Todos tenemos nuestro Cervantes

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016


Por Emma Rodríguez © 2016 /

Hemos leído tanto sobre Cervantes; hemos leído tanto sobre su Don Quijote, que cuesta encontrar las propias impresiones, el diálogo que mantuvimos en su momento con una obra que, como sucede con las piezas geniales de la literatura, forma parte ya de nuestras vidas. Hemos aprendido tanto de Cervantes; hemos escuchado tantos discursos sobre su legado, que no deja de resultar extraña la relación que mantenemos con él. Una relación cercana y a la vez distante. El clásico, sus más célebres personajes, forman parte de nosotros, de nuestra formación. Recurrimos al ingenioso hidalgo y a su fiel escudero cuando nos sentimos incomprendidos, vapuleados; cuando percibimos,  demasiadas veces, que la injusticia campa a sus anchas. Y, sin embargo, solemos olvidar eso y los vemos inalcanzables en su pedestal, cargados de solemnidad, de prestigio, ocultos tras análisis y opiniones sabias. Hemos leído tanto sobre Cervantes, que ahora que celebramos los 400 años de su muerte, no se me ocurre mejor homenaje que quedarnos a solas con la obra, volver a leerla para recuperar lo que nos dijo, lo que nos sigue diciendo.

Con esa idea muy presente, pero a falta de tiempo y de circunstancias propicias para regresar a la novela sin prisas (¡cuántas asignaturas pendientes! ¡cuántos planes aplazados de lectura!) he dedicado las últimas semanas a merodear en torno al escritor sin olvidar sus proximidades. Un poco a la contra de lo que he dicho en el primer párrafo de este artículo, lo he buscado en el recorrido de la exposición que se le dedica en la Biblioteca Nacional (Miguel de Cervantes: de la vida al mito). Lo he buscado a través de la visión de un biógrafo valiente, Jordi Gracia (valiente porque hace falta valentía para afrontar el trayecto de una personalidad tan estudiada ya), una visión actual, libre de cargas, atenta a iluminar al escritor a través de sus ficciones. He acudido a la biografía, Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía, pero esforzándome en rescatar algo de mis recuerdos, de mis fascinaciones particulares. Y, por último, lo he querido imaginar en sus calles, las calles de Cervantes en Madrid, en ese Barrio de las Letras, normalmente llenas de turistas, pero vacías un lunes lluvioso de abril (queda constancia en las fotografías que ilustran este texto, realizadas por Nacho Goberna).

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

El paseo fue un simple divertimento, un juego (la literatura nos ofrece infinidad de oportunidades para jugar, para viajar, para prolongar nuestras propias vidas y abrir puentes de complicidad). Sintiéndome de paso en la ciudad en la que vivo, percibí el olor del ayer en ese laberinto de calles estrechas por las que tantas veces he pasado sin prestarles atención, como suele sucedernos con los lugares demasiado familiares. Admirando los gruesos muros, las puertas de sus añejos edificios con tanto sabor a Historia, fui recobrando experiencias del ayer que se mezclaban con imágenes del presente. Ahí estaba, por ejemplo, el afán de la profesora en el colegio por transmitirnos el espíritu cervantino. Y la sorpresa, años después, al comprobar que Don Quijote era un libro capaz de conmover y de hacernos llorar sin remedio, pero también abierto a la jocosidad, a la fiesta. Hace poco, en un reciente viaje a Madrid de Murat, mi amigo kurdo de Estambul, quedé con él a tomar un café en una terraza y me lo encontré absolutamente sumergido en la novela, riendo solo. No me atreví a romper ese instante mágico hasta que no levantó la vista del libro. La anécdota acude a mí como un hermoso momento.

Recurrimos al ingenioso hidalgo y a su fiel escudero cuando nos sentimos incomprendidos, vapuleados; cuando percibimos,  demasiadas veces, que la injusticia campa a sus anchas. Y, sin embargo, solemos olvidar eso y los vemos inalcanzables en su pedestal, cargados de solemnidad, de prestigio, ocultos tras análisis y opiniones sabias.

Poco a poco he ido rescatando mis trozos de memoria, recogiendo, como si fueran piezas esparcidas por distintas etapas de la vida, mis deslumbramientos en torno a Cervantes. Mientras andaba por las salas de la Biblioteca Nacional y me acercaba a la época, a los viajes, a las batallas, a las tantas aventuras de este escritor aventurero cuyo destino fue vivir intensamente para después convertir todos sus aprendizajes en ficciones traspasadas de verdad, tuve la certeza de recuperar la gema, uno de los grandes deslumbramientos que me deparó el Quijote recién salida de la adolescencia.

Entonces me sentí feliz, orgullosa, de formar parte de una lengua, de una literatura, la de Cervantes, que apostaba por el idealismo, que frente a los chatos horizontes del presente, reivindicaba el vuelo a través de los sueños, de los deseos de aspirar a mejores mundos. No es nada nuevo, por supuesto. Una y otra vez ha sido analizado el idealismo, el afán de justicia, en el gran personaje de Cervantes, pero cuando yo lo percibí me abrió las puertas a una nueva conciencia que nunca me ha abandonado y que se ha ido acentuando con los años, pese a que la realidad se haya puesto cada vez más en contra.

Muchos detalles me fueron aproximando a ese momento, pero muy especialmente una frase del filósofo Javier Gomá, uno de los asesores de la muestra, comisariada por el catedrático José Manuel Lucía Megías. “España sería mejor, más cívica, más urbana, más humana, si se asemejase más a Cervantes, si imitara más su ejemplo, si fuera más cervantina”, iba leyendo a Gomá y sintiendo de nuevo ese orgullo que me invadió tras leer el Quijote. ¿Qué parte tenemos los españoles de hoy de ese legado? ¿En qué medida ese lado rebelde, luchador, soñador, ha sido superado por la resignación, por el exceso de realismo?, me preguntaba mientras me iba acercando a la parte de la exposición donde se deja constancia de la admiración que la obra de Cervantes despertó en los críticos y autores ingleses, los primeros que reconocieron su genio y lo situaron a la altura que le correspondía.

“España sería mejor, más cívica, más urbana, más humana, si se asemejase más a Cervantes, si imitara más su ejemplo, si fuera más cervantina”, señala el filósofo Javier Gomá, uno de los comisarios de la exposición de la Biblioteca Nacional en torno a la vida y al mito del autor del “Quijote”.

Hablar de Cervantes hoy lleva irremediablemente a tomar conciencia de lo poco que se reivindica a los clásicos en este país desde las instancias oficiales. Hablar de Cervantes hoy es compararlo con clásicos de otras lenguas a las que nada tiene que envidiar y que, sin embargo, son muchísimo más celebrados, tomados como bandera, como espejo en el que mirarse. El modo en el que los ingleses han organizado los 400 años de la muerte de Shakespeare, todos a una con su figura, empezando por el presidente Cameron, a la manera de una gran fiesta nacional y global, no tiene nada que ver con el silencio de los gobernantes y políticos españoles. “Es incomprensible que, en este país, teniendo una literatura como la que tenemos, no presumamos de ella. La tratamos como si no valiera nada y yo me hago esta pregunta: ¿Por qué se conoce a España fuera de nuestras fronteras? Nuestros alcances económicos y científicos, afortunadamente, han ido para arriba en los últimos tiempos, pero España se conoce por figuras como Velázquez, como Picasso, como Cervantes. Y qué poco se presume de lo que verdaderamente se tiene. Parece como si todo estuviera guardado en el baúl del olvido, mientras se sacan abanicos y mantones de cosas absolutamente superficiales y efímeras. Tendríamos que mirar a los ingleses, a los franceses, por ejemplo, que en eso son los grandes maestros. Calderón o Lope de Vega no son tan conocidos como Shakespeare y son igualmente extraordinarios. En ese sentido tenemos mucho que aprender, sobre todo cuando tenemos tantos millones de hispanoparlantes”, me decía en una entrevista la académica Aurora Egido.

Emma Rodríguez - Fotografía por Nacho Goberna (6)

Sus palabras cobran relevancia ahora. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer, expresar nuestro orgullo? sigo preguntándome. Es irremediable plantear todo esto en un momento en el que podemos asirnos a Cervantes, a su ejemplo, como una tabla de salvación. Todas estas reflexiones, que me parecen tan necesarias, me han acompañado estos días. Al hilo de la exposición, recuperé también uno de los capítulos del Quijote que me impactaron especialmente en su día y que viene muy a cuento de todo lo expuesto anteriormente. Se trata del episodio en el que los allegados del ingenioso hidalgo, preocupados por él, revisan su biblioteca y deciden quemar los libros de caballerías que consideran han sido los causantes de su locura, tapiando la estancia en la que se encontraban (como tantas otras veces Cervantes consigue que la gravedad de la situación se cargue de comicidad cuando vemos al protagonista buscando, sin suerte, la puerta de acceso al rincón de las lecturas arrebatadas).

Recobro la escena y pienso en lo mucho que nos habla de un presente en el que las humanidades pierden cada vez más importancia en el sistema educativo, en el que la enseñanza de la literatura no ocupa el lugar relevante que debería tener. ¿Qué mejor manera de homenajear a Cervantes que llevándolo a los colegios? ¿De qué manera conseguir que los niños y adolescentes de hoy dialoguen con sus personajes y comprueben que, tras la capa de solemnidad, les pueden hablar como iguales?

El episodio citado del Quijote nos dice muchas cosas del pasado, pero también de nuestra época; en realidad, Cervantes, como todos los clásicos, ha conseguido sentarse en ese altar porque es capaz de seguir hablándonos, de saltar por encima del tiempo y de las generaciones. Aquí no puedo evitar pensar en la crítica que hay en la obra hacia uno de los grandes capítulos de su tiempo: la expulsión de los moriscos de España. Hoy, en estos tiempos de exilios, de orfandades, de migraciones, de refugiados a los que se condena a la huida permanente, se sigue escuchando fuerte la voz de Cervantes. Y, en mi opinión, es ahí, en las proximidades, en las complicidades, desde donde hay que interesar y fascinar a los primeros lectores. No es falta de ediciones actualizadas, de adaptaciones; en las librerías las hay, y buenas. Es cuestión de saber orientar, de desnudar al clásico del exceso de análisis y atraerlo hacia el ahora.

¿Qué mejor manera de homenajear a Cervantes que llevándolo a los colegios? ¿De qué manera conseguir que los niños y adolescentes de hoy dialoguen con sus personajes y comprueben que, tras la capa de solemnidad, les pueden hablar como iguales?

El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos” , recojo estas palabras de la escritora mexicana Elena Poniatowska, parte de su discurso de recepción del Premio Cervantes. Son palabras que apresan el idealismo cervantino y el orgullo de ser parte de esa herencia. Son palabras que nos dicen lo mucho que la obra de El ingenioso hidalgo sigue dialogando con nosotros y cruzándose en el camino de los desahuciados, de los parados, de los trabajadores precarios, de los preferentistas, de todos los que nos sentimos engañados y no aceptamos que se nos llame locos o ingenuos por creer que la resignación no es la respuesta.

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Leer el Quijote es hoy una necesaria dosis de idealismo. Con esa idea abandoné la exposición de la Biblioteca Nacional, que visité en compañía de mi hijo adolescente, un amante de la Historia con el que después pude mantener un enriquecedor diálogo-regalo (permitidme el inciso). Un diálogo que, me gusta pensar, se abrió en muchas direcciones ese día, cada día, porque las salas estaban llenas de espectadores o exploradores atentos, hecho que me pareció muy alentador. Os recomiendo la visita y os recomiendo también la lectura de Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía (Taurus), en la que me toca detenerme ahora. Catedrático de literatura española en la Universidad de Barcelona, autor de biografías anteriores sobre Dionisio Ridruejo y José Ortega y Gasset, Jordi Gracia, nos ofrece en el prólogo una advertencia, un aviso para navegantes: “Ninguno de sus lectores reales y asiduos va a renunciar a su Cervantes por el Cervantes de otro. Nada podrá suplir al Cervantes que cada cual ha visto en su obra, como relámpago intuitivo o como lenta decantación. Es una derrota anunciada del biógrafo, pero también es una renuncia íntimamente escogida para desactivar la ansiedad de narrar un Cervantes inobjetable y universal que no existe”.

“El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos” , señaló la escritora mexicana Elena Poniatowska en su discurso de recepción del Premio Cervantes.

Si la exposición de la Biblioteca Nacional permite una completa panorámica de la vida, la obra y el tiempo de Cervantes, separando muy acertadamente al hombre del mito; la biografía de Gracia nos hace partícipes de un buceo a fondo. La obra sigue una estructura clásica, lineal, siguiendo los tiempos y los ritmos del clásico. Hay que avanzar en los capítulos para llegar al proceso de escritura de El Quijote, porque la novela surgió en la madurez del escritor, tras muchas vicisitudes, experimentos y aprendizajes, para cambiar por completo el rumbo de la literatura. El biógrafo sigue, paso a paso, las huellas, las señales, del creador. Repasa su trayecto, sus procesos creativos; busca su persona, su voz, sus vivencias, en las sombras de sus personajes y de sus relatos de ficción. Hay muchos escalones antes del Quijote: La Galatea, las Novelas Ejemplares, la poesía, el teatro

Todo le va conduciendo al que ha de ser su gran logro, aunque en su tiempo no fuese apreciado y se viese como una obra demasiado cómica, menor. “Ni él ni nadie sabe exactamente la cosa que está haciendo (…) Todos los géneros y modos posibles de la literatura de su tiempo se dan ahí, tamizados por un tono conversacional y una naturalidad sin rasgo de afectación…”, señala Gracia. Y más adelante: “ese libro necesitó que el mundo cambiase y lo concibiésemos de otro modo para que alguien –Lawrence Sterne en “Tristram Shandy”, Henry Fielding en “Joseph Andrews”, Denis Diderot en “Jacques le fataliste et son maître”– detectase lo que había en él de caja negra y ruta secreta al sentido moderno de la existencia, sin leyes absolutas, sin verdades graníticas, sin dogmas infalibles”.

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

La conquista de la ironía, fue la gran revolución de Cervantes, algo inexplicable para su tiempo, nos indica el biógrafo. El escritor fue “el primero y el único, durante los ciento cincuenta años siguientes, que sabe que ha hecho un libro que dentro lleva una visión de la existencia basada en un modo diferente de narrar”, nos dice, refiriéndose al juego de duplicidades, de verdades contrapuestas, de blancos y negros, con el que nuestro protagonista torció las creencias, los dogmas, la manera de observar el mundo partiendo de creencias rígidas, invariables. “Nada es de una vez porque todo late en el interior de un vivero donde nada es suficientemente verdad ni nada es suficientemente mentira, ni tampoco depende todo de la banalidad de esta o aquella perspectiva sino de la naturaleza dual de la experiencia”.

Jordi Gracia analiza el proceso, el particular talento y talante que conduce al autor hacia la novela total. Todo en su vida se confabula para conducirlo hacia esa conquista. Podemos verlo como un alquimista de las palabras, pero todo indica que las búsquedas no fueron forzadas, que llegó hasta donde llegó a través de las peripecias de su vida, de sus afanes por huir de la pobreza, de su trabajo constante con los materiales de la escritura. “No hay dos Cervantes, uno realista y otro fantástico, uno de fe y otro descreído, uno aventurero y otro costumbrista. Hay un solo Cervantes que se bate con todo e inventa lo que nadie inventa, ensaya mezclas sin miedo y seguro de sí mismo porque dejó hace mucho tiempo de ser el pretendiente cauto y circunspecto que necesitaba un lugar en la corte...”, sigo leyendo esta entrega que nos ayuda a entender el alcance de la obra cervantina; que estimula nuestro diálogo con ella.

“No hay dos Cervantes, uno realista y otro fantástico, uno de fe y otro descreído, uno aventurero y otro costumbrista. Hay un solo Cervantes que se bate con todo e inventa lo que nadie inventa, ensaya mezclas sin miedo y seguro de sí mismo”, escribe Jordi Gracia en su biografía del clásico, “Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía”.

Todos tenemos nuestro Cervantes. Su obra se refleja en múltiples espejos. Clásica y moderna a un tiempo, abre caminos infinitos. Nos traslada al ayer y nos sitúa en el presente. Hablamos de Cervantes, pero en el fondo estamos refiriéndonos a Don Quijote. Sus figuras se solapan. Y ahí también hay algo grandioso: la fuerza, la capacidad de la literatura, de los personajes de la ficción, para llegar lejos, muy lejos, más allá de la mano creadora. Todos tenemos nuestro Cervantes y en esta “Ventana”, en este número de “Lecturas Sumergidas” con tantos insumisos como protagonistas, quiero confundir a Cervantes con su caballero andante, sin duda un insumiso.   

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

 

  • Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía, de Jordi Gracia, ha sido publicado por la editorial Taurus.
  • La exposición de la Biblioteca Nacional Miguel de Cervantes: de la vida al mito, permanecerá abierta hasta el 22 de mayo de 2016.
  • Todas las fotografías de Emma Rodríguez fueron tomadas por Nacho Goberna © 2016 en el Barrio de Las Letras de Madrid.

 

 

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