Andréi Tarkovski: la creencia en sí mismo contra viento y marea

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Por Pablo Matilla © 2016 /

La primera vez que oí hablar de Tarkovski tendría 18 años. Me dijeron: “Es aburrido y no hay quien lo entienda”. Así que enseguida lo quité de mi lista de próximos avances cinéfilos. Lo encasillé, sin mucha más reflexión, como “director pesado”. Pasaron un par de años y, finalmente, con un poco de reticencia y esperando algo incomprensible, me decidí a ver Stalker. Para alguien que no sabía mucho de cine, y que tampoco había visto muchas películas, entrar en aquel mundo de planos pausados y silencio resultó sorprendente. Desde luego, no era la manera convencional de contar historias que había visto hasta ese momento. A partir de entonces, ya nunca dejé de apreciar el arte de Andréi Tarkovski.

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Poco después, y por casualidad, me crucé con su libro Esculpir en el tiempo, editado por Rialp, que agrupa reflexiones sobre el cine, el arte y la vida a lo largo de 15 años de intenso trabajo y dedicación. Un camino recorrido a través de múltiples dificultades: la incomprensión de parte del público hacia su trabajo, las imposiciones de la Unión Soviética hacia su manera de ver el arte, la enfermedad que terminó con su vida… A lo largo de todos los ensayos podemos apreciar esa lucha en la que consistió la vida de Tarkovski, una batalla abierta entre sus propias ideas sobre el cine y el arte, y la recepción de las mismas. En las primeras páginas, leemos:

“Me escribía un ingeniero de Leningrado: “He visto su película “El espejo”, y la he visto hasta el final, a pesar de que mi esfuerzo sincero por comprender al menos algo de la película, de relacionar entre sí de alguna manera los personajes, los hechos y los recuerdos, al cabo de media hora me había causado dolor de cabeza… Nosotros, los pobres espectadores, tenemos que ver películas buenas, malas, a menudo muy malas o mediocres, a veces también algunas muy originales. Pero todas ellas se entienden. Uno se puede entusiasmar o las puede rechazar. Pero, ¿ésta?”

El espejo fue filmada en el año 1975, cuando Tarkovski tenía 43 años. Es su cuarta película, después de La Infancia de Iván (1962), Andrei Rublev (1966) y Solaris (1972); y tal vez represente la expresión más radical de sus ideas sobre el cine. Pongámonos por un momento en su lugar.

Andrei Tarkovski. Fotograma de "El Espejo" (1975)
Andrei Tarkovski. Fotograma de “El Espejo” (1975)

Andrei es un hombre maduro, un artista reconocido internacionalmente desde su primera película, con la que ganó el León de Oro del Festival de Cine de Venecia. Pero con el éxito viene también la carga de la atención, y el Régimen sigue de cerca sus siguientes pasos. Dificultades para encontrar presupuesto para sus proyectos, prohibición de su película Andrei Rublev hasta 1971… Aún así, sigue adelante, trabajando durante 13 años bajo estas circunstancias. Contra viento y marea cree en sí mismo y en sus ideas, y consigue rodar una película radical, personalísima, fiel a sí mismo.

Andrei es un hombre maduro, un artista reconocido internacionalmente desde su primera película, con la que ganó el León de Oro del Festival de Cine de Venecia. Pero con el éxito viene también la carga de la atención, y el régimen soviético sigue de cerca sus siguientes pasos. Hay dificultades para encontrar presupuesto para sus proyectos, llega la prohibición de su película Andrei Rublev hasta 1971… Aún así, sigue adelante, trabajando durante 13 años bajo estas circunstancias.

Y entonces Andrei recibe la carta de este ingeniero de Leningrado. Me puedo imaginar el momento en el que abre la carta, una carta de un total desconocido, y comienza a leer. Lee que esa persona ha hecho “un esfuerzo sincero” por comprender la película. Y sin embargo, nada. Este hombre ha sido incapaz de entender, de sentir nada. Lo que Andrei recibe ante su trabajo es una incomprensión total.

Demoledor. ¿No os parece terrible?. Trato de imaginarme lo que sintió en ese momento. Estamos en el año 1975. Él no sabe que aún le quedan los años más difíciles, que acabará abandonando su amada Rusia para rodar Nostalgia en 1983. Poco después, nos dice: “Tras leer cartas de esta clase me preguntaba desesperadamente para quién trabajaba yo y por qué.”

Tal vez sea esta la pregunta que constantemente se hace todo artista: para quién y por qué trabaja. Vivir siendo artista es habitar esta cuestión, saber soportar la ausencia de respuestas claras, con la incertidumbre y la duda constantes de no saber nunca si existe una respuesta.

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Pero no todo eran malas noticias:

“Una espectadora, de Gorki, me escribía: “Muchas gracias por “El espejo”. Así, exactamente así, fue mi niñez… Pero, ¿cómo se ha enterado usted? Un viento idéntico hubo entonces, y una tormenta similar… “Galka, echa al gato” -me grita la abuela… Oscuridad en la habitación… Y también se apagó la lámpara de petróleo, y el alma estaba invadida por la espera de la madre… ¡Qué bien se muestra en su película el despertar de la conciencia del niño! Dios mío, ¡qué verdadero es todo eso!… Realmente no conocemos el rostro de nuestra madre. ¡Y qué sencillo, qué natural! Sabe, cuando en aquella sala oscura miré aquel pedazo de pantalla iluminado por su talento, por primera vez en la vida sentí que no estaba sola.””

Así como el rechazo era extremo, y en él se producía una falta completa de comunicación, en el caso del ingeniero de Leningrado; también el aplauso llegaba de forma extrema. No imagino nada mejor para un artista que recibir una carta como la de esta señora de Gorki. “Por primera vez en la vida sentí que no estaba sola”, le hace saber. ¡Qué subidón! Andrei se aferra a estas pequeñas victorias para seguir adelante, para continuar creyendo en sí mismo, en sus ideas, y en su arte.

“Durante tanto tiempo habían querido convencerme de que nadie necesitaba mis películas que las confesiones de este tipo enardecían mi espíritu, daban sentido a mi quehacer y me aseguraban en la convicción de que aquel camino que yo seguía, y que seguía no sólo por casualidad, era el verdadero.”

El camino ha sido duro hasta ese momento, y lo seguirá siendo después, hasta que un cáncer se lo lleve a las 54 años, justo después de terminar Sacrificio, que terminó de montar desde la cama del hospital. A lo largo de su vida, Tarkovski mostró una perseverancia hacia sí mismo y hacia sus ideas que son dignas de admiración. Más aún cuando vemos que la duda, la duda real sobre si lo que hacía valía la pena también le atacó de forma insidiosa y constante.

Tarkovski en el set de su film "Solaris" (1972)
Tarkovski en el set de su film “Solaris” (1972)

La poesía como forma de ver el mundo

Pero, ¿cuáles eran esas ideas sobre el cine por las que Tarkovski tanto luchó? En el primer ensayo de Esculpir en el tiempo, titulado Los comienzos, y que fue publicado originalmente en el año 1964, el cineasta ruso repasa algunas de sus ideas clave en torno a lo que tiene el cine de particular con respecto a otras artes:

En el cine lo que me atrae son las interconexiones poéticas que se salgan de la normalidad. La lógica de lo poético.

[…]

En mi opinión, la lógica poética está más próxima a las leyes de evolución de los pensamientos y a la vida en general que a la lógica de la dramaturgia clásica. Pero, desde hace muchos años, el drama clásico se suele considerar el modelo único para expresar conflictos dramáticos.

[…]

Pero para el arte, las posibilidades más ricas resultan indudablemente de aquellas relaciones asociativas en las que se funden las valoraciones racionales y emocionales de la vida. Y es una pena que el cine aproveche muy rara vez estas posibilidades, pues este camino promete mucho más. Contiene una fuerza interior capaz de romper, de hacer “explotar” el material del que está hecha una imagen.”

Encontramos aquí una de las razones por las que sus películas están sujetas a tan extremas reacciones. El espectador o bien entra en el juego de esas relaciones asociativas y se deja llevar por ellas, y entonces se produce una especie de comunión entre lo que se proyecta en la pantalla y el espectador. O bien se queda totalmente fuera, en busca de conexiones más firmes, al estilo de la dramaturgia clásica, y no solo se produce una incomunicación, sino a menudo el enfado del espectador, como en el caso del ingeniero de Leningrado.

Un poco más adelante, leemos: “La poesía es para mí un modo de ver el mundo, una forma especial de relación con la realidad.”

Esta pequeña frase, que puede pasar despaercibida entre el resto del contenido que compone el artículo, me parece de la mayor importancia para entender el modo en que Tarkovski afronta su trabajo. Se trata de una manera de ver el mundo. Una visión poética que era la que Tarkovski quiso transmitir desde su primera película, La infancia de Iván:

“Sinceramente, yo quería que las experiencias de aquella primera película me ayudaran a aclarar si yo tenía capacidad para ser director de cine. Por eso bajé la guardia, e intenté no exponerme a presión alguna, penetrando yo mismo por completo en aquella película. Entonces pensaba de la siguiente forma: “Si de esta película sale algo, he obtenido el derecho de hacer películas.” Precisamente por ello, “La infancia de Iván” tuvo para mí una importancia especial. Consideraba esta película como un examen final que aseguraba mi derecho a trabajar de modo creativo.”

Fotograma de "La infancia de Ivan" de Andrei Tarkovski (1962). Crédito: The Kobal Collection /Mosfilm
Fotograma de “La infancia de Ivan” de Andrei Tarkovski (1962). Crédito: The Kobal Collection /Mosfilm

Como ya he dicho, Tarkovski se ganó sobradamente el derecho a trabajar de modo creativo. La infancia de Iván fue un éxito. No obstante, y aunque se pueden apreciar en ella las primeras semillas de esa lógica poética que alcanzará en sus siguientes filmes, es, de entre todas sus películas, la que se ajusta más a los cánones tradicionales de la dramaturgia.

Pero el éxito no le apoltronó. Al contrario, le dio ánimos para continuar su camino, para continuar en el desarrollo de sus inquietudes. En otros casos, tal vez ganar el León de Oro hubiera sido motivo para continuar el mismo camino, no radicalizarse, no progresar hacia una expresión poética del mundo en su trabajo. Sin embargo Tarkovski siguió adelante, ignorando al Régimen, a sus detractores, aferrándose a aquellos que veían la vida como él.

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Lejos de Rusia

En el año 1983, Tarkovski abandonó Rusia. O tal vez Rusia le abandonó a él. En cualquier caso, las presiones y dificultades que encontraba para continuar trabajando se habían hecho insostenibles, así que viajó rumbo a Italia, donde rodó Nostalgia. Tiene 51 años. Para un ruso, Italia debe ser un lugar agradable pero extraño. Andrei echa mucho de menos su patria natal. Se siente aislado, alejado de lo que él más quiere.

Nostalgia es una de mis películas preferidas. Un poeta ruso perdido en Italia. Es una película llena de sueños, de situaciones surrealistas. Una película callada, lenta, que puede que no sea la más perfecta expresión de lo que Tarkovski quería (ese lugar queda para Sacrificio, su última obra), pero que aún así está llena de emoción y poesía.

Tarkovski: Fotograma de su película "Nostalgia"
Tarkovski: Fotograma de su película “Nostalgia”

Hay un momento al final de la historia, (tranquilos, no hay spoilers, aunque en el cine de Tarkovski el concepto de spoiler es absurdo), hay un momento al final  en el que el poeta tiene que llevar una vela, atravesando un pequeño estanque seco. Tiene que ir de un extremo al otro sin que la vela se apague. Es un momento que me emociona. Estoy seguro de que, ante esta escena, ha habido cientos de ingenieros de Leningrado resoplando. Pero yo, en cambio, me siento como esa señora de Gorki: por un momento no estoy solo.

Un hombre que atraviesa un lugar tratando de que una vela no se apague. Falla. Y vuelve a empezar. Me imagino que ese poeta es el mismo Tarkovski, un hombre vencido por la nostalgia, tratando de comunicar algo muy frágil, algo en cierta manera incomunicable.¿Conseguirá ese hombre, ese poeta perdido en medio de Italia, llegar hasta el final con la vela encendida?

Un hombre que atraviesa un lugar tratando de que una vela no se apague. Falla. Y vuelve a empezar. Me imagino que ese poeta es el mismo Tarkovski, un hombre vencido por la nostalgia, tratando de comunicar algo muy frágil, algo en cierta manera incomunicable.

Para entrar en el mundo de Tarkovski se necesita perseverancia, la misma que él utilizaba siempre. Uno se siente, en sus películas, como los personajes de Stalker, buscando algo indefinido en un lugar que tal vez no exista. Es una experiencia muy similar a rebuscar dentro de uno mismo. Ese es uno de los factores que me atraen más de su cine. Con el paso del tiempo, cuando empiezo a ver alguna de sus películas, no pienso si me va a gustar o no, si me voy a divertir o no. Pienso, más bien, en qué es lo que voy a ver de mí mismo a través de sus ojos.

Tres años después, en Suecia, justo antes de morir a los 54 años, Tarkovski acabará Sacrificio, su película más premiada. Las últimas palabras que pueden leerse en su diario (titulado Martirologio), el 15 de diciembre de 1986 son: “Pero ahora no me quedan fuerzas –ese es el problema.”

Tarkovski, a la derecha, en el set de Stalker (1989)
Tarkovski, a la derecha, en el set de Stalker (1989)

El poeta ya no puede continuar sosteniendo la vela. Si repasamos su vida, vemos que, de hecho, es la fuerza lo que predomina. La fuerza para pensar como él quiso pensar, y para llevar aquello que pensaba hacia adelante. Primero contra sí mismo, después contra el Régimen, y en último término contra la nostalgia y la enfermedad.

Lo he dicho antes de pasada, pero merece la pena repetirlo con un poco más de atención al hecho. Tarkovski, consumido ya por el cáncer, acabó de montar Sacrificio en la cama del hospital. Escucho el pitido de las máquinas de hospital, los tubos, el dolor. Todo eso. Y sin embargo, terminó. No se me ocurre expresión más clara de la fuerza de este hombre.

Si repasamos su vida, vemos que, de hecho, es la fuerza lo que predomina. La fuerza para pensar como él quiso pensar, y para llevar aquello que pensaba hacia adelante. Primero contra sí mismo, después contra el Régimen, y en último término contra la nostalgia y la enfermedad.

¿Qué nos queda de esa corta vida, además de sus películas y sus escritos? Para mí, una lección de perseverancia, fe en su vocación, un deseo insaciable de comunicar lo que el veía, ese modo particular de observar el mundo, la vida, los hombres. Y me pregunto si acaso no podremos aplicar a la vida aquello que él escribía sobre cómo afrontó el rodaje de aquella primera aventura, La infancia de Iván: “Por eso bajé la guardia, e intenté no exponerme a presión alguna, penetrando yo mismo por completo en aquella película.”

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FIRMAS SUMERGIDAS | PABLO MATILLA

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Pablo Matilla (Mieres, 1986) es licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Sus relatos forman parten de las antologías Tiempo Narrado (Paralelo Sur, 2010), Relatos 02 (Tres Rosas Amarillas, 2011), Paraguas para el diluvio (Paralelo Sur, 2012) e Iceberg (Leqtor Universal, 2014). En 2013 gana el Premio Internacional de relato Corto Energheia, otorgado en Matera (Italia) por el relato Los que huyen, que posteriormente fue publicado en la revista de literatura Quimera. También ha colaborado con la revista del Ateneo Obrero de Gijón, Lunula, en la que se han publicado varios de sus relatos.

Desde 2015 mantiene el blog www.historiasminimalistas.com donde habla sobre creatividad, desarrollo personal y literatura.