Gabriele Nissim, la reivindicación de la bondad

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Por Emma Rodríguez © 2013 / Quiero empezar diciendo que el título y la portada en verde, con la imagen de un trozo de bosque, del ensayo del que voy a hablar a continuación llamó mi atención desde el escaparate de la librería La Central (Madrid). Me atrajo poderosamente una palabra, bondad, un término poco habitual en nuestras conversaciones, en las noticias que entran en nuestras casas cada día, en las novelas que leemos. Un término que, en cierto modo rehuimos utilizar porque la contemporaneidad ha impuesto la idea, ya convertida en tópico, de que la maldad resulta mucho más atractiva, de que los héroes de la vida y de la ficción tienen que tener un punto de perversidad para ser interesantes, para despertar nuestro interés.

“La bondad insensata”, con subtítulo “El secreto de los justos”, de Gabriele Nissim, editado por Siruela, me atrajo, sí, porque suponía un contraste, una inesperada novedad, y me invitaba a reivindicar íntimamente un valor despreciado precisamente por su positividad. Curiosa paradoja en una época en la que se nos llena la boca criticando la infamia, la mentira, la falsedad de quienes nos vendieron la idea de un paraíso que resultó ser de cartón piedra. Pensaba en ello sin saber aún de qué trataba el ensayo, antes de leer la contraportada, encabezada con un fragmento del escritor ruso Vasili Grossman. “Yo no creo en el bien, yo creo en la bondad. (…) Es la bondad de un hombre para con otro hombre, una bondad sin testigos, pequeña, sin grandes teorías. La bondad insensata podríamos llamarla. La bondad de los hombres más allá del bien religioso y social”.

Curtido en el mal, en los totalitarismos, autor de novelas tan estremecedoras como “Vida y destino”, Grossman acuñó esa poderosa definición, bondad insensata, para referirse a las acciones valerosas, desinteresadas, que se realizan sin tener en cuenta las consecuencias, porque algún resorte en el fondo de la conciencia nos indica que es lo correcto, lo responsable, aquello con lo que de verdad podemos sentirnos a gusto con nosotros mismos. Todos, en mayor o menor medida, hemos vivido situaciones en las que hemos sido capaces de decir no a hechos que nos han parecido injustos: en la calle, acompañados de miles de manifestantes; en el entorno de trabajo, en la comunidad de vecinos, en el ámbito familiar… Muchas veces hemos experimentado el orgullo de enfrentarnos al poderoso o de defender al amigo, conscientes de que ese gesto no era el más beneficioso para nuestros fines. Pero la mayor parte de los protagonistas de este libro se han tenido que jugar mucho más. Han cultivado esa bondad insensata en situaciones límite, aún a sabiendas de que sus oficios, sus posiciones, sus reputaciones, incluso sus vidas, estaban en peligro.

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Curtido en el mal, en los totalitarismos, autor de novelas tan estremecedoras como “Vida y destino”, Grossman acuñó esa poderosa definición, bondad insensata, para referirse a las acciones valerosas, desinteresadas, que se realizan sin tener en cuenta las consecuencias, porque algún resorte en el fondo de la conciencia nos indica que es lo correcto, lo responsable, aquello con lo que de verdad podemos sentirnos a gusto con nosotros mismos

Lo que hace Gabriele Nissim, periodista y ensayista italiano, es buscar en el discurrir de la historia reciente a esos hombres y mujeres que se arriesgaron en nombre de una ética personal, de una moral no dictada por leyes, ideologías ni religiones. Una moral mucho más honda, incomprensible a veces, acompasada con los pulsos del corazón. Hombres y mujeres que no tuvieron dudas a la hora de tender la mano a las víctimas de su tiempo, que no acallaron el grito ante las injusticias. Personajes poco conocidos, salvo excepciones; seres anónimos sepultados bajo el peso apabullante de las circunstancias temporales; habitantes del trecho del olvido, del ancho río que transcurre en paralelo y que  conforma esa intrahistoria muda, pero increíblemente luminosa cuando es desvelada.

“Los acontecimientos relacionados con los justos con frecuencia resultan invisibles y de escaso interés para los historiadores porque se refieren a comportamientos que dejan pocas huellas y no parecen modificar el curso de los acontecimientos”, señala el autor, dispuesto a combatir el silencio, la desmemoria colectiva. De ahí que la entrega esté llena de nombres propios, de múltiples ejemplos de valentía, de desobediencia civil, de rebeldía. “Esas ocho personas que en 1968, en Moscú, después de la invasión de Checoslovaquia, se manifiestan durante dos minutos en la Plaza Roja, antes de ser llevados en volandas por los agentes de paisano, por ejemplo, nunca serán consideradas decisivas para el final del imperio soviético. Sin embargo, asumen una responsabilidad personal, frente al silencio de una nación aterrorizada y engañada, porque quieren lanzar un mensaje moral de condena”, pone Nissim un ejemplo que, traspasando el túnel del tiempo, nos lleva de inmediato a identificar escenas e imágenes de activistas que hoy luchan por defender los derechos de una gran mayoría sumisa, acomodada, temerosa.

“Los acontecimientos relacionados con los justos con frecuencia resultan invisibles y de escaso interés para los historiadores porque se refieren a comportamientos que dejan pocas huellas y no parecen modificar el curso de los acontecimientos”, señala Gabriele Nissim, dispuesto a combatir el silencio, la desmemoria colectiva.

Reivindiquemos la bondad a través de la lectura de un ensayo que se convierte en un necesario ejercicio de memoria, que nos ayuda a recordar muchas cosas que conviene no olvidar nunca y que nos alerta acerca de lo equivocados que estamos al no valorar suficientemente la fuerza de la resistencia. “Para los poetas un comportamiento moral tiene un valor estético, es testimonio de la belleza del alma, que Sócrates describe como más importante que la belleza física. Del mismo modo que podemos asombrarnos frente a un cuadro de Leonardo o de Piero della Francesca, o probar el placer de sumergirnos en el universo y sentirnos parte de un todo (ese sentimiento de anulación que Romain Rolland ha llamado sentimiento oceánico), o temblar escuchando música de Bach, así podemos permanecer fascinados, como permanece Homero, ante el sacrificio de Héctor en la guerra de Troya y ante los individuos que consideran las relaciones humanas, la dignidad, el gusto por los demás, el bien más preciado de nuestra existencia”, leemos en la página 39.

Y a continuación nos encontramos con la imagen que utilizó la pensadora Hannah Arendt para referirse a Walter Benjamin y al papel de los poetas como buscadores del bien sumergido y oculto. “Pescadores de perlas”, los denominó, “capaces de bucear en el pasado y “sacar a la luz, desde el fondo de los abismos, donde viven de forma cristalizada e inmunes a los elementos, pensamientos y acciones de los hombres que tienen un valor universal”.

Fotograma de la película de Hannah Arendt dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por la actriz Barbara Sukowa

“Pescadores de perlas” nombró Arendt a los que están “en disposición de rescatar del olvido a quien en las situaciones trágicas sabe escuchar al otro y es capaz de compasión, al que combate por la verdad y no acepta compromisos con la mentira política, al que preserva la memoria del mal cuando se la quiere eliminar y olvidar, al que es capaz de pensar con autonomía frente a la zozobra moral de las costumbres, al que no intercambia su propia supervivencia con la liquidación de otro ser humano, al que intenta preservar la integridad moral incluso en situaciones de gran soledad, al que no renuncia a su propia capacidad de juicio, al que siente sobre los hombros la responsabilidad del mundo y quiere proteger a la humanidad en el espacio en el que cada uno es soberano”.

Estas bellísimas palabras resumen muy bien la esencia de un ensayo en el que Gabriele Nissim, como buen pescador de perlas, desempeña el papel de “transformar al hombre justo, derrotado por los acontecimientos y por la Historia, en un potencial vencedor en el tiempo presente” al proponerlo como ejemplo moral. Imposible mejores ideas de fondo que las de la filósofa para dotar de sentido a una obra tan esclarecedora como incómoda. Esclarecedora porque nos regala un puñado de argumentaciones esenciales, auténticos fogonazos de lucidez que nos ayudan a situarnos, a recuperar el equilibrio; incómoda porque al mismo tiempo nos muestra muchas de las inconsistencias de un presente que demasiadas veces nos impulsa al egoísmo, al aprovechamiento individual, a una actitud pasiva y recelosa respecto a los padecimientos de los otros.

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¿Qué es el  bien, dónde se encuentra, cómo se transmite, qué nos impulsa a ejercerlo? son signos de interrogación que se van abriendo mientras seguimos las vicisitudes y acciones de tanta gente que a lo largo de la historia ha sufrido el efecto devastador de las guerras, de los genocidios, de los campos de concentración, de los sistemas esclavistas y explotadores. Hay una gran variedad de historias y de localizaciones (Ruanda, Bosnia, Sarajevo, Checoslovaquia, la Unión Soviética, Armenia…) en esta entrega, aunque son mayoritarios los casos de judíos que sufrieron la crueldad nazi; de hecho el autor ha seguido la estela, el testamento espiritual del juez Moshe Bejski, artífice del denominado “Jardín de los Justos” de Jerusalén. Un hombre que salvó su vida al ser incluido por casualidad en la lista de Schindler, consagrándose a partir de entonces a la búsqueda por todo el mundo de quienes se prodigaron en la salvación de su pueblo.

Podría haberse ampliado el campo de acción y podrían haberse limitado los casos, pues en ocasiones resultan repetitivos y a mayor número de ejemplos algunos acaban convirtiéndose en esbozos esquemáticos, sin apenas matices diferenciadores, pero la verdadera potencia del volumen radica en que nos conduce a la reflexión sobre asuntos a los que solemos dar la espalda, enfrentándonos, como decía antes, a nuestras propias contradicciones. Curiosamente la lectura de “La bondad insensata” coincidió en mi caso con el estreno reciente de la magnífica película sobre Hannah Arendt de Margarethe Von Trotta, un largometraje que trata sobre las críticas y las presiones de que fue objeto la autora de “Responsabilidad y Juicio” tras exponer sus teorías sobre la banalización del mal a partir del juicio al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann.

La idea de que Eichmann no era un monstruo, sino un hombre común, capaz de cometer las mayores atrocidades simplemente porque cumplía las órdenes de sus superiores; así como su crítica a los dirigentes de las comunidades judías, incapaces de ejercer una resistencia pasiva y que accedieron a las peticiones de los nazis a la hora de identificar y agrupar a los ciudadanos a su cargo, desmontaron muchas ideas preconcebidas e interfirieron con el discurso oficial sionista. Motivos por los que esta mujer valiente, que jamás se rindió y que convirtió el ejercicio del criterio propio en una de sus indiscutibles señas de identidad, hubo de pagar el precio de la incomprensión y el aislamiento.

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“La gente corriente, por oportunismo, por no contravenir leyes ni órdenes y, naturalmente, por miedo, prefiere eliminar las cuestiones morales y, frente al mal, mirar para otro lado. Es entonces cuando Hannah Arendt se pregunta si el ejercicio del pensamiento puede ser la clave para sustraerse al conformismo de un régimen totalitario”, escribe Gabriele Nissim, preguntándose qué puede ayudar a los individuos a no dejarse condicionar por las leyes injustas y por la degeneración de las costumbres morales.

La idea de que Eichmann no era un monstruo, sino un hombre común, capaz de cometer las mayores atrocidades simplemente porque cumplía las órdenes de sus superiores; así como su crítica a los dirigentes de las comunidades judías, incapaces de ejercer una resistencia pasiva, llevaron a Hannah Arendt a pagar el precio de la incomprensión y el aislamiento.

La respuesta que da la filósofa es la soledad, “la aptitud para desarrollar un diálogo silencioso con el propio yo, la capacidad de juzgar poniéndose en el lugar del otro, la imaginación, la facultad de sentir vergüenza por las propias injusticias, el uso de la voluntad para iniciar un acto de resistencia, la confianza en que los otros puedan continuar la propia acción, la disposición a perdonar”. Grandes virtudes que parten del tronco central del respeto, de la responsabilidad como individuos que no permanecen al margen, que se implican.

Las ideas de Arendt sobre la naturaleza del mal son esenciales en este libro que trata sobre el bien. “El verdadero acto moral es el que afecta a una persona en profundidad y la cuestiona”, señala Nissim, quien arremete contra la actitud superior de quienes se creen mejores que los demás y se erigen en portadores del bien. Cualquiera puede alzarse contra el mal “de una manera inesperada”; cualquiera en un momento dado de su vida puede “romper con el conformismo” y llevar a cabo un acto de justicia. “Un individuo”, sostiene el autor, “vive siempre en un campo de batalla: dejarse homologar y permanecer en silencio o, por el contrario, mostrar el valor de levantar la cabeza”.

Vasili Grossman en Schwerin, últimos días de la II guerra mundial. Fotografía suministrada por la editorial: Galaxia Gutenberg

“La bondad insensata” es un recorrido lleno de actos ejemplares y de sobrecogedores testimonios sobre el difícil equilibrio, sobre el instinto de supervivencia que tantas veces ha llevado a los seres humanos al territorio de la ignominia y la vileza más extremas. Como recuerda su autor, Primo Levi llegó a escribir que en los campos nazis la mayoría de las veces quienes conseguían sobrevivir eran los peores, los egoístas, los violentos, los insensibles, los dispuestos a colaborar, los espías… Y, sin embargo, este ensayo rebosa de personas que se situaron en el otro lado, en esa orilla que poética, metafóricamente, custodian los ángeles.

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Resistir como seres humanos frente a los verdugos es la más problemática de las cuestiones existenciales. Nada puede hacerse para cambiar el estado de las cosas, salvo intentar desesperadamente no dejarse corromper”, me paro en esta idea que tanto me hace pensar y que me conduce al capítulo dedicado a Vasili Grossman, quien tanto indagó en sus novelas en las distintas formas de resistencia moral. El autor de “Stalingrado” elevó a gran literatura las perversiones de los sistemas dictatoriales, alertó de la peligrosidad de las grandiosas ideas en cuyo nombre todo puede ser justificado y marcó el acento en la pasividad de los individuos ante el mal extremo, pasividad que contribuye al gran éxito de los totalitarismos. “Pero el hombre”, decía, “nunca renuncia voluntariamente a la libertad. Esta conclusión es el faro de nuestra época, un faro encendido en nuestro futuro”.

Primo Levi llegó a escribir que en los campos nazis la mayoría de las veces quienes conseguían sobrevivir eran los peores, los egoístas, los violentos, los insensibles, los dispuestos a colaborar, los espías… Y, sin embargo, este ensayo rebosa de personas que se situaron en el otro lado, en esa orilla que poética, metafóricamente, custodian los ángeles.

Tenemos ante las manos un ensayo que habla del deber de la gratitud como camino hacia el diálogo y la reconciliación, de la memoria del bien como terapia “no solo para individuos traumatizados, sino también para Estados y naciones que han sufrido horribles crímenes contra la humanidad”. Un ensayo que alude al peligro de los pueblos que se enclaustran en su sentimiento nacionalista como defensa ante el dolor y el agravio o que ensombrecen con la culpa colectiva a todos los que comparten lazos de vecindad con los verdugos. Un ensayo que demuestra que puede haber gente justa más allá de las afinidades ideológicas y por encima de las normas impuestas por determinados credos. Imposible dar cuenta aquí de tantas verdades, de tantas revelaciones.

Pero cuando es hora de ir poniendo el punto final me apetece quedarme con un argumento -de nuevo Hannah Arendt- que sirve para cualquier época y que hoy debemos tener muy presente. “Poseer una opinión es uno de los grandes placeres de la vida, una forma de felicidad, y es una facultad que cualquiera debe poder ejercer para no convertirse en esclavo de los acontecimientos. El que renuncia a juzgar por sí mismo se convierte fácilmente en presa de tiranos y demagogos (…) Este es, en el fondo, el deseo de los totalitarismos que de una u otra manera tratan de imponer desde arriba un pensamiento único, convirtiendo así a las personas en fotocopias unas de otras”, razona la filósofa, a quien imagino dirigiéndose a sus alumnos con un cigarrillo en los labios -efecto de la película-, tal vez añadiendo que mantener viva esa llama del pensamiento propio es la mejor manera de rendir homenaje a los sacrificios, a la dignidad silenciada de tantos justos.

Y me quedo también con la hermosa lección de otro de los grandes protagonistas de “La bondad insensata”, el científico ruso Pavel Florenski, quien dejó un estremecedor testimonio de su resistencia y de la fuerza de ese sentimiento de libertad del que habla Grossman en una carta que envió a su hija Olga antes de ser asesinado en un bosque cercano a San Petersburgo. “Tú no puedes comprender lo que siente un padre cuando desea que sus hijos sean no solo irreprochables, sino que representen la imagen misma del valor. Es preciso que sea así, no para los otros, sino para sí mismos, y poco importa lo que piensen los demás de vosotros: ser y no aparentar. Tener una clara y transparente disposición del espíritu, una percepción integral del mundo y llevar adelante una idea desinteresada: vivir de tal manera que en la vejez puedas decir que has tomado lo mejor de la vida, que te has apropiado de las cosas más nobles y bellas del mundo y que no has ensuciado tu conciencia con la mugre con la que la ensucia la gente”. Tras escuchar esto, cualquier otro comentario sobra.

“La bondad insensata”, de Gabriele Nissim, publicado por Siruela, ha sido traducido por Juan Antonio Méndez.

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La fotografía de Gabriele Nissim, de los archivos personales del autor, ha sido cedida a “Lecturas Sumergidas” por la editorial Siruela. Recordamos a la filósofa Hannah Arendt a través de un fotograma de la película de Margarithe von Trotta, donde le da vida la actriz Barbara Sukowa.  La imagen de Vasili Grossman fue tomada en Schwerin, los últimos días de la II Guerra Mundial.

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