Bienvenida sea la agitación

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Por Emma Rodríguez © 2014

Las librerías son, siguen siendo, espacios de calma, pero también de agitación. Cuando entramos en uno de esos espacios todo se detiene y nos quedamos a solas, concentrados en los libros que nos rodean, en los títulos y portadas que reclaman nuestra atención y que nos impulsan a coger un volumen determinado, a leer su contracubierta, a hojear sus primeras páginas. Vamos buscando historias que nos seduzcan, que nos conmuevan. Vamos buscando estímulos, orientaciones, respuestas a nuestras inquietudes. Si me preguntan cuál es uno de mis planes favoritos, no tengo ninguna duda: visitar una librería cualquier tarde, con todo el tiempo del mundo por delante, sin prisas. Sé que muchos de los que se acercan a “Lecturas Sumergidas” comparten este placer. El placer de visitar esas librerías que nos gustan en las ciudades en las que vivimos o de descubrir aquellas que desearíamos frecuentar en los lugares a los que vamos de visita.

Hablo de calma, de ensimismamiento e introspección, y hablo de agitación, de la agitación que determinados libros provocan en nuestro espíritu en momentos en los que los acontecimientos recientes nos llevan a percibir que algo empieza a moverse en las anquilosadas estructuras políticas, sociales y de convivencia; que una corriente nos impulsa en una dirección diferente y que hemos de seguir esa corriente sintiéndonos parte de su fluir, con la mente y el corazón abiertos, expectantes, inquietos, ávidos de entender, de saber.

Todo esto lo pensaba hace unos días, mientras recorría los pasillos de la librería La Central de Callao, uno de los lugares a los que acudo con frecuencia en busca de inspiración a la hora de elegir los contenidos de cada número de esta publicación. En esta última visita llamaron mi atención los libros de temática política, los ensayos de filósofos e historiadores de las ideas que llevan algún tiempo buscando los nuevos argumentos, las nuevas palabras capaces de definir este presente incierto, este no saber en qué dirección ha de avanzar la Historia. Hay muchos títulos para elegir. Recomiendo que cada cual se dé su propia vuelta. A mí, para empezar, me ha resultado muy fructífero el paseo por “El síntoma griego”, un volumen colectivo, publicado por Errata Naturae, que busca interpretar el futuro de Europa a partir de la experiencia del país heleno. En Grecia arrancan los análisis de once pensadores: de Alain Badiou a Antonio Negri, pasando, entre otros, por Étienne Balibar, David Harvey, Costas Douzinas, Anselm Jappe o Yannis Stavrakakis. Se trata de filósofos, economistas, expertos en teoría política… que interpretan lo que estamos viviendo de manera esclarecedora y ponen en cuestión esas verdades oficiales cuyos cimientos se resquebrajan cada vez más.

“Posdemocracia, guerra monetaria y resistencia social en la  Europa de hoy” es un subtítulo que ya dice mucho de esta entrega que nos explica por qué hemos llegado hasta aquí y de qué manera se puede salir del círculo de la resignación y de la obediencia a los postulados de la Troika. Si bien todos los textos resultan interesantes, hay uno, el de Costas Douzinas, experto en derechos humanos y teoría jurídica, que me ha atraído especialmente por su optimismo en la construcción de una nueva Europa que no iría en la dirección hacia el fascismo, abierta peligrosamente tras los últimos comicios, sino que estaría capitaneada por una izquierda renovada. Una izquierda cuyo curso ya ha empezado a marcar en Grecia Syriza, una coalición de diez partidos y grupos de distintas tendencias que reivindican el diálogo, el pluralismo y la democracia directa y que, en palabras del autor, tendrá futuro si es capaz de contagiar esos principios a movimientos de otros países.

Si bien todos los textos resultan interesantes, hay uno, el de Costas Douzinas, experto en derechos humanos y teoría jurídica, que me ha atraído especialmente por su optimismo en la construcción de una nueva Europa que no iría en la dirección hacia el fascismo, abierta peligrosamente tras los últimos comicios, sino que estaría capitaneada por una izquierda renovada. Una izquierda cuyo curso ya ha empezado a marcar en Grecia Syriza, una coalición de diez partidos y grupos de distintas tendencias que reivindican el diálogo, el pluralismo y la democracia directa.

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“La era de los líderes y de los partidos y sindicatos centralizados, de los sujetos políticos conscientes que aguardan ser representados está concluyendo. Los principios rectores deberían ser la creación de redes, la solidaridad y la organización horizontal, el intercambio de conocimiento y capacidades”, señala Douzinas, quien cree firmemente en “las iniciativas procedentes de la base” y aboga por el hacer en comunidad, por el nosotros, porque “nosotros somos las plazas y estamos por todas partes”.

Antes de llegar ahí, el autor traza paralelismos entre la situación actual, el ciclo revolucionario de 1848 y la ola de descontentos que precedió a los acontecimientos de 1914; recorre el convulso trecho de la crisis que se abrió con el colapso bancario de 2008, sostiene que “tras un intervalo de cuarenta años, hemos entrado en una nueva era de resistencia” y examina las nuevas “formas, subjetividades y estrategias” de esa resistencia que está llamada a modificar el orden de las cosas; que se ha empezado a articular en Grecia; en España, a partir del 15-M, y en otros países, incluso más allá de las fronteras europeas, caso de las denominadas primaveras árabes, con su resultado desigual.

Profesor de Derecho y director del Instituto Birkbeck de la Universidad de Londres, Douzinas hace un certero análisis de la terrible trampa de la deuda, de la corrupción y la hegemonía a que conduce un sistema basado en el dinero. Analiza la situación de Grecia, tan parecida a la española, países ambos en los que, de forma drástica, se ha pasado de la promesa de la felicidad, a través del consumo, a la aplicación de la austeridad y el recorte en todos los ámbitos de la vida, ajenos los ejecutores a las vergonzosas franjas de pobreza, desigualdad y exclusión que han generado sus imposiciones.

“Las élites griegas crearon la deuda y a continuación la trasladaron a la población en forma de paquetes de rescate (…) Se utilizó el endeudamiento estatal como herramienta para engrasar la máquina de amiguismos y favoritismos manejada por el duopolio que han formado, desde la década de los setenta del siglo pasado, la formación derechista Nueva Democracia y el PASOK (…) El Estado toleró el fraude fiscal (…) Por último, se llevó a cabo el enorme rescate bancario, lo cual elevó la deuda al 120% del PIB griego. Tras cinco años de austeridad, esa deuda se sitúa, actualmente, en el 165%…”, va exponiendo el autor, quien se pregunta: “¿Cuál es, entonces, el sentido de estas políticas catastróficas?”

La respuesta llega a continuación: “Lo que está en juego, tras las políticas de austeridad, es una reordenación del tardo-capitalismo promovida desde la cumbre hacia la base del sistema. Los salarios europeos actuales acabarán equiparándose a los chinos en algún momento, lo mismo que las condiciones sociales y laborales; entre tanto se asegurará la rentabilidad continuada del capital”.

“Lo que está en juego, tras las políticas de austeridad, es una reordenación del tardo-capitalismo promovida desde la cumbre hacia la base del sistema. Los salarios europeos actuales acabarán equiparándose a los chinos en algún momento, lo mismo que las condiciones sociales y laborales; entre tanto se asegurará la rentabilidad continuada del capital”, señala el ensayista Costas Douzinas en el volumen colectivo “El síntoma griego”.

Hay que romper la hegemonía, salir de ese círculo de deseo, consumo y frustración. “Cuando la vida se hace invivible y el sometimiento se vuelve intolerable, el rechazo a obedecer leyes opresivas y políticas que resultan ilegítimas desde el punto de vista democrático convierte la desobediencia en “bautismo político”, sostiene el ensayista, quien, siempre partiendo de Grecia y de la esperanza de Syriza, se plantea dos preguntas muy interesantes: ¿Está preparada la izquierda para presentarse a su cita con la historia? ¿Qué hará la izquierda cuando llegue al poder?

“Esa respuesta es ir día a día. No hay plan o precedentes; la izquierda deberá improvisar y adaptarse, deberá ejercer un pragmatismo brutal y mantener sus principios de manera incondicional”, sostiene un Costas Douzinas convencido de que hay esperanza en la acción colectiva, en las asambleas públicas, en la democracia directa. Frente a él, un tanto más escéptico se muestra otro de los participantes en “El síntoma griego”, Alain Badiou, para el que la palabra que hay que aplicar al presente es “impotencia”.

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El filósofo y escritor habla de “un sentimiento general de impotencia política”. Se refiere a “la comprobada impotencia de las fuerzas progresistas a la hora de oponer algún obstáculo significativo a los poderes económico-estatales que pretenden someter a los pueblos al nuevo orden, un nuevo orden, por otra parte, de lo más antiguo o fundamentalista, el del liberalismo integral”. Y no deja de ver que “son más bien las fuerzas fascistas las que están avanzando con su nacionalismo xenófobo y racista”, pese a la posibilidad de una acción popular directa y en masa en países como Grecia.

En opinión de Alain Badiou lo que sucede es que “la mayor parte de las categorías políticas a las que los activistas de base intentan recurrir para pensar y transformar las situaciones reales resultan, en su estado actual, ampliamente inoperantes”. Lo que sucede es que venimos de “un amplio periodo de contrarrevolución económica, política e ideológica, que ha socavado extraordinariamente la confianza y energía”. Lo que sucede es que la izquierda no ha acabado de superar sus complejos, su culpa por la deriva de los totalitarismos comunistas, sobre cuya autocrítica debe renovarse y avanzar, en opinión del pensador francés. Lo que sucede es que el lenguaje de la izquierda ha sido desacreditado y que las palabras que se han impuesto, el idioma que se maneja, “es un idioma demasiado pobre como para hablar del futuro de la actividad emancipadora”.

Lo que sucede, según Alain Badiou, es que venimos de “un amplio periodo de contrarrevolución económica, política e ideológica, que ha socavado extraordinariamente la confianza y energía”. Lo que sucede es que la izquierda no ha acabado de superar sus complejos, su culpa por la deriva de los totalitarismos comunistas, sobre cuya autocrítica debe renovarse y avanzar, en opinión del pensador francés. Lo que sucede es que el lenguaje de la izquierda ha sido desacreditado y que las palabras que se han impuesto, el idioma que se maneja, “es un idioma demasiado pobre como para hablar del futuro de la actividad emancipadora”.

Hay que superar todo eso para devolver a términos como libertad, por ejemplo, su auténtico sentido, lejos del significado de poder hacer “lo que uno quiera” en relación únicamente al poder adquisitivo; hay que devolver al comunismo su afán de “movilizar la inventiva de la gente”. Hay que creer en “la fuerza de la rebelión, en su extensión y carácter audaz”, pero el éxito político no dependerá sólo de ello, sino también de la disciplina y de las proposiciones que se pongan sobre la mesa. “Proposiciones que atañan a un porvenir estratégico positivo, que revelen nuevas posibilidades insospechadas”, señala el filósofo, refiriéndose a la capacidad de un grupo o movimiento para articular los deseos y mandatos de la base popular.

En mi búsqueda de enfoques, de teorías, sobre las derivas del presente, me encuentro con otro libro, “Esto no es un programa”, publicado también por Errata Naturae, mucho más ácrata, subversivo a la hora de abordar los modos de resistencia y de rebelión ante los poderes dominantes. Lo firma Tiqqun, que no es un autor ni individual ni colectivo, sino el nombre de una revista francesa o, si se prefiere, el órgano de relación en el seno del Partido Imaginario (movimiento heterogéneo, no asimilable, irrepresentable), como reza su carta de presentación.

Acercarse a los capítulos de este volumen produce un efecto similar al de un terremoto. Todo es puesto en cuestión, patas arriba. Todo, hasta el mítico Mayo del 68 es criticado y visto como una contestación de Estado, como un andamiaje ideal liderado por profesores que posteriormente hubieron de claudicar. En “Esto no es un programa”, que analiza los movimientos de rebelión en la Italia de la década de los 70, también se habla de la homogeneidad que el dinero, lo material, lo útil, impone a las sociedades y se teoriza sobre las maneras de conspirar, de rebelarse contra esa homogeneidad. “Debemos inventar una forma de guerra tal que el fracaso del Imperio ya no consista en verse obligado a matarnos, sino a sabernos vivos, cada vez más vivos”, es el mensaje que lanza Tiqqun. La suya es una obra llena de sugerencias, capaz de abrir el debate, de hacer saltar a más de uno de sus confortables sillones. Una entrega apta para todos aquellos que no teman ser sacudidos.

Acercarse a los capítulos de este volumen produce un efecto similar al de un terremoto. Todo es puesto en cuestión, patas arriba. Todo, hasta el mítico Mayo del 68 es criticado y visto como una contestación de Estado, como un andamiaje ideal liderado por profesores que posteriormente hubieron de claudicar.

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A mí me ha recordado otro libro que leí hace algún tiempo y a cuyas páginas he vuelto, un libro a pie de calle, ejemplo de uno de esos momentos de explosión inesperada, de rebeldía. Se trata de “Testimonio en Chicago”, publicado por Gallo Nero, que nos traslada a 1968, a los tiempos de la guerra de Vietnam, esos tiempos que también asoman en otro de los artículos de este número de “Lecturas Sumergidas”, el dedicado al escritor James Salter. A través de las páginas de este “Testimonio” nos encontramos con el poeta “beat” Allen Ginsberg, quien fue sometido a un interrogatorio para decidir la culpabilidad de siete activistas que promovieron manifestaciones a favor de la paz y contra el sistema capitalista durante la convención del Partido Demócrata celebrado ese año.

Esas manifestaciones, que terminaron en un baño de sangre ante la fuerte represión policial, reunieron a la plana mayor de la contracultura: Ginsberg, Jean Genet, Burroughs... mezclados entre la gente, expandiendo proclamas, librándose del efecto de los gases lacrimógenos, mientras que audaces reporteros, impulsores del nuevo periodismo como Norman Mailer, afilaban sus plumas para dejar constancia de todo ello.

En “Testimonio en Chicago” vemos a la plana mayor de la contracultura: Ginsberg, Jean Genet, Burroughs… en las manifestaciones a favor de la paz en 1968. Allí están: mezclados entre la gente, expandiendo proclamas, librándose del efecto de los gases lacrimógenos, mientras que audaces reporteros, impulsores del nuevo periodismo como Norman Mailer, afilaban sus plumas para dejar constancia de todo ello.

Escuchar al autor de ‘Aullido’ resulta hoy un auténtico aldabonazo en las conciencias. Volver a sus palabras ante un juez y un jurado a los que tuvo que explicar lo que era el movimiento ecologista, el yoga o las técnicas de meditación, es como asistir a una lucha entre el conservadurismo y las ganas de cambio, una lucha con la que hoy nos sentimos identificados y que tanto nos dice de los movimientos de la Historia.

“Actualmente el planeta Tierra se encuentra amenazado por la violencia, la sobrepoblación, la contaminación y la destrucción ecológica provocada por nuestra propia codicia”, explicaba Ginsberg, arremetiendo contra el egoísmo de los políticos, incapaces de pensar “ni por un momento en qué necesitarán sus hijos en las generaciones futuras”.

Según relató el periodista Jason Epstein en su crónica para ‘The New York Review of Books’, el poeta, “calzado con zapatillas blancas de deporte y con un gran bolso de punto que le llegaba a la cadera colgado del hombro izquierdo”, intentaba convencer a “un jurado mayoritariamente de amas de casa del condado de Cook” de que todo lo sucedido fue fruto del ejercicio de la fuerza; de que se había dado pie a “una insólita y violenta puesta en escena de censura, un ejemplo del abuso que desde la noche de los tiempos inflige el lobo de la costumbre al cordero de la verdad”.

Ginsberg no dudó en recitar en ese interrogatorio sus poemas más lascivos, a petición de un juez que pretendía desacreditarlo y ante quien explicó que las imágenes más obscenas respondían a experimentos oníricos. Ni tuvo reparos en cantar el ‘Hare Krishna’ ni en entonar el célebre mantra Om de los budistas cuando se le pidió que explicara sus búsquedas espirituales, sus experiencias con el yoga y la meditación.

Revelador, incluso un poco surrealista, resulta este “Testimonio” de la disconformidad que tanto dice de la dificultad para salir de los marcos fijados por el conservadurismo, del miedo a lo nuevo y de las técnicas del poder para desacreditar lo diferente, lo que intenta emerger, lo que busca lenguajes innovadores para expresarse. Empecé este recorrido en la calma de una librería y lo termino rodeada de libros que, efectivamente, me han agitado. ¿Estamos de acuerdo en que bienvenida sea la agitación?

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– Las fotografías de esta Ventana fueron tomadas por Nacho Goberna en la librería La Central de Callao, en Madrid.-


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