Otro Mundo, así como la inutilidad de las ayudas a través de las distintas oenegés, es otro de los aspectos que merecen atención. No podemos dejarnos confundir, caer en la simpleza, para explicar un conflicto tan complejo, donde tantos intereses entran en juego. “Es cierto que la mayoría de los gobiernos africanos son más que corruptos; en general son corruptísimos. Pero lo que se roban no es nada comparado con lo que pierden sus países y sus ciudadanos a causa del orden internacional en el que están inscriptos desde hace siglo y medio”, señala el autor.

Hay ocasiones en las que arremete contra la moda ecológica (la moda, no la verdadera ecología, digo yo, que también lucha por la igualdad y por la erradicación de la pobreza en un planeta más equilibrado, con mejor uso de los recursos naturales). Y hay un momento en que se pregunta si se rebelarán algún día los pobres, si llegarán a provocar, no ya la culpa, sino las suficientes dosis de miedo en los poderosos, planteando hasta qué punto, en las circunstancias marcadas por el orden actual, debemos sorprendernos ante la captación de jóvenes excluidos por parte de la corriente yihadista o del narcotráfico.

Los efectos laterales dañinos que pueden causar las disparidades en los ingresos, fueron analizados por The Economist, la biblia neoliberal, en un número especial que repasa Martín Caparrós, donde se dice que las grandes diferencias en el ingreso pueden crear resentimientos que conduzcan a “políticas populistas destructoras del crecimiento”; que, aunque algunos de los más ricos siguen siendo escépticos en cuanto a que la desigualdad sea un problema en sí mismo, “incluso ellos tienen interés en mitigarla porque, si sigue creciendo, puede producir fuerzas de cambio que lleven a una salida política que no le interese a nadie”.

El comunismo puede estar bien muerto pero hay otras muchas malas ideas dando vueltas por ahí”, sigo con el extracto del informe tal cual se recoge en el libro. Y no quiero acabar sin citar una última reflexión de Caparrós que me parece esencial porque explica muy bien una sensación generalizada. “Nos convencieron de que ser de izquierda –querer cambiar el mundo– era un anacronismo, un arcaísmo. En un globo regido por la idea moderna de la moda, la idea más fuerte de la modernidad estaba radicalmente fuera de moda. Ya no se trata sólo de enfrentarse a ciertos poderes, a ciertas tozudeces; hay que encarar también las miradas condescendientes, apenadas incluso de amigos y parientes que se preocupan por este tonto que dice que piensa lo que no se piensa, que hace lo que ya no se hace”.

Aquí sí que no estoy de acuerdo con Martín Caparrós. Creo que cada vez somos más los que queremos cambiar el mundo, los que somos conscientes de que el que tenemos, tal como está, no nos gusta. Precisamente libros como El hambre nos dan la razón y nos estimulan a reaccionar. Otra cosa es que podamos contra los muchos que aún se conforman, contra los que aún creen que las sociedades de consumo, las políticas neoliberales, son lo mejor que puede pasarnos. ¿Qué te parece a ti? ¿Cómo van las cosas por Berlín? Aquí una de las señoras de siempre de la política acaba de expresar su deseo de que los vagabundos sean expulsados de las calles porque causan mal efecto en los turistas. Increíble. De nuevo la pobreza, la desigualdad. De nuevo la arrogancia, la insensibilidad de quienes ya no tienen ni un ápice de humanidad.

Créditos Fotográficos:

Retrato de Martín Caparros por Álvaro Delgado © 2015.

El resto de las fotografías fueron tomadas por el propio Martín Caparrós en distintos lugares de su ruta para elaborar El hambre, editado por Anagrama.

“Fashion victims” es una acción urbana inspirada en acontecimientos en Bangladesh (el derrumbe el -24 de abril del 2013- de varios talleres textiles que acabaron con la vida de 1.127 trabajadores) que pretende dar visibilidad a los verdaderos “fashion victims”: los trabajadores esclavizados, la explotación infantil y los millones de perjudicados por la contaminación que producen las fábricas en los países de producción.

Varias “blogueras” aparecen sepultadas bajo escombros en una de las calles comerciales de Madrid, dejando entrever algunas extremidades con lujosos complementos (bolsos, zapatos…) y que recuerdan a las imágenes publicadas de la tragedia de Bangladesh donde asoman brazos y piernas de las víctimas bajo los restos del edificio.

Un llamamiento a la producción y el consumo responsable, tanto con las personas como con el planeta.


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