Foto Cabecera tomada de la web: manoa.hawaii.edu /

Emma Rodríguez © 2025 /

El presente solo les resulta incomprensible a quienes no conocen el pasado, que está plagado de acontecimientos extraños e imprevisibles que originaron el presente, de hechos que nos recuerdan la cantidad de veces que el destino pende de un hilo y cambia por completo en un instante, la cantidad de veces que acaba sucediendo lo inesperado”, señala la escritora e historiadora estadounidense Rebecca Solnit (Bridgeport, Connecticut, 1961), en El camino inesperado, una entrega que, según sus palabras, es “un mapa de los tortuosos recorridos del cambio, de las carreteras secundarias y los caminos laterales por los que se han construido movimientos y han avanzado las ideas…”

Se trata de una recopilación de artículos que han ido viendo la luz en los últimos años, textos que se agrupan en dos apartados, que la autora denomina “visiones” y “revisiones”, en los que se reivindica el papel de la memoria y del conocimiento histórico; de la mirada a largo plazo, de la lentitud y la paciencia para entender lo que está sucediendo en nuestro mundo, algo que choca indudablemente con las prisas que impone la actualidad, el exceso de información, los imparables avances tecnológicos.

Muchas veces sucede que al aproximarnos a la realidad sentimos impotencia, la sensación de que todo va mal, de que nada parece tener remedio, y en esos momentos –lo digo por propia experiencia– puede ayudarnos el acercamiento a situaciones, a reacciones, detalles, puntos de vista y realidades alejadas de Occidente, capaces de abrir otros cauces y hacernos ver nuevas posibilidades. Buscar señales de bondad, de belleza, de rebelión, de diálogo, en un mundo que geopolíticamente se está transformando, donde la tiranía, la crueldad, el auge del fascismo, el impulso belicista, marcan el rumbo más visible de las sociedades que habitamos, es una práctica que nos anima a cultivar Rebecca Solnit.

Ella nos estimula a abandonar la indiferencia y la pasividad, la creencia de que no hay opciones más allá de lo que nos dicen que tiene que suceder. “Esas afirmaciones categóricas de que algo es inexorable a menudo son falsas profecías (…) El futuro no es (como tan a menudo se describe) un lugar que ya existe y hacia el que vamos avanzando con dificultad, sino un lugar que estamos creando con lo que hacemos (o no) y cómo lo hacemos en el presente. La esperanza es ese reconocimiento y también un compromiso con perseguir las mejores posibilidades dentro de la vastedad de lo desconocido, de lo que aún está por crear. Como dijo Audre Lorde, “negarnos a participar en la configuración de nuestro futuro es renunciar a él. No dejemos que una falsa seguridad  (“No se refieren a mí”) o la desesperanza (“No podemos hacer nada”) nos lleven a la pasividad. Cada uno de nosotros debe averiguar qué trabajo le corresponde hacer y, a continuación, hacerlo”.

A los posibles horizontes de futuro de los que habla he abierto mi “Ventana Propia” en este nuevo número de Lecturas Sumergidas que quiere ser un lugar para la calma y la reflexión, a través de la necesaria desconexión que procura la lectura, en tiempos en los que necesitamos pausa, pausa para meditar, para apartar el odio que nos quieren inculcar, para sentir que hay causas que merece la pena abrazar, defender. Ahora, mientras escribo estas líneas, mediados de septiembre de 2025, estoy pensando en Palestina y en el atroz genocidio en marcha, pero también en el coraje de tanta gente, activistas, figuras públicas, representantes de formaciones políticas que se han posicionado en contra del horror, a favor de la dignidad, desde el primer momento, del mismo modo que miles de ciudadanos de a pie en todo el mundo que no se ponen de perfil, que expresan su indignación con los medios a su alcance, como mínimo por medio de la palabra, de la toma de postura, pero también atreviéndose a realizar actos de desobediencia civil frente a gobiernos represores, sumisos al poder y la violencia de los más fuertes. Ciudadanos que han gritado, que siguen –seguimos– gritando: “No a la barbarie”. 

En El camino inesperado no hay ningún capítulo dedicado a Gaza, pero recurro a una reciente intervención de la autora en la Universidad de San Francisco, donde habló sobre autoritarismo y resistencia, refiriéndose a la tragedia que está teniendo lugar, haciendo un llamamiento a la solidaridad con los civiles palestinos y arremetiendo contra el uso del antisemitismo como arma para reprimir la disidencia. 

Aludió también la autora a la ironía con que en ocasiones se invoca la memoria del Holocausto no para honrar la resistencia a la injusticia, sino para reprimirla, y recordó que no todos los judíos están a favor de la ocupación y la violencia, que hay una larga tradición de voces que se oponen. 

¿Cómo es posible vivir hoy sin la presencia constante del drama del pueblo palestino?, me pregunto, antes de volver a las páginas de este libro en el que, una y otra vez, se da la vuelta a las narrativas impuestas, se buscan grietas por las que se cuela la luz, la lucidez que otorga la reflexión, la duda sobre los titulares reiterados, la mirada a los vaivenes de la historia. 

Buscar señales de bondad, de belleza, de rebelión, de diálogo, en un mundo que geopolíticamente se está transformando, donde la tiranía, la crueldad, el auge del fascismo, el impulso belicista, marcan el rumbo más visible de las sociedades que habitamos, es una práctica que nos anima a cultivar Rebecca Solnit.

La memoria nos da poder –sobre todo la memoria que es capaz de percibir los patrones más amplios, los cambios más dilatados–, igual que el olvido y la amnesia nos hacen vulnerables”, señala la autora, apoyada en los argumentos del historiador Howard Zinn, quien, respecto a la tendencia a pensar en que lo que ocurre en el presente se va a mantener inamovible, recordaba “la cantidad de veces que nos hemos quedado sorprendidos ante la caída repentina de instituciones, antes cambios extraordinarios en la mentalidad de la gente, ante el estallido inesperado de rebeliones contra la tiranías, ante el rápido derrumbe de sistemas de poder que parecían invencibles”.

FIRMAR LA PAZ CON LA NATURALEZA

Lo que llama la atención de la historia de los últimos cien años es su absoluta impredecibilidad”, señalaba Zinn, y de sus palabras brota el análisis de Rebecca Solnit. Ese convencimiento está en la base de su forma de mirar a los conflictos que nos rodean, caso del trastorno climático, tan evidente ya, que nos llevará, irremediablemente, a otro tipo de vida. Los grandes incendios forestales, las inundaciones, la subida del nivel del mar, las sequías y hambrunas, merecen la atención permanente de la escritora. “Estamos dejando atrás el viejo mundo que conocemos, cuya estabilidad recordamos como una gran bondad, y entrando en unas nuevas y duras circunstancias. / Igual que los refugiados que abandonan un lugar, estamos abandonando una época. ¿Qué deberíamos llevarnos?”, se plantea, insistiendo en la necesidad de contar historias inspiradoras capaces de originar nuevos pensamientos y costumbres, que ofrezcan faros de orientación a las nuevas generaciones, que les recuerden que las cosas fueron diferentes y podrían volver a serlo.

“La memoria nos da poder –sobre todo la memoria que es capaz de percibir los patrones más amplios, los cambios más dilatados–, igual que el olvido y la amnesia nos hacen vulnerables”, señala Rebecca Solnit en Uno de los textos de «El camino inesperado»

Esta es una época en la que los puntos de referencia se están borrando, en la que corremos el riesgo de olvidar lo que había antes y aceptamos el caos y la destrucción que está ocupando su lugar”, vamos leyendo en un texto titulado Un cielo lleno de bosques, de los primeros del recorrido, en el que se parte de la visión de dos mujeres “sentadas a la orilla de un mar en nuestros tiempos”, contemplando “el caos, la impredecibilidad, la pérdida, la transformación de sus habitantes, de sus corrientes, de su temperatura, de su pH, de sus costas, de sus tempestades...”

Y a continuación se imagina que esas dos mujeres puedan llegar a tener otro paisaje ante sus ojos, originado por los esfuerzos realizados en el presente para revertir los daños de la baja Edad de los Combustibles Fósiles, por el trabajo de la humanidad “para tirar en la dirección opuesta y caminar hacia la alianza con las plantas que absorbían carbón y exhalaban oxígeno, hacia la firma de la paz con la naturaleza después de siglos en guerra”.

Rebecca Solnit. Fotografía: Trent Davis Bailey.

Hay artículos interesantísimos en esta entrega en la que la autora reconoce que cuando empezó a escribir sobre ese tipo de esperanza, inseparable de la incertidumbre, que sostiene la columna principal de su pensamiento (“la idea de que no sabemos lo que va a ocurrir, pero quizá tengamos margen para intervenir en los procesos que van a determinar lo que va a ocurrir”) se topó con mucha gente que prefería “la certidumbre, incluso la certidumbre cruda y deprimente; porque, como nos explica: “Si finges que el futuro ya está escrito no tienes que hacer nada. Si finges que estás en una pequeña habitación que  conoces bien no tienes que mirar hacia arriba como hace el príncipe Andréi cuando yace malherido en el campo de batalla, en aquella escena de “Guerra y paz”, y se pregunta por qué hasta entonces nunca había visto el cielo”. 

LA HISTORIA ESTÁ LLENA DE GIROS Y SORPRESAS

Si algo transmite Rebecca Solnit, si en algo no podemos dejar de darle la razón, aunque los ánimos y colores del hoy sean turbios y oscuros, es que la historia está llena de giros y sorpresas. Ella se refiere a acontecimientos que ha visto a lo largo de su vida, entre ellos el fin de la Guerra Fría, con todos los cambios geopolíticos que la precedieron; los enormes cambios en el estatus de las mujeres, de la población racializada, de las personas con discapacidad y las personas queer. 

Solnit reconoce el papel de los movimientos sociales, del activismo más combativo, en estos cambios. Ella misma ha sido partícipe en campañas de lucha a favor de los pueblos indígenas de Estados Unidos y sus derechos territoriales; se ha implicado en el movimiento antinuclear… “Vi que aquellos que se supone que no tienen ningún poder –escritores, intelectuales, activistas y movimientos de base, visionarios, los denigrados y los ignorados, han cambiado el mundo una y otra vez”, escribe, y al hilo de sus palabras yo pienso en el momento de regresión que estamos viviendo a día de hoy tanto en Estados Unidos como en una Europa que apuesta por el negocio de las armas en vez de seguir implantando medidas urgentes contra al cambio climático, muy lejos ya, por tantos motivos, de ser modelo de democracias plenas y defensora de los derechos humanos. ¿Podrá –podremos– poner freno a esta deriva?, me pregunto.

La desesperanza es un lujo”, título del texto que ha dado lugar a los dos últimos párrafos de este artículo, es, sin duda, una buena respuesta. Insiste Solnit en que los enemigos de la esperanza coinciden “en la seguridad sobre lo que va a ocurrir, una falsa certeza que sirve de excusa para la inacción”. Nos dice que con este punto de partida se está socavando “la participación en la vida política en épocas normales y en el movimiento por el clima en esta época anormal”. 

Y prosigue: “La inacción es un lujo que no tienen quienes se encuentran ante un peligro inmediato, y la desesperanza que se traduce en inacción es algo que no pueden permitirse. Pero la desesperanza está por todas partes, diciéndonos que los problemas no tienen solución, que no somos lo suficientemente fuertes, que nuestros esfuerzos son inútiles, que a nadie le importa lo que está pasando y que los seres humanos estamos corrompidos por naturaleza. Algunos promueven esta postura como auténticos evangelizadores, no solo rindiéndose y aceptando la derrota, sino defendiéndola con ahínco”.

Vi que aquellos que se supone que no tienen ningún poder –escritores, intelectuales, activistas y movimientos de base, visionarios, los denigrados y los ignorados, han cambiado el mundo una y otra vez”, escribe la autora.

Al hilo de sus palabras pienso también en que la desesperanza es contagiosa, se filtra y nos debilita colectivamente, haciéndonos dudar del poder de la acción conjunta. Y el individualismo, tan aclamado en nuestro tiempo, es la herramienta idónea para dejar de lado las luchas comunes a favor de los derechos humanos, de la justicia social. Hay algo que señala la escritora en otro de sus artículos, el titulado Clima de abundancia, que me ha dado mucho que pensar, porque define muy bien el malestar que sentimos, a nivel individual y colectivo en las sociedades competitivas y consumistas del Primer Mundo, frente a las desigualdades, el expolio de la naturaleza, el trabajo en condiciones de explotación de tanta gente, el uso abusivo de la fuerza contra los más vulnerables, la impunidad de los privilegiados, de los poderosos…

Llegada a este punto me decido a transcribir un par de párrafos que me parecen esenciales:

– “En el actual orden de cosas, la mayoría padecemos daño moral: el impacto psicológico de presenciar o sentirnos cómplices de algo que no está bien (…) Evitamos verlo y pensar en ello y adoptamos la postura del adormecimiento moral y la ignorancia voluntaria, que es la versión evasiva del daño moral. Nuestra vida está atravesada por una honda sensación de que lo que está sucediendo no está bien”.

– “Hacer lo que el clima exige de nosotros sí supone renunciar a parte del despilfarro de esta era, a parte de sus excesos y su derroche. También es una oportunidad de replantearnos quiénes somos y qué necesitamos y deseamos. ¿Y si nos imagináramos que poseer riqueza consiste en poseer alegría, belleza, amistad, comunidad, acceso a una naturaleza exuberante, a aire y agua limpios, a alimentos de buena calidad producidos sin abusar de los trabajadores ni de la naturaleza? ¿ Y si también fuera disfrutar de seguridad, en nuestros propios entornos y sociedades, así como de confianza en un futuro viable”.

Imagen de Rebecca Solnit tomada de la web del Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona (CCBA).

Volviendo al tema de la desesperanza, reflexiona Solnit: “Proclamar que algo o alguien ha sido derrotado contribuye a esa derrota (…) Rara vez he visto que se vapulee a la gente por equivocarse al predecir un futuro de derrotas y destrucción, mientras que a aquellos que sugieren que quizá el futuro sea positivo se los desdeña y ridiculiza en cuanto abren la boca”. Y se refiere “al pavor que experimentan las élites cuando la gente corriente hace uso de su poder”, citando la fuerza y la perseverancia de la causa abolicionista, que puso fin a la esclavitud, y más recientemente el impacto de la corriente antiglobalización, las protestas por la crisis climática, que deben continuar, que deben hacer frente al negacionismo impulsado por las empresas de combustibles fósiles y los políticos que sirven a sus intereses.

NO A LOS EQUIDISTANTES E INDULGENTES CON LA INTOLERANCIA

En muchos de los escritos que componen este libro se muestra muy crítica la autora con su país, por supuesto con las autoritarias, discriminatorias y crueles políticas de Trump, apoyadas por los supremacistas, hombres blancos de mediana edad que disfrutan de buena prensa, que no son vistos como una amenaza para la democracia, posible motivo de que no se detectara el ataque al Capitolio en 2021. La buena prensa de la que han disfrutado quienes, entre otras muchas cosas, demonizan a los inmigrantes, no tiene nada que ver con los calificativos agresivos contra, por ejemplo, los manifestantes en las protestas de Black Lives Matter. No cabe la complacencia con ellos, la indulgencia con la intolerancia, sostiene en un texto titulado Sobre no llegar a acuerdos con los nazis, muy en consonancia con otro en el que se muestra “en contra del centrismo y sus sesgos”, base de la postura equidistante tras la que tantos analistas y políticos se esconden. 

SOLNIT se muestra muy crítica con su país, con las autoritarias, discriminatorias y crueles políticas de Trump, apoyadas por los supremacistas, hombres blancos de mediana edad que disfrutan de buena prensa.

Para mí, esta postura, que se empeña en mantener que el centro carece de sesgos y que no se ve afectado por intenciones ocultas, prejuicios ni dañinas percepciones erróneas, es una manifestación del sesgo del “statu quo”. Lo que está detrás es la creencia de que las cosas están bien como están, de que hay que confiar en los que mandan porque el poder confiere legitimidad, de que quienes reclaman cambios profundos son demasiado escandalosos, exigentes o poco razonables, y de que lo que deberíamos hacer es llevarnos todos bien sin mirar los cadáveres del armario ni todo aquello que se ha escondido debajo de la alfombra. Es mayormente un prejuicio de aquellos para quienes el sistema funciona sobre los que no”, argumenta la historiadora.

Es realmente esclarecedora esta pieza en la que va desenmascarando las falacias de la postura centrista, entre ellas la de que “los extremismos de derechas y de izquierdas son simétricos”. Al respecto nos dice: “La violencia de izquierdas es en buena parte un experimento fallido que desapareció progresivamente en los años setenta. Asimismo, en los últimos años las voces más destacadas de la izquierda han estado diciendo mayormente verdades importantes, mientras que las de la derecha se han dedicado a propagar mentiras al tiempo que defendían que no se respeten los derechos humanos básicos”.

Y prosigue: “A menudo lo que llaman “la izquierda” simplemente va por delante en cuestiones de derechos humanos y justicia medioambiental, mientras que la derecha se dedica a negar la existencia del problema, ya sean los pesticidas y los residuos tóxicos o la violencia de género y el maltrato infantil. No hay simetría. Muchas de las posturas que ahora se consideran moderadas –o centristas– se consideraban radicales no hace mucho, cuando este país defendía la segregación, prohibía los matrimonios entre personas de distinta raza o del mismo sexo, impedía a las mujeres ocupar algunos puestos y a las personas queer ocupar otros, y excluía a las personas con discapacidad de casi todo”.

Si algo caracteriza a Rebecca Solnit es su postura para nada equidistante. El camino inesperado es un libro que despierta, que lleva a desmontar relatos. Los artículos que lo componen, muchos de ellos publicados en revistas como “London Review of Book” o “Literary Hub”, así como en los periódicos “The Guardian” o “New York Times”, permiten acceder a ángulos de visión no habituales, que rompen con los discursos predominantes y visibilizan hechos y ámbitos poco cuestionados. 

LA ALARGADA SOMBRA DE SILICON VALLEY

Entre los textos que más han llamado mi atención se encuentra La alargada sombra de Silicon Valley, que ofrece una mirada certera, afilada, sobre las importantes empresas tecnológicas y sus dirigentes, considerados hoy los grandes amos del universo. Solnit habla de los cambios en la ciudad donde vive desde hace mucho tiempo, San Francisco, de la sociabilidad y la cordialidad perdidas, de la imagen malintencionada que se transmite de ella en no pocos noticieros de derechas que la describen, como “un hervidero de delincuencia y depravación”, destacando el sinhogarismo y la crisis del fentanilo, presente en muchos otros lugares de Estados Unidos, una imagen de “ciudad sin ley extendida esgrimiendo argumentos dirigidos a “demostrar que las políticas progresistas no funcionan” por su exceso de indulgencia. 

En este texto la escritora cambia el foco, el relato, haciendo que nos preguntemos quiénes son realmente los depravados, desenmascarando no pocas acciones innobles, no pocos delitos cometidos por algunos  de los multimillonarios de Silicon Valley, convencidos de que su riqueza extrema les permite estar “por encima o fuera del alcance de la ley”.

La mayoría han hecho fortuna con las finanzas o las tecnologías; esas fortunas, así como la arrogancia y el aislamiento que llevan asociadas, los han convencido de que son excepcionales en todo lo que hacen, incluido remodelar la sociedad de acuerdo con sus convicciones”, escribe la autora, poniendo el punto de mira en las altas aportaciones a las campañas presidenciales de los magnates tecnológicos, en la manera en que se percibe su influencia en hechos y argumentos que están marcando el segundo mandato de Donald Trumpo, así, entre otras cosas, el absoluto rechazo a los pobres, a los que se ve como intrusos que atacan la sensibilidad del resto de la población; el miedo que se intenta inocular en los ciudadanos de que determinadas ciudades son lugares peligrosos que hay que domar; el apoyo cada vez mayor a la educación concertada y el enfrentamiento con los sindicatos de docentes.

El sector de las tecnológicas está volviendo a llevarnos a una especie de feudalismo, con unas pocas figuras poderosas que no tienen que rendir cuentas a nadie”, afirma Solnit, describiendo el afán por comprar islas privadas en las que protegerse del resto del mundo; el convencimiento de sobrevivir al posible apocalipsis construyendo bunkers subterráneos; los sueños de grandeza de individuos como Elon Musk (viajes al espacio y colonias en otros planetas) o el fundador de Paypal, Peter Thiel (la inmortalidad)…

Realmente no se puede defender al mismo tiempo la democracia y a los multimillonarios, ya que la democracia requiere igualdad de oportunidades para participar y la riqueza extrema da a quienes la poseen unas ventajas inconmensurables casi sin ninguna responsabilidad”, concluye la escritora.

EL FEMINISMO ACABA DE EMPEZAR

El feminismo, sus luchas, los obstáculos en el camino, los logros, es otro de los pilares de El camino inesperado. El caso de Harvey Weinstein, poderosa figura de la industria del cine cuya impunidad le fue arrebatada gracias a la unión y la denuncia de más de noventa mujeres a las que  acosó y agredió sexualmente, es analizado por Rebecca Solnit, quien hace hincapié en el antes y el después de la sentencia a veintitrés años de cárcel de un hombre que, a través de las películas que produjo, decidió durante mucho tiempo qué historias contar, historias en las que la voz de las mujeres sobre su condición, sobre los abusos a las que las sometían personajes como él, eran silenciadas. 

No es la mera venganza lo más importante del caso Weinstein, sino el fin de la impunidad, la atención y escucha a las historias que las mujeres no deben seguir callando, el miedo a las consecuencias de agresores potenciales. “Pero yo quiero más que eso: quiero una sociedad en la que el deseo y el poder de ejercer la violencia sexual desaparezcan, no por miedo, sino por respeto a los derechos y la humanidad de las víctimas”, señala Solnit, quien en otro de sus textos, El feminismo acaba de empezar, insiste en esa idea: “Necesitamos transformar la sociedad hasta que el deseo y el, poder de perpetrar esa violencia hayan desaparecido y se hayan vuelto tan insólitos como hoy son habituales, tan repugnates como hoy son justificados y erotizados”.

Queda un largo camino por andar en esa dirección que tanto se obstaculiza desde los púlpitos del poder y los brazos mediáticos del patriarcado; es evidente que los intentos por seguir controlando y minusvalorando a las mujeres siguen presentes, pero el feminismo, pese a tanto empeño por declarar su fracaso, ya ha cambiado el mundo, o la mayor parte del mismo, como apunta la escritora. La autora de Vindicación de los derechos de la mujer, Mary Wollstonecraftni siquiera soñaba con el voto para las mujeres” a finales del siglo XVIII, “ni con otros muchos derechos que hoy consideramos normales”, nos dice Solnit.

«Necesitamos transformar la sociedad hasta que el deseo y el, poder de perpetrar esa violencia hayan desaparecido y se hayan vuelto tan insólitos como hoy son habituales, tan repugnates como hoy son justificados y erotizados”.

Y seguimos leyéndola: “En los últimos cincuenta años han cambiado tantas cosas para las mujeres en tantos países que sería difícil enumerarlas todas (…) El feminismo es un movimiento de derechos humanos que intenta cambiar cosas que tienen no ya siglos, sino, en muchos casos, milenios de antigüedad; que le quede mucho por hacer y que se enfrente a reveses y a resistencia no es ninguna sorpresa ni motivo para parar”.

Todo está conectado en nuestro mundo, las corrientes de las ideas se acaban encontrando y tomar conciencia de ello es fundamental para creer en mejores horizontes de futuro. Rebecca Solnit nos encamina a mirar al budismo, a sus principios de bondad, de compasión, de no violencia. Nos impulsa a acoger y enlazar el feminismo, el ecologismo, el antirracismo. “El mundo entero está hecho de sistemas interconectados, no de elementos aislados. Esa verdad conlleva una obligación de asumir la responsabilidad  por las consecuencias de los actos que choca con los ideales conservadores de la libertad individual y el capitalismo sin trabas”, nos dice.

Me detengo en estas líneas. Simplemente ser conscientes de esto, reflexionar sobre ello, puede cambiar ampliamente nuestro enfoque sobre las cosas. Os recomiendo que abráis las páginas de este libro que tanto apuesta por la esperanza y, ya para concluir, subrayo estas palabras de Rebecca Solnit en un breve texto final titulado Credo: “Quieren que te sientas impotente, que te rindas y que les dejes pisotearlo todo, y no vas a permitírselo. Tú no vas a abandonar y yo tampoco. Que no podamos salvarlo todo no significa que no podamos salvar nada, y todo lo que podamos salvar merece la pena. Quizá necesites pasar el duelo, gritar o tomarte un tiempo, pero pase lo que pase tienes un papel que desempeñar, y ahora mismo vale la pena rodearse de buenos amigos y de buenos principios. Recuerda aquello que amas. Recuerda aquello que te ama a ti. En esta marea de odio, recuerda lo que es el amor. El dolor que sientes se debe a aquello que amas”.

El camino inesperado ha sido publicado por la editorial Lumen, con traducción de Clara Ministral.

En la edición 58 de Lecturas Sumergidas se incluye otro artículo sobre el ensayo de Rebecca Solnit Una guía sobre el arte de perderse, publicado por Capitán Swing.


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