Fotografia de cabecera. Fuente: Instituto Norberto Bobbio /

Emma Rodríguez © 2026 /

Serenidad, sabiduría y dignidad son las cualidades asociadas a la vejez en el tratado clásico de Cicerón De senectute. El mismo título eligió el pensador italiano Norberto Bobbio (Turín, 1909-2004) para una obra publicada por primera vez a finales del siglo XX, que desmitifica ese ideal desde la propia experiencia de la vejez, desde la observación de sí mismo, de la deriva de su vida. 

Figura destacada e influyente en los ámbitos de la filosofía, el derecho y la política, con una amplia obra a sus espaldas que incluye, entre otros, títulos tan significativos como El futuro de la democracia, El tiempo de los derechos, Guerra, paz y derechos humanos y Teoría general de la política, el autor muestra su perfil más humano, más íntimo, en una entrega que, pese a estar atravesada por la sabiduría de quien ha recorrido un largo trecho, cuestiona esa cualidad tan asociada a la edad; de hecho uno de sus capítulos se titula “Pero, ¿qué sabiduría?”, una pregunta que conduce a los obstáculos y entorpecimientos que ocasiona el peso de los años, echando por tierra las imágenes más dulces, constatando que hoy se ha resquebrajado por completo el principio de que los mayores de la tribu son los que más saben, los que han de transmitir a los descendientes sus conocimientos en todas las esferas de la vida, lo que les hace merecedores de respeto. Pudo ser así durante un largo periodo de tiempo, pero las cosas han cambiado a gran velocidad. 

La edad de vida se ha alargado considerablemente en las sociedades denominadas del bienestar, sin que ello vaya asociado a un mayor aprecio por la vejez, todo lo contrario. “La marginación de los viejos en una época en la que el curso histórico es cada vez más acelerado resulta un dato, de hecho, imposible de ignorar (…) En las sociedades evolucionadas, el cambio cada vez más rápido tanto de las costumbres como de las artes, ha trastocado la relación entre quien sabe y quien no sabe. El viejo se convierte crecientemente en quien no sabe con respecto a los jóvenes que saben, y saben, entre otras cosas, porque tienen más facilidades para el aprendizaje”, escribe, aludiendo al extrañamiento de los ancianos ante la sucesión de las novedades tecnológicas, de los sistemas culturales, de las corrientes de pensamiento, que cambian con tanta velocidad que son difíciles de asimilar.

¡Qué poco sabemos de la vejez! Me lo planteo mucho en estos momentos en los que, por circunstancias personales, me asomo a esta etapa de la vida y me doy cuenta de mi absoluto desconocimiento. Los ancianos son vistos muchas veces como un obstáculo. Leemos artículos sobre los cuidados, sobre las residencias, sobre las enfermedades neurodegenerativas; nos acercamos a noticias en las que se quiere enfrentar a nuestros mayores con las generaciones más jóvenes que viven precariamente, con problemas para encontrar vivienda por culpa de la especulación, no a causa de las pensiones, como algunos opinadores y políticos sostienen interesadamente. Hay crueldad, frialdad, distancia, en la manera en que se habla de la tercera, o mejor de la cuarta edad, como la nombra Bobbio, pero qué poco sabemos del interior, de lo que se siente, de lo que se percibe en los momentos del declive. Es ahí donde radica mi principal interés.

¿Hay otra forma de alegría, en los años de la vejez? ¿Qué descubrimientos acompañan esa etapa? ¿Qué papel ocupan los recuerdos, la memoria? ¿Cómo nacen las fantasías y se suceden los olvidos? Como en todo, no puede haber uniformidad en las experiencias, me dejo llevar por mis pensamientos y sé que muchos de los que os habéis sentido motivados a leer este artículo estáis abriendo por primera vez la ventana a los paisajes de la vejez a través de la decadencia de vuestros padres, incluso de vuestras propias vivencias. 

El desconocimiento ha sido el principal motivo que me ha llevado a abrir las páginas de esta entrega de Bobbio nada complaciente, pero que, lejos de desalentar, resulta estimulante porque nos ofrece la visión cercana de un intelectual atento que se adentra en sí mismo. En palabras de la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán, quien firma el prólogo de la entrega, una interesante y atrayente apertura bajo el título Pensar desde la fragilidad, estamos ante “una reflexión descarnada sobre la vejez propia, sobre la fragilidad, sobre la duda. No es un testamento intelectual sino un ejercicio de honestidad radical. Como si después de décadas de intervención pública, de libros, de polémicas, lo que quedara por decir no fueran las grandes teorías sino esto: soy viejo, dudo de mí mismo, habito la memoria más que el presente, y desde aquí –desde esta vulnerabilidad– también pienso”.

«De Senectute» del pensador italiano Norberto Bobbio es una entrega nada complaciente, pero que, lejos de desalentar, resulta estimulante porque nos ofrece la visión cercana de un intelectual atento que se adentra en sí mismo.

Lo que nos ofrece Norberto Bobbio es un enfoque cargado de autenticidad, de una etapa que todos hemos de afrontar, más tarde o más temprano, si tenemos la suerte de llegar a una edad avanzada. El proceso es lento, nada sucede de un día para otro. El espejo, también las emociones, los miedos, nos van indicando la proximidad de una época de la vida que desconocemos por completo, que hemos de ir experimentando sobre la marcha. 

Así lo ve la escritora, Premio Nobel francesa, Annie Ernaux, quien reflexiona sobre la vejez en el diálogo que mantiene con la socióloga Rose-Marie Lagrave (recogido en el volumen Escribir la intimidad, publicado por Altamarea): “El tiempo que tengo por delante sigue siendo indefinido (…) No creo que podamos prepararnos para envejecer (…) No podemos adentrarnos en el cuerpo y el pensamiento de la persona que seremos (…) Vale más vivir el presente plenamente”.

Ese vivir el presente es lo que hizo Norberto Bobbio, quien reconoce en De senectute, que escribió con poco más de 80 años, que con la edad no disminuyó su curiosidad por saber, aunque cada vez era más difícil satisfacerla por “el debilitamiento de las energías intelectuales”, pero también –algo en lo que insiste mucho– por el ritmo vertiginoso del discurrir de los conocimientos, de los cambios científicos y tecnológicos, que hacen que lo nuevo sea superado por algo diferente enseguida. 

Esa constatación le lleva a asumir la lentitud, el ir “despacito” (“el viejo está destinado naturalmente a rezagarse mientras los demás avanzan”) y el apartamiento, el retiro, del primer plano: “No es necesario, por lo demás, ni mucho menos meritorio, estar siempre en la brecha. Al contrario, es un acto de sabiduría –de esa sabiduría atribuida como peculiar virtud a quien llega al final de la carrera de la vida– “, constata, y sus palabras, tengamos los años que tengamos, nos llevan a plantearnos los beneficios de parar el ritmo, tomarnos un respiro de la actualidad, quitarnos de encima ese constante afán por estar presentes, por ser vistos, por opinar de todo.

Norberto Bobbio. Fuente de la foto: en.wikipedia.com

En el primer capítulo del recorrido, que lleva el significativo título de A mí mismo, el autor traza un autorretrato sincero, identificando los defectos de su carácter, los sentimientos, las dudas, que siempre le han acompañado. Se mira de cerca y constata cómo ciertas actitudes se han ido modificando con el paso de los años, por ejemplo la pasión por la política, “fuente continua e inagotable de enojo”, a la que ya de mayor se fue acercando con más indulgencia, menos intolerancia y fogosidad, aunque abre guiones para recalcar: “Hay por ahí tres o cuatro personajes a quienes no soporto”.

Se define el pensador como “un hombre de diálogo, no de enfrentamiento”, aunque reconoce haber acumulado un buen número de adversarios en su etapa de participación activa en la vida pública (participó en la política italiana de la mano del Partido de Acción). Se muestra firme en rechazar equidistancias que considera abominables, por ejemplo “entre fascismo y antifascismo”. Y destaca como uno de sus lemas preferidos: “Nunca es tarde para aprender”.

“No es necesario, por lo demás, ni mucho menos meritorio, estar siempre en la brecha. Al contrario, es un acto de sabiduría –de esa sabiduría atribuida como peculiar virtud a quien llega al final de la carrera de la vida– “, constata BOBBIO.

En una mirada hacia atrás se refiere Norberto Bobbio a sí mismo como un hombre tímido en su niñez, en todo momento dado a la duda, insatisfecho con las metas alcanzadas, que siempre sospechó eran producto de la suerte, víctima de un carácter nervioso dado a arrebatos de los que solía arrepentirse. Mirarse en el espejo, analizarse ya en la etapa de la vejez, lo lleva a conocerse mejor y a compartir con los demás, con sus posibles lectores, observaciones profundas, íntimas, de indudable lucidez. He ahí uno de los grandes méritos de su libro. He ahí su desafío. “Creo que en el fondo de mi inseguridad, que engendra angustia y favorece una irresistible vocación por el catastrofismo, se encuentra la dificultad que hube de superar desde la adolescencia para aprender el arte de vivir, agravada por la convicción de no haberlo aprendido bien nunca…”, confiesa.

De entre las páginas más hermosas del recorrido me quedo con las que hacen referencia a la memoria. Están llenas de hallazgo, de experiencia. Brotan de la exploración interior. “El mundo de los viejos, de todos los viejos, es, de forma más o menos intensa, el mundo de la memoria. Se dice: al final eres lo que has pensado, amado, realizado. Yo añadiría: eres lo que recuerdas. Una riqueza tuya, amén de los afectos que has alimentado, son los pensamientos que pensaste, las acciones que realizaste, los recuerdos que conservaste y no has dejado borrarse, y cuyo único custodio eres tú. Que te sea permitido vivir hasta que los recuerdos te abandonen y tú puedas a su vez abandonarte a ellos...” 

En la vejez no cabe hacer planes para el futuro, pero sí dedicar el breve tiempo que queda a “intentar comprender el sentido o el sinsentido de la vida”. Cuando llega a este punto el pensador adopta un tono directo. “Concéntrate. Vuelve a recorrer tu camino. Te servirán de ayuda los recuerdos. Pero los recuerdos no afloran si no vas a desanidarlos en los rincones más remotos de la memoria. Rememorar es una actividad mental que no ejercitas con frecuencia porque es trabajosa o perturbadora. Pero es una actividad saludable. En la remembranza te encuentras a ti mismo, tu identidad, pese a los muchos años transcurridos, las mil peripecias vividas. Encuentras los años perdidos tiempo atrás, los juegos de cuando eras niño, los rostros, la voz, los gestos de tus compañeros de colegio, los lugares, sobre todo los de la infancia, más lejanos en el tiempo, pero más nítidos en la memoria…”, vamos leyendo.

“El mundo de los viejos, de todos los viejos, es, de forma más o menos intensa, el mundo de la memoria. Se dice: al final eres lo que has pensado, amado, realizado. Yo añadiría: eres lo que recuerdas».

Bobbio alude también a los muertos que se agolpan al visitar los lugares de la memoria cuando se tiene una edad avanzada. “En el momento en que los llamas a tu mente los revives, al menos un instante, y no están muertos del todo, no han desaparecido completamente en la nada”, escribe, preguntándose por el por qué de la muerte, que lo conduce a recordar la de Leone Ginzburg en una cárcel de Roma, el suicidio de Pavese.

Norberto Bobbio se hace a sí mismo la pregunta de cómo vive la vejez. Y se responde: “Diré con una sola palabra que tengo una vejez melancólica, entendiendo la melancolía como la consciencia de lo no alcanzado y de lo ya no alcanzable. Se le ajusta bien la imagen de la vida como un camino, en el cual la meta se desplaza siempre hacia adelante, y cuando crees haberla alcanzado no es la que te habías figurado como definitiva. La vejez se convierte entonces en el momento en el cual tienes plena conciencia de que no solo no has recorrido el camino, sino de que ya no te queda tiempo para recorrerlo, y debes renunciar a recorrer la última etapa”.

No puedo estar más de acuerdo con las palabras de la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán, quien señala: “Este libro no promete consuelo. No ofrece recetas para envejecer bien ni fórmulas para reconciliarse con el paso del tiempo. Lo que ofrece es algo más valioso y más raro: un ejemplo de honestidad intelectual radical: la demostración de que se puede pensar sin blindarse, de que la fragilidad no es debilidad sino lucidez. Bobbio nos enseña que reconocer las propias dudas, aceptar la lentitud, habitar la memoria, no son derrotas sino formas más profundas de estar en el mundo”.

Norberto Bobbio y Natalia Ginzburg en Barolo para celebrar los ochenta años del político y escritor Vittorio Foa (4 de octubre de 1990). Fuente de foto: Wikipedia.

En el capítulo titulado El tiempo detenido hay una nueva recapitulación de lo vivido. “Soy hijo del siglo. Nacido pocos años antes de la Primera Guerra Mundial”, comienza este tramo del camino Norberto Bobbio y prosigue rememorando hechos de la infancia, enumerando los terribles acontecimientos del siglo que le tocó vivir. “He llegado al final no solo horrorizado, sino sin ser capaz de dar una respuesta sensata a todas las preguntas que las vicisitudes de las que fui testigo me plantearon de continuo. Lo único que creo haber entendido, aunque no era preciso ser un lince, es que la historia, por muchas razones que los historiadores conocen perfectamente pero que no siempre tienen en cuenta, es imprevisible”.

Norberto Bobbio se plantea la pregunta de cómo vive la vejez. Y se responde: “Diré con una sola palabra que tengo una vejez melancólica, entendiendo la melancolía como la consciencia de lo no alcanzado y de lo ya no alcanzable».

De senectute de Norberto Bobbio parte del discurso que pronunció, con ese mismo título, al recibir el doctorado “honoris causa” en la Universidad de Sassari el 5 de mayo de 1994. Tenía entonces 85 años. Fue el editor Giulio Einaudi quien percibió el interés del mismo y le propuso revisarlo y ampliarlo para convertirlo en libro, una petición que le dio la oportunidad de seguir reflexionando y enriqueciendo sus observaciones sobre la edad tardía con una segunda parte inédita. Acometió esa continuación dos años después de su discurso, ya cumplidos los 87.

Sigo estando aquí”, se dice, y al mirar a su alrededor constata: “En apariencia nada ha cambiado. En realidad han cambiado muchísimas cosas en poquísimos años, tanto en el mundo, la caída del muro de Berlín y el final de la Guerra Fría y del imperio soviético; como en Italia, con las elecciones del 5 de abril de 1992, el inicio de la fase de transición de la Primera a la Segunda República; como en mí, a partir de 1988, en el umbral de los ochenta años, con los primeros achaques de la vejez de veras, no solo la imaginada o temida. La sensación que experimento al estar todavía vivo es sobre todo de estupor, casi de incredulidad. No sé explicar por qué buena suerte, protegido, sostenido, llevado de la mano por quién, he conseguido superar todos los obstáculos y peligros incluso mortales, enfermedades, calamidades naturales, las infinitas desgracias que acechan a la vida humana desde la hora del nacimiento”.

En De senectute Bobbio rompe, como decía al principio, con los ideales con los que a lo largo del tiempo se ha asociado la vejez. No tienen sentido en su presente, no coinciden con sus vivencias. “No ignoro que hay en nuestra historia literaria una larga tradición retórica de tratadillos escritos para ensalzar las virtudes y la felicidad de la vejez”, señala, citando el De senectute de Cicerón, escrito en el 44 a.C., cuando el autor contaba sesenta y dos años, y el Elogio de la vejez del escritor, neurólogo y antropólogo Paolo Mantegazza, aparecido a finales del XIX. 

Esas obras constituyen un género literario propiamente dicho  e incluyen, junto con la apología de la vejez, la desdramatización de la muerte”, apunta, reconociendo que le parecen “fastidiosas”. No coinciden con lo que ve a su alrededor. Norberto Bobbio pone los pies en la tierra y saca a la luz verdades incómodas. Alude a cómo la medicina ha contribuido a alargar la vida, una  prolongación no deseada para muchas personas enfermas, no autosuficientes, que desean poder morir. Y también se refiere a la zarpa capitalista que ve a los viejos como consumidores, algo que se refleja, como señala, en mensajes publicitarios y anuncios televisivos.

 “En esos mensajes, no el viejo, sino el anciano, término neutral, aparece tan campante, risueño, feliz de estar en el mundo, porque por fin puede disfrutar de un tónico especialmente fortificante o de unas vacaciones especialmente atractivas. Y así él se convierte en un disfrutador de la sociedad de consumo, portador de nuevas demandas de mercancías, bienvenido colaborador de la ampliación del mercado. En una sociedad donde todo se compra y se vende, también la vejez puede convertirse en una mercancía como las demás”, argumenta el pensador, quien nos dice que basta con mirar a las residencias de ancianos, a los hospitales, a la gente humilde que cuida de sus mayores, para derrumbar esas representaciones de falsa felicidad de la sociedad de mercado.

En este punto acude a mí el recuerdo de otra lectura: Tiempo de cuidados, donde la filósofa Victoria Camps pone el acento en la necesidad de abordar la vejez de una manera más humanista: “Sabemos que la sociedad envejece y que se envejece mal porque no nos planteamos qué es envejecer o, más bien, cómo se debería envejecer en el siglo XXI, con las nuevas tecnologías, con los avances médicos, con la esperanza de vida”, argumenta, citando al filósofo de la ciencia Alfred N. Whitehead, quien señala que el ser humano tiene tres objetivos: “vivir, vivir bien y vivir mejor”.

Sortear la vejez o aceptarla; aceptarla con triste resignación o autoengañarse; lamentarse por el paso de los años o extraer lo mejor de los que quedan. Son actitudes distintas, ambas posibles y ambas consecuencias tanto de la voluntad personal como de un interés social y cultural por no excluir ni marginar a los mayores”, reflexiona la pensadora, quien nos impulsa a evolucionar hacia sociedades para todas las edades, donde superemos la prioridad dada a la vida productiva.

Sello commemorativo emitido en Italia en 2009 para celebrar el centenario del nacimiento de Norberto Bobbio.

Nada que ver “el viejo satisfecho de la tradición retórica” con “el viejo desesperado”, señala Norberto Bobbio, reflexionando sobre la variedad de humores ante la vida y señalando, entre los dos extremos citados, los infinitos modos que existen de llevar la vejez: “la aceptación pasiva, la resignación, la indiferencia, el camuflaje de quien se empeña en no ver sus arrugas y su debilidad y se impone la máscara de la eterna juventud, la rebelión consciente a través del continuo esfuerzo, a menudo destinado al fracaso, de proseguir inflexiblemente el trabajo de siempre, o, por el contrario, el despego de los afanes cotidianos y el recogimiento en la reflexión o la plegaria, el vivir esta vida como si fuese ya la otra, rotos todos los vínculos mundanos”, medita el autor concluyendo que “la vejez no está escindida del resto de la vida anterior: es la continuación de tu adolescencia, tu juventud, tu madurez”.

Interesantísimos estos pasajes que se alargan, en los que Bobbio se asoma a sus compañeros de ocaso, a sus distintas actitudes, a la suerte de llegar al tramo final con lucidez, al olvido que acompaña a quienes pierden el juicio y se abrazan a la fantasía, perdiendo de vista su realidad (aquí menciona una obra de la autora Sandra Petrignani, Viejo, que cita más de una vez, reconociendo que le fascinó y trastornó al mismo tiempo). Es mucho lo que nos entrega, lo que nos regala esta obra tan esclarecedora, tan cargada de autenticidad, de verdad. 

Me parece muy interesante el planteamiento de Máriam Martínez-Bascuñán en su prólogo: “Este podría ser un libro sobre la vejez que habla directamente a los jóvenes. Bobbio escribe desde un lugar que la cultura contemporánea niega: la certeza de que envejeceremos, de que la velocidad se perderá, de que el cuerpo se ralentizará, de que la memoria ocupará más espacio que el presente. En un mundo que vende juventud eterna y reinvención constante, que promete estar siempre presente y siempre visible, Bobbio dice: no, la vida tiene otra temporalidad. Vas a envejecer. Y conocer eso ahora, cuando eres joven, te hace más sabio que fingir que nunca llegará”.

Si bien los paisajes de la vejez que muestra Bobbio son los más reveladores del volumen, este se acompaña de otros escritos autobiográficos que merecen atención, que permiten una mayor cercanía a la figura y la obra de un hombre abierto a la filosofía y a la política, siempre atento a los acontecimientos de su época, en el centro de sus grandes debates. En ellos el autor habla de sus años de formación bajo la dictadura de Mussolini, de sus trabajos, de sus entornos, de sus afinidades y rechazos, de las universidades en las que impartió la docencia, de sus intervenciones en política, de la relación entre los intelectuales y el poder, de la paz, de la democracia, de los derechos humanos, temas estos últimos que ocupan muchas de las páginas de sus libros. 

En El Apartado de Escritos autobiográficos, que acompañan a las reflexiones sobre la vejez, el autor habla de sus años de formación bajo la dictadura de Mussolini, de sus trabajos, de sus entornos, de sus afinidades y rechazos…

Vida y obra se cruzan e iluminan mutuamente”, señala. Se define como “un moderado” y como un hombre dialogante. En otro momento nos hace saber: “Me considero perteneciente al bando de los “nunca contentos. Soy un hombre de la duda. Y es natural que dude ante todo de mí mismo”. Y reconoce: “No puedo negar que he sido un hombre afortunado”, algo que tiene que ver con la suerte de haber llegado a una edad tardía.

Hay mucho por descubrir en estos textos que trazan una rápida biografía intelectual del pensador. Para quienes quieran saber más, mencionar que esta obra dialoga con su Autobiografía (publicada en castellano, al igual que De senectute, por la editorial Taurus), un repaso a su vida y un estudio sobre la política del siglo XX, resultado de un año de conversaciones entre el autor y el periodista Alberto Papuzzi, que se acompaña de textos inéditos.

La sensación de sorpresa, de perplejidad, ante el largo tiempo que le fue dado vivir aparece más de una vez en el recorrido de De senectute. El autor no sabe, mientras escribe sobre el ocaso de su vida hasta cuándo seguirá estando presente –llegó a cumplir 94 años–. Pero sí tiene claro lo siguiente: “Las satisfacciones más duraderas de mi vida no provinieron de los frutos de mi trabajo, pese a los honores, premios y distinciones públicas recibidos, agradecidos aunque no ambicionados ni solicitados. Provinieron de mi vida de relación, de los maestros que me educaron, de las personas que amé y me amaron, de cuantos siempre han estado a mi lado y ahora me acompañan en la última vuelta del camino”.

Ya a punto de concluir este texto, pienso en el privilegio de poder acceder a las palabras, a las lúcidas observaciones de Bobbio sobre sí mismo, a su balance de vida. Pienso en lo mucho que iluminan el tiempo de la vejez, un tiempo que merece mucha más atención, conocimiento y respeto. Tras la lectura de De senectute, se me quedaron grabadas muchas impresiones, ideas como la del pozo de la memoria, tan importante en la vejez. “Lo que has logrado sacar de aquel pozo sin fondo, no es sino una parte infinitesimal de la historia de tu vida. No te detengas. No dejes de seguir sacando. Cada rostro, cada gesto, cada palabra, cada canto por lejano que sea, recobrados cuando parecían perdidos para siempre, te ayudan a sobrevivir”, dejó escrito Bobbio. En sus palabras, en su constatación de que al final lo que importan son los afectos, los vínculos, hay un mensaje hermoso que merece mucho la pena atesorar. 

De senectute de Norberto Bobbio ha sido publicado por la editorial Taurus. Con prólogo de Máriam Martínez-Bascuñán y traducción de Esther Benítez.


No pertenecemos a ningún gran medio; nuestro criterio editorial es radicalmente independiente y, por supuesto, no somos IA, somos humanos, estamos vivas.

Podéis apoyar nuestro trabajo en LECTURAS SUMERGIDAS con vuestras suscripciones a la revista. Por favor, consideradlo. Gracias.

Elige tu SUSCRIPCIÓN SUMERGIDA:

Puedes seleccionar solo un nivel de este grupo.

Nivel Precio Acción
Mecenas Mensual

3.00€ por Mes.

Selecciona
Mecenas Anual

30.00€ por Año.

Selecciona
Socio Anual

99.00€ por Año.

Selecciona


Compartir el artículo en Redes Sociales:


Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Descubre más desde Lecturas Sumergidas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.