¿Qué sería de nosotros sin librerías?

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Por Jean-Pierre Castellani © 2015 / En 1975, antes de la muerte de Franco, yo vivía en Zaragoza y solía ir a menudo a una librería que se llamaba Hesperia, cuyo dueño, Luis Marquina, me daba ideas de lectura. Un día me proporcionó un libro prohibido que sacó de su trastienda: se trataba de Cántico de Jorge Guillén. Así descubrí a ese magnífico poeta, gracias al consejo de un librero sesudo que amaba su oficio.

Años más tarde, ya instalada la democracia, recuerdo que un día estaba en otra librería, la madrileña Hiperión. Como suelo hacer, me quedé un rato mirando libros, consultando contracubiertas, apuntando títulos en mi cuaderno Moleskine. “Esta es una librería, no es una biblioteca”, me dijo con tono seco el encargado, un hombre que no había entendido que los tiempos iban cambiando. Ahora, con perspectiva, pienso en él como un librero arcaico, antipático, poco acogedor, condenado a desaparecer.

El año pasado estaba buscando un texto antiguo y agotado de Jean Cocteau, de 1924 (El secreto profesional) para una cita académica. No lo localicé en ninguna librería y me resigné a buscarlo en Amazon. Encontré la referencia, encargué el libro y, al rato, recibí una llamada telefónica de una librera de viejo, afincada en el sur de Francia, que me avisaba, muy amable y correcta, que la edición que me vendía tenía dos páginas rotas y que lo sentía mucho.

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Hace muy poco estuve en la librería madrileña Tipos infames, en el barrio de Malasaña. Me quedé dos horas tomando unas copas, compré los libros que buscaba, y otros sobre los que me orientó un librero joven, culto y sonriente, que conocía muy bien la narrativa española contemporánea. También en ese viaje a Madrid estuve en La Central, donde descubrí libros que no conocía, colocados en mesas muy originales. Compré algunos y después consulté mi correo electrónico en el bar donde me tomé un chocolate muy rico.

Estos distintos fotogramas, ejemplos contrastados a través del tiempo, me permiten fijar mi retrato como consumidor habitual de libros y reflexionar sobre la diversidad de experiencias a través de mi propia evolución. A día de hoy, frecuento de modo regular las librerías independientes, a veces acudo a la FNAC y muy pocas veces recurro a un supermercado. Confieso que a menudo encargo libros a Amazon y que tengo un dispositivo electrónico en el cual me gusta releer a determinados clásicos (acabo de volver a La utopía de Tomás Moro para un trabajo editorial, y por placer me he adentrado en Los miserables de Victor Hugo), aunque me niego a pagar por comprar libros recientes en su versión electrónica. Soy, pues, un caso bastante corriente, ejemplo de los nuevos hábitos del lector/comprador de libros y de las distintas prácticas a las que hoy podemos recurrir.

Dicho de otro modo, sigo leyendo libros, por supuesto, pero se han modificado radicalmente mis hábitos de compra e incluso, en cierto modo, los de lectura. La necesidad de nutrirme de textos, de historias, no ha desaparecido en absoluto; el ebook no es más que un formato diferente. No es tanto el libro el que está en crisis, sino el espacio, o sea la librería, donde se solía vender esos libros.

Confieso que a menudo encargo libros a Amazon y que tengo un dispositivo electrónico en el cual me gusta releer a determinados clásicos, aunque me niego a pagar por comprar libros recientes en su versión electrónica. Soy, pues, un caso bastante corriente, ejemplo de los nuevos hábitos del lector/comprador de libros y de las distintas prácticas a las que hoy podemos recurrir.

Es cierto que siempre hubo una venta simultánea de libros, al lado de las librerías, o en competencia con ellas: las grandes tiendas por correspondencia (todos recordamos la oferta de diccionarios o enciclopedias por suscripciones) pero ahora las posibilidades que ofrece Internet representan una revolución que pone en peligro los lugares de venta directa que son las librerías. Y aquí he de observar que el problema se plantea en todos los ámbitos del mercado: alimentos, ropa, zapatos, muebles, televisores, jardinería…

Sin embargo, debo reconocer que cuando llego a una ciudad nueva, mis primeros pasos de viajero curioso, esencialmente peatón, me llevan a los mismos sitios,  a la manera de rituales: un mercado, un café literario, una biblioteca, un museo y una buena librería. Las librerías son los templos de la cultura moderna, a veces de la contracultura. No cabe ninguna duda de que resultan muy útiles para lograr un buen conocimiento, un acercamiento especial, de las ciudades que descubrimos o en las que reincidimos. ¿Qué sería de nosotros sin librerías?

Hoy más que nunca es fundamental la figura del librero. El librero, no ya como el hombre inmóvil detrás de su mostrador, a la manera del boticario de antes, que le daba al comprador el libro como una medicina. Los libreros-as de hoy son seres híbridos: amantes de los libros y ante todo grandes lectores. Como siempre, venden directamente sus productos, libros palpables, de papel, al cliente que se presenta en la tienda, y, a la vez, son gestores económicos que compran, registran, almacenan, ofertan y reenvían libros. Por un lado, son contables  que manejan cada día un presupuesto complicado, y, por el otro, directores escénicos que organizan lo mejor posible el teatro que es una librería, renovado de modo permanente para atraer a los visitantes.

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Un librero es alguien que cuando descansa lee; cuando lee, lee catálogos de libros; cuando pasea, se detiene frente a las vidrieras de otras librerías; cuando va a otra ciudad u otro país, visita a libreros y editores. Así lo pone de manifiesto Héctor Yánover en Memorias de un librero,1994, citado por Jorge Carrión en su obra Librerías (Anagrama, 2013). Un librero es alguien que trabaja 12 horas al día, lee por la noche y nunca se enriquece. Lo dice Baptiste-Marrey en Eloge de la librairie avant qu’elle ne meure (1988).

Debo reconocer que cuando llego a una ciudad nueva, mis primeros pasos de viajero curioso, esencialmente peatón, me llevan a los mismos sitios, a la manera de rituales: un mercado, un café literario, una biblioteca, un museo y una buena librería. Las librerías son los templos de la cultura moderna, a veces de la contracultura. No cabe ninguna duda de que resultan muy útiles para lograr un buen conocimiento, un acercamiento especial, de las ciudades que descubrimos o en las que reincidimos.

El librero está presente al lado del editor, del impresor, del distribuidor, del agente literario, del autor, y se sitúa al extremo de la cadena del comprador-lector. El librero tiene que comprar los libros, abrir los paquetes que llegan cada mañana, ordenar los libros, colocarlos en las mesas, en los anaqueles, gestionar las devoluciones, el fondo, las reservas. La meta es ofrecerle al cliente el surtido máximo de libros, un panel variado y completo, así como crear un tono para la librería, con una oferta coherente, haciendo convivir las novedades y los clásicos para satisfacer a un público múltiple.

Cuando voy al supermercado, compro un producto; siempre, en general, lo previsto. Nunca salgo sin comprar nada, pero puedo entrar en una librería y salir de ella con las manos vacías, o bien llevándome algo que no pensaba comprar. Al cliente de una librería, hay que conquistarlo. Y para eso hace falta hacerle caso, hablarle, orientarle. Una librería no es una biblioteca a la que acudimos a consultar un libro en silencio. Es un espacio mercantil y lúdico al mismo tiempo, en el cual podemos llegar a hablar mucho y donde tiene que imponerse el concepto de la lentitud, opuesto a la prisa de la comida rápida.

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En mi caso, para que entre en una librería tiene que atraerme desde el nombre, que puede ser muy original, hasta la organización interior, pasando por el escaparate, muy importante. Despierta mucho más mi interés si se llama Antonio Machado, Rafael Alberti, Cervantes o Viridiana, que si se presenta como Casa del Libro, El Libro o Books. Me intriga si se llama Tipos Infames, El Diván, Ocho y Medio, El Ateneo, Shakespeare and Company, L’Écume des Pages, La Hune… Nada es neutro en la relación entre el librero y el cliente.

Al cliente de una librería, hay que conquistarlo. Y para eso hace falta hacerle caso, hablarle, orientarle. Una librería no es una biblioteca a la que acudimos a consultar un libro en silencio. Es un espacio mercantil y lúdico al mismo tiempo, en el cual podemos llegar a hablar mucho y donde tiene que imponerse el concepto de la lentitud, opuesto a la prisa de la comida rápida.

El escaparate, como decía antes, resulta fundamental. Es como el menú exterior de un restaurante: presenta los platos del día, con un montaje estético que pone de relieve unos libros o unos temas de la actualidad literaria como el Premio Nobel o los Premios Nacionales. Fueron notables, por citar un ejemplo cercano, los montajes dedicados a Patrick Modiano al día siguiente del anuncio de su premio Nobel. El librero tiene que saber reaccionar con rapidez e imaginación ante los retos de la actualidad.

Por eso, la organización del espacio interior es muy importante para guiar los pasos del cliente hacia las mesas. Una librería general es un laberinto (por la variedad de las secciones muy numerosas) en el cual no nos tenemos que perder. Los visitantes emprendemos un recorrido por salas distintas dedicadas a todos los campos: la literatura, la historia, la economía, las ciencias sociales, la política, el viaje, el cine, la fotografía, la pintura, la crítica, los tebeos, los libros escolares, la literatura juvenil, etcétera. La oferta tiene que ser lo más amplia posible. Como en cualquier negocio, un comprador defraudado es un comprador perdido.

El público entra a menudo en las librerías sin saber exactamente lo que va a comprar, sobre todo durante las fiestas y celebraciones varias en las que convencionalmente se hacen regalos. Todas las encuestas demuestran que el libro sigue siendo uno de los obsequios más apreciados en esas circunstancias familiares o sociales. Entonces son fundamentales los efectos de la visión y del tacto: miramos el conjunto de los libros y los tocamos; algo que no ofrece en absoluto la venta a través de Internet, que es virtual. Por eso, entre las cosas que menos nos gustan, están las protecciones de plástico con las que se cubren los libros y que nos impiden abrirlos y hojearlos. Afortunadamente va desapareciendo esa mala costumbre. Si algo es esencial, y eso lo saben los buenos libreros, es que hay que desacralizar los libros.

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El público entra a menudo en las librerías sin saber exactamente lo que va a comprar, sobre todo durante las fiestas y celebraciones varias en las que convencionalmente se hacen regalos. Todas las encuestas demuestran que el libro sigue siendo uno de los obsequios más apreciados en esas circunstancias familiares o sociales. Entonces son fundamentales los efectos de la visión y del tacto: miramos el conjunto de los libros y los tocamos; algo que no ofrece en absoluto la venta a través de Internet.

También desempeña un papel central la acogida de los clientes: la disponibilidad de los responsables de las mesas para informarnos, su conocimiento del mercado, su cultura y atención a la actualidad, a las nuevas ediciones y traducciones de las obras. El vendedor ha de ser un amigo lector del cliente, de ahí la  importancia de las fichas coups de cœur escritas a mano, lo que humaniza el consejo, o de las fajas en las cubiertas de los libros. Pensemos en esos anaqueles tan altos, imposibles de alcanzar, o asequibles solamente con una escalera. No hablemos de los anaqueles dobles de la Casa del Libro en Madrid tan duros de manejar…

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Todo está en proceso de transformación y eso hay que asumirlo. Desaparecen unos actores pero surgen otros. Muchas librerías cierran y en su lugar se levantan oficinas bancarias, tiendas de ropa o de dispositivos móviles, pero otras nacen remozadas, innovadoras. Pasó igual con los cines de Arte y Ensayo. Incluso se comenta últimamente la crisis de ventas de los iconos de la superioridad americana de la segunda parte del siglo XX: Mac Donald y Coca Cola. En Estados Unidos, entre 2008 y 2013, han bajado un 16 % las ventas de Coca Cola. Pero surgen empresas de vídeo-juegos muy de moda, así los plays station 4 (un millón de ejemplares en 2013 en Francia) y la Xbox one de Microsoft, que crece un 3% en 2014. Los objetos conectados surgen e invaden el mercado y nuestras vidas sociales.

Estamos asistiendo a la aparición de una nueva cultura donde se impone la desaparición de los formatos tradicionales, pero el libro resiste. Poca gente lee un periódico en el metro, pero aún vemos a muchos viajeros con libros en la mano. Pasamos en pocos años del mundo de Gutenberg al mundo digital. (Papiros, códex, incunable, libro, pantalla, tableta, Smart-phone, i-phone). Kindle apareció en Estados Unidos en 2007 y en Francia en 2011. Sin embargo, el libro en papel sigue representando el 80 % del mercado de las ventas de libros en el mundo. La venta de ebooks no crece de modo espectacular, sobre todo en Europa. Aparece de momento como un complemento más que como un sustituto. El ebook, que se usa más en los viajes que en casa, imita al libro tradicional, pero es menos autónomo, personal, humano; depende de un cargador de batería. He aquí una buena pregunta: ¿Cómo haría un Robinson en una isla sin electricidad? Según Alberto Manguel el libro digital es pornografía frente al erotismo del libro en papel. El capital de confianza se fija en el 40 % para lo escrito, y solamente en el 7 % para Internet.

En medio de todo este panorama de cambios, para los libreros, los problemas planteados son los siguientes: el precio cada vez más alto del alquiler de los locales en el centro de las grandes ciudades, el coste de los impuestos, de los envíos de libros, de las existencias. O el de las devoluciones… Las soluciones pasan por  ofrecerle al cliente un ambiente original, entre serio y lúdico, que le permita descubrir libros, comprarlos y pasar un rato ameno. Todo lo contrario de las tiendas oscuras de la FNAC, frías de los supermercados o deshumanizadas de Amazon.

La venta de ebooks no crece de modo espectacular, sobre todo en Europa. Aparece de momento como un complemento más que como un sustituto. El ebook, que se usa más en los viajes que en casa, imita al libro tradicional, pero es menos autónomo, personal, humano; depende de un cargador de batería. He aquí una buena pregunta: ¿Cómo haría un Robinson en una isla sin electricidad?

Es evidente que la librería está sufriendo una metamorfosis. Se está convirtiendo en un lugar de vida, con sillones cómodos que permiten hojear tranquilamente un libro o, sencillamente, descansar o hablar con un amigo. El entorno de un salón de té puede aumentar aún más esa sensación de placer. Se trata de un valor añadido que no nos proporciona la fría y mecánica venta en línea (el famoso “añadir a la cesta, comprar y pagar”). La decoración también ayuda. Por ejemplo, una galería de fotos de escritores famosos, con la reproducción de algunas de sus frases clave, propicia la creación de un ambiente culto.

Otro de los atractivos que pueden proporcionarnos estos espacios es el acercamiento entre autores y lectores, a través de la organización de eventos públicos, nunca aburridas conferencias o simples sesiones de firmas como en las Ferias de libros, que acaban siendo la gran pesadilla de muchos autores. Nos gustan las tertulias amistosas, las lecturas de textos, el diálogo directo y fecundo. Incluso se puede ensanchar esa actividad cultural con exposiciones artísticas, recorridos fotográficos, conciertos…

Otros medios de renovación son: la existencia de atractivas páginas web, prácticas para el cliente, que faciliten el envío a domicilio, copiando a Amazon. Pero en un momento de banalización de la cultura, donde el uso de las nuevas tecnologías se reduce, en ocasiones, a tomar un selfie delante del cuadro más famoso del museo y divulgarlo inmediatamente por Internet, las nuevas librerías corren el peligro de convertirse en un lugar de moda, en una cita obligada en los tours turísticos donde la gente se para, saca fotos y se va sin comprar libros. Renovándose pueden perder su alma, convertirse en una especie de parque temático de los libros. Eso es lo que hay que evitar. La imaginación, el juego, el intercambio cultural, son indispensables en las librerías del presente, pero de una manera controlada, manteniendo siempre la esencia, seduciéndonos hasta el punto de no poder resistirnos a todas sus tentaciones y, sobre todo, a sus tentadores libros.

VIAJE ALREDEDOR DE  MIS LIBRERÍAS FAVORITAS

El Ateneo Grand Splendid (Buenos Aires)

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El Ateneo Grand Splendid (Avenida de Santa Fe en Buenos Aires) es un caso único y espectacular de una librería montada en el interior de un teatro-cine, el Grand Splendid, fundado en 1919 y transformado en librería en el 2000. Se respeta completamente la arquitectura del teatro, pero en vez de butacas, hay estanterías de libros. Resulta llamativa la cúpula, pintada por el italiano Nazareno Orlandi. Los balcones originales se mantienen y hasta el telón de terciopelo original. Uno se puede sentar en uno de los sillones o en los palcos del teatro para hojear libros, y también tomar una copa en el escenario con la música de fondo de un piano. Situado en el elegante y turístico barrio de la Recoleta, el espacio aúna belleza y comodidad. Se calcula que unas 3.000 personas visitan diariamente la librería, que cuenta con 120.000 libros en stock. En sus distintos niveles se organizan charlas y exposiciones, funcionando así como un auténtico centro cultural. En un reciente listado publicado en The Guardian, El Ateneo Grand Splendid fue elegido como la segunda librería más hermosa del mundo.

El Péndulo (Ciudad de México)

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Se trata de una cafetería-librería, concepto que se ha extendido a todas las ciudades que quieren ser a la vez modernas y culturales. Llama la atención por el aprovechamiento del espacio, con las estanterías coronadas por frondosas plantas que pueden encontrarse también entre los pasillos. Domina el blanco en un espacio diáfano. Fundada en 1993, El Péndulo se ha convertido en un importante lugar de encuentro y de diálogo cultural a través de conciertos, presentaciones de libros y cursos literarios. La cafetería se ha convertido en un gran restaurante con servicio desde el desayuno hasta la cena.

Barter Books (Alnwick, Reino Unido)

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Barter Books tiene una pequeña chimenea, cafetería, una sala para niños con juguetes y unas vías de tren a escala por donde circula un pequeño trenecito que recorre la parte superior de las estanterías. La librería se encuentra en una antigua estación de tren victoriana construida en 1887. Esta hermosa «estación de tren-librería» con sus enormes ventanales, sus techos de cristal y sus vigas de hierro fue creada en 1991, a partir de la visión y del deseo de Mary Manley, que se combinó con la idea de su esposo, Stuart Manley, de abrirla en la vieja estación de Alnwick, a menos de dos horas de Edimburgo.

Altaîr (Barcelona)

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No hay nada muy original en ella, pero se trata de la librería especializada en viajes más grande de Europa. Abierta en Barcelona en 1979 y también con sede en Madrid, Altaîr participa del concepto de lugar de encuentro entre los amantes de los viajes. Cuenta con un fondo documental de más de 60.000 referencias, con guías de viajes y cartografías de cualquier lugar del mundo y en varios idiomas. Entre sus secciones: «Narrativa», «Cartografía», «Autores Viajeros» y otras como «Viajar en tren» (dividida por continentes) o «Grandes Rutas» (desde el Camino de Santiago hasta la Ruta 66). También publican una revista de viajes del mismo nombre. Está muy bien ubicada, junto a la Universidad y a pocos pasos del Paseo de Gracia y la Plaza Catalunya. El espacio es diáfano, amplio. Las columnas de hierro que sostienen la estructura son un elemento decorativo más.

Librería Lello e Irmão (Oporto)

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Se encuentra en el casco histórico de Oporto, en uno de los edificios más emblemáticos del neogótico portuense. Obra del ingeniero Xavier Esteves, se inauguró en 1906. La fachada tiene tres grandes ventanas acompañadas por dos figuras que representan el Arte y la Ciencia. En el interior destaca la gran vidriera que domina el techo, donde se puede leer el lema Decus in Labore, además de la hermosa escalera de madera que permite el acceso a la primera planta. También destacan los arcos ojivales apoyados en los pilares sobre los que el escultor Romão Junior esculpió los bustos de escritores como Antero de Quental, Eça de Queirós, Camilo Castelo Branco o Guerra Junqueiro. Todo en este bello y solemne lugar nos transmite la sensación de estar dentro de un museo. Dispone de un fondo de  60.000 títulos, con un excelente fichero electrónico. Tiene una galería de arte y se organizan en ella espectáculos de poesía, pasarelas de moda… Lo que la hizo más famosa fue ser el lugar de rodaje de algunas escenas de las películas de la saga de Harry Potter.

Kid’s Republic (Pekín)

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Esta librería es un verdadero paraíso para los más pequeños. Ubicada en la capital china, es un lugar de ensueño, un auténtico hogar de los cuentos. Se trata de una explosión de color que nació en 2005, como parte del proyecto de la compañía “The Beijing POPLAR Culture Project” (BPCPC), que a su vez forma parte de la editorial infantil más grande de Japón (Poplar Publishing). Es la primera librería especializada en libros ilustrados de China, con obras llegadas de todas partes del mundo. Tiene su propio club de lectores.

Acqua Alta (Venecia)

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Se trata de una librería pequeña, de segunda mano, ubicada prácticamente sobre el agua, como no puede ser de otro modo en Venecia. Acqua Alta, cuyo nombre se debe precisamente a las famosas mareas, tiene objetos decorativos y de colección y muchos libros. Entrar en ella es acceder a un caos de más de 100.000 libros que están literalmente por todas partes. Hay auténticas joyas, pero para encontrarlas hay que mirar en barcos, bañeras e incluso en una góndola que tiene dos pasajeros. Su dueño, Luigi Frizzio, es un veneciano de más de 70 años al que le encanta aconsejar a los visitantes. Es una delicia observar los movimientos lentos de los gatos residentes en el local, así como hacer una parada para disfrutar de las vistas a uno de los canales de la ciudad.

Selexyz Dominicanen (Maastricht)

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Se ha montado en una iglesia de más de 700 años. Ubicada en el corazón de Maastricht, existe como librería desde 2006. Se le suman algunas aportaciones modernas (obra de los arquitectos Merkx y Girod) que no rompen la armonía. Fue una iglesia (construida en 1296) que ha estado abandonada durante dos siglos. Antes de ser una librería, fue almacén, archivo, discoteca  e incluso se han guardado allí bicicletas. Hoy, contiene una interesante selección de libros para niños, libros de arte, literatura, viajes, etcétera. En el viejo santuario de la iglesia se encuentra hoy la cafetería «Blanche Dael Coffee Lovers». El coro se usa como escenario y durante el fin de semana se celebran debates, lecturas, entrevistas, conciertos y exposiciones. Tiene una organización vertical.

Librería Bardón y Tipos Infames (Madrid)

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La primera se encuentra en el corazón de la capital, en la Plaza de San Martín, y tiene 60 años de vida. Fue fundada en enero de 1947 por Luis Bardón López. Presume de ser “la librería anticuaria de referencia en España”. Podemos imaginar pilas y pilas de libros y polvo, pero para nada. Se parece a una cuidada y hermosa biblioteca en la que el ambiente envolvente invita a pasar horas y horas buscando alguna “joyita”.

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Después de visitar este espacio es muy recomendable, si se está de visita en Madrid, acercarse a Tipos Infames, en el barrio de moda de Malasaña. Espacio muy claro, mesas bien ordenadas, un surtido muy rico de novedades, una atención al cliente muy profesional y amistosa y un bar acogedor son algunos de sus atractivos.

La Central (Madrid y Barcelona)

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Lo mismo que la Central de Barcelona transformó una capilla de la Misericordia del siglo XVIII en librería de tipo monacal (en 2003), la Central de Madrid reformó, en 2012, un Palacio del siglo XIX, en Callao, en pleno barrio comercial, muy cerca del Corte Inglés y de la Casa del Libro. Conserva la escalera monumental de madera, sus muros de ladrillo, sus techos de cerámica y madera, sus suelos de baldosa y la Capilla. Parece que entramos en el Palacio y esa impresión de bienestar se ve reforzada por la presencia acogedora de una cafetería y un bar muy en la onda, así como una tienda de objetos relacionados con la lectura y los libros: cuadernos, revistas, lámparas, lapiceros, bolsos, tazas, camisetas muy literarias… Se celebran actos y talleres con asiduidad en sus distintos espacios. Uno de los dueños, el colombiano Antonio Ramírez, dice en un artículo, titulado de modo significativo “Imaginar la librería futura”: “Tal vez sólo sea posible si precisamente nos situamos en su dimensión irremplazable: la densidad cultural que encierra la materialidad del libro de papel; mejor dicho, pensando la librería como el espacio real para el encuentro efectivo de personas de carne y hueso con objetos materiales dotados de un aspecto singular, de un peso y una forma única, en un momento preciso” (citado por Jorge Carrión en Librerías).

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The Last Book Store (Los Ángeles)

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Esta librería tiene nada menos que 1.500 metros cuadrados de belleza. No sólo por sus instalaciones sino también por sus libros, DVDs y CDs, tanto nuevos como usados. Muchos de ellos son aportación de los clientes, a quienes The Last Bookstore ofrece dinero en efectivo o un trueque. El proyecto nació en 2005 en un loft de Los Ángeles, cuando Josh Spencer decidió abrir un pequeño local, motivado por la experiencia que había tenido durante una década vendiendo desde coches a ropa (y por supuesto libros) a través de eBay. El proyecto ha ido creciendo, tanto las instalaciones como el catálogo, siendo fundamental la implicación del público que ofrece entusiasmado sus libros. Presumen de ser la librería independiente más grande de California de compra y venta de libros nuevos y usados. Realizan eventos musicales y literarios. Cuentan con una cafetería y una tienda de venta de elepés.

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